Xtories

Lo hice con mi jefe

A los cuarenta años, Liliana siente que su vida y su matrimonio se han enfriado. Cuando su jefe le regala medias de liga y la invita a una copa, no sospecha que esa noche descubrirá un placer prohibido que cambiará su relación para siempre.

Liluska Hetcher35K vistas9.4· 16 votos

Todo comenzó con una crisis económica, que se trasladó a la relación de pareja.

Mi nombre es Liliana, tengo 40 años y me mantengo en forma, gracias a ir al gimnasio tres veces por semana. Estoy casada con Ramiro desde hace diecisiete años; pero, decidimos no tener hijos por la incertidumbre y la situación política cambiante en nuestro país.

Yo siempre trabajé como secretaria de Laboratorios medicinales, y mi esposo es Contador; pero hace unos meses, la empresa en donde trabajaba, presentó quiebra y no se le hace fácil reubicarse.

Con el correr del tiempo, esta situación laboral precaria le hizo cambiar el humor; estaba más irascible y con tendencias a la depresión. Yo le recomendaba que obtuviera ayuda profesional; pero dejé de hacerlo debido a sus reacciones.

Este malestar se trasladó a la pareja y comenzamos a tener sexo más esporádicamente y con menor pasión.

Llegó el 25 de octubre, mi cumpleaños número cuarenta, que por primera vez olvidaría Ramiro; así que el día comenzaba lejos de un clima festivo.

Ese día llegué diez minutos temprano a la oficina; pero allí, me esperaban mis compañeros que entonaron el “Happy Birthday” al entrar; de esta manera, lograron cambiarme el día.

Luego de agradecerles a todos con un beso en la mejilla, me acerqué a mi escritorio, en donde me esperaba una torta de chocolate y fresas con una vela encendida; y además, dos cajas con moño; esto logró arrancarme una lágrima de alegría.

Todos me gritaron: ¡No olvides de pedir tres deseos! Así que, pensé por un instante y apagué la vela. Ellos aplaudieron y me exigieron que abriera los regalos.

Me dirigí primero al de moño azul y cuando vieron que tardaba en abrirlo, me gritan que rompa el envoltorio. Se trataba de un portarretratos para fotos digitales, que cambian con cierta frecuencia. Les agradecí a todos, nuevamente con un beso en la mejilla.

Luego me dirigí hacia el de moño rojo; pero, cuando lo abrí, lo volví a cerrar rápidamente y observé a los ojos a todos, intentando descubrir de quien era el presente. Todos me preguntaban que era y contesté instintivamente: “Un pañuelo de cuello”. En realidad, se trataba de un par de medias negras de liga, de una marca muy fina. Por suerte, todos comenzaron a desconcentrarse y cada uno fue a su puesto de trabajo. Yo también me acomodé en mi escritorio, haciendo a un lado la torta y los regalos.

A media mañana se acostumbra un “coffe break” de veinte minutos; así que cuando llegó la hora, llevé la torta y convidé a todos con una porción. Esos minutos pasaron como siempre, con comentarios de la rutina, así que no pude des mascarar al autor del regalo de moño rojo.

Cerca del mediodía, mi jefe se paró debajo del marco de la puerta de su despacho diciéndome:

Jefe: ¡Feliz Cumpleaños Liliana! ¿Te agradaron los regalos?

Yo me puse roja como un tomate y le contesté:

Yo: ¡Sí! Sí, mucho, me cambiaron el día.

Jefe: Me alegro. ¿Revisamos la agenda?

Yo: Sí, por supuesto.

Así que me incorporo con los anotadores y me dirijo a su despacho, un tanto nerviosa.

Jefe: ¡Siéntate!

Yo: Muy bien.

Jefe: ¿Por qué te cambiamos el día?

Yo: Nada importante. Algunos problemas en casa.

Jefe: ¡Cuéntame! Quizás pueda ayudar.

Yo: No, le agradezco, no es nada que no se pueda solucionar.

Jefe: Por favor, insisto.

Yo: Resulta que la empresa en donde trabajaba mi esposo quebró, y se quedó sin trabajo, siendo difícil conseguir algo.

Jefe: ¡Uy! Qué pena ¿A qué se dedica tu marido?

Yo: Es contador y administrador de empresas.

Jefe: Déjame ver qué puedo hacer. ¿Algo más que pueda hacer por ti?

Yo: No, no. Muchas gracias.

Jefe: ¿Seguro?

Yo: Sí, seguro.

Jefe: Bueno, entonces revisemos la agenda.

Yo: Por la tarde, Ud. tiene a las quince horas, reunión con los de auditoría de ventas y no hay ningún otro compromiso.

Jefe: ¡Qué bien! Hoy nos retiramos temprano entonces.

Yo: Excelente.

Jefe: ¡Podrás estrenar el regalo con tu esposo!

Volví a sonrojarme y sin poder evitarlo, me puse a llorisquear.

Jefe: ¡Perdón Liliana! ¿Dije algo que te incomodara?

Yo: ¿Usted me regaló las medias?

Jefe: Sí. Sé que es un poco atrevido; pero, los cuarenta no es un cumpleaños cualquiera. Pensé…

Renové mi llorisqueo.

Jefe: ¿A qué se debe esa angustia?

Yo: Es que no estamos en nuestro mejor momento.

Jefe: Me imagino, tu esposo no la debe estar pasando bien ¿es muy machista? Digo, porque ahora depende económicamente de ti.

Yo: No sé. Está nervioso y deprimido, por lo que esquivo cualquier situación que empeore su estado.

Jefe: Ahora entiendo. Te pido disculpas por el regalo pícaro, no imaginaba que estuvieran pasando por esto.

Yo: No por favor, Usted no tiene nada que ver; el regalo me encantó, sólo que no es una buena oportunidad; pero, sin duda me sorprendió.

Jefe: ¿Qué te parece si al terminar el día, vamos por una copa? Parece que terminaremos temprano y así, puedes aprovechar a desahogarte y quizás, encontremos una solución.

Yo: ¡Usted es muy amable! Pero no será raro, no quiero comprometerlo.

Jefe: Para nada. ¡Quedamos así! ¿Verdad?

Yo: Ok.

El resto de la jornada transcurrió normalmente, pero, mientras acomodaba los papeles, me preguntaba porque tanta amabilidad, no tendría segundas intenciones; la invitación me estaba poniendo intranquila.

A media tarde, suena el intercomunicador y mi jefe me decía:

Jefe: Liliana, los de la auditoría me piden que vaya a su oficina; así que, si se me hace tarde, ¿nos encontramos en el Garden a las 18 a más tardar?

Yo: Si se complica, no se preocupe, lo dejamos para otro día.

Jefe: No para nada, sólo que juego de visitante en esta reunión.

Al cortar, me di cuenta que no sabía que era el “Garden”; así que lo googleé y pude averiguar qué se trataba de una confitería muy chic de un barrio residencial. Seguro que es por donde él vive, pensé.

Llegó el horario de salida de la oficina; así que, decidí tomar un taxi hasta el “Garden”, ya que estaba bastante alejado.

Como llegué una hora antes, me puse a caminar por el barrio, descubriendo que era muy paquete como decimos en mi país. Hermosos edificios con hall de entrada de categoría y seguramente con palier privado de acceso al apartamento. Los vehículos que transitaban eran de alta gama.

A parecer, mi uniforme de oficina llamaba la atención, porque algunos hombres me seguían con la mirada.

Cabe aclarar que mi uniforme está compuesto por una blusa blanca, pollera tubo hasta las rodillas y bléiser azul marino, completado con tacos clásicos, y yo usaba “stilettos” altos negros.

Cerca de la hora de nuestra cita, me dirigí al “Garden”, eligiendo una mesa junto a la ventana.

A los diez minutos, él, mi jefe, se acercaba saludándome con el brazo en alto.

Jefe: Me alegro que hayas venido Liliana; por un instante, pensé que no lo harías.

Yo: ¿Por qué no lo haría? Usted fue amable conmigo.

Jefe: Bueno, es tu cumpleaños y te he regalado un par de medias para una ocasión erótica.

Yo: Es verdad, es raro; pero aquí estoy.

Jefe: Sí. ¿Qué bebes?

Yo: No sé, quizás un café.

Jefe: ¿Es muy temprano para una copa?

Yo: No, aunque no estoy acostumbrada a beber alcohol.

Jefe: ¿Me permites pedir para ambos?

Yo: Ok.

Él llama al mesero y pide dos “manhattan” y le aclara que sean especiales.

Jefe: Bueno, ¡Cuéntame!

Yo: Es que no sé qué contarle; ya le dije que se trata de la situación laboral de mi marido.

Jefe: Bueno, pero me dijiste que está afectando a la pareja.

Yo: Es verdad, como le dije, no estamos en nuestro mejor momento.

Jefe: Perdón por lo atrevido; pero lo que no te animas a decirme es que no tienen relaciones amorosas ¿verdad?

Yo me sonrojo y no le contesto.

Jefe: Perdón que sea tan directo; pero, sé que cuando las personas no tienen sexo o es malo, se desequilibran.

Yo: Algo así.

Jefe: Te lo pregunto como profesional. ¿Sabes cuál es mi profesión?

Yo: No ¿Cuál?

Jefe: Soy psicólogo, con especialidad en sexología; pero, ocupo este cargo en la empresa por la buena paga.

Yo: ¡Oh! Ni me lo imaginaba.

La conversación era muy amable y a mí, ya me estaba haciendo efecto el alcohol, cuando el pidió la segunda vuelta. Él continúo diciéndome:

Jefe: Veras, todos practicamos el sexo de forma cultural; o sea, como nos dijeron que se hace; pero, el deseo sexual es complejo y se ve afectado por aspectos físicos y emocionales. El sexo no tiene como fin exclusivo la reproducción, como lo indica nuestra religión católica; también debería ser una experiencia placentera para todas las personas involucradas.

Yo lo escuchaba atentamente y no me incomodaba.

Jefe: ¿Cómo hacen el amor con tu esposo?

La pregunta me sorprendió y me descolocó.

Yo: No sé, supongo que como todo el mundo.

Jefe: Te sorprendería que en algunos casos no es así. ¿Con qué frecuencia lo hacían? ¿A qué llamas como lo hace todo el mundo?

Yo: Bueno, ahora no tenemos frecuencia y se refiere a posiciones, lo convencional, nada especial.

No podía creer que estuviera hablando estos temas con mi jefe; pero, me dejaba llevar.

Jefe: ¡Ves! ¡Ahí tienes! Dijiste nada especial, convencional. ¿Cómo te gustaría hacerlo?

Yo: ¡Hay Señor! ¿Qué pregunta es esa?

Jefe: Perdón, tienes razón, es una pregunta muy íntima; pero, me arriesgaría que encierras un mundo interno, un potencial que aún no has explorado.

Yo: No sé a qué se refiere ¿Quién cree que soy?

Jefe: En primer lugar, eres una hermosa mujer que por circunstancias de la vida, aún no ha tomado riesgos para sentir plenitud. ¿Qué sentiste al abrir mi regalo?

Yo: Al comienzo, vergüenza por lo que dirán; además, sorpresivo porque juro que no he provocado a nadie.

Jefe: ¿Y luego?

Yo: Nada, eso sentí.

Jefe: ¿No te imaginaste ponértelas al llegar a tu casa, para festejar con tu esposo, de forma erótica?

Yo: Lamentablemente, no. ¿Eso está mal?

Jefe: No. ¿por qué estaría mal? Quizás, no te las pondrías jamás. ¿las usarías?

Yo: ¡Me encantaría!, pero…

A esta altura de la conversación, me sentía suelta; pero, no manejaba mis respuestas, creo que con ayuda del alcohol eran espontáneas.

Jefe: ¿Pero? ¿En qué circunstancias las usarías?

Yo: No sé, no logro imaginarlo.

Jefe: Intenta plantearte una pantalla mental, que es el músculo más erótico que poseemos. ¿Lo tienes ya?

Yo: Sí, pero es irreproducible.

Jefe: ¿Por qué? ¿Es tan rebuscado? ¿Es tan pornográfico?

Yo: No, para nada.

No quería confesarlo, me daba vergüenza, cuando ya estaba pidiendo la tercera ronda de “manhattan”.

Jefe: ¿Entonces?

Yo: No sé, supongo que me las pondría para un “affaire”.

Jefe: ¡Vaya! Ese es gran avance.

Yo: Espere, eso no ocurriría jamás.

Jefe: ¡Ves! A eso me refería que no te atreves a explorar. Parte de la infelicidad que sientes, se debe a las limitaciones que te impones. Y no me enumeres las excusas, como que no engañarías a tu esposo jamás, o me sentiría avergonzada de hacerlo, o cualquier otra razón.

Yo: Es que es así.

Jefe: Mira, en tu mente, te pusiste esas medias negras, para excitar a ese hombre y averiguar cuán lejos él llegaría, con el objetivo de que te proporcione el placer que hasta hoy no has experimentado. No me digas que no desearías ser llenada y perder la cuenta de tus orgasmos.

Yo me quedé enmudecida, porque en cierta medida, con eso fantaseaba cuando recibí el regalo; pero, no me había percatado de ese deseo.

Jefe: Liliana, todos tenemos el derecho de sentirnos plenos, de la forma que sea. Todo lo demás, son imposiciones que nos establecemos por miedo, que nos impiden sentir.

En ese instante, él me tomó con ambas manos, que rechacé en un principio, porque pensé que estaba provocando la situación; pero, me dejé, estaba confundida y el alcohol no me dejaba reaccionar con rapidez.

Seguí escuchándolo:

Jefe: ¿Cómo te hubiera gustado festejar tu cumpleaños? Por supuesto, no venir a trabajar. Ja Ja ja.

Yo: No sé. Creo que por ser día laboral, no pensé en nada especial.

Jefe: ¡Confiésalo! ¿no te hubieras puesto esas medias negras para tener un momento de pasión?

Yo: Sí, quizás.

Jefe: ¿No quieres probártelas e imaginarte ese momento?

No reaccioné a esa propuesta porque al mismo tiempo, él señaló a un edificio enfrente, a través de la vidriera de la confitería. Tardé unos instantes en descifrar que el cartel de neón de ese edificio, anunciaba un hotel para parejas. En mi país, se los conocen como albergues transitorios.

Yo quedé en suspenso porque no entendía la propuesta, aunque seguramente para el lector de este relato sea evidente; pero, se trataba de mi jefe en el trabajo y no acreditaría tremendo descaro; pero, ya llevábamos dos horas conversando, le había confesado situaciones íntimas y se había ganado mi confianza.

Él seguramente se dio cuenta de mi desconcierto y fue más explícito:

Jefe: ¡Crucemos Liliana! Te pruebas las medias, cierra los ojos e imagínate ese momento de pasión… y si quieres, me lo comentas en voz alta.

No sé qué fue, si sus palabras, o mis ansias de soñar con un momento así, o las ganas de sentirme deseada, no sé. Y aunque tardé unos instantes, asentí con la cabeza.

Así que él, pagó la cuenta y como caballero que era, me retiró la silla para incorporarme y me ayudó con el abrigo.

Cuando llegamos al cordón de la vereda, ambos miramos hacia los lados, para cruzar la calle de forma segura. Sin bien había ingerido varios “manhattan”, mis movimientos eran controlados, pero mi mente no gozaba de rápidos reflejos.

Ingresamos, y observé la recepción oscura; pero, al escucharlo solicitar una habitación, caí en la cuenta de lo que había asentido con la cabeza y comencé preocuparme por la hora.

De camino a la habitación, intenté enviarle un mensaje a mi esposo, para avisarle que saldría a festejar mi cumpleaños con mis compañeros de oficina; pero él, como adivinando me aconsejó:

Jefe: ¿Le vas a mentir a tu esposo? Es mejor que le avises simplemente que llegarás un poco tarde.

Le obedecí y luego apagué el teléfono, por temor a un contra mensaje y al arrepentimiento.

Cuando llegamos a la habitación, él apoyo la tarjeta magnética y al escuchar la apertura de la cerradura, me invadió un temor inexplicable.

Jefe: ¡Pasa Liliana! Tranquila, no sucederá nada que no desees; tómalo como un juego para que tu cumpleaños lo recuerdes como muy especial ¿Estás asustada?

Yo: Sí, bastante.

Jefe: No te preocupes, es la adrenalina que generan los pensamientos de tu mente.

Al ingresar, la iluminación era tenue y de color azul. El ambiente lo dominaba una cama de tamaño considerable. Me llamó la atención un sillón de forma extraña, que tardé unos instantes en saber que facilitaba ciertas posiciones amatorias.

Él se dirigió directamente a un frio bar, para retirar dos copas y champagne de 250 c.c.

Jefe: ¡Un brindis por tu cumpleaños!

Yo: El último por favor; ya perdí la cuenta de lo que bebimos.

Jefe: Ok.

Él destapó con ruido la botella, lo que me sacudió y renovó ese temor inexplicable.

Brindamos intentando hacer fondo blanco; pero, yo no lo logré.

Jefe: ¡Porque este cumpleaños te sea inolvidable!

Yo: ¡Muchas gracias! Lo será por lo raro de la situación.

Jefe: Bueno, ahora a lo que vinimos. ¡Pruébatelas!

Yo: Ok.

Yo tomé las medias de mi cartera y cuando me dirigía hacia el toilette, me pide:

Jefe: ¡Hazlo aquí! ¿Te da vergüenza?

Por un instante, me paralicé; es verdad, me daba vergüenza. Lo miré a los ojos y cambié de rumbo, dirigiéndome a ese extraño sillón.

Tomé una media, la enrollé, me descalcé la pierna izquierda y la apoyé sobre ese sofá, para deslizarme la media por mi pierna. Lo hice como si estuviera en mi casa; o sea, no hice movimientos con intensiones sensuales, para no insinuar nada.

Lo mismo hice con la pierna derecha y volví a calzarme los tacos, para finalmente pararme frente a él, como esperando alguna expresión de aprobación.

Jefe: ¡Te quedan bellísimas! Supongo que te lo han dicho un millón de veces: ¡Tienes hermosas piernas!

Dicho esto, él comenzó a acercarse y nuevamente me invadió ese temor inexplicable.

Cuando estuvo a unos pocos centímetros, me dijo en voz muy baja:

Jefe: Ahora cierra los ojos e imagínate ese momento de pasión que esperabas.

Sus dedos se apoyaron en mis párpados para ayudarme a cerrar los ojos.

No podía imaginármelo, el temor no me abandonaba, la situación era suficientemente extraña como para que terminara así.

Después de algunos segundos, siento que me besa la frente, diciéndome:

Jefe: ¡Hazlo! No temas.

Así que me esforcé, y en mi mente surgió un hombre sin rostro que comenzaba a besarme el cuello y a susurrarme al oído lo hermosa que era; lo cual, comenzó a suceder luego de un instante.

Luego, comenzó a jugar con el lóbulo de mi oreja y me hizo abandonar ese temor inexplicable, escuchándolo con dificultad lo que me murmuraba al oído.

Jefe: ¡Qué hermosa eres! Me agradaría poder desnudarte y pararte frente al espejo, para que observaras lo bien que te quedan estas medias negras.

A pesar que ya no tenía sus dedos sobre mis párpados, mantuve los ojos cerrados, sintiendo que él comenzaba a desabrocharme la blusa.

Sentí que había terminado, por el aire fresco proveniente del aire acondicionado que se inmiscuía entre la blusa desabrochada y mi abdomen.

Luego sentí que deslizó las hombreras y la blusa cayó a mis pies.

Podía sentir sus suaves besos en mi cuello y lo que me podía, su juego en el lóbulo de mi oreja.

Sus manos se deslizaban por mi espalda, subiendo y bajando, hasta que se detuvieron en el broche de mi falda. Al rato, bajaba su cierre y también siento como cayó a mis pies.

Quise abrir los ojos; pero él me lo impidió, tomándome por los hombros, para girarme; obedeciéndolo, no sin antes levantar mis pies, para evitar enredarme con la ropa que yacía a mis pies.

Jefe: ¡Ya puedes abrirlos!

Y me observé frente al espejo, con mi ropa interior negra y las medias de liga, diciéndome a mí misma: “Realmente estás sensual”.

Por detrás, él también me apreciaba a través del espejo.

En esa posición, deslizó sus manos por mi abdomen, dándome un cosquilleo relajador; después subió hasta mis pechos, los cuales acarició por encima de mi sutien y continuando con sus besos en el cuello.

Yo ya no ofrecía resistencia interna a sus maniobras y fue liberador al sentir que me desabrochaba y dejaba caer mi sutien. En ese instante, ambicioné darme vuelta; pero él me lo impidió, tomándome una mano y dirigiéndola a su entrepierna.

Descubrí que tenía una erección; pero cuando me animé a acariciárselo, comprobé su gran tamaño. Este acto le sirvió como una especie de aprobación para continuar; porque ahora sí me giraba quedando frente a frente.

Me miró fijo a los ojos y se lanzó a besarme, obligándome con su lengua a abrir mi boca, de esta manera, nuestras lenguas se entrelazaban para dar comienzo a una frenética exploración de nuestros cuerpos.

Cuando abandonó mi boca, se sumergió entre mis pechos y una de sus manos, me apretaba una nalga, empujándome como para apoyarme hasta llegar a una pared. Mi mano quedó apretada entre su miembro y mi pelvis; por lo que la retiré; pero él volvió a tomarla para posarla nuevamente sobre su bragueta.

Su mano libre, ahora se abría camino, separando mis piernas y comenzando masajes de vulva por encima de mi culote.

Yo deseaba averiguar con mi mano, la forma, el tamaño definitivo y la temperatura de su miembro; así que como pude, le desabroché el cinturón y la bajé el cierre de su bragueta, metiendo la mano sin problemas.

Cuando por fin logré tomarla con mi mano, sentí lo dura que estaba y el calor que emanaba. Inevitablemente la comparé con la de mi marido, entendiendo que era más larga y gorda; por lo que si bien estaba decidida a sentirla, pensaba en el dolor que podría causarme.

Él gimió por mi manoseo y apoyó sus pesadas manos sobre mis hombros, obligándome a estar de cuclillas; nos giramos 90º y cuando la saqué de adentro, descubrí que podía observarme en el espejo. La imagen me devolvía una escena sumamente erótica, yo arrodillada, al frente de mi boca una armoniosa y gran verga y hacia arriba mi jefe que me observaba.

No tardé demasiado para besársela y tantear hasta donde podía mamársela. Por su tamaño, sólo llegaba hasta la mitad de su longitud y debía esforzar la redondez que practicaba con mis labios; si bien no tengo una boca grande, me esmeré y completaba el largo que no me entraba, con mi lengua extendida y de costado.

Jefe: ¡Qué bien lo haces! Lo sabía.

Al escucharlo, me nació mejorar los movimientos hasta hacerlo gemir; pero me frenó, porque evidentemente le provocaba una pronta acabada.

Yo: Está bien, déjalo salir.

Pero no pude continuar; ya que me tomó de las axilas hasta reincorporarme y me condujo hacia la cama, colocándome en cuatro patas.

Me volvió acomodar de tal manera que pudiera seguir observando todo a través del espejo; lo cual, me excitaba muchísimo, porque me permitía tener sexo con alguien más allá de mi marido.

Sentí su sensibilidad, porque al comienzo sólo jugó con su glande entre los labios de mi vagina. Tanteaba la dificultad para penetrarme; así que lo hacía de un centímetro en uno; pero para mí, ya era suficiente y gemí de placer inmediatamente.

Luego de unos instantes, sintiéndome empapada, él lograba introducirla casi en su totalidad. Esto me provocaba un inmenso placer, porque lograba sentir como mi cavidad se abrazaba a todo su volumen. Yo lo ayudé con movimientos hacia su pelvis.

No tardé mucho en experimentar un orgasmo, lo cual facilitaba que sus estocadas se aceleraran.

Mis brazos se habían debilitado y me desplomé, quedando con la cara sobre las sábanas. Él continúo bombeándome, provocando mi segundo orgasmo; pero este fue más profundo.

Al rato, a él también se le cansaron los brazos, y me colocó de costado sin sacármela y continúo entrando y saliendo.

¡Que energía tenía! Yo había pensado que pronto acabaría por mi mamada; pero se notaba que tenía autocontrol y se esmeraba para darme placer.

De repente, comenzó a jugar con su dedo en mi ano y tuve que decirle:

Yo: Nunca lo hice por ahí.

En lugar de limitarse, embebía su dedo en mis jugos y volvía a jugar con mi ano. Eso me provocaba un extraño placer, porque se sublevaba a mis limitaciones.

Después de perder la cuenta de mis orgasmos y comenzar a sentirme exhausta, él la sacó de mi vagina y apoyó su glande en la puerta de mi ano.

Yo intenté separarlo, tomándolo de un brazo. No deseaba sentir dolor y estropear lo maravilloso que me había cogido. Pero esto no lo detuvo; sentí que poco a poco mi ano se dilataba y él me penetraba. Ese extraño dolor que me causaba, se convirtió en placentero; y si bien logró introducirme unos pocos centímetros, sentí cómo me inundaba con su semen, provocándome otro orgasmo.

Me abrazó por detrás y sin sacármela, me dijo:

Jefe: ¡Eres una bellísima mujer!

Yo: ¡Gracias! Me encantó que me convenciera sutilmente de esto.

Nos mantuvimos abrazados por un instante; pero, al ver el reloj en su muñeca que pronto sería media noche, le exclamé:

Yo: Es una fantástica velada, la pasé espléndida; pero debo regresar a mi casa.

Jefe: ¡Claro! No te preocupes que yo te acerco.

Nos vestimos rápidamente y entendimos que no había tiempo para ducharnos.

Él me dejó a unos metros de mi casa y nos despedimos con un profundo beso.

Entré a mi casa lo más silenciosamente, comprobando que mi esposo ya se había acostado.

Él dormitado me dice:

Esposo: ¡Es muy tarde!

Yo: Discúlpame. Te avisé que salía a festejar mi cumpleaños con mis compañeros.

No me contestó y me percato que llevaba puestas las medias negras de liga; pero él, me daba la espalda; así que rápidamente me desvestí y me metí en la cama.

Cuando lo sentí roncar, me levanté porque necesitaba higienizarme. Al observarme en el espejo del baño, no me reconocía, tenía una facha lujuriosa.

Volví a la cama y como tardé en dormirme, sólo imaginaba cuando y cómo sería mi próxima encamada con mi jefe; también las travesuras que haría en la oficina para provocarlo…