Aliviando al marido cornudo (1)
Él sabe que su cuerpo es un territorio conquistado, pero la verdadera victoria no está en poseerla, sino en obligarla a devolverle lo que le pertenece a otro. Con cada orden, el control se vuelve más absoluto y la humillación, su mayor excitación.
Mi amante yacía sobre las sábanas, tan húmedas como su caliente e insaciable entrepierna. El rictus de su cara y el desmadejamiento de su cuerpo eran el de una Mesalina, "lassata sed non saciata". No me cabía la menor duda de que estaba esperando impaciente a dejarse inmolar una segunda vez en el altar de Venus, pero para ello tendría que esperar a que me recuperase, pues el primer asalto nos había dejado extenuados a ambos.
Era una madura muy atractiva, de pelo castaño, tetas medianas de aspecto adolescente, cintura estrecha, mínima barriguita y un culito muy apetitoso y, por lo que me aseguraba, sin estrenar, algo a lo que pondría fin en breve, pues aquella mujer tenía un deseo sexual reprimido e irrefrenable.
Me había confesado que se seguía llevando bien con su marido, pero que, después de sufrir un gravísimo accidente laboral que lo tuvo a las puertas de la muerte, exteriormente parecía totalmente recuperado, pero que su fractura craneal había cambiado algo en su interior, lo había retrotraído hasta convertirse en un inmaduro preadolescente, enamorado de ella como un colegial, muy atento, servicial.. pero incapaz de tomar decisiones como un hombre maduro.. ni de follarla como es debido.
A la semana de volver a casa tras 6 meses de UCI y hospital, aprovecharon que su hija se marchó a la universidad a sus clases para retomar sus antiguas sesiones de sexo matinal, pero él se limitó a ponerse sobre ella, introducirle su miembro a semierecto y correrse entre gemiditos al minuto de iniciada la coyunda.
Esta escena se repitió invariablemente durante un mes, hasta que Mabel, así se llamaba mi amante, decidió poner pie en pared e interrumpir aquellos polvos de conejo que le dejaban el coño relleno de las minicorridas de su marido y caliente como una cafetera.
Consultó con el neurólogo de su marido y con un reconocido psiquiatra, pero ambos coincidieron en ofrecerse galantemente a solucionarle el problema fuera de la consulta y en que aquello era una secuela del accidente, algo indeterminado y arraigado en alguna zona dañada de su cerebro, y que no podían asegurarle que mejorase con el paso del tiempo.
Mabel, como mujer fuerte y resuelta que es, tomó la decisión de vivir como marido y mujer de cara al mundo y a su hija y como hermanos en su dormitorio: no volvieron a tener sexo.. hasta que aparecí yo para solucionarle sus carencias.
Como parecía que las fuerzas retornaban gradualmente a mi "égida de Zeus", decidí ir elevando gradualmente la temperatura de mi amante, al tiempo que una retorcida pero romántica idea iba tomando forma en mi mente: habría que tener un acto de justicia poética con el pobre marido cornudo.
Me dediqué a besar con pasión a Mabel, que respondía dejándose invadir su ávida boca, jugando con su húmeda y ardiente lengua, que se entrelazaba con la mía, al tiempo que vibraba con cada caricia que le prodigaba en sus bonitos muslos, en sus firmes nalgas de veinteañera, o en sus pechos de adolescente madura. Esa mujer era un instrumento de tensas y afinadas cuerdas, que vibraban armoniosas con cada caricia de quien supiera tocarlas.
Cuando consideré que Mabel estaba suficientemente excitada, me lancé hacia su entrepierna, pero no pude evitar deleitarme unos minutos con sus pechos; de hecho era un verdadero pecado no saborear aquellos manjares durante horas, pero sabía que nuestra sesión de sexo estaba limitada por mis obligaciones y por las apariencias de una señora felizmente casada, pero que en la intimidad se comportaba como una loba sedienta de sexo que se arqueaba mientras me amamantaba con sus increíbles y acaramelados pezones, que seguían creciendo con cada lamida y succión que les prodigaba.
Pasé con un sinuoso sendero de saliva por todo su vientre hasta hundirme en su cálida entrepierna, desatando un desordenado torrente de suspiros, fluidos vaginales, gemidos y temblores con cada pasada de mis labios y lengua por su intimidad. Era un auténtico placer saborear el aterciopelado y encharcado interior de su vagina, tenía un flujo de un sabor y olor equilibradísimos: ni demasiado ácido ni insípido. Su olor a hembra saturaba mis fosas nasales y aumentaba la dureza de mi miembro, que ya me impedía estar tumbado boca abajo en la cama, por lo que me arrodillé en la cama, sujeté sus muslos por la parte posterior, levantándole las nalgas, y me apliqué a mamar desde su escondido culo hasta su cada vez más abultado clítoris, sin dejar un recodo de su intimidad sin ser devorado por mi ávida boca. Mabel vibraba cada vez más cercana a un estruendoso orgasmo, por lo que detuve mi comida de culo y coño y, sin preámbulos, me alojé en su vagina hasta que mis gordos testículos toparon con su ensalivado culo. Me mantuve inmóvil, haciendo engrosar mi pene con movimientos de pelvis que le insuflaban sangre, causando que las paredes del coño de Mabel vibrasen con aquella sacrílega y adúltera comunión.
Seguí sin bombear, prodigando besos y lamidas por el cuello y orejas de mi amante, que estaba próxima a enloquecer de calentura y deseo.
- Por favor, fóllame, hazme tuya, no pares, te deseo, te necesito, dame fuerte..
- ¿Eres mía de verdad? (Yo seguía inmóvil, sin bombear su coño, sólo palpitando en su interior).
- Síiiiiiii.. no lo ves? Haz conmigo lo que quieras, pero hazme tuya.
- ¿Vas a darme placer, a hacer lo que te pida?
- Lo que sea, mi amor, pero fóllame, lléname de ti, dame fuerte.
- ¿Cualquier cosa?
- Lo que sea.. si quieres sácamela y te la chupo hasta que te corras en mi boca, en mi cara, en mi pelo, en mis tetas.. eres mi macho.
O si quieres toma mi culo ahora mismo, rómpelo hasta hacerme sangrar.. pero fóllame.. estoy muy caliente.
- No quiero nada de eso ahora mismo, sólo quiero que obedezcas mis deseos.
- Sólo tienes que pedirme lo que sea, pero hazlo mientras me follas fuerte, necesito correrme contigo dentro de mí.
Comencé a bombear, no demasiado fuerte, pues quería verla claudicar a mi deseo antes de que se derritiese en los estertores de su cada vez más próximo orgasmo.
- Oooooooohhhh síiiiiiii.. dame más, más fuerte, rómpeme toda mi amor, soy tuya, tu esclava.
- ¿Lo eres?
- Síiiiiiiii.. lo sabes.
- ¿Harás cualquier cosa que te pida?
- Lo que sea, pero no te detengas, dame más fuerte, quiero correrme.
Detuve mi polla dentro de su coño, empujando con tal fuerza que tenía que estar llegándole al útero.
- Quiero que vuelvas a follarte a tu marido.
- ¿¿¡¡Quéeeeeeee!!?? Noooooooo.. por favor no me pidas eso ahora mismo, fóllame.
- Me has prometido obedecer a mis deseos.
- Por favor, sigue.. fóllame
Me mantuve inmóvil, pero mis labios devoraban su boca y cuello.
- Promete obedecerme o dejaré de follarte.
- Está bien.
- No, está bien no. Promete obedecer mi deseo.
- Síiiiiiiiii... lo haré, pero sigue follándome.
- ¿Qué es lo que harás?
- Obedecerte.
- Dilo o dejo de follarte (le bombeé varias veces el coño para desatarla y ayudarla a emputecerse totalmente).
- Me follaré a mi marido, si eso es lo que quieres.
- Te lo follarás mañana mismo, cuando tu hija se marche a la universidad (ahora la follaba lentamente, mientras ella vibraba y se deslizaba hacia el orgasmo).
- Síiiiiii.. mañana por la mañana, antes de desayunar.. pero no pares, por Dios.. qué gustoooooo.. sigue así..
- No me fío de ti, quiero que lo grabes con tu teléfono sin que él se percate, quiero verlo todo, comprobar que eres mi putita y además una buena esposa, que le saca la leche a su pobre y cornudo marido.
- Noooooooooo.. no puedo hacer eso..
Le solté una bofetada, muy débil, pero de un efecto sorpresa, mientras seguía follándola al mismo ritmo.
- Eres una zorra, lo que no deberías es dejar que un hombre que no es tu marido te meta la polla donde sólo él debería entrar, así que mañana te vas a comportar como una buena esposa y obediente puta a la vez, dejando que él te folle y grabándolo, para que yo compruebe lo golfa y obediente que eres.
La imagen mental de imaginarse follada por el eyaculador precoz de su marido por orden de su amante desató un río en su vientre, Mabel empezó a correrse con un orgasmo interminable, mientras su coño dejaba escapar un torrente de flujos que humedecían mis hinchados cojones. Estuvo derritiéndose en una serie de orgasmos encadenados durante más de cinco minutos, mientras yo bombeaba muy lento y muy profundo. Sin duda mi propuesta la había puesto cachondísima, su mente estaba morboseando con lo putísima que había que ser para follarse a tu marido por orden de tu amante y encima grabarlo todo.
Cuando comprobé que la cadena de sus orgasmos había finalizado dejé escapar el mío, pero decidí dar un paso más en la doma de aquella espléndida y madura yegua: saqué mi miembro de su encharcada vagina, le ordené que se arrodillase y me masturbé hasta derramar una copiosa corrida de espesa leche sobre sus bellísimos pechos, que sostenía juntos recogiéndolos con su antebrazo, ofreciéndomelos enhiestos, mientras acariciaba su insaciable vagina. Parecía que la sensación de mi semen hirviente sobre sus pechos le encantaba; decididamente mi amante era una putita de primer nivel que había estado mal follada durante un tiempo, algo que ambos estábamos dispuestos a solucionar sin escatimar en esfuerzos.
- No te limpies mi leche del pecho, quiero que te vayas para casa embadurnada de mí y oliendo a hembra recién follada. Ahora límpiame a mí con tu lengua viciosa, tengo que ir a una reunión y no quiero llegar oliendo a coño de hembra en celo, ni que me queden restos de leche, trágate todo lo que recojas con la lengua, vamos!
Se sonrió maliciosa, aquel juego morboso le estaba gustando y la ponía cachonda. Estaba bellísima con mi polla flácida en su boca, relamiéndola con devoción, mientras mi semen escurría por sus pechos hacia su atractiva barriguita.
Mañana quiero que me llames en cuanto cumplas con tu deber de dejar que el cornudo de tu marido te malfolle de nuevo, eres mi putita, pero es justo que él también goce de tu coño.
Se sacó un momento mi polla de su boca:
- Sí, mi amor (continuó su tarea de limpieza, ya innecesaria, porque no quedaban rastros ni de mí corrida ni de la suya, pero le daba igual, mis órdenes la ponían cachondísima y necesitaba seguir comiendo rabo).
- Otra cosa importante: el cornudito sólo podrá disfrutar de tu coño, es lo justo al ser su marido, pero te prohíbo chupársela, ni que se corra en tu culo, y mucho menos que te manosee las tetas, son sólo mías, entendido?
- Sí, mi amor, sólo le daré lo que tú me ordenes, pero si seguimos así vas a tener que follarme otra vez.
- Lo siento, putita, vas a tener que quedarte con las ganas, debo marcharme ya, pero quiero ver cómo te vistes embadurnada de tu macho.
Se irguió ante mí y lentamente, sin dejar de mirarme, se puso sus sensuales bragas de encaje sobre su encharcadísimo coño, para a continuación colocarse el sujetador negro sobre sus pringosos y hermosísimos pechos, permitiendo que la tela se.impregnase de mi copiosa corrida. Sosteniéndome la mirada recogió con los dedos las gotas que le habían caído hacia la barriga y las esparció sobre el sujetador, para finalmente introducir los dedos en su boca, sacándolos limpios de cualquier rastro de leche de su amante.
- Recuerda mis indicaciones: llámame en cuanto le saques la leche a la pollita de tu cornudo.
La besé, saboreando mi semen en su lengua, tras lo que me despedí y salí hacia el aparcamiento, con la polla casi erecta sólo de pensar en lo que nos esperaba al día siguiente.
(Continuará)
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