Xtories

Cuatro hombres para Blanca (extracto 3)

Alex creyó que podía controlar la situación desde las sombras, pero la noche lo atrapó. Mientras Blanca se calienta bajo las miradas de cuatro desconocidos, la línea entre el voyeurismo y la participación se desvanece. Ya no hay vuelta atrás: la jauría ha olido el miedo y el deseo.

Abel Santos7.7K vistas7.3· 9 votos

Me pasé el resto de la mañana de un lado para otro, huyendo de Blanca. Ni por un momento quería volver a enfrentarme a ella. Me encontraba aplacado por la medicina de Hugo, pero una sensación de odio latente hacia todos y hacia todo bailaba en la boca de mi estómago.

A la hora de comer, hastiado de la soledad, me pasé por el dormitorio. Blanca me esperaba vestida para salir. Me tomó del brazo y volvimos a la cocina. Por suerte no nos encontramos con nadie y comimos en silencio.

Finalizada la comida, volvió a ofrecerme las capsulas de ansiolítico. Y una vez más se las arranqué de la mano y me las tomé con malas pulgas, pero obediente, los ojos inyectados en sangre.

Durante la hora de la siesta permanecimos igualmente en silencio. Parecíamos un matrimonio enfadado, y en realidad es lo que éramos. Yo me adormilé un buen rato, ayudado por el ansiolítico, pero luego volví a la lectura.

Llegada la hora, comenzó a prepararse. No me moví de mi postura en la cama, leyendo un libro como si no la viera. Por fin, cuando se hallaba vestida de «calle», se decidió a preguntarme una vez más.

—¿Vas a venir por fin o no?

—No lo sé… tal vez… —respondí enfurruñado.

—Pues vas tarde… porque ya es la hora en que hemos quedado….

Me mosquearon sus palabras, pero las pastillas de Lexatín hacían su trabajo y no me sulfuré. Me sentía en calma como una balsa de aceite.

—No creo que nos vayan a echar de la sala por llegar fuera de hora, ¿no?

Reí mi propia broma, pero a ella no pareció hacerle gracia.

—Mira, haz lo que quieras… Pero yo me bajo. Si al final vienes, vale. Si no, pues ya nos veremos luego.

—Espérame sentada… —seguí con las bromas.

—Vete a la mierda —replicó y salió de la habitación dando un portazo.

Volví a mi libro, sin intención alguna de acompañarla. Ni entonces, ni después. No había pasado un minuto, cuando regresó.

—¿Se ha cancelado la fiesta? —pregunté con sorna.

—No digas bobadas… es que se me está agotando la batería del móvil. Toma, conéctalo en el enchufe de tu mesilla, por favor…

—Dame…

Tomé el iPhone y lo conecté a la pared. Ella salió por la puerta sin esperar. Una idea germinaba en mi cabeza según la perdía de vista.

*

Cuando hubo salido, me puse en pie de un salto. Joder, que oportunidad sin haberla buscado. Había llegado el momento de probar el pin que le había capturado la noche anterior. Tomé el iPhone y toqué todos sus botones para encender la pantalla. Pero el móvil no reaccionaba. Volví a agitarlo, y esta vez me mostró un mensaje de batería exhausta.

¡Joder, qué putada!, me lamenté. Había esperado que le quedara aunque fuera un último suspiro, pero se encontraba en las últimas.

Sabía que el móvil de Blanca necesitaba un porcentaje de carga alto hasta que se dejaba encender, aunque no sabía el nivel exacto. Y no sabía cuánto tiempo tardaría hasta alcanzar ese nivel. Me daba igual, no esperaba que volviera hasta mucho más tarde, y me propuse aguardar pacientemente lo que fuera necesario.

Media hora después, la necesidad de saber que ocurría en la pista de baile comenzó a acuciarme. Miré el móvil, que no había pasado del diez por ciento. Intenté encenderlo de nuevo, pero no hubo forma.

A los cuarenta minutos ya no podía soportar la tentación de acudir a la fiesta. Lo que estuviera pasando en ella me mataba por dentro. Así que cambié de estrategia. Bajaría a la primera planta y buscaría una excusa más tarde para subir a la habitación.

Me levanté acelerado y me vestí con lo primero que pillé. Estaba dispuesto para salir, cuando en un descuido me tropecé con el cable del cargador que suministraba corriente al iPhone. ¡Joder con las prisas! No le hice mucho caso, sin embargo, y me dispuse a salir del cuarto. La impaciencia por saber qué pasaba entre Blanca y aquellos cerdos tenía prioridad.

*

Al llegar a la pista central, lo primero que descubrí fue a una Blanca que charlaba entusiasmada y que reía sin parar. Se encontraba sentada en uno de los sillones, rodeada por los cuatro tipos, dos a cada lado. De fondo se veían las imágenes de lo que parecía una película antigua en el enorme televisor. Vaya, qué sorpresa, entre aquellos cerdos había algún intelectual que amaba el cine en blanco y negro. El médico, con toda seguridad.

Blanca y el resto no se dieron cuenta de mi llegada hasta que me senté en un sofá frente a ellos. Y eso me permitió estudiar la escena con detenimiento.

Mi novia se hallaba cruzada de piernas. Debido a lo corto de la falda que había elegido para el evento, por el costado izquierdo mostraba una gran cantidad de muslo. Hugo, el más atrevido, acariciaba aquella zona de su piel, llegando a tocar braga. Juan, en el costado derecho de Blanca, tenía puesta su manaza sobre una rodilla y le hacía carantoñas, apretando y soltando su piel al tiempo que la movía arriba y abajo de la pantorrilla.

El viejo Mario intentaba tocarla de cuando en cuando alargando una mano, pero Juan se la apartaba sin dejarle acercarse. Rubén, el más pasota, cambió de posición y se sentó sobre la moqueta frente a mi novia; el pajillero se conformaba con mirarle las piernas, sin rozarla. Era Juan, como siempre, el que contaba los chistes picantes que a Blanca debían de estar haciéndole mucha gracia, a tenor de su risa fresca.

—¡Vaya chiste malo! —la oí decir, pero a pesar de ello reía alocada.

Tosí para llamar su atención y todos me miraron. Blanca me sonrió y me guiñó un ojo. Luego, sin mucha prisa, le dio un sorbo a su copa y la apuró. La dejó en el suelo y, levantándose de su asiento, se acercó a mi sofá y se sentó a mi lado. Sin detener el movimiento, me propinó un sonoro beso en la mejilla y, tomándome de una mano, se la llevó al regazo. El calor que salía de su entrepierna era brutal.

Blanca se había calentado de lo lindo con el asedio de los cuatro hombres.

No me hacía ilusiones de que el gesto de mi novia fuera sincero, pero al menos me había puesto en valor. Lo tenía super claro: se trataba de provocarme un subidón de adrenalina… al que seguiría una bofetada contra el suelo a la menor oportunidad.

No me equivoqué.

*

Blanca volvió a mover ficha y los hombres comenzaron a tragar saliva y a sudar. Mi novia me había tomado por el mentón y me morreaba abiertamente, lengua contra lengua. La suya se hundía en mi boca cuando tocaba, y luego atraía la mía para revertir la situación.

No sabía que sus besos no eran para mí, que eran provocaciones para atraerles a ellos como a una manada de perros tras la perra en celo.

Pero hacía tiempo que Blanca no me besaba de aquella manera, húmeda y sexual. Como un polvo bucal. Y no pude resistirme. Mientras me comía la boca o se dejaba comer la suya, miraba a los cuatro tipos por el rabillo del ojo.

Deseaba dar el siguiente paso, perdiendo mis manos bajo su ropa, pero no me decidía a hacerlo con las miradas de aquellos cerdos fijas en nosotros. Calentarles aún más era un riesgo que no quería correr.

Súbitamente, unos gemidos de hembra en plena acción inundaron la sala. Giramos la vista todos a una y observamos la película porno que acababa de poner Juan en el DVD. En la pantalla, a un volumen demasiado alto, una morena espectacular era follada por un grupo de hombres que la estaban horadando todos los orificios de su cuerpo. De dos en dos y de tres en tres la manejaban sin miramientos para follarla y pringarla de semen en todas las posturas imaginables. Un gang bang en toda regla. Y de los duros.

Las miradas de los cuatro tipos se engancharon a la pantalla mientras se apretaban la entrepierna. El calentón iba subiendo de grados. Lo leía en sus rostros.

Rubén, desvergonzado, no lo dudó un instante. Sacó su verga del pantalón y comenzó a masturbarse con expresión lasciva. Le importó un pimiento que Blanca y el resto estuviéramos a su lado. Juan no fue tan descarado, pero metió su mano bajo el pantalón y de igual manera comenzó a masturbarse sin mostrar sus atributos.

El viejo Mario los miró unos segundos alucinado, pero enseguida se encogió de hombros y también comenzó a pajearse. En su caso si había sacado la polla, y estuve de acuerdo con Blanca cuando dijo que el anciano la tenía pequeña, pero gruesa a reventar.

Mi novia puso gesto de contrariedad y, para mi satisfacción, se levantó y tiró de mí hacia uno de los sillones de la grada. ¿Se había enfadado por la impudicia de sus nuevos amigos o porque la habían apartado del centro de atención?, me pregunté. Al sentarnos, volvió a los besos y, esta vez sin cortarse, agarró mi verga por encima del pantalón y comenzó a agitarla.

—Sácatela… —suspiró.

—No, Blanca, joder… —me negué—. Para…

Pero mi novia ignoró mi queja y siguió con su magreo.

Me apreté contra ella y la dejé manipularme. Estaba encendida, desbocada, y no quise detenerla. El problema era que yo también me había encendido como una llama y no pude contenerme. La agarré de los pechos y gruñí mientras me corría en los bóxer. Blanca me recriminó.

—Joder, Alex… ¿tan pronto?

Avergonzado, no supe qué contestar.

Nos quedamos en silencio, mirando sin mucho afán a la mujer de la pantalla que emitía gemidos como un cerdo en el matadero. Más de diez hombres hacían cola para llenarle el cuerpo y la cara de lefa. La actriz simulaba felicidad y placer, pero los ojillos de asco no conseguía disimularlos.

Me entretuve con la imagen un minuto —con el volumen a tal nivel, la pantalla me llamaba sin poder evitarlo— y cuando volví la vista hacia Blanca, la escena había cambiado.

Sin llegar a tumbarse, se había esquinado contra el brazo izquierdo del sofá. Se había colocado encima una especie de manta de avión —a saber de dónde la había sacado— y se cubría con ella cuanto podía. Hacía calor en el ambiente, así que no entendí el porqué de la manta. Hasta que noté el movimiento bajo la tela.

No tardé mucho en comprender lo que ocurría. ¡Joder! Blanca se masturbaba con los ojos entrecerrados al tiempo que miraba en la pantalla como pringaban a la morena de pechos grandes y sonrisa falsa.

—Hostias, Blanca, ¿qué estás haciendo?

—Sssshh… —respondió con expresión morbosa.

—No me pidas que me calle, joder… —la increpé en un susurro—. Esos tíos no están tan lejos, te van a ver…

—Calla, cielo… —se mordía los labios mientras hablaba—. Sigue disimulando… Y si vienen ellos, considéralo como una práctica.

No me gustó aquella frase. ¿Qué pretendía? ¿Realmente quería que los tipos se acercaran?

—¿Qué quieres decir? —pregunté incómodo.

—Te prometí que solo tendría sexo avisándote de antemano cuando hiciéramos una práctica, ¿recuerdas? —añadió.

—Sí, claro, pero…

—Pues esto es una práctica… Y no quiero que te enfades, cari, porque te lo estoy diciendo… ¿vale?

Antes de que terminara la frase, Juan miró hacia arriba. Dijo algo al resto y, de repente, todos giraron la cabeza hacia la grada donde Blanca y yo estábamos sentados.

Los lobos nos habían localizado y habían olido el celo de la hembra.

Y comenzaron a moverse hacia nuestra posición.

*

Me acojoné del todo. Temí mi reacción si los tipos se acercaban. No obstante, los ansiolíticos debían de estar haciendo su función, porque me sentía calmado, casi neutro. Con el alivio por la paja que Blanca me había hecho unos minutos antes, hasta comprendía la necesidad de descargar de aquellos capullos.

La jauría llegó a nuestro lado y observé que faltaba uno de ellos. Miré hacia abajo y comprobé que el viejo Mario roncaba en un sofá. Demasiado alcohol para su edad, seguramente.

De vuelta a la escena, advertí como los tipejos tomaban posiciones alrededor de Blanca, la única hembra de la jauría, por la que todos matarían. Hugo se había sentado en la moqueta frente a ella y Juan se había arrodillado en el suelo, junto al brazo del sofá en el que Blanca se apoyaba. Rubén, por su parte, se había quedado de pie tras ella y la observaba encendido.

Blanca no miraba a ninguno de ellos. Sus ojos entrecerrados estaban fijos en la pantalla, y los movimientos de sus manos iban acelerando a medida que los segundos pasaban.

Súbitamente, la manta se deslizó sobre sus piernas y cayó sedosa sobre el suelo. Investigué con la mirada y comprobé que no había sido por accidente. Hugo había tirado de ella para descubrir lo que ocurría por debajo. Y lo que ocurría era lo que imaginábamos todos.

Blanca se había recogido la falda hasta la cadera y, con una mano dentro de las bragas, se manipulaba la vulva de forma enfermiza, queriendo alcanzar un orgasmo que sabía que por sí sola no iba a conseguir. Con la otra mano había tirado del top hacia arriba y amasaba su teta derecha de forma salvaje, pellizcando el pezón con una violencia que por fuerza tenía que dolerle.

—Joder, Blanca… —susurró el médico alucinado—. Menuda paja te estás haciendo. Déjame ayudarte, anda…

—Ni… de coña… —replicó ella—. Aparta de ahí y échate hacia atrás.

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