Xtories

El sabor de lo nuevo III

Él sabe que ella está con otro hombre, y en lugar de detenerlo, se queda a mirar. La puerta entreabierta revela un espectáculo prohibido que desafía todo lo que creía saber sobre su matrimonio. Esta noche, el silencio es cómplice y el deseo no tiene dueños.

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Entre arrumacos, toqueteos furtivos y labios humedecidos de saliva el coche se puso de nuevo en marcha. Gala recomponía su blusa escotada que mostraba la ausencia de sujetador. Era como advertir que faltaba algo que antes estaba ahí. A través del espejo un par de pezones daban el chivatazo sobre el estado febril de la azorada señora. Rubén no cejaba en su empeño de mantenerlos firmes. Capturados entre sus labios ayudaba con su lengua acariciándolos junto al revuelto cabello que se mecia ante su cara. Entre gemidos, masajes y magreo Rubén mostraba su entrepierna dispuesta a seguir dando guerra. Apenas 10 minutos después de su tremanda eyaculación estaba listo para seguir. Las manos de Gala hacían el resto.

El coche se detuvo en la entrada de su calle. Era sin salida. Casi a las cuatro de la madrugada no había aparcamiento. Rubén se bajó y tendió la mano a Gala, la cual lo acompañó de inmediato. Me dispuse a buscar aparcamiento. Ellos entraban en el portal cuando yo giraba a la derecha y me perdía calle abajo. Pasados 20 minutos mi móvil mostraba la llamada de Rubén. Estaba terminando de aparcar en una esquina alejada unos 300 metros de su casa. Sin bajarme del vehículo contesté:

- Hola, dime...

- Nada tío, que estoy con Gala, deseando follármela... Pregunta ella si te queda mucho, tengo la polla a reventar y me tiene el coño a un palmo de la cara, ardiendo...

- Id tirando, ahora subiré, no os cortéis. Déjame la puerta entreabierta cuando llame y así no os molesto. En nada subo...

El portal estaba algo oscuro. Tardé un poco en subir, no conocía el barrio, tuve que asegurarme de dar con la calle correcta porque me costó la vida dejar el coche a esas horas al menos donde no estorbase. Solo faltaba que se lo llevase la grúa. Era un tercero sin ascensor. Entre una cosa y otra pasaron unos 20 minutos. Obligué la puerta con cuidado y entré como el que va a robar y no quiere que le oigan. Pese a estar en su dormitorio, al fondo del piso y con la puerta entrecerrada oía gemir a Gala de un modo distinto. Conforme me acercaba al cuarto los gemidos eran más intensos, los golpes de sus nalgas chocaban con claridad. A través de poco más de medio metro la puerta me mostraba la imagen más ardiente de mi vida: Gala agarraba la almohada con una mano, el cabezal con la otra, la mano izquierda de Rubén.tensaba suavemente el cabello y la cabeza de ella hacia atrás y con la derecha sujetaba la cadera para que no se le moviera la diana que su enorme rabo percutía. En directo y sin espejos de por medio la polla de Rubén parecía más grande, el coño inflamado de Gala se abría forzosamente a golpes de riñón.

Intenté no molestar. El espectáculo era increíble, paralizante y adictivo. Más de 30 minutos después él pidió tumbarse y que ella se pusiese encima. Estaba chorreando. La entrepierna de Rubén goteaba, literalmente. Ella, sumisa y sin rechistar, se subió encima de aquel miembro que la estaba dejando sin aire. De perrito Le conté tres orgasmos, en cuanto incrementaba la fuerza y empuje de sus pollazos ella volvía a correrse. Sabía mantener el ritmo, subirlo y bajarlo para darle cada vez más placer. Ella volvió a correrse un par de veces más sobre su pollón, él avisó. Estaba a punto, pero ella desmontó, se colocó a horcajadas sobre su cara y en un intenso 69 se dispuso a devorar el caliente y enrojecido rabo de Rubén. Qué gran mamadora es. Dejando caer toda su boca la polla se perdía en su garganta hasta que unos gruñidos avisaban de la próxima descarga. Lechada tras lechada, Rubén vació (otra vez) sus huevos en la boca de mi mujer, salvo que esta vez ella decidió limpiarse menos y aprovechar más el suculento postre.

Una vez en el coche dejé que sonara el silencio. Más o menos recompuesta miraba al frente con la mirada perdida en la carretera de vuelta a casa. Ella no sabía qué decir y yo no sabía què preguntar. Tras 30 minutos de vuelta le pregunté si se encontraba bien:

- ¿Qué tal estás? ¿Te encuentras bien?

- ¿A ti qué te parece? Tengo el coño dolorido, Rubén me ha follado como un animal y me he corrido infinidad de veces. Tengo calor.

- Ya llegamos a casa...

Subimos en silencio a casa. El ascensor pesaba demasiado. Entramos y se fue a la ducha. Me metí con ella. Le lavé el cabello, masajeé su cuerpo con jabón, ella me besaba con delicadeza, como agradeciendo que le hubiera querido dar aquella noche de sensaciones desconocidas. Agarró mi polla, reventada y dolorida por las horas de morbo vividas, se sentó en la bañera y me comió la polla despacio. Una catarata de esperma corrió por su barbilla hasta su ombligo como lava fundida. Una vez en la cama pude ver la inflamación de su coñito. Rojo, dilatado y aún húmedo recibió un poco de crema con agradecimiento.

Se abrazó a mi, me agarró con ternura los testículos y se quedó dormida. "Mañana habrá tiempo de hablar...", pensé. Era ya de día cuando yo también me uní al sueño.

Continuará...