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Clases Particulares Día 11 Parte 1

En el restaurante, la mirada de Tatiana no es de amor, sino de sumisión forzada. Mientras Julieta observa desde la distancia, Valentín descubre que su control es tan frágil como la ropa que le presta a su amante. Pero la verdadera jefa de la casa Rhodes está a punto de demostrar quién manda de verdad.

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Hola a todos! Lamento la larga ausencia. Esta es la continuación de 'Clases Particulares 10

Día 11 Parte 1

Capítulo 11: Una buena manera de comenzar el día

Julieta. Mi ex. Mi primera novia. “Y la única", agregó una vocecita que sonaba igual que Valentina en su faceta de reina de la escuela.

En algún momento, sabía que ocurriría. Tarde o temprano, nuestros caminos se cruzarían.

Con una reflexión profunda, puedo decir que con ella había abierto mi corazón. Los ingenuos como yo siempre nos ilusionamos con facilidad. Por lo tanto, su frialdad al terminar nuestra relación con un mensaje, sumado a mi pasado tormentoso con Valentina, en cierta medida, justificaban todos estos últimos días de demencia y lujuria. Un cambio tan brusco en mi personalidad que ni yo me lo creía.

Ya no quería ser el chico bueno, sino el Amo Cruel; era mi nuevo mantra. Sin embargo, era evidente que no servía para esto (daba muchas vueltas, para luego dar marcha atrás). Me sentía con dudas; vacilaciones que desembocaban después en arrepentimiento. Potenciado por mi sumisión hacia Romina.

Qué fiasco.

Bajé la cabeza. Logrando sentir los murmullos proviniendo de la mesa de Julieta.

Podía haberme marchado del local de comida, pero era demasiado tarde. Nuestras miradas se habían encontrado y, por pura obstinación, decidí quedarme. No quería dar la impresión de ser un debilucho que le huía a los coños, como si aún estuviera afectado por mi pasado con ella.

Yo te amaba, me lamenté.

—Es bonita —captó mi oído—. Tiene una piel de porcelana.

—¿Quién será? Parece supermodelo.

—Su novia seguro que no —replicó la voz de Julieta. No sabría decir si eran celos o simplemente menosprecio hacia mi persona.

Fue que me percaté de lo obvio. No estaba solo. Estaba con una mujer; una hembra como pocas, con una genética envidiable.

—¿Qué vas a pedir? —le pregunté a Tatiana. Buscando entablar una conversación cariñosa que molestara a Julieta y a su grupito. Ya saben, una muestra de superación con la típica escena de un tercero de por medio.

Sin embargo, Tatiana era ajena a mi juego. Estaba sentada frente a mí y me lanzó una mirada de puro desprecio. Afortunadamente, estaba acostumbrado a la hostilidad que brotaba de esos agujeros negros que llamaba ojos, tan destructivos como una bomba.

Tatiana odiaba mi género y odiaba lo que le había obligado a usar.

Lucía la ropa de Andrea, una elección que divergía notablemente de su usual atuendo oscuro y ajustado al cuerpo, recordándome las circunstancias de su desnudez el día de ayer. Y es que no le había quedado otra opción más que ponerse lo que encontrara. Adriana, a efectivos prácticos, había tirado su ropa a la basura.

Parecía ser alguien totalmente distinta. Había sido yo quien eligió meticulosamente el corto y blanquecino vestido que ahora lucía. A pesar de no llevar corsé, su cintura y abdomen propiciaban la ilusión, incluso con la holgura de la tela. Por lo demás, si subías la mirada, te encontrarías con dos grandes sorpresas, bien apretadas y que parecían estar apunto de explotar. Lo que provocaba que como un terrorista deseara inmolarme.

También por maldad había escogido la lencería fina que usaba y que había robado del cajón de Andrea. Y que pese que no era de su talla le entró. Es decir, sabía con exactitud que se escondía debajo de aquel vestido veraniego. De solo imaginarlo, me hizo olvidar los murmullos proveniente de la mesa de Julieta.

Es complicado explicarlo, pero en este desconcertante momento, Tatiana parecía la transición del invierno a la primavera: una contradicción. Donde la muerte cede ante una nueva vida. ¿Demasiadas palabras sin sentido? Pero así lo sentía. Tatiana, una Chica Darks, ahora lucía como una chica mona, o mejor dicho, tremendamente “kawaii”.

Sí, su apariencia era diabólicamente tierna. La oscuridad resplandecía.

Sin embargo, a pesar de su transformación, Tatiana conservaba su actitud espinosa hacia mí. A sus ojos, yo no era más que un gusano rastrero. ¿Por qué todas las féminas me odiaban? Empezaba a ser un cliché.

—Te encanta que esto parezca una cita, ¿verdad?, que la gente crea que soy de tu pertenencia —dijo—. Es obvio que te gusto. Por eso Adriana me mandó a seducirte. De seguro te vio mirándome el culo, como lo hacía su padre. Horripilante. Incluso me llamaba “hija”. Pedazo de pajero. Hombre. Poca cosa.

¿A quién se lo decía? Si tuviera que elegir, diría que ambos.

Por otra parte, al comprender sus sentimientos hacia mí, me di cuenta de que mi plan no tendría éxito. Tatiana me odiaba. Mis hombros cedieron ante el peso de su desprecio. Era mejor mantenerme en silencio y comer. No quería que las mesas vecinas escucharan los insultos dirigidos hacia mí. La indiferencia de Julieta ya era suficiente carga.

—Solo te pregunté qué ibas a desayunar —repliqué—. Hoy voy a trabajar con Sara. No pienso desperdiciar mis energías discutiendo contigo.

Entonces llamé a la mesera y ordené por ella, adoptando un tono autoritario propio de Adriana y al que Tatiana estaba acostumbrada, pues no se quejó. Dejando de lado el tema de Julieta. Tenía problemas más serios que atender: Romina, por ejemplo, pero el más apremiante era Sara. La pelirroja parecía tener asuntos pendientes conmigo.

¡Dios! Con cada nueva mujer en mi círculo social, mi vida se complicaba exponencialmente.

—Sigo sin creerlo —dijo Tatiana—. ¿Qué le pasa a Sara queriéndote a su lado?

—Lo mismo me pregunto.

—Además, como su chofer. Cuando la gente te vea siempre a su disposición, las 24 horas, comenzarán a murmurar. No puedo entender qué está pensando.

—Es justo lo que me pregunto —dije, repitiendo mi punto—. Parece negarse a aceptar mi relación con su hermana. Nos quiere separar.

—Valentina no es tu novia, imbécil-degenerado. No te hagas de la idea. Es temporal. Solo te usa porque seguro desconoce que a los hombres se les puede reemplazar con un simple falo de plástico.

Otra que negaba mi relación. Al menos, me reconfortaba el saber que sentía celos de mí. Tatiana le quería dar duro a mi perra. Todo el mundo lo sabía. Llegando incluso las dos a tener un pasado. Siendo lo más reciente, un encuentro furtivo hace cuatro noches.

Detrás de la puerta, pude escuchar como Tatiana le lamía el coño a mi falsa novia a la vez que jugaba con la última de sus virginidades. No podia culparla, siendo ella una lesbiana muy convencida y mi novia el exponente maximo de “la rubia sexy-adolescente”. Solo era cuestión de tiempo para que aquellas dos interactúen cuando creían no ser vistas.

»Pero… Espera… Pensándolo… Vos cumplias una función… ¿Qué va a suceder en la propiedad de los Rhodes con tu ausencia? —Reflexionó Tatiana a la vez que observaba su celular, deslizándose entre las fotos eróticas que habíamos hecho anoche—. Adriana no le va gustar el que trabajes afuera. Sara no estaba entre sus planes. Quería hacer una fiesta privada. Sus hermanas con sus nuevas amistades. Mierda. Adriana se va enfadar.

—Seguro —asentí—. Además, con la nueva profesora no va poder hacer sus jueguitos.

—No estaría tan seguro. Adriana…

—¿Adriana, qué?

—Adriana…

—¿Sabe como abrirse paso entre coño y coño con un cien por ciento de efectividad?

—Sí esperas que tu vulgar vocabulario me intimide, pierdes tu tiempo —dijo—. Y sí, es una forma de decirlo. Sara debió elegir a una profesora y no profesor porque temía que Valentina lo manipulara como al último. —Me señaló—. Pero no creo que haya considerado el interés de Adriana por los docentes de su hermana. Ni yo lo entiendo.

—¿La conoces?

—¿A la profesora? No la he visto —me recordó—. Pero conozco a muchas amistades de Sara. Solía tener su grupito íntimo. Era muy popular.

—¿Incluso entre las lesbianas?

Mi pregunta molesto a Tatiana. Mejor dicho, el tono burlón que use.

—Sí, incluso entre nosotras. Ya las has visto. Es hermosa e inteligente…

—Eres increible —sostuve al verle la cara lasciva—, también te la quieres coger.

—¿Y qué? Podemos vivir todas juntas sin ningún pito de por medio. Solo nosotras. Un paraíso en la tierra. Sin hombres.

—Pues, lamento decirte que Sara jamás lo haría con vos. No de esas. Se comportan como una anciana.

—Aja.

—¿Aja?

—Yo no estaría tan seguro. Como te dije, siempre andaba rodeada de su grupo de amigas de la escuela.

—Como Valentina.

Pensé en el trío de arpías y en esa manía que tenían las chicas de formar grupos demasiados íntimos.

—Algo así. Sospecho que la profesora debe ser de una nueva camada, quizás de su misma universidad, para renovar a las antiguas —señaló Tatiana—. Y Adriana ya debe estar evaluándola. En fin, las amistades de Sara no tienen el mejor historial. Por eso se separaron, y por eso Sara siempre anda tan sola. No confía en nadie.

En otras palabras, Sara no era un “npc”, también tenía una vida y en especial un pasado. ¿Se habrá liado con mi tía?, era una pregunta que frecuentemente pasaba por mi cabeza. Solo esperaba no involucrarme mucho en ese trasfondo lleno de piedras. En este punto de mi historia, me conformaba con Valentina y las gemelas.

—Tu forma de hablar de ellas… ¿Follaste con alguna vieja amiga de Sara? —pregunté. Conociendo a Tatiana, era muy previsible.

—Habla claro —me retó—. Lo que realmente quieres saber es si existe la posibilidad de que la nueva profesora de Valentina caiga ante la persuasión de Adriana.

—No lo había pensado —mentí—. Tendré que confiar en Valentina.

No podía lidiar con Sara, con Romina y con Adriana a la vez. Valentina tendría que defenderse por su cuenta. Al final, la había convertido en mi aliada, ante poniéndola sobre Adriana. Quién lo diría.

—Había una castaña —bebió Tatiana su jugo de naranja—. Locura y alcohol. Constantemente iba con una chaqueta de cuero. Muy rockera. Flaquita, con un culito perfecto. Tenía forma de corazón. Y sus rizos, parecen sacados de los 80. Siempre despiadadamente peinada.

La promiscuidad de Tatiana no tenía límite.

—¿Lo hiciste con ella?

Tatiana ni me prestó atención. Soñaba despierta, conmemorando sus aventuras de promiscua lesbiana. Prueba de esto, era el cómo la había encontrado después de su desenfrenado fin de semana. Una orgia difícil de describir.

No obstante, Tatiana habló de sus antiguas relaciones, del pasado:

—Por esas fechas, yo apenas conocía a Adriana, pero era tal nuestra conexión que me presentó ante su familia y amigos, como si nos conocieramos de toda la vida. Fueron esos detalles los que me enamoraron. Adriana era tan directa y pícara. Ella sólo hacía lo quería y ya.

»Ahí las conocí a todas. —Saboreó con su boca el jugo de naranja, pero por lo gestos en su cara, diría que ella imaginaba que el líquido venía de otro tipo de vulva—. A sus cuatro hermanas.

Tatiana y yo, como los lujuriosos que éramos, nos las imaginamos. Una a una. Sara, Valentina, Macarena, Antonella.

¡Oh dios! Eran querubines venidos del cielo. Un club muy selecto era el que formaban aquellas hermanas. Y todas podían ser mías si derrotaba a Romina. Lo cual, sonaba a misión imposible.

»Tuve la corazonada de que había encontrado mi lugar. Todas ellas proyectaban, ¿poder?, ¿feminidad?

—¿Y querías ser parte de ellas? —pregunté.

—Soy parte de ellas. Soy una Rhodes. Cuando me case con Adriana tomaré su apellido. Le pertenezco. —Sus palabras fueron acompañadas con ligeras rozaduras entre sus muslos. El golpeteo del tambor antes de la danza del amor—. Esa noche… Era el cumpleaños de Sara… Me llevó de la mano… Yo le murmuraba que estaba loca, que su madre nos iba a atrapar…

Sonrió con los ojos cerrados. Siendo que ni ella misma se percató de su gesto.

»Entramos al cobertizo. Aunque me hubiera negado, lo deseaba. Llevaba caliente un buen rato. Me estaba quemando desde abajo... Y es que… eso…. Media hora antes, habíamos interrumpido en la habitación de su hermana favorita. Quería que la conociera. Necesitaba de su aprobación. Encontrándonos con Valentina nada más abrir la puerta, semidesnuda y preparándose para la fiesta. Adriana la doblegó, solamente con la fuerza de sus brazos. No era la primera vez que lo hacía. Jugó con sus pezones. Valentina no había alcanzado a ponerse la blusa. Le explico que la iba a ordeñar como a una vaca lechera. Pellizcando y jalando, usando sus uñas como si fueran pinzas de metal, obligó a Valentina a abrir la boca.

»Era parte de su juego de hermanas. Sentí una comezón en mis pechos. Soy hija única. No sabía que las hermanas podían estar tan unidas. Conocerse tan bien hasta el punto de tocar esos lugares que los hombres desconocen. Forzó su garganta. La lleno, le hizo sentir la satisfacción de estar ahogándose a la vez que estimulaba sus pezones, sin importarle los prejuicios de la sociedad. Adriana haría cualquier cosa por su hermana. En sus ojos solo había devoción a su familia.

Valentina no debía de opinar igual, pero opté por el silencio. Temía interrumpir su trance si abría la boca. Aunque el narrador fuera fantasioso y embustero, su relato me fascinaba, a pesar de los múltiples saltos de tiempo.

»Tuvimos que huir. Las pisadas de Sara nos advirtieron del peligro. Pero el cobertizo de la piscina nos esperaba. Allí, en mitad de la oscuridad, solamente con la luz de una vela, comenzó a acariciarme con la lengua a medida que me quitaba la ropa. Adriana sabía donde yo era débil… Sabía como enloquecerme… Tenía experiencia como nadie… Marcó mi piel con algo más permanente que la tinta para tatuar… Esfumándose las formalidades con las que me había presentado delante de su madre….

Tatiana apretó sus pechos con disimulo.

»Me gustaba. Sí. Me gustaba que a veces Adriana me tratara como su novia y otras como su perra. Estaba perdidamente enamorada. —Abrió los ojos, saliendo del trance—. Fue entonces cuando nos interrumpieron. Rompiendo con mi orgasmo. Era Sara.

—¿Hablas en serio?

—No, solo te relato nuestra confusión en ese instante. El pelirrojo y el castaño rojizo, no se diferencia mucho dentro de un cobertizo sucio y oscuro.

—¿No era Sara?

—No. Era una de sus amigas. La rockera. Para mi desgracias, empezaban a llegar los invitados a la fiesta.

Y es que Tatiana habló durante tanto tiempo que ya no recordaba ni cómo había comenzado esta conversación. Luego recordé.

—¿Follaste con la amiga de Sara? —pregunté. Buscando un paralelismo con quien me había reemplazado como profesor particular.

—Adriana —respondió—. Adriana la invitó.

—¿Lo hiciste con una desconocida? —Que pregunta más estúpida. Teniendo en cuenta que el día de ayer me había confesado haberlo hecho con una hippie con tetas más grandes que las de Valentina.

Tomó un sorbo y entrecerró nuevamente los ojos

—Ni siquiera se hablaron. Simplemente la sedujo. Haciendo que se derritiera en su propia pasión, como la vela a nuestros pies. Adriana supo al instante su naturaleza. Era una zorra y si no lo era, lo sería para ella. Con aquellos mismos dedos marcados por mi olor, le hizo señas para que se nos uniera. La tomó. La hizo suya. Era su don. De pronto, la tenía encima mío. Adriana nos estimulaba. Coño con coño. Bebió de ambas. Hizo de nuestros cuerpos un horno. Fundiéndonos, moldeándonos por igual. Compartiendo mi saliva con la desconocida. Ni sabía quien era, pero gemí su nombre.

En su torpeza, Tatiana deslizó un brazo hacia su falda. Movimientos inusuales se produjeron debajo de la mesa. Claro que me hice el desentendido. Mientras más excitada se encontrará, más lengua larga era. Además, me gustaba mirar y a Tatiana que la mirasen.

»No importa a quien ponga Sara para vigilar a sus hermanas. Adriana la hará triza. Es la futura Señora de la casa. Ni Romina ni Sara. Todo le pertenece. La mansión, la compañía, sus hermanas, mi vida. Ya lo verás. Cuando te expulsen y nunca más tengamos que ver tu horrible rostro.

—Te creo —dije—. La profesora de Valentina no será un obstáculo para Adriana.

De repente, el sonido del arrastrar de una silla rompió el murmullo del salón. Era un ruido impropio para un restaurante familiar. Julieta se había levantado furiosa de su asiento. Sin darnos cuenta, Tatiana y yo nos habíamos acercado, buscando crear la intimidad que exigía su relato. Desde otra perspectiva, nuestra disposición podía llevar a la confusión.

Por un instante en mi vida quise ser el chico popular de clase. Al verle el rostro a mi exnovia, cierta maldad renació en mi cuerpo. Junto con la necesidad de alardear mis nuevas posesiones.

Cometí una locura. La besé. Con rapidez y mucho ímpetu, asalté los labios de Tatiana, sorprendiéndola por completo. Habíamos pasado la noche haciendo fotos eróticas, pero jamás habíamos cruzado aquella línea. Ponía sujetarme la verga pero no los labios. Hasta ahora.

—¿Quéwwwhaces? —Mi lengua seguía en su boca.

—Te acuerdas esa vez en el cine —susurré—. Cuando te besaste con Adriana con mi verga de por medio.

—No me lo acuerdes. Y menos vuelvas a besarme.

—Pronto voy a cobrar lo que me debes —la amenacé—. ¿Crees que Adriana quiera participar?

—Ni te atrevas. —Su amenaza resonó, su dedo señalaba con ferocidad un cuchillo sobre la mesa, como si fuese la guadaña misma, personificando la implacable presencia de la Parca—. Este asunto es entre tú y yo. Así que no hagas estupideces, o de lo contrario, llegará el día en que reclame tu corazón. No sabes cuanto lo ansío. Me lo imagino sacándolo directamente de tu pecho.

Entre tanto, el peso de la mirada de Julieta persistía. Desde las alturas, intentaba leernos los labios. Así que le facilite el trabajo. Seduje a la muerte. No si antes chantajearla:

—Tati, no pensarás que la ropa que te preste fue gratis. ¿Vas a seguir endeudándote o vas a empezar a pagar lo que me debes?

Tatiana observó lo que llevaba encima. La ropa de Andrea apenas y le entraba. En tanto, calculaba si era factible pasear por la ciudad desnuda.

—Te gusto… —Le buscó sentido a mis repentinas ansias de comerle la boca—. ¿Un beso por la ropa?

Asentí. Gustosamente, comí lo último y lo mejor de mi desayuno. Mordiendo con fuerza sus labios. Llegando a producir dolor en Tatiana. Me gustaba el sabor de su saliva. De su sangre. Pasados unos segundos y con muchos gestos de incredulidad en el grupo de Julieta, me aparté del orificio bucal de Tatiana.

Irónicamente, Tatiana recibió de buena manera mi atrevimiento. Era lo que deseaba. Un enemigo al cual odiar, al cual echarle la culpa por el desamor de Adriana. Sintiéndose más cómoda cuando yo me portaba como un ser monstruoso a cuando yo mostraba cierta humanidad.

—Me estaba olvidando de la lencería —dije.

—¿Otro beso?

—Sí, pero también quiero que me prestes a Dulcinea. —Así llamaba a su palo favorito.

—Eso jamás.

Dado que a Tatiana no le gusta deber favores a ningún hombre, decidió por su cuenta besarme. Acabar con el asunto de su ropa ya mismo y comer tranquila. No obstante, conocía a Tatiana bastante bien y en la camioneta no había ningún consolador. Solo había un lugar posible donde podía caber.

Metí mi mano por debajo de la falda del vestido.

Tatiana era una chica impulsiva, adicta a meterse cosas por sus agujeros de tal forma que siempre los tuviera dilatados. Por lo que no era ninguna sorpresa el que hiciera tan buena dupla con Adriana. Aunque justo ahora le demostraría que yo también podía complacerla en sus necesidades básicas. Ayer me había contenido, pero hoy era otro día. Ella estaba recuperada y sus gustos encajaban con los míos.

Lo encontré, lo poseí y lo prendí. Esperando que el sonido fuera acallado por las charlas provenientes del resto de las mesas.

—¿Quieres acabar delante de tanta gente? —pregunté sin rastro alguno de sufrir pánico escénico. Es más, mis dedos ya conocían el camino hasta su clítoris, por lo que opté por agregar más estimulación—. Llevas un buen rato retozando con esto entre tus muslos.

El juguete entre sus piernas no bastaba para complacer a Tatiana.

—Maldito. Nos está viendo la chica de allá. —Se ruborizó por culpa de Julieta—. Se ha dado cuenta. Sabe que tu mano está debajo de mi falda. En mi… En mi… En mi concha.

—Es una lencería muy cara. —Jalé del hilo propiedad de Andrea. Irritando su sensibilidad.

—Vamos a la camioneta. —Se apoyó en mi hombro a la vez que exhalaba fogosidad—. Si vas hacerme acabar, al menos, lo quiero hacer con gusto.

—No lo sé.

—Por favor…

Mi respuesta fue un último beso que hizo retroceder mucha de su recuperación post-orgía. Una vez más perdía el sentir de sus piernas por culpa de la traición de Dulcinea. Siendo lo suficiente dominante con ella para que se quedara quieta y disfrutara. Veni, vidi, vici. Tatiana era una ciudad con las murallas abiertas, testigo de innumerables batallas libradas. Y mi intención era mantenerlas así por mucho más tiempo.

—¿Yo cuido de mi perras?

—Sí… —respondió a mi pregunta—. Cuidame…

Capítulo 12: Interludio. La última de las arpías.

Agustín Ferreira era el novio de Andrea Bogani, quien, a su vez, era la mejor amiga de Valentina Rhodes, mi novia. Por lo tanto, en un mundo alternativo, barbieland por ejemplo, nuestras queridas chicas habrían organizado una cita doble, dando inicio a nuestra amistad y creando un grupo de chat donde compartiríamos bellos momentos con nuestras novias.

Sorpresa. No ocurrió. Pero por querer del destino, la amistad si nació. Obviamente por caminos distintos. Así pues, luego de la paliza que le dimos al bravucón de Valentina en su fiesta de cumpleaños y del trío en el motel, manteníamos cierta comunicación.

En resumen, nos enviabamos fotos de mujeres en bolas. Pasando por alto a nuestras novias. Comenzó con una foto de Andrea entangada; yo la continué con un screenshot sacado del perfil de la profesora de Dibujo, en donde se la veía en bikini y disfrutando de la playa; para luego Ferreira desvelar un chat que tenia con alguna culisuelta de por ahí, siendo lo importante, la parte donde usando ropa deportiva de algún club de fútbol, la turra se bajaba el pantalón y hacía twerking para el disfrute de Ferreira. Así, según las propias palabras de la chica, viera lo que se perdía por no invitarla a salir.

¿Y lo relevante del asunto?

Pues el día de ayer me había tomado muchas fotos con Tatiana. Actuando con cautela, había enviado la menos llamativa y relevadora (recorté mucho de la foto original). Siendo que Ferreira vio únicamente como los pies de Tatiana bailaban “el lago de los cisnes” sobre la pista empinada que era mi entrepierna.

Sin embargo, Ferreira me ganó por mucho. Jugaba en otras ligas. Su respuesta había sido un video de 18 segundos. Desenfocado, apenas capté lo sucedido, pero fue suficiente para dejarme con la pija dura. Y es que una petisa tetona le estaba haciendo una rusa. No se le veía la cara, pero sí sus pechos. Sandias que solamente las había visto en gordibuenas.

No obstante, lo visual no era lo importante, sino el sonido. Llevándome una sorpresa al sospechar una posibilidad. Ferreira había estado en el festival de música. Reconocí a la banda de fondo mientras se la chupaban.

Entonces… Era posible… Tal vez… Existía la posibilidad de haberse topado con Adriana, ya que esta me había robado mis entradas VIP que en un principio eran para Julieta (mi ex). O mejor dicho, la amante de Ferreira era amiga de Adriana. ¿La hippie?

El meollo del asunto es que Tatiana había soltado varias palabras sueltas cuando le pregunté sobre sus recientes parejas sexuales. “Tetas más grandes que las de Valentina”, recordé. ¿Podrían ser la misma persona, el espía de Adriana y la petisa tetona de Agustín?

Días atrás, alguien le había tomado fotos a Valentina y a Macarena, lo que provocó que Romina le castigará cruelmente por escaparse a la fiesta organizada por Andrea. Y es que no había olvidado que Adriana tenía un infiltrado en el colegio. Nos tenía vigilados y eso me preocupaba.

—¿En qué estás pensando? —me preguntó Sara—. Pareces afligido.

Al instante, bloqueé mi celular. Pausando el video de Ferreira.

—¿Te preocupa mi bienestar? —Oculté mi temor. Prácticamente el video de la petiza era porno casero. Siendo este mi primer día en bufete de abogados, no sería la mejor forma de comenzar.

Al final, Sara se salió con la suya. Estaba bien vestido y a sus servicios.

—Claro que no —negó Sara con desdén—. ¿Qué hacías?

Miré a mis costados, como buscándole sentido a su pregunta. Llevaba un rato sentado a las puertas de su oficina. Siendo mi labor actual en la empresa la de un perrito lazarillo que esperaba que su ama requiriera de sus servicios.

Ladré:

—Me hiciste traerte hasta aquí, luego me dijiste que te esperara en la cochera y, media hora después, me haces subir a tu oficina. Solo para tenerme esperando otra media hora más.

—¿Qué querías que hiciera? —Posó sus manos sobre sus caderas, en un gesto de poder—. ¿Dejar que entres a mi lado? Solo sos mi chofer.

—Ya te lo dije. Puedo ayudar a tu amiga con las clases de apoyo.

—Olvidalo. Priya puede sola. —Me mostró su celular, en él, una selfie hecha por Adriana se vislumbraba. Estaba en medio de Valentina y su profesora. Teniendo agarrada a la universitaria de su hombro descubierto, tocando ligeramente los tirantes de su brasier, mientras besaba el cachete de su hermana—. Vienen avanzando a pasos agigantados.

—¿Qué hace Adriana allí?

—Se está preparando para el próximo año, cuando entre a la universidad. —Sara se dio por satisfecha—. Después de lo de ayer, estaba arrepentida. Va enderezar su vida. Y Priya le va ayudar.

—No te lo estarás creyendo.

—Creo conocer bastante bien a mis hermanas, niño. El incidente de ayer, se debe al divorcio de sus padres. Es su forma de procesarlo. Vos no lo comprendes porque solo sos un niño.

—Lo tu digas. —Sara se me quedó mirando—. ¿Qué?

—Qué opinas de ella.

—Pues su nombre es medio raro. ¿Cómo era, Priya Krishnamurthy?, ¿lo pronuncie bien?, ¿de dónde son sus padres, de la India?

—No —bufó—. No de ella.

—Entonces quién.

—¿A quién más conociste hoy en la mañana?

—¡Ah!, ella. Tu cuñada.

Tuve que hacerme el tonto. Habiendo tenido que fingir que no nos conocíamos, ambos nos tuvimos que presentar al llegar a la casa de los Rhodes. Una escena medio ridícula dado que minutos atrás le había estado tocando con ganas. Ocasionado un charco en los asientos de su coche. Otra vez.

—¿La has olvidado? Que raro —dijo—. Es de las que impresiona cuando la conoces por primera vez.

—¿Cómo se llamaba? —Con un dedo me rasque la sien—. ¿Tania? No lo voy a negar, daba miedo con esos tatuajes.

—Es Tatiana Cacciatore. La niña es hermosa —me contrarió—. ¿Seguro que no las has visto antes?

—¿Sigues con lo de la camioneta?

—Olvidalo. No entiendes la seriedad del asunto. —Rápidamente pasó la foto como de tema, conmoviéndose por lo que contemplaba—. Cómo crecen. Ya son todas unas señoritas.

—¿Quién la tomó? —pregunté al ver la nueva imagen. Tatiana, Margarita, Macarena y Antonella, disfrutaban del verano, siendo captadas metiéndose a la piscina.

La foto era tierna desde la perspectiva de Sara, algo así, como una madre que ve crecer a sus hijas. No obstante, desde mi punto de vista, el ver a las gemelas en ropa de baño junto a dos zorras experimentadas, solo ocasiona que mi imaginación volase. Siendo posible que en aquella laguna artificial se produjera una transferencia de saberes, como leonas mayores enseñando a cazar a las más jóvenes. Solo que más que felinos eran perras, y lo que iban a aprender era el cómo avivar sus cuerpos. Algo que seguía siendo digno de grabar para cualquier documental de naturaleza. Claro que no lo pasaría por televisión abierta.

—Marlene sacó la foto a escondidas —recalcó—. Yo se lo pedí. Estaba preocupada. No sabía que esperar de estas cuatro juntas. Al menos, limpiaron el agua.

—Ponlas a cortar el césped.

—No es mala idea. Aunque tengo pensado usar a otro sujeto. —Me esbozó una vil sonrisa—. Se te acabó la vida fácil. Vas a tener que trabajar día y noche. Valentina es de gustos caros.

—No la voy a mantener —repliqué.

—¿Ese es tu plan?¿Que Valentina te mantenga?

—Yo no dije eso.

—No, no lo dijiste, pero lo pensaste en algún momento. —Me miró con desprecio—. Oportunista. Solo quiero dejarte en claro que eso nunca va pasar. Ni Romina ni mi padre te van a mantener por el simple hecho de ser el novio de Valentina.

—Puede que Romina me asegure el sustento eterno, enviándome al cielo. —Sara coincidió conmigo. La hice reir—. Hablando de tu padre, ¿cuándo lo voy a conocer?

—¿Ansioso?

Por supuesto que sí. El padre de Sara era la pieza fundamental para vencer a Romina. Solo él era capaz de hacerle frente a su esposa. Recordé las palabras de Valentina al despedirnos esta mañana:

—Es importante que hoy no metas la pata con Sara. —Me susurro al oído—. Haz todo lo que te diga, por más humillante que sea. Valentín, esto es crucial. Debes convertirte en su perro faldero. Te doy permiso. La necesitamos para convencer a mi padre, para que el plan funcione.

Después de una declaración así, me besó al lado del auto, delante de su media hermana. Casi como enviando un mensaje a la pelirroja sobre quién era dueño de mis labios y saliva, como si cambiáramos roles y yo me volviera el sumiso.

—Sí, estoy ansioso, pero más bien nervioso.

—Tendrás que aguantarte. Hoy no será. Ni siquiera le he dicho que contrate a un chofer privado. Además, están sus secretarias. Allá arriba, en el piso más alto, hay un nido de víboras.

—Si viven arriba de la montaña, taxonómicamente hablando, son arpías.

—Sí, puede ser. Arpías que custodian a mi padre —dijo con amargura—. No quiero que hables con ellas. Son muy chismosas y su lealtad es más que dudosa.

¿Me quería solo para ella? Evidentemente, me guardé el comentario.

—Tendré la boca cerrada —prometí, recordando las palabras de Valentina.

—Buen chico —me felicito.

—¿Y para qué me llamaste? Me la estaba pasando muy bien en la cochera.

Yo y mi bocota.

—¿Y eso?

—No lo sabes —solté con nerviosismo—. La gente lo usa como un motel. Por lo que ví, deduzco que los ejecutivos de los alrededores traen a sus amantes aquí.

A Sara no le sorprendieron mis palabras.

—Pensé que había acabado —suspiró hastiada—. Es cosa de papá y sus amigos. Voy a hablar con los de seguridad. ¿A quién viste?

Al parecer, todo lo que tenía relación con los Rhodes era, por definición, un lugar pecaminoso, donde los deseos más profundos y oscuros salían a flote. Una consecuencia secundaria de involucrarse con Romina Malgor y sus negocios.

—A un viejo con su escort. Era un poco enano y con una sonrisa distintiva. Un tipo alegre. Bueno, con la morocha que se estaba comiendo, quien no lo sería.

—El señor Gusser. Amigo de mi padre. Y que desubicado tu comentario —me reprendió, un tanto histérica—. Fue innecesario. Tienes novia.

Tuve la sensación que no lo decía por Valentina.

»Toma —me lanzó una libreta como si fuera un hueso que morder. Era evidente que yo era su perro—. Es todo lo que tengo que hacer hoy. Organízate. Y no me preguntes cómo llegar hasta tal lugar. Ese es tu trabajo, Valentín. No tengo porqué darte indicaciones, como esta mañana.

—¿Es todo? ¿Sin ningún curso de capacitación?

—Es todo. —Entró nuevamente a su oficina, molesta, cerrándome la puerta en la cara.

El resto de la mañana se asemejaba a una escena de “El Diablo Viste a la Moda”. Yo era la secretaria novata y Sara, la jefa exigente y perfeccionista. Además, tenía el plus de ser rica y vestir ropa de alta costura. Si el sindicato de choferes me veía, demandarían a mi jefa, aunque Sara respondería con una contrademanda por meterse en lo que no le importa.

Subiendo y bajando los ascensores, empecé a llamar la atención. Sara primero quería un café, luego una limonada, después un jugo de naranja con un sándwich y, finalmente, volvía a pedir su café doble, el cual tomaba siempre desde que comenzó a trabajar con su padre.

Más tarde, me vi obligado a ayudar con el papeleo. Corriendo de aquí para allá. Fue conociendo la empresa familiar. Todavía no era capaz de procesar que la Mansión Rhodes ya no era mi lugar de trabajo, sino este gigantesco edificio. ¿En qué momento todo se había descontrolado?

En tanto, Sara estaba abrumada por un sinnúmero de tareas pendientes. Cada piso representaba una nueva responsabilidad. Pues, el edificio no se limitaba al bufete de abogados; albergaba diversas empresas donde el señor Rhodes ejercía una influencia crucial. Así que pronto la pelirroja se vio obligada a posponer mi tortura y pidió su almuerzo.

Mientras esperaba en la fila del restaurante, planifiqué las posibles rutas para cuando Sara quisiera ir al gimnasio o a su departamento. Estaba tan concentrado en el GPS de mi celular que no me di cuenta de quién estaba detrás mío hasta que fue demasiado tarde.

Camila Ocampo, mejor amiga de Valentina, me golpeó los testículos con un buen puñetazo. Una tradición escolar que teníamos el trío de arpías y mis pobres bolas.

—Tienes cojones. ¿Cómo estás? —me saludó—. Cuanto tiempo sin vernos, friki

Caí de rodillas debido a la conmoción. Apenas pude contener el gemido de dolor.

Si Valentina hubiera estado presente, le habría ordenado que controlara a su hermana-arpía.

—Camila… —murmuré con disgusto.

Allí estaba, la última del trío de amigas que durante años convirtieron mi vida en un infierno. Con el cabello teñido de plateado como base y mostrando una mezcla desequilibrada entre tonos rubios y rosados, transmitía una rebeldía juvenil. Su rostro era ovalado y grácil, una máscara que ocultaba la maldad que bullía dentro de ella. Labios finos en contraste con sus cejas gruesas, estas últimas enmarcaban unos ojos grises.

Por otro lado, era cierto los rumores, se había hecho las lolas. O mejor dicho, el padre de Valentina la sometió a una cirugía, convirtiéndola en una más de sus secretarias.

—Dios, voy a llamar a Andrea para que venga. —Miró en dirección a los baños—. De seguro también quiere saludarte. No perdamos las costumbres. Hoy nos vamos a divertir contigo, inodoro andante.

Dudo mucho venga, respondí en mi cabeza. A diferencia de Camilia, yo si sabia de los horarios de Andrea. Y eso que no era ni mi amiga. Justo ahora, Andrea debía estar en un bar en compañía de su novio. Lo que yo resumiría como una larga charla de reconciliación.

No iban a cortar. El padre de Andrea era alguien importante. Segundo motivo relevante, Andrea era amiga de la familia de Agustín, y la noticia no cayó bien por sus ranchos. Es decir, borrón y cuenta nueva, en la vida de aquellos dos tortolitos.

Andrea Bogani ya no era mi problema. O al menos, eso esperaba. Ferreira tenía que hacerse cargo de sus perras. Sí, en plural. Tenía dos. Andrea y la petisa.

—¿Por qué no mejor llamas a Valentina? —Me hice valiente.

—Un perro fiel. Pero te equivocas, ella no es tu única dueña. —Me agarró del cuello de la camisa, aprovechando que tenía una rodilla en el suelo—. Vamos, camina.

—Tienes razón, soy un perro con dueño. —Por ahora—. Pero da la casualidad que mi dueño es jefe tuyo. No querrás molestarla. Lleva un día de mierda y ahora mismo solo quiere su carpaccio de ternera.

—¿Qué dices?

—Trabajo para Sara Rhodes. Soy su becario.

Camila me soltó. Era como si estuviéramos en una cadena alimenticia. Yo, el herbívoro en este escenario; Ocampo, el pequeño omnívoro capaz de comer de todo; y Sara, el depredador mayor, reina de la jungla que era el mundo laboral.

Capítulo 13: Adriana, ataca.

Nos habíamos apoderado de la cocina. Macarena cortaba el pan, Valentina untaba la mantequilla, Antonella ordenaba y metía las futuras tostadas al horno, mientras yo sacaba las tazas y los cubiertos para la cena.

En contraposición, Adriana nos observaba desde las escaleras. Tatiana y Margarita yacían en cada uno de sus hombros. No sabía qué pensar de mi prima, pero era evidente que los regalos que Adriana había traído del festival para ella, declinaron la balanza en mi contra.

Era una guerra. Con dos bandos y un frente de batalla.

En medio del tablero, en la larga mesa, Sara se alistaba para salir. Retocándose el maquillaje. Tenía una cita nocturna con Romina en algún restaurante lujoso. Supongo que era un intento de la gran matriarca de la familia para convencerla de que vuelva a casa.

Había sido tan espontánea la llamada que apenas lo estaba procesando. La obsesión de Romina con que Sara era su hija, preocupaba cuanto menos. Desde mi experiencia, ser hija de Romina era como llevar una maldición.

No obstante, la citación cayó justo en el momento y lugar adecuado. Con Sara desocupada y rodeada de sus hermanas, lo que imposibilitaba que pudiera mentirle a Romina, ya que había testigos de su disponibilidad aquella noche.

¿Acaso alguien le había revelado a Romina la ubicación exacta de la pelirroja?

Retomando el presente, Sara estaba ejerciendo como árbitro y muro de contención entre ambos bandos. Aunque solo era por tiempo limitado. Luego, la nueva profesora tendría que hacerse cargo. Lo cual era un alivio. Por primera vez, me alegraba de que hubiera un adulto durante las tardes y noches. Con los ánimos tan caldeados, ya no era posible convivir en paz entre todos nosotros.

—¿Cómo estuvo tu primer día? —me preguntó Macarena. En esta trinchera que era la cocina, la cotidianidad era una buena forma de distracción.

—Agitado —respondí—. Me encontré con Camila. Le estaba llevando la comida a tu padre.

Valentina levantó las orejas. Sus mejores amigas eran casi como sus hermanas y era obvio que las extrañaba.

—¿Te refieres a su coño? Papá se lo debe estar saboreando a diario —se burló Antonella—. ¿Qué opinas?¿Voy a tener una madrastra?

—Antonella, guarda silencio —reprendió Valentina a su hermana—. Valentín, no le habrás dicho de lo nuestro.

—No tuve la oportunidad. Ya conoces a tu amiga, quería que le lamiera la suela de los zapatos.

—¿Lo hiciste? —preguntó Valentina.

—De haberlo hecho, Valentina, te estaría azotando el culo.

—¿Y por qué yo?

—Alguien debe pagar los platos rotos —amenacé—. ¿Y tu profesora?

—Bañándose —dijo—. Creo. Se está tardando.

—¿Y tus clases?

—Complicadas. —Valentina dejó caer su frente sobre la mesa—. Adriana, no dejaba de pellizcarme. Estuve tensa todo el tiempo. Llegó un punto en que ya no pude más y decidí tomarme la tarde libre.

—Estás aprovechándote de que siempre te hago la tarea.

—Intenta estudiar con Adriana a tu lado —se excusó—. Necesitaba una siesta.

Fue entonces que el enemigo disparó su artillería.

—¿Qué tanto cuchichean? —saltó Adriana de las escaleras—-. Valu, ¿planeas escaparte con tu novio para no estudiar? ¿Una noche de pasión en el primer motel que encuentren?

Sara levantó una ceja. Era una acusación muy grave. Una provocación. Teniendo en cuenta que apenas llevaba dos días estudiando con la nueva profesora.

—Deja de decir estupidez —espetó Valentina—. ¡No te acerques!

—O si no, ¿qué? —Vino hacia nosotros, brincando con tal alegría macabra que aterrorizaba, como un payaso en mitad de la noche—. ¿Me vas a golpear?

—No tengas ninguna duda —dijo Valentina con ímpetu—. Me voy a defender.

—¡Basta! —Sara golpeó la mesa. Para luego ponerse la cartera en el hombro—. ¿Qué les pasa a las dos? Son hermanas. Miren me tengo que ir. Romina quiere hablar sobre la boda. Tal vez logré convencerla para cancelar el espectáculo con los Park. Cuando venga, hablaremos como es debido. Superaremos el divorcio juntas.

—Ten cuidado —farfullé. Era peligroso reunirse a solas con Romina. Lo sabía por carne propia.

—¡Priya! —gritó Sara—, me estoy yendo. Quedas a cargo. Si surge algo, importante o no, llámame al celular. Gracias por ayudarme con mis hermanas. Estoy muy agradecida. Eres realmente una amiga, una de las pocas que tengo. Esta Navidad, puedes pedirme lo que sea. Mi habitación es tuya.

La universitaria con nombre Priya no respondió.

—Se está duchando —explicó Tatiana—. Está con el teléfono. Escuchando música.

—Se baña con incienso —agregó Margarita—. Se cree la princesa Jazmin. ¿Vieron la película?

—¿Tengo que subir? —se cuestionó Sara. Mirándose los zapatos con punta.

—No es necesario —dijo Adriana—. Tati, amor, ve arriba y repite palabra por palabra. Pregúntale si necesita de más velas aromáticas.

—Gracias —agradecieron los dedos y tobillos de Sara. Tan pronto terminó de despedirse, salió disparada hacia la puerta.

Produciendo un tenso escenario en la cocina. Momentáneamente, hasta que la tal Priya no acabara de bañarse, no existía supervisión alguna en aquella mansión. Siendo que Valentina se preparó para agarrar a su hermana de los pelos.

—¿Los Park son amigos íntimos de ustedes? —preguntó Margarita al aire—. O por qué Sara está tan interesada con que esa boda no se realice. Yo realmente quería ser dama de honor en la boda de la conejita.

Nadie le prestó atención.

Di un paso hacia adelante. Adriana no lastimaría tan fácilmente a mis perras.

—Valu, tu novio es todo un caballero —dijo Adriana—. ¿Me extrañaste, Valentín?

—Te robaste mis entradas.

—¿Nada más que reprocharme?

—Qué es lo quieres, Adriana.

—Lo reconozco, he sido una perra muy mala. Merezco un castigo. Desobedecer a mi amo, no es sino traición a lo que somos. Tus putitas.

—Que bueno que lo reconozcas —dijo Antonella—. Deberíamos azotarte el culo…

—¡¡¡Anto!!! —exclamó Valentina—. Cálmate.

—Sería lo más justo —murmuró Macarena.

—No respondiste la pregunta de Valentín. ¿Qué es lo quieres?

—Ay Valu, muy en el fondo ya sabes la respuesta.

—Te equivocas. No lo sé. Desde que tengo memoria me has arruinado la existencia. Eres la peor hermana que ha existido.

—Me estas rompiendo el corazón. —Adriana fingió secarse las lágrimas—. No hay porque apresurarse. Pronto te daré una respuesta. Por ahora diré que quiero divertirme a tu lado.

—Mejor espera sentada —dijo Valentina—. No pienso jugar tus tontos juegos.

—No es opcional para nadie.

—Ahora Sara es la que manda en esta casa —dije—. Ni siquiera vos puedes desobedecer sus órdenes sin más. Cenemos en paz, Adriana.

—¿Qué pasa, Valentín? No quieres jugar con todas tus perras a la vez. Lo olvidaba, debes estar cansado de tanto follar con mi Tati. —Rápidamente reveló una foto a todo el público presente. Era una de las cientos que había hecho con Tatiana—. Se ven tan bien juntos.

—Mujeriego. —En la primera oportunidad, Valentina me pateó una pierna.

Me hubiera gustado aclarar que el semen en el pelo de Tatiana no era sino leche condensada con agua y que mi verga realmente no estaba tan cerca de su rostro.

Varias de las chicas me fulminaron con la mirada.

Lo cierto era que no esperaba un ataque tan directo por parte de Adriana. ¿No eran las fotos su as bajo la manga? Me había preparado para el chantaje. Estaba desconcertado.

—Como sea, es hora de jugar. —Aplaudió Adriana—. Aprovechando que estamos tan divididos, por qué no jugamos en equipo. Ustedes contra nosotros.

—¿No sería injusto? —preguntó Antonella, la menos reacia a la idea de participar—. Ustedes son tres, contando a Tatiana, y nosotros cuatro.

—Eso es lo de menos —dijo Macarena—. La amiga de Sara jamás lo va a permitir. No es que en esta casa jugamos al monopoly.

—Solo esperen.

Sentí el peligro. Sonaba como pisadas.

—¿Qué hiciste, Adriana?

—Lo has olvidado, Valentín, soy tu perra mayor, mi trabajo es administrar tu harem.

Fue entonces que Tatiana bajó de las escaleras. No estaba sola. Un cuadrúpedo la acompañaba. Vistiendo un traje negro de latex que cubria todo su cuerpo, la ultima de las integrantes del equipo de Adriana se unia al entretenimiento.

Como gatúbela, su disfraz hacía el poder identificarla una tarea irrealizable. Para mi no era más que una silueta femenina sin emociones, no muy distinta a una muñeca inflable. Siendo sus atributos más valiosos sus orificios descubiertos.

—¡Imposible! —gritó Valentina por todo los presentes—. No, Tatiana, sueltala.

Estaba en shock y sin palabras, al igual que las gemelas. No había pasado ni un día y Adriana lo había logrado: borrar del mapa a cualquier entrometido que se interpusiera en sus ambiciones. Era aterradoramente ridículo cómo leía y manipulaba a las personas.

Me recordaba a su madre y cómo esta trataba a sus esclavos. Una trayectoria marcada por decenas de vidas arruinadas.

—No, no, no —negó Adriana interponiéndose entre Valentina y Tatiana—. Esto recién comienza. No te preocupes, Valu, vas a tener la oportunidad de tocarla. Para eso la creé.

Prosiguió a darle un coscorrón en la cabeza a Priya, como demostración de lo patética que era la universitaria. Hasta ese momento, nunca le había dirigido la palabra a la amiga de Sara. A pesar de su atractivo, no la veía como al resto de las mujeres. Estaba resentido con la fémina por haberme arrebatado el trabajo. El odio puede ser más poderoso que el amor.

Pero, tal vez, fue demasiado duro con ella.

Describirla fisicamente me era difícil, peor, si usaba ese traje de esclavitud. No recordaba ni cómo era su cara. Una completa desconocida. Sin embargo, ahí estaba, en cuatro, para el disfrute de todos.

—Es mi profesora —espetó Valentina.

—Es mía —respondió Adriana—. Además, no la defiendas con tanto fervor, Valu, pronto la vas a odiar

—Adriana has cruzado una línea roja —dijo Valentina—. Cuando Sara vuelva, mi odio será el menor de tus problemas.

Adriana ignoró semejante advertencia, en cambio, camino hasta lo que era el centro de atención. La figura en látex de la nueva profesora. Sentándose sobre su espalda, es decir, usándola como su silla personalizada.

—No es tan cómodo como yo pensaba. —Le propinó una nalgada—. Como sea, ya sea en la universidad o en la escuela, las amistades de Sara, son siempre medias zorronas. Caen como castillo de naipe. Valu, te acuerdas de esa vecina, amiga de Sara —habló sin detalle alguno—. Al final, se convirtió en la secretaria jefa de papá.

De golpe, Adriana extendió el dedo índice hasta lo que vulgarmente se conoce como pie de camello. El traje no hacía más que empeorar la susodicha forma. Dejando indefensa a la tal Priya. Adriana fue presionando el látex y los pliegues se hincharon.

»La tiene negra y con labios muy gordos —describió Adriana la zona acariciada—. Es por su sangre tropical. Les atrae el fuego. Y ya vieron el peculiar cabello de mi hermana. Se acercan a Sara como mosquitos hambrientos. Quieren picar: aquí. —Clavó el dedo—. Y otra vez aquí…

—Bzzz bzzz bzzz. —Margarita zumbo como insecto. Replicando el aguijón de Adriana—. ZZZZZ…

—Le gusta —admiró Antonella. Ciertamente cautivada—. Está babeando.

—Acá también —aclaró Margarita—. Bzzz bzzz bzzz.

—Le tiemblan los brazos —dijo Macarena.

—No te preocupes, no me dejará caer. —Adriana brincó sobre su espalda—. Solo llevo entrenándola un par de horas, pero aprende rápido. ¿Verdad, caballito?

La silla viviente de Adriana asintió con la cabeza.

—Profesora… —Valentina apretó la mandíbula—. Empezaba a respetarla.

—Ay, Valu, si supieras que cuando la saque de tu habitación, ya tenía la concha bien humedad. Con solo pellizcarla había disparado su libido. —Adriana cambió las punzadas por lentos masajes—. Sara tiene buen ojo. Aunque ella no lo sepa. Sospecho que a nuestra media hermana le fascina tener su club privado de admiradoras sumisas. Lo máximo que aspira luego de su fracasado noviazgo. Con Romina, los hombres no son una opción.

»Caballito, qué opinas de la posibilidad de comerle el coño a Sarita. —No le veíamos la cara, pero diría, por sus agitados movimientos, que la idea era de su agrado—. Tati, ¿qué tan bien lo hace?

Más de uno giró la cabeza en dirección a Tatiana.

—Solo ha estado con hombres —respondió con frialdad—. No lo sé. Se sintió bien, supongo. Cuando le saque la vela de la boca, no opuso resistencia.

—Su boca apesta a tu coño —comprobó Adriana—. Nada mal. Tiene iniciativa.

Fue cuando Adriana se fijó en mí. Sentada sobre su trono de carne y hueso.

»Valentín, estás muy callado. Ya veo. Comprendes la situación en su plenitud. Por eso la cara de preocupación. No te equivocas. Si se niegan a jugar conmigo, Priya, los acusara con Sara. Y dirá la verdad, mi verdad.

—¿Y cuál verdad es esa? —preguntó Valentina.

—La que yo quiera. La que se me ocurra. Por ejemplo, que se están comportando de mala manera conmigo. Excluyéndome. Otra cosa que se me ocurre, es que Priya diga que los encontró cogiendo en la sala. ¿Seguro que se pueden permitir perder el apoyo de Sara? No soy tonta, es evidente que están planeando ir en contra de Romina.

En palabras de un militar, estamos rodeados por todo los flancos.

—¿Nos vas ayudar? —pregunté en mi desespero.

—Diviérteme y hablamos.

—Di las reglas.

—Vamos al patio. —Le hizo señas a Margarita para que subiera al caballo con ella—. Que el cielo está estrellado. Perfecto para acampar.

No tuvimos opción. Mi grupo y yo, caminamos detrás de la bestia de carga. Pues sabíamos que aunque ganaremos el juego de Adriana, habíamos perdido la guerra. Éramos su diversión. No muy distintos a la profesora.

—Es un hecho —murmuró Valentina. Ocultando su miedo—. Hoy Adriana me va a cabalgar. Seré su yegua una vez se aburra de ella. Voy a fornicar con mi hermana… Adriana… Adriana va meter su mano en mí.

—Tatiana va a jugar con mis bolas. —Console a mi novia—. Trae una liga en sus manos.

—Vamos a sobrevivir —dijo Macarena con lo poco de optimismo que le quedaba.

—Vamos a ganar —le corrigió su gemela—. Cueste lo que cueste.