Xtories

El apartamento de la playa 1

Silvia creía que solo buscaba desconectar de su divorcio, pero el calor de la mañana y la presencia de su vecino Javier encienden una chispa que lleva a la playa nudista. Allí, el saludo no es un apretón de manos, sino un juego de manos que promete mucho más que simples caricias.

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1.

Silvia acabó los 10 km de su rutina mañanera. Hacía tiempo que no corría por los alrededores del apartamento que sus padres tenían en primera línea de la costa. Rodeado de pinos, y con el edificio un poco alejado de la zona de turistas que inundaban el lugar como parásitos, era el lugar perfecto para desconectar durante el mes que se había cogido de vacaciones después del divorcio.

A sus 28 años, y reconociendo que se había casado demasiado pronto, y que, por suerte, no había tenido hijos, se sentía abatida, pero con ganas de remontar el vuelo, después de unos meses de agobio, incertidumbres y malas caras.

Sus padres, que se habían ido a recorrer mundo, le habían cedido gustosamente el apartamento para que pudiera desconectar y pensar en su futuro.

Hizo unos estiramientos, sentando su prieto y duro culo enfundados en unos leggins cortos y ajustados en el suelo lleno de pinaza. Recogió su pierna derecha bajo sus nalgas y estiro su larga pierna tocándose la punta de la bamba con sus dedos y repitió la operación con la otra extremidad, relajando muslos y gemelos, mientras acompasaba la respiración.

Se levantó y apoyó las manos en el pino volviendo a hacer estiramientos. El sudor se deslizaba por todo el cuerpo, metiéndose entre los menudos pechos tapados por un escueto top también de color negro, que mostraba la erección de sus pezones intentado atravesarlo.

Se deshizo la cola de caballo y volvió a recogerse el pelo haciéndose un moño, dejándose la nuca al aire, pero a pesar de ello, la temperatura a primeras horas de la mañana ya empezaba a apretar como para que tuviera una ligera sensación de alivio en una brisa que brillaba por su ausencia a pesar de estar tan cerca del mar.

Descalza, con las zapatillas y los cortos calcetines dentro de ellos, empezó a subir los peldaños hasta la tercera planta donde vivía. Había llegado la noche anterior y tenía ganas de deshacer la maleta, ponerse el bikini y darse un chapuzón en la piscina donde aún no había nadie.

Al llegar a su rellano, se abrió la puerta continua a su vivienda, apareciendo su vecino Javier. Un maduro de 63 años que la conocía desde que era pequeña. Prácticamente había sido el abuelo que no había tenido y, por qué no, el padre postizo en las tardes y noches en que sus padres salían. A pesar de su edad, mantenía el tipo, con su 180 de estatura. No se había encorvado y mantenía sus músculos todo lo bien que su edad le permitía, a pesar de la barriga cervecera que asomaba bajo la camiseta de tirantes que llevaba. Un minúsculo bañador que marcaba un buen paquete, y que no pasó desapercibido para Silvia, una toalla y unas chancletas era lo único que llevaba.

Su rostro, con barba de una semana, se iluminó cuando vio a su joven vecina a la que hacía años que no veía.

- ¡Silvia! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estas, cariño? Me dijeron tus padres que vendrías. Siento lo de tu divorcio. Ven aquí a darle un achuchón a este viejo.

El abrazo de oso de su vecino la absorbió en su cuerpo. Sintió como sus pezones se incrustaban en el pecho de Javier y como en su abdomen algo grueso la golpeaba. La apartó de si mirándola de arriba y abajo y le dio dos besos cerca de las comisuras de sus labios provocándole un espasmo de placer que hacía tiempo que no sentía.

- Hay que ver lo que has crecido niña. Estas hecha toda una mujer. – Le dijo apartándola con las manos apoyadas en sus hombros y repasándola de arriba abajo.

- Gracias. Llegué ayer y he decido salir a correr un poquito ahora que no aprieta tanto el calor. Me alegro mucho de verte. - Se deshizo el moño y se espesó el cabello sonriéndole.

- Yo también. La verdad es que desde que me dijeron tus padres que venías a pasar un mes aquí tenía ganas de verte para recordar viejos tiempos – Sus manos dejaron los hombros de Júlia y se pasó la toalla tras la nuca y los hombros, cogiéndola por las puntas.

- ¿A dónde vas? ¿A la playa? ¿Continúas yendo a la nudista? Deben estar loquitas por ti las maduritas – Sus pechos subieron marcando aún más los pezones mientras se hacía una cola de caballo y se la ataba con una goma.

- Oye. ¿Quieres venir? O tienes otros planes. – Javier no hacía ningún gesto por mirarla a los ojos observando el escueto y provocador top de Silvia.

- Pues mira. Dame 5 minutos que me duche para quitarme el sudor y ponerme el bikini y vengo contigo – Ya tenía la llave en la cerradura de su apartamento y la puerta entreabierta, cuando Javier, desde atrás, mirando su culito enfundado en los leggins le contestó.

- ¿Para qué ducharte? Si allí nos vamos directos al agua. Venga ponte algo ligerito y ya está. Por cierto, ¿tú desde cuando vas a las nudistas? Desde que aquella vez que te pille espiándome desde los matorrales y luego me dijiste la vergüenza que pasaste…

- Jajajajaja. Digamos que he cambiado un poco en estos años. Además, la tuya fue la primera que vi y me impresionó por la edad que tenía, tonto. Venga, espérame dos minutos y salgo.

Cinco minutos después, Silvia salió ataviada con un escueto y corto vestidito de punto de ganchillo, por donde se le salía uno de sus pezones, rosadito y pequeño, un minúsculo tanga de hilo que tapaba lo justo, y unas sandalias de dedo. Un bolso de lona, unas gafas de sol que le tapaban medio rostro y un sombrero de paja de ala ancha eran los accesorios que complementaban su vestuario.

Javier silbó admirándola.

- Madre del amor hermoso criatura. ¿Tu madre ya sabe que sales así?

Las carcajadas de Silvia acompañaron las de Javier mientras bajaban las escaleras y se dirigían a la playa nudista, en una caminata de dos kilómetros por las rocas de la costa en las que hablaron de sus cosas y se ponían al día después de tantos años sin verse.

…/

Javier admiró los muslos y los glúteos de la hija de sus vecinos, que se mostraban en todo su esplendor y entre los que se perdía un hilo imposible, mientras subían una escarpada cuesta que les llevaba a un mini mirador desde donde bajarían por un sendero hasta llegar a la playa en sí.

- Espero que no te importe. No te lo he dicho antes pero siempre quedo aquí con dos amigos – Estaban ya arriba y Silvia vio como saludaba a dos personas que se encontraban en la playa cerca de las rocas. La verdad es que, a excepción de un par de parejas en la lejanía y dos o tres figuras solitarias, la playa estaba prácticamente vacía.

- No, no. para nada me importa. Por favor, solo faltaría. Se ajustó las gafas con el dedo índice apretándoselas contra la nariz y observó detenidamente, tras los cristales oscuros, a las dos personas que saludaba Javier.

Se trataban de dos maduros de edad parecida a la de Javier. Uno de ellos panzón y bajito y el otro alto y delgado. Por lo que pudo apreciar desde donde se encontraba, estaban desnudos y se colocaron uno al lado del otro a esperar como llegaban hasta ellos después de bajar la cuesta.

Lo primero que le impresiono fue la larga polla del alto. Le llegaba a medio muslo y era delgada pero muy larga, con un capullo que se notaba grande bajo el pellejo y unos huevos grandes y colgantes bien peludos. Por otro lado, el bajito y panzón era velludo en todo su cuerpo y tenía unos huevos redondos y grandes y una polla pequeña pero bien gruesa con un glande como un champiñón. – Joder con los maduros – pensó, sintiendo su entrepierna húmeda.

Javier saludó efusivamente a sus amigos y les presentó a Silvia que, entre bromas, no supieron si darse la mano, dos besos o que, embarazados todos por la situación.

- Menudo bombón, chica – Dijo el bajo y panzón, de dientes irregulares y bigote grueso mientras sentía como su pene reaccionaba. - Yo soy Pablo

- Y yo Marcos – Replicó el alto y delgado. Este era calvo y en su delgadez se le notaban las costillas, así como los huesos de piernas y brazos.

- Encantada pues – Me ha dicho Javier que no os perdéis ni un día de playa.

Pablo le sonrió y guiñó un ojo a Javier que miraba con sonrisa abierta la situación.

- Lo que veo que no te ha contado aquí tu vecino es el saludo playero nudista, ¿no?

Silvia miró con semblante incrédulo a Javier que rio abiertamente.

- Es un saludo típico que no sé si conoces. Se trata de saludarse tocando el miembro de la persona a la que te presentan.

Todos rieron la ocurrencia y Silvia se lanzó sin pensarlo. Su entrepierna ya no daba más de sí.

- Pues tendremos que hacerlo bien ¿no? A ver. ¿Qué hay que hacer?

Pablo se agarró la verga medio empalmada y se la mostró a Silvia, quien se acercó y cerró su mano en ella sacudiéndola unos segundos.

- ¿Así está bien? – Los ojos de ambos se cruzaron y Pablo cerró su mano sobre la de Silvia y la animó a deslizarla sobre su miembro sintiendo como crecía.

Durante unos segundos interminables el silencio, roto solo por el rumor de las olas al romper en la orilla fue lo único que se oía.

Silvia se relamió los labios y sintió como su otra mano era cogida por Marcos y metía en ella la su polla cerrándola a su alrededor.

- Vamos, cielo, que yo también merezco un saludo ¿no? – Dijo el maduro gimiendo, notando como su polla se endurecía al tacto de la suave mano de la joven.

Dejó el miembro largo y duro de Pablo y se centró en la del otro maduro que le sonreía con satisfacción.

Javier carraspeó y se bajó el bañador mostrando el miembro con el que tantas veces había soñado de adolescente y con el que tantas veces se había masturbado en la soledad de su habitación mientras oía como follaban sus padres.

Silvia dejó la polla que le había dejado la mano pringosa de précum, se la llevó a la boca relamiéndosela con la lengua, y con una sonrisa de zorra salida cogió la de su vecino y se asombró al cerrar la mano en ella y comprobar que no la abarcaba toda.

- ¡Joder! – dijo entre risas – No sabes el tiempo que llevaba soñando con esto.

Sus miradas se cruzaron mientras ella lo pajeaba suavemente llevando la otra mano y asombrándose de lo que aún sobresalía entre ellas.

El silencio se podía romper con el filo de una navaja. Los tres maduros alrededor de la chica que dejó la polla de Javier y miró las tres que apuntaban hacia ella.

- ¡Madre mía! – yo ya he cumplido por lo que parece ¿no? - Supongo que ahora merezco el saludo yo.

Javier fue el primero que actuó. La cogió por la cintura poniéndola de puntillas y provocando que se levantara su vestido mostrando sus endurecidas nalgas a los otros dos, morreándola en un beso lascivo mientras su manaza abarcaba su culo masajeándolo y su polla se incrustaba en su abdomen.

No hubo palabras. Javier la dejó mientras ella intentaba coger aire solo para sentir las manos de Pablo abarcando sus incipientes pechos manoseándolos, y el aliento de su boca en su cuello, su oreja. Le giró la cara y se fundieron en otro beso húmedo.

La soltó dándole una suave palmada en el culo y fue Marcos quien la cogió de la cintura, le levantó el vestidito y metió su mano en su tanga palpando su depilado y húmedo sexo, introduciendo dos dedos en él y masturbándola durante unos instantes hasta que los sacó y se los llevó a la boca saboreándolos.

- Joder nena, ¡qué bien sabes!, creo que ya nos hemos dado todos por saludados – dijo entre las risas de los cuatro.

Con las pollas morcillonas y sobándoselas, los tres maduros observaron como la joven se quitaba el vestidito dejando al aire sus pechitos coronados por pezones negros que estaban duros como guijarros. Sin dejar de mirarlos, desató los lazos del tanga y lo dejó caer en la arena pasándose la mano por la raja húmeda.

- Hace calor. ¿Vamos al agua? – Con las manos apartó a Javier que se encontraba frente a ella y se lanzó a la carrera, entrando en el mar riendo y salpicando, y lanzándose de cabeza contra una ola dándoles a los tres la visión del perfecto y redondo culo sumergiéndose en el agua.

- Ostia puta – soltó Pablo riendo - ¿de dónde has sacado a esta ninfómana?

- ¿Me creerías si os dijera que es la hija de Mire? – dijo Javier en una media sonrisa.

Los otros dos se lo quedaron mirando embobados y al rato empezaron a reírse a carcajadas.

- ¡Coño! – Soltó Marcos – Puta la madre, puta la hija. ¿Sabe que nos la follábamos?

Javier saludó a la chica que les saludaba desde el agua mostrando sus senos que se mecían al compás de las olas y negó con la cabeza.

- Ya tendrá tiempo de saberlo. De momento vamos a reventarla, que ganas le tenía yo a la putita desde hace muchos años

Dejando las toallas en el suelo junto a sus pertenencias, los tres maduros corrieron al agua al encuentro de la chavala con la que, sin duda, se iban a divertir.