Cena de Navidad de empresa con sorpresa
Elena sabe que él está casado, pero le importa un comino. Adrián es su jefe, un hombre casado y responsable, pero la forma en que la mira durante las reuniones lo delata. Esta noche, bajo la presión de la cena de Navidad y el alcohol, la discreción se rompe en el estrecho pasillo del baño, donde el riesgo de ser descubiertos enciende una pasión que ninguno podía contener.
Me gusta follar. Adoro follar. Tener un macho entre mis piernas, bombeando con su polla dura y caliente, dentro de mi coño, es un placer al que nunca me acostumbro.
Ello no quiere decir que sea una chica fácil, o que me acueste con cualquiera. No se debe confundir una cosa con la otra, pero lo admito: me encanta follar.
Os voy a contar algunas cosas más de mi, para que me conozcáis un poco mejor. Me llamo Elena, tengo 30 años. Trabajo como encargada en una tienda de una cadena de productos electrónicos. Mis comienzos fueron como vendedora, pero pasados unos años, y tras una reestructuración, me ofrecieron el puesto de encargada, que acepté encantada. Me chifla mi trabajo.
Físicamente me considero una chica normal, aunque también es cierto que no paso inadvertida a los hombres. Mido 1,65 aproximadamente, delgada, pelo largo rizado castaño oscuro, ojos oscuros, piel suave, pechos (los podéis llamar tetas), de tamaño normal, uso una talla 95, con pezones que destacan mucho en ellas por su color oscuro y por el buen tamaño que adquieren cuando me excito. El culo es otra parte de mi cuerpo que, sin ser perfecto, llama bastante la atención.
Y ahora que físicamente ya sabéis con qué tipo de chica os encontraríais, os cuento otro tipo de cosas sobre mi.
Como comencé diciendo antes, adoro follar, me flipa el sexo. Aunque no siempre puedo hacer lo que quiero, y debo conformarme con alguno de mis amiguitos a pilas.
Me gusta “salir de caza”, ponerme un objetivo, fijarme en un tío que, por la razón que sea, llame mi atención, me produce morbo o, directamente, que me ponga muy cachonda, y trato de conquistarle hasta lograr tenerlo dónde tiene que estar: entre mis piernas, bombeando en mi coño o llenándome la boca con su polla.
Obviamente, para poder hacer todo esto con mayor libertad y cuando realmente me da la gana, no tengo pareja. No le veo ninguna ventaja a estar emparejada con alguien cuando, lo que realmente quiero, es estar con quién me plazca en cada momento. No es tiempo de encadenarme. Lo que tampoco hago es hacerle ascos a un tío, por mucho que esté casado o que tenga pareja. Él sabrá lo que hace y porqué. Los cuernos los pone él, no yo. Ni yo debo ejercer de guardiana de la moral de nadie.
Dicho todo esto, paso a contaros lo que me ocurrió el año pasado.
Como ya os dicho, trabajo como encargada en una tienda de electrónica. La franquicia va muy bien en general, pero la tienda en la que yo trabajo, y algunas más de la misma zona, no lo iban tanto, por lo que en las altas esferas de la empresa decidieron hacer algunos cambios, que consistieron en lo que suelen consistir siempre: algunos despidos y algunas reestructuraciones para el resto del personal. En concreto, entre las personas despedidas se encontraban el que, hasta entonces, era encargado de mi tienda, y la Jefa Regional. A mi me ofrecieron el puesto de encargada. Realmente se lo ofrecieron a otra compañera antes que a mi, pero ésta tenía más ganas de jubilarse que de asumir nuevas responsabilidades. A mi, la responsabilidad y el trabajo nunca me han asustado, casi me gustan tanto como follar, así que les di un sí claro y rotundo cuando me propusieron el ascenso.
Por otro lado, en la jefatura regional de la empresa designaron a una persona algo mayor que yo, pero todavía joven, su nombre es Adrián. Mis compañeras más antiguas en la tienda le conocían, porque cuando comenzó a trabajar en la empresa, lo hizo en aquella misma tienda. Después, por razones de cercanía a su domicilio, logró el traslado a otra tienda, de allí a las oficinas y ahora, le habían nombrado Jefe Regional. Llevaba buena carrera el tal Adrián.
En lo que coincidían mis compañeras era en afirmar que Adrián era un tío muy majo, muy trabajador y con las ideas muy claras. Era un tipo competitivo y responsable. Si alguien había capaz de sacar adelante la tarea que le habían encomendado, era él. Con eso me dejaban claro que, al igual que en mi caso, el ascenso no tenía nada que ver con peloteos o enchufismos, si no que se habían basado, al menos en nuestros dos casos, en la capacidad y trabajo de los ascendidos, porque aunque esté feo que yo lo diga, mis números como vendedora eran fabulosos, y en mis cuatro años previos de trabajo, había logrado hacer una pequeña cartera de clientes, que no dudaban en preguntar directamente por mi cuando necesitaban algún tipo de asesoramiento o consejo y, casi siempre, terminaban comprando. Y es que, no vende más quién más insiste, si no quién es más sincero y leal.
Volviendo al tema que nos ocupa, una mañana de otoño, Adrián me llamó por teléfono a la tienda. Me anunciaba que iría por allí para ver in situ cómo iba la cosa, y quería asegurarse de que yo estaría y que su presencia no perjudicaría el trabajo que tuviéramos pendiente. Me gustó ese detalle de él. Podría haber ido sin anunciarlo, era el Jefe, pero hacerlo de ese modo podía evitar que llegase el día menos conveniente por razones de trabajo (hay días en los que recibimos el pedido de artículos y teníamos la tienda patas arriba, etiquetando y colocando los productos recién llegados).
La voz de Adrián no me llamó particularmente la atención. No es de esas voces que cuándo las oyes te atrapan y cautivan. Lo que sí hice el día anunciado de su visita, fue vestir un poco más elegante que de costumbre. En lugar de los vaqueros y la blusa típicos, ese día elegí un vestido de manga corta (aún hacía buen tiempo), con unos zapatos con algo de tacón. Cuidé un poco más de lo habitual todo mi aspecto, incluidos mi peinado y maquillaje.
Aproximadamente a las 10:30 de la mañana entró un hombre moreno, con el pelo algo largo y revuelto, ojos de un azul tan intenso como el mar. Y alto, 1,85 de altura le calculé a primera vista. Vestía con un elegante traje de color gris y llevaba unos relucientes zapatos en color cuero (siempre me he fijado en esos detalles en los hombres). Se acercó de inmediato a la primera de mis compañeras que vio. Ésta le indicó, con una sonrisa, en mi dirección. Era Adrián.
Lo que las hijas de puta de mis compañeras no me habían dicho es que Adrián, además de ser muy trabajador, muy culto, muy educado y muy responsable, es un pedazo de tío. Está bueno hasta reventar, es guapísimo y, en cuanto se acercó a mi, el aroma de su perfume traspasó todas mis barreras, embriagándome al momento. Debí mirarle con cara de gilipollas, porque lo primero que me preguntó es si me encontraba bien. Vaya si me encontraba bien. Estaba segura de que podría oír cómo los labios de mi coño daban palmadas de excitación al verle.
Nos dimos la mano, de manera formal, a la vez que se presentó. Pasamos a la pequeña oficina que tenemos en el almacén de la tienda y me expuso el motivo de su visita. Quería conocer de primera mano todas las tiendas ubicadas dentro de su jefatura regional, y conocer también a todo el personal, sobre todo a las personas encargadas de cada tienda, para transmitirles cuáles debían de ser las líneas de actuación para remontar las ventas, en aquellos caso como en mi tienda, dónde habían caído mucho, y para mantener el liderazgo en las que seguían firmes.
Yo trataba de escuchar con atención cada una de sus palabras, pero me resultaba difícil hacerlo. Mis ojos viajaban de sus labios, carnosos y provocadores, a su pelo, a sus ojos y cada facción de su rostro, mi coño no dejaba de humedecerse y mis manos se retorcían, la una con la otra, intentando calmar la ansiedad y las ganas de masturbarme allí mismo, delante de él, que sentía. A todo esto, mis pezones, tan reactivos e indiscretos, me jugaron una mala pasada, como era de esperar, y acabaron apuntando a Adrián directamente a sus ojos. No es que no llevase sujetador, pero ese día llevaba uno de tejido muy fino, que era incapaz de ocultar el abultamiento de mis pezones.
Él mantuvo el tipo, o no se dio cuenta de lo que ocurría. Creo que más bien lo primero, porque la hinchazón de mis pezones no pasa desapercibida con facilidad. Terminó de contarme todo lo que llevaba preparado y me pidió mi correo electrónico y mi número de teléfono, para hacer el contacto más fácil y directo. Quedó en mandarme un correo con varios formularios que debía ir cumplimentando de forma semanal y mensual, para tener más controlados los datos de ventas totales, perfiles de los clientes (sobre todo edades y sexo), productos con más venta, aquellos otros que no tenían éxito, devoluciones, etc.
Cuando terminó con todo, le di mi correo electrónico y mi número de teléfono, él me hizo una llamada perdida para que yo también tuviera el suyo. Ahí pude fijarme en que llevaba anillo de casado, pero eso, como dije antes, a mi no me importa nada. Ese es su problema.
Antes de salir de la oficina me atreví a invitarle a tomar un café. Aceptó encantado. Y yo estaba igual de encantada por ir acompañada de él. No todos los días un macho como el que tenía delante de mi, me abre la puerta y me cede el paso.
El café transcurrió en apenas 20 minutos en los que le hice saber que estoy soltera, sin pareja, que vivo sola en un pequeño apartamento muy cuco en un barrio relativamente cercano al centro, que adoro cuidarme, que me encantan los chicos, sobre todo los chicos altos y morenos y que, en el sexo, no le hago ascos a nada. Y os preguntaréis ¿Cómo hiciste todo eso en tan poco tiempo? Aprovechando muy bien ese poco tiempo y no dejando pasar la oportunidad de llevar la conversación a dónde yo la quería llevar. Para hablar de trabajo está la tienda y su pequeña oficina. Si salimos a tomar un café, es para otra cosa.
Cuando abandonamos la cafetería pude observar cómo no eran sólo mis pezones los que se hacían notar: en su entrepierna era bien visible la marca de una polla que prometía ser bastante gruesa y larga. Mi cuerpo hacía rato que había reaccionado, mis pezones seguían de punta y mi coño era lo más parecido a una charca.
Para despedirnos nos dimos un par de besos en las mejillas, lo que yo aproveché para acercarme a él más de lo necesario y así poder sentir la hinchazón de su polla contra mi vientre, y dejarle a él sentir mis pezones en su pecho. Su olor… ufff su olor estuvo a punto de abrirme allí mismo de piernas.
Cuando regresé a la tienda pasé directamente al baño. Me levanté el vestido y, tras quitarme el tanga (tan mojado que opté por guardarlo después en el bolso), acaricié mis labios y mi clítoris. Los primeros estaban empapados, envueltos en mis fluidos. El clítoris estaba tan excitado que, con el simple roce de mis dedos, me hizo gemir de placer, gemido que tuve que ahogar para no ser descubierta. A continuación introduje dos de mis dedos dentro de mi coño, profundizando todo lo que pude, mientras que con la palma de la mano presionaba y rozaba el hinchado clítoris.
Apenas tres minutos después estaba experimentando un profundo y placentero orgasmo, llenando mi mano con mis propios fluidos, haciéndome arder y convulsionar de placer. Mis piernas temblaron de gusto, mi pecho subía y bajaba con fuerza, tratando de llenarse con todo el oxígeno posible. Cuando salí de allí me dirigí directamente a la oficina, para guardar el tanga en el bolso y acabar de recomponerme.
Durante las siguientes semanas, casi en todas ellas, Adrián visitó la tienda. La visita siempre comenzaba igual: me pedía los datos de ventas, pedidos y devoluciones, tanto generales cómo por cada una de las vendedoras. Estaba satisfecho con los resultados, estábamos logrando parar la caída de las ventas e, incluso, en las últimas semanas comenzábamos a remontar.
Sus visitas siempre terminaban del mismo modo: tomando un café, que cada vez lo alargábamos durante más tiempo.
Siempre, en todas y cada una de sus visitas, pude percibir cómo me miraba, cómo me devoraba con sus ojos. Y yo, que tenía ganas de cazarlo, no sólo me dejaba mirar, si no que siempre que sabía que iba a ir, elegía los modelos más atrevidos y sugerentes que tenía en mi armario. Además, siempre que tenía la oportunidad, me rozaba con él, le hacía sentir mi culo, mis tetas o mi vientre. Una de aquellas mañanas Carol, la más mayor de mis compañeras, me dijo: “joder chica, a este te lo acabas follando, porque maricón no es, y se lo estás poniendo en bandeja”. Yo me hice la distraída, pero ese era mi objetivo.
El tiempo seguía transcurriendo, y Adrián no pasaba de ahí. Al igual que yo le había comentado a bocajarro mi completa disponibilidad para tener sexo, él se encargó de dejarme claro que estaba casado, felizmente casado y que adoraba su vida. Pero, aunque sus labios decían eso, sus ojos seguían devorándome, encendidos y ardientes, igual que lo estaba mi coño siempre que le veía.
Y así es cómo llegamos a la cena de Navidad de la empresa. Esa era mi oportunidad, mi gran oportunidad, y no podía dejarla escapar. Para esa noche compré el más sugerente y sexy de los vestidos: un vestido negro, de imitación a piel, muy ceñido, de manga larga, cuello cerrado y que terminaba un buen trozo por encima de las rodillas. Se adaptaba perfectamente a las formas de mi cuerpo, con todas mis sinuosas curvas, de las que me siento muy orgullosa. Lo llevé sin sujetador y con un tanga mínimo, también negro, que apenas daba para tapar lo justo. Preparé mi pubis y mi coño para la ocasión, depilándolos ambos hasta dejarlos tan suaves como la piel de un bebé. Si con eso Adrián no caía, habría que pensar que sí era gay.
Para la cena nos distribuyeron en mesas, agrupándonos por tiendas, mientras que la gente de oficinas y servicios centrales tenían sus propias mesas. A la hora de tomar asiento, entretuve un poco de tiempo aposta, para asegurarme del lugar en el que Adrián se sentaría. Tuve suerte, ya que su mesa se encontraba al lado de la que me había tocado a mi. Así que, aproveché la ocasión y me senté en mi mesa, en el lado más cercano al lugar que ocupaba Adrián en la suya.
Durante la cena, no sé si por efecto del vino y por la alegría contagiosa de la mayoría, Adrián estuvo más hablador que de costumbre, más desinhibido. Tanto que, incluso se pasó la mitad del tiempo girado en su silla para poder hablar conmigo:
- Hoy estás guapísima, Elena –me dijo casi al oído en una de sus conversaciones.
- Gracias, Adrián ¿Pero sólo lo estoy hoy? –le provoqué.
- No claro. Eres muy guapa. Hoy estás especialmente radiante –me dijo repartiendo su mirada entre mis ojos y mis pezones, que volvían a apuntarle.
- Gracias de nuevo. Hasta hoy cualquiera diría que te pasaba algo conmigo, como que no quisieras reconocer que te gusto –le dije.
- Estoy casado, Elena. Hay cosas que no me puedo permitir –me dijo muy serio.
- Si es por mi, no te preocupes: no pienso decírselo a tu mujer –le dije sonriendo.
- Muy amable por tu parte. Pero ya sabes a lo que me refiero. Mi conciencia no me dejaría en paz. Y además, esta ciudad no es demasiado grande, si alguna de tus compañeras sospechase algo, podría acabar yéndose de la lengua –me explicó.
- Mis compañeras tienen mucho que callar. No creas que son todas tan modositas como aparentan ser –le respondí.
Ahí terminó esa parte de la conversación. Volvimos a nuestros platos y al resto de comensales de nuestras respectivas mesas, pero podía intuir, las mujeres tenemos ese don, que Adrián, de vez en cuando, se giraba para mirarme. Desde su posición podía admirar sin ningún impedimento toda la parte de mi muslo izquierdo que el corto vestido dejaba a la vista, que no era precisamente poco.
Según avanzó la velada, la gente se fue desmadrando, y a la hora de los postres, casi nadie estaba en su sitio original. De mi mesa ya faltan 2 personas, y de la de Adrián también faltaba gente. Estaba dudando si levantarme y acercarme yo a él, o esperar que lo hiciera él conmigo. Finalmente no tuve que esperar mucho, noté cómo una mano cálida se posó sobre mi espalda y el aroma inconfundible del perfume de Adrián lleno mi pecho, embriagándome de nuevo. Se sentó a mi lado.
- Vaya, te has atrevido a sentarte a mi lado. Ten cuidado, no vaya a comerte –le dije
- Sabes que no sería ningún mal plan que me comieras –me respondió, con más descaro del que yo esperaba.
- ¿Y si te digo que la cena… me ha dejado con hambre? –le dije de nuevo.
- Podríamos tratar de saciar nuestra hambre en otro lugar –me dijo, dándole un sorbo a su casi terminada copa de vino.
- ¿Ya no te preocupa tu conciencia? –le dije.
- A la mierda la conciencia, Elena. Te deseo. Desde el primer momento, desde que te vi. Haces que arda en ganas de estar contigo –me dijo, levantando algo la voz.
- Mmmm, muy halagador. A mi me ocurre lo mismo contigo, Adrián. Pero debemos ser precavidos. Vamos a disfrutar un poco más de todo esto –dije en alusión a la cena y las copas que faltaban por llegar-. La noche es joven, y tú y yo la vamos a vivir al máximo.
Desde aquel momento ya no se levantó de mi lado. Seguimos hablando, intercambiando miradas y frases sugerentes y provocadoras. El resto de la gente veía a dos compañeros de trabajo, recientemente ascendidos, intercambiar opiniones, en animada conversación. Poco después llegaron las copas y algo de música para bailar. Aproveché para ir al baño y repasar mi peinado y mi maquillaje. También comprobé que mi coñito volvía a estar como siempre que Adrián estaba cerca de mi: empapado y ardiendo.
Cuando salí del baño él estaba allí, en aquel estrecho pasillo. Sus ojos eran puro fuego. No me dijo nada, sólo me cogió por las muñecas y me empujó con firmeza hasta hacerme retroceder para entrar de nuevo en el baño. Me dirigió a uno de los pequeños cubículos individuales y allí comenzó a besarme, su boca era una verdadera apisonadora, devorando la mía con una pasión casi de adolescente primerizo. Mi boca se rindió sin oponer resistencia, permitiendo que su lengua me invadiera, y se acariciara y rozara con la mía. Sus manos recorrieron cada parte de mi cuerpo, principalmente mi culo y mis tetas, haciendo que mis ya crecidos pezones, crecieran un poco más, tanto que, el vestido tan ceñido, me provocaba dolor en ellos, una sensación entre dolor y placer que me volvía loca.
Tampoco yo quise permanecer quieta. Mi mano derecha se dirigió con prisa y sin ninguna cautela hasta su entrepierna, recorriendo todo el abultamiento de su polla, por encima del pantalón. Aún con la ropa podía notarla grande, gruesa, durísima y muy caliente. Por fin, el semental había caído.
Por su parte Adrián, después de empujar mi cuerpo contra la pared, de apretar mis tetas y mis pezones, y sin dejar de lamer mi boca con su lengua y de morder mis labios, deslizó una de sus manos por debajo del vestido, alcanzando rápidamente mi coño, apenas cubierto por el tanga, el cual se encontraba tan mojado como una bayeta.
- Dios Elena, estás empapada –me dijo casi en un susurro en mi oído derecho, cargado de morbo y deseo.
- Así me pones siempre que estás a mi lado –le dije, a la vez que comencé a desabrochar su pantalón-. Vamos a ver qué guardas aquí para mi –le dije.
Bajé rápidamente su pantalón. Ahora fui yo quien le empujó contra la otra pared. Me arrodillé como pude en el escaso espacio y tiré de su bóxer hacia abajo. Su polla casi golpea en mi cara al liberarse de su ropa interior. Era más grande, más gruesa y estaba más dura de lo que me había parecido. Era el más delicioso y deseado trofeo.
Lamí sus huevos, y pasé a deslizar mi lengua desde ellos, por el tronco, hasta la punta de su capullo. Ardía, y mi coño también.
Volví a hacerlo, volví a recorrer sus huevos y su verga con la lengua, sintiendo además como Adrián se aferró a mi cabeza, sujetándomela con fuerza. Con una mano me ayudaba a sujetar su polla y sus huevos, con la boca no dejaba de lamer y succionar su verga y sus huevos, y con la otra comencé a meterme dos dedos dentro de mi ansioso coño.
Oímos ruidos fuera. Alguien había entrado en el baño, pero nosotros seguimos a lo nuestro, tratando de no hacer ruido, aunque el chapoteo de su polla en mi boca, y de mis dedos en mi coño, eran difíciles de ocultar.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Sólo sé que, pasados unos minutos, su polla estaba aún más gruesa y dura, que mi coño estaba absolutamente encharcado, que mis dedos entraban y salían de mi cuerpo a velocidad endiablada, permitiendo además rozar y presionar mi clítoris. Sentí como su cuerpo se tensó, como sus manos me sujetaron aún con más fuerza, obligándome a hacer lo que yo deseaba hacer: tragar todo su sable con mi boca, hasta mi garganta. Se me saltaron algunas lágrimas que recorrieron mis mejillas, producto del ahogamiento que me producía su enorme verga en mi boca. Pero aguanté, seguí, tragué e incrementé el ritmo, llegando con su polla a mi garganta una y otra vez, ahogándome y haciéndome sentir arcadas, a la vez que mi coño no dejaba de mostrarse ansioso, de rodear y succionar mis dedos, cada vez más encharcarlos.
Tras algún minuto más así, en los que Adrián aguantó de manera magistral sin correrse, me hizo levantar y volvió a empujarme contra la pared que tenía a mi espalda, pero esta vez me dio la vuelta y fue él quien se arrodilló detrás de mi. Tras arrancarme el tanga de un solo tirón, disparó su lengua contra mi ano, devorándolo con la misma pasión e intensidad con la que antes había devorado mi boca. Deslizó su lengua desde el ano hasta el coño, mezclando su saliva con mis fluidos, y extendiéndolos por mi piel, mientras mi mano seguía estimulando y acariciando mi clítoris, cada vez más hinchado y sensible.
De mi coño seguía fluyendo mi néctar cómo pocas veces antes me había ocurrido. Me sentía como una triunfadora absoluta. Por fin Adrián había caído y le tenía para mi. Sentía su cuerpo detrás de mi, sentía su aliento, cálido y húmedo, envolviendo y llenando mi culo y mi coño. Había tenido su polla en mi boca, hasta tenerle a punto de correrse. Sus dedos acompañaban a su lengua y sus labios, acariciando mi coño, empapándose en mis fluidos, para comenzar a jugar con ellos en mi ano, introduciendo poco a poco uno de sus dedos en él. Me volvía loca de placer, me tenía completamente entregada y dispuesta a todo con él.
Pronto logró penetrar mi culo con uno de sus dedos. Su saliva y mis fluidos ayudaron bastante, así como el hecho de que yo no era virgen por allí tampoco. Poco después llegó el segundo dedo. Logró ensartar dos de sus dedos en mi ano, jugando con ellos dentro de él, dibujando círculos que, cada vez, eran más amplios y profundos, haciendo que mi ano se dilatara poco a poco, más y más. Estaba loca de placer, ansiando sentir más. Mientras él me preparaba así el culo, mis dedos no dejaban de chapotear y de introducirse en mi coño y de estimular mi clítoris. Hasta que, por fin, me corrí. Lo hice con mis dedos dentro de mi coño, con su boca mordiendo mis nalgas, con sus dedos dentro de mi ano. Con mi mano libre tuve que tapar mi boca para no soltar un verdadero berrido de placer que nos habría podido delatar. Mis piernas temblaron por el placer, parecía que apenas lograrían seguir sosteniéndome, pero él no dejó de perforar mi culo con sus dedos, follándolo sin piedad con esos dos dedos que no dejaban de entrar y salir de mi cuerpo, de presionarme contra la pared, de hacerme sentirlo con un verdadero macho, preparando a su hembra para el asalto final.
Por fin se puso de pie, detrás de mi, con su enorme polla restregándose en mi culo, deslizándose entre mis nalgas.
- Me estás volviendo loca –le dije cuando besó y mordió la parte de mi cuello que no estaba cubierta por el vestido.
- Tú sí que me tienes loco. No imaginas la cantidad de pajas que me he hecho imaginando este momento –me dijo.
- Fóllame de una puta vez –le dije- Necesito sentirte dentro de mi, sentir tu polla reventándome.
- Voy a follar tu culo, Elena –me dijo.
Estaba tan caliente, tan excitada, tan deseosa de sentirle dentro de mi, que no me asustó el tamaño de su verga. Me incliné un poco más para ayudarle a penetrar mi oscuro y húmedo orificio. Ayudándose de una de sus manos, colocó su grueso y caliente capullo en la entrada de mi ano, ensalivado, impregnado con mis fluidos y dilatado por sus dedos. Sentí como empujaba dentro de mi, como su polla, poco a poco, se fue abriendo camino dentro de mi cuerpo, hasta lograr, tras varios suaves y constantes empujones, que su capullo llenara mi culo. Cuando lo hizo permaneció quieto durante unos instantes, durante los cuales, tiró de mi pelo, enrollado en su mano, para devorar de nuevo mi boca, mientras tanto, mi culo se habituó a la presencia de su tranca.
A continuación comenzó a bombear dentro de mi. Sus embestidas fueron de menos a más, introduciéndose más y más dentro de mi, hasta acabar por alojar toda su enorme polla en mi culo. Sentirme llena por él así, de aquella manera, sometida a sus empujones y a sus deseos, sintiendo como su polla, gruesa y caliente, llenaba mi cuerpo, sin dejar espacio, me llenó de nuevo de placer y de renovado deseo.
Aguanté sus embestidas, cada vez más profundas, más impetuosas, más dentro de mi. Adrián no paró de bombear, con fuerza, con rabia, sujetándome por el pelo con fuerza. El dolor que me proporcionaba, tanto por el tirón de pelo, como por la brutal embestida en mi culo, se convertía en placer, en deseo, en fluidos que escapaban a chorro de mi coño hasta que, tras una ráfaga intensa de violentas embestidas, aplastándome contra la pared, su cuerpo se convulsionó y un potente y abundante chorro de semen hirviente llenó mi cuerpo.
Gemimos juntos: él por el placer que estaba sintiendo, por la enorme corrida que había logrado tener. Yo por el placer que me proporcionaba sentirme usada y llena de aquél hombre, de aquél macho, de aquél Adonis…
No había transcurrido ni siquiera un minuto desde su corrida, durante el cual Adrián siguió moviéndose dentro de mi para exprimir hasta la última gota de su leche, cuando yo también alcancé un profundo e intenso orgasmo, con el que volví a expulsar una gran cantidad de fluidos, salpicando incluso la pared que me servía de apoyo.
A nuestros cuerpos les costó reponerse. Apenas podíamos tenernos en pie. Volvimos a besarnos, un poco más tranquilos, aunque aun conservando la agitación provocada por todo el derroche anterior, y sintiendo cómo, por la parte interior de mis muslos, aún se deslizaba parte del chorro de semen con el que Adrián me había inundado.
Recompusimos nuestras ropas lo mejor que pudimos, abandoné en un rincón el tanga mojado y roto, con el que terminé de limpiar los restos de la leche de Adrián que mojaban mi cuerpo, y salimos de allí por separado.
Afortunadamente, el resto de la gente estaba demasiado bebida y prestando más atención a la música que a nuestra prolongada ausencia.
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