Unas manos mágicas
Andrea le prometió manos mágicas para aliviar su espalda, pero nadie le advirtió que sus caricias despertarían un deseo que no podría contener. Lo que empezó como una cita para aliviar nudos musculares se convirtió en una tarde de placer prohibido donde las reglas del masaje desaparecieron.
Era un viernes por la tarde cualquiera y al salir de trabajar me dirigí a una. Llevaba un tiempo quejándome de la espalda y en una conversación con una amiga me dijo:
- Te voy a dar el teléfono de mi amiga Andrea que es masajista, en vez de quejarte tanto ves a visitarla, que ya verás que te deja nuevo, yo voy con ella siempre que necesito un buen masaje y te aseguro que sus manos son mágicas.
Ese mismo día llamé y al comentarle que teníamos una amiga en común, me ofreció un generoso descuento para la primera sesión. Entre eso y que por teléfono sonaba realmente agradable, no me pude negar, concertamos una hora y nos despedimos. No pude evitar imaginarme cómo sería la dueña de esa voz tan dulce y, generoso que soy, imaginé a una mujer realmente atractiva y sensual.
Yo soy un hombre de 35 años, si bien no soy un modelo, me considero medianamente atractivo y con un cuerpo bien cuidado, cuando llegué a la dirección que me pasó vi que su “clínica” era realmente su piso, donde tenía habilitada una habitación con camilla. Cuando Andrea me abrió la puerta, la realidad superó a mi imaginación, delante de mi tenía a una chica joven, con una melena pelirroja llena de rizos, una sonrisa acentuada por un pintalabios rojo intenso que era capaz de hacer que a cualquier hombre le temblaran las piernas y un cuerpo que solo podía ser definido como perfección, vistiendo con un traje de fisioterapeuta blanco que se ajustaba a la perfección a todas sus curvas, lo suficiente para dejarte ver lo que había, pero dejándote con ganas de ver que había debajo.
- ¡Buenas!, adelante, pasa – dijo animadamente plantándome dos besos en las mejillas con una familiaridad que me pilló por sorpresa – Me dijiste por teléfono que tenías problemas de espalda, ¿Verdad? ¿En ese caso querrás una sesión descontracturante o prefieres algo más relajante?
- Bueno, la verdad es que me gustaría quitarme los nudos de la espalda – le dije – Pero nunca me he hecho un masaje relajante y me han hablado tan bien de ti, que sería una pena no probarlo…
- Uy, me vas a hacer sonrojar diciéndome esas cosas, jajaja – se río Andrea y el sonido de su risa fue suficiente para que me empezara a entrar calor por todo el cuerpo – mira, no tengo ninguna cita la siguiente hora, ¿Qué te parece si te hago media hora de masaje descontracturante y luego hacemos un masaje relajante de una hora? Así pruebas todo.
- Vaya – respondí – me parece fantástico la verdad, si tratas así a todos tus clientes los tienes que tener encantados.
- Jajaja, no trato así a todo el mundo, pero los amigos de mis amigas son mis amigos – respondió Andrea con una sonrisa – además me has caído bien, y me gusta afianzar a los clientes que me gustan.
Pasamos los dos a una pequeña habitación con una camilla, que olía a incienso y en la que sonaba una música relajante, Andrea me señalo la camilla y me dijo:
- Voy a buscar los aceites de masaje, quítate la ropa y ponte en la camilla.
Dicho eso, salió de la habitación dejándome solo. Yo procedí a hacer lo que me dijo, me quite la ropa y la dejé colocada en una silla junto a la puerta me tumbé boca abajo en la camilla y esperé, hasta que escuche sus pasos acercarse a la habitación.
-Vale ya estoy aquí, vamos a empezar primero arreglando esa espal… ¡Oh vaya! – Dio un pequeño gritito de sorpresa- No esperaba que te quitarías TODA la ropa… me refería a que te quedaras en ropa interior.
Yo que nunca había estado en un masajista no había ni siquiera pensado en eso, y a la hora de desvestirme me había quedado completamente desnudo. Al oírla mi primera reacción fue incorporarme un poco para mirarla, sin darme cuenta de que eso me dejaba incluso más expuesto delante de ella.
Vi como sus ojos fueron rápidamente a mi entrepierna para luego mirarme rápido a la cara, con un cierto rubor en sus mejillas. Me volví a tumbar boca abajo rápidamente para no incomodarla.
- Lo siento - le dije - Nunca he estado en un sitio de estos, como dijiste que usaría aceites supuse que tenía que quitarme todo para no manchar la ropa.
- No, no, ha sido culpa mía, es verdad que te dije que te quitaras la ropa, tenía que haber sido más específica – me dijo – es solo que a la mayoría de la gente no hace falta decírselo porque les da vergüenza quedarse sin ropa, algunos incluso se dejan el pantalón.
- A bueno – respondí – es que yo estoy acostumbrado a hacer nudismo, así que ni se me pasó por la cabeza que pudiera ser incómodo.
- Se nota, tienes el culo muy moreno… - tras decir eso, Andrea se quedó callada un rato, seguramente arrepintiéndose de haber hecho el comentario, al cabo de unos segundos volvió en si – Bueno, si no te molesta entonces da igual, es verdad que así no mancharemos nada, no te preocupes, sólo me pilló un poco por sorpresa. Vamos a arreglar esa espalda, dime si te hago daño.
Después de eso, tuve media hora de sufrimiento en el que, evidentemente, no me quejé ni una vez, he de reconocer que sabía lo que hacía, pero eso no lo hacía menos doloroso.
- Buff – Dijo con voz cansada – Ya hemos acabado esta parte, realmente estabas cargado… - volvió a callarse unos segundos al darse cuenta del doble sentido que acababa de decir – Bueno, lo peor ha pasado, ahora ya veras que gustito la segunda parte del masaje.
Dicho esto, empezó a acariciar mi espalda y una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo. Realmente mi amiga no exageraba, sus manos eran algo de otro mundo, cada parte de mi espalda que tocaba estallaba en placer y poco a poco fue bajando sus manos hasta llegar al lugar donde la espalda pierde su buen nombre.
- ¿Sabes? Normalmente como la gente se queda en ropa interior no puedo hacer un masaje completo – dijo mientras sus manos empezaban a masajear mis nalgas – Pero ya que estamos, los glúteos son una parte importante a relajar, reciben mucho estrés a lo largo del día.
Con sus manos masajeando mis nalgas podía notar como mi pene empezaba a crecer entre mis piernas. De vez en cuando, con el movimiento del masaje, uno de sus dedos lo rozaba ligeramente. Empecé a pensar si no se daba cuenta o si no le importaba, era imposible que no notara como empezaba a crecer delante de ella. Finalmente, bajó las manos más y empezó a masajearme las piernas y después los pies, mientras yo sentía que estaba entre el cielo y el infierno.
Entonces escuché que me decía:
- Ahora date la vuelta.
- ¿La vuelta? – pregunte sabiendo que era imposible disimular la erección que tenía si me ponía boca arriba.
- Sí claro, El masaje relajante incluye los pectorales también, ¿No lo sabias?
Me lo pensé unos segundos, pero decidí que no tenía sentido dudar y me di la vuelta, dejando a la vista la erección que estaba tratando de ocultar. Vi que le cambió la expresión por un segundo, al parecer no era consciente de lo mucho que su masaje me había gustado.
- Lo siento – le dije medio avergonzado – No puedo controlarlo y el masaje era realmente bueno…
- No… no, tranquilo esto… - dijo ella con voz temblorosa – No eres el primero que le pasa en mi consulta, pero, bueno, eres el primero que lo hace sin ropa interior, ¿Sabes? Pero no te disculpes, es natural, además… no tienes nada de lo que avergonzarte.
- vaya, en fin, gracias - le dije con una risita - tratare de relajarme para que se calme la cosa entonces.
Dicho esto, el masaje de pectorales empezó, tan agradable como el resto, notando sus manos acariciar cada parte de mi pecho y bajar por los abdominales hasta quedarse al límite del sitio donde más me gustaría sentir sus manos.
- Bueno, el masaje ya está – me dijo – aunque hay un problemilla.
- ¿Qué pasa? – le pregunte - ¿Algo malo?
- Bueno malo no, es solo que… en fin, no te has relajado tanto como dijiste que harías… - me dijo con una mirada medio de disculpa medio de picardía, mientras me miraba al pene, que no sólo no se había relajado, si no que estaba en su máximo apogeo. – No creo que puedas irte a la calle con eso la verdad…
Mirándole a los ojos, pude imaginarme lo que se le pasaba por la mente en ese momento, y decidí jugar un poco con ella para ver como reaccionaba.
- Tienes razón, me da un montón de vergüenza pedirte esto, pero, si me dejas ir a tu baño en 5 minutos lo soluciono… No puedo creer que esté pidiendo usar tu baño para masturbarme, pero tienes razón que no puedo salir así y después de tu masaje esto no se va a bajar solo en un buen rato.
- Bueno, sí, aunque había pensado… - Se mordió el labio inferior un momento con una expresión que casi hizo que acabara ahí mismo – Mira, quiero que esto quede claro, tu sesión de masaje ha acabado, esto no es algo que haga con mis clientes, no me has pagado por esto, solo por el masaje, túmbate y relájate.
Y tras decir eso, noté como su mano se aferraba a mi pene, como empezaba a acariciarlo con firmeza. Si sus manos eran buenas haciéndome el masaje, eran indescriptibles en esos momentos. Tuve que esforzarme para no correrme en ese mismo momento, para alargar el placer que sentía.
Tumbado boca arriba, con los ojos cerrados, concentrándome en el placer que sentía, me pillo de sorpresa cuando noté una sensación cálida y húmeda. Al mirar, vi como Andrea había empezado a lamer mi pene mientras lo masturbaba, poco a poco se lo iba metiendo en la boca y empezó a aumentar la intensidad. Al cabo de un rato no pude aguantar más y le dije que me iba a correr, ante lo cual, empezó a chupar con mas fuerza. Me corrí en su boca y no paró de chupar, notaba oleadas de placer intenso que estaban a punto de volverme loco cuando paró y me miró con una sonrisa a la vez que tragaba mi semen.
- Uff - me dijo – realmente no pensé que mi tarde iba a acabar así. Ha sido interesante, desde luego me ha sacado de la rutina.
- Dímelo a mi – contesté con una sonrisa – yo solo esperaba que me deshicieran unos nudos, nunca esperé acabar asó con una preciosidad de chica como tú. Desde luego me he quedado relajadísimo, aunque tu pareces cansada.
- Oh, bueno, hacer masajes cansa más de lo que parece, aunque hoy eras mi último cliente, así que ya se acabó todo.
- ¿No va a venir nadie mas entonces? – le dije mientras se me ocurría una idea. – Hoy me has hecho un descuento enorme, luego has alargado el masaje sin pedir nada a cambio y encima me has hecho la mejor mamada que me han hecho en la vida, si ya estás libre, déjame compensarte los favores.
- No hace falta, de verdad – me contestó – Te he hecho esos favores porque quería y lo otro… bueno, yo también lo he disfrutado. Aunque… ¿en que estabas pensando?
- Bueno, trabajas muy duro dando masajes y acabas cansada, ¿Quién masajea a la masajista? – dije bajando de la camilla. - ¿No te gustaría un masaje? No seré tan bueno como tú, pero sigue siendo un masaje gratis…
- ¿Un masaje? – me miró y vi deseo en sus ojos – La verdad es que suena muy bien la idea…
- Pues venga, quítate la ropa y túmbate boca abajo, dije mientras agarraba los aceites que ella había usado conmigo.
- ¿Qué me quite la ropa? ¿He de quitármela toda? – Dijo con una sonrisa pícara, mientras se desabrochaba la bata.
- Bueno – le conteste – eso depende de si quieres que se manche de aceite, ¿verdad?
- Tienes razón, no queremos que se manche de aceite. – Dijo quitándose la ropa interior y dejándome contemplar unos pechos perfectos y un pubis con una pequeña franja de cabellos recortados.
Me miró con una sonrisa y se tumbó boca abajo en la camilla.
No se decir quien disfrutó más el masaje, si ella o yo. Me recreé acariciando cada parte de su cuerpo, pasando mis manos por todas sus curvas, bajando desde los hombros a el culo más perfecto que jamás haya visto. Empecé a masajearle las nalgas y le dije:
- ¿Sabías que es muy importante masajear los glúteos? Reciben mucho estrés a lo largo del día. – dije mientras con el pulgar exploraba entre sus piernas dando pequeñas caricias en su entrepierna.
- Que suerte que pareces estar más que dispuesto a aliviarme esa tensión – dijo con una risita, y entreabrió un poco las piernas para facilitar mi exploración, mostrándome una vagina completamente húmeda.
Con una gran pena acabé el masaje de las nalgas y seguí masajeando sus piernas. Entonces le dije:
- Date la vuelta, no se si lo sabías, pero el masaje relajante incluye masaje de pecho.
Con una sonrisa, Andrea se giró, dándome por segunda vez una imagen de su impresionante cuerpo, ofreciéndoselo a mis manos para explorar cada parte de él.
Empecé a masajear sus pechos, agarrárselos, acariciar sus pezones, darle pequeños pellizcos que le arrancaban gemidos que no se molestaba en ocultar. No pude resistirme y acerqué mi boca a sus pechos y comencé a chupar uno de sus pezones mientras pellizcaba el otro, consiguiendo gemidos incluso más intensos.
Finalmente, empecé a bajar mis manos por su vientre, cada vez más abajo, hasta llegar a la tierra prometida y entonces… Retiré mis manos y le dije:
- Bueno, el masaje ha terminado, espero que te haya gustado.
Andrea levantó la cabeza y me miró, su expresión lo decía todo, claramente esperaba que el masaje llegara algo más lejos.
- ¿Qué pasa? – pregunté – Te dije que te haría un masaje y te lo he hecho, ¿Cuál es el problema?
- ¿De verdad me vas a dejar así? – me dijo
- ¿Así cómo? Dije un masaje, y te he dado un masaje.
- Ya sabes…
- No estoy seguro, quiero que me lo digas tú, ¿Qué dices que quieres?
Vi como se sonrojaba un poco, al parecer, después de todo lo que habíamos hecho, aún le daba un poco de vergüenza ser directa con lo que quería.
- Cómeme…
- ¿Que dices? - pregunté.
- Cómeme el coño – soltó de golpe- por dios, necesito que me hagas correr o me volveré loca.
Sonreí al ver su expresión al soltar todo aquello de repente y, evidentemente, cumplí sus deseos.
Empecé a besarle el vientre, bajando poco a poco, haciéndola sufrir, no dándole lo que quería. Separé sus piernas, besé sus muslos, evitando todo el rato sus labios empapados. Cuando consideré que la había hecho sufrir lo suficiente, le concedí su deseo, lamiendo sus labios, succionando su clítoris, acariciándola con mis dedos. Empezó a gemir y respirar con fuerza, me agarró la cabeza con ambas manos para evitar que volviera a dejarla con ganas de más, pero yo ya estaba concentrado, disfrutando su sabor y notando como volvía a ponerme duro, masturbándome mientras la devoraba con pasión.
- Diosss… - gimió – Para… para un momento…
Me contuve como pude y la miré, mientras seguía acariciando sus labios arriba y abajo. Ella me miró, su cara era la clara imagen de la lujuria y el placer.
- Fóllame – dijo jadeando – necesito que me folles.
Solo escucharle decir eso, con esa expresión de placer en su cara, cubierta de sudor y jadeando estuvo apunto de hacer que me corriera por segunda vez ahí mismo. Sin desperdiciar un momento, me subí a la camilla encima de ella y aprete mi pene en su vagina, que entró fácilmente por lo mojada que estaba.
- Uffff joder siii… - gimió en cuanto entré dentro de ella.
Noté como sus músculos apretaban con fuerza mi pene mientras que ella me rodeaba con los brazos y las piernas mirándome a los ojos con una expresión de absoluto placer, me acerqué y empecé a besarla apasionadamente mientras embestía cada vez más fuerte, había perdido el control, no podía pensar en nada, mi cuerpo se movía por instinto como un animal, estábamos perdidos en un amasijo de sudor, gemidos y placer.
Finalmente noté que me corría.
- Espera – me dijo entre gemidos – lo quiero en mi boca.
Nos separamos y rápidamente se metió mi pene en la boca, chupando con más intensidad que antes, hasta que exploté en su boca y ella tragó con cara de placer.
Entre jadeos nos quedamos mirando, estaba despeinada, sudada y su pintalabios le cubría media cara (y media de la mía también.) Nos duchamos juntos entre besos y caricias y finalmente me vestí para irme.
- Entonces… – me dijo en la puerta - ¿La siguiente sesión cuándo va a ser?
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