Xtories

Me acuesto con el dueño del perro ruidoso (P.1)

El ascensor se detiene y la puerta se abre, pero no es el vecino esperado. Sin embargo, la promesa de silencio a cambio de placer ya ha encendido una chispa que Javier no puede apagar. ¿Qué pasará cuando el perro vuelva a ladrar?

Paularuiz23K vistas8.6· 19 votos

Si habéis leído mis anteriores relatos, ya sabéis cómo pasé de ser la esposa de un solo hombre a una mujer liberal, todo empezó por complacer a mí marido.

Javier siempre había expresado sus deseos de probar cosas nuevas, creo que igual que la mayoría de los hombres, aunque pocos, llegado el momento, dejan que su mujer disfrute con otro hombre, son más de ir ellos de putas.

Quizás por eso, cuando nos tienen en la cama, les excita decir que somos un poco putas y viciosas.

Las mujeres en general disfrutamos atrayendo la mirada de los hombres, nos vestimos para que nos miren y nos gusta ser observadas, pero nos cuesta confesar que nos excita.

Yo ahora disfruto paseando desnuda por la playa, me gusta ver como me miran, desde siempre me ha gustado este juego, ya en mi juventud, empecé a dejar que Luis, mi amigo homosexual, me hiciese fotos, enseñando partes íntimas de mí cuerpo.

Yo me exhibo aveces, lo hago cuando me cambio de ropa en mi habitación, dejo a propósito las cortinas abiertas cuando estoy desnuda, con la idea de que puedan verme desde el edificio de enfrente, el morbo de la situación me excita, me gusta asomarme a la ventana y pensar que alguien está mirando, alargo el momento disfrutando de ese cosquilleo nervioso.

Lo más excitante es hacer el amor con la ventana totalmente abierta, Javier disfruta mucho viendo como pongo posturas sensuales, dice que parezco una guarra, pero sé que eso le excita, yo le bromeo diciendo que nos pueden estar grabando, pero en ese momento le da igual.

Yo duermo desnuda, una noche que me desperté, fui a la cocina sin ropa, mi ventana da enfrente de la de Don Julian, un vecino ya jubilado, no esperaba encontrar a nadie a esas horas, me gusta tomar un vaso de leche.

Estaba con la luz encendida, apoyada en la mesa, mientras tomaba la leche y no fui consciente que se encendió la luz de mi vecino, debió de pasar un rato hasta que vi a Don Julian mirando descaradamente, supongo que por el morbo de la situación, seguí tranquilamente bebiendo, hasta que termine el vaso, sin mirarle apague la luz y me fui a la cama.

No pude evitar imaginarle empalmado y me produjo cierto interés la situación, me pregunté como sería en la cama este vecino, no se lo conté a mí marido, no quise dar más importancia a lo sucedido, pero lo cierto es que a partir de ese momento, mis encuentros con él fueron diferentes.

Cada vez que me lo encontraba me miraba tan descaradamente las tetas que me hacia sentirme desnuda, incluso se atrevía a decir cosas como,

“Por ver esas tetas de cerca hago lo que me pidas”

Don Julian, además de no hablar con casi ningún vecino, es muy maleducado, tiene un perro que no deja de ladrar cuando se queda solo, hay noches que se va de putas y viene tarde, no podemos dormir hasta que regresa, Javier se lo ha dicho varias veces, pero su respuesta es que nos tenemos que aguantar.

En mis encuentros con él cada vez es más atrevido, un día me cedió la entrada al ascensor y aprovechó para tocarme el culo, una vez dentro me miró abiertamente de arriba a abajo y me dijo:

“Me gustó mucho verte desnuda el otro día, pero me gustaría poderte ver más cerca”

Esto me sorprendió, aunque confieso que no me disgusto, me gusta atraer a los hombres.

Intenté disimular quitando importancia a su comentario.

“No sabía que estaba usted mirando, pero tampoco pasa nada”

Aproveché el momento para recriminarle el comportamiento de su perro,

“Podría hacer algo para que su perro no moleste tanto” le dije.

Entonces, mirándome descaradamente las tetas, me dijo:

¿Tú que me ofreces a cambio?

Era evidente lo que quería, pero en ese momento llegamos al portal, se habría el ascensor y sin contestar a su pregunta, me marché, no sin cierta excitación por el morbo de la conversación.

Cuando se lo conté a mí marido, lo quitó importancia, pero sé que la situación le excitó pues me llevó a la cama y me folló apasionadamente.

Hace unas noches su perro no dejó de ladrar hasta bien entrada la noche, me pareció la excusa perfecta para seguir avanzando en mí relación con su dueño, me puse una camisa y un pantalón ajustado, esperé a que saliese de casa y le aborde en el ascensor, como de costumbre, me miró descaradamente las tetas al tiempo que soltaba una de sus frases sobre lo buena que estaba y lo que me haría.

Una vez dentro, aproveché para decirle lo pesado que había estado su perro la noche anterior, sin que yo preguntase, me soltó:

“Estuve con unas amigas viciosas”

Su descaro me animó a dar el paso, mientras me desabrochaba la camisa le pregunté:

¿Quiere que siga?

Con cara de satisfacción dijo que estaba deseándolo, me abrí la camisa, al tiempo que le recordaba que su perro nos dejaría de molestar.

Entonces, él, cogiendo la solapa de la camisa la llevo hacia atrás.

“Vecina, si lo haces, lo haces bien” dijo.

La dejé caer hasta las muñecas dejando mis tetas a la vista, su cara reflejaba el momento de placer que estaba viviendo, yo notaba que mi coño cada vez estaba más húmedo, le volví a decir que esperaba que su perro dejase de molestar, entonces se me paró el corazón, se detuvo el ascensor y se abrió la puerta, por suerte era un repartidor de Amazon, me miraba sorprendido mientras yo, apresuradamente, intentaba recolocarme la camisa, me bajé del ascensor allí mismo, con paso rápido me dirigí a casa, todavía nerviosa, no podía dejar de pensar en que habría pasado si llega a ser un vecino, me habría muerto de vergüenza y sería el tema de conversación de todos ellos.

Cuando se lo conté a Javier, me recriminó que lo hubiese hecho en el ascensor, no entendía porque no fui a su casa, si había decidido enseñárselas, también me dijo que de no haber aparecido el repartidor quién sabe que habría pasado.

Esta vez fue mi marido quien alargó la conversación sobre Don Julian, quería saber todos los detalles del encuentro, igual que cuando había tenido relaciones fuera de la pareja, esto me hacía pensar que a Javier estos encuentros le estaban gustando, yo disfruté mucho contándoselo, le confesé que me había puesto muy caliente, se desnudo y me dijo que se la chupase, como buena esposa le obedecí,

“Me pone a cien lo guarra que es mí mujer” me dijo.

Me sujetó la cabeza hasta que se corrió en la boca, entonces dio por terminado el acto sexual, su actitud egoísta, fue algo nuevo para mí, nunca antes había tenido un comportamiento igual, me hizo sentir que era de verdad su putita y podía hacer conmigo lo que quisiera, lo más sorprendente es que no me importó.

Durante unos días no volvimos a oír al perro de Don Julian.

Yo no podía dejar de pensar en la escena del ascensor, deseaba que su perro volviese a molestar, para tener una excusa y poder volver a encontrarme con él, algo que no tardo en pasar, su perro volvió a molestarnos.

Pero esto lo contaré en el próximo relato.