Xtories

Hacía tanto

Isabel lleva treinta años sin que nadie la mire como mujer. Cuando un joven recepcionista le dice que es guapa, la vieja rutina de su vida se quiebra. Ahora debe decidir si arriesga su discreción y su soledad por una noche de pasión prohibida.

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Hacía tanto Isabel no podía creerlo.

¿Había escuchado lo que había escuchado?

Hacía tantos años que no oía una frase como aquella que ya no sabía distinguir si se lo decía con sinceridad o solo se trataba de una broma sin importancia.

El cortado de las cinco y media de la mañana se iba a quedar frío.

¡Con la faena que tenía por delante!

!Con el sueño que acarreaba acumulado entre las vértebras!

¿De verdad le había dicho aquello?

Mientras trataba de averiguarlo, su rostro, en lugar de abrir la boca para expresar asombro, se contrajo, avergonzado, mirando al suelo.

Como tantas veces en su vida.

Todas esas ocasiones en las que se le puso a tiro una oportunidad que tan solo verbalizando un “Si” le hubiera otorgado un trago dulce entre tanto amargo.

Comer hojaldre en lugar de beber vinagre.

- ¡No me digas que nunca te lo han dicho!

El muchacho, porque para ella era un muchacho, parecía no creer su acomplejada reacción.

El chaval no era tan pipiolo.

Poseía ya, entreverada, la veteranía de esos hombres que saben ver, en los ojos de una mujer, lo que su boca nunca confiesa.

Isabel volvió a poner la tacita sobre el plato y este a su vez sobre el estante.

No deseaba ser descubierta temblando.

Le habían adoctrinado para soportar el dominio de un hombre hasta sobre la lisonja.

Si, adoctrinado.

Y no lo soportaba.

Pero claro, a sus sesenta justos, ya no estaba por la faena de cambiar las cosas, ni de cambiarse a sí misma.

Su mayor revolución consistía en tratar de convencer a los diecinueve años de su hija para que no abandonaran el libro y condenarse, como ella, a la fregona.

Aquel cortado era su tregua matinal.

Tan primario y obligado durante los veintisiete años que llevaba trabajando en el turno de mañana del hotel Mediodía Star.

Un negocio que nunca fue suyo pero que conocía y sentía hasta el último centímetro de sus abrillantados pasillos.

Le dolía la espalda, le dolían los riñones, las caderas y todas y cada una de sus treinta y tres vértebras.

Le dolían sobre todo, los sinsabores.

Uno tras otro, a veces en solitario, a veces en grupo, que le habían ido cayendo encima desde que descubriera la gran mentira.

Desde que se fugó de Torrequemada, aquella miseria de adobe en mitad de la estepa turolense.

Fugarse si, porque sus padres manipulaban y ejercían para que malmetiera su vida en aquel terruño sin teléfono ni futuro.

Tenía una semana más de los dieciocho años y la ley le otorgó por fin el derecho de decir NO y ser respetada.

No quiero vivir aquí.

No quiero que decidáis hasta las cucharas de sopa que como.

No quiero escuchar el mismo kikiriki de diferente gallo día tras día hasta que el pelo se me vuelva alambre blanco.

No quiero ser sumisa como madre y aguantar a un ser despótico como padre.

Salió sin plan fijo.

Tenían tantas ganas de abrir su primera cartilla de ahorros ahora que, con la democracia, parecía que ya no iba a necesitar del permiso de un calzoncillo para trabajar o administrar dinero propio.

Eso y sacarse el carnet de conducir.

El carnet y comprarse un Renault 5 rojo pimentero con el que regresar al pueblo para las fiestas de agosto.

Con el jornal que se ganara, invitaría en la verbena a todos y cada uno de los que le había presagiado el peor de los futuros fuera del círculo cerrado.

Ronda de cervecitas para callar bocazas.

Nunca tuvo un Renault 5 rojo pimentero.

Nunca dejo de comprarse el abono mensual del transporte público que la llevaba desde su piso al hotel y del hotel al piso.

Solo regresó dos veces a Torrequemada, para presidir dos entierros.

Ni tan siquiera se molestaba en saber que era de su taciturno y poco comunicativo hermano, que se quedó con los rebaños y la masía y fue incapaz de encontrar compañía que no ladrara o tuviera que esquilarla una vez al año.

Y la cupa de todo fue de Pepe.

Hacía tanto.

José Bernués.

La verdad es que no podía ensañarse con él ni tratarlo públicamente como hijo de puta.

Nunca la pegó.

Nunca le fue infiel.

No solía gritar en las discusiones.

Y era tan joven e iluso como ella cuando se conocieron, cuando le cogió por vez primera la mano, diecinueve recién cumplidos, en el kiosko del parque de las Princesas.

Porque se sentía precisamente eso, una princesa el día en que aceptó aquella invitación a comer helados.

Cuando medio año más tarde le dio el sí quiero, era virgen y lo amaba intensamente.

Cuando le pidió el divorcio, llevaban seis años sin hacer el amor, tres durmiendo separados y una década moviéndose sin amor en torno a sus necesidades.

Él no le hizo nada.

Nunca le faltó al respeto.

Pero Isabel sentía entonces un intenso odio hacia el destino contra el cual se había estampado y juzgaba que casarse había sido uno de sus peores errores.

Le culpaba de falsas promesas.

Le culpaba de postergar siempre sus insuficiencias en favor de las propias.

Porque por encima de todo, por encima de cualquier plan, vacación, momento en común o paseo al circo con la niña, estaba su dichoso trabajo de camionero.

Un trabajo que no daba para pagar tanta factura.

Por eso entró en el Mediodía.

Lo hizo pensando que serían unos años, hasta que la hipoteca bajara intereses, se pagara la última letra del frigorífico o la niña dejara de necesitar al logopeda.

Pero terminó siendo una vida entera.

Porque ya nada cambiaría.

Porque le quedaba ocho años para jubilarse y ya no deseaba ni cambios, ni nuevas costumbres, caras, compañeras, gobernantas o trazas.

El día en que Pepe escuchó de su boca la palabra divorcio, ni tan siquiera se molestó en retirar su atención del Hércules-Sporting de Gijón que estaban retransmitiendo.

Era más importante el regate que el final de un matrimonio que, en realidad, llevaba muchas Navidades finiquitado.

Isabel estaba convencida que su exmarido comenzó a darse cuenta del significado de todo, el día en el que se le acabó el rollo de papel de wáter y no supo encontrar uno de repuesto.

O el día en el que su gel de baño favorito no dio más de sí y no supo encontrar el supermercado donde lo vendían.

O cuando la cómoda se quedó sin calzoncillos y, ¡Oh sorpresa!, no encontró media docena perfumados y recién planchaditos.

Para cuando eso pasó, Isabel y su hija se habían mudado a un modesto apartamento de extrarradio a tres paradas y hora y cuarto del trabajo.

Odió a Pepe durante años.

Lo odió por no haberla amado.

Por haberla concebido, desde un principio, como una extensión vital de su difunta madre.

Ella lo amó.

Ella se creyó aquella patochada del compañero de vida.

Ella disfrutó carnalmente con el cómo con ninguno.

Porque nunca hubo uno antes y, sobre todo, durante los primeros años, lo buscaba con ansia felina, gozosa por disfrutar de esa novedad que sus padres le habían ocultado y el cura de Torrequemada transformado en pecado.

Isabel llevaba ya década y media acostumbrada a caminar con la única compañía de su sombra.

Sola, sin mirar a los lados, acatando a rajatabla aquellos rituales que a ella le aportaban seguridad y a más de alguno le parecerían ridículos.

Controlar el despertador de manera obsesiva.

Limpiar metódicamente el espejo del armario empotrado.

Dar vueltas a la cucharilla siempre con la mano derecha.

Salir de casa con el pie izquierdo.

Usar siempre escalera.

Comer la carne medio cruda.

El recibo de la luz pagado por adelantado.

Su trabajo, su horario, su cotidiano impoluto.

Rarezas que decía su hija y seguro que muchos.

Costumbres.

Costumbres y el mundo en su exacto encaje, sin pedir ni desear nada fuera de lo normal.

Para que el tren circulara bien encauzado.

Hasta que ese chico lo había descarrilado utilizando únicamente diez palabras.

- Eres muy guapa Isabel. Por si no te lo dicen.

Ya no llevaba la cuenta de cuantos recepcionistas de noche había conocido.

Al principio, los trabajadores envejecían con la empresa.

Caminaban a su mismo paso.

Estaba Anacleto, Roberto que era de Calanda, el gordo Fermín que se quedó en los huesos al poco de enviudar.

Pero, a medida que se iban jubilando, esos veteranos de los setenta y ochenta iban siendo sustituidos por recepcionistas más jóvenes, engreídos e impacientes, contratados por meses, incluso semanas y que tenían más prisa por cobrar que por aprender el oficio.

Con la mayoría tuvo una relación cordial.

Sin amistad.

Sin grandes confianzas.

Con alguna risa.

Sin ningún baboso.

Ella se limitaba a entrar por la puerta trasera a las cinco en punto, bajar al vestuario, mudarse, subir el carro de toallas hasta el office del quinto piso, bajar, recoger el rack de servicio y luego tomarse un cortado el despacho de gobernanta, justo tras el maletero.

Un sitio discreto donde, por lo común, estaba a solas.

Rara vez cometían el sacrilegio de soslayárselo.

Fermín el gordo gustaba compartirlo con ella.

Era un tipo con cierta gracia, impropia de alguien nacido en la estepa soriana.

Un hombre que ofrecía un sentido del oficio y un respeto sacrosanto que pocos sabían ofrecer hacia ellas y sus trabajos.

Cuando se jubiló, volvió rápidamente a acostumbrarse a la soledad.

Pablo venía recomendado de otro hotel.

Era joven, muy joven.

Veintisiete años de porte alto, talle fino, algo escuálido pero levemente ancho de hombros coronado con esa melena negra, cobriza, inmaculada, sin asomo de calvicie ni de canas.

Pablo era un chico apuesto, en apoteosis pura y, por sus devaneos con el resto de la plantilla femenina, sin compromiso con nadie que no fuera su reflejo.

Isabel no se fijó en el hasta escuchar, por pura casualidad, uno de los escarceos que sostenían dos compañeras mientras se calzaban las zapatillas en el vestuario.

- El mozo tiene buena planta – afirmaba una – De estos que les haces los favores a gusto.

- Pues yo para mí que es maricón -sentenciaba la más basta – Esa manera de decir buenos días me sabe a afeminada.

Ni se fijó en él ni en ningún otro desde su divorcio.

Y tampoco lo había echado de menos.

En su programática existencia, no se consentía soslayar su deseado despoblamiento con un capricho.

Isabel se había transformado, sencillamente, en maniática.

Demasiado como para admitirse a sí misma que Pablo, entre los recepcionistas que había conocido, y entre quienes no lo eran, era un chico que resaltaba.

Resaltaba y además era cumplidor y eficaz.

Nunca debía aguardar a que le abriera la puerta.

A las cinco en punto tocaba el telefonillo y, apenas treinta segundos después sonaba la descarga que le permitía entrar en el Mediodía.

- Buenos días, Isabel. Me alegro de verte.

- ¿Has tenido buen turno?

- Yo siempre los tengo o buenos o excelentes cielo.

La saludaba así, sin sostener una cara malhumorada por culpa del sueño, exhibiendo una sonrisa abierta, de lóbulo a lóbulo.

- ¿Quieres que te prepare el cortado? – preguntó tras dos semanas compartiendo rito.

Y los preparaba maravillosamente.

Cargaditos y sin azúcar.

Calientes casi a hervir, fuera enero o pleno verano.

Isabel consentía aquel sacrilegio en la liturgia diaria porque, aún callado, Pablo sabía estar.

Porque sabía estar y olía a sano y fresco.

Porque era educado.

Y, sobre todo, porque sabían bien que su contrato no pasaría del año y luego vendría otro que ni sabría preparar café, ni olería a champú caro.

Ella, discreta y fregona en mano, trabajando muda, se había acostumbrado a oír y saber todo.

A controlarlo todo sin dar muestra alguna de hacerlo.

Hasta ese día.

El trigésimo cuarto que tomaban cortado y que, partiendo de una conversación sobre la vida y el paso de sus años, Pablo tuvo la infeliz idea de decir aquello.

- Eres muy guapa Isabel. Te lo dirán mucho.

Ni tan siquiera recordaba si su exmarido, de novios, se lo había dicho.

Desde luego que, ya de casados, ni en esos primeros y mejores años, no lo hizo.

Eso sí que lo recordaba.

En esos tiempos los hombres se aromatizaban con Varón Dandy y bebían Ponche Caballero servido sumisamente por su criada/esposa.

No había encaje alguno para una delicadeza en aquel concepto de masculinidad que Pepe dominaba como ninguno.

Por eso, Isabel, se quedó sin recursos ante el halago.

No sabía si ofuscarse, ofenderse, enrojecer o mandarlo a freír espárragos.

No sabía si dar las gracias, si corresponder, si callarse y dejar que los envolviera un incómodo silencio.

- No – reconoció – No me lo han dicho.

Prefirió por una vez, ser sincera no con el chico, sino consigo misma.

- Pues yo te lo digo Isabel- Eres guapa. Muy guapa.

El cortado llegó a su fin.

La jornada llegó a su fin.

Cuando Isabel aguardaba la llegada del urbano, Pablo dormía desde cinco horas.

Su sorpresa interna se la llevó en el momento en que, mecida por el traqueteo del autobús, con el bolso agarrado por ambas manos, sobre las rodillas, doloridos los brazos y oliendo a lejía, sonrió.

Sonrió aunque los riñones le rabiaban tras ocho horas, cinco días, doce meses, treinta años limpiando la mierda de otros.

Sonrió aunque la vida perseveraba en ofrecerle un funesto futuro.

Sonrió y deseo, muy en los adentros, donde ni siquiera ella sabía que existía tal rinconcito, la llegada del siguiente cortado.

Acostumbrada a las desilusiones, un día sí y dos también, se convenció de que el muchacho, se lo había dicho sencillamente por el bien quedar.

“Zalamero es” – pensaba mientras mecía la cabeza a un lado y a otro al ritmo de la fregona.

Pero ese falso convencimiento se fue resquebrajando en base a la insistencia.

- Hay hombres que de tontos se dan pedradas ellos solos– fue la manera como definió a Pepe el día en que le confesó que estaba divorciada – Claro que pretendientes ni te faltaron ni te faltarán – añadió guiñando un ojo.

- Ya te dije que llevaba años sin que nadie me llamara guapa.

- Mucho ciego veo en este país Isabel.

Así fue como comenzó a sufrir de algo que siempre había conseguido esquivar sin necesidad de química.

Primero fue una noche mirando el estucado del techo.

Luego, aunque agotada, sobrevino una segunda.

La tercera aguardó paciente a que su hija terminara de ver el “late show” en el salón hasta las dos de la madrugada.

La mocosa lanzó un irreverente bostezo sin decoro ni respeto, abrió el grifo del baño durante quince minutos, meó con la puerta abierta y se dejó caer a plomo, haciendo sufrir los muelles de la cama.

Ella, que nunca perdió el sueño cuando llegaba una letra sin dinero que la avalara.

Ella que ni cuando la niña dejó de serlo y a frecuentar malas compañías, dejó de cumplir con sus ocho horas bien dormidas y rectas.

Y ahora, aquel niñato le había clavado un alfiler en algún lugar que ella creía transformado en callo pero que aún atesoraba algún nervio dando coletazos.

Isabel se incorporó en cuanto sintió que su hija dormía con ronquido y todo.

Puesta delante del espejo que hacía de puerta a su viejo armario empotrado, se vio con aquel camisón azul de abuela, orlado con diminutos adornos florales, que le llegaba hasta la rodilla y no transparentaba ni un gramo de piel a causa de su tela gruesa.

Así, sin pensarlo, de golpe, como todas las putadas que le había caído sobre los hombros, se lo quitó.

Se veía desnuda de diario.

Pero nunca lo hacía con detenimiento, con ensañamiento en su propio declive.

¿Seguiría Pabló tildándola como guapa si viera sus costillas marcadas o el abombamiento de su tripa?

¿La seguiría considerando digna de un adjetivo agradable si contemplara lo escuálido de su trasero, sus rodillas arrugadas, sus muslos flácidos, sus pechos pequeños, casi núbiles y, sobre todo, ese tremebundo cansancio cincelado en cada arruga del rostro?

¿Por qué al contemplarse tan menguada sentía que jugaba con ella?

¿Por qué acunaba a una mujer treinta años mayor con la fecha de caducidad hace mucho superada?

Se enfadó con él.

Se enfado mucho con él.

Y se enfadó más consigo misma mientras volvía a ponerse el camisón.

Consigo por haber flaqueado.

Por, brevísimamente, apenas unas décimas de segundo, habérselo creído.

- Hija deja de hacer ruido que no hay forma de dormir – Pobrecilla. Pagaba ella su disgusto.

Sabe Dios lo que agradeció que Pablo, al día siguiente, estuviera libre.

Sabe Dios lo que le habría sido capaz de decir, furiosa consigo misma por pecar de incrédula.

Pero luego, desnortada, agotada, en el transporte de regreso, sintió que había echado de menos el cortado y la sensación, fuera banal, fuera mentira, de sentirse un poquito más mujer y un poquito menos señora del mocho.

A la mañana siguiente, no hubo reproches.

- Que guapa estás Isabel. Todas las mañanas.

Inesperadamente, sintió alivio al volver a escucharlo.

- Anda que si te hiciera caso, saldríamos manga por hombro.

Pablo sonrió.

Sonrió echando la cabeza hacia detrás para comprobar que no había orejas ajenas cercanas.

Sonrió sí, porque certificaba que en la solidez de aquella muralla, se ocultaban grietas.

- Más bien si hicieras caso, acabarías tu sin mangas en los hombros. Y te llevarías muchas sorpresas – añadió escabulléndose para atender una inesperada llamada telefónica.

Ella se quedó sola con la tacita inerte en la mano, intentando inútilmente refrenar el temblor, rezando porque este desapareciera antes de que el muchacho regresara y descubriera que de piel para adentro, su presencia la hacía sentir una inocente, una cría, una muchacha.

- Muy atrevido te veo – le dio respuesta apenas volvió a tenerlo cerca.

- Mira Isabel; ni yo soy un pipiolo ni tu una mojigata. Te reconozco que este juego me encanta y si a ti también…bueno…si lo deseas – su voz perdía algo de aplomo ante el temor a un destemple -…buscamos sitio y buscamos tiempo.

- Anda Pablo, Pablo, no te burles de mí que a estas edades una ya se sabe caducada.

Pablo soslayó todas las normativas laborales sobre distancia mínima entre empleados acercando su rostro a la oreja derecha de su compañera.

- Podemos divertirnos y mucho. Divertirnos y luego seguir tomando estos cortados como adultos. Sin explicaciones, sin excusas, sin repeticiones. Como dos buenos compañeros.

- Compañeros.

- Compañeros – repitió – Si estás de acuerdo, ya sabes mis horarios. Y yo los tuyos. Donde y cuando. Nada más.

Por la tarde Isabel se ducha.

Se ducha a solas como siempre, e intensamente, como nunca.

Como siempre librándose del sudor, del lacre pegajoso del hotel, de la suciedad urbana.

Esa pestilencia efímera que perdura entre que un cliente marcha y entra ella con el trapo.

Como nunca porque al salir, se siente intrínsicamente perturbada.

Piensa y late.

Da vueltas.

Marea el cerebro con la misma intensidad que su corazón palpita cuando recuerda los ojos de Pablo contemplándola, catándola…”podemos divertirnos”.

Y su angelito, su diablillo interno se enconan como nunca.

“Te lo mereces Isabel…no hagas tonterías…llevas mucho….¿a qué complicarse?....a nadie le amarga un dulce….ese dulce podría ser tu hijo….es guapo, huele bien….¿y si es un degenerado?.....necesito volver a sentirme deseada….es un compañero de trabajo….ya no recuerdo lo que es dormir abrazada a alguien….no sabes casi nada de ese alguien….lo deseo….¿y si en cuanto enciendo la luz sale corriendo?...es un bombón, un capricho…se burlará de ti como lo hace todo el mundo…me desea….no eres ninguna princesa y esto no es ningún cuento”

Cenó sola.

Durmió sola.

Sola se levantó y desayunó.

Sola esperó al autobús y caminó luego desde la parada hasta el timbre de acceso trasero al Mediodía.

- Buenos días, Isabel.

Sola hasta que Pablo le regaló un sonriente saludo.

- ¿Te preparo el cortado? – ofreció educadamente.

Salvando la distancia con rapidez, como si temiera que de repente fueran surgir millares de ojos agazapados tras paredes y baldosas, se aproximó colocando discretamente un trozo de papel en la palma de su mano.

- ¿Hoy no hay cortado? – pregunta con rictus sorprendido.

- Me muero de la vergüenza – fue lo único que supo responder antes de desaparecer por las escaleras rumbo al vestuario.

Pablo abrió el trozo de papel meticulosamente doblado.

Al leerlo sonrió.

Sonrió e, inesperadamente, sin que el mismo previera semejante reacción, tragó saliva.

Pasó la jornada.

Pasó el jueves, el viernes, el sábado.

Isabel libraba el lunes.

Igual que Pablo.

Su hija había cogido un avión el miércoles rumbo a Canarias, con un contrato de tres meses como camarera de pizzería.

Isabel siempre recordaría aquel primer día de una semana cualquiera por el frío con que dio comienzo.

Era enero y el invierno amarraba su yugo con saña.

Apenas puso los pies fuera de la cama, tiro de termostato.

Deseaba calor.

Lo necesitaba como nunca.

Jamás había sido capaz de pensar o actuar si la temperatura bajaba de quince grados.

Y esa mañana deseaba pensar, deseaba actuar pero sobre todo, ante todo, deseaba memorizar todo lo que pasara.

Si era a bien para deleitarse en el futuro con su recuerdo.

Si era para mal, para no volver a permitir que nadie abriera brecha.

Había superado un largo fin de semana durante el cual, mil veces, pensó en abortarlo todo.

Miedo y desconfianza.

Ya era una sesentona rara, cargada de inexplicables manías.

Demasiado oxidada en la rutina como para abrir ventanas.

¿Qué podía contarle a aquel muchacho con el que apenas compartía cortados?

¿Sería capaz de respetarla si se arrepentía?

¿Sería capaz de callar lo que había escrito en aquella nota?

Pensó en el error que había sido proporcionarle aquella prueba física de su debilidad.

Su dirección, una hora, un día.

Podría utilizarlo como prueba para jactarse ante sus amigotes.

Para burlarse, reírse, humillarla.

Para mostrarlo al resto de camareras de piso.

Esas que, a sus espaldas, la trataban de amargada a pero la respetaban por comerse décadas entera encerando los mismos embaldosados.

Para Isabel, en todo aquel desliz, la discreción resultaba más sacrosanta que los diez mandamientos, uno encima del otro.

Lo que menos deseaba, era vivir el resto de su vida humillada.

No.

No conocía a Pablo.

Y se temía a sí misma.

La noche anterior, tal y como acordaron, la llamó para confirmar la cita.

E Isabel, incapaz de ocultar cierto tono indeciso, exhalo una poco convencida respuesta.

- Si. Si claro.

- Te gustará – contestó el percibiendo el tembleque de voz – Nos gustará. Y se llegará hasta donde tu digas. Nada más. Nada menos. En tu casa serán tus normas.

Le complació el tono conciliatorio y comprensivo.

Le agradó recuperar cierta autoridad en todo aquel juego.

El muchacho se ofrecía negociante y seguro pero, sobre todo, respetuoso.

Eran las once en punto.

Restaba una hora.

Isabel había consumido la mañana entera en camisón delante de un desayuno que apenas había probado.

Se duchó con rapidez.

Desnuda correteó del baño a la habitación y de la habitación al espejo grande que presidía el vestíbulo y que compró por treinta euros en el mercadillo.

Allí comprobó lo inexistente de su vida sexual.

Lo más parecido que tenía a algo sensual eran unas sencillas braguitas negras de Primark que, al quedarle algo pequeñas, le remarcaban de más el trasero.

Era un dilema.

Se pusiera lo que se pusiera, todo le restaba su ya de por sí muy mermado atractivo.

A las once y media la temperatura era tan calurosa que pudo escoger un vestidito muy ligero, más propio de Santiago que de San Antón.

Su desastrado y encanecido pelo quedó parapetado tras una coleta estirada al máximo.

Se maquilló muy superficialmente.

Escogió uno de los perfumes de su hija, una botellita de las decenas que atesoraba y que no le cupieron en la maleta con rumbo a las islas.

Apenas se vaporizó, descubrió que había sido una mala ocurrencia.

Tenía sesenta años, no diecinueve.

No pretendía aparentar lo que no era.

Y, con ello, le entraron nuevamente las dudas.

Dudas que se convirtieron en un “!Dios santo!” cuando el telefonillo dio aviso.

Apresuradamente abrió sin preguntar quién era y se dispuso a dejar las persianas medio bajadas, con la luz justa para ver si ser vistos.

Apenas encendería la lamparita vintage que presidía la mesita junto al rellano y que iluminaría el recibidor y poco más.

“Tal vez así no se de cuenta del desastre que soy”

Lentamente, cuando se sintió convencida de que todo estaba en su sitio menos ella misma, se acercó a la mirilla aguardando a que se abriera la doble hoja del ascensor.

Pero no lo hizo.

Pablo tardó cinco minutos en dejar ver su silueta salvando los últimos escalones.

Avanzando firme, se apostó ante la puerta, se atusó el pelo y, cerrando con fuerza los ojos, respiró hondo.

Fue entonces Isabel, lo supo.

Y al saberlo, sintió renacer sus certezas, hundirse en el fango los miedos, las vacilaciones, la desconfianza.

Esa bocanada final era para reunir valor, para acaparar impulso.

Pablo y su supuesta seguridad en los cortados matinales, también tiritaba ante ella.

Isabel se vio como una igual no como una alumna desventajada, un barco a punto del desguace.

La misma curiosidad que ella sentía hacia el veinteañero, la sentía el hacia una sesentona.

Las rodillas le dejaron de temblar, las manos ganaron firmeza y, antes de que tocara el timbre, abrió.

Pablo la contempla con una sonrisa, su sonrisa y una botella de vino blanco que ofreció a modo de saludo.

No se dicen nada pero Isabel se sorprende a sí misma devolviendo la sonrisa y una mirada cómplice que no sabía dónde había tenido tantos años parapetada.

Aun con lo inhabitual de la escena, Isabel no deja de ser Isabel y se siente aliviada de que, con la tenue iluminación, su invitado no descubrirá el polvillo que acumulan algunos cuadros o las manos marcadas en el alicatado del baño.

Pablo entra sin mirar a izquierda y derecha.

No exhibe curiosidad más que por ella.

Ella cierra la puerta y, tal como acordaron, se dirige a la cocina.

Al sacar del frigorífico dos copas frías, se encuentra a Pablo tras ella haciendo esfuerzos con un elegante sacacorchos plateado que sabe Dios de donde ha sacado.

Al acabar de liberar el vino se gira justo cuando ella hace lo propio con las copas en la mano.

Se miran.

Vuelven a sonreírse.

No saben que decir.

Pero se sienten cómodos.

Taquicárdicos pero cómodos.

Trémulos pero cómodos.

Curiosos pero cómodos.

Él sirve.

- ¿Quieres sentarte? – le ofrece.

- ¿Quieres brindar? – responde Pablo mientras le ofrece la copa llena.

- Si, si claro – afirma – Pero ¿por qué?

El no responde.

Tampoco sabe muy bien que rogativa puede hacerse.

Alza el vidrio.

Las chocan ligeramente y dan un leve trago.

- No sé cómo se debe comenzar esto – reconoce ella.

- Brindemos por eso. Por un buen comienzo y el mejor de los finales.

Y lo hacen.

Isabel bebe con los ojos abiertos.

Así descubre que Pablo viste con gran elegancia.

Un jersey gris de cuello en V muy holgado que deja entrever que no lleva camisa debajo.

Los pantalones son vaqueros pero no prietos y le encanta la hebilla, que luce impoluta, como si la hubieran pulido a conciencia.

Lo encuentra muy atractivo.

Intensamente atractivo.

Poderosamente atractivo.

Por eso, cuando Pablo se aproxima, cuando pone una mano en su cintura, cuando le da un leve beso, sutil, que apenas percibe, el primero tras tantos años, no lo rechaza.

Es apenas un roce.

Pero siente un chispazo interior y el derrumbe definitivo de todas sus líneas Maginot.

Como si una maquina abandonada, oxidada y llena de telarañas encontrara la energía suficiente para volver a girar y generar chispas.

El recepcionista se queda a medio dedo de ella.

E Isabel decide que ese medio, es demasiada distancia.

Lo besa, con igual pulcritud pero con mayor duración.

¿Cuánto?

¿Dos, tres minutos?

Cuando acaba ella se siente verdaderamente extasiada y el, rellena copas.

- Ha sido un buen comienzo.

- Si – reconoce sonriendo, percibiendo como, al tragar vino, se mueve la nuez de Pablo dentro de aquel musculado cuello.

Isabel respira.

- ¿El baño? – pregunta al terminar.

- Si. Justo a la izquierda.

Pablo desaparece y ella se queda con una copa medio llena que convierte en vacía, vuelve a llenar y vuelve a vaciar con sed alcohólica.

Mira su reflejo en el cristal del patio interior.

A sus espaldas reaparece él.

Isabel se gira lentamente.

Sabe que vera lo que el reflejo le ha advertido.

Pablo, completamente desnudo, se muestra.

Algo asustada, da dos pasos hacia atrás, no sabe si por miedo o para mejorar la perspectiva.

El muchacho es muy joven.

Su cuerpo es de una firmeza insultante, levemente musculado pero con algo de grasilla en los costados.

Ni un solo tatuaje.

Pectorales abultados pero no abdominales.

Las tapas y la cerveza son una debilidad sospechable pero todavía contenida.

Posee unos trapecios algo sobredimensionados, una mandíbula de héroe Marvel y una nariz chata de boxeador fracasado.

Su moreno es un inexistente, su piel parece reluciente y está recién afeitado.

Sus caderas parecen conducir en autopista hacia lo inevitable.

Su miembro es el segundo que ve en toda su vida y ha tenido suerte.

Es más grande, más grueso, más vigoroso.

- A lo mejor he sido demasiado directo Isabel. A lo mejor debo recomenzar de nuevo. Tal vez te habría gustado desnudarme tu.

Ella no responde.

Ella respira muy hondo como cuando, hacía a los quince años, trataba de reunir valor para tirarse del trampolín para adultos en la piscina de su pueblo.

Su cabeza piensa a una velocidad pasmosa……”venga Isabel de una y a por todas. No hay nada que perder. Venga, venga, venga, venga, venga”

Y de un tirón expeditivo, se saca por la cabeza el vestido.

Sus dudas habían sido tantas ante la ropa interior, su carencia de algo digno era tan manifiesta que, sencillamente, había optado por no llevar nada.

Y, a juzgar por la expresión de Pablo, parece haber hecho un hoyo en uno.

Solo entonces, solo a ella, se le ocurre en ese instante, pensar en cuanto tiempo hace que un hombre no la ve desnuda.

No le dan las horas, ni los segundos en encontrar una respuesta.

Pablo se aproxima, se abraza a ella y la besa.

Isabel se deshace.

Había olvidado por completo el calor que la piel ajena genera.

Un calor irradiante, intenso que domina, endulza, acoge, embelesa.

Un calor que genera la adicción más insensata de manera casi inmediata.

Y pronuncia, en un susurro audible y claro, recibiendo los besos en el cuello de Pablo…

- ¿Cómo he podido vivir tantos años sin esto?

El responde acariciando su espalda con suavidad, con lentitud, utilizando más las yemas que los dedos, más la intención que la acción.

Isabel abraza sus omoplatos para que no se escape, para retener el instante en que su piel de piedra se transformó en flan.

No mueve las manos.

Solo intenta besarlo con una habilidad que creyó no tener nunca y que ahora intenta recordar, primero acogiendo lo que recibe y luego devolviéndolo con creciente anhelo.

Lentamente los labios se abren.

Sin prisa se introduce una puntita a la que responde Isabel tímida.

Al final, inevitablemente, las bocas se abren y, donde una piensa que no es posible, se sorprende al no sentir rechazo y comprobar que aún se puede acercar más a ella.

- ¿Voy muy rápido?

Ella ceja el beso pero no la cercanía.

Acaricia su rostro mientras le deja sentir su aliento en el rostro al responderle.

- Vas de maravilla cielo. Gracias.

De maravilla.

Aun ante lo inesperado.

Porque, inesperadamente, Pablo baja las manos, aferra su trasero y de un empentón, la alza del suelo.

Isabel siente ya que el corazón se le disloca.

Isabel sabe que dos semanas antes hubiera degollado a quien se atreviera a rozarle su trasero aun casualmente en los atestados transportes urbanos.

Pero Pablo conservará la testa.

La conservará porque Isabel no lo rechaza.

Y no lo rechaza porque, instintivamente, sus piernas se abren para abrazar la cintura de su amante.

Tras más de veinte años, su instinto no ha desaparecido.

Pablo se gira y la deposita magistralmente sobre la mesa.

Y esta, acostumbrada a acoger ollas de guiso y fruteros, cruje.

Isabel se ve abierta.

Abierta y sintiendo el roce del tronco viril en su vagina.

Pablo lo dispone con perfección para que lo sienta.

- Ay.

- Perdona. He sido brusco.

- No es culpa tuya no. Es que…

El comprende sin más.

Isabel tiene sesenta años.

Ya no se humedece con solo imaginar.

Necesita de un mayor tiempo, paciencia y tacto.

Necesita ser convencida.

Y el, a sus veintiunoscuantos, parece saberlo.

Con ternura aleja su pene y retoma los besos.

Retoma la caricia, baja hasta su mandíbula, el lóbulo, el cuello.

Desciende, se arrodilla y, ante sus pechos, los mima con una delicadeza impropia de la erección que muestra.

Con ambas manos los aprieta con suavidad mientras deposita besos y lametones muy contenidos que los reactivan.

Isabel en principio se muestra más testigo que otra cosa.

Testigo sin indiferencia.

Luego, empieza a sentir que los nervios se reconectan, que desde sus pezones se envía una señal a su cerebro y este advierte del placer que le genera.

- Que bien saben Isabel.

Ella sonríe.

No entiende a que pueden saber sus dos odres.

Dos pechos empequeñecidos, algo decaídos de pezones muy tostados, casi negroides, que creía un añadido sin más a su cuerpo y que ahora, entre los suspiros de Pablo, descubre estaban pero que muy injertos en su sistema raquídeo.

Sonríe y acaricia su pelo, su mata gruesa de inmaculado color cobrizo.

El desciende algo más besando el abultado ombligo, rodeando el círculo adiposo que los años y la falta de un ejercicio mejor diseñado que el barreño y mocho, han ido cebando.

Cuando echa hacia abajo, Isabel se asusta.

Se asusta pero no lo detiene.

Siente la curiosidad de quien nunca ha probado.

Porque Pepe nunca quiso.

Porque le daba asco.

Y ella se callaba los deseos por vergüenza o sentimiento de impureza o pecado.

Si planteó alguna resistencia, esta se disipa cuando la lengua, intensamente ensalivada de Pablo, saborea su coñito desde abajo en un lento murmullo que no lametón.

Ella siente como lo roza, como sus labios vaginales cosquillean, como, instintivamente se aproximan a la boca de su amante y como esta, cuando llega al clítoris, directamente, lo humedece.

Isabel se traiciona gimiendo.

Pablo respira mientras da un segundo lametón, esta vez con mayor impresión.

Lo hace con la lengua ancha, no con la punta.

Lo hace para empapar y facilitar el juego y, ya de paso, proporcionar lo que Isabel está recibiendo.

Delicia.

Al octavo lametón su cadera se mece para buscar la lengua e intensificar el ritmo.

Al vigésimo enzarza su mano entre los cabellos y acerca la cabeza del recepcionista a su coñito.

A los dos minutos gime cada vez más alto con cada relamida.

Cinco minutos después estira la cabeza hacia detrás, abre la boca, deja escapar un grito.

Pablo se detiene.

Se incorpora rápidamente.

Con un trapo que encuentra sobre el respaldo de la silla se limpia la boca.

- Disculpa…no se…perdona.

El mira con complacencia.

- Me encanta tu sabor.

Isabel se sorprende.

Se sorprende y se excita.

Pone los pies en el suelo.

Lo siente cálido.

Coge de la mano a Pablo y lo guía a través del piso rumbo al dormitorio.

Inesperadamente, se complace viéndose desnuda paseando por su casa, guiando a su amante camino del lecho.

Le gusta su carne seca y envejecida.

Le gustan sus glúteos meciéndose al ritmo que imponen sus aspiraciones.

Le sigue Pablo.

Lo hace contemplando el cuerpo desnudo de Isabel, comprobando que su cata en recepción no había sido errónea.

Es una madura al que el ritmo de trabajo, la vida dura, han contenido las formas.

Es tensa, firme, enérgica y dispuesta a todo.

Tan solo tenía una objeción sujeta a su boca en forma de pelo púbico advirtiendo que tal vez debería haberse cuidado un poquito más allá abajo.

Isabel ha mantenido la habitación cerrada a cal y canto.

Al abrir y entrar, la estancia parece superar los treinta grados.

Pero a una y otro les agrada.

Apenas se introducen, sienta a Pablo en el borde de la cama.

Con mirada aviesa, trata de seducirlo aun a pesar de que ya es del todo innecesario.

- Ahora me toca a mi ¿no?

Empieza arrodillándose, besando dulcemente su rostro.

- Que guapo eres – lo ensalza mientras besa su mentón, su cuello, sus pectorales – Que guapo y que joven.

Está dispuesta.

¿Por qué no?

Tal vez sea Pablo su último cartucho.

Tal vez nunca vuelva a ver una más en su vida.

Y es una buena pieza.

La coge con una mano.

Le llama la atención su grosor, el palpito que siente y el liquidillo que sale de prepucio.

No siente repulsión alguna.

Con tosquedad, abre la boca y se la introduce.

- Lento Isabel. Al principio tira más de lengua.

Orgullosa pero no ofendida, se reconoce casi novata en el arte del sexo francés pero dispuesta a aprovechar la lección de dieciocho centímetros que se le presenta.

Vuelve a hacerlo, de arriba abajo, pero esta vez con la lengua.

No se lo come como si fuera un bocadillo.

Esta vez prefiere imaginarse un helado.

Lamerlo, saborearlo, coger el cucurucho con suavidad y presionando.

No levanta los ojos.

Escucha los gemidos de Pablo.

Puede sentir la aceleración de su respiración.

- Si…si…así…así cielo así.

Le complace el cambio de papeles.

Ahora es ella la dueña del goce.

Y lo proporciona con deleite, sabiendo que su amante toca con sus artes las puertas del paraíso.

Cuando lo mira, desde abajo, ve su cara desencajada, mirando de frente.

Por unos segundos no lo comprende.

Hasta que recuerda que frente a Pablo, para el mismo espejo de armario donde ella se contempló en su decadencia unas semanas antes.

Desde su emplazamiento, la observa felando, devorando y eso parece excitarlo aún más.

Isabel se aplica y devora, ensalivando el falo con devoción hasta provocar el sonido de los gurgujitos.

- ¿Mejor así?

- Para Isabel o te llevarás una sorpresa antes de tiempo.

Ella obedece pero mantiene el miembro aferrado con la mano.

Siente como, entre sus dedos, laten intensamente las arterias.

También siente como su coñito hace lo propio.

Parecen acompasados.

- Ven – Pablo se incorpora, le acaricia la barbilla para alzarla, la besa, la deposita sobre la cama, coge sus tobillos, la abre con cierta rudeza.

- Delicado Pablo – pide – Hace mucho que no…mucho…

El chico recupera la compostura.

Sigue cogiendo los pies de su amante pero esta vez, los deposita delicadamente sobre sus hombros.

Coge su polla y recurre a él para acariciar los labios vaginales.

Ella agradece el cambio y relaja su temor a que ser penetrada, tras tanto tiempo, duela.

Al contrario.

El deseo se acrecienta con semejantes arrumacos.

Se nota húmeda como nunca.

- ¿No la metes?

- Me gusta verte la cara.

- ¿Qué tiene mi cara?

- Se te ve disfrutar. Disfrutar mucho.

No lo había percibido.

Todas sus arrugas de expresión son las propias de una persona constantemente agresiva, tensa, preocupada.

Tan acostumbrada estaba que no había notado que su rostro también se contraía y mucho para expresar el placer que el cuerpo de Pablo le está proporcionando.

Durante un rato se retan con la mirada.

Isabel se siente algo avergonzada por ser pillada en semejante enflaquecimiento.

Pero cuando tras un par de minutos sintiendo el roce del miembro a la entrada de su vagina ya hasta se ríe, entonces el, con una tacada lenta pero muy firme, muy decidida, la penetra.

Y la sorprende.

Porque cuando la siente dentro, echa la cabeza hacia atrás ofreciendo la yugular y lanza un largo grito.

- Aaaaaaaaaggggggg

Se siente revivir.

- Estate quieto, un rato quieto, quieto, quieto, dentro. No te muevas por favor.

Abre los ojos y alza la cabeza.

Ve perfectamente la cadera de Pablo tocando su cadera.

Su bajo vientre rozando sus pelos púbicos.

El la hace palpitar dentro.

Si, está dentro.

Completamente dentro.

Y es suya.

Toda para ella.

Isabel extiende un brazo y con los dedos muy abiertos, acaricia el pecho de su amante.

Es una posición algo incómoda para ella.

Pablo comprende y libera sus piernas que se avengan a abrazar su cintura.

Mejor.

El vuelve penetrarla una tercera y cuarta vez.

Acopla el ritmo, lo adapta, hace sentirse dentro al tiempo que paladea la novedad grata de aquel cuerpo.

Alzado sobre sus brazos, observa.

Cada una de sus vencidas provoca el gemido de Isabel, el mecimiento de sus pequeños pechos arriba, abajo, la contracción de su vientre y de sus muslos.

Ella recurre a sus manos para tocar.

Tocar su tórax, asir sus caderas, aferrar concienzudamente sus glúteos.

Isabel siente la profundidad del placer, la lenta liberación a medida que su amante incrementa el ritmo con que es penetrada hasta hacerlo con rapidez pero sin desbocarse, sin enloquecer.

Ambos quieren retrasarse.

- ¿Te gusta?

- Sigue cielo. Dame.

Pablo continua pero, en lugar de limitarse a entrar en ella, en el punto final, alza las caderas para que su bajo vientre roce de más el clítoris e intensificar la intensidad.

Ella, que ni siquiera sabía que eso pudiera hacerse, que un movimiento tan simple fuera capaz de descolocarla, deja escapar un grito cada vez que lo recibe.

Aprieta sus muslos para obligarlo a darle más, suplica, ordena, clava sus uñas.

- Sigue, sigue, más rápido y así sigue…oggggg

Pablo da gusto sintiendo como ella se desata hasta mecer por si solo su pubis y descontrolarlo, casi hasta ser el quien es follado aun estando encima.

Isabel arquea el rostro, lo sostiene un rato en un grito gutural con la boca abierta y luego parece relajarse.

El comprende.

Ella se regodea.

- ¿Te has corrido?

- No lo sé – confiesa – Los últimos años fueron penosos. No me reconozco, no….

Pablo acaricia su rostro.

Isabel abre sus ojos castaños, convencionales, casi mediocres y encuentra los de su amante.

La besa.

Con ternura.

- Déjame seguir.

- No – contesta Isabel sacándoselo de encima para cambiar las tornas y ser ella quien a horcajadas, domine la estancia – Seguiré yo.

Con una mano coge la polla de Pablo mientras apoya la otra sobre su pecho.

Desea esa posición.

La que durante los últimos años de su matrimonio, le fue prácticamente negada.

Pepe era de esos hombres que, cansados del trabajo, cumplían con rapidez, sin eficacia, con mayores prisas por saciarse y dormir que por acaramelar a aquella que recibía sus torpes empentones.

El miembro entra de una sola tacada, recurriendo a un gesto puramente sexual, intensamente carnal.

Ella lo acoge contrayendo la cara de placer hasta hacer una mueca justo cuando su trasero toca los muslos de Pablo.

- Ufffff

Jadean ambos.

Isabel no quiere medias tintas.

Isabel quiere follar.

Cabalga con brío desde el primer segundo.

Lo hace meciéndose enérgicamente arriba y abajo.

Cada empuje eleva sus pechos arriba y abajo incrementando la excitación de su amante y la suya propia hasta generar que entre sus respectivos sexos, surja un ruido lubricante y espeso.

La situación rápidamente se acrecienta hasta llegar al punto sin retorno.

Isabel casi lo agradece pues aun derretida de gusto, sabe que con sus sesenta, no será capaz de aguantar semejante cabalgada más de cinco minutos.

Pero apenas suman tres.

- Isabel.

Pablo se enrojece, aprieta los dientes, contrae la cadera, estira las piernas, contrae su cuerpo, estira la barbilla.

- Me corro Isabel. Me corro dentro.

- Hazlo, haaazlo que yo…

- ¡Me corro!

- Yo….yo….!también!

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Siente como se desliza por dentro.

Son las dos en punto de la tarde del día siguiente e Isabel, tumbada de lado en la cama, siente como el semen se desliza desde su vagina hacia afuera.

Está repleta.

Las cuatro horas pactadas, sin más, como buenos compañeros, han terminado convertidas en un día completo sin que la piel conozca lo que significa llevar ropa.

No han parado.

Bueno sí, para beber cerveza.

Bueno sí, para ir al baño.

Bueno sí, para prepararse juntos, casi jugando, unos bocadillos de queso.

Le duele cada pulgada de su cuerpo.

Hasta el mínimo filamento.

Está agotada pero se siente incapaz de dormir.

En su lugar, contempla como lo hace Pablo.

Sus ojos están cerrados pero ella sabe que no duerme.

Su respiración se ofrece calmada.

Con ternura, acaricia su pelo.

Es enorme mata de pelo que tanto la atrae.

El corresponde por lo bajo, haciendo lo propio, algo despreocupadamente, con su muslo.

- Tengo que irme Isabel. Mañana trabajo y no planeaba quedarme tanto.

- ¿Te apena? ¿El haberlo hecho?

Abre los ojos.

La mira.

- No. Estas cosas son de las que se recuerdan toda la vida. Pero nuestro pacto era cuatro horas para ti y para mí. A solas. Y llevamos…. – trata de sacar la cuenta.

- Veintiséis horas – responde Isabel casi risueña.

- Pues eso. Y debo descansar algo de todo lo que me has exprimido.

Isabel sonríe mientras ve como su amante se levanta para cumplir protocolariamente con su vestimenta.

Calzoncillos…calcetines…pantalones…ese jersey gris de cuello en V.

Isabel sabe que es un acto obligado, que no queda otra.

Pero, inesperadamente, siente de nuevo la pesada soledad de su cama.

Él parece sentirlo y le regala una mirada cargada de agradecimiento.

- No te levantes – concluye acercándose para regalarle un beso cariñoso y casto a modo de despedida.

Cuando casi está a punto de cerrar la puerta del dormitorio ella se incorpora a medias.

- Oye Pablo…

- Dime.

- Mi hija…mi hija estará en Canarias hasta marzo. Si hay suerte…hasta abril.