Río de placer, parte uno (llegada a RJ)
El sol de Río no es lo único que la quema. Con 48 horas de tensión acumulada y la mirada de extraños sobre sus muslos, la obediencia ya no es una opción, es una necesidad física. ¿Hasta dónde llegará el castigo antes de que ella pierda el control?
El sol Carioca había inundado mi piel por varias horas, y el sudor empezaba a convertirse en una gota gorda entre el canalillo de mis bubbies.
La visión de los cuerpos con poca ropa, las varias caipirinhas que llevaba en el cuerpo y el castigo que me había impuesto mi novio por mal portado, me tenían a mil y loca por ser follada ahí mismo.
Pero una parte importante del castigo era precisamente esa, mantenetme así, en un estado de nerviosa tensión sexual, sin follarme ni dejarme acabar. El castigo llevaba ya 48 horas y mi voluntad estaba absolutamente doblegaba a punta de excitación.
Hace 60 horas atrás, tuve la desafortunada idea de desobedecer un par de instrucciones de mi novio Dom. Y ahí empezó todo
Este era nuestro primer viaje juntos, él me había pedido que lo acompañará porque su empresa lo había enviado a Rio y le pareció una magnífica oportunidad para entrenarme en la obediencia, lejos de mi zona de confort.
Se había propuesto probar mi obediencia y enseñarme a hacerlo sin rechistar, lo que para mí era difícil en estos meses que llevábamos juntos.
Mi naturaleza personal luchaba contra los deseos de ser sumisa, pero él ya me conocía y tenía claramente un plan para mí. Sabía perfectamente cómo convencerme, mezclando lo dulce y lo rudo de manera magistral.
La semana previa al viaje, tuvimos sexo duro e intenso todos los días, y mientras me tenía amarrada y caliente me hacía prometer que durante los días que estaríamos juntos iba a ser su sumisa al mil por ciento. En ese estado de excitación yo decía que sí a todo, y juraba obediencia acérrima para poder tener mis orgasmos. Pero una cosa era decirlo, y otra muy distinta lograr hacerlo.
Mi personalidad habitual, le daba guerra a mi Dom, aunque eso sólo parecía excitarlo más.
En el proceso de embarque al avión, él era todo detalles y atenciones. Me sentía la mujer más cuidada y protegida del mundo cuando se preocupó de todos los detalles y me guío tiernamente de la mano hasta el asiento y me abrochó el cinturón antes del despegue. Para mi gusto, lo apretó un poco más de lo necesario pero no me quejé.
Estaba tan embobada que no me percaté del detalle que me había dejado a mí en el asiento del pasillo. Después del despegue, y cuando me disponía a dormir mientras él me acariciaba el pelo suavemente, empezó su juego de control. Me susurró al oído que fuera al baño y me quitara la ropa interior, pero yo llevaba un vestido corto y delgado, por lo que la idea me parecía pésima. Le expliqué que se me iba a ver demasiado y que quizás hasta se me pegara el vestido al cuerpo, por lo que no podía hacerlo. Se sonrió. Sabía que me negaria. Me dió una mirada reprobatoria y me susurró al oído que en el hotel me iba a castigar por darle problemas.
Luego me dijo que abiera un poco las piernas y comenzó lentamente a acariciarme desde la parte interna de las rodillas y ascendiendo sin apuro, lo que a mí me encantaba. Fue muy lento y suave, rozando mi piel sin tela encima, y llegando a la mitad del muslo, subiendo y bajando varias veces. Mientras me hacía eso, y sabiendo que me ponía en estado de tensión sexual, me pasó un libro y me dijo que lo leyera en silencio. Eran relatos eróticos sobre dominación, y mientras leía me ponía más cachonda. Él iba subiendo poco a poco la mano pero sin llegar a mi sexo. Como estaba caliente, se me olvidó que cualquiera podía verme las piernas desde el pasillo y cuando miré hacia un lado, me di cuenta de que un tipo no se perdía detalles de nuestros movimientos. Se lo dije a mi novio y él me hizo callar y mientras me mordía suave la oreja me ordenó no hablar nada hasta que él me preguntará. Estaba en modo Dom y yo sabía que una segunda desobediencia por mi parte me dejaría sin poder sentarme en un par de días por la cantidad de azotes, así que me callé y lo dejé hacer. El sobrecargo también miró con complicidad la escena cuando pasó ofreciendo bebidas. Yo me tapaba la cara con el libro, más para esconder mi excitación que por vergüenza.
Mi falda iba a la mitad del muslo, dejando ver demasiado, y mis pezones se hacían visibles a pesar del brasier. Me empecé a morder los labios para no gemir.
Jugó conmigo la hora y media que duró el vuelo y, aunque no me saqué la ropa interior, estoy casi segura que el sobrecargo y el fisgón del asiento del lado vieron el color de mi tanga
Desde que aterrizamos, su actitud ya no fue dulce, sino una mezcla entre cabreo y autoridad.
Después de retirar las maletas, y mientras esperábamos el taxi, se paró frente a mi, puso sus dos manos sujetando mi cara, me miró directo a los ojos y me dijo muy serio: no más desobediencia o te dejo amarrada a la cama el resto del viaje con un vibrador por el culo.
No era una amenaza, era un aviso.
Le pedí perdón con mi mejor cara de arrepentimiento por no haberme sacado la ropa interior en el avión, pero no atendió mis argumentos y me dijo que la obediencia no podía excusarse.
Cuando llegó el taxi, me abrió caballerosamente la puerta y me hizo sentar sola atrás; yo sabía que eso era parte de mi penitencia. No tener su atención ni su cercanía.
El viaje al centro transcurrió sin problemas y después de registrarnos como cualquier pareja de enamorados, nos dispusimos a subir. Las maletas las llevaba el botones y recibí órdenes de subir sola con él, bañarme y esperarlo arrodillada, desnuda y con la cara en el suelo, pero tuvo la gentileza de dejarme poner almohadas. Él iría a buscar algo al bar. Tenía 10 minutos para estar lista.
La habitación era grande, luminosa y con una cama amplia. El suelo era claro y frío, así que mentalmente agradecí las almohadas que pondría en mis rodillas y debajo de mi cara. Despaché rápido al botones, con la correspondiente propina, y me desvestí sin miramientos, sabiendo que ya tenía menos de seis minutos para estar lista. Me bañé con agua tibia, me arreglé el pelo un poco para que no me molestara, me sequé apurada el cuerpo, me puse un poco de perfume y adopté la posición requerida, lejos de la puerta y de las ventanas, y habiendo cerrado un poco las cortinas para evitar miradas indiscretas, aunque estábamos en un tercer piso.
Estaba sentada sobre mis propias piernas, con la cara apoyada en el suelo hacia el lado derecho, de un modo que era imposible verlo entrar.
Pasaron solo unos minutos cuando escuché abrir la puerta. Debe haberme visto pero no me dirigió la palabra y se fue directo a duchar. Cuando cerró el agua, supe que en pocos minutos estaría a mi lado, pero no fueron pocos.
Yo estaba incómoda, con las piernas ya entumecidas y con un poco de sueño, pero su mano sobre mi pelo, apretandolo firme, me espaviló al instante.
Me dijo que levantara al máximo el culo y que sujetará mis nalgas con las manos para abrirlas. Supuse que el castigo sería darme por el culo sin miramientos, pero me equivoqué. Me dejó exhibida así mientras revolvía buscando algo en las maletas, lo supe por el ruido. De repente un chorro de algo frío me recorrió desde las raja y bajó humedeciendo mi vagina, de manera muy lenta. Después me esparció bastante aceite por la espalda y los glúteos y éste bajó solo por mis labios vaginales.
Me dijo que relajara al máximo la cola y sentí algo duro que empezó a hacer presión por ese orificio; apreté involuntariamente. Me dio un golpe seco con la palma abierta en la nalga, que me hizo saltar por la sorpresa, y repitió la orden. Intenté no oponer presión pero estaba un poco nerviosa. Jugó en mi entrada anal hasta que está se abrió y me dijo que era una perra desobediente y que por eso iba a estar sin orgasmos hasta que aprendiera a no contradecirlo. Mientras pronunciaba esas palabras, inserto por mi culo algo pequeño y delgado que quedó con una parte por dentro y otra por fuera.... continuará
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