No todo es verde en florencia
La lluvia los atrapa en el cine, pero la verdadera tormenta no es la que cae afuera. En la oscuridad de la última fila, las miradas se cruzan y las manos se atreven. ¿Qué pasa cuando nadie mira, pero alguien está esperando?
Nos apetecía ir al cine. Normalmente solíamos quedar para comer o cenar, a veces solamente para un café y charlar, contarnos nuestras cosas. Pero aquella tarde, por cambiar, decidimos ir al cine.
Antes de vernos, en conversación telefónica nos costó elegir una película concreta entre las opciones de cartelera. Tenemos bastante suerte y vivimos en una ciudad donde la oferta de cine es bastante amplia, con varias salas y, por lo general, con variedad para todo tipo de público. Teníamos claro que no queríamos ver la última de superhéroes, que siempre había películas de esas y además son todas iguales. Tampoco ningún dramón, que para llorar ya están los telediarios. Al final nos decidimos por una de esas que llaman “dramedia” americana, es decir que tiene drama y comedia a partes iguales, y que me sonaba haber escuchado o leído en algún sitio que no estaba nada mal, que era una de las sorpresas de la temporada y todas esas cosas publicitarias que se dicen para convencer a la gente para que vaya a ver una película.
La película era a las siete y media de la tarde y quedamos media hora antes, para tomar algo rápido en el bar del cine y entrar directos. El tiempo era el ideal para ir al cine, se había puesto a llover mucho y además de forma repentina, así que pensé que igual nos encontrábamos con el cine lleno. Pasados cinco minutos de la hora de quedada, apareció ella: Miriam. No traía paraguas, con lo que venía bastante mojada al no haberle dado tiempo a coger algo para protegerse de la lluvia. Su pelo rubio, debido al agua parecía habérsele ondulado más de lo que solía llevarlo habitualmente. Llevaba un vestido beige bastante bonito, hasta las rodillas, que no acentuaba demasiado sus curvas, pero sí ligeramente (no tengo claro si el vestido era así o quizá por la lluvia se le pegaba un poco al cuerpo).
En estos momentos tengo que reconocer que nunca me había fijado especialmente en ella, quiero decir en su cuerpo, pero verla llegar empapada, con la cara chorreando y el vestido marcándole la figura, provocó que empezara a hacerlo, al menos durante un breve momento, notando un pequeño escalofrío en la entrepierna al que no di demasiada importancia, porque la verdad es que me pasa eso con bastantes chicas que veo por la calle.
Como decía, por fin llegó hasta donde yo estaba y tras saludarnos con dos besos, nos tomamos una cerveza hablando del mal tiempo que hacía de forma protocolaria y de alguna otra cosa sin importancia. Cuando faltaban cinco minutos para que empezase la película, entramos en la sala. El caso es que el mal tiempo no había atraído a nadie al cine, al menos a ver la película que nosotros íbamos a ver. Tan sólo una pareja que estaba en cuarta fila (de diez que tiene la sala). Aunque era una sesión numerada, sin saber muy bien por qué, nos fuimos a la última fila no haciendo caso de las localidades que teníamos asignadas. Ella se sienta a mi derecha y mientras seguimos charlando un poco sobre lo curioso de estar casi solos en el cine, se apagaron las luces y comenzó la proyección.
En pantalla, los nombres de los protagonistas. No conocía a ninguno, así que podía esperar cualquier cosa. La historia iba sobre un adolescente al que todo le va mal, su familia es bastante disfuncional y sólo encuentra cobijo en los consejos que le da un vagabundo que siempre se encuentra cuando va camino del instituto. También se hace amigo de una compañera de clase que es más rara que un perro verde y... en fin, todo bastante tópico dentro del cine independiente americano, haciendo honor a la etiqueta de “dramedia” ya que ya se veía que tenía toques graciosos pero también algunos dramáticos.
Lo bueno de esta historia empieza justo con una escena de la película donde los padres del protagonista quieren hablarle sobre cosas de la vida mientras están viendo una peli porno en la tele. Es una escena bastante graciosa y surrealista, a la que yo tampoco habría dado demasiada importancia si no fuera porque es el momento en el que noto que Miriam pone su mano en mi muslo. Yo la miro y le sonrío, porque me hace gracia la escena. Ella me sonríe y acercándose me dice “anda, que menuda porno”. Yo me sorprendo por el comentario pero me hace bastante gracia. Le digo que sí y vuelvo a mirar a la pantalla, cuando noto que la mano de Miriam empieza a frotar ligeramente mi muslo.
En ese momento no sé qué pensar... la vuelvo a mirar y me vuelve a sonreír, haciendo con su mano un movimiento algo más amplio que el que estaba haciendo hasta entonces. Yo pongo mi mano sobre su mano y la acaricio levemente, envalentonándome y pasando a hacer lo mismo que ella, en su muslo: un pequeño movimiento, acariciándoselo. Dado que llevaba vestido, me encontraba acariciando su piel. Me gustaba el tacto, muy suave... Ella cambió el movimiento de hacerlo en vertical a un poco circular. Yo, sin salir de mi asombro, la miro y me encuentro con que Miriam está esbozando una sonrisa muy, muy pícara, que no había visto nunca. Se acerca y me dice “me gusta cómo me acaricias”. Ahí me di cuenta de que yo estaba bastante duro, de que me estaba empezando a molestar el bulto de mi polla en el pantalón, pero había que mantener las formas...
Miriam debió notarlo, porque de repente su mano sube directamente a mi paquete, agarrándolo con suavidad y haciéndole leves caricias. Yo cambio también mi caricia y comienzo a manosear la parte interna de su muslo izquierdo, rozando de vez en cuando también su pierna derecha. Su vestido se había subido un poco, no sé si se lo subió ella queriendo o si era por la postura que tenía sentada, o si fui yo con mis caricias, pero lo tenía ya a la altura del coño, pues ya podía ver su tanga, de color rosa. Yo no hago más que resoplar debido a mi calentura, y ella de vez en cuando suelta algún pequeño gemido de gusto. Se acerca y me dice “me has puesto muy cachonda... ¿qué te parece si te bajo la bragueta?” Yo, aún sin creérmelo. Me falta tiempo para ser yo quien hace lo que dice, pero no me bajo la bragueta, me desabrocho el cinturón y me bajo los pantalones. En mis calzoncillos se nota claramente el bulto, ya durísimo, pidiendo guerra. En eso que Miriam coge mi mano y se la lleva a sus tetas, dejándome sobárselas. Nunca imaginé que las tuviera tan apetecibles, aun tocándoselas por encima del vestido. Le pedí que me dejara verlas, y no lo dudó un instante: se desabrochó un par de botones del vestido, se lo bajó un poco, al igual que el sujetador, que era rosa como el tanga, y me las enseñó.
Eran una preciosidad. No es que yo sea un experto en pechos, pero los de Miriam me parecieron de las más bonitas que he visto nunca. No eran pequeñas, pero tampoco demasiado grandes. Manejables cien por cien. Y sus pezones se habían endurecido una barbaridad, estaban bien puntiagudos. Empecé a pasar mis manos por las tetas y por un acto reflejo me lancé a lamerlas, a lo que Miriam respondió con un gemido que me puso aún más caliente. “Me encanta eso, sigue por favor... chúpamelas, lo haces muy bien”. Obedecí y mientras lamía una teta, sobaba la otra, intercambiándolas. Ella aprovechó para quitarse el sujetador. Les daba mordisquitos a sus pezones y Miriam correspondía con un “sí, qué gusto” que me derretía. A todo esto, de vez en cuando aprovechaba y también acariciaba su coño por encima del tanga, ya con el vestido muy subido, notando sus partes íntimas muy calientes a esas alturas.
De vez en cuando mirábamos hacia adelante, a ver si la pareja de la cuarta fila se iba a dar cuenta... De momento, ningún problema.
Ella me agarraba la polla por encima del calzoncillo, hasta que decidí quitármelo. Con este gesto, a ella se le iluminó la cara viendo mi aparato apuntando al cielo, en todo su esplendor. Tengo que decir que en cuanto a medidas, no tengo una polla larga, pero sí se me pone bien gorda, sobre todo cuando estoy muy cachondo, como era el caso. Empezó a pajearme de forma que si seguía así yo estaba convencido de que duraría poco, así que le dije que bajara un poco el ritmo. Yo, de mientras, intentaba llegar con mi mano a su culo, sobando sus nalgas. De repente, Miriam se inclina y empieza a meterse mi rabo en la boca, a darle besos... Yo estaba en una nube de la que no quería bajar. Debía de estar un poco incómoda, porque aprovechó para quitarse el vestido completamente y, bajándose de la butaca, se arrodilló ante mí (era una sala espaciosa entre fila y fila) y se la metió de nuevo entera en la boca, dando unos lametones que eran gloria bendita. Yo alargaba la mano para sobarle las tetas, aunque mi postura no fuera muy buena, al menos llegaba a hacerlo y así pellizcaba sus pezones, para escuchar alguno de sus gemidos. “Cómo me gusta tu polla”, me decía. “Y a mí cómo la chupas”, le respondía entre jadeo y jadeo.
“Si sigues así me voy a correr, Miriam”, le dije. Con esto paró y la hice sentarse en su butaca (mientras ella casi no quitaba su mano de mi polla). Era mi turno. Se quitó el tanga y se acomodó en su sitio. Me arrodillé tal y como había hecho ella un rato antes, abrí un poco sus piernas y me dirigí a lamer y comerle el coño a mi amiga. Primero empecé lamiendo los muslos por la parte interna, pero poco tardé en dirigirme a la raja, porque le tenía muchas ganas... Estaba realmente empapada y Miriam resoplaba cada vez que le daba un lametón. Estaba sabrosísimo, y aproveché a meter un par de dedos para que gozara más junto a mis lamidas. Poco a poco Miriam empezó a pedirme más, más fuerte, y noté cómo se agarraba a mi cabeza, haciendo que mi lengua recorriera mejor su clítoris y penetrara más en su coño, extrayendo sus jugos, altamente deliciosos. Se corrió en mi boca y apretó sus piernas contra mi cabeza. Menuda gozada.
Volvemos a levantar la mirada para controlar a los de delante y cuál es nuestra sorpresa que vemos que el chico está de pie, con la cabeza hacia atrás y apoyado en la butaca mirando a la pantalla mientras que la chica le hacía una mamada sin ningún pudor. Miriam y yo nos quedamos a cuadros. Quizá nos habían escuchado e incluso visto y decidieron hacer lo mismo que nosotros. Al principio no sabíamos qué hacer, pero llegados a ese punto, a mí ya me daba todo completamente igual. Es más, le añadía incluso más morbo al asunto.
Siempre llevo algún condón en mi cartera, así que llegó el momento de usarlo (y yo que pensaba que caducaría...). Me lo puse e hice sentar a Miriam encima mío, para poder follarla. Como la sala estaba a oscuras, no acertaba muy bien a meter mi polla, a esas alturas ya gordísima y durísima, en su dulce agujero, pero con su mano me guió y conseguí metérsela. Menudo gustazo... ambos lanzamos un gemido que estoy seguro nos escucharon los de la cuarta fila. Nos daba igual, el gozo era absoluto. Miriam empezó a cabalgar y yo lamía sus tetas, las amasaba, lamía su cuello y agarraba sus nalgas. Quién me iba a decir a mí que mi amiga Miriam me iba a poner así de cerdo. Miriam aceleró el ritmo y me di cuenta de que se iba a correr de nuevo, con lo que yo también empecé a darle más fuerte. Por fin, llegó al orgasmo, quedándose casi sin aire.
Me apetecía cambiar de postura, así que propuse a Miriam hacerlo por detrás, o sea, por el coño, pero por detrás. Ella ni rechistó, se apoyó en las butacas de la fila de delante nuestro y me puso su culo en pompa, muy a la vista. Si es que incluso tenía un culazo maravilloso, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Con la de pajas que me hago habitualmente y no había pensado en semejante mujer. Acaricié ambas nalgas de su hermoso culo y lo abrí, para poder acertar a meterla bien, a ver si esta vez sale a la primera. Así fue, y entró de lujo porque lo mojada que estaba Miriam no está escrito. Mi polla se deslizaba hacia dentro y hacia fuera de forma que el gusto que me daba era enorme. Yo la agarraba del pelo tirando hacia atrás y la penetraba. De vez en cuando abría sus nalgas para ver su ano, que me tentaba... Le pasaba un dedo húmedo por encima, por su borde, para dar más gusto a Miriam. Cada ve que lo hacía, notaba cómo se estremecía. Poco a poco introduje un dedo y ella no pudo resistir a soltar un “oh, sí” interminable que hizo que mis continuos bombeos contra su coño fueran aún más placenteros. Sin duda estábamos disfrutando como nunca.
Como si nos coordináramos Miriam y yo, mientras le estaba dando agarrando sus caderas, ambos miramos a la pareja de la cuarta fila. Parecían imitarnos ya que estaban en la misma postura: él detrás (incluso dando algunos azotes al culo de su chica), y ella apoyada en las butacas de su propia fila. Por un momento nuestras miradas se cruzaron con las suyas... Inicialmente creo que todos sentimos algo de rubor, pero fue visto y no visto, porque estábamos tan calientes que no atendíamos a más cosas. Empecé a fijarme en aquella chica y pude ver, o intuir, que era morena con el pelo liso y que tenía unos pechos pequeños, pero muy bonitos y apetecibles, a la vez que un culo que también me entraron ganas de follar. Mientras empotraba a Miriam tuve tiempo de fantasear con un trío con ella y esa otra chica. El paraíso, sin duda. Miriam se debió de dar cuenta de mis pensamientos, supongo que por mi lasciva mirada a la otra, y me dijo “te pone cachondo, ¿eh? Está buena, ¿verdad? Venga, fóllame, imagina que estamos los tres... Ella, tú, y yo, ¿a que te gustaría?”. Uf, no me lo podía creer. Miriam estaba muy cerda y eso me estaba poniendo muchísimo. A todo eso añadió “a mí también me gustaría follarme a ese otro tío, que me empotre como una perra”. Nunca imaginé que pudiera decir esas cosas, pero claro... todo eso me calentaba aún más. Y ella lo sabía de sobra.
Tras esto, pudimos ver cómo el chico se terminó corriendo sobre el culo y la espalda de la chica, quedando exhaustos en sus butacas tras semejante follada.
Mis embestidas empezaron a subir el ritmo y la fuerza, estaba follando muy duro a Miriam y ella ya ni se cortaba en gritar de placer. Le dije que estaba casi a punto de correrme, a lo que me dijo otra cosa con la que siempre he fantaseado y que, cosas de la vida, nunca he tenido oportunidad de realizar: “Córrete en mi boca”. Fue escuchar esas cuatro palabras y fue como ejecutar un conjuro mágico, pues las ganas de soltar mi leche desbordaron, con lo que avisé a Miriam y ella se puso en posición, de rodillas mientras yo sujetaba mi polla con la mano para aguantar la corrida... Sin decir nada más se metió el rabo entero en la boca y aquí fue donde vi lo experta que era Miriam chupando pollas, porque supo hacerlo de forma que yo aguantara un poco más, para disfrutar de su mamada al completo. Me agarraba los huevos y los acariciaba, sacaba su lengua y los lamía, recorriendo todo el tronco para luego meterse sólo la punta de mi capullo, sacárselo y luego tragar toda la polla... Yo le agarraba el pelo y se lo metía. Le follaba la boca mientras escuchaba sus gorgojeos, a veces casi ahogándose porque no le entraba toda debido a lo gorda que la tenía. Finalmente aceleró el ritmo y por fin empecé a notar que me temblaban las piernas...
“Me corro Miriam, ¡me corro!”
“Dámelo todo, me encanta la leche, échamela en la cara”
Saqué mi polla y viendo a Miriam con la boca bien abierta y la lengua fuera, con un grito de gusto inmenso (“¡me corroooooo!”) empecé a soltar chorros de semen como nunca los he echado, llenándole la cara y parte del pelo de leche, hasta que pude por fin acertar en su boca, llenándola también hasta que le salía por las comisuras y cayendo en parte sobre sus tetas... Nunca en mi vida he soltado tantísima leche.
Miriam tragó, se limpió, y tras ello al igual que hicieron los de la fila cuatro, nos dejamos caer en nuestras butacas. Mirándonos y sonriendo. Sudando y habiendo disfrutado muchísimo. Pareciendo tenerlo planeado, la película terminó en ese momento. Nos vestimos rápidamente y nos sentamos como si nada hubiera pasado. La pareja de la fila cuatro hizo lo mismo, pero marchándose antes que nosotros, mirándonos y sonriendo también, con un ligero gesto de saludo con la cabeza para despedirse.
Al salir del cine había dejado de llover y teníamos mucha hambre. Propuse a Miriam coger algo para llevar y cenar en mi casa, pero ella prefirió marcharse a la suya a descansar. Le vacilé un poco diciendo que pensaba que podríamos repetir la jugada en mi casa y por eso la propuesta, pero no quiso, así que nada. Cuando se marchó, me quedé completamente solo en la puerta del cine. Miré el cartel de la película, y entonces me dije para mí mismo que si eso, ya vendría otro día a ver “No todo es verde en Florencia”, que así se titulaba la película, por mi cuenta.
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