Mi aventura con un joven en Barcelona
Llevaba años sin cruzar la mirada con él, pero esa noche en Barcelona, la tensión fue innegable. Él sabía lo que había visto en su ventana cuando era un niño; ella, que el deseo nunca se había apagado. Esta vez, no hay padres ni vecinos que los separen, solo la oscuridad de un apartamento y la promesa de cumplir viejos fantasmas.
Mi aventura con Juan en Barcelona.
Hacía mucho tiempo que no coincidía Karen, la última vez fue en verano en una de esas reuniones veraniegas en mi casa con mi marido y junto a la piscina.
Karen es una amiga que conocí en una entrevista de trabajo y que no fructificó, pero que seguimos viéndonos por un tiempo, sobre todo en las fiestas de fin de año y en verano cuando solía venir a bañarse con nosotros en la piscina. Siempre ha sido una mujer exuberante y con el tiempo se había convertido en una mujer atractiva con esa belleza que solo las mujeres latinas suelen tener.
El caso es que, este verano coincidimos en un sala de fiestas de Barcelona, donde suelo ir a menudo con mi marido aunque ese día había decidido ir sola. El local estaba muy concurrido, aunque no a tope, había grupitos de gente de diversa edad, desde los mayores con cincuenta años o más hasta los jovencitos que bailaban o lo intentaban al ritmo de la música estridente de temas modernos. Mientras intentaba hacerme oír por Karen sobre cómo le había ido en ese tiempo que no nos habíamos visto, me iba distrayendo mirando a los jovencitos, ya que los demás eran casados o simples lobos a la caza de una posible Caperucita.
Me llamó la atención un grupo de cinco chicos que debían estar entre los veinte y treinta años, más que bailar lo que hacían era moverse al ritmo de música pero sin levantar los pies del suelo.
-¿Te atraen los jovencitos ahora?
Me dijo Karen mirando hacia donde yo tenía puesta mi atención.
-¿Qué? No que va, solo miraba.
-Pues para no atraerte, no les quitas la vista de encima.
- Es que me ha parecido ver a alguien conocido entre ellos.
- Estás en lo cierto, porque uno de los cinco es el hijo de Juan.
-¿De qué Juan?
- Juan el que tiene la masía en Gerona y que has estado varias veces invitada por tu vecino José. Se llama también Juan como su padre.
Yo lo recordaba vagamente de haberlo visto por casa de su padre, pero ahora estaba mucho más desarrollado y muy guapo. Nada tenía que ver con el jovencito que corría detrás de las gallinas y perseguía a la cabra que tenía su padre, para tocarle las ubres.
Mientras Karen no dejaba de hablar sobre él, nuestras miradas se cruzaron por un momento.
Sus compañeros iban vestidos con traje y corbata, mientras él iba más informal, con unos tejanos y una camiseta, pero que resaltaba su musculatura y desprendía elegancia a pesar de no buscarlo. Volvió a mirar hacia donde estábamos en el momento en que yo admiraba su fuerte constitución y su culo enfundado en los ceñidos tejanos. Vi como le decía algo a sus compañeros y se dirigió hacia la barra, precisamente donde estábamos nosotras. Cuando llegó a nuestro lado, pidió una bebida al camarero y abrazó efusivamente a Karen, plantándole dos besos en las mejillas.
- Hola Karen, cuánto tiempo sin verte.
- Hay, hola Juan. ¿Qué es de tu vida?
Le respondió Karen correspondiendo con dos besos al saludo de él. Me sorprendí por la manera de saludarse tan efusivamente, teniendo en cuenta que no habían tenido contacto en mucho tiempo, o por lo menos eso tenía entendido.
Mientras hablaban, yo iba admirando de cerca que Juan es más alto de lo que parecía de lejos, pues a pesar de mi 1,72 de estatura y los tacones, me sobrepasaba, calculando que mediría alrededor de 1,90, moreno con ojos verdes y pelo corto, con las mangas de la camiseta ajustada a sus brazos por la musculatura de sus bíceps. Me recordaba a un actor de películas de acción que se dedica a hacer de transportista en su coche.
-Por cierto Juan, te presento a Rosa, una amiga de tu padre.
-Encantada de saludarte Juan, hace mucho que no lo veo, dale recuerdos de mi parte.
La conversación se fue prolongando en el tiempo que tardaron en servirle la bebida solicitada. Me estrechó la mano y se despidió de Karen con un abrazo.
-Encantado de haberos visto.
Una vez se reunió con sus amigos, continuó con su meneíto al ritmo de la música. Nuestras miradas se fueron cruzando durante todo el tiempo que estuve en la sala.
Después de despedirme de Karen, me dirigí a la salida, para lo cual tenía que pasar cerca de donde estaba Juan con sus amigos completamente distraído. Ahora prestaba más atención a sus amigos que a mi presencia. Toda la velada buscándonos con la mirada y ahora ni se daba cuenta que estaba justo detrás de él.
Cogí mi coche del aparcamiento y volví a casa, con la mente puesta en Juan y en las ganas que tenía de habérmelo llevado a dar una vuelta y poder hablar tranquilamente con él sin Karen de por medio.
Tenía que levantarme temprano, por no estar mi marido y tener que abrir la empresa en su lugar, pues había quedado como responsable de ella.
Era fin de semana tenía de bueno que sólo trabajaba medio día por ser sábado, así que una vez llegué al trabajo puse en marcha el ordenador encontrando una notificación de solicitud de amistad en mi correo personal. Al abrirlo vi que era de Juanmismanías, que me había seguido en Facebook y seguro que era él.
Empezamos con un continuo cruce de mensajes sobre cómo seguía su padre y él preguntando por mi trabajo y vida cotidiana. Juan resultó ser un chico muy inteligente, que enseguida logró captar toda mi atención con preguntas y dando su opinión.
Me iba dejando llevar por lo que solo eran mensajes inocentes a través de esa red social de contactos, pero la cosa fue a más y terminé con una cita en Barcelona. Me dijo de quedar en un local que conocíamos, donde se tapea y sirven un vino exquisito.
Debido a lo mal que está en tráfico en esa urbe, llegué con mucho retraso y después de dejar el coche en un parking, salí a buscarlo por la calle donde está ese local. Allí estaba Juan sentado en un banco, consultaba su teléfono y seguía vistiendo unos pantalones tejanos, aunque ahora llevaba una camisa beige y una chaqueta tejana haciendo juego con los pantalones y al verme se guardó el teléfono en el bolsillo.
-¿Sueles hacer esperar así siempre en tus citas?
- No pensé que esto fuera una cita.
- Había pensado que solo es una entrevista para hablar sobre tus estudios sobre economía.
- Siento mucho haberte hecho esperar, pero el tráfico está muy mal y además he tenido que buscar un parking, por no encontrar donde aparcar.
- Muy buena excusa. –Supongo que eso se lo dirás a todos tus contactos.
- Vamos a un sitio donde podamos tomar algo y hablamos tranquilamente.
Cogiéndome por la cintura, con toda confianza, me fue guiando por las estrechas calles del Barrio del Rabal. Me encontraba un poco extraña por la situación. No sabía de qué tema tocar con alguien al que casi doblaba en la edad, por lo que decidí en seguirle la corriente y dejarle hablar a él.
Todo el camino me iba hablando de los proyectos que tenía para el futuro, ya que le quedaba poco para terminar la carrera de económicas en la U.A.B. y se preparaba para opositar en varios puestos de trabajo.
Me indicó el lugar cuando llegamos hasta la puerta, cediéndome el paso.
El lugar estaba en penumbras y cuando adapté mi vista, pude comprobar que era un recinto pequeño y con un aparato de aire acondicionado que mantenía el ambiente muy agradable.
Había varias mesas pegadas a las paredes y entre mesa y mesa unas separaciones tipo celosía que daba cierta intimidad a las parejas. Escogió una pequeña de dos sillas enfrentadas a cada lado de la mesa, indicándome una para que me sentara y él se sentó en la otra enfrente. Estaba tan cercano que al cruzar sus piernas, con el pie me rozaba el muslo. Al primer roce, noté como me subía la temperatura y sentí una sensación de excitación sexual, que hacía mucho no experimentaba.
Notaba como su mirada se dirigía disimuladamente hacia mi escote y cada vez los roces de su pie en mi entrepierna era más insistente. Llegó un momento que noté como mis bragas se humedecían. Pedimos para consumir unas tapas de pulpo gallego y bien regado con vino Albariño, mientras, me contaba que tenía una buena colección de películas, sabiendo que me gusta mucho el cine. Las había ido comprando y formando una pequeña colección de cine de culto.
-Tengo una pequeña colección de películas que he ido comprando poco a poco.
- Me gustaría que las vieras y me dieras tu opinión, si quieres vamos en un momento, ya que vivo aquí cerca y podemos ir andando.
- Si vamos a tu casa, podemos terminar en la cama.
Con mi comentario le pillé por sorpresa, pero reaccionó enseguida
-Sí, lo sé, pero eso depende de que tú quieras.
-¿Es eso lo que tú quieres?
- No descarto que suceda, pero ya te he dicho, que depende de ti.
Su pie seguía rozando insistentemente en mis muslos con un roce insistente, dando a entender lo que deseaba.
- No eres un niño, pero soy mayor que tú.
- Mira, no te pido que te cases conmigo, y la edad cuando dos personas se atraen no tiene la menor importancia. –No suelo hacer estas propuestas habitualmente, pero me atraes mucho y que seas mayor no me importa.
-Quiero que te sientas como una jovencita, si a ti no te importa estar con un jovencito.
Guardó silencio por unos instantes, mirando el canalillo de mis pechos.
- La situación me da mucho morbo. –El estar con una mujer mayor y que se que ha estado también con mi padre, me atrae desde siempre. –Muchas veces he revivido las secuencias de mi padre y José, tu vecino, follando contigo en la masía, cuando todos pensabais que estaba durmiendo y no os veía.
-Siempre he deseado poder tenerte entre mis brazos y mamar de esos pezones que se están insinuando debajo de tu blusa, como intentando atravesar la tela.
-Desde entonces me he masturbado muchas veces pensando en ti. Cuando te vi con Karen, me refrescó la memoria recordando cómo te chupaban los pechos los dos cabritos de mi padre, ver esos pezones siendo estirados y chupados, mientras él te follaba desde detrás siempre me ha excitado.
-Las veces que he envidiado a esos cabritos, por haber podido alimentarse te tus pechos. –Entonces yo era un adolescente, pero ahora no quiero dejar pasar la ocasión de poder hacer, lo que entonces no pude.
Creo que el vino me estaba haciendo efecto, pero la verdad era que sentía mi piernas temblar y gracias a su ayuda, sujetándome fuerte por la cintura, pude salir hasta la calle y aunque el trayecto era corto se me hacía muy largo, sintiendo su cuerpo vigoroso apretado contra mí.
Llegamos hasta el portal del apartamento situado en una calleja del barrio antiguo, aunque el edificio se veía muy bien restaurado.
Nada más pasar el umbral de la puerta, se giró sobre mí para abrazarme y darme un apretado beso en la boca. Cuando se separó y recobré el aliento, me hizo sentar en un sofá de los que se hacen cama, para decirme.
-Creo que estoy en lo cierto si digo que ahora mismo tienes las bragas empapadas.
-Espera un momento que traigo algo de beber.
El apartamento estaba decorado con muy buen gusto y aunque pequeño, todo estaba muy bien distribuido para hacerlo muy acogedor.
Una gran pantalla de televisión decoraba la pared de frente del sofá y una pequeña mesa de cristal quedaba delante de la pantalla.
-¿Qué te parece mi pisito?
-¿Te gusta?
Esta pregunta me la hizo desde la puerta de la cocina con una botella de champán en la mano y como única prenda de vestir, unos calzoncillos blancos tipo bóxer.
Estaba tan cerca de mí que casi rozaba su paquete con mis piernas.
-Me gusta mucho.
Esto ya lo dije, con mis manos en la goma de sus calzoncillos, y fui bajando poco a poco su bóxer hasta los tobillos, saltando como un muelle su tiesa polla y quedando a un palmo de mi cara.
Su polla desprendía ese aroma a hombre que es difícilmente describible y que hace querer degustar tan rico manjar.
-Me gusta cómo me acaricias la polla, despacio, sin precipitaciones y suavemente.
Terminé de quitarle los calzoncillos, quedando tirados a un lado en el suelo, mientras me introduje la polla en la boca, lamiendo la punta con la lengua y frotando el frenillo, recorriendo con mis labios todo el prepucio, apretando y chupando, como si fuera el pezón de una vaca, pero de un tamaño mucho más gordo.
Continué chupando por alrededor de cinco minutos, hasta que empujando mi cabeza con las manos, me hizo separar la boca de su mástil de carne.
Sin pérdida de tiempo, sus manos buscaron los botones de mi camisa y después de desabrocharlos, me la quitó, para buscar a continuación el cierre del sujetador. Estaba tan nervioso que acabé desabrochando yo el cierre, para él quitármelo y tirarlo junto a la camisa encima de la mesa de cristal.
Ahora estaba yo sentada delante de él con mis pechos al aire y él sin reaccionar, sólo mirando mis tetas con la boca abierta. Tuve que hacer que se tumbara en el sofá con su cabeza descansando en mi regazo, para dejar caer mi pecho derecho en su boca y animarlo a chupar, mientras con mi mano le acariciaba la rígida polla, apuntando como un poste hacia el techo.
Le acariciaba suavemente la polla y frotaba sus testículos, mientras él comía de mi pezón, como recordaba que me hacían los cabritos de su padre. Sentía como si se lo fuera a tragar, cuando me lo sentía dolorido, le ofrecía mi otro pezón para aliviar el dolor, y así iba alternando del derecho al izquierdo.
Tanto insistir, terminó consiguiendo que saliera leche de mis pechos, con el gran regocijo que eso le proporcionó.
Ante la insistencia en chupar, me estaba dejando los dos pezones doloridos, por lo que decidí darme un descanso y arrodillándome en el suelo para cogerle de nuevo la polla con la boca.
Con la lengua le recorría la punta, para poco a poco ir metiéndola toda hasta mi garganta, momento que volvía a sacarla para meterla de nuevo, para llevarlo hasta el límite, momento que descansaba y volvía de nuevo a empezar, sin dejar de acariciar sus testículos.
Hay quien piensa que chupar la polla es hacer algo depravado o humillante para nosotras. Nada más lejos de la realidad. El chupar una polla produce un placer especial, sobre todo cuando se notan las palpitaciones que preceden al orgasmo. Hay quien la chupa y tiene un perfecto control sobre quien recibe la mamada y yo lo sabía hacer perfectamente, llevando a Juan al límite y volver a empezar de nuevo sin dejarlo correrse, prolongando el placer indefinidamente hasta que me pareciera bien. Cuando a Juan se le regularizaba la respiración, me volvía a meter la polla en la boca y vuelta a empezar.
No podía dejar de mirar su rostro contraído por el placer, mientras no dejaba de chupar y recorrer con mi lengua su glande, succionando sus fluidos, Volvía a meterla toda de nuevo en mi boca y recorría con mis labios su tronco recubierto de venas, oprimiendo fuerte.
Le daba pequeños mordisquitos sin ejercer mucha fuerza, viendo cómo ponía los ojos en blanco. Notaba como temblaba de placer y estaba al borde del orgasmo, aceleré mis chupetones sintiendo cada centímetro de su polla rozar con mis labios, chupando cada vez con más insistencia. Con el temblor de sus piernas pude deducir que se estaba corriendo y confirmé esto al sentir en mi boca los chorros de semen espeso que apenas podía tragar. Pude mantener su polla en la boca sin dejar que la sacara y sólo cuando dejó de estremecerse y se la dejé limpia, retiré mi boca y me incorporé.
Cuando recobré el aliento le dije.
-Cielo, ha sido maravilloso, -Te he dejado exhausto.
Me dejé caer a su lado y le sujeté la cabeza para acariciar el pelo de su nuca.
-Cielo ha sido la mejor mamada de mi vida. –Ha sido maravilloso y sé que lo has disfrutado. Te he dominado, he podido sentir como llevaba el control de tu placer a mi voluntad y no te has corrido hasta que yo te lo he permitido.
Me besó en la boca apasionadamente, mientras sus manos se apoderaban de mis pechos, recorriendo el contorno de mis sensibles pezones. Sentía su aliento ardiente en mi cuello y como su polla se iba recuperando.
-Cielo, parece que ya te estás recuperando de nuevo. –Podemos empezar otra sesión. –Espera un momento que traigo algo para beber. –Siento en la garganta el picor de tu semen.
Me excitaba ver a Juan sentado en el sofá, con una copa de champan en la mano y su polla mirando al techo, mientras con la otra mano rozaba suavemente mis pezones y recorría los labios de mi vagina.
Cariño, me encanta sentir tu coño suave y sin rastro de pelos. –Es lo que me atrae de ti, desde que te vi desnuda por primera vez, siendo follada por mi padre. No te imaginas las veces que me he masturbado pensando en tu coño y tus tetas colgando, balanceándose al ritmo de los envites de mi padre.
-Cielo, ¿Me habías visto follando con tu padre?
-Sí, desde mi ventana pude ver cómo te ataban los pechos a la valla y mientras los cabritos se alimentaban de tus tetas, mi padre y tu vecino, te follaban alternativamente. –Yo era muy joven, pero eso se me quedó grabado en la memoria.
Cuando se acabó de beber el champán, le cogí la copa vacía y la dejé junto a la mía encima de la mesa, rozando con mis pechos su cara, para aprovechar y empezar a lamer mis pezones, poniéndolos duros.
- Me vuelven loco esos pezones tan ricos, que destilan esa leche deliciosa.
-Vamos al dormitorio, que en la cama estaremos más cómodos.
Entramos abrazados hasta la cama, donde me dejé caer de espaldas arrastrando conmigo a Juan, que quedó con mis tetas aprisionadas en su pecho y su dura polla haciendo presión en la entrada de mi vagina. Sólo necesitó un leve empujón para introducirla en mi encharcado coño, haciéndome lanzar un gemido de placer y sorpresa, le sujeté el culo, para que no se saliera y la introdujera más profundamente. Empezó a agitarse metiendo y sacando como el embolo de una jeringa haciendo que sintiera su polla dentro de mí en toda su longitud. Nuestros movimientos se aceleraron haciendo que me llegara un intenso orgasmo, que se iba prolongando mientras él no dejaba de bombear.
Mi placer se acentuó cuando apretando mis pechos con sus manos, empezó a chupar y mordisquear mis pezones, haciendo que mis gemidos se convirtieran en gritos de placer.
Después de que se corriera dentro de mí, pude acariciar su polla y sentir en la palma de mi mano los restos de su semen, como se iban escurriendo en los últimos estertores de su orgasmo.
¿Queréis que continúe…..?
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