Fantasías vecinales (8)
Marta creía conocer cada secreto de su vida y de su amante. Pero al abrir el portátil de Sara, la realidad la golpeó con una violencia que ninguna fantasía previa había preparado para soportar: sus propios hijos, los hombres que crió, estaban desnudos y entregados a Sara. Ahora debe decidir si el amor que comparten es más fuerte que la vergüenza.
Marta 2
Trece años habían pasado desde aquella noche en la que Marta y Alejandro compartieron por primera vez su lecho conyugal con Sara. Aquella fue la primera de muchas noches, puesto que tras aquella experiencia que tan gratificante había resultado para el matrimonio, siguió una segunda, en la que la vecinita volvió a ejercer de niñera; pero esa vez, la pareja ya tenía planes de que la noche acabara con los tres en la cama, si ella estaba de acuerdo. Y no solo estuvo de acuerdo, sino que ella misma lo había dado a entender cuando se presentó en su casa con un vestidito veraniego poco práctico para juegos de niños, aunque sí lo suficientemente decoroso para estar con ellos, y a la vez terriblemente sexy para incitar a juegos de adultos. Y a esa segunda ocasión había seguido una tercera, y una cuarta… La chica pasó de niñera ocasional a habitual. Hasta que ya se difuminaron las excusas y la joven comenzó a frecuentar el dúplex del matrimonio sin mediar la necesidad de quedarse con los niños, cuando surgía la ocasión, fueran dos o fuera uno/a quien disfrutara con ella.
Marta y Alejandro habían hablado entre ellos, seriamente, aceptando y acordando la inclusión de Sara en su cama como un catalizador que les potenciaba a ambos, haciéndolo todo más divertido y emocionante, más novedoso y excitante.
La ejecutiva había asumido su gusto por los encantos femeninos, no solo objetivamente, sino como algo especialmente atractivo para ella y que durante toda su vida se había ocultado a sí misma, solo viendo la luz en ocasionales fantasías. Pero eso no significaba que hubiera perdido el gusto por los hombres, todo lo contrario, ahora podía apreciar con mayor nitidez y exquisito paladar las diferencias entre ambos sexos, disfrutándolas por igual. Y su marido estaba encantado, porque no se sentía desplazado, sino incluido, compartiendo algo nuevo entre ellos que a ambos satisfacía. Aunque esto tampoco había sido un detonante para que el matrimonio buscara nuevas candidatas a ser incluidas en sus juegos de cama, o para que ninguna voluntaria se prestara a ello. Sara era la única, y con el tiempo, la pareja descubrió que su relación con ella había trascendido más allá de las sábanas.
La chica sentía auténtica admiración y pasión por ellos, además de la física atracción ya arrastrada desde su adolescencia. Y esos sentimientos se hicieron más intensos, adquiriendo el color del romanticismo, cuando consiguió acercarse a la pareja más íntimamente, reforzándose con cada encuentro. Y Marta y Alejandro acabaron descubriendo que el sentimiento era mutuo, y que Sara no solo había conquistado sus cuerpos, sino también sus mentes y corazones, pasando de ser dos, a tres, a todos los efectos.
El descubrimiento de los sentimientos hacia la joven fue extraño, traumático, pues fue fruto de la confesión de Marta a su marido sobre haber tenido ya un encuentro previo con la chica, sin él. Y él también confesó que ya se había acostado con ella, en un par de ocasiones, con Verónica actuando como la chispa que había prendido la llama. Fue una conversación difícil, dura, en la que la fidelidad quebrantada sin haberse acordado, especialmente por parte de Alejandro, que había sido reincidente, y no solo con una, sino con dos, a punto estuvo de dar al traste con el matrimonio. Pero cuando todo parecía perdido, con un infierno interior desmoronando a cada uno por dentro, Alejandro rompió el ensordecedor silencio que se había creado entre ellos con un «Te quiero, Marta. Y quiero a Sara…», a lo que ella contestó; «Te quiero, Álex, y también quiero a Sara». Y todo cambió.
Aceptaron que la chica era parte de ellos, aunque no hubiera empezado todo de la mejor manera, y que Verónica había resultado necesaria para iniciar todo el proceso que hasta ese momento les había llevado; en el que reconocían que, sobre todo, se querían y querían a Sara. Había sido Verónica la que había animado a la joven a acercarse a Alejandro, y la que había abierto los ojos a Marta para reconocer su atracción por otras mujeres; por lo que la ejecutiva prefirió no tener en cuenta los escarceos individuales de su marido con aquella vecinita caliente. En el fondo, reconocía que ella también habría caído en la tentación si se le hubiera presentado, y todo aquello ya era pasado. Desde entonces, solo existían los tres para los tres, por lo que solo importaba el presente.
Además de su relación con la pareja, Sara siempre había tenido una estrecha relación con sus hijos. Y con el tiempo, pasó de ser la vecina divertida a la canguro ocasional, y después, la niñera habitual; compañera de juegos; amiga; tía Sara; la novia de papá y mamá, y la madrastra enrollada. Los niños asumen con mayor naturalidad que los adultos ciertas cosas cuando discurren sin ser forzadas, y la joven acabó integrándose en la familia para ser una más de ella. Y esto, finalmente, se oficializó cuando se mudó a vivir con ellos a un nuevo y precioso chalet de un pueblo de la sierra cercana a la gran ciudad, donde los tres adultos seguían trabajando, con la universitaria ya graduada y realizando su labor en una gran empresa del sector alimentario.
Sin duda, los últimos trece años habían sido maravillosos para Marta, con sus pequeños baches, sí, pero espléndidos; tanto en el ámbito personal y familiar, como en el laboral, habiendo alcanzado el cargo de subdirectora en la empresa en la que siempre había trabajado. Y cuando las cosas en el trabajo se ponían farragosas y frustrantes, siempre tenía el consuelo de sus dos maravillosos hijos: Marco y Héctor. Pero, sobre todo, tenía el consuelo y comprensión de sus amados Alejandro y Sara, con quienes podía compartir todos sus problemas, sin olvidar las increíbles sesiones de delicioso sexo con uno u otro, o los dos a la vez.
— ¡Cariño! —gritó esa mañana la ya cincuentañera—. ¡Sara se ha dejado el portátil en el salón! —Era sábado, los chicos se habían ido de fin de semana con los amigos, y aunque no era laborable, Sara había madrugado para ir a la oficina un rato y solucionar un asunto urgente.
— Pues más vale que no le haga falta —contestó Alejandro entrando desde la cocina, aún vestido con los pantalones cortos de dormir mientras mordisqueaba una rodaja de piña—. Ésta mujer, está un poco despistada últimamente.
— No seas duro con ella —le reprochó Marta—, tiene un montón de cosas en la cabeza. Cada día tiene más responsabilidades en el trabajo, y su empresa es muy grande, creo que está luchando por un ascenso….
— Ya, claro, pero más vale que hoy no necesite el portátil. Mira, ¡si hasta se lo ha dejado encendido y con el navegador abierto! —señaló el ingeniero, acabando su desayuno.
— No, supongo que podrá pasar sin él. Era una reunión de urgencia con jefes por no sé qué de una adquisición para el lunes. Hace dos horas que se marchó, y si lo hubiera necesitado, ya habría vuelto corriendo a buscarlo. Ya cierro el navegador y se lo apago —sentenció, sentándose en el sofá para tomar el aparato de la mesa que había enfrente y ponerlo sobre sus rodillas.
— Sin problema, entonces. —Alejandro se acercó a ella desde atrás, y por encima del respaldo del sofá, le acarició los brazos y le besó el cuello apartando los rubios cabellos. —Venga, cierra y vamos para arriba a darnos una ducha juntos…
— ¡Espera! Mira qué enlace más raro tiene aquí…
— Marta, no seas cotilla —la reprendió, observando cómo el cursor se situaba sobre el extraño acceso directo de internet. Pero ya era demasiado tarde, la subdirectora efectuó un clic, y se mostró la dirección a la que llevaba.
— Joder, es una página de esas en la que la gente ofrece sexo ante la cámara —reveló la mujer.
— ¡Ahí va! —El hombre rodeó el sofá y se sentó junto a su esposa—. Y no es la página de inicio, es directamente la de una usuaria. «LaVero» —leyó el nombre.
— ¡No puede ser! —exclamó perpleja Marta—. ¿No será…? ¿Sigue en contacto con ella? Está offline…
— Uf, me da que sí —contestó el hombre recordando la última conversación que tuvo con aquella mujer—. Mira, hay un vídeo privado al que Sara tiene acceso. ¡Dale!
Con la curiosidad en niveles incontenibles, y aleccionada por su marido, la mujer accedió al vídeo, ampliándolo a pantalla completa.
— Joder, ¡sí es ella!, ¡Vero! —confirmó—. Así que esto es a lo que se dedica…
En la pantalla, la atractiva morena se exhibía ante la cámara con un prieto vestido de cuero negro que marcaba toda su figura de forma increíblemente sensual, aunque de piel solo mostrara los brazos, media espalda y de la mitad de los muslos hacia abajo.
— Dios, ¡qué buena está! —apreció Alejandro sin perder detalle de la pantalla—. Incluso mejor que cuando la conocimos…
— Sí —confirmó Marta—. Los años la han tratado bien. Está más guapa, más refinada —añadió, viendo cómo seguía manteniendo el mismo corte de pelo de media melena negra, aunque sus rasgos se habían acentuado, destacando los oscuros ojos y los carnosos labios rojos—. Está más delgada —también apreció—, tiene menos culo y muslos…
La ahora cuarentañera, cuya fuente de abundantes ingresos era su propio cuerpo, se había cuidado y había esculpido con dieta y ejercicio lo que ella había considerado menos atractivo de sí misma, dándole unas proporciones y consistencia a su tren inferior que serían la envidia de chicas mucho más jóvenes.
— Está cañón —sentenció el hombre—, y por lo que se ve, sigue manteniendo esas tetazas…
— Uf, sí, vaya par de melones, «con los que me cambió la vida aquella primera vez, la tía calentorra». —La rubia observó cómo la morena desabrochaba lentamente la cremallera del vestido, que iba desde el cuello hasta abajo del todo, deteniéndola a la altura de sus pechos para que el empuje de estos la abriera hasta justo por debajo, mostrándolos rebosantemente hermosos en un apretado escote que aún no los descubría por completo—. No me extraña que Sara siga viéndola. ¿Crees que tiene algo con ella aparte de esto?
— No, imposible —dijo Alejandro con seguridad—. Hasta donde yo sé, Vero vive en Valencia, y nuestra Sara casi siempre está trabajando o con nosotros, o con los chicos. Siempre ha tenido libertad para buscar lo que quisiera fuera de casa, nunca la hemos atado en ese sentido, y nunca nos ha dicho que haya tenido alguna aventura. Pero es normal que mire a otras mujeres u hombres, ¿no?
Vero seguía moviéndose en la pantalla, acariciándose el vestido y metiéndose una mano por la cremallera abierta para aferrarse un pecho, pero sin mostrarlo aún.
— Tienes razón. Si hubiera tenido alguna aventura, aunque fuera con Vero, nos lo habría dicho, y verla por internet no merece la pena ni mencionarlo, solo es un entretenimiento.
— Un entretenimiento muy bueno —aseveró el hombre.
En la pantalla, la camgirl había sacado la mano del escote y se contoneaba mostrando cómo el vestido se ajustaba a sus deliciosas curvas, dándose un par de azotes en ese culo, espectacularmente embutido en cuero, que había tonificado para sus clientes.
«Sí que está rica, sí —se dijo Marta—. Pero yo también me mantengo en forma y puedo enfundarme en un vestidito como ese… Voy a tener que comprarme uno para darle un caprichito a Sara. Bueno, y a Álex, que veo que le gusta.» Miró a su esposo, que estaba a torso desnudo, y comprobó cómo sus pezones se endurecían en sus fuertes pectorales, mantenidos por su afición a hacer deporte. Y al mirar hacia abajo, descubrió cómo el pantalón corto se había abultado más de lo normal en su entrepierna.
— Te está poniendo malito —le dijo, sintiendo su propia excitación y llevando una mano a constatar la dureza que la prenda de dormir evidenciaba.
— Como para no —contestó Alejandro, viendo cómo en ese momento Verónica se chupaba un dedo con sus eróticos labios y lo deslizaba por su escote—. Y a ti también, ¿a que sí?
— Pues claro, cariño —confirmó con tono meloso—, y más si veo cómo te pone a ti. —Con sus propios pezones erectos para marcarse en el fino camisón de raso que llevaba, la mujer metió la mano bajo la ropa de su hombre, agarrando la anaconda escondida, y sintiendo cómo terminaba de endurecerse en su puño—. Yo te puedo curar mientras disfrutas las vistas…
— Ah, ¿sí? —Su rostro, adornado con algunas arrugas más que cuando conocieron a la vecinita, seguía siendo irresistiblemente atractivo, con sus inteligentes ojos verdosos brillando por la excitación, y su boca dibujando una seductora sonrisa—. Eso me encantaría…
Marta sacó su mano, pausó el vídeo, y colocó el portátil sobre la mesa. Inmediatamente, encendió la enorme pantalla de televisión de máxima resolución, y proyectó en ella el contenido del ordenador. Verónica, detenida con una mano bajando la cremallera a la altura de su ombligo, apareció en gran formato ante ellos, y la mujer volvió a activar la reproducción del vídeo, con lo que la ardiente morena siguió bajando la cremallera para descubrir un diminuto tanga de color negro que apenas cubría sus bronceados labios mayores. «¡Qué cabrona! —pensó la rubia—. Está todavía más buena que trece años atrás y sigue sin tener ni una marca por tomar el sol. ¡Y cómo se mueve ante la cámara! Normal que Sara se conecte con ella… ¡Menudo calentón!»
Verónica terminaba de abrirse el vestido para mostrarse espectacular en la gran pantalla, llevando únicamente la mínima prenda inferior sobre su bronceada y tonificada piel, en ese curvilíneo y sensual cuerpo que no podía más que incitar a la lujuria, y en el que destacaban sobremanera sus rotundas y envidiables tetas de natural voluptuosidad, insultantemente perfectas y atrayentes, con sus morenos pezones adornándolas en estado de excitación, pidiendo ser devoradas.
Marta tomó la cintura del pantalón de su hombre, y éste se levantó para que sus prendas acabaran en el suelo, presentando su rígido miembro a la excitada mujer.
— ¡Qué pollón te ha puesto en un momento! —exclamó, relamiéndose— Y cómo me gusta…
— Sabes que es todo tuyo —susurró su marido, tomándola por la nuca, poniéndole el glande en los labios y penetrándole la boca.
— Ummpff —asintió la cincuentañera, sintiendo cómo se le llenaba la boca de dura carne y cómo se le mojaba la braguita.
Siempre le había encantado la polla de su marido, siempre le había excitado sobremanera, y siempre había disfrutado comiéndosela, sola o compartiéndola con Sara. Y en ese momento, el morbo de que él la follara la boca sin contemplaciones, observando cómo aquella zorra tan exuberante se desnudaba y acariciaba ante él, era sublime; por lo que de buen grado dejó que le sujetara la cabeza mientras movía la pelvis hacia delante y hacia atrás, deslizando suavemente el grueso falo por sus hipersensibilizados labios mojados con saliva, restregando la congestionada testa por su lengua e incidiendo en el fondo del paladar hasta alcanzarle la garganta.
— Ummm, cariño —escuchó que le decía entre dientes—. Me encanta follarte la boca viendo las tetazas de Vero… ¡Qué recuerdos…!
«¿Recuerdos? Aquella vez me vi casi obligada, fue una encerrona, una excitante encerrona. Pero ahora la que manda soy yo, y he aprendido mucho desde entonces.» Venciendo la sujeción de su cabeza, Marta agarró del culo en tensión a su marido y chupó con gula, dilatando su garganta para que la verga pasara por ella, tragándosela hasta que toda ella fue engullida y sus labios alcanzaron la base hasta rozar las duras pelotas.
— Oooohhh… —gimió su devorado macho.
En su primera experiencia con una mujer, precisamente con Verónica, Marta había descubierto que no solo le encantaba comerse una polla, sino que la sobrexcitaba ver cómo otra se comía la de su marido. Y quedó impresionada con cómo su compañera de juegos había tragado la generosa herramienta de su hombre, enloqueciéndolo. Aquello había quedado grabado en su cerebro para siempre, y desde entonces, había practicado y perfeccionado sus artes orales para lograr hacer lo mismo; en una divertida competición con Sara en la que ambas habían conseguido el objetivo para la máxima autocomplacencia y la de su hombre.
Con la dura carne atravesándole la garganta, sintió que abundante saliva fluía mientras su glotis se contraía con reflejos de deglución, masajeando la vibrante sonda que gozaba de la profundidad de su gula, hasta que tuvo que sacársela para poder respirar y observar con satisfacción el rostro desencajado de su hombre.
Con un leve empujón de sus manos, demostrando su dominio sobre él, hizo caer al ingeniero sentándole sobre el sofá con su estaca apuntando al techo, recubierta de saliva y con la punta abotargada para que ella pudiera seguir degustándola a placer.
Marta echó un vistazo a la televisión, donde la ardiente morena se mostraba completamente desnuda sobre una cama, con cara de auténtica viciosa, acariciándose las impresionantes tetas a la vez que se metía dos dedos en su mojado coño. «¡Pero qué zorrón más apetitoso! El dineral que tiene que estar ganando haciendo estas cosas en directo para hombres como Álex, o mujeres como Sara y yo misma… Incluso para jovencitos para los que ya se ha convertido en una auténtica MILF…»
— Es espectacular —comentó Alejandro, compartiendo su visión mientras la camgirl tomaba una verga de goma y adaptaba sus carnosos labios al contorno para chuparla mientras seguía jugando con su coño.
— Sí —corroboró ella—, pero yo tengo un pollón de verdad para disfrutarlo. —Empuñó la vigorosa columna de mármol y la tomó con sus pétalos del mismo modo que hacía la mujer del vídeo con su juguete.
— Y tú eres aún mejor —escuchó el cumplido de su esposo mientras succionaba para volver a penetrarse la boca—. Uuufff… Martaaahh…
Chupó despacio, recreándose con el tacto de las gruesas venas palpitantes deslizándose por sus labios hasta que algo más de media polla le llenó boca, y succionó con todas sus fuerzas, hundiendo los carrillos y escuchando el chasquido de la saliva con la piel a medida que se la volvía a sacar.
— Dioooossssss… —clamó el hombre como confirmación de su buen hacer, sin perder detalle de la antigua vecina dándose placer para su espectador.
La subdirectora tomó sus hinchadas pelotas con la mano y las masajeó con medida pasión, a la vez que recorría el erecto tronco arriba y abajo con la lengua, una y otra vez, escuchando gemidos masculinos, especialmente cuando se detenía en el frenillo lamiéndolo y besándolo con avidez.
— Nena, la amiguita de Sara ya está a punto de correrse —le dijo su marido—, y tú me tienes a punto de explotar…
Marta volvió a mirar a la pantalla, y en ella encontró a Verónica retorciéndose de gusto con el juguete de goma metido en el culo, mientras con una mano se estrujaba una tetaza y con la otra le sacaba brillo a su clítoris; con su bonita cara desencajada y la boca totalmente abierta por los jadeos que el volumen apagado del ordenador no permitía escuchar. Ella misma tenía los pezones al rojo, rozándose con el raso del camisón, y su braguita ya hacía rato que estaba empapada, por lo que se lanzó a rematar a su hombre, dándole profundas y agresivas chupadas que le arrancaron gruñidos, subiendo y bajando su cabeza al deslizarse por la enhiesta vara, y volviendo a tragar toda su deliciosa polla para vanagloriarse de tenerla toda dentro.
— Cariño, ¡me corro! —anunció su amado.
Se desenvainó el sable, abundantemente ensalivado, y lo chupó con sus labios y lengua, estrangulando su cuello y la parte alta del tronco para que solo el glande quedara en el interior. Una, dos, tres veces, hasta que el triunfal gruñido masculino fue acompañado de un impetuoso torrente de cálido y denso fluido llenándole la boca, el cual tragó para poder acoger todas y cada una de las generosas descargas que la palpitante polla le regaló a continuación, mientras ella no dejaba de estimularla con golosas succiones.
El sabor a macho satisfizo sus papilas de hembra en celo, y pudo degustar con deleite las postreras entregas de viril elixir, paladeando su consistencia para apreciar los familiares matices que en los últimos años se habían dulcificado, pues Sara había aficionado a Alejandro a comer piña como postre de la cena y como desayuno, para luego ser ella quien se lo desayunara a él varias veces a la semana.
Con su hombre ya vaciado, y ella saciada con su hirviente semen, Marta se incorporó y miró hacia la televisión, llegando justo a tiempo para ver cómo la morena agonizaba con un squirt que empapaba una toalla que se había puesto debajo. Después, Verónica lanzó un beso a cámara y el vídeo se detuvo saliendo de pantalla completa.
— Brutal, cariño —dijo Alejandro, tomando las prendas de sus tobillos para cubrir su declinante virilidad—. Ha merecido la pena descubrir esto…
— La verdad es que sí —contestó Marta, limpiándose los labios y la barbilla con los dedos—. Pero será mejor no decirle a Sara que lo hemos descubierto, puede sentarle mal que hayamos cotilleado en sus cosas.
— Totalmente de acuerdo. —Alejandro cogió el portátil de la mesa—. Voy a apagarlo y dejarlo como si nada.
— Aunque yo ahora estoy muy perra. Vas a tener que compensarme…
— Por supuesto, preciosa. Tal vez quieras que salgamos al jardín para fumarte un cigarrito en la tumbona mientras yo pruebo cómo de perra te has puesto. —Propuso el hombre con una sonrisa de oreja a oreja.
— Eso sería… ¡Espera, no cierres! —se interrumpió—. Mira —señaló la esquina inferior derecha de la televisión—. Hay otro vídeo privado… ¡Enviado por Sara para Vero!
— ¡Ahí va! —Inmediatamente, su esposo hizo doble clic en el vídeo, y su preciosa Sara apareció en primer plano, sonriente y preciosa, con su melena castaña, cuyos rizos la treintañera había alisado dos años atrás, recogida en una larga y bien sujeta coleta.
— ¿Videomensaje? —cuestionó Marta—. Quita el mute, a ver qué le dice.
Pero no fue necesario, porque antes de que su marido encontrara la forma de activar el sonido, la amante de ambos se alejó de la cámara, mostrándose espléndidamente desnuda sobre lo que parecía una cama de hotel. Y comenzó a acariciar su esbelto cuerpo de diosa treintañera en el momento álgido de su belleza, con sus manos delineando su curvilínea silueta, acariciando sus caderas y estrecha cintura, recorriendo su respingón culito con forma de corazón, y subiendo para ofrecer a la cámara una privilegiada vista de su buen par de tetas alzadas por sus manos, generosas, globosas y turgentes, en su punto óptimo de maduración.
— Le enseña a su amiga que cada día está más buena —comentó Alejandro—. Parece que le va a devolver el espectáculo…
Apenas había concluido la frase, cuando en la pantalla apareció un cuerpo masculino de rodillas sobre la cama. Un cuerpo atlético que el plano enfocado en la mujer solo permitía apreciar de pecho hacia abajo, de modo que resaltaba sobremanera su contundente miembro viril erecto acercándose al atractivo rostro de Sara, quien lo miró con auténtico deseo.
— ¡Vaya con Sarita! —exclamó Marta—. Le va a enseñar a Vero cómo se come una polla. Y, joder, ¡qué pollón más rico! Al final va a resultar que sí ha encontrado algo para divertirse, y con lo que tiene en casa, está claro que no se conforma con menos. —Acarició la entrepierna de su marido.
La treintañera agarró la verga demostrando que su puño apenas alcanzaba a cubrir la mitad, y sin dejar de mirar a cámara, se la llevó a la boca para darle una buena chupada en la que sus labios la recorrieron suavemente hasta llegar a la mano.
— Sí, no podemos reprocharle nada —observó Alejandro—. Supongo que, tras tantos años con nosotros, le apetece un poco de variedad. Aún es joven…
— Siempre ha tenido buen gusto —Marta disfrutó viendo cómo su compañera femenina lamía la dura estaca del invitado, desde los huevos hasta la punta, y sintió que la excitación que ya tenía alcanzaba un nuevo nivel—. Me encantaría ver cómo le deja seco…
— Pues entonces ahora te toca a ti disfrutar de las vistas mientras yo te como. —Su marido dejó el portátil en la mesa, y bajó del sofá situándose entre sus muslos abiertos.
— Ummm, sí, por favor. —La cincuentañera se levantó el camisón para facilitarle el acceso a su mojada entrepierna, y se deslizó la braguita para que él la tomara y se la sacase.
Viendo cómo Sara se sacaba la polla de la boca, la rubia suspiró al sentir los labios de su esposo besándole la vulva. Pero, de repente, le agarró los cabellos y le hizo girar la cara hacia la pantalla.
— Joder, ¡mira! —Perpleja, le mostró a su marido cómo un segundo cuerpo masculino había entrado en el plano de la cámara, por el lado contrario, y también acercaba un imponente falo erecto al rostro de la mujer, quien lo recibía sonriendo pícaramente a la cámara.
— ¡Qué cabrona! —espetó Alejandro—. Está claro que no se conforma con menos… ¡Se va a comer a dos!
— ¡Qué zorra! Y qué lista… Dos buenas pollas para ella sola. Uf, ¡esto es sesión premium! Dios, ¡cómo me pone! —Contemplando cómo la treintañera tomaba el nuevo falo invitado y le daba una deliciosa chupada como había hecho con el anterior, Marta giró nuevamente la cabeza de su marido y le puso el coño en la boca.
Enseguida sintió los labios de su hombre besando los de su sexo, completamente mojado, y una complacida risita se le escapó cuando la experimentada lengua se coló entre sus pliegues para lamerle la raja. Mientras, en la pantalla, Sara se había sentado entre los dos machos que tenía para ella y, con una polla en cada mano, alternaba sus pétalos de rosa de una a otra.
— Chupa un poquito cada una —relató para Alejandro lo que ocurría en pantalla, entre suspiros por sus linguales caricias, sabiendo que si él volvía a excitarse, la comidita que le estaba haciendo sería más deliciosa—. Besa la punta poniendo morritos, y luego se la mete hasta llegar a la mitad. Hunde los carrillos al succionar (Joder, ¡qué cara de puta preciosa!), y luego pasa a la otra…
Dos dedos de Alejandro penetraron en su encharcada gruta, haciéndola gemir, y trazaron movimientos circulares mientras la inquieta lengua le lamía el inflamado clítoris; por lo que aún más excitada, tanto por lo que veía como por lo que sentía, soltó la cabeza de su predador y se masajeó las tetas intensamente por encima del suave raso del camisón, dándose electrizantes toques en los erectísimos pezones.
— Ahora se come la polla de su derecha con más ganas —siguió relatando, gozando de cómo los dedos de su hombre se curvaban para estimularle la rugosidad de su interior, arrancándole profundos gemidos—. Ooohhh… Se la mete más en la boca y la chupa a tope. ¡Cómo lo disfruta!
La lengua trazaba círculos en su clítoris, haciéndolo palpitar, y sus propias manos estrujaban sus pechos tratando de abarcar todo su volumen.
— Ummm… Y ahora le está dando una buena mamada a la polla de la izquierda… Uuuufff… Se la ha puesto gordísima y se ve cómo se le marca la cabeza en el carrillo…
A sus oídos llegaba el acuoso sonido de los dedos entrando y saliendo de su coño, follándola con experto mete y saca a la vez que el húmedo apéndice lamía su perla arriba y abajo a mayor velocidad. «Seguro que a Álex ya está volviendo a ponérsele dura y no va a tardar en hacer que me corra…»
— Y vuelve a la de la derecha… Uuummm… ¡Y se la traga entera! Uuufff… ¡Qué maravilla de garganta profunda!
Los labios de Alejandro le succionaron el clítoris, y comenzaron a chupárselo con fuerza. «Joder, ¡qué rico!»
— La ha dejado llena de babas… mmmm… que le cuelgan de los labios… Ufff, cariño, me tienes a puntoooohhh… ¡Y ahora también se traga la otra polla entera!
Los dedos se le clavaron cuanto pudieron profundizar en su almeja, y su marido le regaló intensísimas succiones de clítoris que terminaron por desquiciarla, haciéndole alcanzar un maravilloso orgasmo que la recorrió de pies a cabeza, y que gritó extasiada aplastándose las tetas y pellizcándose los pezones.
— ¡Aaaaaaaaaaahhhh…!
Alejandro le sacó los dedos y los jugos manaron de su coño, escurriendo densa y cálidamente hacia su culo mientras él terminaba de darle una poderosa chupada de clítoris que le hizo ver las estrellas. Hasta que el orgásmico cataclismo alcanzó su cenit y soltó sus autoestrujados pechos, abriendo los ojos para encontrarse en la pantalla cómo Sara seguía dándose un festín con las dos pollas que tenía para sí.
Su marido salió de entre sus muslos, poniéndose en pie a su lado y mirando también al gran televisor. En él, la novia de ambos se ponía a cuatro sobre la cama para ofrecer a las dos potentes vergas que le follaran la boca, y el matrimonio contempló en absorto silencio cómo, primero un hombre, y luego el otro, tomaban a su bella y ardiente treintañera por la coleta y le daban rabo, metiéndoselo y sacándoselo de entre los labios con un balanceo de caderas que ella acompañaba con todo su cuerpo.
«¡Qué puta y qué suerte tiene! —pensaba Marta, sintiendo cómo su excitación se reactivaba inmediatamente—. Tiene que tener el coño hecho agua. A ver si algún día me lo cuenta…» Por el rabillo del ojo vio el paquete de Alejandro, que volvía a impresionar con su tamaño para evidenciar que él también volvía a estar excitado por la sublime comida de coño que le había hecho y el espectáculo que la pantalla ofrecía. Sin pensarlo, su mano alcanzó el magnético abultamiento, y constató su dureza recorriéndolo completamente.
Su hombre la miró, su mirada estaba incendiada de deseo, y no fueron necesarias las palabras. Se bajó la ropa, saltando como un resorte su espléndida arma ya dispuesta para una nueva batalla, y la subdirectora se reclinó hacia delante, dispuesta a ser atacada por ella. Su esposo la tomó por los dorados cabellos, tirando excitantemente de ellos para obligarle a abrir la boca, y la penetró con su dura polla hasta tocarle la garganta. Ella acopló los labios a su grosor, y lo envolvió con toda su calidez oral, permitiendo que su macho la follara a placer con idas y venidas que la hacían babear, mientras el rígido músculo se frotaba sobre su lengua y le incidía en el paladar y el carrillo.
De ese modo, Alejandro le dio rico rabo a conciencia, haciéndole la boca y el coño agua mientras, de reojo, observaba cómo los otros dos machos hacían lo mismo con Sara; en turnos que les permitían prolongar su aguante para la lasciva hembra, hasta que decidieron hacer un breve descanso, con el que su hombre también le sacó la polla de la boca para esperar acontecimientos.
Expectantes, el matrimonio contempló cómo uno de los invitados de su novia se colocaba detrás de ella, y sujetando su buena dotación con una mano, mientras con la otra le aferraba apasionadamente una nalga, se la introducía suavemente entre sus rosados y mojados labios vaginales, penetrándola con suma facilidad hasta que la pelvis golpeó los consistentes glúteos.
— Está tan cachonda que le entra sola —comentó Marta.
— Sí, y porque ya está acostumbrada a la mía —añadió Alejandro con una sonrisa irónica—. Cuando era más jovencita su coño era una locura de estrechez, aunque ahora sabe bien cómo y cuándo apretar…
Mostrando cuánto placer le había producido la penetración, Sara animó con su mano al otro hombre para que volviera a acercarse a ella y, sin dudarlo, se tragó su polla entera, quedando completamente empalada por delante y por detrás.
— Joder, ¡qué maravilla! —se revolucionó la rubia—. Métemela por el culo, Álex —sentenció, sacándose rápidamente el camisón por la cabeza, mostrándole a su marido su incontenible excitación evidenciada en los puntiagudos pezones de sus voluptuosas tetas.
— Uf, nena, tendré que prepararte —dudó un instante el ingeniero.
— No hace falta. Tú ya estás lubricado —La mirada de Marta se apartó de la pantalla, en la que Sara ya era follada lentamente por uno mientras aprovechaba su empuje para comerse la herramienta del otro, y la dirigió a la congestionada polla de su marido, completamente regada con su saliva—. Yo tengo el culo mojado con la corrida que me has sacado comiéndome. —Se colocó a cuatro a lo largo del sofá—. Y estoy tan cachonda que lo tengo abierto esperando polla… ¡Dame por el culo, Álex!
Más directa y explícita no se podía ser, por lo que, encantado, su marido subió al sofá colocándose de rodillas tras ella y le propinó un sonoro azote que le hizo vibrar las nalgas.
— ¡Au!, sí, cabrón. ¡Clávame tu pollón por el culo viendo cómo nuestra Sara goza con dos tíos!
— Marta, qué bruto me pones siempre…
Al instante, sintió cómo las manos de su hombre le agarraban los firmes glúteos y el ensalivado ariete se introducía entre ellos abriéndolos e incidiendo contra su receptivo agujerito, que relajado por la tremenda excitación se dilató ante el empuje de la lanceolada cabeza para que ésta se introdujera con una deliciosa sensación de calor. Y siguió penetrándola con lentitud, deslizándose húmedamente gracias a la corrida que oportunamente había escurrido hasta su entrada trasera y su propia saliva embadurnando la vigorosa estaca, hasta que sintió sus entrañas completamente invadidas.
— Uuuuuuuummmm….
Deliciosamente empalada, sintiendo en lo más profundo de su ser la potencia de su macho dilatándola por dentro, la rubia mantuvo su mirada fija en la televisión para no perder detalle de cómo Sara era penetrada desde atrás por uno de los hombres con un ritmo pausado pero contundente, mientras las manos de éste recorrían incesantemente sus elevadas nalgas, las anchas caderas, la estrecha cintura y la arqueada región de las lumbares; meciendo su cuerpo con cada embestida, adelante y atrás, mientras de entre sus rosados labios aparecía y desaparecía la mitad del grueso falo del otro afortunado, empuje tras empuje.
Alejandro comenzó a moverse dentro de ella, deslizándose a través de su ojal con la suavidad de sus propios fluidos ejerciendo de lubricante, poco a poco, con medidos empujones que la hacían jadear por la intensa sensación de calor en su estrecha entrada y la exigente dilatación de sus profundidades, pues esa barrena se sentía tremendamente dura y rígida en su interior a medida que la iba perforando a conciencia.
— Cómo me gusta cuando estás tan cachonda como para pedirme que te folle por el culo —dijo su esposo, denotando su placer en el grave tono de su voz—. Es tan irresistible... —Las grandes manos oprimieron sus glúteos, masajeándolos con fuerza con los dedos—. Y aprietas tanto por dentro… ¡Um! —sentenció, propinándole un certero golpe de cadera que resonó en su trasero, aplastándolo a la vez que le hacía sentir la polla taladrándola profundamente, enloquecedoramente enorme.
Ese fue el comienzo de un enérgico empotre. Su esposo, habiendo medido ya su tremenda calentura con ese termómetro de duro músculo, y habiendo constatado la adaptación de su cuerpo al generoso calibre invasor, la embistió con ganas; sujetándola de las caderas para azotarle las posaderas con su pelvis, y castigándole el coño con las pelotas cada vez que la embutía, rítmicamente, la carne hasta el fondo.
El placer era tan brutal y primitivo, que Marta apenas conseguía mantener los ojos abiertos para observar lo que ocurría en el vídeo de su compañera, solo lo justo para comprobar que seguía gozando de una verga por delante y otra por detrás, mientras ella misma se derretía con la potencia del hombre que ambas compartían, y que la estaba matando de gusto.
Alejandro bufaba su placer y esfuerzo detrás de ella, atestiguando sonoramente las sublimes sensaciones de montar a la mayor de sus hembras por su más estrecha entrada, mientras también observaba en la pantalla cómo la más joven se comportaba como una experimentada puta, recibiendo y dando placer a esos dos afortunados. Y el embravecido toro no dudó en darle lo mejor de sí, cogiéndola por la cintura para embestirle salvajemente su maduro culo de melocotón, endosándole todo su marmóreo poste a través de su agujerito, explorándole las entrañas con su portentosa polla para enloquecerla y arrancarle guturales gemidos.
— Ahg… ahg… ahg… ahg… ahg….
Cercana ya al clímax, en un breve instante en el que pudo abrir los ojos en medio de tan devastador disfrute, Marta vio cómo en el vídeo se producía un cambio: Sara, bellísima ruborizada, se desacoplaba de sus dos amantes para dar un giro de ciento ochenta grados, continuando a cuatro sobre la cama. Y tras dar un respiro con una lasciva mirada hacia arriba, agarró el nuevo micrófono que se le ofrecía, brillante por sus fluidos, y lo chupó con gula desmedida, tragándoselo entero; hasta que tuvo que sacárselo regándolo de babas cuando el anteriormente devorado la penetró el jugoso coño, viéndose cómo la ensartada aullaba de gusto a pesar de que las imágenes no tuvieran sonido para apreciarlo.
Con la mente en blanco, puesto que su marido se la había nublado con la tremenda follada por el culo que le estaba regalando, y antes de que la lanza que le partía por dentro le hiciera cerrar los ojos de puro placer, aún pudo observar cómo la treintañera volvía a apoyar la mano en el lecho, y la verga ante ella se le metía en la boca para que siguiera chupándola al ritmo dictado por quien la castigaba el licuado coño.
— Ahg… ahg… ahg… —siguió con sus gruñidos guturales, incapaz de cerrar la boca por el aliento que se le escapaba con cada mortal estocada que recibía en su retaguardia.
— Me voy a correr, nena —oyó que le anunciaba su macho entre palmeos que hacían vibrar sus nalgas—. ¡Te voy a reventar…!
— Sí, cabrón, ¡reviéntame! —pidió ella, saliendo de su trance y volviendo a mirar el televisor.
De las comisuras de los labios de Sara, atravesados por la gruesa polla que devoraba, brotó un denso líquido blanco, y todo el cuerpo de la treintañera tembló evidenciando su propio éxtasis, sin dejar de chupar el rabo que le llenaba la boca de leche hasta rebosar.
El cuerpo de la propia Marta se tensó al máximo, y estalló en un desgarrador orgasmo que le empapó los muslos y arrastró con su violenta sacudida a Alejandro, estrangulándole con furia la enhiesta polla que le clavaba por el culo para que, con un triunfal gruñido, le inyectara su hirviente semen en lo más profundo de las entrañas, sublimando su placentera agonía hasta hacerla desfallecer.
Derrumbada sobre el sofá, con su hombre encima, la extasiada cincuentañera llegó a ver cómo el hombre que Sara tenía detrás desenvainaba el sable de su cuerpo mientras ella se sacaba la otra verga de la boca y tragaba cuanto no había rezumado de sus labios. «¡Menudo banquete acaba de darse!» Y sintiendo el aliento entrecortado de su esposo en el oído, también contempló cómo su ninfa se giraba hacia el otro imponente y brillante falo, tomándolo para chuparlo y obtener inmediatamente de él otra copiosa corrida que exprimió hasta el final, ordeñando al beneficiario para dar unos buenos tragos a pesar de que la leche, por su abundancia, también le rebosara de los labios escurriendo hacia su barbilla.
— ¡Menudo postre generoso se ha tomado! —exclamó la subdirectora a viva voz, estirando el brazo para alcanzar la barra espaciadora del portátil y pausar el vídeo; dejando congelada la imagen de la sonriente treintañera mirando a cámara, con dos regueros de semen y saliva adornándole la sonrisa, y una declinante polla a cada lado del ruborizado rostro.
— Como el que yo te he metido por el culo… —contestó el ingeniero.
— Y tan rico que lo he sentido. Anda, sácamela ya, que necesito relajarlo y fumarme un cigarrito antes darme una buena ducha.
Alejandro se levantó liberándola de la presión de su miembro decadente y de su peso sobre ella. Ambos recogieron sus ropas y se vistieron, volviendo el hombre a sentarse un momento para tomar el portátil sobre sus rodillas con la intención de apagarlo.
— La verdad es que está preciosa así —comentó al mirar la televisión antes de cancelar la proyección para que solo se viera la imagen en el ordenador.
— Pues, sí —asintió Marta, sentándose a su lado para volver a ver la imagen en el portátil—. Está radiante y muy sexy con la leche en su cara… ¿No sientes celos por lo que hemos descubierto? —le inquirió.
— Supongo que no… —Alejandro dudó un instante—. Sabíamos que algo así podría pasar tarde o temprano. Nunca la hemos pedido exclusividad, y es mucho más joven que nosotros, así que creo que es normal que haya tenido una aventura, y más si ha tenido una oportunidad como la que hemos visto. Pero estoy seguro de que nos quiere como nosotros la queremos a ella, y sigue con nosotros, así que no hay ninguna razón para estar celoso, ¿no?
— Completamente de acuerdo. Solo me da un poco de envidia que haya cumplido la fantasía de tener a dos tíos para ella sola. Creo que casi todas la tenemos…
— ¿Tú querrías cumplirla?
— No, cariño, a estas alturas ya no. —Marta acarició el atractivo rostro maduro de su marido—. No niego que la idea me resulte excitante, pero con Sara y contigo tengo más que suficiente desde hace muchos años ya. Os quiero a los dos, y siempre me dais lo que necesito. ¿Para qué quiero más? —Zanjaron el tema besándose apasionadamente—. Mira, aún quedan unos segundos de vídeo. ¡Dale!
Alejandro obedeció, y Sara revivió en el portátil para mostrar cómo tomaba la crema que se le había escapado con el índice de la mano, y se la llevaba a los rosados labios para chuparse el dedo con deleite.
— Así se hace, cariño, cuando se disfruta no hay que desperdiciar nada —le dijo Marta a la pantalla.
Por primera vez, apareció completamente en plano el hombre de la izquierda, mostrando unas anchas espaldas y el pelo moreno corto al agacharse para besar a la satisfecha treintañera. Y acto seguido, se agachó el de la derecha, permitiendo ver una espalda más estrecha y un cabello rubio ondulado a la vez que también besaba a Sara. A tres segundos del final del vídeo, los dos jóvenes se giraron a cámara para hacer un saludo con su mano junto a la doblemente complacida, y los dedos agarrotados de Alejandro pulsaron inconscientemente la barra espaciadora, congelando la imagen como la sangre se congeló en las venas del matrimonio espectador.
— ¡Marco y Héctor! —gritó incrédula Marta.
— ¡No puede ser! —tronó Alejandro, tirando el portátil sobre la mesa por la impresión, aunque con la fortuna de que éste topara con el centro de adorno que había sobre el mueble para quedar abierto y no romperse con el impacto.
Estupefactos e incrédulos, la pareja siguió contemplando los sonrientes rostros de sus hijos junto a su amante, con sus manos alzadas en saludo a Verónica tras el magnífico espectáculo sexual que le habían ofrecido.
— ¡Ya estoy en casa! —se escuchó desde la entrada. Marta y Alejandro se giraron hacia la puerta del salón, donde Sara apareció unos segundos después, elegantemente vestida con un traje de americana y falda que le quedaba espectacular en su divina figura—. Todo ha ido muy bien… ¿Qué hacéis ahí los dos?
Alejandro señaló el portátil.
— Ah, sí, me lo he dejado, pero no me ha hecho falta… —comenzó a decir la treintañera al acercarse taconeando hacia ellos—. ¡Joder! ¿Habéis fisgado en mis cosas? —se interrumpió al ver la imagen de la pantalla.
— ¡¿Cómo has podido?! —saltó Marta—. ¡Son nuestros hijos!, ¡tus hijos!
— No tendríais que haber visto eso —contestó Sara, pasando de la indignación a la actitud defensiva a la vez que pensaba rápidamente lo que argumentar—. Soy su madre, sí, por haberlos criado con vosotros —reconoció ante la furiosa mirada de la rubia—, pero no soy su madre biológica. Así que, en realidad, para ellos soy su madrastra. Y ya son mayores de edad… no es ninguna aberración —sentenció con los argumentos que a sí misma se había dado cuando los remordimientos la habían castigado.
«Madrastra… Mayores de edad… —cavilaba Marta—. Marco, veintiuno; Héctor, diecinueve; Sara, treinta y cuatro… Tiene menos diferencia de edad con ellos que con Álex y conmigo…»
— Pero, ¿cómo es posible? —preguntó Alejandro, tratando de apaciguarse y ser racional.
La treintañera, viendo que sus argumentos habían calado para transformar la ira en decepción, se sentó en la mesa ante la pareja, bajando la tapa del portátil para cerrarlo.
— Acordamos que, si surgía, tenía libertad para hacer lo que quisiera fuera de casa —comenzó recordándoles—. Pues bien, sabéis que nunca ha habido otras personas —continuó, organizando sus ideas—, hasta que lo que no había surgido fuera, surgió en casa…
— Joder, Sara, te has follado a nuestros hijos —intervino Marta, respirando hondo para controlar la rabia.
— Lo sé… pero ya os he dicho que no es ninguna aberración, y tampoco podéis sentirlo como una traición hacia vosotros. Ya sabéis que siempre ha habido una gran complicidad entre Marco, Héctor y yo. Siempre me lo han contado todo, incluso al hacerse mayores… —Se tomó unos segundos para decidir cómo continuar—. ¿Sabéis cuántos vídeos circulan por ahí sobre madrastras?
— Cientos, tal vez miles —reconoció Alejandro, quien parecía que empezaba a comprender.
— Eso es. Y fruto de esa complicidad entre nosotros, los chicos me dijeron que habían visto unos cuantos, y que habían pasado la adolescencia fantaseando conmigo… Me confesaron que yo era su madrastra sexy.
— Está claro que hemos fracasado criándolos entre los tres —comentó Marta con decepción. «Metimos en nuestra cama una jovencita que conquistó nuestros cuerpos, después nuestras mentes, y al final nuestros corazones. Con ellos ha realizado el camino inverso.»
— ¡Claro que no! —objetó Sara—. Son unos chicos estupendos, buenos, educados, responsables…
— Y tú les has seducido, como hiciste con nosotros —le cortó la cincuentañera.
— Por supuesto que no —se defendió la acusada—. Os juro que yo no hice nada para provocar esto. Bien sabéis que siempre he estado ahí para ellos, siendo madre y amiga, sin más connotaciones. Pero son mayorcitos y tienen sus propias fantasías, igual que nosotros tres las tenemos y las cumplimos desde hace trece años. Encontraron la ocasión de realizarlas, como hicimos nosotros entonces, y yo me dejé llevar… Son perseverantes y persuasivos, eso lo han tomado de mí; son tan guapos y sofisticados como su madre, y tan inteligentes y magnéticos como su padre…
— Es decir, que era inevitable —acabó por asumir Alejandro, quien sabía lo que la testosterona podía llevar a hacer sin pensar en las consecuencias.
— En cierto modo —concedió Sara—. Empezó como una confesión, siguió con una atrevida petición y un tonteo, y acabó con un juego que se me escapó de las manos.
— Pero tú eres la adulta, la madura, quien tenía que haberlos parado. —Marta comenzaba a asimilar, pero se resistía a pensar que no podía haberse evitado.
— Tienes razón, pero no pude, como vosotros no pudisteis pararme a mí en su momento… Vosotros erais los adultos, los maduros, y, aun así, os dejasteis llevar a espaldas del otro antes de que nos juntáramos los tres.
— ¡Touché! —dijo Alejandro, esbozando una irónica sonrisa.
«Esto me pasa por haberle enseñado a negociar —pensó Marta—. La alumna ha superado a la maestra. Nos ha dejado sin argumentos. —Terminó asumiendo su derrota.»
— Así es —añadió Sara, sonriendo también al ver que ya se había ganado al hombre—. En cuanto esto se os puso al alcance —hizo un gesto con las manos evidenciando su innegable atractivo físico—, no dudasteis en tomarlo. Y a mí pasó lo mismo. Nuestros guapos chicos no cejaron en su empeño hasta dejarme bien claro que entre sus piernas habían heredado los genes de su padre, con lo que terminaron de derribar mis barreras. Yo no soy de piedra. —Una carcajada se le escapó a Alejandro.
— Y ahora, ¿qué? —Marta, en su derrota, habiendo terminado de asumir lo inasumible, ya se planteaba el futuro—. ¿Se ha terminado lo nuestro y te vas a quedar con ellos?
Las sonrisas de los otros dos se borraron de inmediato, y una lúgubre sombra volvió a planear sobre los tres. Sin embargo, tras unos instantes de meditación, Sara les tomó las manos a ambos, mirándoles fijamente con sus exóticos ojos de ámbar.
— No. Al menos por mi parte. —Su tono de voz era como una caricia—. Si vosotros lo aceptáis, esto quedará en el pasado, porque ha terminado. Lo que habéis visto era la última de tres o cuatro ocasiones, un vídeo para una amiga como broche final a una fantasía que he ayudado a nuestros chicos a cumplir, y que acordamos que ya se acabó. Los quiero, por supuesto, y ellos a mí, pero como siempre nos hemos querido. Solo ha sido sexo divertido, una experiencia y nada más. Fantasía cumplida. A quien quiero para eso, y mucho más; a quien quiero para compartir mi vida, es a vosotros.
— Y nosotros te queremos a ti —contestó el marido—. Cambiaste nuestras vidas a mejor, y si esto ha sido tal y como dices, creo que no hay que tirarlo todo por la borda. ¿No, cariño? —Miró a su esposa.
— No, supongo que no —confirmó Marta—. Os quiero tanto, que la idea de perderos me aterra. Solo quiero que seamos felices los tres, y también Marco y Héctor. Y si con esto los has hecho más felices, y se ha acabado, lo acepto y lo olvidaré.
— Eres maravillosa. —Sara la besó—. Siempre te he admirado tanto… Ahora ya soy como tú, y seremos felices con lo que venga…
— ¿Como yo? —se sorprendió la rubia.
— Sí, como tú —la treintañera esbozó una sonrisa de picardía—. Ahora todos los miembros de esta familia han estado dentro de mí.
Alejandro prorrumpió en una sonora carcajada, contagiando a Marta y Sara, y toda tensión acabó por disiparse.
— Una familia feliz —sentenció la cincuentañera, siguiendo la broma para terminar de alejar el golpe emocional que inicialmente había sentido.
Se besaron los tres, poniendo en ello sus mutuos sentimientos; pero cuando terminaron de expresarse su amor, Sara no se levantó de la mesa.
— Ya que estamos —dijo—, tengo otra cosilla que contaros…
— Sí, lo de Vero —convino Marta—. No teníamos ni idea de que seguías en contacto con ella, y jamás nos habríamos imaginado a lo que se dedica ahora. Aunque, pensándolo bien, ya apuntaba maneras.
— No, no es eso… —Sara tragó saliva—. Estoy embarazada.
— ¡¿Cómo?! —gritó Alejandro.
— ¡Pero si siempre has tomado anticonceptivos! —exclamó Marta con escepticismo.
— Sí, pero ya sabes que hay descansos, y también que me he mantenido activa en esos descansos. —Los ojos de Sara fulguraron—. La eficacia baja esos días, y puede pasar…
— Entonces, ¿vamos a volver a ser padres a estas alturas? —preguntó el marido sin salir de su asombro.
— O abuelos, cariño —respondió Sara con preocupación—. O abuelos…
FIN
Continúa en
- Relato #205509— title-regex: contiguous parts (7 -> 8)
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