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Fantasías vecinales (7)

Alejandro 2 La tarde y la noche habían estado bastante bien, mejor de lo esperado, aunque Alejandro ya estaba deseando llegar a casa. Cuando Marta le propuso ir al teatro con una de sus amigas y su marido, Alejandro pensó que se iba a…

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Alejandro 2

La tarde y la noche habían estado bastante bien, mejor de lo esperado, aunque Alejandro ya estaba deseando llegar a casa.

Cuando Marta le propuso ir al teatro con una de sus amigas y su marido, Alejandro pensó que se iba a aburrir como una ostra, pero no. La obra había resultado inteligentemente divertida, y la cena posterior con la otra pareja no la había desmerecido, puesto que el otro matrimonio era bastante afín a ellos, tanto en edad como en inquietudes y gustos, por lo que había resultado una velada agradable y estimulante. Había merecido la pena dejar a los niños con Sara, quien había aceptado encantada la petición de Marta de volver a hacer de canguro por un día, como ya ocurriese semanas atrás. Aunque en aquella ocasión, la noche había resultado mucho más estimulante.

Cuando metieron el coche en el garaje, su esposa le pidió salir al exterior, en lugar de subir directamente a casa, puesto que le apetecía fumarse el cigarrillo que no había podido al salir del restaurante, ya que éste tenía un parking privado subterráneo en el que recogieron directamente el vehículo.

— Las doce y media —comentó Alejandro, observando cómo su bella mujercita exhalaba plácidamente humo a través de sus sensuales labios como si estuviera silbando.

— Es buena hora —contestó Marta—. Si todo ha ido bien, los peques ya llevarán un buen rato dormidos y a Sara no le habrá dado tiempo a aburrirse. Estará terminando de ver una peli…

— Sí, y en cuanto se vaya, tú y yo tendremos un vis a vis. —El ingeniero tomó a la ejecutiva de la cintura, pegándole su pelvis.

— Ah, ¿sí? —La rubia sopló una nueva columna de humo y colocó los brazos sobre los hombros de su esposo—. Ummm… Te noto potente… —dijo, moviendo ligeramente las caderas para constatar la dureza que la presionaba.

— ¡Pues, claro! Llevas toda la noche poniéndome cardíaco con esos

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ajustados, y lo sabes. Y también sabes que me parece muy sexy lo que estás haciendo ahora, aunque sea malsano.

— ¿Te refieres a esto? —Marta tomó el cigarrillo delicadamente con los labios, dio una calada hundiendo sus carrillos, y tragó el humo abriendo sus rojos pétalos, mostrando cómo éste entraba hacia su garganta. Después lo exhaló suavemente hacia un lado, y terminó soplando parte de su aromático vicio en la cara de Alejandro.

— Joder, ¡cómo me pones, cabrona! —dijo el hombre, bajando sus manos para acariciar el firme culo de melocotón envuelto en los

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negros efecto piel—. Apágalo ya y vamos para arriba. Pagamos a Sara, comprobamos que los niños están bien dormidos, y vamos a la cama a que te dé lo tuyo.

— Mmmm… O mejor, a ver qué te parece mi propuesta: primero salimos a la azotea y me fumo otro cigarrito cómodamente sentada, y me metes la polla en la boca y me la como a la vez. Y después, ya entramos y me das lo mío, duro, como me gusta…

— Dios, Marta, ¡vamos para arriba ya! —Le propinó un azote que arrancó un gemido de aprobación.

Cuando entraron en casa, efectivamente, los niños estaban profundamente dormidos y Sara estaba viendo una película en el sofá. Alejandro no pudo evitar echarle un disimulado buen vistazo a ese esbelto cuerpo que ya hacía un tiempo que había probado, pero que no había vuelto a tener ocasión. La joven vestía con unos

shorts

negros que enmarcaban gloriosamente su culito respingón, y destacaban, también, sus firmes y largas piernas desnudas. Y como prenda superior, llevaba una sencilla camiseta de tirantes, de color blanco con flores estampadas, que se ceñía deliciosamente a su cintura y apetecible busto. La media erección que el hombre aún conservaba, se mantuvo atrayendo la fugaz mirada de la estudiante, que esbozó una sonrisa.

— ¿Lo habéis pasado bien? —preguntó a la pareja, a la vez que apagaba la televisión.

— Muy bien —contestó Marta con una deslumbrante sonrisa—. ¿Todo bien por aquí?

— Sí, ¡todo perfecto! Ya llevan hora y media dormidos. Hemos jugado a piratas, al escondite, con los coches, a médicos… Y me han ayudado a hacer la pizza poniendo ellos los ingredientes, ¡ha sido divertido! Y se lo han comido todo. La verdad es que se han portado muy bien. Son unos niños buenísimos, ¡me encantan!

— Pues muchas gracias por todo, Sara —intervino Alejandro, sacando la cartera para pagarle y no alargar el momento—. Es un alivio poder dejar a los niños, de vez en cuando, en tan buenas manos. Seguro que estás deseando irte a descansar.

— ¡Oh, no! Guarda la cartera, por favor —se opuso la canguro—. No podría cobraros, a vosotros no. —Le miró intensamente, y entendió que era por lo que había ocurrido entre ellos—. He disfrutado haciéndolo… —La mirada fue hacia Marta.

— Bueno, pues al menos acepta un regalo —se le ocurrió a ésta—. Te gusta mi ropa, ¿no?

— Claro, ¡vas siempre tan guapa! —La chica miró a la mujer de pies a cabeza, comprobando lo espectacular que estaba la rubia con los finos tacones, los

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negros efecto piel, y la blusa roja entallada con tres botones abiertos.

— Pues vente arriba conmigo y elige lo que quieras de mis armarios, ¡te lo regalo! Y no acepto un «no» por respuesta —aseveró la ejecutiva autoritariamente.

Alejandro no pudo evitar echar una mirada de reproche a su esposa. Esa peregrina idea iba a postergar los planes que acababan de hacer, si no los tiraba definitivamente por la borda. Dos mujeres y un montón de ropa… La cosa no sería cuestión de cinco minutos.

— Venga, vale —accedió Sara—. ¡Eres la mejor jefa! —Le dio un sonoro beso en la mejilla a Marta, y ésta sonrió encantada.

«Lo dicho, ahora se vuelven locas las dos con los trapitos y yo me quedo a dos velas —pensó el ingeniero—. Para cuando acaben, a Marta ya se le ha olvidado todo y solo querrá dormir. Va a ser la primera vez que se quite los

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sin un final feliz. ¡Se me está poniendo una mala hostia…!»

Las dos mujeres se dirigieron a las escaleras, aunque antes de subir, la madre entró a los dormitorios de sus pequeños para darles un beso de buenas noches.

Cuando se quedó solo, Alejandro también fue a darles su beso a los niños, comprobando que dormían como angelitos. «Éstos ya no se despiertan por ningún ruido hasta las siete de la mañana. Y en vez de ir arriba a hacer ruido con su madre, me quedo aquí, a dos velas porque ella prefiere jugar a las ropitas con la niñera…. ¡Vaya mierda! Luego madrugarán, y tampoco tendré compensación mañanera… ¡Buf!»

Escuchando el ligero murmullo de las voces y risas de las dos mujeres en la planta superior, en el despacho-vestidor, el resignado y enfadado padre fue a la cocina, cogió una cerveza del frigorífico, y se sentó en el sofá para tomársela mientras buscaba en la tele la serie de ciencia-ficción que solía ver cuando tenía tiempo.

Llevaba media hora de serie, la cerveza acabada y el cerebro adormilado, cuando escuchó a Marta llamándole, asomándose por el hueco de la escalera para no elevar demasiado el tono, aunque a esas horas, sería necesaria una bomba para despertar a sus hijos.

— Álex, sube, por favor, necesitamos tú ayuda…

— ¡Oh, no! —protestó él, saliendo del letargo y apagando la televisión—. No me digas que queréis sacar lo de la parte de arriba de los armarios y no llegáis…

— No, no es eso. Anda, sube, que necesitamos tu opinión masculina…

«¿Mi opinión masculina? Joder, Marta, no solo se ha fastidiado el plan, sino que encima me vas a torturar con el mundo trapitos…»

A regañadientes, Alejandro subió la escalera hasta encontrarse con su esposa en la planta superior, en su dormitorio.

— Gracias, cariño —le dio un beso en los labios con sus suaves pétalos coloreados en rojo aquella noche—. Y perdona por dejarte tirado…

— Ya, bueno. «Porque eres guapa y cada día estás más buena, que si no…» Mejor si acabamos cuanto antes. ¿Dónde está Sara?

— ¡Sara! —llamó la rubia hacia la habitación contigua—. Ya está aquí…

Por la puerta del despacho-vestidor surgió la estudiante, caminando hacia ellos con un contoneo de caderas, dejando a Alejandro sin aliento. La chica ya había elegido la prenda que se llevaría, y desfilaba hacia la pareja exhibiéndola, dando un giro de trescientos sesenta grados ante ellos para mostrar cómo le quedaba.

— ¿Qué te parece? —le preguntó Marta con una sonrisa traviesa.

— Eeehh… —El hombre no sabía qué responder. La sinceridad podría ser la muerte.

La veinteañera se había puesto una falda de tubo de color azul eléctrico que le llegaba hasta las rodillas, y le quedaba como un guante. Su esposa había dejado de usarla porque le quedaba demasiado ajustada y apenas podía moverse con ella; pero a Sara le quedaba perfecta, marcando sus muslos y caderas de forma increíblemente seductora, envolviendo su perfecto culo prieto de manera enloquecedoramente atrayente, ensalzando la redondez de sus nalgas al describir, como una segunda piel, las curvaturas hacia sus piernas y cintura. Además, tras varias pruebas, la chica no se había molestado en volver a ponerse prenda superior; por lo que mostraba sin pudor alguno un sujetador blanco, muy escotado, en el que se apretaban sus deliciosos pechos, altivos y turgentes, exhibiendo su voluptuosidad con orgullo.

— Danos tu opinión masculina. ¿No te parece que está muy sexy? —inquirió su esposa. Él estaba sin palabras—. Sí, sí que te lo parece —sentenció, palpándole la entrepierna para sentir cómo ésta había vuelto a endurecerse ante semejante visión—. A mí también me lo parece. —Y se acercó a Sara poniéndole una mano en la cintura y dándole un sonoro beso en los rosados labios de piñón, sin molestarse en apartar la mano de la entrepierna de su hombre.

— Creo que se ha quedado mudo —dijo la niñera entre risas.

«¡¿Qué coño está pasando aquí?! —gritó el hombre internamente.»

— A lo mejor esto te anima a decir algo, cariño —le dijo Marta. Apartó su mano de la entrepierna y la llevó al cuello de la joven, acercando sus rojos labios a los de ella para abrirlos y comerle la boca lentamente, con las lenguas asomando en sus húmedas caricias.

La erección de Alejandro alcanzó su punto álgido, apretándole en el pantalón, y las dos mujeres dirigieron su mirada hacia ella cuando dejaron de besarse.

— Marta —dijo al fin él—, ¿sabes lo que estás haciendo?

— Perfectamente, cariño —Se separó de la estudiante y le besó a él, metiéndole la lengua de forma increíblemente lasciva, poniéndole como una moto con su ardor y la morbosa situación—. Sara me pone mucho —le susurró—, y yo a ella. Nos deseamos, cariño, y también te deseamos a ti, ¡las dos!. ¿Por qué no lo aprovechamos y jugamos los tres?

— Joder, Marta… Me encantaría —acabó confesando el incrédulo hombre—. Tienes un gusto excelente.

— Y es generosa —intervino Sara, uniéndose a ellos—. Además de guapa y pibonazo. Esos

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que lleva le quedan… Ummm… —Besó con ganas a Alejandro, que, ya sin ningún tapujo, la agarró de su increíble culo azul eléctrico y disfrutó de sus labios y lengua presionándole la falda con la pelvis.

«Mi mujer y mi vecinita, amante de un par de veces, juntas —discurría por el cerebro del ingeniero a la vez que se comía la boca de la veinteañera, apretándole las macizas nalgas y demostrándole la dureza de su polla—. ¡La mayor fantasía que podría tener, hecha realidad!»

Alejandro dio un breve paso atrás, y dejó que las dos mujeres se fusionaran en un apasionado y erótico ósculo. Y disfrutó del espectáculo de ambas bellezas besándose con suma excitación, acariciándose los carnosos y jugosos labios, con las lenguas danzando entre ellos, mientras los globosos senos de ambas se aplastaban con las manos de Sara en la cintura de Marta, y los brazos de ésta rodeándole el cuello.

A punto de reventar la bragueta del pantalón, la mano derecha del cuarentañero agarró una perfecta nalga enfundada en la falda azul eléctrico, y la izquierda aferró del mismo modo una excitante nalga enfundada en brillante negro efecto piel. Las dos ninfas volvieron sus rostros hacia él, y compartieron sus labios y lenguas con su boca, deleitándole con un alucinante beso a tres.

La estudiante decidió igualar las fuerzas, y desabotonó la blusa roja de la ejecutiva, quitándosela para mostrar su atractivo par de tetas en un sujetador rojo transparente.

— Tía, ¡me encantan! —exclamó, tomándolas con las manos y masajeándolas—. ¡Y qué «suje» más sexy!

— Gracias, me alegra que te lo parezca —contestó la madurita—. Sé que Álex opina lo mismo.

— Sí, y por eso te lo has puesto hoy —dijo el hombre—. Porque poniéndote esos

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que sabes que me vuelven loco, te asegurabas de que hoy te follaba sí o sí, ¿verdad? —intercambió una mirada cómplice con Sara.

— No me extraña —comentó ésta con una sonrisa, a la vez que la rubia asentía con la cabeza. Y se lanzó a besarla el cuello, desabrochando habilidosamente el provocativo sujetador para quitárselo y pasar a comerse con gula los maduros pechos.

Alejandro no dejó de maravillarse al contemplar a semejante bombón llenándose la boca con las deliciosas tetas que él llevaba años disfrutando, y aprovechó el momento para desabrochar él la prenda de la universitaria, agarrándole los turgentes y moldeables pechos desde atrás, calibrando su esponjosidad con los dedos y acariciando los erizados pezones, a la vez que pegaba su tremendo paquete contra su prieto culo.

— Uf, Marta, ¡cómo siento el paquete de tu marido! —exclamó la joven—. Me está poniendo muy perra —concluyó, subiendo por el cuello para meter su lengua entre los rojos labios de ella.

— Entonces deberíamos liberarlo para que veas lo que disfruto en casa —contestó la rubia, tomando aire y denotando su grado de excitación en los incendiados ojos de miel, las ruborizadas mejillas, y los durísimos pezones.

Entre risas, ambas mujeres se giraron hacia Alejandro, que fue atacado por cuatro manos que rápidamente desabotonaron su camisa para, prácticamente, arrancársela dejando su fibroso torso descubierto. Y mientras la invitada acariciaba su fuerte pecho y abdomen delineando los músculos con la yema de sus dedos, la anfitriona desabrochó el pantalón, haciéndolo caer de un tirón, habilidosamente, al mismo tiempo que el bóxer. Con los labios de la veinteañera aún recorriéndole los pectorales, el hombre se sacó las prendas por los pies, obligándola a despegarse de él para mostrarse completamente desnudo ante ambas féminas, con su erecto miembro apuntándolas con orgullo.

— ¡Qué bueno está, tía! —exclamó Sara— ¡Menuda suerte tienes de tenerlo todos los días! Y, joder, ¡qué polla!

Alejandro sabía que esas afirmaciones de la chica no eran más que un teatrillo para su esposa. Bien que conocía ya su cuerpo y atributos, y bien que lo había catado y disfrutado, igual que él había disfrutado con ella de todas las formas en que había podido en el poco tiempo que habían compartido. Y la inteligente estudiante lo estaba haciendo muy bien para no desvelar el secreto. «Una cosa es que esto haya surgido de mutuo acuerdo entre los tres, y otra que Marta se entere de que le he puesto los cuernos, precisamente, con la vecinita que ha invitado a nuestro dormitorio.»

— ¿Te gusta? —preguntó Marta, acariciando suavemente la verga que se presentaba ante ellas como un poste: rígida, dura y gruesa, con su tronco surcado de poderosas venas, prolongándose generosamente desde unas pelotas hinchadas y lampiñas para alcanzar una longitud incitante a la lujuria, y estando coronada por una cabeza redonda y algo lanceolada, de tersa piel rojiza tornando a violácea por el empuje de la sangre que la llenaba—. Tal vez quieras probarla…

— Mmm… sí —contestó inmediatamente la de rizada melena—. A no ser que la quieras solo para ti…

«¡Qué bien sabes jugar tus cartas, preciosa! —pensó el ingeniero—. Que sea ella misma la que te invite… Después de lo de aquella vez, mi mujercita está desatada. Vero, ¡gracias por lo que nos regalaste en el poco tiempo que te conocimos! —concluyó agradeciendo a quien había revolucionado su mundo.»

— A él le había propuesto otra cosita... —La ejecutiva miró hacia la puerta de la azotea—. Pero eso lo podemos hacer cuando no tengamos una invitada tan especial. ¿No, cariño?

— Por supuesto —dijo el excitado hombre, agarrando las firmes cachas de su esposa sensualmente envueltas en la prenda que lo enloquecía—. Eres increíble, nena. —La besó saboreando esos deliciosos labios que siempre le habían llevado a la gloria, sintiendo, tras unos segundos de apasionado ósculo, cómo ella giraba para dejarle ante la joven, plantado completamente desnudo ante la belleza que se había sentado en la cama, esperando con fuego en su ambarina mirada y rubor en sus altas mejillas.

— Ahora es para ti —le susurró la rubia a la castaña tras darle una juguetona lamida en su sensual boquita de piñón—. No te cortes y prueba cuanto quieras. Eres nuestra invitada especial…

Sin atisbo de duda, la veinteañera empuñó el erecto falo que había quedado ante su rostro, mientras la cuarentañera se sentaba a su lado y le acariciaba un pecho, jugueteando con su pezón. Y con una pícara sonrisa, sacó la lengua y lamió toda la longitud del músculo masculino, desde los huevos hasta la punta.

— Uuufff… —emitió Alejandro un suspiro de gusto.

— ¡Qué polla más rica! —exclamó la chica, clavando primeramente su lujuriosa mirada en el hombre, y un instante después en la mujer, a la vez que posaba los labios sobre el glande y lo envolvía con ellos.

Aún incrédulo, pensando que estaba sumido en un sueño del que jamás querría despertar, el madurito sintió los mullidos labios de la joven acogiendo la testa de su cetro, amoldándose a todo su contorno, y chupándola para introducirse en su cálida boca, deslizándose suavemente sobre la húmeda lengua. Y mientras veía cómo la mitad de su gruesa herramienta desaparecía dentro del hermoso rostro de Sara, también observaba cómo Marta no perdía detalle de la maniobra, con expresión de puro vicio a la vez que con una mano masajeaba una turgente teta de su invitada, y con la otra ejercía presión entre sus muslos.

«Joder, ¡qué gozada! —Se recreaba internamente el macho—. Y pensar que hace tan solo unos minutos estaba de mala hostia porque Marta me había dejado tirado para hacer cosas de tías… ¡Y mira qué cosas de tías hacen ahora las dos!»

Sin duda, la joven aprovechó la oportunidad que se le brindaba, pues siguió chupando cuanta rígida carne le cabía en la boca, con dedicación; disfrutándolo, metiéndola y sacándola entre sus lubricados pétalos, hundiendo sus carrillos para succionarla golosamente, rodeándola con la lengua dentro de su boca y acariciando el frenillo para arrancar gemidos masculinos, a la vez que su mano había descendido para producir un delirante cosquilleo en las hinchadas pelotas.

Con los ojos cerrados y el rostro vuelto hacia el techo, Alejandro gozó de la exquisita mamada, respirando profundamente y dominándose para no correrse demasiado pronto. Hasta que sintió una cálida y mullida piel contra su brazo, a la vez que una mano atenazaba uno de sus glúteos en tensión. Al bajar la cara y abrir los ojos, se encontró con su esposa de pie, pegada a él.

— Me encanta ver cómo otra mujer te come la polla —le susurró al oído, apretándole el culo y restregando su suave pecho y erizado pezón contra el brazo—. La otra vez descubrí que me pone súper cachonda… —Le cogió la mano y la guio a la cintura de los

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, aprovechando su elasticidad para que los dedos de su marido se colaran bajo la prenda y el ligero tanga, llegando a un ardiente y mojado coño en el que dos falanges penetraron con pasmosa facilidad—. Uummm… ¿ves lo puta que estoy? —Le metió la ávida lengua hasta la garganta, y solo un férreo autocontrol evitó que en ese instante explotase en la golosa boca que ya le succionaba el hinchado rabo profundamente.

— Joder, nena, ¡cómo me tenéis las dos! —exclamó cuando su abnegada esposa le dejó respirar—. Me voy a correr enseguida...

— Te la chupa bien, ¿eh? Es preciosa y súper sexy… Me gusta mucho, y sabía que a ti también te iba a gustar.

— Uffff… esto es demasiado —Alejandro volvió a mirar hacia abajo, atrayendo consigo la mirada de Marta, y juntos observaron cómo la dedicada estudiante clavaba su mirada de ámbar en ambos, con sus rosados labios atravesados por la gruesa polla embadurnada de saliva. Estaba increíblemente bella y excitante—. Preciosas, voy a explotar…

— Yo te la acabo —se ofreció la cuarentañera—. Quiero que te corras en mi boca y compartir tu leche con ella.

— ¡Dios! —clamó el hombre fuera de sí, contemplando cómo su sensual mujercita se sentaba junto a la golosa vecina y ésta se sacaba el micrófono para ofrecérselo.

En cuanto Marta succionó la congestionada polla con sus rojos y carnosos labios, Alejandro sintió que la raíz de su miembro palpitaba provocándole escalofríos que le recorrieron la columna vertebral. Un poderoso chorro de hirviente semen se eyectó en la experimentada boca, llenándola de viril elixir, y la ardiente rubia siguió chupando y tragando, recibiendo cada nueva erupción en su paladar y lengua, haciéndole estremecer hasta que quedó vaciado entre bufidos de satisfacción mientras Sara miraba con una sonrisa cargada de picardía, esperando lo prometido por su anfitriona.

Extasiado, el ingeniero observó cómo su esposa daba una poderosa chupada sacándose la verga y, al instante, tomaba el juvenil rostro con su mano para que las dos mujeres se fundieran en un jugoso beso blanco. Dio un paso atrás, conteniendo el aliento y la decadencia de su arma al ver cómo entre los delicados labios e inquietas lenguas femeninas, sus fluidos eran compartidos y degustados con dedicada calma.

Las manos de Marta recorrieron la curvilínea silueta de Sara, y la tumbó sobre el amplio lecho matrimonial, quedando a horcajadas sobre ella sin dejar de besarla. Pero la chica, más experimentada en ese juego a pesar de ser la más joven, poco a poco fue deslizándose bajo ella para que le recorriera el fino cuello con los labios y acabara comiéndole las redondas tetas con gula.

— ¡Qué rica estaba tu leche, Álex! —le dijo entre gemiditos de satisfacción—. Sobre todo en la dulce boca de tu mujer… ¡Y mira cómo le gustan mis tetas!

— ¡Y toda tú! —intervino la rubia, sacándose un puntiagudo pezón rosado de la boca—. Te queda muy bien la falda, pero ya te la pondrás otro día… ¿Me ayudas con ella, cariño? —preguntó, girándose hacia su esposo con una incitante sonrisa traviesa.

La estudiante levantó el culo de la cama, y la ejecutiva metió sus manos acariciándoselo para abrir la cremallera trasera. Alejandro no lo dudó un segundo, y ayudó a su mujer tomando la cintura de la falda para deslizarla por los tersos muslos y pantorrillas hasta sacarla por los pies, quedando la espectacular joven tumbada con solo un escueto tanga de hilo blanco que húmedamente marcaba sus engrosados labios vaginales.

— Es una delicia, ¿verdad? —dijo Marta, tomando las tiras de la prenda para bajarlas y descubrir el jugoso coñito rosado.

— Joder, ¡sí! —exclamó su marido, sintiendo cómo su miembro no podía terminar de bajar ante lo que tenía delante.

— Pues me la voy a comer enterita…

— ¿Sí? —preguntaron los otros dos al unísono.

Alejandro, que se había quedado en pie detrás de su mujer, contempló maravillado cómo ésta se colocaba a cuatro entre los firmes muslos de la joven, en una postura en la que su culo de melocotón, enloquecedoramente marcado por los

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negros efecto piel, se presentaba a él en todo su esplendor. Y aún más excitante fue cuando la dorada melena ondulada descendió sobre la pelvis de la estudiante y los codos se apoyaron en el lecho para agarrarla del trasero, mostrándose las espectaculares nalgas brillantes elevadas sobre la curvatura de su cintura y espalda, permitiéndole a su vez disfrutar de la vista de todo el delicioso y lozano cuerpo de la otra.

— Uuuuhh… —ululó Sara cuando sintió la lengua de Marta colándose entre sus pliegues.

«Mi mujer se está comiendo el coñito que yo me comí hace unas semanas —se dijo el hombre internamente, como queriendo constatar que sus ojos no le engañaban—. ¡Y tiene tantas ganas como yo! Siempre ha sido una diosa… ¡pero ahora es la auténtica puta diosa!»

El dormitorio se llenó de los gemidos ahogados de Sara, en cuyos rasgos se dibujaba el placer que la cuarentañera le estaba dando, chupándose y mordiéndose los labios con una fiera mirada capaz de incendiar una selva tropical, y agarrándose los protuberantes senos mientras la rubia cabeza eclipsaba su entrepierna, moviéndose suavemente al devorarla con auténtica gula. Y el excelso culo en alto acompañaba el ritmo de la lengua, meciéndose ante su hombre, quien con la polla desperezándose de nuevo, no dudó en recorrerlo con sus grandes manos y propinarle un sonoro azote.

— ¡Au! —La azotada levantó la cabeza y le miró, con la barbilla mojada de jugo de hembra—. Ummm… Sí, por favor… —y volvió a bajar para seguir comiéndose la almeja.

Alejandro disfrutó de las privilegiadas vistas que le ofrecían ambas féminas, escuchando la dulce melodía de los gemidos de Sara retorciéndose de placer con el buen hacer oral de Marta, mientras él se daba un festín táctil con las nalgas de su esposa envueltas en la prenda que tanto le excitaba, propinándole algún que otro azote bien recibido. Hasta que su polla volvió a ponerse como un roble, y desenvolvió la divina retaguardia, ayudado por su esposa para deshacerse de la elástica tela y los estilizados tacones. El tanga rojo transparente, con sus tiras perdiéndose entre los redondos glúteos, consistía un magnífico adorno a tan excitante región anatómica, por lo que el ingeniero tan solo lo apartó a un lado para acariciar el congestionado coño de su hembra, que estaba jugoso, abierto y con el clítoris duro como una piedra preciosa entre los suaves labios hinchados.

Apuntando con una mano y la otra sujetando las poderosas caderas, colocó el orgulloso glande en la mojada entrada de la gruta, rozando el tanga. Y con un empujón, insertó la enhiesta verga hasta el fondo, introduciéndola fácilmente en ese ansioso coño que acogió el pétreo falo agasajándolo con un calor como el de los hornos del infierno, mientras la otra mujer contemplaba el acto con el rostro hermosamente ruborizado por la voraz comida que la ensartada le estaba realizando.

— ¡Mmmm…! —gimió intensamente la penetrada, sin apartar la boca del manjar que se licuaba para ella.

— Joder, ¡me corro! —anunció la degustada al sentir en su clítoris la vibración del profundo gemido.

Con toda la lanza dentro del incandescente cuerpo de la cuarentañera, con la punta incrustada en su matriz, Alejandro se deleitó con sus poderosas contracciones internas mientras los dorados bucles de su esposa se movían sobre la entrepierna de la veinteañera para rematarla. Y ésta, estrujando una de sus turgentes tetas con furia y arqueando su espalda para despegarla del lecho, alcanzó el anunciado orgasmo con un agudo grito que amortiguó mordiéndose la mano libre.

— ¡Uuuuuuuuhhh…!

Viendo el placer dibujado en el rostro de la vecinita, el hombre afianzó las caderas de su yegua con ambas manos, y deslizó por su interior parte de la polla para volver a incrustarla golpeando la consistente retaguardia con su pelvis.

— ¡Oh! Eso es, cariño, dame como tú sabes, que yo también estoy a punto… —dijo Marta despegando sus empapados labios rojos del orgásmico coño para mirar atrás.

El madurito le propinó un sonoro azote que ella agradeció con un gemido, y empezó un duro mete y saca pausado que disparó su lujuria.

— Sí, córrete Marta, ¡te lo mereces! —animó Sara, deslizándose sobre la cama para apoyarse en el cabecero y contemplar la matrimonial cópula desde una privilegiada perspectiva lateral; la cual le permitía disfrutar de la vista de la gruesa vara entrando y saliendo de la babeante almeja con firmes golpes pélvicos que hacían vibrar las nalgas de la madura belleza, quien jadeaba sin control mientras su experimentado jinete la mataba de placer.

—¡Ah!, ¡ah!, ¡aaahh…! ¡Sííííííííííí…! —confirmó Marta su éxtasis en el momento en que Alejandro le propinó una feroz embestida, agarrándole la rubia cabellera para tirar de ella hacia atrás, de manera que su cabeza se izó y sus colgantes pechos se alzaron para mostrar su esplendor con los erectos pezones apuntando al frente.

El ingeniero gozó del tempestuoso orgasmo de su esposa con la polla bien clavada en ella, sujetándola con una mano de la cintura y con la otra de la melena, pues sabía que eso la desquiciaba, y disfrutó de cómo los poderosos músculos internos trataban de exprimirle hasta que la ejecutiva quedó completamente relajada. Finalmente, la soltó y se desacopló permitiendo que se tumbara para recobrar el aliento.

— Sois flipantes. ¡Los dos! —dijo Sara—. Acabo de correrme y ya vuelvo a estar cachonda perdida.

Marta gateó hasta ella y la besó, acariciando su juvenil anatomía para constatar que la chica estaba en lo cierto. El precioso cuerpo curvilíneo denotaba nueva excitación, y ambas mujeres miraron al hombre que, con la verga como la torre de Pisa y bañada con los jugos de su esposa, esperaba acontecimientos.

— Uf, ¡cómo está tu maridito, tía! —expuso la invitada—. ¿Me lo dejas para algo más que una chupadita? —Acarició suavemente el cuello y los pechos de su anfitriona con el dorso de los dedos—. Una follada como la que acaba de darte…

— No sé… Podría dejarte embarazada, cariño, y no queremos accidentes. —La ejecutiva demostró su racionalidad a pesar de la situación. «¿Solo duda porque la pueda preñar? —se preguntó el espectador.»— Como esto no estaba previsto, no tenemos condones. A no ser que utilices algún otro método anticonceptivo… —Un fulgor brilló en su mirada, y sonrió traviesamente a su marido, quien al instante dedujo que ya conocía la respuesta por haberlo hablado antes de que él se les uniera. «Marta, cada día te quiero más.»

— ¡Por supuesto! ¡Tomo la píldora! —repuso inmediatamente la joven, guiñando un ojo a Alejandro.

— ¡Qué conveniente! Pues ya sabes: mi casa es tu casa y, por hoy, lo mío es tuyo. ¿Verdad, cariño?

— Eres una mujer increíble. —El hombre subió a la cama y besó dulcemente a su esposa.

— Solo quiero que disfrutemos los dos… ¡Los tres! —se corrigió, arrancando una carcajada de todos—. Bajo un momentito a echar un vistazo a los niños, que creo que nos hemos pasado un poquito de volumen, y vuelvo. Si queréis ir calentando, no tardo nada. —Le dio un beso a cada uno, se adecentó el tanga, y se puso la camisa de Alejandro a modo de vestido minifaldero.

En cuanto la cuarentañera desapareció por el hueco de la escalera, y a pesar de seguir con la polla como para partir piñones, Alejandro, en lugar de abalanzarse sobre la impresionante jovencita predispuesta, optó por pedir explicaciones.

— ¿Qué ha pasado mientras yo estaba abajo? ¿Cómo has conseguido meter a Marta en esto?

— Tu perfecta mujercita me ha demostrado un evidente gusto lésbico —contestó tranquilamente Sara, sin desaprovechar la oportunidad de acariciar la verga que estaba deseando volver a sentir dentro de ella—. Se lo he notado en cuanto me he quitado el top para probarme una blusa. ¡Qué forma de mirarme! Como tú… Así que, bueno, con insinuarme un poquito de forma sexy para ella, en plan: «mira qué chica más rica te puedes comer», no ha podido resistirse. Como tú…

«Sí que le gustó y marcó la encerrona que nos hizo Vero… Y no me había dicho nada para que yo no me viniese arriba buscando otra con la que repetir experiencia, porque sabía que a mí me había encantado... ¡Qué tía! ¡Y va y la encuentra ella! ¡Y con la puntería de ser el bomboncito que yo ya me había comido a sus espaldas!»— ¡No me lo puedo creer! —dijo verbalmente—. ¿Así de fácil?

— Así de fácil. —Alejandro atisbó una ligera sombra de duda en la respuesta. «Me oculta algo —pensó el perspicaz ingeniero.»— Creo que tú ya la traías calentita, así que, un poquito de postureo, un poquito de insinuación, un poquito de roce, y enseguida le he comido la boquita… Tu mujer siempre me ha puesto tan cachonda como tú…

— Joder, Sara. —La excitación ante la belleza desnuda que tenía ante él, así como sus palabras y la mano que le sobaba el manubrio aún lubricado con el zumo de su esposa, le hicieron obviar cualquier sospecha, por lo que solo una pregunta acudió a su mente—. ¿Y cómo has conseguido que quiera que tú y yo…?

— Ya te he dicho que la traías calentita, y creo que se ha sentido culpable por dejarte en el salón mientras se enrollaba conmigo. —Tomó una mano del hombre y la llevó a uno de sus redondos pechos, animándole a que lo acariciara—. Así que ha sido ella misma quien lo ha propuesto. Creo que para no tener remordimientos… Y claro, yo le he dicho que estaría encantada de catarte… ¡ja, ja, ja!

— Hay que ver lo manipuladora que eres para ser tan joven —observó el cuarentañero, maravillándose con la esponjosidad y turgencia del juvenil pecho que ya amasaba—. Mereces que te dé bien…

— ¿Todavía estáis así? —interrumpió Marta desde el último peldaño de la escalera—. ¿Os da vergüenza?, ¿o es que necesitáis ayuda? —La poderosa mujer rubia se acercó a la cama desabrochándose la camisa de su hombre, dejándola abierta para mostrar parte de sus pechos, abdomen y tanguita rojo transparente. Increíblemente sexy ante la mirada de Alejandro, quien percibió que Sara opinaba lo mismo.

— ¿Están bien los niños? —preguntó el padre de las criaturas—. Si se despiertan...

— Están dormidos como marmotas, tranquilo. Sara, has hecho un buen trabajo con ellos.

— Gracias —contestó ésta—. Estábamos esperándote, pibonazo.

Marta gateó por la cama acercándose a ellos, y Sara le dio un erótico beso cargado de lengua con el que Alejandro observó cómo los pezones volvían a ponérsele duros, marcándose sugerentemente en la camisa. Después se giró hacia él, y le dio el beso recibido de la joven, carnoso y húmedo, incitándole a que metiera sus manos por debajo de la prenda para acariciarle los excitados pechos.

— Venga, ahora dale a ella lo que siempre me das a mí —le susurró, acariciándole el erecto miembro—. Sara es nuestra invitada y te desea. Siempre hay que satisfacer a los invitados, y yo quiero mirar... —Salió de la cama, cogió el paquete de tabaco y el mechero del bolso que había dejado en la mesilla, y se dirigió a la puerta de la azotea, abriéndola y encendiendo un cigarrillo para soplar placenteramente el humo hacia fuera.

Alejandro se maravilló con la sensual imagen de su esposa, de pie a la puerta de la azotea, con la camisa masculina abierta insinuando sus generosas tetas de erectos pezones, elevadas por el brazo que pasaba bajo ellas; fumando elegantemente mientras sostenía el cigarrillo con la otra mano, en alto y hacia el exterior, exhalando una fina columna de humo blanco a través de sus sugerentes labios rojos para que se perdiera en la negrura de la noche estival. «Tengo una joven preciosidad a mi lado, esperando a que la folle duro, y la que me pone como un animal es mi mujer de siempre, ¡mi puta diosa!»

Sintió cómo las manos de Sara le tomaban el rostro para girarlo hacia ella y, al instante, sus suaves labios se acoplaron con los suyos, con su intrépida lengua colándose en su boca para lamer la suya. Y la excitación por la gloriosa hembra que se le ofrecía, volvió a centrarse, aunque increíblemente incrementada por el morbo de saber que Marta estaba mirando con esa actitud tan irresistible para él.

Recostándola sobre la almohada contra el cabecero, y situándose sobre ella, besó el cuello de cisne de la veinteañera aspirando el aroma de su rizada cabellera castaña; lo recorrió con los labios, y descendió a sus abultados pechos, apetecibles y apetitosos, con sus pezones rosados apuntando desafiantes hacia arriba, y se los comió con gula, amamantándose de esa joven afrodita que suspiraba y le envolvía con sus piernas.

Con la verga como una estaca, volvió a ascender encontrándose con el fuego de la mirada de ámbar, y devoró los golosos labios de fresa mientras su cadera encontraba el camino a la gloria. La punta de su lanza se restregó por la abierta y mojada concha, provocando que la estudiante gimiera en su boca, y sintió cómo una delicada mano la empuñaba para dirigirla a la ardiente gruta. Empujó con la pelvis y su glande dilató la estrecha entrada, penetrando en la lubricada vagina que expandía sus paredes al paso del grueso invasor. La viril anaconda entraba muy prieta en ese joven coñito, deliciosamente prieta y resbaladiza, por lo que Alejandro la introdujo poco a poco, deleitándose con cómo el cálido interior de Sara abrazaba su falo, amoldándose a él, hasta embutirse a cuanta profundidad permitía la postura.

— Diooooosss… —clamó la estudiante, con sus preciosos ojos fijos en los de su amante—. Me entra tan justa…

El ingeniero sonrió, y se retiró con la misma lentitud, deslizando su polla por el encharcado coño hacia afuera, sintiendo cómo éste tiraba de él hacia el interior con un largo suspiro de la chica; y volvió a empujar hacia dentro, enfundando el sable en esa exquisita vaina que ya había tomado la medida del arma.

— Marta, tía —dijo la complacida invitada, girando su cabeza hacia la azotea—, ¡me encanta la polla de tu marido!. ¡Qué rica y apretada me la mete!

Alejandro también miró a su esposa, que con gesto lascivo les observaba a los dos soplando una nueva columna de humo.

— Lo sé, cariño —contestó la excitada rubia—. Disfrútalo, que me está gustando esto de mirar cómo te folla… —Le guiñó un ojo a su hombre.

«Joder, ahora mismo no sé quién me pone más —dudó Alejandro en su interior—: la elegante madurita cachonda que mira, o la efervescente jovencita insaciable que me estoy follando…. Uf, ¡cómo tira! Se va a enterar…» Besó a Sara con ardor, y empezó a embestirla con golpes de cadera más frecuentes y potentes, obligándola a despegarse de su boca para jadear y poder tomar el aliento que el placer le arrebataba. Sintió cómo sus manos descendían por su espalda, acariciándola con fuerza mientras la iba empotrando en la cama, y acababan agarrándole con fiereza de los tensos glúteos, clavándoles las uñas en el culo como si quisiera espolearle. Y él aumentó el ritmo, metiendo y sacando la polla en el divino cuerpo curvilíneo a golpe de pubis contra pubis.

— Ah, ah, ah, Álex… —jadeaba su nombre con su mirada fija en él, con las mejillas coloradas y la suplicante boca abierta—. Empótrame como a ella…

— Eso, cariño —confirmó Marta desde su posición de espectadora, habiendo encendido un nuevo cigarrillo tras haber consumido el primero—. Dale como tú sabes… Es preciosa, está tan buena que hasta yo quiero follarla… Enséñale lo que me haces sentir a mí…

El cuarentañero ya estaba en altos niveles de excitación, pero esa actitud de su mujer le revolucionaba aún más, por lo que se salió de la eventual niñera y se puso de rodillas en la cama, observando el lozano y erótico cuerpo que no le hizo dudar de cumplir lo que se esperaba de él.

Tomó una firme y larga pierna, y la colocó sobre su torso con el pie en su hombro; y realizó la misma operación con la otra pierna, consiguiendo la máxima exposición y apertura de la lacrimosa almeja de la universitaria.

— Ahora vamos a profundizar —aseveró, reclinándose sobre ella para que fueran las femeninas piernas las que sirvieran de apoyo mientras enfilaba la bayoneta para atacar con ella.

— Joder… —Los ambarinos ojos se abrieron al máximo.

Alejandro metió la rígida salchicha en el caliente bollito con salsa, y empujó con lubricada suavidad, sintiendo la maravillosa constricción mientras todo el miembro masculino era engullido hasta que su cabeza encontró resistencia al avance en lo más profundo de la joven, coincidiendo con el aplastamiento de las pelotas contra el perfecto culo con forma de corazón.

— Ooooohhh… —gimieron al unísono.

— Eso es —se escuchó el comentario de Marta.

Con la posición afianzada, el hombre empezó a bombear profundísimas penetraciones, lento pero seguro, contemplando las eróticas expresiones de placer reflejadas en el rostro de Sara, así como el baile de sus tetas con cada embestida, todo ello aderezado con la música de sus gemidos y el ritmo persistente del restallar de su pubis golpeando las macizas carnes. Y poco a poco fue aumentando el ritmo, dejándose llevar por las excelsas sensaciones que recorrían su polla al ser estrangulada por los potentes músculos internos del voraz coño en el que la acerada barra de carne se perdía hasta tocar fondo.

— Sí, sí, sí, sí… —confirmaba la chica su buen hacer, arañándole los laterales de la espalda.

Concentrado en su placer y en el de su empotrada, Alejandro no volvió a ser consciente de la presencia de su esposa hasta que llegó a él su aroma al acercarse a la cama tras apagar el segundo cigarrillo, llamando su atención para que realizara una pausa.

— Mira cómo me pone ver cómo te follas a la niñera, cabronazo —Marta dejó caer la camisa que medio la cubría, y se sacó el sugerente tanga, mostrándose con los pezones duros y erguidos, la piel tersa y brillante, y la vulva rosada; con sus labios congestionados y abiertos, el erecto clítoris asomando entre ellos, y gotas de transparente líquido rezumando para escurrir por la cara interna de los muslos.

La espectacular rubia se subió a la cama y, situándose de rodillas tras su marido, se abrazó a su espalda, aplastando sus mullidos senos contra ella, pasando sus brazos hacia delante para agarrar las pantorrillas de la invitada al lecho conyugal.

— Estás espectacular, Sara —dijo—. Preciosa con toda la polla de mi marido dentro de ti… Me encanta…

— Estoy a punto de correrme —informó la aludida—. La tiene muy gorda, me llega hasta el fondo, y se mueve… mmmm…

— Dale duro, cariño —susurró la ejecutiva al oído del ingeniero—. Se lo merece.

También él estaba cercano al punto álgido, así que no dudó un instante en obedecer la orden. Sintiendo la cálida piel y los punzantes pezones de su esposa en la espalda, embistió con auténtica lujuria primitiva el encharcado coño, azotando violentamente las nalgas con su pubis y taladrando a la ardiente vecinita hasta la matriz. Con los dientes apretados, folló duro, profundo y con ritmo salvaje a la veinteañera, desquiciándola completamente, transformando sus gemidos en agudas súplicas de placer desatado e incontenible, hasta que gritó su orgasmo entre espasmos que recorrieron toda su febril y sensual anatomía, estrangulando la polla que la llenaba con fuerza casi sobrehumana.

— ¡Aaaaaaaaaaahhhhh…!

— Joder, ¡yo también! —anunció Alejandro.

— Dios, ¡qué maravilla! —exclamó Marta con los ojos como platos, sin despegarse de la espalda del hombre que acababa de volver loca a la otra—. ¡Córrete sobre ese cuerpazo! —Apartó a ambos lados las piernas de la orgásmica, permitiendo al macho que desenvainara su poderosa arma recubierta de fluidos del convulsionante cuerpo, y aferró la congestionada vara deslizando la lubricada piel por su mano, desde el glande hasta las pelotas.

Sintiendo y viendo la experta mano de su esposa dándole la definitiva y placentera sacudida, el macho estalló en una gloriosa corrida con impetuosas descargas de blanco y denso líquido blanco saliendo propulsado de su polla para caer en largos chorretones sobre las tetas y el abdomen de Sara, mientras ésta gozaba los últimos ecos de su propia catarsis. Extasiado, pintó de ardiente semen el libidinoso cuerpo de la joven entre placenteros escalofríos, guiado por la mano de su esposa ordeñándole, y cuando terminó, Marta soltó su miembro y se despegó de él, poniéndose a su lado.

— ¡Es lo más divertido, guarro y excitante que he visto en mi vida! —exclamó la rubia, dándole un lascivo beso al que él correspondió sentándose sobre los talones.

— ¡Qué gozada!, ¡ha sido flipante! —consiguió decir Sara desde abajo tras recuperarse del intenso orgasmo—. ¡Y cómo me habéis puesto! —añadió, apretándose los pechos para ver los chorretones de semen que los recorrían.

— Ummm… Tetas con crema… —observó la cuarentañera con puro vicio dibujado en sus bellas facciones. Y se abalanzó sobre ella, chupando los globosos pechos con gula, lamiendo el aún caliente elixir masculino derramado en ellas, arrancando risitas complacidas de la beneficiaria, y descendiendo con los labios por el plano vientre para saborear cada centímetro de piel mancillada con el producto de la máxima excitación de su hombre.

«Está completamente desatada —se dijo Alejandro, contemplando cómo su esposa se ponía a cuatro sobre la invitada, volviendo a exponer para él su culo de melocotón y su almeja llena de jugos—. ¡Menudo gusto le ha cogido a las tías! Parece que Vero descubrió algo que siempre había estado oculto, y Sara lo ha sacudido para que despierte con hambre». Acarició su suave y empapado coño, y dos dedos se introdujeron casi sin querer, con suma facilidad.

— Uuummm… —Levantó la cabeza Marta—. Me habéis puesto cachonda perdida…

— Podríamos seguir jugando mientras Álex se recupera —propuso Sara—. Tal vez pueda darnos más después…

«Bien sabes que sí —contestó éste mentalmente, sacando los dedos de la hirviente gruta de su mujer.»

— Te aseguro que sí —afirmó la rubia—. Mi maridito está hecho todo un semental…

— Pues déjame que yo te baje un poco esa calentura que tienes. —La joven le hizo un guiño cómplice a la madurita—. ¿Quieres sentarte en mi cara?

— Uffff… Sara… —La ejecutiva gateó sobre ella hasta ponerse de rodillas sobre su rostro, girando la cabeza en última instancia hacia su esposo—. Cariño, nuestra invitada quiere comerme el coño, y yo estoy deseando que lo haga… ¿Podrías echar otro vistazo a los niños? Parece que siguen bien dormidos, pero no habéis sido muy silenciosos… Creo que estaré bien atendida mientras tanto…

Alejandro contempló cómo las poderosas caderas de su mujer descendían sobre la atractiva cara femenina y la jugosa concha era recibida con una juguetona lamida que la hizo suspirar.

— Eres alucinante y te lo mereces —le susurró al oído antes de que la vulva terminase de acoplarse a los ansiosos labios que la esperaban debajo—. Disfruta, enseguida vuelvo. —La besó ahogando su gemido al sentir la escurridiza lengua colándose en su interior. Y mientras se ponía el bóxer, vio cómo Sara la sujetaba de los muslos y se afanaba en comérsela con su cabeza entre ellos.

«Dejo a mi mujer restregando el coño por la boca de la vecinita con la que le puse los cuernos hace unas semanas —pensaba mientras abandonaba el dormitorio bajando las escaleras—. ¡Qué locura! Y ha sido la propia Marta quien me ha incitado a follarme a Sara mientras miraba, e incluso, me ha hecho correrme sobre ella… ¡Es la hostia! No sé qué pasará a pasará a partir de ahora, pero está claro que nuestro matrimonio ya ha cambiado para siempre, ¡y para mejor! ¡La quiero tanto! Y Sara…»

Comprobó que los niños eran completamente ajenos a cuanto estaba sucediendo en el dormitorio de la planta superior. En ese momento, desde sus habitaciones, no se oía nada más que el leve murmullo del aire acondicionado saliendo por las rejillas del techo. Ambos dormían plácidamente. Las salidas de tono de unos minutos atrás parecían no haber perturbado en absoluto sus inocentes sueños infantiles. «Carta blanca para disfrutar mis propios sueños, y por lo visto, los de Marta.»

Tras refrescar su garganta con un largo trago de agua del frigorífico, Alejandro volvió a subir las escaleras, llegando a sus oídos quedos gemidos femeninos a medida que ascendía. Al llegar arriba, se maravilló con el espectáculo que ofrecían las dos bellas mujeres: la rubia perpendicular sobre la castaña, con las caderas meciéndose suavemente sobre su boca mientras se acariciaba los enaltecidos pechos, con su redondeado culo marcando esos atrayentes hoyuelos que se formaban entre los glúteos y las lumbares, y la cara bellísima con el placer reflejado en ella; a la vez, bajo las maduras nalgas, surgían las turgentes tetas de la estudiante, con sus rosados pezones empitonados y su plano abdomen subiendo y bajando con la acompasada respiración del banquete que se estaba dando; mientras, más abajo, sus firmes muslos se frotaban uno contra otro para estimular el excitante coñito que volvía a lubricarse con la satisfacción que oralmente se estaba dando. La virilidad comenzó a despertar de su justo descanso, preparándose para que la sangre volviera a inundarla y convertirla en un instrumento de disfrute.

— Uummm, Álex —dijo Marta entre jadeos al percibir su presencia y mirarle con cara de gusto—. Sara mmme está comiendo mmuuuy bien… Mmme gusta mmmuchooo…

— Porque estás deliciosa —llegó la voz ahogada de la otra desde abajo.

— No pares —le contestó el hombre, subiéndose a la cama y situándose junto a la madurita—. Mi mujercita se ha ganado a pulso correrse bien por regalarnos a los tres esta noche… Sigue disfrutando, nena —le dijo a su cuarentañera, tomando su rostro entre las manos para besarla apasionadamente—, que voy a echaros una mano…

Sustituyó las delicadas manos de Marta en sus pechos por las grandes manos masculinas, casi abarcándolos para apretárselos mientras le inundaba la boca con la lengua y sentía cómo los rojos labios se la chupaban. Besó su cuello, mientras ella seguía jadeando con la vivaracha lengua de Sara haciendo diabluras en su vulva, y descendió por toda su columna vertebral, haciéndosela arquear con un agradable escalofrío. Siguió bajando hasta llegar a las mullidas cachas, y también las besó, dándole un juguetón mordisco en cada nalga. Los gemidos aumentaron de tono. Y continuó con su recorrido de descenso, acariciando la curvilínea silueta con las manos mientras su boca alcanzaba una suave teta de Sara, comiéndosela y escuchando cómo ésta gemía con sorpresa y gusto en el coño de su anfitriona. Y siguió recorriendo la joven anatomía, dibujando con la punta de la lengua el abdomen, colándola en el ombligo, y alcanzando el aterciopelado pubis a la vez que sus manos abandonaban el culo de Marta para separar los muslos que se friccionaban entre ellos.

La rubia volteó un momento la cabeza, y comprobó por qué las caricias habían abandonado su cuerpo, observando a su marido reclinado sobre su amante para enterrar la cabeza en su sexo.

— Eso es, cariño —le animó—. Cómete a Sara mientras me remata… Joder, ¡qué morbazo! ¡Estoy a punto…!

Alejandro besó los hinchados y mojados labios, degustándolos con la punta de la lengua y jugueteando a colarla entre ellos con leves lamidas que se extendían hacia el clítoris, que parecía a punto de explotar, y retorció el húmedo apéndice por la rajita, metiéndolo y escuchando el gemido ahogado de la joven, quien disparó su voracidad para desquiciar a Marta.

— ¡Ah!, ¡ah!, ¡aaaaahhhh…! —gritó ésta en pleno orgasmo al sentir una potente succión de su pepita como respuesta a la penetración de la lengua masculina en el coño de su predadora.

La cuarentañera alcanzó el nirvana alimentando con su zumo a la veinteañera, que lo degustó con un extra de excitación, pues además de disfrutar de que la mujer que tanto admiraba y deseaba se estuviera corriendo en su boca, se sumó el hecho de tener la lengua del hombre con el que siempre había fantaseado metida en el coño.

Escuchando cómo su esposa clamaba su descarga, y sintiendo que quien se la provocaba se retorcía de gusto, Alejandro metió dos dedos en el estrecho coñito colmado de jugos y chupó con ganas el enardecido clítoris, dándole intensas y rápidas lamidas, y atrapándolo con los labios para succionarlo sin compasión.

Marta descabalgó la cara de Sara, y ésta, respirando libremente, expresó su gozo con agudos sollozos de puro placer.

— Sí, preciosa —le dijo la anfitriona—, ahora córrete tú en la boca de mi marido. — La besó saboreando su propio orgasmo de los sensuales labios femeninos, y se lanzó a acariciarle, besarle, lamerle y comerle los pechos con dedicación; mientras, más abajo, Alejandro le ponía la entrepierna como una olla a presión.

«¡Nos estamos comiendo los dos juntos a un bomboncito! —gritó el ingeniero por dentro, sintiendo que su miembro recobraba el brío para que el bóxer volviera a apretarle—. ¡Es la rehostia!»

Alejandro podía oír a la chica gozando como una loca al tener al matrimonio de sus fantasías para ella, comiéndosela enterita, como vampiros que se alimentaran de su placer, con unos suaves y carnosos labios femeninos succionándole los pezones y unos voraces y exigentes labios masculinos succionándole el clítoris.

El hombre sentía cómo el joven cuerpo ardía y temblaba ante tanta estimulación, con los músculos internos tirando furiosamente de los dedos que le tenía metidos, y el botoncito que chupaba palpitando y duro como un diamante. Hasta que el inminente terremoto no se hizo esperar y Sara se retorció entre incoherentes súplicas, sumida en un agónico orgasmo del que el goloso madurito bebió hasta saciarse de ella.

Recuperando el ritmo respiratorio, la estudiante se incorporó y besó a la pareja apasionadamente, primero a Marta por proximidad, y luego a Alejandro, e hizo que se le acercaran a la vez para compartir un delicioso saboreo de labios entre los tres.

— Me habéis derretido —les dijo—. Sois unos amantes increíbles y generosos… Ojalá esta noche no acabe nunca…

— Aún no tiene por qué acabar —contestó Marta—. Mira cómo está mi semental. —La mirada de las dos mujeres se dirigió al bóxer del hombre que, aunque aún no mostraba todo su esplendor, ya evidenciaba presión interna—. Creo que todavía podemos pasarlo bien un ratito más, ¿no, cariño?

— ¡Buf! —resopló él—. Es que con vosotras dos, como para no…

— A ver… —dijo Sara con un intercambio de mirada cómplice con su anfitriona. Y metió su mano por debajo de la tensionada prenda, empuñando el grueso falo que se endurecía más y crecía entre sus dedos—. Sí, ésta polla ya casi está para comérsela… —Alejandro sonrió dejándose hacer.

— Mmmmm… Pues habrá que terminar de animarla, ¿no crees? —sugirió la rubia, tomando el bóxer y deshaciéndose de él para descubrir la delicada mano de la chica rodeando el poste que ya se alzaba.

Colocándose los dorados bucles tras las orejas, Marta se agachó y besó el rosado glande que asomaba por encima de la mano de su invitada, y le dio un par de golosos chupetones con los que Alejandro sintió cómo su verga se endurecía al máximo.

— Joder, qué gorda se la has puesto ya —comentó la niñera sin soltarla—. A ver qué hago yo… —También se colocó los rizados cabellos, y se agachó junto a su nueva mejor amiga, poniendo su boquita sobre el suave pubis para besar toda la base del monolito que ya había alcanzado toda su extensión y firmeza.

— Chicas, me vais a dejar seco —afirmó el madurito, tumbándose y cogiendo la almohada para ponerla bajo su cabeza y no perder detalle cómodamente.

— Uf, así mejor, cariño —aprobó su esposa—. Vamos a chupártela entre las dos un poquito y después te montamos, ¿vale?

— ¡Acepto la propuesta! —exclamó inmediatamente la joven.

— Dios, he debido morir y estoy en el cielo… —solo pudo decir Alejandro.

Como dos leonas coordinando su ataque, las dos mujeres se lanzaron sobre su presa, besando la base de la estaca cada una por un lado y ascendiendo con la lengua y labios por el tronco para confluir en la redondeada punta congestionada. La lamieron y acariciaron con sus suaves pétalos rosados y rojos, jugando con ella mientras sus lenguas se buscaban y enredaban, ensalivando y degustando la sensible piel. Hasta que la dueña oficial de esa apetitosa polla la chupó metiéndosela en la boca, llenándosela completamente de carne y sacándosela después con un evocador sonido de vacío. A lo que la nueva usuaria del juguete contestó de igual modo, succionando la verga con sus apetitosos labios para acomodarla en el cálido interior de su boca hasta alcanzarle la garganta, y sorbiendo con ganas, hundiendo sus carrillos y presionándola con la lengua, para que saliera vibrando de puro gusto.

— Jooodeeer, chicas, ¡es brutal! —exclamó el beneficiario, disfrutando de las atenciones de las golosas ninfas sin perder detalle de cómo lo hacían, pues tan placenteras eran las sensaciones como la vista.

Las dos mujeres le sonrieron, con la erecta verga entre sus preciosos rostros, y pasando Marta a ser quien la sostuviera con los dedos para que apuntase al techo, siguieron lamiéndola entera, acariciando toda su longitud y grosor con la lengua, besándose cuando coincidían en el glande, con éste pasando de unos labios a otros, cada cual más suaves y jugosos. Los escurridizos músculos acariciaban con avidez el frenillo, combatiendo entre ellos para combinar húmedas caricias y, entre carnosos besos, se producían eventuales y glotonas mamadas de ambas diosas; pero sobre todo de Sara, aprovechando la ocasión de tragarse el duro músculo cuanto podía con el beneplácito de su propietaria; mientras ésta consentía recreándose con ese nuevo fetiche de ver el miembro de su marido siendo devorado por otra hambrienta hembra, pues ya había confirmado que la excitaba de una manera irracional.

Alejandro disfrutó de la doble mamada dejando que las dos mujeres saciaran su apetito, con su falo orgullosamente erguido en su máxima extensión, engrosado y duro como el acero, sintiendo la calidez, suavidad y humedad de esas dos bocas que lo compartían y jugaban a devorarlo para hacer desaparecer en su interior cuanto eran capaces de engullir. Verlas haciéndolo, disfrutando ellas también sin dejar de besarse, era un auténtico espectáculo divino. Y gracias al autocontrol logrado con los años y experiencia, añadido a las dos purgas que ya habían templado sus bríos, el hombre pudo deleitarse con tanta excitación sin explotar repentinamente para regar los dos bellos rostros femeninos con su semen, de modo que postergaba el eruptivo final mientras se fraguaba en su interior.

— Me apetece una cabalgadita —dijo de pronto Marta tras una glotona succión de Sara que en otras circunstancias habría sido letal—. Ya estoy otra vez encharcada…

— ¡Uy, sí! —exclamó la joven, acariciándole el coño y mostrando la palma de su mano brillante—. Como yo —añadió, exhibiendo su rosada y húmeda vulva para la pareja.

— Pues le montamos un poquito cada una, ¿quieres, cariño?

— Uf, sí, ¡vais a acabar conmigo! —contestó el marido—. Como una ruleta rusa, a ver con cuál me corro…

Los tres rieron, y enseguida Marta se puso sobre su hombre, dándole un tórrido ósculo para posicionarse, después, perpendicularmente a él. Sujetando la vigorosa lanza con una mano, fue penetrándose con ella, bajando sus poderosas caderas hasta que quedó felizmente ensartada.

— Uuuufffff, qué ricooo… —expresó su satisfacción con todo el falo dentro—. Tienes la polla como me gusta, cariño.

— Como para reventar, como vosotras me la habéis puesto —aseveró él—. Estáis tan buenas y cachondas…

Alejandro la tomó por los muslos, sintiendo cómo el familiar coño ardía y apretaba el instrumento que siempre le había dado tanto gusto, y enseguida comenzó a disfrutar del suave balanceo de caderas atrás y adelante de su esposa, masajeando con un acuoso sonido la enhiesta vara para aumentar su propio placer mientras, a su lado, la veinteañera no perdía detalle.

— Ven, preciosa —la invitó la madurita, tomándola por la nuca y llevándola a uno de sus globosos pechos.

Sara abrió la mandíbula al máximo y se comió cuanto pudo de la exquisita teta, llenándose la boca de suave y esponjosa carne para saborearla con sumo deleite, a la vez que una mano cogía la otra y la apretaba mientras Marta seguía cabalgando lentamente, suspirando al follarse a su marido mientras su joven invitada se amamantaba de ella.

«Se ha hecho completamente dueña de los dos —pensaba Alejandro, tratando de mantener el autocontrol para que su experta mujer no le finiquitara ya—. Está en modo jefa, jefa puta, ¡y me encanta!»

Los jadeos de la amazona iban en aumento, contoneando sus caderas con la polla dentro para manejarla como un

joystick

, y el hombre contempló cómo Sara abandonaba las dulces peras para besar a esa increíble MILF que su mujercita era para ella.

— Perdona, que me vicio —le susurró Marta tras tragar saliva—. Monta tú ahora a mi semental.

Sintiéndose como un juguete para ambas hembras, un maravilloso juguete para darles placer, el hombre no opuso ninguna resistencia a que la rubia le descabalgara, dejándole la verga embadurnada con su jugo para que la castaña le tomara el relevo. Y ésta tomó la estaca con decisión y se la clavó sin miramientos.

— Oooohhh… —clamó Alejandro al unísono de la empalada.

Ese coñito era más estrecho que el anterior, delirantemente prieto y ardiente, y a pesar de que por esa circunstancia la penetración aún no había sido plena, el ingeniero sintió un aumento exponencial de su excitación, costándole controlarla a medida que la ansiosa joven movía su pelvis acomodándose la gruesa tranca en su interior, hasta que consiguió tenerla toda dentro.

— Dios, Sara —dijo, apretando los dientes y llenándose los ojos con el esplendoroso cuerpo de la joven sobre él—. Así me matas…

— Así, ¿cómo? —Comenzó a mover las caderas enérgicamente, metiéndose y sacándose la bayoneta con lujuria incontenida, y el hombre tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para que el juego no terminase ya.

— Vas a hacer que se corra enseguida —le advirtió Marta, poniéndole una mano sobre los hombros para ralentizar su ritmo.

— Pero es que me habéis puesto muy burra —se excusó ella entre gemidos—. Quien se va a correr enseguida voy a ser yo…

— Eres tan joven… Tienes que cabalgar despacio, disfrutando la polla en toda su extensión, como me has visto hacer a mí. Luego, ya irás aumentando el ritmo hasta que no puedas controlarlo. Déjame guiarte…

Alucinado, Alejandro vio cómo su esposa se ponía sobre él, también perpendicular y eclipsando con su curvilínea anatomía la de Sara. Y contempló cómo la agarraba del prieto culo y le marcaba el ritmo de balanceo para follarle suavemente.

— Uffff, qué bueno… —dijo la joven, dejando que fueran las manos de Marta quienes tirasen de sus nalgas para que la verga se moviese en su interior con deliciosa calma—. Pero no voy a poder aguantar… Me gusta demasiado la polla de tu marido… Me correré antes que él…

— Lo sé, preciosa, a mí también me pasa, pero la experiencia es un grado… Tú sigue así hasta que no puedas más, y si él no se corre contigo, ya me ocupo yo, que sé cómo fundirlo por todo lo alto, y se lo merece.

Bajo las dos mujeres, el cuarentañero experimentó con sumo gusto cómo su sable era masajeado por el estrecho coñito de Sara de modo más pausado, permitiéndole gozarlo intensamente sin tener la urgencia de una liberadora eyaculación. Marta la besaba mientras seguía sujetándola del culo, apretándoselo y soltándolo para que la joven se clavara la estaca hondamente, deslizándose por ella con un largo recorrido, tranquilamente.

Las manos de Alejandro fueron al culo de melocotón de su esposa, aferrando las divinas nalgas para hundir sus dedos en la firme carne redondeada, y ella se echó hacia atrás, acercando su atractiva retaguardia a la cara del hombre a la vez que soltaba a su pupila, habiendo comprobado que ésta había asimilado la lección. Y se puso a cuatro sobre su marido para comerle las tetas a la niñera con devoción, estimulándole los rosados pezones con los labios para aumentar el tono de los gemidos de la joven.

Con la jugosa vulva congestionada sobrevolando su cara, el madurito no lo dudó un instante, y la lamió entera degustando su salado sabor, obteniendo un satisfactorio gemido de su mujer con la boca llena de teta de amazona al trote. Y volvió a lamerlo introduciendo la puntita de la lengua entre los pliegues, sintiendo cómo Sara volvía a montarle más violentamente, por lo que, para seguir aguantando la deliciosa follada que le estaba dando, decidió centrar su atención en Marta. Alzó la cabeza para que su lengua siguiera el recorrido por el perineo de la rubia, ascendiendo hasta que su cara chocó contra las contundentes rocas de río, que separó con las manos e introdujo su rostro entre ellas hasta que su lengua alcanzó el suave agujerito trasero para acariciarlo gustosamente.

— Uhuhuhuhuuu… —ululó la ejecutiva entre risitas—. Sí, cariño. Sabes que eso me encanta… —afirmó, mientras la joven la apoyaba contra sus mullidos pechos, como tratando de retenerla mientras ya comenzaba a botar sobre la verga.

— ¡Ah, ah, ah, ah! Me voy a correr, me voy a correr… —anunciaba la intrépida jinete.

«Joder, ¡cómo tira! —gritaba Alejandro por dentro—. Dios, cómo se mueve, ¡joder! —maldecía, tratando de concentrarse en comerse el ofrecido culo de Marta, cuya experiencia y excitación durante toda la noche ya franqueaban el paso a dos dedos bien embadurnados de saliva.»

Le habría encantado ver cómo esa juvenil diosa botaba sobre él, ensartándose con furia en su lanza una y otra vez, con su preciosa cara transformada en vicio por el placer y sus maravillosas tetas sacudiéndose arriba y abajo en hipnótico movimiento, lanzada febrilmente al galope. Pero eso, junto a las sensaciones que experimentaba, habría sido el final, y dando lengua entre las nalgas de su esposa, ya sabía qué era con lo que ella pretendía «fundirle».

— Uuummm… —Un agudo gemido acompañado de intensas contracciones de músculos internos, anunciaron el paraíso alcanzado por Sara. Y Alejandro a punto estuvo de irse con ella, pero aguantó como un jabato el orgásmico tirón ante la perspectiva de otro glorioso final.

La satisfecha veinteañera le descabalgó y, rápidamente, el hombre salió de debajo de su esposa, afianzándose de rodillas tras ella para sujetar su divina grupa.

— Me la va a meter por el culo —evidenció Marta mirando fijamente a la chica.

— Porque tienes un culo digno de ello —le contestó su marido—, y cuando estás así de cachonda te encanta que me lo folle. —Colocó la herramienta lubricada con los jugos de Sara abriéndose paso entre los redondos glúteos, llenándose los ojos con esa exclusiva vista del sensual cuerpo y espectaculares posaderas de su esposa dispuestas a ser profanadas. Y empujó sintiendo cómo el glande dilataba el estrecho orificio mojado con saliva, que se adaptó a la gruesa cabeza para que ésta se deslizara hacia el interior poco a poco.

— Oh, joder, qué justita y rica me entra, Sara… Álex sabe hacerlo muy bien… Oooohhh… —Media barra de pétrea carne ya la sondeaba y, en un momento, ya la tuvo toda dentro, con el pubis del macho aplastándole las nalgas—. Ooooohggg…

— Eres una tía flipante y muy afortunada —comentó la estudiante, que ya había probado esa pericia del hombre una vez y sabía perfectamente lo que se sentía. Pero en ese momento se encontraba ya saciada, por lo que se limitó a observar con una pícara sonrisa de medio lado.

Gozando de la exquisita y familiar estrechez de las entrañas de Marta, Alejandro constató que su final era inminente, por lo que empezó a embestir el prieto culo de su esposa sin compasión, sabiendo que a ella, tan excitada como estaba, le encantaba que le diera duro.

Martilleó con ganas las tersas nalgas, aferrado a la estrecha cintura y perforando a máxima profundidad, empalando a su fiera rubia que, entre desaforados jadeos graves, acabó con su rostro sobre el lecho y el trasero en alto para ser castigado con primitiva furia; recibiendo la polla de su hombre en lo más hondo de su ser y enloqueciéndola de gusto.

Y, por fin, tras unos certeros taladros con los que Alejandro le hizo experimentar a su esposa todo el grosor y longitud de su falo horadándole por detrás, desde la cabeza hasta las pelotas, el afortunado madurito explotó en una agónica corrida que le hizo bramar por la constricción que le obligaba a inyectarla ferozmente, abrasando a su montura por dentro. Y ésta también gritó, cogiendo rápidamente la almohada para morderla y amortiguar su ancestral aullido de máximo placer mientras chorros de transparente y cálido líquido salían disparados de su coño empapándole los muslos y mojando la cama.

— ¡Joder, tía! —rompió el silencio Sara tras la brutal doble catarsis—. ¡Qué corridón! Ha sido flipante, en plan: ¡te has licuado toda!

— Uf, sí —contestó Marta, suspirando y recomponiéndose tras sentir cómo su macho le sacaba la polla del culo—. A veces pasa… Cariño —se volvió hacia él—, toca cambio de sábanas…

Los tres rieron, con un Alejandro agotado que se acercó a besarla antes de tumbarse extasiado.

— Bueno, creo que ya debería irme. —La joven se levantó de la cama y se dirigió al despacho-vestidor para recoger su ropa—. Me habéis dado la mejor noche de mi vida —afirmó al volver—, pero creo que ya es el momento de dejaros a solas. Supongo que tendréis de qué hablar…

— Eres un encanto, preciosa. —Marta también se levantó para ponerse la ropa interior que había quedado en el suelo—. No te preocupes, no es el momento de conversaciones serias entre nosotros, ¿verdad, Álex?

— Verdad —corroboró él—. Esto ha sido pura fantasía, y no hay por qué desmenuzarla ahora. Ya tendremos tiempo…. Me habéis dejado hecho polvo.

— ¡Por los increíbles polvos que hemos echado! —Marta arrancó una nueva carcajada conjunta—. Te acompaño a la puerta —le dijo a la invitada, viendo que ya se había vestido—. ¡Y no te olvides de la falda! Te queda mejor que a mí, y de sobra te has ganado tu regalo.

— ¡Totalmente de acuerdo! —apoyó Alejandro—. A lo de que te la has ganado —aclaró, viendo la severa mirada de su esposa a modo de broma.

Los tres rieron de nuevo, y Sara se despidió del hombre con un beso para, finalmente, bajar a la planta inferior acompañada de su anfitriona.

Tras un par de minutos en los que Alejandro quitó las sábanas que evidenciaban el gran final que había tenido lugar, Marta volvió a aparecer por las escaleras, dirigiéndose directamente a la azotea para encenderse un relajante cigarrillo.

Con cautela, el ingeniero fue hacia ella. Aunque ambos habían afirmado que no era el momento de conversaciones serias, sabía que, más temprano que tarde, éstas tendrían que llegar, y en ese instante no sabía lo que discurría por la linda cabecita de su diosa rubia.

— ¿Estás bien? —le preguntó, sin dejar de apreciar la elegante y sensual forma en que su esposa exhalaba humo hacia el exterior.

— Mejor que nunca. Me gusta ésta chica. Me gusta mucho —afirmó ella, con sus ojos de miel brillando en la noche como dos luceros.

— A mí también me gusta mucho. «Y algún día te confesaré que no ha sido la primera vez que he disfrutado de sus bondades. Pero ahora no es el momento.»

— ¿No te he parecido muy puta por meterla en nuestra cama? —Sopló suavemente humo hacia él, sabiendo que eso le excitaba, aunque en ese momento solo pudiera ser mentalmente.

— Pues claro que sí, Marta —Alejandro la tomó por la delicada cintura—. Me has parecido muy puta, y me ha encantado. —La besó y ella le correspondió apasionadamente—. Cada día te quiero más…

— Y yo a ti. —Volvieron a besarse y la fumadora apagó su vicio—. Ya hablaremos, pero, tal vez, como nos gusta a los dos, podríamos volver a invitarla algún día… Creo que nuestro matrimonio ha evolucionado…

— Sin duda, y aun nos queremos más. Eres mi diosa puta.

— Y tú mi dios empotrador. Las mejores fantasías son las que se comparten.

El último beso se prolongó, pero con ambos ya satisfechos sexualmente, el cansancio acabó por zanjar el asunto. Volvieron al escenario en el que la madura pareja había puesto a prueba su relación, más allá de aquel primer experimento por sorpresa, y se durmieron plácidamente.

«Un nuevo mundo se ha abierto para nosotros —fue el último pensamiento de Alejandro—. Sara nos ha conquistado a los dos.»

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