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Fantasías vecinales (6)

Sara 2 Tumbada sobre el césped, Sara tomaba el sol de aquella mañana aprovechando que tenía el recinto de la piscina para ella sola. Al no ser fin de semana, los vecinos no bajarían al recinto hasta la tarde, y ella, con todo el verano…

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Sara 2

Tumbada sobre el césped, Sara tomaba el sol de aquella mañana aprovechando que tenía el recinto de la piscina para ella sola. Al no ser fin de semana, los vecinos no bajarían al recinto hasta la tarde, y ella, con todo el verano libre por haber hecho un buen curso en la universidad, podía permitirse el lujo de disfrutar de la piscina a cualquier hora, como si fuera solo suya. Además, se lo había ganado, puesto que los dos días anteriores había estado trabajando en la frutería de sus padres para que ellos pudieran tomarse un par de días de vacaciones en los que hacer una escapada a la playa.

Era media mañana, y tras haberse dado un agradable baño, se secaba al sol escuchando música mientras recordaba con nostalgia a su amiga Verónica, con quien habría podido compartir esa mañana si no se hubiera mudado.

Hacía algo más de una semana que la treintañera se había marchado para comenzar una nueva vida en otra ciudad, y aunque no les había dado tiempo a madurar su amistad con los años, en los pocos meses que habían sido vecinas, Verónica había dejado una honda huella en Sara, por lo que la echaba de menos.

Por supuesto, seguían en contacto, con continuos mensajes de móvil y alguna que otra llamada, pero no era lo mismo. El trato directo se había perdido, y ese trato entre ellas había sido muy íntimo. La estudiante ya echaba en falta los juegos que compartían cuando el marido de la empleada del súper no estaba en casa; su sensual cuerpo femenino, sus eróticos labios, sus cálidas caricias, la morbosa y excitante experiencia de dar y recibir placer de otra mujer…

Para Sara, Verónica había sido su primera experiencia lésbica, y por el momento, la única, puesto que tampoco es que la hubiera estado buscando, ya que siempre había tenido a su disposición a tíos que habían satisfecho sus gustos y apetitos. Pero ahora que lo había probado, y había confirmado que las mujeres le atraían tanto o más que los hombres, ante la veinteañera se había abierto un abanico de posibilidades que ahora sí estaba dispuesta a explorar si se presentaba la oportunidad.

La despedida de su amiga había sido agridulce, una deliciosa tarde de mutuo disfrute aprovechando el último turno del marido de Verónica en el trabajo que dejaba, en la que había habido muchos besos y caricias, mucha lengua y dedos, mucha piel con piel, y mucho sexo contra sexo. Pero también muchas lágrimas, especialmente de Sara, ya que la treintañera seguiría teniendo a su esposo, pero ella perdería a una amiga y una amante de una sola tacada.

Estaba escuchando un clásico de Mecano que no hacía más que recordarle esa última tarde juntas, cuando la reproducción se interrumpió por una llamada entrante. Al mirar la pantalla del teléfono se sorprendió al ver que quien la llamaba era su vecina Marta. «Tal vez necesite que me quede con los niños —pensó mientras aceptaba la llamada.»

— ¡Hola, Marta! ¡Qué sorpresa!

— Hola, Sara. Sí, es que estoy viéndote desde la terraza.

La joven se levantó y miró hacia la terraza de sus vecinos, y allí vio a la mujer rubia, que le saludaba con una mano en la que sostenía un cigarrillo.

— Holaaaa… —devolvió el saludo agitando la mano ella también —. Dime, ¿necesitas que me quede un rato con los niños como aquella vez?

— No, no, ¡qué va! —contestó inmediatamente Marta—. Es que he salido a fumarme un cigarrito y te he visto ahí, en la piscina. Y me he acordado de que te debo un café, precisamente, por lo de aquel día, así que te he llamado a ver si venías ahora a tomártelo conmigo…

— ¿Ahora? —preguntó sorprendida por el inesperado ofrecimiento.

— ¡Sí, claro! A no ser que tengas algo mejor que hacer… Llevo trabajando en casa desde las seis de la mañana y necesito un descanso, ¿me acompañas y así saldo mi deuda?

— Venga, sí, ¿por qué no? Ahora subo.

La joven cortó la llamada y recogió sus cosas. La verdad es que no iba vestida de forma muy apropiada para tomar un café con la elegante ejecutiva que tanto admiraba, puesto que iba en bikini y solo tenía un pareo para cubrirse de cintura para abajo, pero Marta había dejado claro que solo estaba tomándose un descanso en el trabajo, por lo que no le daba tiempo a ir a vestirse con algo más decoroso.

«Bueno, es lo que hay —pensaba mientras abandonaba el recinto para dirigirse al portal—. Si fuera con su marido, sería el outfit y el momento perfecto para volver a seducirle y que me echara un buen polvo que me quitase a Vero de la cabeza… Uf, creo que voy calentita, y pasar un rato con «La pija» no va a ayudarme a enfriarme… Como cuando esté con ella me venga a la cabeza el recuerdo de cómo se masturbaba para Álex mientras yo le comía la polla… Joder, ¡eso no ayuda!»

Al instante de llamar al timbre, Marta le abrió la puerta y la invitó a pasar tras darle dos besos con los que percibió el aroma del cigarrillo que acababa de fumarse en la terraza.

— Puedes sentarte en el sofá —le ofreció—, que ya tenía el café hecho y enseguida lo traigo.

Sara se acomodó en el sofá que de sobra conocía, el sofá en el que había visto dos películas, una de dibujos y otra de miedo, la noche que hizo de canguro; pero, sobre todo, el sofá donde le había hecho una deliciosa mamada al marido de su anfitriona mientras ella aparecía en la tele haciéndose un dedo de campeonato. «Ufff, aunque aquí hay aire acondicionado, me parece que no me voy a enfriar nada…»

La mujer madura volvió de la cocina con una bandeja cargada con café, leche de dos tipos, hielos, azúcar, edulcorante y pastas.

— Vaya, ¡qué bien surtida! —observó la joven con una sonrisa.

— Es que como no sé lo que te gusta, he cogido un poco de todo para que puedas elegir —contestó Marta, sentándose a su lado con cierta dificultad por la falda que llevaba.

— Me gusta la variedad —adujo la estudiante riendo internamente por el doble sentido que tenía la afirmación para ella misma—. Por cierto, que estás muy guapa, muy arreglada para estar en casa, ¿no?

Sara miró a la ejecutiva de pies a cabeza, comprobando que ésta iba vestida como tal. Se había maquillado destacando su belleza natural, estaba perfectamente peinada con sus dorados bucles enmarcando su atractivo rostro, y vestía con un traje de chaqueta americana entallada y falda por debajo de las rodillas de color azul marino, viéndose bajo la americana una blusa de un blanco brillante. La joven sintió un cosquilleo interno.

— Gracias —contestó la rubia sirviendo café para ambas—. Sí, es que he tenido varias reuniones por videoconferencia, y ya sabes, hay que dar buena imagen. Eso sí, voy descalza... —concluyó con una risa, mostrándole los pies.

— Divina y cómoda. —La estudiante acompañó la risa sin poder evitar otro buen vistazo a su anfitriona—. Casi igual que yo, que me has pillado en bikini…

— Divina y cómoda, también. —Marta devolvió el escáner visual a su invitada con un brillo en sus ojos de miel, intensificándole el cosquilleo interno—. ¡Ya me gustaría a mí poder asistir así a las reuniones!

— Te comerían con los ojos —afirmó Sara sin pensarlo.

— ¿Tú crees? Ya no tengo veinte años, como tú. No sería para tanto…

— ¡Veintiuno! Y ya te digo yo que sí. Ojalá yo cumpla tus años así de espectacular…

Marta rio ruborizándose, y Sara notó que el cumplido había calado más hondo de lo que habría imaginado, pues la cuarentañera delató una sonrisa traviesa de lo más sexy.

Tomaron el café charlando animadamente, de todo un poco, pero, sobre todo, de los estudios de la joven, puesto que solo le quedaba un año para acabar su grado en Administración y Dirección de Empresas, lo que a la mujer madura interesó especialmente por su propio trabajo.

— En el mundo de la empresa —dijo la ejecutiva tras escuchar los planes de futuro laboral de su invitada— hay que moverse con mucho cuidado. No solo cuentan los conocimientos, la inteligencia o las grandes ideas, hay que saber lidiar con compañeros y rivales, teniendo en cuenta que, por desgracia, es un mundo en el que predominan los hombres.

— Ya, claro —asintió Sara—. Es todo muy competitivo, en plan: piso o me pisan. Y supongo que tú habrás tenido que pisar a muchos y muchas, ¿no?

— Bueno, en mi caso, al ser una empresa pequeña y tecnológica, apenas hay mujeres, y en cuanto a los hombres, ha sido más un tema de manejarlos con inteligencia.

— ¿A qué te refieres con manejarlos? —se interesó la estudiante.

— ¿Puedo ser franca contigo?, ¿hablar sin tapujos? —preguntó la rubia, realizando un sensual cruce de piernas que no escapó a la mirada de la de castaña melena, haciendo que imitara el gesto inconscientemente para que sus rodillas, prácticamente, se tocaran.

— Por supuesto, estamos entre tías, y no creo que vayas a decirme nada que vaya a escandalizarme.

— Está bien… En ciertos niveles de las empresas, todos los hombres quieren joderte, sin excepción. Unos quieren hundirte para que no subas por encima de ellos, y otros, si eres un poco mona, quieren joderte literalmente para que te ganes el puesto.

— Uf, ¡vaya! —exclamó la joven sintiendo que se le endurecían los pezones—. Viendo el pibón que eres, seguro que has tenido varios de los segundos.

— De los dos tipos —aseveró la ejecutiva, volviendo a sonreír de ese modo travieso y sexy ante el nuevo cumplido, dirigiendo inconscientemente la mirada al bikini que marcaba excitación—. A los primeros, con inteligencia y previendo sus pasos, conseguí dejarlos atrás, y a los segundos…

— No me digas que te has tirado a algún jefe… —La mano de Sara se posó en confianza sobre el muslo de su anfitriona.

— Tranquila, yo no soy de esas. —Una mano de la ejecutiva se posó sobre la que había caído en su muslo—. He tenido varias insinuaciones, pero siempre he sabido esquivarlas. La clave es no ceder, pero dejar un resquicio a las esperanzas del tío. Ya sabes, un poco de coqueteo, de seducción para que te dé lo que quieras reconociendo finalmente tu talento, pero sin venderte por ello.

— Ya veo…

A esas alturas, Sara, que ya estaba con predisposición para la calentura, sentía un aumento de su temperatura con fundamento. Oír hablar así a la bella madurita rubia, a la que admiraba en todos los aspectos, tan sexy con su traje de ejecutiva y sonrisa traviesa, había terminado de disparar sus hormonas para que tomaran el control de sus actos; por lo que comenzó a tantear el terreno como meses atrás había hecho con Verónica.

— Yo no sé si me encontraré con tíos así —dijo—. Quiero decir: tíos dispuestos a darme un puesto o un ascenso por echar un polvo con ellos. No creo que yo inspire esas proposiciones… —Fingió modestia y apretó suavemente el muslo de la ejecutiva a la vez que se pasaba la otra mano despreocupadamente por el borde del bikini.

La reacción de Marta presionando la atrevida mano sobre su muslo, y no perdiéndose detalle de cómo los dedos de la otra dibujaban el escote de la estudiante, fue interpretado como una buena señal. «Venga, di algo que me anime —dijo Sara internamente, observando un alentador brillo en los ojos de su anfitriona.»

— ¿Estás de broma? —preguntó la rubia con incredulidad—. Tú tendrás proposiciones de ese tipo continuamente.

— Solo lo dices porque soy joven, no una belleza como tú… —Sara acarició suavemente el muslo de la mujer madura.

— ¡Qué exagerada!, ¡una belleza! —exclamó Marta tras una sincera carcajada—. Y mira quién lo dice: ¡el bombón en bikini! —Sus ojos de miel volvieron a darle un buen repaso.

— ¿Crees que soy un bombón? —La estudiante sintió un vacío en el estómago y el endurecimiento final de sus pezones. «¡Cómo me pones!»—. Bueno, claro, si me presentara ante los jefes de ésta guisa… —Se puso en pie soltando el pareo y se exhibió para la mujer que parecía apreciar sus encantos.

— ¡Buf! Querrían comerte enterita… —Marta se sorprendió a sí misma por su incontenible sinceridad.

— ¿Tú crees que querrían probar esta carne joven? —Sara tomó una mano de su anfitriona y la llevó a su cintura, haciendo que recorriera su curvatura—. ¿Tú querrías probarla?

La mujer rubia no dijo nada, pero tampoco apartó la mano, se la dejó guiar por el sensual talle mientras contenía la respiración.

«No contesta, pero no rechaza —pensó la joven, disfrutando de la caricia que ella guiaba—. Un pasito más…»

— Si tú fueras mi jefa… —insistió soltando la mano. Pero ésta, tras un instante, abandonó su piel desnuda. «Parece que quiere, pero no se atreve.»— Ya, claro, esa situación no va a darse nunca —acabó diciendo—. ¿Cómo voy a ir a currar en bikini?

— Sí, ¡menuda locura! —por fin dijo Marta, como saliendo de una ensoñación—. Pero es verdad que tienes que andarte con cuidado, Sara. Hay mucho cabrón suelto en el mundo de la empresa…

— ¡Por supuesto! No te preocupes —contestó con decepción. «La pierdo, solo era mi imaginación. ¿En qué estaba pensando para creer que seduciría a semejante mujer? Es mayor, inteligente, elegante, guapa, tan sexy… Y casada con el macizorro de Álex… ¡Qué suerte tienen los dos!»—. Me encanta tu traje —terminó comentando con aire inocente—. Esa sí es ropa apropiada para currar. ¿Te importaría dejarme un momento la americana para ver cómo me vería?

— Por supuesto que no me importa, mujer —La ejecutiva también se levantó, alisándose coquetamente la falda del traje al hacerlo, y se quitó la chaqueta para ofrecérsela a su invitada.

Sara no perdió detalle de cómo la brillante blusa blanca, con sus dos botones superiores desabrochados a modo de discreto escote, se entreabría revelando una ligera porción de piel de los bonitos pechos de la cuarentañera, y un sujetador blanco escotado. «La habré perdido porque solo era mi imaginación, pero, ¿será consciente de lo sexy que es? ¡Cómo sigue poniéndome!»

— ¿Qué tal me queda? —preguntó tras ponerse la prenda.

— ¡Perfecta! Debemos de tener casi la misma talla. ¡Está hecha a medida!

— ¿Puedo verme en un espejo? —pidió Sara con juvenil ilusión.

Marta accedió y la guio a la planta de arriba, poniéndola ante el espejo de cuerpo completo de su dormitorio «¡Uf! ¡Qué recuerdos!». Al ya persistente endurecimiento de sus pezones, se sumaron la humedad de su coñito y la explosión de su bomba hormonal.

— ¡Guau! —exclamó al verse—. Sí que me queda bien, en plan: ¡soy la puta ama! —En el reflejo vio cómo la miraba la dueña de la prenda, y percibió mucho más que aprobación—. Sí que debemos tener la misma talla… ¡Es que estamos muy buenas las dos!

La veinteañera comprobó en el espejo cómo a la madurita le brillaban los ojos y se ruborizaba, por lo que las hormonas volvieron a tomar el poder de sus actos para que se girase hacia ella, mostrándole cómo la abertura de la entallada americana azul marino, al no llevar blusa debajo, formaba un vertiginoso escote en el que resaltaba aún más el bikini rojo con sus voluptuosas formas.

— ¿A que estoy sexy así? —preguntó sacando pecho.

— Muy sexy… —confirmó la azorada madurita, escapándosele un resoplido.

— Parezco una jefa salida, en plan peli porno… Y tú eres una auténtica MILF —aseveró la joven, yendo a por todas y dejando a la mujer impactada.

Al igual que hiciera con Verónica meses atrás, la invitada se acercó a su anfitriona y le dio un suave beso en los sensuales labios que tanto admiraba y deseaba.

Marta recibió los dulces pétalos femeninos con incredulidad, pero no hizo ningún amago de rechazo. Simplemente, se quedó paralizada, mirando fijamente a la joven que había despertado una loca fantasía, que una vez se había cumplido, pero que ya había vuelto a enterrar hasta ese momento. Estaba confusa, pero también excitada, al igual que todo el tiempo que había pasado con su invitada, aunque tratara de ocultarlo.

— ¿Nunca te ha besado una chica? —le preguntó Sara, a dos centímetros escasos de su rostro.

— No hay besos más jugosos —contestó rememorando.

La estudiante sonrió con picardía «No era mi imaginación, la atraigo. Duda porque es una mujer casada, como le pasó a su marido… Y también será mía.» Tomó dulcemente el delicado rostro de la belleza dubitativa, y volvió a besar sus labios, pero esta vez sin separarse de ella, acariciando su suavidad y envalentonándose al sentir que era correspondida.

Los labios se acariciaron y recorrieron mutuamente, hasta que Sara soltó el rostro de Marta y la tomó por la cintura, acercándose más a ella, de modo que sus pechos entraron en contacto. Su lengua se aventuró a sumarse a las caricias, degustando la jugosidad de los pétalos maduros y colándose entre ellos para meterse en la cálida boca, donde fue agasajada con un intercambio de salivas en una lenta y sabrosa danza de húmedos músculos degustándose y enredándose.

«Dios, ¡me estoy enrollando con “La pija”! —gritó la veinteañera internamente, pegándose aún más a ella para que sus pelvis se fusionaran y sus pechos se aplastaran mutuamente.»

La cuarentañera por fin dejó de inhibirse. La agarró por las caderas firmemente, y se convirtió en una tórrida amante, besándola erótica y apasionadamente, apretando su pubis contra el suyo, y haciéndole sentir sus pezones como pitones clavándose en sus tetas a través del sujetador y la blusa.

Las manos de Sara fueron al culo de la mujer madura, recorriendo toda su redondeada forma de melocotón y apretándolo apasionadamente para excitarse más al sentirlo bien tonificado. «¡Cómo se nota que se cuida! Tiene el culo durito y respingón, como me gusta… Seguro que se mete unas buenas sesiones de gym.» Y al instante sintió cómo las manos de ella también recorrían sus nalgas, acariciando su piel desnuda donde la parte trasera del bikini no llegaba a cubrir, y apretándoselo del mismo modo para descubrir su juvenil tonicidad. «Uufff… De verdad que no estaba equivocada, la excito tanto como ella a mí…»

Con ese pensamiento, y llegando a la conclusión de que había encontrado un filón en el que su admirada y deseada madurita no se limitaría únicamente a dejarse hacer, la joven subió sus manos recorriendo las sinuosas caderas y cintura para acabar alcanzando los pechos. Mientras besaba la barbilla y el cuello de la rubia, acarició el buen par de tetas, algo más grandes que las suyas, sintiendo la dureza de los pezones bajo la blusa; y con habilidad de sus dedos, desabotonó la prenda, provocando que el empuje pectoral la abriese para ella.

— Uf, Sara, cómo me estás poniendo… —ronroneó Marta con los ojos cerrados, disfrutando de cómo su vecina pasaba la palma de la mano por su cuello y descendía a los pechos, besándole después todo el escote y masajeándole las tetas—. Eres una diablilla, y me vas a quemar…

— Claro que sí, porque eres tan sensual que me invitas a ello, Marta… Quemémonos juntas. —Se quitó la americana prestada, quedándose nuevamente en bikini, y ofreció sus altivos pechos a la rubia, quien los recorrió suavemente con las manos, acariciándolos como si fueran un tesoro que su tacto quisiera memorizar.

Sara, metiendo sus dedos entre los dorados cabellos, la tomó por la nuca, y la incitó a que besara su escote a la vez que comenzaba a oprimirle las tetas para disfrutar de su turgencia. Y la MILF también las besó, con devoción, mientras la joven aprovechaba para desabrocharle el sujetador blanco escotado.

La estudiante disfrutó de la vista de esos pechos con forma de lágrima cuyo buen volumen resistía estoicamente a la edad. Ya los había visto una vez en una pantalla de televisión, mientras hacía sexcasting con su marido y ella era la secreta invitada, y le parecieron preciosos. Ahora, en directo, le parecieron una delicia irresistible, por lo que se lanzó a comérselos tomando un pezón marrón claro con sus rosados labios. Lo succionó, arrancando un erótico gemido, y se amamantó tomando cuanta suave y moldeable carne le cupo en la boca.

— Ummm… Sara… Nunca habría imaginado que te gustaban las tetas… Mis tetas…

— Me encantan las tuyas —contestó pasando a la otra—. Ojalá yo las tenga así de bonitas cuando sea como tú. Están para comérselas enteras. —Se llenó la boca de esponjoso seno, consiguiendo nuevos gemidos de satisfacción.

— Pero soy una mujer casada… Esto no está bien. Y creía que quien te gustaba era mi marido…

— Mmmm… También, ¡y mucho! Ya te dije antes que me gusta la variedad, y sois una pareja cañón. —Volvió a subir a sus anhelantes labios, y la besó metiéndole la lengua bien a fondo, a lo que la rubia correspondió con ardor, agarrándola fuerte del prieto culo.

Enzarzadas en el húmedo y fogoso ósculo, recorriendo sus curvas mutuamente con las manos, fueron desplazándose hasta el borde de la cama.

— El que seas una mujer casada lo hace más morboso, ¿no crees? —dijo Sara, bajando la cremallera de la falda de la ejecutiva para que se deslizara por los sedosos muslos y cayera hasta los tobillos—. Bonitas y elegantes bragas —comentó al observar la prenda de fino encaje blanco.

— Gracias… —La respiración de Marta, junto con sus pezones como pitones de morlaco, denotaba su grado de excitación—. Pero eres una chica…

— Por eso no pasa nada… Solo es una travesura. ¿Nunca has sido traviesa, Marta? —Sara desanudó el lazo posterior de su bikini y le mostró sus hermosos pechos, prácticamente tan abundantes como los de la mujer madura, pero más redondeados y elevados por su juvenil turgencia desafiante a la gravedad, y con unos coquetos pezones rosados que apuntaban directamente a la rubia.

— Una vez…

— Ah, ¿sí? —Le tomó la mano derecha y la llevó a su seno izquierdo para que lo acariciara a piel desnuda. La mano ardía—. Pues creo que ahora quieres volver a ser traviesa, ¿verdad? ¿A ti te gustan mis tetas?

— Son perfectas —contestó Marta acariciando las dos voluptuosidades con fascinación.

— ¿Y te parezco guapa?

— Eres preciosa. —La mujer clavó su incendiada mirada de miel en los ambarinos ojos de la joven, y su brillo se intensificó cuando pasó a la rosada boquita de piñón—. Como te dije antes: eres un bombón.

— ¡Uf!, ¡cómo me pones! —Sara la tomó por la sinuosa cintura y la besó con pasión, haciendo que se tumbara sobre la cama para que todo su cuerpo quedara sobre el de su anfitriona, con los pechos aplastados entre sí y su inflamada vulva sobre la de ella—. Te deseo, Marta, y tú me deseas a mí. Ya no hay vuelta atrás. Dejémonos llevar por nuestros deseos…

— Sí —confirmó la rubia con toda su piel transmitiéndole el ardor interno.

Sus labios volvieron a encontrarse y besarse, y sus lenguas se buscaron la una a la otra con jugosas lamidas; enredándose, jugueteando y acariciándose junto a los suaves pétalos que, en cuanto tenían oportunidad, las atrapaban y chupaban mientras se retorcían entre ellos.

Sara sentía cómo su coñito se hacía agua, con la prenda inferior del bikini restregándose sobre las braguitas de encaje de Marta, mientras ésta, con sus manos libres, recorría todo su cuerpo con cálidas caricias femeninas que exploraban cada centímetro cuadrado de tersa y joven piel, delineando cada sensual curva para hacerla estremecer sobre ella.

«Es una amante experimentada. Y por lo que ha dicho, no es la primera vez que juega con otra tía —pensaba la joven, disfrutando de cómo la cogía el culo y metía sus dedos bajo la prenda roja que le quedaba—. Es tan flipante…»

— Me tienes chorreando —le dijo.

— A ver… —contestó la madurita con su traviesa y sensual sonrisa, metiendo su mano entre los dos pubis para colar los dedos bajo la tela y acariciar todo el jugoso sexo de su invitada.

— Uuuuh… Marta, nos sobra ropa…

La ejecutiva deslizó la roja prenda de baño de la estudiante hacia abajo, y ésta le ayudó para deshacerse de ella, lo que ambas aprovecharon para rodar sobre la cama, de modo que la rubia fue quien quedó sobre la de castaña y rizada melena.

Con sus manos ya libres, fue Sara la que recorrió todo el sensual cuerpo de su vecina, memorizando cada deliciosa curva que la edad y los hijos no habían conseguido mermar en sensualidad; mientras Marta se frotaba sobre ella y presionaba con sus mullidas tetas las de la joven, restregando los puntiagudos pezones con los suyos para hacerla jadear entre tórridos besos cargados de inquietas lenguas.

— Tú también me tienes chorreando —aseveró la cuarentañera.

— Pues hay que aprovecharlo. —Sara le bajó el encaje y volvieron a rodar sobre la cama intercambiando posiciones.

Sus sexos, al fin liberados de las barreras que los separaban, se fusionaron en un húmedo beso que solo dos mujeres pueden darse, mojándose mutuamente y frotándose con resbaladiza lubricación.

«Dios, ¡me está follando “La pija”! —gritó Sara internamente, sintiendo cómo su amante se había entregado por completo al placer y movía sus caderas sobre ella con fuerza.»

Los erectos clítoris de ambas asomaban entre sus congestionados labios vaginales, haciéndose vibrar mutuamente, estimulándose con denuedo, combatiendo un duelo de enloquecedoras sensaciones con cada restregada.

«Joder, ¡me voy a correr ya! —Se desquiciaba Sara—. ¿Quién lo podría creer? No la aguanto, es una diosa… ¡Tengo que follarla yo!» Hizo rodar de nuevo a Marta para ponerse sobre ella, y se incorporó apoyando las manos en el lecho. Aprovechando su flexibilidad, se abrió completamente de piernas sobre las caderas de la ejecutiva, y encajó nuevamente los coños para que sus pepitas pudieran entrar otra vez en contacto.

Con los ojos irradiando fuego, las mejillas arreboladas y los labios húmedos e hinchados por la excitación, la cuarentañera contempló el espectáculo de la hermosa veinteañera dominándola desde las alturas, como hacía su marido cuando se ponía sobre ella; solo que lo que ahora contemplaba era un bello rostro femenino: delicado y afilado con pómulos marcados y fina barbilla, pequeña nariz cubierta con algunas pecas en un cutis suave y juvenil, sonrosados labios perfilando una coqueta boquita de piñón, y grandes y redondos ojos de color ambarino. Todo ello enmarcado por una rizada melena de color castaño claro, de aspecto sedoso, que le caía hasta los hombros. Y en esa posición también podía ver su precioso par de pechos, cuyo volumen parecía mayor en el estilizado torso, redondeados y con los erectos pezones rosados apuntando al frente a pesar de la postura, envidiablemente turgentes por su juventud. Y, por último, podía contemplar el también envidiable vientre plano por no haber tenido aún hijos, con los músculos abdominales ligeramente marcados y una sinuosa cintura que no dudó en agarrar.

Sara bajó y lamió eróticamente los apetecibles labios de su dominada, y volvió a subir ajustando la colocación de la cadera.

— Te voy a follar, Marta, y nos vamos a correr juntas.

— Sí…

La veinteañera comenzó a mecer sus caderas hacia delante y atrás, restregando su mojado coñito sobre el de la cuarentañera, deslizándose sobre la lampiña piel de los labios mayores para que los menores se rozaran y los clítoris se presionaran constatando su dureza.

— Oohh, Sara, ¡qué maravilla! Me tienes a punto…

— Cógeme las tetas, que yo también estoy a punto —ordenó la joven como dueña de la situación.

La madurita obedeció, subiendo sus manos por la cintura para atrapar los balanceantes senos que, por fin, había admitido que le atraían sin remedio; y los apretó con ganas, como su marido y otros antes que él habían hecho con los suyos, disfrutando de su esponjosidad y las moldeables formas que sus delicadas manos femeninas apenas alcanzaban a cubrir.

La joven aumentó el ritmo de sus caderas, entre gemiditos agudos que escapaban de su garganta con cada vibración clitoriana, cabalgando a la yegua con la que algunas veces había fantaseado y que nunca pensó que conseguiría, gozando de cómo le estrujaba los pechos para llegar al punto sin retorno. Y éste llegó cuando Marta alzó sus propias caderas al estallar en un poderoso orgasmo que la hizo gritar y convulsionar de puro placer, lo que provocó que Sara también alcanzara la máxima cota de excitación, corriéndose deliciosamente sobre su montura y coreando su grito de éxtasis.

Ya relajada, descabalgó haciéndose a un lado, cerrando las piernas para que sus ingles descansaran del esfuerzo de apertura, y besó a su inesperada conquista con delicada calma.

— Yo solo pretendía invitarte a tomar un café… —le dijo Marta con una amplia y deslumbrante sonrisa—. Y mira lo que me has hecho… Eres una auténtica tentación.

— La tentación eres tú —contestó tras una carcajada—, invitándome a un café en plan: «Soy un pibón vestido de ejecutiva sexy y quiero relajarme del trabajo, ¿nos relajamos juntas?»

Las dos se arrancaron con unas sinceras risas y volvieron a besarse.

— Me ha gustado mucho hacer esta travesura contigo, ha sido más que relajante —confesó Marta—. Pero ahora me apetece fumarme un cigarrito, y después debería seguir trabajando.

— Claro, claro, lo entiendo —asintió inmediatamente Sara—. Pero, ¿te importa si echo un vistazo a tu ropa mientras disfrutas de tu vicio? —Se le ocurrió de repente—. Me encanta cómo vistes siempre, y en cuanto acabes, me marcharé.

— Pues claro que no me importa, cariño, y menos después de lo que acaba de pasar… Y si ves algo que te guste especialmente, viendo lo bien que te quedaba mi americana hecha a medida, puedo prestártelo para que lo disfrutes tú también.

— Muchas gracias, no quiero abusar. Solo con echar un vistazo me vale.

— ¡Qué encanto eres! —Marta sonrió seductoramente—. No es abusar, te lo ofrezco yo. En la otra habitación están mis armarios, mira y coge lo que quieras, excepto unos leggins negros efecto piel, que son especiales para mí —sentenció con su sonrisa tomando ese irresistible cariz travieso.

«Sé por qué son especiales para ti —pensó la joven, riendo internamente—. Porque son polvazo asegurado con Álex. Ufff… Álex. ¡Vaya par! Con lo formales que se los ve de puertas para fuera… Y mira, ¡me he acostado con los dos!»

La ejecutiva sacó el paquete de tabaco del bolsillo de la americana que había quedado en el suelo, y salió a la azotea particular, dejando a Sara que explorase en la habitación que servía de despacho y vestidor.

La estudiante revisó los armarios llenos de ropa, estaban bien surtidos, con las prendas clasificadas por tipos, y se sintió como una niña en una tienda de caramelos. Le gustaba todo, pero no quiso entretenerse más de la cuenta. Ya había conseguido de su vecina más de lo que nunca habría cabido esperar, y no quería que tuviera que invitarla a marcharse. Esa mañana había sido increíblemente perfecta, y no debía estropearse.

Cuando volvió al dormitorio para coger el bikini y vestirse, se encontró con que Marta entraba de la azotea trayendo consigo la evidencia olfativa del cigarrillo que acababa de fumarse. La joven no era consumidora habitual de ese vicio, aunque sí lo practicaba alguna que otra vez, estando de fiesta con sus amigas fumadoras. Y en ese momento, observando a esa impresionante MILF con su elegante forma de desenvolverse aún desnuda, el aroma del cigarrillo mezclado con el de hembra le resultó estimulante.

Solo con verla acercarse a ella con sus pausados movimientos felinos, sus hormonas volvieron a revolucionarse, haciendo que sus pupilas se dilataran para apreciarla como a una diosa de la feminidad: bella, sensual, poderosa, tan excitante… Su dorada melena ondulada brillaba con el sol de mediodía, con esos coquetos bucles que adornaban un rostro ovalado de pómulos marcados, nariz recta y fina, carnosos labios rosados de contorno delineado por un artista, y grandes y expresivos ojos de color miel con unas largas pestañas negras, de modo que daban a su cara un aire dulce y fiero a la vez. Se notaba que se cuidaba y era asidua a hacer ejercicio, como su marido, puesto que su curvilíneo cuerpo de delicada y sedosa piel clara había superado con nota los rigores de la edad y los embarazos. Sus pechos eran un poco más grandes que los de Sara, más afectados por la fuerza de gravedad, pero hermosos y sorprendentemente turgentes, con unos pezones de areolas morenas que los destacaban para invitar a ser chupados. A pesar de una ligera barriguita, mantenía una sensual cintura curvilínea que terminaba en unas anchas caderas, las cuales daban paso a unos muslos firmemente tonificados en unas largas y estilizadas piernas. Y entre esos muslos, su tesoro femenino se veía pulcro, libre de todo rastro de vello, sonrosado y con los labios pronunciados, tan apetitoso…

— ¿Sabes ya lo que quieres? —preguntó a su invitada, denotando un brillo en su mirada y el esbozo de una sonrisa sensualmente traviesa al no perder detalle de que ésta también continuaba desnuda.

— Sí —contestó Sara tras un suspiro de admiración—. Quiero que te sientes en mi cara —dijeron por ella sus juveniles hormonas.

— ¡Oh! —exclamó Marta con sorpresa—. Sara, cariño…

Antes de que la fumadora pudiese formular su negativa, y con la seguridad de que lo haría solo por conciencia y no por falta de deseo, la estudiante la tomó por la cintura y la besó apasionadamente, siendo inmediatamente correspondida con los jugosos labios y la experta lengua de la madurita yendo al encuentro de la suya. «¡Vuelve a ser mía!»

Enzarzadas en el tórrido intercambio de salivas con el que la veinteañera volvió a sentir los pezones de la cuarentañera punzando sus pechos, las manos de Sara fueron al culo de melocotón de Marta, y se lo agarraron con fuerza, oprimiendo las consistentes nalgas con los dedos para percibir un gemido de aprobación en su propia boca.

Las manos de la rubia también respondieron, acariciando la curvatura de la espalda de su amante y descendiendo hasta su prieto culito para recorrer toda su redondeada forma. «Así, diosa rubia, déjate llevar, que me pones cachondísima…»

Atrapándole la lengua con sus suaves labios y chupándosela para que se retorciera de gusto entre ellos, Sara deslizó su mano derecha entre las dos pelvis que ya se fusionaban, alargando sus dedos para alcanzar el jugoso coño de su admirada.

— Mmmm… —gimió su placer la ejecutiva al sentirse penetrada por dos dedos.

— Estás muy mojada y caliente… ¡Siéntate en mi cara!

La joven sacó sus dedos y los chupó degustando el exquisito sabor salado de la excitación femenina, y se tumbó en la cama invitando a la madurita con un gesto de la mano.

— ¿De verdad quieres que me siente en tu cara? —preguntó Marta, contemplando su hermosa desnudez con una expresión de vicio.

— Sí, ven. Voy a comerte el coño hasta que te corras en mi cara. «Como aprendí con Vero y como me corrí en la cara de tu marido.»

— Ufff, Sara… —resopló su vecina, subiendo a la cama para gatear por encima de ella, dándole una traviesa y exquisita lamida en la almeja, y subiendo con delicados besos por su abdomen y pechos hasta hacer desfilar toda la excitante anatomía sobre su cara; donde situó sus rodillas a ambos lados de la rizada melena, y se incorporó regalándole a su invitada una nueva y espectacular perspectiva de todo su cuerpo.

Sara cogió su tonificado culo y la hizo descender, acercándosele el lacrimoso bivalvo de labios congestionados hasta que se le puso sobre la boca, inundando primeramente su olfato con su embriagador perfume de hembra excitada, y deleitándole después con su sabor cuando sacó la lengua y lo lamió de abajo a arriba.

— Uuuuh…

La joven tiró de las nalgas, e hizo que la madurita terminara de sentarse acoplando el coño abierto a sus labios, y lo penetró con la lengua, poniéndola dura, cuanto su longitud le permitió.

— Aaaah, Saraaahhh…

La lengua comenzó a retorcerse en el interior de Marta, mientras los mullidos labios se presionaban contra madura papaya, y no pudo evitar expresar su goce con profundos gemidos, sintiendo un desquiciante cosquilleo en su vagina que catapultó inmediatamente su excitación.

Sara se folló el exquisito coño con su húmedo y vivaz músculo, metiéndolo y sacándolo con ahínco, haciéndolo girar dentro de la mujer, contorsionándolo y deslizándolo por las saladas y suaves paredes internas que se contraían tirando de él; sin dejar de escuchar la sinfonía de eróticos gemidos femeninos que a su entrepierna le hacía babear mientras sus pezones llegaban al punto de dolor.

Marta apretaba las caderas contra la boca que la devoraba, meciéndolas al ritmo de la lengua de Sara. Y cuando ésta, concentrada en su labor, abrió los ojos, se encontró con el espectáculo de la rubia alzando los pechos mientras se revolvía los cabellos entre desesperados gemidos. Y de pronto, sintiendo cómo el coño parecía querer arrancarle la lengua, la veinteañera contempló cómo la lujuriosa hembra se cogía las tetas y se las estrujaba con fuerza.

— Uuuuuuhhh… —aulló su poderoso orgasmo con el que obsequió a la joven exprimiéndole en la boca su zumo de excelsa excitación.

Sara degustó el manjar obtenido por su excelente trabajo oral mientras Marta levantaba su culo, dejándola respirar a la vez que ella misma trataba de recuperar el aliento.

— Joder, Sara —dijo desde las alturas tras un largo suspiro—. ¡Qué maravilla me has hecho! No sé si seré capaz de devolvértela…

— Seguro que sí —contestó ésta, aún relamiéndose y sonriendo con picardía a la vez que salía de entre los firmes muslos de la madurita.

Se recostaron la una junto a la otra, y la estudiante comenzó a acariciar suavemente la tersa piel de la ejecutiva, recorriendo todos sus contornos y curvas con las yemas de los dedos, deteniéndose en los pezones, que respondieron a las delicadas y sensuales caricias con un nuevo endurecimiento.

— Acabas de correrte en mi boca y vuelves a ponerte cachonda, ¿eh?

— Uf, claro que sí —confirmó la rubia—. Eres preciosa, y tienes unas manos…

Se fusionaron en un apasionado beso con el que Sara le dio a probar el sabor de su propio coño, metiéndole la inquieta lengua y haciendo que se tumbara para ponerse sobre ella.

— ¿Vas a sentarte en mi cara? —preguntó la anfitriona con la respiración ya entrecortada.

— Creo que no… ¿Cuántos años tienes? —le soltó a bocajarro, dejándola descolocada.

— Eso no se le pregunta a una mujer de mi edad, cariño... Pero por ser tú, y lo que me acabas de hacer, no me importa contestarte: cuarenta y dos.

— ¿Más veintiuno que tengo yo?

— Eres tan joven… Suman sesenta y tres —contestó Marta sin entender el sentido de la pregunta.

— ¿Más nuestras tetas y nuestros coños?

— ¿Sesenta y nueve? —dijo con dudas la ejecutiva.

— ¡Una propuesta deliciosa! ¡La acepto!

La cuarentañera rio con la ocurrencia, observando cómo la descarada veinteañera realizaba un giro de ciento ochenta grados sobre ella, enfrentándola a un jugoso coñito sonrosado, de labios hinchados y abiertos, con su erecta pepita asomando y excitante olor a hembra.

Aunque estaba deseando bajar las caderas y plantarle a la rubia su almeja en la boca para que se la comiera, Sara sabía que el nivel de excitación de ambas no era el mismo, pues ella estaba en la cresta de la ola tras haber hecho que la MILF se corriera sentada sobre su cara, y ésta, comenzaba un nuevo ascenso tras el orgasmo disfrutado. Por lo que bajó su cabeza metiéndola nuevamente entre los muslos de su deseada, y le dio una buena lamida a la rajita que comenzaba a abrirse como una flor.

— Uuuuhh… Sara —escuchó sintiendo cómo Marta le agarraba el culo.

Siguió lamiendo y besando poco a poco, estimulando el maduro manjar para que la humedad se hiciera nuevamente presente, y enseguida notó cómo el clítoris reaccionaba endureciéndose para ella, por lo que no dudó en centrar su atención sobre él, palpándolo con la punta de su vivaz músculo.

Ella misma tenía el coño encharcado, pero no necesitó bajar sus caderas, pues fue le ejecutiva quien tiró de su culito, haciéndolo descender para besar su vulva con sus suaves y carnosos labios de mujer, arrancándole un suspiro de pura satisfacción.

La estudiante acarició la erecta pepita con su lengua, arriba y abajo, de un lado a otro y trazando círculos; escuchando gemidos ahogados a la vez que el placer tomaba posesión de todo su cuerpo al sentir en su entrepierna que Marta hacía lo mismo con su enardecido clítoris. «Joder, no sé si se habrá comido un coño alguna otra vez, pero estoy tan salida, que me parece que es una experta… ¡Estoy a punto de correrme en la cara de “La pija”!»

Su ya insostenible estado de excitación la hizo aumentar la velocidad de su lengua y, como respuesta, sintió los mullidos labios de la rubia atrapando su botoncito y succionándolo con fuerza. «¡Oh, Dios!, ¡oh, Dios! ¡Es lo mismo que me hizo su marido…!»

Las succiones continuaron una tras otra, intensamente, convirtiéndose en una auténtica mamada de clítoris, excelsamente placentera, absolutamente insoportable. Marta le sorbió la pepita poniéndosela como un clavo al rojo, chupada a chupada; desquiciándola hasta hacerle levantar la cabeza y arquear la espalda en un brutal espasmo que recorrió su columna vertebral, sumiéndola en un apoteósico orgasmo que la hizo gritar.

— ¡Martaaaaahhh…!

Todo su cuerpo tembló mientras su amante seguía devorando su perla, llevándola al delirio con su bella cara empapada de jugo de hembra extasiada, y la mujer no se despegó de ella hasta que tuvo la certeza de que la catarsis se había completado.

Cuando el terremoto finalizó, a pesar de no haber recuperado aún el aliento, Sara volvió a bajar entre los muslos de su admirada y atrapó su clítoris con la boca para chuparlo con la misma intensidad que acababa de recibir, arrancando profundos gemidos a la madurita, quien no tardó en retorcerse bajo ella y correrse como una loca clavándole las uñas en las firmes nalgas.

— ¡Vaya forma de relajarse del trabajo! —comentó Marta después de que Sara se diera la vuelta para besarla y compartir sabores.

— Nunca un café me había sabido tan rico —contestó la joven entre risas—. Gracias por invitarme, ha merecido la pena dejar la piscina por ésta mañana. —Volvieron a besarse, aunque la anfitriona no quiso alargarlo de nuevo.

— Ahora sí que debería volver a trabajar, y Álex no creo que tarde en venir, que hoy hacía jornada continua. Si nos encuentra así… —La cuarentañera se levantó para ponerse la ropa interior.

— ¡Lo mismo quiere unirse! —exclamó Sara con desparpajo, levantándose también para ponerse el bikini.

— Lo mismo… —El tono de Marta fue mucho más serio y pensativo de lo que la estudiante habría esperado—. Sara, esto…

— Sí, lo sé, ha sido una travesura entre nosotras… «Si supieras que también he hecho travesuras con él…» No te preocupes, lo entiendo. Ahora te dejo trabajar, que no me gustaría que tuvieras problemas por mi culpa. —Le dio un piquito de despedida.

— Eres un encanto… gracias.

La veinteañera se dirigió a la planta de abajo para recoger el pareo, las chanclas y la bolsa de la piscina, y salió del dúplex dejando a la madurita con sus pensamientos mientras ella iba sumida en los suyos de vuelta al césped.

Extendiendo la toalla antes de darse una ducha y un baño que eliminase cualquier resto de calentura y exquisito sexo inesperado, no pudo evitar echar un vistazo hacia la terraza del piso que acababa de abandonar. Allí vio a la mujer rubia, de nuevo con la blusa, fumándose un cigarrillo. Sara la saludó con la mano, pero ésta no la vio; exhalaba suavemente humo blanco con aire distraído, mirando en lontananza.

«Supongo que tiene mucho en que pensar —se dijo la estudiante mientras se refrescaba bajo la ducha previa al baño—. Le ha puesto los cuernos a su marido, con una tía, y de una edad que podría ser su hija… Dicho así, suena tan loco… Pero ha ido todo tan bien y fluido… “La pija” entiende, aunque esté casada con el macizorro de Álex. ¡Uf!, ¡qué ganas de comerle la polla después de haberme comido a su mujercita! A ver qué pasa con ellos a partir de ahora… ¿Volveré a repetir con alguno de los dos? Vero se ha ido, pero puede que tenga un buen entretenimiento éste verano.»

Con un chapuzón en el agua de la piscina, cualquier pensamiento de incertidumbre, preocupación o nueva esperanza salió de la mente de Sara. Al fin y al cabo, solo era sexo y ella era muy joven, por lo que solo el día a día, o incluso el minuto a minuto, contarían para ella. «Aunque la segunda vez que estuviste con Álex, sentiste algo —le dijo una voz interna cuando salía del agua—. Y siempre has admirado a Marta, y hoy te ha deslumbrado… ¡Buena suerte!»

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