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Y los sueños, sueños son. - Cap. 2

Joan llega a Los Ángeles pensando que solo cambiaría de país, pero la libertad de California y la aceptación de su tío Felipe le abren las puertas a una vida de descubrimientos sexuales y académicos que nunca imaginó.

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Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Joan – (Nuevo amanecer)

Después de ese día y una vez superado el funeral de mi madre, Felipe regresó a Los Ángeles, no sin antes dejar pagada mi matrícula para los próximos 5 años en los cursos de inglés de la American School de Barcelona, por lo que durante todo ese tiempo, y no con poco esfuerzo, logré alcanzar un nivel de inglés-americano casi perfecto.

Tal como pronosticó mi tío, a los 10 meses nos concedieron una suculenta indemnización por lo del accidente, y nos mudamos a un viejo, pero enorme piso de estilo modernista catalán en el “eixample barcelonés” que mi padre compró. Él se encargó de reformar todo su interior hasta dejarlo perfecto para vivir cómodamente, convirtiéndolo en nuestro nuevo hogar.

La vida siguió, aunque todo no fue un camino de rosas, ya que mi padre no podía con la carga del dolor por la infidelidad de mi madre y se pasaba todas las noches ahogando su llanto para que no lo oyera. Personalmente tardé más de tres años en que ese dolor residente en mi interior quedara neutralizado y que aparentemente desapareciera. Por desgracia para mi padre no fue así.

Con 12 años sucedió otro hecho que marcó mi vida, en este caso muy positivamente. Estaba en 7º curso de la EGB (Enseñanza General Básica) de la época, cuando en una salida escolar visitamos la oficina principal de una entidad bancaria. Allí nos mostraron la sala de servidores de computación que controlaba todas las operaciones del banco, según las apasionadas explicaciones de aquel hombre que nos guiaba por las instalaciones. Aquello me fascinó de tal manera, que decidí que dedicaría todos mis esfuerzos a estudiar y aprender todo lo relacionado con ese mundo de ceros y unos. Había encontrado mi vocación.

El tiempo transcurría rápidamente y nos encontrábamos en un caluroso agosto donde en España se estaba celebrando el mundial de fútbol del 82, Barcelona estaba revolucionada con la expectación del Mundial mientras yo, con mis 15 años de plenitud adolescente, recién terminado el 2º de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), buscaba algún trabajillo para ganar algo de dinero que traer a la casa, ya que mi padre había dejado de currar 10 meses atrás. El estado de nuestras finanzas, sin ser preocupante aún, necesitaba de alguna aportación de forma relativamente inmediata.

Los dos últimos años había sido un infierno de convivencia con papá, convertido en un alcohólico que dilapidaba en licor cualquier billete o moneda que caía en sus manos. Entonces fue cuando decidió que ya no quería seguir en este mundo, dejar de alargar su agonía y… murió.

En realidad, decir que murió es un eufemismo ya que se suicidó arrojándose a las vías del Metro después de 5 lastimosos años de sufrimiento y dolor por la muerte y la infidelidad de mi madre, que corrompió su alma hasta el punto de convertirlo en un despojo humano hundido en un pozo de mierda del que, a pesar de mis constantes esfuerzos, no conseguí salvarlo.

Me entristece reconocerlo pero me sentí aliviado por su muerte, que dejase de sufrir de una vez y se reuniera con mamá para intentar tener un cierre donde sea que estuviesen.

Ahora estaba totalmente solo frente al mundo, un chico de mi edad sin padres ni familiares cercanos, con miedo a que me obligasen a ir a algún centro de acogida para menores hasta mi mayoría de edad.

Pero una vez más apareció la figura de mi tío Felipe al rescate, que nada más conocer la muerte de su hermano voló de urgencia a Barcelona. Cuando llegó a casa me abrazó con fuerza mientras los dos llorábamos y no tardó en empezar a ocuparse de todo con asombrosa diligencia. En estos cinco años trascurridos desde la última vez no había cambiado demasiado, sus casi cuarenta años parecían bastantes menos y se mantenía en una forma y apariencia excelente.

Una vez finalizado el funeral de papá, mi tío empezó los trámites para convertirse en mi tutor, que en cuestión de un mes consiguió. Con la tutoría oficialmente registrada y aprobada, Felipe me propuso irme a vivir con él y su pareja en Los Ángeles, asegurándome que se encargaría de mi educación y que después de acabar los dos últimos grados de la preparatoria norteamericana, podría ir a la universidad a estudiar la carrera que yo escogiera.

Nada me ataba aquí en ese momento y pensé que iniciar una nueva vida en otro país serviría para hacer borrón y cuenta nueva, olvidarme de las tragedias vividas con mis padres y formarme para el futuro. Además, tener la oportunidad de poder hacerlo en EEUU era un sueño y un privilegio al que no podía renunciar.

Solventamos el tema de mi pasaporte y del visado para poder residir allí, Felipe tenía contactos en el consulado americano de Barcelona, movió esos hilos, visitó la embajada en Madrid y pudo resolverlo en un par de semanas. Quedaba decidir qué hacer con el piso que ahora era de mi propiedad. Mi intención era venderlo y obtener dinero para pagar mi estancia y educación en los EEUU, pero mi tío no me lo permitió, dijo que de eso se ocupaba él y que lo mejor era poner el piso en alquiler e ir acumulando capital para el día que volviese a Barcelona, además seguiría manteniendo mi patrimonio y un buen lugar donde vivir aquí si fuese necesario.

Y llegó el día en que aterrizábamos en el Aeropuerto Internacional de los Ángeles después de un largo y agotador viaje Barcelona-Madrid-Nueva York – L.A. A la salida nos esperaba el chófer de uno de esos inacabables coches americanos, que saludó efusivamente a mi tío y nos pusimos en marcha hacia la casa donde habitaría los próximos años de mi vida.

El trayecto hasta Santa Mónica fue de casi una hora cuando en realidad se podría hacer en menos de 20 minutos, lo que me constató que el tráfico en Los Ángeles era demencial. Pero eso no me importó ya que disfruté observando a derecha e izquierda embobado con la novedad e inmensidad de todo lo que pasaba por delante de mis ojos.

La siguiente impresión fue entrar en la mansión donde vivía mi tío. Aquello era de película, jardines, piscina, pista de tenis, un pequeño campo de golf de tres hoyos, y una enorme casa de dos plantas ligeramente elevada que facilitaba unas increíbles vistas al mar. En la escalinata de entrada a la casa nos esperaba un hombre muy atractivo de edad parecida a la de mi tío, alto, rubio, con pinta atlética y una sonrisa de dientes tan blancos que brillaban compitiendo con el radiante sol de ese día. Era el auténtico prototipo del guaperas norteamericano rico.

Felipe subió los seis escalones de dos en dos y se lanzó literalmente a los brazos de ese hombre y le plantó un morreo de filmoteca que duró lo que me pareció una eternidad. Yo los miraba alucinado con los ojos abiertos, no porque me pareciera mal lo que estaban haciendo, más bien por la sorpresa de descubrir que mi tío fuese homosexual y el haber asumido que cuando hablaba de su pareja se refería a una mujer. Tampoco estaba acostumbrado a ver nada parecido en los círculos de amistades por los que me movía en Barcelona.

Al terminar esa muestra tan efusiva de amor vinieron las presentaciones. La pareja de Felipe se llamaba Michael y me cayó súper bien nada mas conocerlo. Estuvieron mostrándome toda la casa y la que sería mi habitación, que era casi tan grande como todo el pisito de alquiler donde de pequeño vivía con mis padres. Felipe se extrañó de que desconociese su homosexualidad, convencido que papá me lo hubiese explicado alguna vez, cosa que evidentemente no sucedió jamás.

Decidimos comer algo ligero e irnos a dormir temprano ya que Felipe y yo estábamos cansados del jet lag y de tantas horas de viaje. Ya habría tiempo mañana para conocernos mejor y planificar mi futuro inmediato.

Al día siguiente bajé a la cocina y me encontré a la pareja dando buena cuenta del típico desayuno americano al que me invitaron amablemente. Mientras desayunábamos observaba como se miraban entre ellos y descubrí la misma mirada de amor que de niño veía en mis padres. Puede parecer estúpido por mi parte, pero el ver la actitud claramente masculina de esos dos, rompía mis esquemas cognitivos de lo afeminados y “mariquitas” que debía ser necesariamente cualquiera que perteneciese al colectivo gay. Está claro que esto no es así, pero eso creía yo debido al bagaje cultural inculcado en mi país y en esa época.

Michael me felicitaba por mi buen inglés y le expliqué el porqué de esa circunstancia.

- Es gracias a Felipe, que me inscribió en la American School 5 años atrás y me he esmerado en sacarle provecho. Siempre se lo agradeceré y prometo devolverle el dinero utilizado.

- Ni sueñes que tu tío te permita hacer eso…jeje– decía Michael mirando a Felipe – en cualquier caso, es una inversión muy bien empleada y has demostrado ser merecedor de ella. Además, como puedes ver el dinero no es un problema para él.

- Bueno… supongo que para ti tampoco es un problema.

- Jajaja… no te confundas que el de la pasta es tu tío – Michael se reía con ganas – yo solo soy un parásito que lo exprime y que vive a costa suya… jajaja.

- No le hagas caso Joan, Michael es uno de los talentos más prestigiosos en la programación de software de este país – decía orgulloso mi tío -…. Aunque es verdad que aquí el que gana pasta gansa soy yo… jejeje.

Los dos se partieron de risa ante mi cara de estupefacción. Luego me explicaron que mi tío se había convertido en uno de los contratistas de obras y reformas más importantes de la zona. La mayoría de mansiones que las estrellas de Hollywood tenían en Beverly Hills, las había construido o reformado la empresa de mi tío. Yo sabía que se dedicaba al gremio de la construcción, pero no a ese nivel.

La revelación de que Michael era un reputado programador de software me dejó fascinado. Ilusionado les conté que ese era el ámbito que me cautivó desde pequeño y que era en lo que quería formarme en la universidad. Michael me explicó que trabajaba de forma independiente y que prestaba sus servicios a las mayores corporaciones informáticas del país. Me prometió su ayuda guiándome en mi aprendizaje, y en la práctica efectiva con los lenguajes de programación, todo ello en paralelo a mi formación universitaria.

Ese primer día continuaron las revelaciones. Felipe me contó por qué se marchó de España con tan solo 17 años, repudiado por mis abuelos y por todo su entorno a excepción de mi padre. Tras una adolescencia repleta de muchas dudas y contradicciones en su interior, por fin había descubierto que su sexualidad no estaba acorde con su género según los cánones normalizados de la época. Se enamoró perdidamente de un compañero del instituto, procedente de una familia ultra católica con mucho dinero. El caso es que fue correspondido en ese amor y no tardaron en dar rienda suelta a lo que sus cuerpos y hormonas les pedían. Pudieron mantener esas relaciones, cada vez más apasionadas, durante unos meses, hasta que el hermano mayor de su amado los pilló en pleno fornicio homosexual.

Se li parda en la familia ricachona, y el hijito gay, viendo la que le caía encima, no se le ocurrió otra cosa que decir que Felipe le había forzado a dejarse dar por culo y allí empezó el infierno para mi tío. La familia hizo intervenir a la policía, que en los años 60 tenía tolerancia cero con los “degenerados maricones”. Llevaron a Felipe a la comisaría de Vía Layetana y durante tres días con sus tres largas noches, lo estuvieron “interrogando” para obtener su confesión por intento de violación además de aplicarle la ley de vagos y maleantes antisociales. En las 72 horas que estuvo retenido no consiguieron arrancarle nada más que dos dientes, un dedo roto, dos costillas hundidas y los dos ojos hinchados de las hostias que le dieron. No había ninguna prueba contra él ni tampoco les importaba demasiado demostrar nada, pero se contentaron con darle un escarmiento al degenerado.

Al soltarlo, la noticia se esparció con rapidez en el instituto, en el barrio, en el trabajo de sus padres. Todos se enteraron de que Felipe era un “maricón de mierda” y empezó el acoso a todos los niveles.

Su padre perdió el trabajo porque la familia del otro chico movió sus influencias para forzar su despido, y su madre fue “invitada” a abandonar la parroquia y el taller de costura donde echaba algunas horas retocando vestidos, culpándola por haber engendrado a un depravado. Luego vino la persecución en el instituto, con agresiones continuas de las que se defendía como podía peleando siempre contra 5 o 6 tíos. Esto se acabó el día que su hermano Manel, mi padre, que tenía tres años más que él y que había dejado los estudios para ponerse a trabajar, se le unió a la hora de repartir tortazos y se quedaron solos, quitándoles las ganas a esos gilipollas machitos de volver a meterse con el “mariquita”.

Pero mi tío recibió un nuevo revés cuando sus padres, mis abuelos, lo repudiaron y echaron de casa. Manel intentó convencerlos del error que estaban cometiendo con su hermano pequeño, pero nada les hizo cambiar de opinión. La presión social y la falsa moral pudo más que el amor a su hijo.

A medida que Felipe me iba contando esa cruel historia, mi estómago se revolvía con mayor intensidad, y la rabia me invadía por la crueldad de las personas y de una sociedad retrógrada e hipócrita.

Mi tío, sin hogar ni dinero, sin padres ni amigos, desapareció y fue a buscarse la vida por las calles del barrio chino de Barcelona. Estuvo ejerciendo de “chapero” por las zonas oscuras de la estación de Francia, ofreciendo su culo y chupando pollas para ganar alguna peseta con que pagar una cochambrosa habitación donde dormir y algún bocado que llevarse al estómago.

Todo esto le condujo hacia una terrible depresión y a una falta de autoestima que derivó en un cambio peligroso hacia una conducta autodestructiva. Decidió que ya no quería seguir viviendo y se dispuso a suicidarse.

Por suerte mi padre le encontró antes de que tuviese oportunidad de hacerlo, y a base de muchas conversaciones, lloros, y de vaciar juntos decenas de botellas de vino, le convenció de que tenía que reconducir su vida, aunque fuese lejos de allí. Le dio a su hermano pequeño los pocos ahorros que tenía para que pudiera largarse de España, a donde fuese, pero lejos de todo aquello.

Un año más tarde y después de un periplo por varios países, aterrizó en Los Ángeles. Allí, tras mucho sufrimiento y esfuerzo, encontró las amistades adecuadas que le ayudaron, demostró su compromiso con el trabajo y una gran confianza en sí mismo y en su valía, pudo construir los cimientos de su nueva vida y crecer personalmente hasta llegar a día de hoy. La ironía del destino fue que él logró superar una dramática situación que Manel, su hermano salvador, no consiguió.

Cuando Felipe terminó su relato vital, mi sentimiento de unión con él aumentó al extremo, y le agradecí su sinceridad al abrirme su corazón de esta manera. Le prometí que a partir de ese momento trabajaría con esfuerzo para ser merecedor de su confianza. Ese fue el pacto y siempre lo cumplimos.

El primer día que empecé el 11er grado (o júnior) de la preparatoria en una High School de Santa Mónica fue muy divertido. Todo era una novedad para mí, las instalaciones, los estudiantes y profesores, las materias y como se impartían, así como la forma de interactuar con los compañeros. Me adapté rápidamente y pronto me di cuenta de que las relaciones con el género opuesto eran muy diferentes a las que estaba acostumbrado en Barcelona. Mi pobre experiencia de relaciones con las chicas consistía en varios morreos con lengua y algún sobeteo de tetas con poca destreza. Y eso era todo.

Pero en California las chicas eran… eran… digamos que mucho más “abiertas”, con esto no quiero decir que fuesen facilonas, simplemente era que las californianas vivían lo de enrollarse con chicos con mucha más naturalidad. No tardé en relacionarme con varias jóvenes de mi clase con una mayor profundidad, y al finalizar el grado ya me habían hecho un montón de mamadas, pajas y algún amago de penetración, aunque manteniendo mi virginidad intacta. También aprendí a hacer buenos orales y manuales, dejando bien alta mi reputación entre el colectivo femenino de la High School. Con ese bagaje y unas notas excelentes acabé el curso.

Mi pleno estreno sexual no se produjo hasta casi finales del 12do. grado (o senior) de la preparatoria, donde una bonita chica de rasgos asiáticos decidió que era buen momento para convertirme en un “hombre de verdad”. Me llevó a su casa aprovechando que sus padres estaban de viaje durante todo el fin de semana, con la sana intención de desvirgarme. No hubo demasiados preliminares, me quería follar y lo hizo, vaya que si lo hizo.

Los dos primeros polvos fueron… digamos que mediocres, donde quedó patente mi manifiesta inexperiencia, pero ella no se rindió en su empeño de mejora continua, y yo descubrí que mi potencial sexual estaba a muy buen nivel. Al cuarto polvo ya tomé las riendas de la situación y al parecer no lo hice nada mal. Desde la tarde del viernes hasta la mañana del domingo rellené los 12 preservativos de la caja que Liu (así se llamaba la chica), encontró en la mesita de noche de su madre. Y puedo asegurar que ese fin de semana no solo me corrí dentro de los condones. Liu acabó destrozada al igual que yo, pero me dijo que conmigo había tenido los mejores orgasmos de su (corta) vida.

El domingo regresé a casa con la polla en carne viva y el ego más hinchado que un pavo el día de Acción de Gracias. Mi tío y Michael me esperaban expectantes como “dos marujas” para que les contase como había ido mi cita iniciática con esa chica. Les conté toda la experiencia vivida sin entrar en detalles concretos, y me abrazaron muy contentos de que ya hubiera un hombre más en casa. La situación me pareció un poco surrealista, pero me enorgullecí del nivel de confianza que habíamos cultivado entre los tres.

El caso es que Liu debió quedar muy satisfecha de mi desempeño en la cama (la de sus padres), y no tardó en ingeniárselas para repetir nuestros encuentros aunque no fueron tan maratonianos como el primero. También hizo correr la voz entre sus cuatro mejores amigas de lo contenta que estaba con mi polla y del placer que le daba, así que en menos de tres semanas y casi sin darme cuenta, me las había follado a las cuatro, o mejor dicho, ellas a mí. Incluso tuve una experiencia alucinante cuando dos de ellas unilateralmente, decidieron compartirme en un fantástico trio. Una nueva experiencia más en mi mochila.

Con todo esto, terminé la preparatoria con unas calificaciones inmejorables y me matriculé en la universidad de UCLA, iniciando mi periplo de aprendizaje en el apasionante mundo de la computación. Aquello suponía alejarme de mis fantásticas compañeras sexuales de la preparatoria, incluida Liu, de la que siempre guardaría un magnífico recuerdo, pero posiblemente abría la puerta a estrenar una nueva etapa con otras chicas. El tiempo lo diría.

N. A.: Se agradecen vuestros comentarios y valoraciones – gracias por leer.