Una visita transgresora a la mazmorra
Teresa siempre ha mandado en la oficina, pero esta noche el mando tiene otro sabor. En la oscuridad de la mazmorra, cada orden suya es una sentencia y cada gemido de Ernesto, una prueba de lealtad. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar él para complacerla?
Ernesto y Teresa se conocieron por casualidad. Tomaban café en una cafetería cercana a sus respectivos trabajos y una mañana, la camarera, que era amiga común de los dos, los presentó y comenzaron a charlar de cualquier tema que en ese momento fuera actualidad.
Tomaron café varias mañanas y un día, por cualquier motivo, hablaron de comer juntos y al día siguiente lo hicieron. Esa comida fue el penúltimo contacto que tuvieron antes de las vacaciones de verano, el último fue un mensaje que se enviaron comentando lo agradable que había sido la comida y que, a la vuelta de verano, repetían.
Y efectivamente, así fue. A primeros de septiembre, ambos se buscaron mutuamente por WhatsApp para ver qué tal habían sido sus respectivas vacaciones familiares, Teresa con su marido y Ernesto con su mujer e hijos, y saber cuándo volvían al trabajo para retomar los cafés juntos de por la mañana.
Desde un primer momento, la confianza y buen rollo entre los dos fue alta, así que, un día, cuando Ernesto terminó una de sus maratonianas jornadas de trabajo y clase, llamó a Teresa por si se animaba a tomar algo antes de ir a casa. A Teresa le gustó la idea y quedaron en un sitio en la antigua calle del Capitán Haya, donde se tomaron una copa.
Aquella primera copa sirvió para que Ernesto pusiera a Teresa sobre la mesa el tema de la dominación y la sumisión bajo el nombre de la erótica del poder. La apariencia que daba Teresa era de mujer dominante, por lo menos en lo relativo a cómo manejaba las situaciones que se le creaban en el trabajo y en las que siempre tenía una idea clara que llevar a cabo, dominaba la situación e imponía su decisión al resto, de lo cual se jactaba. Teresa trabajaba en una empresa de servicios a particulares y tenía que lidiar con gente muy variopinta y coordinar, en muchos casos, varias personas para que estuvieran a una hora en un sitio para prestar un servicio concreto para uno de sus clientes. Teresa manejaba a todos los implicados con mano de hierro.
Cuando Ernesto habló a Teresa de la erótica del poder, de los juegos de dominación en el ámbito del sexo, sin decir nada concreto, dejó entrever que había hecho alguna indagación con su marido en lo que podríamos denominar sexo alternativo, pero todo lo relacionado con el BDSM o sadomasoquismo le parecía, textualmente dijo, un mundo sórdido. Sin embargo, a medida que Ernesto fue comentando situaciones, juegos y detalles de lo que podría ser una cita entre un dominante y un sumiso, fue despertando en ella más y más curiosidad.
A los pocos días de aquella primera copa, surgió la segunda de la misma forma: una llamada telefónica a media tarde para verse en Capitán Haya y tomar algo, a lo que Teresa accedió encantada, y en aquella segunda copa llegó el primer beso, los primeros roces…y a casa.
El café de la mañana siguiente fue extraño, ambos estaban cortados o ligeramente avergonzados, pero después de aquel café, esa misma tarde hubo otra copa, y algún beso más, con sus roces correspondientes.
Además de los cafés, alguna comida y alguna copa, la comunicación entre ellos por WhatsApp fluía con facilidad, a lo largo del día por comentar cosas puntuales, y por las noches, sobre todo cuando no se veían, para hablar de “sus cosas”, principalmente, la erótica del poder.
Una noche a Ernesto se le ocurrió la feliz idea de contarle una fantasía de un hombre dominante y su sumisa y a Teresa aquella historia la terminó de convencer de que el BDSM, lejos de ser algo sórdido (que lo puede ser si los implicados los son) podía ser una opción morbosa, erótica y muy placentera sobre la que avanzar. Pero ella quería avanzar de otra forma, entonces pidió a Ernesto que le contase una fantasía de una mujer dominante y un sumiso, a lo cual Ernesto accedió, denominando, “casualmente”, Teresa a la mujer dominante y Ernesto a su sumiso.
Las fantasías iban encendiendo la mente de Teresa, que solía “ordenarle” por las noches que le narrase alguna fantasía.
Así, sin pausa, pero sin prisa, la confianza y los vínculos iban aumentando y Teresa empezó a coger la costumbre de llamar “esclavo” a Ernesto cuando se veían por las tardes después de trabajar.
Un día a Ernesto, bicheando por internet, se le ocurrió buscar mazmorras en Madrid y encontró varios locales que se podían alquilar por horas. Acto seguido, comunicó su hallazgo a Teresa mandándole enlace de uno de ellos y proponiendo ir una tarde. Aquel día se vieron en Capitán Haya por la tarde y tomaron su copa habitual viendo las imágenes de aquella mazmorra y las cosas que podrían hacer allí, mucho más variadas y excitantes que las que hacían en aquel bar. En un primer momento Teresa no parecía muy dispuesta o le daba cierto reparo, pero finalmente, “ordenó” a Ernesto hablar con la gente del local y ver precio, disponibilidad…
Y eso hizo. Llamó al móvil que había en la web y habló con un hombre muy majo que le dio todo tipo de facilidades para hacer una visita a su mazmorra. Y, entre unas cosas y otras, a la semana siguiente, cuadraban sus agendas para la primera cita en aquella mazmorra.
La primera cita o sesión fue muy bien pero, como era de suponer, con muchos nervios e incertidumbre. Hubo nervios, risas, dolor, placer…pero la química entre ambos fue increíble.
Y después de aquella primera sesión, hubo una segunda, una tercera…Teresa se fue afianzando en su papel de Ama y Ernesto, como switch, de momento, disfrutaba de su papel como “esclavo”, aunque siempre tiraba la caña de que un día iba a dar la vuelta a la tortilla y someterla. Poco a poco, en las sesiones fueron introduciendo juguetes, prácticas, rebasando límites y el placer de la Dominación/sumisión alcanzaba niveles impensables pocos meses atrás.
Después de esta pequeña introducción para contextualizar a los protagonistas, llegamos a la cita elegida para dejar aquí como primer relato, y que continuará con otras citas y situaciones, morbosas, eróticas, excitantes y muy ilustrativas del concepto Ernesto tiene del BDSM. Todas las situaciones, experiencias, juegos…están basadas en un 90% en hechos reales, dejando un 10% a la imaginación. El objetivo es que el lector haga suyo todo lo aquí narrado, mental y, si es posible, físicamente.
Ernesto pasó a recoger a Teresa por su casa. Era verano y tenía jornada intensiva, lo que les permitía verse antes, ir a la mazmorra antes y hacer todo con más calma. Habían quedado en su casa a las 17:30, así que tuvo tiempo para comprar una botella de Ribera para amenizar la tarde en la mazmorra y, puntualmente, estaba esperando a su Ama.
Teresa bajó puntualmente. Llevaba un pantalón negro, zapatos de tacón, una blusa clara y su bolso, su enorme bolso en el que llevaría el “Bolso de la Señorita Pepis”, un saco de tela con todos los juguetes.
Teresa siempre estaba nerviosa antes de las citas para ir a la mazmorra, así que se sentaba en el coche e iba en silencio hasta que Ernesto la increpaba con cualquier tontería exagerada con su humor negro. Se metía con sus nervios, o con el color del pantalón, con las torturas que tenía pensadas…y, en un momento dado, Teresa se reía y los nervios empezaban a disiparse. A partir de ese momento, charlaban de cualquier cosa, trabajo, actualidad, familia o, si a Teresa se le había ocurrido alguna cosa para la mazmorra, daba las indicaciones que tenía en mente.
Las primeras citas en la mazmorra, Teresa se comportaba muy seca, altiva y borde, pero a partir de la tercera o cuarta tarde/noche de mazmorra, su actitud en la mazmorra cambió y sin dejar de ser exigente con su esclavo, pasó a un perfil que mezclaba sadismo, dulzura, ironía y humillación en el trato a su esclavo.
Aquel día, cuando llevaban la mitad del camino recorrido, aproximadamente, Teresa se sentó de lado en el asiento del coche y mirando fijamente a Ernesto comenzó a hablarle:
- Ernesto…
- Dime, Teresa
- Uy! “dime, Teresa” jajajajaja. ¿Es esa forma de dirigirte a tu Ama?
- De momento -respondí- estamos en el coche, así que…
- No, no… desde ahora mismo, cada vez que me dirija a ti contestarás “Sí, Ama”, y responderás u obedecerás en función de lo que te diga.
Ernesto respondió el preceptivo “Sí, Ama”, como se le había dicho. Por lo visto, venía dispuesta a ser dulcemente cabrona, aunque todo estaba por ver y suceder.
Teresa puso una mano sobre el brazo derecho de Ernesto mientras conducía, y con un dedito comenzó a rozar su pecho y más concretamente un pezón mientas siguió hablándole:
- Ahora cuando lleguemos a la mazmorra, mientras saludo a la recepcionista, coges dos botellas de agua fría, las bajas junto al vino, abres la botella y esperas a que te llame, y cuando lo haga, subes con tu Ama, ¿lo has entendido?
- Sí, Ama.
- Como te he dicho, desde ahora mismo, no quiero oírte ni respirar, excepto para decir “Sí, Ama”, cuando te haga alguna pregunta o te ordene algo, ¿entendido también?
- Sí, Ama
- Y si no lo has entendido, o se te olvida o pasas de tu Ama, tendré que castigarte para que aprendas.
La última frase la dijo rozando con sus labios la oreja de Ernesto en tono bajo y amenazante mientras siguió jugueteando con su dedito en su cuerpo.
Llegaron a la mazmorra y en la segunda vuelta a la manzana consiguieron aparcar, así que, sin más dilación, fueron la vuelta a la calle y llamaron a la puerta. Abrió María, la misma chica de siempre, que los conocía de sobra, y mientras Teresa le daba el dinero de la reserva y charlaban, Ernesto cogió dos botellas de agua fría de la cámara y las bajó junto con el vino.
La mazmorra tenía una planta superior al nivel de la calle y un sótano grande, donde desarrollar toda la acción, compuesto por un aseo al llegar abajo, una sala central con sofá, trono de madera, cama XL, potro de tortura, Cruz de San Andrés, puntos para suspensiones, jaulas…y una ducha gigante.
Ernesto dejó las botellas de agua en la mesa baja que hay junto al sofá y abrió el vino mientras esperaba que Teresa le llamase. Escuchó que se despedían y poco después Teresa le llamó para que subiera.
Cuando Ernesto llegó arriba, Teresa estaba apoyada en la barra de bar que hay a la entrada, seria y esperando la mirada fijamente y Ernesto, al subir el último peldaño, la miró y permaneció de pie con las manos a la espalda y pronunció un “sí, Ama, poniéndose así a su disposición.
- Prepara un vaso con hielo y coges también mi bolso y bajas todo.
Contestó el preceptivo “Sí, Ama” y bajó, ahora ya detrás de ella, que tras la orden se fue hacia abajo.
Cuando llegaron abajo, Teresa cogió el bolso y sacó de dentro el saco de tela con los juguetes, el “Bolso de la Señorita Pepis”, y se lo dio a Ernesto para que sacase todo del saco y lo colocase en la mesa, junto al vino, el agua… Colocar los juguetes en la mesa no tenía la categoría de protocolo 1º, pero estaba cerca. Mientras lo hacía, Teresa le observaba cruzada de brazos sonriente y cuando terminó, podríamos decir que dio comienzo la sesión.
Teresa se sentó en el Trono de madera y le pidió que le llevase una copa de vino y una vez lleguó a ella le ordenó que le diera el vino de su boca “sin que callera una sola gota”. Ernesto bebió un sorbo de vino y se lo dio, boca a boca, a Teresa. Este juego del vino, de nuevo, sin ser el protocolo 2º, podría serlo, porque a Teresa le encantaba ese juego.
Cuando Teresa no quiso beber más, ordenó a Ernesto llevar la copa a la mesa y volver hacia ella. Teresa le miraba fijamente con media sonrisa, que rompió para “comenzar el juego”.
- Quiero que te quites los zapatos, los calcetines y los pantalones y te quedas de pie junto al sofá.
Contestó según sus indicaciones y, mientras cumplía su orden, Ella paso al aseo. Al salir, caminando despacio, se acercó hasta él.
Ernesto estaba de pie y frente a él tenía toda la sala, Teresa llegó a por su izquierda y se quedó de pie justo delante para comenzar a estirar o colocarle la camisa, que junto a los calzoncillos era toda su indumentaria, y rozar con sus uñas sus pezones. Ya habían tenido unas cuantas citas y Teresa sabía perfectamente que estaba jugando con una de las zonas erógenas más sensibles de Ernesto.
- Ernesto, ya sabes que no quiero que hagas el más mínimo ruido, ni que digas nada, pero quiero dos cositas más. ¿Vas a complacer a tu Ama? -dijo con voz melosa-.
- Sí, Ama.
- No quiero que me mires, en ningún momento, hasta que yo te lo diga, y no quiero, bajo ningún concepto, que te excites sin mi permiso, -le dijo suavemente mientras sus manos seguían recorriendo su torso-.
Ernesto contestó que que sí, “sí, Ama” y ella se fue hacia el otro lado del sofá, donde había dejado su bolso.
Mientras Ernesto miraba fijamente al frente de la sala, hacia la cama que había en el otro extremo, Teresa, de espaldas a él, se quitó los zapatos de tacón, los calcetines de espuma que llevaba y dejó caer al suelo los pantalones. Era imposible no mirar de reojo o girar mínimamente la cabeza. Ella podía ver perfectamente a Ernesto gracias a un espejo que había frente a ella y por el que le veía reflejado, pero que Ernesto tenía fuera de su rango de visión.
Teresa sacó un pie, luego otro y se agachó para recoger los pantalones y ponerlos en el sofá. En ese momento, a través del espejo ya habían cruzado miradas dos veces, lo que sirvió para la primera advertencia:
- No me gustaría tener que taparte los ojos, pero si no obedeces…
Ernesto se disculpó con su Ama, si es que servía para algo, pero sabiendo que era imposible no mirar lo que sucedía a su lado.
Teresa se puso los zapatos de tacón de nuevo y cruzó por delante de Ernesto para ir de nuevo al aseo. Caminaba despacio, recreándose en cada taconazo que daba, con gesto altivo y como si él no estuviera allí delante. La blusa beige que llevaba cubría sus nalgas y no permitía ver nada, pero, aun así, antes de que llegase al aseo, Ernesto giró la cabeza para observarla y Ella la giró también, pillando así a su esclavo desobedeciendo, pero no dijo nada.
Salió del aseo y volvió al otro extremo del sofá y, frente al espejo por el que veía a Ernesto, se quitó la blusa primero y acto seguido la ropa interior, quedando solo con los zapatos de tacón. Extendió su mano derecha para coger un vestido con transparencias que gustaba de usar en las citas en la mazmorra. Ernesto, ante su Ama desnuda, no pudo evitar volver a girar la cabeza para deleitarse con su cuerpo pero, de nuevo, a través del espejo, fue pillado mirándola. Teresa, otra vez, no dijo nada, simplemente sonrió y lentamente se puso el vestido y se lo colocó correctamente.
Teresa cogió una de las botellas de agua y se la dio a Ernesto para que se la abriera y bebió, bebió casi la mitad de la botella sin parar, y la dejó sobre la mesa. De nuevo, con su vestido transparente que permitía identificar todos los puntos de interés de su anatomía, se paseó ante él para volver al aseo y en el retorno al sofá.
Teresa se sentó en el sofá, y después de beber agua de nuevo, ordenó a Ernesto que me arrodillase ante ella.
A lo largo de las visitas a la mazmorra que habían hecho hasta la fecha, Teresa había pasado de considerar algo sórdido todo lo relacionado con BDSM a desarrollar un fino sadismo que la había llevado, literalmente, al orgasmo sin roce propio, ni de su esclavo, en más de una ocasión en la mazmorra. Se recreaba en los detalles, en los castigos, en los gestos de su esclavo, en su dolor, indefensión, humillación…
Ernesto se arrodilló delante de ella y Ella comenzó a rozarle, a través de la camisa, suavemente. Los brazos, los hombros, el pecho, el abdomen…Mientras lo hacía, Ernesto miraba su cara, sus miradas hacia él, su boca entreabierta insinuándose, su lengua humedeciendo los labios… En un momento dado, Teresa desabrochó el botón superior de la camisa, luego el siguiente, el tercero…hasta que todos los botones quedaron sueltos. Separó la parte derecha de la camisa de su cuerpo y metió una mano por debajo para acariciarle y rozar un pezón, y a continuación hizo lo mismo en el lado izquierdo y después, lentamente, fue echando la camisa hacia atrás hasta que cayó por su espalda y la cogió para dejarla en el sofá.
El corazón de Ernesto en ese momento latía disparado y su excitación, a pesar de la prohibición de tenerla, iba en aumento.
Teresa volvió a coger una botella de agua y bebió, regalando una gran sonrisa a su esclavo mirándole a los ojos cuando dejó la botella en la mesa. Acto seguido, sus deditos húmedos, fueron a parar a los pezones de Ernesto, provocando en él un escalofrío y un gemido. Teresa soltó una carcajada y con su voz suave, melosa y amenazante le recordó que tenía prohibido emitir cualquier ruido o “se enfadaría”. Ernesto no fue capaz de articular palabra al respecto.
Volvió a humedecerse los dedos y a tocarle, pero esta vez, sin dejar de mirar el recorrido de sus deditos, primero a la botella y luego hacia su cuerpo. Después de aquel segundo momento de frío y con sus deditos en el entorno de sus pezones, Teresa le ordenó que la mirase a los ojos, fijamente. Ernesto sentía sus yemas húmedas y frías y poco a poco comenzó a sentir sus uñas, que paulatinamente se iban clavando y, a la vez, surgía una sonrisa de la cara de Teresa. Cuando la presión aún era tolerable, pero empezaba a ser molesta, Ernesto comenzó a abrir la boca y antes de que el dolor le hiciese gemir o gritar, Teresa aplicó algo más de presión y soltó.
“Ves, no pasa nada”, me dijo riendo y acercando su boca a la de Ernesto y rozando su cuello con una de sus manos. Volvió a humedecer sus deditos y volvió con ellos hacia sus pezones, y de nuevo, de las yemas húmedas y frías pasó a las uñas y cuando estaba empezando a aplicar una presión que generaba dolor, mirándole fijamente y sonriendo, le preguntó:
- ¿Cuántas veces me has mirado mientras me cambiaba?
La sonrisa desapareció en beneficio de una cara seria, que no daba pie a bromas junto a bastante dolor en los pezones.
“Dos veces, Ama”, contesto Ernesto.
Clavó sus uñas con más fuerza y cuando el esclavo gritó de dolor, soltó.
- Como no obedeces, me obligas a volver a empezar.
De nuevo tocó la botella, le clavó las uñas en los pezones y volvió a preguntar,
“Cuatro veces, Ama”, respondió Ernesto, pero el movimiento de lado a lado de la cabeza de Teresa indicaba no estaba de acuerdo. Pasaron por el cinco, por el seis, y el siete fue el resultado que dio por bueno.
De nuevo le ordenó mirarla fijamente y de nuevo volvió a clavar las uñas en los pezones.
- Siete veces me has mirado, siete veces que me has desobedecido. Luego, si te castigo, protestarás, como haces siempre -dijo Teresa con esa pose de dulzura, acercando su boca a su cara y disfrutando de su dolor-.
Sin soltarle los pezones, le mandó bajar los calzoncillos. Era evidente, y ella lo sabía bien, que después de la tortura en los pezones que le había aplicado, de rozarle con los labios y de los juegos con los deditos fríos, el cuerpo de Ernesto no podía estar relajado, pero ese fino juego de excitar y provocar lo contrario de lo exigido para humillar y/o volver a castigar es el fino sadismo que había desarrollado Teresa y del que disfrutaba tanto, tanto como para llegar al orgasmo.
Teresa miró hacia abajo para confirmar lo que sabía, que Ernesto estaba, como se suele decir, como una moto, y que no había obedecido su orden de no excitarme.
Le ordenó poner las manos en la nuca y le agarró de los genitales con firmeza mientras le increpó por ser un desobediente.
- Esto, ¿por qué es? Hay dos opciones, o porque quieres que te castigue o porque pasas de tu Ama. Contesta, ¿por qué es?
- Lo siento, Ama, es que me excita mucho y soy incapaz de evitarlo.
- Esa respuesta no me vale, tienes que obedecer siempre.
- Sí, Ama.
- Entonces, pasas de tu Ama, ¿no?
- No, Ama, en absoluto, mi objetivo es complacerte en todo.
- Entonces quieres que te castigue, ¿no es así?
- No, Ama, quiero complacerte, pero…
No le dejó continuar, Ella decidió que lo que Ernesto quería era castigo, así que se levantó y le ordenó ir con ella al centro de la sala, donde había un punto de anclaje al techo o para realizar suspensiones. Le puso una muñequera de cuero en cada mano y le ató las manos a la argolla que colgaba del techo, quedando totalmente estirado e indefenso, como a Ella le gustaba tener a su esclavo.
Teresa se acercó a un lateral de la cama donde la mazmorra tiene en la pared un soporte con gran variedad de fustas, varas y cadenas y tomó una fusta para volver donde había dejado atado a Ernesto. En silencio, comenzó a dar vueltas alrededor suyo rozándole con la fusta en diferentes partes de su cuerpo: en las piernas, los glúteos, los pezones, la boca…hasta que finalmente se paró frente a él y atizó con la fusta con bastante fuerza en el pene, erecto, de su esclavo.
Ante el movimiento de castigo, Ernesto fue capaz de tirar de la cintura hacia atrás y evitar el fustazo, lo que hizo enfurecer a Teresa:
- Así que, primero me suplicas que te castigue desobedeciendo mis órdenes y luego, como una gallinita cobarde, cuando te voy a dar “tu premio”, te quitas. No, no, esclavo, eso NO!
Teresa se acercó a la mesa baja donde estaban los juguetes y cogió una tela negra que tenía para vendar los ojos a su perro y eso hizo, taparle los ojos mientras le avisaba de lo que venía a continuación:
- Ahora vas a recibir castigo hasta que me canse, por desobedecer y por cobarde. Después del primer latigazo, quiero oír bien claro lo que me tienes que decir y no quiero oírte quejar, gritar, llorar…
- Sí, Ama, -contestó Ernesto ya sin ver absolutamente nada-.
Acto seguido, Teresa atizó con la fusta a Ernesto en el mismo sitio de antes, pero con éxito, un fustazo en su erecto pene que le hizo tirar de la cintura hacia atrás como acto reflejo. Ernesto dio las gracias por el castigo y Teresa, después de rozar el pene de Ernesto con la fusta, le dio otro latigazo. Ernesto repitió el agradecimiento y Teresa siguió con su juego, alternando castigos al pene, los glúteos, los pezones…hasta que Ernesto, después del castigo estaba jadeante y fatigado.
- De nuevo has vuelto a desobedecer. Te dije que no quería oír nada de nada y no has parado de gritar y quejarte como una nenaza, debería seguir hasta que aguantases, al menos 15 seguidos en silencio, pero tengo otro premio para ti. Los 15 latigazos en silencio serán el aperitivo de la siguiente sesión.
- Sí, Ama -contesto Ernesto con un hilo de voz-.
Teresa soltó las manos de Ernesto ayudándole a bajar los brazos. Después de estar atado un buen rato con los brazos en elato, al bajarlos, los hombros suelen doler, así que Teresa le ayudó hasta que los pudo bajar, momento que Ernesto aprovecho para abrazar a su Ama. Teresa se dejó abrazar y tocar ligeramente por Ernesto, pero nada más que para crearle un espejismo.
Mientras Ernesto recuperaba la movilidad, Teresa terminó una botella de agua y permitió a Ernesto beber después del esfuerzo del castigo. Ernesto también bebió y cuando dejó la botella en la mesa, Teresa ya le estaba esperando en el pasillo de entrada a la ducha.
La ducha de la mazmorra es una habitación con una de las paredes, la de acceso, de cristal. Dentro hay dos mangueras y en la pared hay unos grilletes donde atar al esclavo.
Teresa se descalzó antes de entrar y ordenó entrar a Ernesto y tumbarse en el suelo. Ernesto pidió a su Ama que no le hiciera lluvia, pero Teresa tenía muy claro lo que quería, por eso había bebido tanta agua:
- Obedece a tu Ama y túmbate en el suelo, y no me hagas enfadar más…
- Ama por favor, -replicó Ernesto-, no quiero lluvia.
Las carcajadas de Teresa se pudieron oír en la calle:
- JAJAJAJA esto no es lo que tú quieres, esto es hacer lo que YO quiero. Túmbate!
Ernesto respondió el adecuado “Sí, Ama” y se tumbó en el suelo de la ducha. Teresa se quitó el vestido y lo tiro fuera y puso un pie a cada lado de la cabeza de Ernesto, que miraba para arriba observando la mirada de su Ama sonriente y su sexo. Teresa se agacho hasta quedar en cuclillas sobre la cara temerosa de Ernesto:
- ¿No quieres que tu Ama te mee encima, esclavo?
- No, Ama.
- Vaya por Dios, me ha salido un esclavo exigente…
- Ama, es que…
- TSH!, no digas nada, no quiero oír tus bobadas, ¿A qué has venido?
- A complacerte, Ama.
- Entonces, silencio.
Teresa se puso en pie y mirando fijamente a Ernesto comenzó la lluvia. Primero cayó sobre el cuerpo de Ernesto, pero adelantó su cuerpo para que cayera en su cara.
Cuando terminó, de nuevo se puso en cuclillas sobre la cara de Ernesto y le ordenó que le lamiese para dejarla bien limpia. Ernesto agarró a Teresa de las caderas y comenzó a lamer el sexo de su Ama como a ella le gustaba, de adelante a atrás con fuerza, apretando en el clítoris, penetrando en su vagina con la lengua y también en su ano, algo que a Teresa volvía loca. Cuando Teresa se corrió se levantó y se duchó y ordenó a Ernesto esperarla fuera con una toalla para secarla. Una vez seca, tocó turno de ducha para Ernesto y cuando fue a salir de la ducha, Teresa le esperaba fuera para darle la toalla, y una vez puesta sobre la espalda de Ernesto, Teresa se fue al sofá a esperarle.
Desde el momento en que Teresa se levantó para comenzar la lluvia hasta que realmente empezó por la cabeza de ambos pasaron miles de ideas. Quizá no fueron más de cuatro o cinco segundos, pero para ambos la sensación era que el tiempo se había detenido. Por la cabeza de Teresa pasaba cierto miedo a que, si se la dejaba caer en la cara, Ernesto se levantase enfadado, le sentara mal…y por la cabeza de Ernesto fluía la confianza en que no lo hiciera, como no lo había hecho en otras ocasiones a pesar de las amenazas de Teresa del tipo “te voy a mear en la puta cara de perro” pero que no habían llegado a consumarse. Cuando Teresa se levantó, no sabía qué iba a hacer, por un lado quería dejar caer la lluvia en la cara de Ernesto, pero por otro... Se trata de una práctica muy extendida en BDSM, pero al ser un límite que puede generar cierto daño emocional o mental, es más difícil de manejar. Finalmente, Teresa dio un paso adelante y lo hizo con todas sus consecuencias y, aunque Ernesto aguantó el tipo, cuando todo acabó, había que asegurarse, por lo que le ordenó ir con Ella al sofá. Para Teresa fue algo transgresor, mucho, pero la sensación de poder que experimentó orinando sobre la cara de Ernesto fue algo inconmensurable para ella.
Ernesto llego al sofá donde le esperaba Teresa sentada, que le ordenó arrodillar delante de Ella y le ofreció una copa de vino. Brindaron y Teresa, después de un beso acompañado de una caricia, le preguntó cómo se había sentido y cómo estaba. Ernesto contesto que estaba bien, que no esperaba que llegase a hacerlo, pero que, una vez que comenzó a caerle en la cara y cerró los ojos, no fue tan “duro” como podía parecer. Volvieron a brindar y beber y Ernesto se levantó para sentarse en el sofá dando la sesión por terminada, faltaba una media hora para que terminase el tiempo contratado en la mazmorra y pensó que lo que quedaba era comentar la sesión compartiendo el vino, como en otras ocasiones.
Pero a la vista de que Ernesto estaba bien, Teresa no le dejó sentarse y le dio una nueva orden:
- No te sientes tan rápido, esclavo, esto no ha terminado…
Teresa cogió a Ernesto de la mano y le llevó hasta el potro, donde le mandó inclinarse y apoyar el cuerpo. No le ató ni de pies ni de manos, como había hecho en otras ocasiones, pero sí le dio una buena tanda de nalgadas para, antes de mandarle incorporar, ponerle vaselina y penetrar su ano con sus dedos, algo que generaba un inmenso placer a Teresa. Teresa folló el culo de Ernesto con varios dedos, empujándole contra el potro como si no hubiera mañana mientras, cada vez más excitada, le insultaba y le masturbaba.
Cuando Teresa se corrió, por cuarta vez en la sesión, y sin dejar de penetrar a Ernesto, le llevó al punto de atar de las manos donde comenzó el castigo y le volvió a atar. Esta vez, lejos de seguir castigando a Ernesto, Teresa se agachó y comenzó a darle placer con su boca hasta que e esclavo avisó de que su orgasmo estaba a punto de producirse. En ese instante, Teresa volvió a penetrar el culo de Ernesto, que comenzó a gemir y retorcerse de placer de forma brutal mientras descargaba su semen en la boca de su Ama. El orgasmo de Ernesto, aparte de ser de una intensidad descomunal, también fue de una duración exagerada y cuando por fin terminó, entonces sí, Teresa dio por concluida la sesión y Ernesto volvió a la ducha antes de sentarse, esta vez sí, con su Ama a comentar toda la sesión.
El miércoles, miércoles de mazmorra o #XM como abreviaban en sus chats, había dado de sí mucho más de lo imaginado.
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