La rubia de la playa
No esperaba encontrar tanta pasión en una tarde de sol. Cuando la rubia se tumbó frente a mí y comenzó a tocarse sin pudor, supe que esa no sería una visita cualquiera. El agua fría no fue suficiente para apagar el fuego que encendimos al mirarnos.
Era mi tercer día en Tarifa y, aunque no soy mucho de playa, me decidí a pasar la mañana allí. Localicé un sitio tranquilo, si bien en una playa de tales dimensiones, tumbarse tranquilo a tomar el sol y relajarse, era fácil.
Extendí mi toalla y saqué mi libro de lectura, dispuesto a tostarme una hora bajo el sol. No habían pasado diez minutos cuando a dos metros de mí llegó una rubia despampanante. Mira que había sitio en la playa, pensé, y ha venido a colocarse a dos metros de mí.
La rubia dejó su bolsa sobre la arena y se inclinó sobre ella, sacando una toalla que extendió sobre la arena. Después de esto, se quitó el vestido de una pieza, más bien una camiseta larga, que llevaba. Debajo dejó ver su bikini de una sola pieza. Un preciso bikini azul cielo. Solo la braguita del bikini, porque la parte superior no existía dejando al descubierto dos pequeños y redondos pechos con unos pezones apuntando al cielo, que me parecieron dos lindos botones de timbre, que en aquel momento me simularon que insinuaban, “llamar antes de entrar”.
La piel de aquella rubita era una preciosidad. Se notaba que había “chupado” muchas horas de sol, porque lucía un bronceado maravilloso. Todo el cuerpo estaba bronceado con el mismo tono. Bueno, todo el cuerpo menos aquel triangulito que permanecía tapado por su braguita del bikini. En esto se giró y me dejó a la vista dos redondos cachetes del culito que salían fuera del bikini. Ahora se ha puesto de moda el bikini brasileño, pensé, y no me parece mala idea porque menudo culo tiene la gachona. Y mientras pensaba esto, observaba como la raja de su culo se comía la tira del bikini, desapareciendo entre sus dos cachetes.
Me estaba poniendo cachondo con aquella visión. Mi lectura había pasado a un segundo plano. No tenía ya interés alguno para mí, ya que había encontrado un interés mayor en aquella preciosidad.
Es evidente que trate de disimular mientras observaba aquel cuerpo de diosa. Aunque ella, se hubiese dado cuenta o no, disimulaba muy bien, porque continuó con su ritual. Sentada sobre su toalla, sacó un espray de crema y comenzó a rebozarse todo su cuerpo, frotando la crema. Cuando llegó a sus tetillas, no se detuvo. Las frotó con delicadeza y sensualidad, haciendo que sus pezones se excitasen y, si con anterioridad miraban al cielo, ahora lo hacían duros y rígidos como dos astas de toro.
Mientras tanto, entre mis piernas algo comenzaba a despertar. No me había dado cuenta hasta ahora, pero mi pene comenzaba a cobrar vida diciendo: “aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.
La muchachita, que no tendría más de 25 años, se tumbó boca arriba sobre su toalla y abrió bien sus piernas dejando a la vista, justo frente a mí, la visión perfecta de su bikini iniciando la entrada entre sus dos cachetes. Era como si estuviese diciendo “mira, todo esto para ti”. No se veía ni el más mínimo pelo entre sus piernas, lo que me hizo pensar que estaba depilada entre sus ingles. El bikini tapaba lo justo y a la vez dejaba a la imaginación disfrutar de lo que, debajo de ese trocito de tela, debía de haber.
Mientras contemplaba y disfrutaba de las vistas, preciosas vistas, debajo de mi pantalón mi pene aumentaba de tamaño y parecía un caballo desbocado. No sabía cómo ponerme para que no se notase mi bulto en aumento. No habían pasado ni cinco minutos, cuando la muñequita decide cambiar de posición y ponerse boca abajo. Cambió la postura pero no la visión, porque mantuvo sus piernas abiertas, dejando ante mi vista su precioso culito redondo y respingón.
— ¡Uf! Me estoy poniendo malo, dije en voz muy bajita, apenas imperceptible, al sentir el calentón que llevaba entre mis piernas.
Y como si ella hubiese oído mi comentario, introdujo su mano derecha bajo su cuerpo, elevó un poquito el culo y se llevó la mano a su concha pelona entre las piernas. Con agilidad y a la vez lentamente, deslizó a un lado el bikini y dejó a la vista su coño y sus labios vaginales. Tomó un dedo y comenzó a frotarse el coño. Despacio, sin prisa, cumpliendo un ritual. Mientras movía el dedo arriba y abajo sobre su clítoris, el culo comenzó a moverse al compás.
Estaba yo disfrutando más de las vistas hoy que en los días anteriores. Allí ante mí tenía una diosa que estaba dándome una lección de masturbación femenina. Los jugos de su coño comenzaron a fluir y con la suavidad con la que un tigre se desliza hacia su presa, ella comenzó a introducir su dedo en su coño. Primero fue uno, luego dos y finalmente eran tres los dedos que entraban y salían con verdadera facilidad.
Mi polla estaba a punto de explotar. Sentía que, sin necesidad de frotármela, iba a reventar y soltar todos sus líquidos de un momento a otro. Estaba ahora convencido que aquella putita sabía que la miraba y aquello la excitaba más. El frote de su clítoris y la introducción continua de sus tres dedos ya no era lenta y suave sino todo lo contrario. Era rápida y buscando una finalidad: correrse. Correrse como estaba yo a punto de hacer. Era la primera vez que lograría correrme sin tocarme, sin siquiera verme como estaba de empalada, sin quitarme el bañador. Aquella visión me estaba llevado a la gloria.
Perdí la noción del tiempo. Lo único que sé es que la niña llegó al clímax. Se corrió y sus dedos quedaron parados en el interior de su coño mientras ella convulsionaba y se corría toda. Al sacar los dedos pude ver un hilito blanco que salía pegado a ellos.
Su almejita rosa quedó totalmente a mi vista mientras ella limpiaba los dedos en la toalla. SE levantó y se recolocó, delante de mí, la braga del bikini, mostrándome, no solo su rajita, sino también el pequeño triángulo de pelo que tenía en la parte superior de la misma. Un pequeño hilo de sus fluidos vaginales le corría por entre las piernas.
Sin dejar de sonreír, se acercó a mí y me dijo:
— Ven, vamos a pegarnos un bañito, que el agua está muy fresquita y así bajamos ese calentón que llevas entre las piernas.
Y mientas me hacía esta proposición miraba mi bulto, que se notaba en exceso, debajo del bañador. Fue entonces cuando me di cuenta que se apreciaban dos pequeñas manchitas en el mismo. Me había corrido y no me había dado cuenta. El color clarito de mi bañador me delataba.
La diosa me tomó de la mano y me ayudó a levantar. Nos dirigimos al agua, que estaba helada y poco a poco nos fuimos introduciendo en ella.
— Me llamo Luisa -me dijo sin dejar de sonreír.
— Y yo Juanma -le contesté como si acabáramos de encontrarnos.
A medida que íbamos entrando en el agua, ella iba frotando entre sus piernas, limpiando los restos de su corrida.
— Has disfrutado de las vistas.
— Muchas gracias, me ha encantado, ha sido maravilloso verte. Tienes un cuerpo precioso y un coño de diez.
— Me encanta masturbarme en lugares públicos, aunque no creas que lo hago siempre y delante de todo el mundo. Has sido un privilegiado, porque me gustas mucho.
Habíamos llegado a una zona en la que el agua nos cubría hasta la cintura, por lo que nuestros respectivos sexos quedaban sumergidos. Ella se acercó y agarrándome la polla me dijo:
— ¿Ya se te ha bajado el rabo?
— Sí, con el frío del agua se me ha encogido un poco, pero sigue caliente y dispuesta a follarte, si quieres.
— Por supuesto, me gustaría comérmela toda.
E introdujo su mano en mi bañador comenzando a frotarme la polla, que enseguida reaccionó a su tacto.
Yo por mi parte, con una de mis manos agarré uno de sus pechos y con la otra toqué sus nalgas que eran duras como piedras.
— Estás muy buena.
— Gracias, mis horas de gimnasio me cuesta mantenerme así.
Y comenzamos a comernos los morros.
Yo estaba muy caliente y excitado, y ella no lo estaba menos.
Perdimos la noción del tiempo que estuvimos tocándonos, frotándonos y besándonos dentro del agua. Lo cierto es que esta dejó de estar fría, no sé si por el calor que desprendían nuestros cuerpos o por el tiempo que llevábamos en ella.
No follamos dentro del agua, pero sí le introduje mis dedos en el coño continuamente y ella me frotó la polla arriba y abajo, hasta que nos corrimos mutuamente.
Finalmente le dije:
— No sé si invitarte a comer o invitarte a follar.
— Bueno, podemos hacer ambas cosas, si tienes tiempo.
— Por supuesto. Me quedan dos días en Tarifa.
— Pues podemos pasarlos juntos.
Salimos del agua, nos secamos, recogimos nuestras cosas y nos fuimos juntos de la playa a buscar un sitio donde comer un poco y continuar conociéndonos.
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