Xtories

El apagón

La oscuridad total elimina las barreras de la luz, pero no las de la memoria. En la casa vacía, con el miedo como excusa, la distancia de años se acorta en la penumbra. Lo que comenzó como protección se transforma en una promesa incumplida de hace mucho tiempo.

Bennasar17K vistas8.7· 15 votos

Mi ex, Natalia, vivía con su actual pareja en otra ciudad a más de ciento cincuenta kilómetros de Madrid. Mi hija, Laura, vivía conmigo desde que entró ese mismo año en la Universidad. Antes, desde sus diez años, cuando nos separamos, vivió con su madre. Natalia no se acostumbraba a estar separada de su hija y se plantaba a veces en casa, desconozco lo que opinaba su actual pareja, como Natalia tiene mucho carácter lo más seguro es que se lo imponga, de todas maneras estaba Laura digamos de carabina. No teníamos mala relación. Yo seguía algo enamorado de ella. No había encontrado nadie que me llevase a olvidarla. Seguía siendo mi referente sexual, si me hacía una paja, la hacía pensando en ella, mejor dicho, casi cada vez que me la hacía, que era prácticamente todos los días. Si ella estaba en casa, por si acaso y para preservar la energía, no me la hacía, lo cual era tonto porque nunca ocurría nada.

Esta vez, vino con dos motivos, a ver a su hija, y a asuntos de su trabajo, necesitaba una subvención estatal para su negocio y eso se arreglaba en Madrid.

Se quedó tres días, el tercero, Laura había quedado con unas amigas para estudiar por la noche, quizás fuesen amigos o amigo, pero yo no me inmiscuía en sus asuntos amorosos si es que los hubiera. Solo la tenía avisada que tuviera cuidado y utilizase preservativos y ni eso porque por las conversaciones que tenía con ella deducía que era consciente del peligro y sabía poner remedios.

Natalia no estaba muy de acuerdo en que la niña durmiese fuera de casa.

—Está en tu casa y tu tienes la voz cantante, de todas maneras hoy estoy aquí, pero si hubiese sido mañana no me enteraría, pero si quieres saber mi opinión no me termina de gustar que duerma fuera de casa. —Por cierto la casa era la misma en la que habíamos vivido juntos, era mía por herencia familiar y ella no puso pegas porque pensaba irse de Madrid con el novio que estaba ahora.

—Tiene libertad, quizás hubiese sido mejor que estando tú en Madrid lo hubiese dejado para otro día. —A pesar de que me parecía poco real su postura, la gente folla se lo permitas o no, no quería pelear. El caso es que esa noche dormimos solos, cada uno en su cama. Pero a veces, pocas, los hados se ponen de tu lado.

Estaba totalmente dormido.

—Jaime, no hay luz. —Ni idea de que me estaba hablando.

—¿Eh?

—Que no hay luz en toda la casa. —Miré el despertador eléctrico, que proyecta la luz en el techo, no funcionaba.

—Mi despertador no funciona. —Estaba aún medio dormido.

—Tu despertador será eléctrico y no funciona como no funciona nada eléctrico, ¡no hay luz! Es lo que te estoy diciendo —Intenté encender la lampara de la mesilla, nada.

—Pues es verdad, no lo entiendo, voy a ver los plomos. —Estaba desnudo, pero primero, me conocía desnudo mejor que yo mismo, segundo, no había luz, no me podía ver. Me levanté.

—Por favor, dame la mano, voy contigo, me da miedo la oscuridad. —Alargué la mano hasta tocar la suya y se la cogí y fuimos hacia la puerta de la calle, donde están los plomos, di al interruptor de luz de la antesala para que cuando se arreglase hubiese luz, pero como no había luz no pude ver los plomos.

—Perdona voy a por una linterna. —Traté de soltar su mano, la linterna estaba en mi mesilla.

—No, por favor voy contigo.

—Vale, vale. —Fuimos a por la linterna, en algún momento por el camino el dorso de mi mano tocó su pierna y sus bragas y ella tocó la mía desnuda. A mi me gustó, a ella no sé. Volvimos y con luz pode comprobar que los plomos estaban bien, Ahora tocaba saber si el resto del edificio tenía luz, abrí la puerta de la calle y salí al descansillo, es automático, cuando detecta movimiento se enciende; aunque estaba desnudo no me importaba porque a esas hora, ya había visto el reloj con la linterna y eran las tres y media, es casi imposible que me viese alguien. No me cruce con nadie ni me habría visto, el apagón era general.

—No hay luz en todo el edificio. —Tardó en decir algo y lo dijo como con dudas.

—¿Puedo dormir contigo?

—Claro, vamos a la cama. La luz se restablecerá sola, no podemos hacer nada.

—Pero no hacemos nada, ¿vale?

—Vale. —Nos acostamos.

—¿Quieres que te pase un brazo por los hombros? —Mi intención primera era hacerle caso y no tratar de follar.

—Sí, por favor. —La cogí por el hombro, no nos tocábamos demasiado, tenía la cabeza en mi pecho y las piernas las de ambos desnudas, se rozaban algo, ni siquiera estaba seguro si se habría dado cuenta que yo estaba desnudo. Me sobraba brazo, así que pasé de su hombro a su cintura y mi mano rozó su piel a pesar de que llevaba camiseta. Dejé la mano en su piel, no sin gusto, intentamos dormir, pasado un tiempo comencé a acariciar su cintura, muy poco a poco, estuve varios minutos moviendo el dedo. Me lo pedía el alma, estaba rompiendo mi promesa de no hacer nada, bajé la cabeza y le di un beso en la mejilla, ella me lo devolvió, seguí muy despacio para no asustarla, si lo conseguía ella me dejaría hacerle el amor, de hecho, nuestro declive empezó cuando su actual novio consiguió tocarla y ella no supo frenar; dejé pasar varios minutos y le puse la otra mano en la mejilla y se la acaricié con un dedo, se dejó hacer. Más envalentonado pasé mi casi famoso dedo por la teta por encima de la ropa, y luego dejé la mano encima abarcando la teta, tenía tetas pequeñas, como no se quejaba metí, tras un buen rato, la mano por dentro de la camiseta con movimientos lentos para que supiese mis intenciones y volví a sentir su teta desnuda, su pezón estaba erecto, se lo acaricié suavemente, me habría gustado metérmelo en la boca pero era pronto, le acariciaba el pezón, la teta, el espacio entra las tetas, para llegar a la otra teta tenía que forzar, estaba comprimida contra mí pecho, le acaricié la barriga que la tenía todavía algo blandita desde el embarazo y eso que habían pasado muchos años, pero me gustaba así.

—¿Me permites quitarte la camiseta? —No me contestó, se la quitó ella. Empecé a comerle las tetas, las reconocía, puede que en estos años hubiese caído ligeramente, pero ¡eran mis tetas! Pensando en ellas me había hecho muchas pajas, en ellas solo, no. Como ahora mi mano estaba libre la pasé a acariciar su culo por dentro de las bragas.

—¡Qué culo más bonito has tenido siempre! —No me contestó, se dejaba querer, o se dejaba acariciar, que puede ser lo mismo, con la mano en el culo llegué hasta la vulva lo suficiente para saber que estaba tan húmeda como mi polla, pasé la mano delante sin sacarla de las bragas y paseé un dedo por sus labios, su resistencia era cero y buscó mi boca con su boca, nos besamos con ardor, aproveché para quitarle las bragas, en algún momento tuvimos que suspender el beso porque para sacar las bragas por las piernas me tuve que bajar pero enseguida retomamos el beso, nuestras lenguas peleaban para acariciarse, lateralmente la arrimé toda ella contra mi cuerpo en un abrazo que significaba “te quiero” como así era, aflojé el abrazo para volver mi mano a su vulva y comenzar a acariciar su clítoris como le gustaba antes, ella empezaba a quejarse de placer, cuando supe que estaba cerca me bajé y continué estimulando el clítoris con los labios y la lengua, ella empezaba a revolverse entera y a mover las caderas de forma caótica hasta que llegó a tener un orgasmo como en los buenos tiempos. Cuando hubo reposado un poco me cogió el pene y me empezó a hacer una paja.

—¿Te gustaría metérmela? —Me dijo con una voz dulce y llena de amor.

—Mucho.

—Ven. —Con su mano la dirigió a la entrada. Meterla fue cosa mía y la metí hasta lo más hondo y la dejé un rato reconociéndola en lo más profundo apretando su culo para aproximarla más, ella hacía lo mismo con mi culo.

—¿Donde me corro?

—Dentro, córrete dentro. —Antes no tenía orgasmos en la vagina pero había cambiado o tenía tantas ganas como yo. Al empezar a meterla y sacarla tuvo otro orgasmo muy fuerte y no pude aguantar más y me corrí con ella. Pasó un buen rato hasta que el pene se salió.

—¿Habrá luz ya?

—No quiero ni mirarlo pero lo miro con una condición: no quiero que te marches. —Creo que sonrió pero como no la veía no puedo estar seguro.

—Bueno, por esta vez, vale. —Comprobé y seguía sin haber luz, empecé a temer por los congelados de la nevera.

Saqué la linterna y le alumbré el cuerpo para mirarla.

—¡Qué cuerpo más bonito sigues teniendo!