Un fin de semana de locura (2)
Lola nunca imaginó que una noche tranquila en casa de un amigo terminaría en tres horas de puro éxteno compartido. Con Fran y Abdul a su merced, la casada reservada descubre un lado salvaje que no sabía que llevaba dentro, donde cada gemido es una rendición y cada penetración, una revelación.
“Chicas, se ha hecho tarde. Me quedo en casa de Fran, me está tratando muy bien. Mañana hablamos”. Este fue el mensaje tranquilizador que les mandé (por cierto, se me olvidó en el primer relato: mi nombre es Lola) a Julia y su hermana para que no se preocuparan. El trayecto a la casa de Fran fue breve, apenas 10’ contando el tiempo dedicado a aparcar. Su piso estaba en las afueras, era un bloque de edificios sin más. Entré en el portal con Fran abrazándome por la cintura sin que yo me negara. Abdul, que también vivía allí, nos seguía a poca distancia, pero parecía algo más retraído. En el ascensor me volví a morrear con Fran y cuando ví apartado a Abdul, me separé de Fran y le dije: “No seas tímido, para ti también hay algo”, a lo que siguió un buen morreo. Llegados a su piso, yo seguía abrazada a Abdul, mientras Fran abría la puerta. En un último intento por dejar claro que era yo la que iba a decidir hasta donde se llegaba, Fran me dijo: “Tengo un colchón que puedo poner en el salón…”. Yo ya tenía claro desde los morreos de la discoteca que aquello iba a acabar de la única forma que podía acabar. “¿No me ofreces una cama? ¿Pero qué tipo de anfitrión eres?” Todo dicho con una sonrisa pícara que desvelaba claramente mis intenciones.
Fran se lanzó sobre mí porque la insinuación había sido más que evidente. Me besó, me metió mano, me lamió todas las partes del cuerpo que tuvo a su alcance mientras íbamos hacia su habitación. Abdul nos siguió, ya se consideró parte del juego de esa noche. Caímos sobre la cama y entre los dos empezaron a desnudarme. Primero Fran me sacó la camiseta ajustada que llevaba, mientras Abdul me descalzaba y empezaba a lametear mis pies (por cierto, algo que me encanta). Luego desapareció el sujetador y Fran se puso a manosear y chupar mis tetas y pezones, haciendo que arqueara mi espalda de placer. Abdul dejó los pies y me quitó el pantaloncito hasta que quedé sólo con el tanga blanco que hacía resaltar mi piel morena.
Ellos por su parte, entre una cosa y otra, también habían tenido tiempo para quitarse parte de la ropa, pero no les dejé que me enseñaran aún sus pollas. “Oye, dejadme que sea yo quién descubra lo que me espera para esta noche” les supliqué. Conmigo de rodillas, se pusieron de pie y lentamente les fui bajando los pantalones primero y los bóxers después. “Buenoooo…” exclamé. “Parece que hoy voy a tener ración extra de carne… Vaya vergas os calzáis”. La de Fran sería de unos 17-18 cms., pero la de Abdul sobrepasaba lo que yo hubiera visto antes. El tipo se calzaba unos 20 cms. y estaba aún en situación de medio reposo. “Yo no sé si eso va a entrar en mi coño, chicos”. Ellos se rieron y, casi al unísono, comentaron que con un poco de preparación seguro que sí. Por lo demás, ya desnudos al completo, pude certificar que estaba ante dos pedazo de tíos: buenos cuerpos, fuertes, muslos poderosos, poca grasa,… En fin, lo ideal para pasar un buen rato.
No hizo falta ninguna indicación más. Aquellas dos pollas estaban pidiendo a gritos una mamada y a eso me dediqué. Empecé con Fran que calzaba una polla gruesa, con venas marcadas y ya bastante dura. Me la metí hasta donde pude y la embadurné bien con mi saliva para hacer más fácil el tránsito. Estuve un rato con ella, pero acabé porque no quería que Abdul se me “enfadara”. Para terminar con Fran, le di un buen repaso a sus huevos, duros y grandes, preludio de futuras descargas abundantes.
Abdul ya estaba plenamente empalmado cuando me giré hacia él y ahí pensé que mi cálculo de 20 cms. igual se había quedado un poco corto. La polla de Abdul era más fina que la de Fran, menos venosa, pero de un color negro brillante. Nunca había chupado una polla negra y me sentí más excitada todavía. Al africano le dediqué un poco menos de tiempo que al otro porque yo ya empezaba a estar también bastante mojada y me estaba impacientando porque me trabajaran a mí, aunque Fran no perdía el tiempo y estuvo dedeándome un rato, aumentando mi excitación y mis gemidos mientras la verga de Abdul atravesaba mi boca.
Hice un ademán de girarme para quitarme el tanga, pero Fran me detuvo: “No, déjatelo, estás preciosa así. Dentro de un rato, si eso”. Obedecí y volví a mi “trabajo”, pero Fran también se impacientaba por metérmela. Me giró hacia él para que le diera un par de mamadas más a su polla y, de inmediato, me colocó a cuatro patas sobre la cama. “¿Te gusta así?” Afirmé con la cabeza porque lo que yo quería era que me la metieran ya, como fuera. Abdul desapareció por unos momentos y Fran avisó de que me la iba a meter. “Despacio” le dije,”soy un poco estrecha y no sé si habré lubricado bastante”. “Ya te digo yo que sí… Tu coño es un charco y esto va a entrar muy fácil”. Apuntó su miembro a mi coño y, efectivamente, despacio, me la fue metiendo poco a poco, con cuidado, pero decidido. Y, encima, iba comentando la jugada: “¿Ves? Ya entró lo primero… Así, ya vamos por la mitad… Un poquito más y… Ya está, la tienes dentro entera”. Me sentía llenísima de carne, pero me estaba dando muchísimo placer. “Ahora, fóllame, cabrón…”. No sé si era un ruego, una orden o qué, pero ya estaba todo en marcha. Fran comenzó a acelerar el ritmo mientras me cogía de la cintura y me movía adelante y atrás. Empecé a gemir y suspirar… “Sí, cabrón, dame fuerte, fóllame, sigue…, así,…”.
No me reconocía a mí misma: una mujer casada, con pocas experiencias sexuales en la vida, entregada a un casi desconocido, pero disfrutando a tope del placer que me daba aquel macho. Por su parte, él no se quedaba atrás en sus comentarios: “Eso es, putita,… disfruta del rabo, ¿Te gusta, eh? Hoy vas a quedar más que satisfecha… y vas a pedir más… Eres mi hembra y te voy a montar hasta que revientes…”.
Apareció Abdul de nuevo (más tarde, descubriría en que había gastado el tiempo) que se colocó delante de mí, con su polla bien empalmada y en claro ofrecimiento a seguir con la mamada: “A ver, prueba esta de aquí, a ver qué tal te sientan dos a la vez…”. No me quedaban muchas opciones porque Fran seguía dándome bien fuerte desde atrás y cada uno de sus empellones me acercaba más a la tranca de Abdul, así que abrí la boca y el negrito me la metió hasta la campanilla. Protesté ligeramente con un par de gemidos más sonoros, pero el tío me cogió la cabeza y me atornilló su polla sin darme opción a más. No tardaron los dos machos en acompasar sus movimientos y a cada empujón de Fran le seguía la metida de Abdul, de forma que estuve un buen rato siendo follada a placer, el suyo, por supuesto, pero el mío también.
Yo ya ni sabía quién era, qué hacía allí y qué me había llevado a ello. Lo cierto es que sólo tenía sentidos para disfrutar del gusto de un buen polvo como el que me estaban brindando aquellos dos tíos. Después de un buen rato de follada en esta posición, y ya con el sudor bañando literalmente nuestros cuerpos (era verano, Castilla, una casa sin aire acondicionado,… imaginaos…), Abdul le pidió a Fran su turno para follarme. Fran me pegó tres embestidas más, que no me tiraron sobre la cama porque el otro me sostuvo por los hombros, y sacó su tranca poco a poco de mi coño, lo que me sirvió para darme cuenta del trozo de carne que había tenido dentro.
Abdul se tumbó sobre la cama y me pidió que me pusiera sobre él, pero me giró para que yo le diera la espalda. “Así, ponte de espaldas y métetela hasta el fondo… Despacio, que es grande, eh…”. Joder, que sí era grande, parecía no tener final. Poco a poco, casi de cuclillas, conseguí que aquel bicho negro se fuera alojando en mi interior… Qué sensación la de estar literalmente ensartada… A cada centímetro que se iba introduciendo yo emitía un gemido y cuando todo aquello estuvo dentro, me quedé relajada y casi con los ojos en blanco. Abdul, entonces, me agarró por los hombros y me echó hacia atrás, de forma que quedé completamente a su merced para que llevara el ritmo de la follada a su gusto. No tardó mucho en empezar a moverse, primero despacio, pero acelerando poco a poco los movimientos… Aquello entraba y salía con facilidad y cada vez más deprisa, y eso a mí me estaba volviendo loca. Al tiempo, las manazas del africano se habían apropiado de mis tetas y, al tiempo que las amasaba, le servían como agarradero para irme moviendo arriba y abajo al ritmo que marcaba su verga. Fran contemplaba la escena de pie al lado de la cama, pero no tardó en subirse y colocarse sobre mi cabeza. Indefensa, con mis brazos apoyados en el colchón, no le fue difícil al tío aproximarme su polla y metérmela en la boca de nuevo. Sabía a mis flujos, claro, pero no me disgustaba en absoluto. “¿Qué tal así, gordita?... ¿Te lo estás pasando bien?...” Cuando pude sacármela, di rienda suelta a todo lo que sentía: “Joder, estoy a punto de correrme ya… Sigue, negro, dame bien, métemela hasta el fondo, sigue… aaahhh, ya,…”. Lo iban a conseguir, iban a hacer que llegara al orgasmo como nunca antes lo había conseguido. Pues para qué más,… Enardecidos por mis “comentarios”, los tíos se aplicaron con dedicación a conseguir su “trofeo”, la corrida salvaje de la casada desatada. Abdul pasó sus manos a la cintura y me apretó aún más contra su polla, haciéndome saltar como si fuera una muñeca. Fran me tomaba del pelo y me follaba la boca con maestría, sin llegar a ahogarme pero con la sensación de tener siempre aquella verga en la boca… Ya no pude más y me corrí… Intentaba decir algo, pero apenas podía gemir y gritar por lo que tenía en la boca: “Síiiii, yaaa,…, me corrooo, dale, sigueee, cabronesssss,…”.
Mi cuerpo quedó desmadejado y como sin fuerzas y Abdul y Fran tuvieron el detalle de parar de follarme por un momento, mientras yo, con la tranca de Abdul aún dura y dentro de mí me agitaba por el clímax alcanzado y el placer obtenido. Los tíos desde luego que sabían como tratar a una mujer porque no se afanaron en seguir de inmediato con el polvo, sino que me dejaron reposar un poco antes de seguir. Yo también sabía lo que tocaba ahora y así se lo confirmé: “Joder, qué corrida… Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Pues nada, aquí sigo, vuestra para lo que queráis… Ahora os toca a vosotros disfrutar”. Se rieron y volvieron al tema, conmigo ya más relajada pero igual de interesada en seguir probando aquellas dos vergas y, quién sabe, quizás consiguieran sacarme otro orgasmo.
Volví a cambiar de posición y de follador. Fran me colocó en la cama de perfil y de espaldas a él, de forma que pudiera estar más cómoda. Me levantó una pierna y sin muchas esperas me la volvió a meter con decisión y hasta el fondo. Cuando la posición quedó bien fijada, Abdul se acercó y me puso su polla otra vez cerca de la cara. No dudé ni un momento y me la metí en la boca para deleitarme con aquel tronco que hasta hacía un momento había estado en mi coño y me había dado tanto placer. Se lo debía, claro que sí. “Eres fantástica, Lola… Lo estás haciendo de vicio y veo que te está gustando, eh?” me iba comentando Fran mientras seguía empujando desde atrás. Abdul también me halagó, a su manera claro: “Putita deliciosa la blanquita, traga bien polla negra… Enseguida meto otra vez, eh?”. Le sonreí y les volví a dejar de piedra: “Claro que sí, cariño. No veo el momento de que me vuelvas a taladrar con esa cosa”.
Fran seguía a lo suyo y me estaba dando bien duro desde atrás. En un momento dado se la sacó y buscó la posibilidad de la penetración anal, pero le corté: “Por ahí no, Fran; no me gusta… Sigue como estabas que ibas muy bien”. Fran no forzó la situación, aunque si hubiera insistido un poco más y dado lo caliente que iba, quién sabe, igual me hubiera estrenado el culo. Otra vez concentrado en la follada, me agarró una teta y me soltó un par de azotes en las nalgas, algo que yo, con sorpresa para mí misma, recibí con agrado y con un punto más de excitación. “Eso es, macho mío, fóllame y dame duro… Sigue, fuerte, reviéntame,…”. Pude notar que Fran se excitaba más y mi siguiente comentario creo que fue ya la puntilla… “Tíos, empiezo a estar agotada. ¿Vosotros no os corréis nunca? ¿Por qué no me rematáis ya? Quiero sentir vuestros lechazos donde sea…”.
Fran me dijo que ya le quedaba poco y yo le respondía que mejor aguantara sólo un poco más porque yo también empezaba a estar a punto. Abdul era el que parecía que no tenía final y seguía follándome la boca como si no hubiera un mañana, mientras me sobaba las tetas o, a veces, se acercaba a juguetear con mi clítoris acelerando mis latidos por la proximidad de un nuevo orgasmo. Fran avisó: “Ufff, me voy a correr ya, tía… ¿Dónde la quieres?”. Y encontró mi respuesta: “Córrete dentro, cariño, no hay problema… o dónde tú quieras, soy tuya para que me hagas lo que se te antoje… pero sigue follándome, no te pares, eh?”. Fran fue acelerando sus movimientos y yo notaba que su polla se ponía aún más rígida, preludio de lo que se venía. Yo también estaba ya a punto del orgasmo, pero el tío se adelantó y con un par de apretadas más, empecé a notar su semen en mi coño. Fueron cuatro, cinco, seis lechazos poderosos, que me inundaron el coño y de los que parte se salió resbalando por el interior de mis muslos: “Yo también… me voy, me corroooo, aahhh, síii,…”. Se me iban las fuerzas con mi segunda explosión de placer, casi simultánea con la del macho que me acababa de someter. “Dios, qué polvazo, tío… Qué manera de correrse… Pero… ¿cuánta leche tenías guardada para mí, hijoputa? Si me llegas a coger hace unos años me haces trillizos…”. Fran, ya relajado y tumbado sobre la cama se rió con ganas por mi comentario, pero estaba satisfecho de lo que había conseguido con esa hembra que tenía al lado.
Llegaba el turno de Abdul al que con mi mirada imploraba que acabase cuanto antes porque, la verdad, yo ya no podía más. Me puso de nuevo a cuatro patas y él se colocó detrás como en cuclillas, para meterme el tremendo pollón desde más arriba. ¿Qué consiguió? Pues una penetración aún más profunda que me llegó hasta la matriz. Dí un grito de, no sé, sorpresa, placer, dolor no, desde luego. Era algo que no había sentido jamás, una polla que sentía que me llegaba hasta casi el estómago, una sensación de estar siendo ensartada en un palo muy largo. “Joder, tío, casi me revientas… Dios, no la saques y dame fuerte… Necesito esa verga, venga, dale, dale,…”. Tampoco hacía falta darle órdenes a este supermacho. Me folló lo que quiso, como quiso y al ritmo que quiso. Aceleraba, se paraba y me la dejaba dentro, la sacaba y la volvía a meter,… Y así un buen rato hasta que decidió variar ligeramente la postura. Entonces se echó hacia atrás, me cogió del pelo haciéndome una coleta y me irguió, de manera que conseguía que, cuando él empujaba con su tranca, tiraba de la coleta hacia atrás y el peso de mi cuerpo le proporcionaba una penetración aún más profunda. Nunca me habían follado así, claro, y yo ya no podía decir nada, más allá de gritar y gemir como una perra por el placer que me estaba dando. Otra vez aguantó el tipo un buen rato en esta postura, reforzada con uno de sus brazos sosteniendo los dos míos. Era una imagen digna de verse: estaba completamente a su merced (bueno, a la de su polla, más bien) y no tardó en pasar… Me corrí otra vez en medio de gritos y alaridos que venían a demostrar el absoluto dominio que sobre su hembra había conseguido aquel macho.
Después de mi tercer orgasmo mi cuerpo se rindió. Me quedé, si no inconsciente, sí en un estado casi catatónico, como sin voluntad y con el cuerpo desmadejado y sólo sostenido por los poderosos brazos del africano. Pero éste prefirió no correrse dentro como Fran, sino que optó por otro final. Me dejó caer sobre la cama, me dio vuelta y se colocó entre mis piernas. Entonces empezó a soltar su leche, espesa y abundante,… Una descarga, y otra, y otra, y otra,… Aquello parecía no acabarse nunca. Me llenó el cuerpo de su lefa, el estómago, las tetas, la cara,… Yo no tenía fuerzas ni para hacer el instintivo gesto de apartarme, o sea que se corrió a gusto donde quiso. Y para acabar, pues a demostrar quién mandaba ahí esa noche: “Ahora, Lola limpia polla de Abdul y traga resto”. El cabrón me levantó la cabeza y, ante mi absoluta falta de voluntad, me metió la polla en la boca con los restos de su semen. La verdad es que sabía mejor de lo que suponía, así que no me costó tanto la “limpieza de sable”. Finalmente, empapados de sudor los tres, Abdul se recostó al otro lado y dio su veredicto: “Blanquita mucha hembra, folla bien, aguanta mucho”. Y yo les regalé el oído a los dos: “Pues vosotros no habéis estado mal tampoco: tres corridas en una noche. No sé si me volverá a pasar alguna vez”.
Miré para un reloj que estaba en la mesita de noche y me fijé en la hora: eran las seis y cuarto de la mañana, o sea que habíamos estado follando unas tres horas. Normal que estuviera reventada. “Chicos, yo quiero dormir ya. Estoy agotada. ¿Quién tiene la cama más grande?” Fran dijo que la suya porque lo de Abdul era casi sólo un camastro en la otra habitación. Me giré a Abdul y le sonreí: “Lo siento, cariño, me has dado muchísimo placer, pero yo necesito dormir cómoda. Mañana te veo”. Me levanté como pude y me fui al baño para darme una ducha rápida y quitarme todo el semen que me había dejado por el cuerpo Abdul. Al volver a la habitación, el tunecino ya se había ido y sólo estaba Fran, casi empezando a dormirse. Me metí en la cama desnuda y me quedé dormida hasta casi las dos de la tarde del día siguiente, sábado. Pero el fin de semana no había acabado aún y quedaban sorpresas por recibir, alguna de ellas desconcertante. Pero eso será ya material para otra historia. Ya os iré contando.
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