Mi amante ucraniana
En el bullicio de una estación de metro, una mirada y una mano tendida fueron suficientes para romper las barreras de la rutina. Lo que comenzó como una ayuda desinteresada se transformó en una conexión eléctrica que ninguno de los dos podría ignorar, desafiando las reglas de sus vidas y sus compromisos.
Fue hacia un puente de mayo en Madrid, mi mujer y yo teníamos hecha una reserva en un hotel del Mediterráneo para pasar los días libres que teniamos; pero una llamada urgente del norte, le informaba de una hospitalizados urgente de su hermana mayoŕ; inmediatamente anulamos el hotel y nos dirigimos hacia la ciudad donde vivía su hermana. Luego de pasar allí los días del puente, mi mujer tuvo que pedir permiso para quedarse algunos días mas; yo en cambio por el trabajo tuve que volverme solo a Madrid.
Luego de trabajar el resto de días que quedaba de la semana, el sábado decidí salir a darme una vuelta por el centro de Madrid, que hacía mucho que no iba; la opción fue ir en transporte público, puesto que ir al centro en coche se había vuelto una odisea. Luego de caminar un bastante por Gran Vía y aledaños, decidí volver en metro a casa, pero la boca de metro de Gran Vía estaba cerrada por obras y la de Sol siempre estaba llena de gente, y más ahora, por lo que opté por caminar por la calle de Fuencarral hasta llegar a la calle Barceló donde está la boca del metro de Tribunal, que me lleva directo a casa.
Al entrar en el anden, vi que había dos mujeres al parecer extranjeras por el acento al hablar en español; una de ellas estaba preguntando a la otra, si esta línea le llevaba al hospital de La Paz, la otra mujer estaba dudando su respuesta, y le dijo que creía que no, pero no muy convencida; al oírlas me acerqué y le dije, efectivamente no le lleva a ese hospital, y acercándome al plano que estaba puesto en la pared, le expliqué que tenía que coger otra línea que le lleve hasta la estación del metro de Begoña, nos agradeció y se fué.
Nos quedamos la otra mujer y yo solos. Inmediatamente me acerqué a ella para sentarme en el mismo banco qué ella y le pregunté que cómo se llamaba. Tatiana me dijo, encantado, soy Carlos, le dije yo; de donde eres, continué preguntando, de Ucrania, me dijo. En eso llegó el metro, y ambos nos levantamos, pero vi que llevaba dos bolsas presumiblemente de peso con víveres de la compra; entonces le cogí una de ellas para ayudarla; me agradeció y subimos al vagón; ella se dirigió al único asiento libre que quedaba y yo de pie a su lado le puse la bolsa en el suelo al lado de la otra.
En medio del bullicio del vagon, me acerqué a su oído y le pregunté hasta dónde iba; hasta Tetuan, me dijo, ah vale, le contesté. En eso enfrente quedaron dos sitios vacíos juntos, así que con una seña le dije si íbamos para allá, ella dudó por segundos, pero yo cogí las dos bolsas y las llevé hacia a los asientos libres, ella sonrriendo, tuvo que venirse también. Allí pudimos hablar un poco más, sobre el tiempo po que estaba en España; me dijo que un año, que en su país era profesora, pero aquí solo podía ejercerlo en un colegio de hijos de ucranianos en Madrid, los sábados y sin cobrar; pero que durante la semana trabajaba cuidando un niño de unos franceses para poder vivir; yo le dije que era dentista, que te ia consulta aquí en Madrid.
Ella era guapa en general, de piel muy blanca, tenía 42 años, yo tenia 59. Así llegamos a su parada, y. cuando quiso despedirse, le dije que yo tambien bajaría con ella; le cogí una bolsa, la otra ya la tenia cogida ella, y salimos hacia la calle; de allí nos dirigimos hasta la esquina del portal donde vivía, me agradeció la ayuda, pero antes que se despidiese, le pregunté si le gustaría dar un paseo luego de dejar las bolsas en casa; ella se lo pensó un poco, y con carita sonrriente me dijo que si, pero que le tendría que esperar una media hora; le dije que sin problema alguno.
Intenté caminar un poco por los alrededores para que la espera no se hiciera larga, y en lo que recorrí algunas calles, se pasó la media hora, al cabo de los cuales, muy puntual salió de su portal, y era otra persona; estaba elegantemente vestida, un pantalón blanco, una blusa de colores rojos predominantemente y unos zapatos planos granates de ante; bien peinada y pintada, lo que de ser guapa, la ponia guapísima.
Fuimos caminando hacia el norte por la calle Orense, hasta llegar a un restaurante de una cadena muy conocida, allí entramos a tomar algo y cenar un poco; ella no conocía mucho o nada de la carta, así que pedí yo por los dos, más o menos preguntándole lo que le gustaba; recuerdo que mientras cenábamos, sonaba por los altavoces del local, una canción que fue banda sonora de una película muy conocida, y muy bonita; ello se lo conté y memorizó el nombre para verla luego por Internet.
Allí en medio de la conversación de la sobremesa, me contó que estaba casada en Ucrania, tenía dos hijos de 16 y 18 años; yo también le dije que estaba casado y que mi mujer estaba de viaje por su hermana enferma; le dije que no tenía hijos con ella, pero que si tenía una hija de mi primer matrimonio de muy joven, que solo duro dos años, y que ahora mi hija vivía en Londres, ya tenía 35 años y estaba casada y con dos hijas pequeñas.
Ella no dijo nada sobre mí mujer, ni yo sobre su marido; al contrario, al sincerarnos y contarnos la verdad, nos fuimos uniendo más, tomamos más confianza, tal es así que la tomé de las manos en la mesa, y solo me dijo que tenga cuidado por si alguien me pudiese ver; luego nos dimos los números de telefono. Al terminar la cena, salimos y fuimos caminado de vuelta a su casa, ya era de noche, aún había mucha gente en la calle, y cogidos de la mano y charlando de la cena, llegamos a su casa; antes de la despedida le pedí salir con ella al día siguiente que era domingo, me aceptó rápidamente y quedamos para las doce del mediodía, seguidamente le robe un beso en los labios rápidamente, me sonrrió y me dijo que aún era la primera cita, sonrriendo yo también le contesté que ya era la segunda, ah, esa no cuenta me dijo; nos dijimos adiós y hasta mañana.
Al volver hacia el metro, vi el móvil y tenía siete llamadas perdidas de mi mujer, rápidamente la llamé y le dije que me perdonara, que estuve en un bar, era cierto; viendo un partido de fútbol, eso si era mentira; y que por el ruido no pude oír el timbrado del teléfono, era verdad. Me dijo que su hermana estaba un poco mejor, pero quedaría mal, ya nada más se podía hacer, así que ella se venía mañana domingo en tren, llegando por la noche.
Al día siguiente, domingo, fui a esperarla a las doce, como habíamos quedado, pero pasados diez minutos, al ver que no se presentaba, aún pensé en irme, que tal vez ella se arrepintio y era su manera de decírmelo, aún así decidí preguntarle y le envié un mensaje por el móvil dicendole si tardaría más en bajar,, que yo ya llevaba quince minutos esperándola; al momento me respondió diciéndome que ella creyó que la cita era a las dos, pero como yo ya estaba allí, bajaría en diez minutos, le dije que sin problema que tarde lo que le haga falta.
A las doce y media bajó, estaba preciosa, más aún que el día anterior; sería por el sol que iluminaba su rostro; era una cálida mañana de primavera, de esas que no hace ni frío ni calor, ni todo lo contrario; sin embargo sí ilumina los semblantes, haciéndolos más alegres; así estaba ella, vestía de rosa, pantalón y camiseta, ésta con estampados dorados ligeros, el pelo sujetado a un lado por una hebilla pequeña también dorada; llevaba zapatillas blancas con un ribete dorado.
Nos saludamos con un beso en los labios, ya éramos oficialmente novios, entrelazamos nuestras manos y como dos adolescentes, fuimos caminando calle abajo esta vez. En eso ella me contó que una compañera de piso también de su pais de 24 años, estaba buscando novio y no encontraba; y ella que no buscaba ahora tenía novio. Reímos la gracia y seguimos caminando rebosantes de alegría y felicidad.
Después de una caminata ligeramente larga, nos detuvimos en una esquina con poca gente y algunos árboles; allí la tomé de los brazos y nos dimos nuestro primer beso, preludio de una serie muy larga y apasionada que vendría; ella tenía sus brazos pasados por mi cuello. El beso duró muchísimo tiempo, lleno de pasión y deseo, nuestros cuerpos se juntaron todo lo que pudieron para responder a ese ímpetu amoroso.
Al terminar el beso, ella me dijo que parecíamos una pareja de 16 años ella, y 18 yo. Reímos, todo era alegría; ella me hacía reír y yo a ella, en todo momento, parecía una luna de miel, que quizás en el fondo es lo que era. Seguimos caminando en dirección al Paseo de la Castellana, y todavía paramos en otra esquina, para junto a otro árbol, darnos otro beso más.
Al llegar al Paseo, la cruzamos, para lllegar al parque del Museo Antropológico de Madrid; allí después de cruzarlo un poco, nos quedamos apoyados en un árbol muy grande, y en un lugar donde casi no había gente. Allí seguimos con los besos, con más pasión todavía; la ausencia de gente me permitía acariciar más intimimamente su cuerpo, todo por encima de la ropa; pude tocar sus tetas, su culo, y hasta la zona del coño. Intenté meter la mano por detrás dentro el pantalón, pero eso aún no me lo permitió.
Después de más caricias, magreos y besos muy húmedos, y viendo la hora que era, nos dispusimos a salir del parque y dirigirnos a una terraza de un restaurante que estaba enfrente. a comer. Allí nos sentamos, pedimos agua para beber, que veníamos agitados y acalorados; seguido de la comida, que la pedí yo, al igual que el día anterior, todo para compartir. Después de un postre, nos levantamos y a propuesta mía fuimos al autobús, que nos llevaría hasta cerca de donde yo tenía aparcado el coche.
Ella subió al coche, y nos dirigimos a buscar una zona más tranquila para descansar, así fue y en una calle donde casi no circulaban coches ni gente nos detuvimos; también por sugerencia mía, nos pasamos al asiento de atrás del coche en plan romántico. Allí ya con la seguridad que nadie nos veia, debido al reflejo de los cristales del coche, y más aún en la zona trasera, reanudamos los besos y caricias interrumpidos por la comida.
Ya la cosa se puso más seria, en medio del besuqueo bastante excitante ya, mis manos si pudieron tocar sus tetas dentro de la ropa, acariciando todo su cuerpo; una mano entró esta vez por dentro del pantalón tocando su culo, entrando dentro de sus bragas, y llegando a meter un dedo en su coño por detrás; con mi otra mano después de tocar sus tetas, abrí la cremallera de mi pantalón y saqué mi pene, acercando a éste la mano de Tatiana, dirigiendola como quería que me la tocase; ella ya muy excitada por mis dedos en su coño que entraban desde atrás, el beso cada vez más caliente, mi otra mano estrujando sus tetas, y su mano masturbando mi polla cada vez más rápido; después de largo tiempo, empecé a eyacular en su mano, su coño estaba totalmente húmedo, creo que se corrió más veces, por sus respiraciones y quejidos.
Pasado ello, nos limpiamos, arreglamos la ropa, y después de estar hablando de lo que nos estaba sucediendo, ambos creiamos que era el inicio de algo bonito, sin ponernos a pensar ahora, hacia donde esto nos llevaría. Luego ya pasadas las horas, arrancamos el coche y la llevé a su casa, la dejé en la misma esquina donde le esperé ya dos veces. Quedamos en hablar durante la semana; ambos sabíamos que la próxima cita sería para hacer el amor, totalmente desnudos.
Yo me fui ya directamente a la estación de tren que estaba muy cerca a esperar la llegada de mi mujer.....Continuará.
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