Xtories

Esos años 80

La fiesta promete ser solo una noche de nostalgia, pero el disfraz de Pepa despierta instintos prohibidos. Entre risas y miradas furtivas, la línea entre el juego y la realidad se desdibuja hasta llevarlos a un patio oscuro donde el dinero compra lo que el matrimonio ya no ofrece.

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Para celebrar el 50 cumpleaños de una amiga de mi mujer, ideamos hacerle una fiesta sorpresa en el que íbamos a ir todos vestidos como en plena movida madrileña de los años 80. Es decir, dejaríamos cualquier indicio de buen gusto e iríamos vestidos usando una mezcla imposible de colores. La mayoría nos inspiramos en la estética de las películas de Almodóvar, pero María y Pepa optaron por la opción más gamberra, pues no se les ocurrió otra cosa que ir de putas. Putas algo punkies, pero putas. Esta vez, desde mi punto de vista, la siempre bella y coqueta María quedó eclipsada por Pepa, pues siendo más menuda y teniendo más sobrepeso, había sabido darse un toque más sexy. Iban prácticamente iguales, con una camiseta ajustada y una falda de vinilo ceñida, medias y tacones. Las dos llevaban una peluca pop de colores eléctricos ¿Por qué entonces me atraía más una que otra? Las medias de Pepa eran de rejilla, las de María lisas y rosadas. Ahí empezaba la diferencia. Seguí observándolas. Los tacones de Pepa eran más de aguja que los de María, y también más altos. Por lo que veía, Pepa había llevado un poco más lejos el disfraz y, como soy algo fetichista con la ropa, quizás fuese eso lo que me hechizó esa noche. Las piernas... María tenía buen cuerpo, pero no podía presumir de piernas bonitas. Los muslos de Pepa eran más voluminosos, quizás demasiado, pero las medias de malla le sentaban de maravilla y sabía moverse aceptablemente con esos tacones tan altos. La falda negra camuflaba en cierta forma el exceso de carne de las caderas. Lo que más me fascinó fue el collar de cuero negro con tachuelas que llevaba ceñido al cuello. A esas alturas de mi escrutinio, Pepa ya se había dado cuenta de mi evaluación visual y me sonreía socarrona cuando sus ojos brillantes se cruzaban con los míos, pero yo no había acabado. Miré detenidamente su camiseta para terminar la comparativa, pues aunque ambas eran portadoras de pechos voluminosos, la blusa de Pepa era de lycra con tirantes, lo cual hacía soñar a los fugaces admiradores con manosear sus redondas tetas blandas y maduras. Por el contrario, en el bar donde estábamos haciendo la fiesta, era María la que soportaba con orgullo y aplomo ser el habitual centro de atención. María era un bonito escaparate, un reclamo para mentes simples, pero Pepa mezclaba prodigiosamente sordidez y sensualidad.

En un aparte Pepa me confesó que había estado ligeramente apurada en el trayecto de la puerta de su casa al coche de María cuando ésta fue a recogerla, pero la duda de si se había pasado con el disfraz se le fue al ver que su amiga se había inspirado en el mismo modelo.

–Me siento como una morcilla bien embutida –me dijo provocándome una fuerte carcajada–. Al bajar del coche nos miraba la gente, los hombres... hacía años que no me miraban los hombres –nos reímos nerviosamente los dos, pues yo no podía apartar la vista del profundo canalillo que asomaba en su escote.

–¿Pasaste un mal rato? No sería para tanto.

–Sí, un poco, menos mal que iba con María. Lo curioso es que, cuando hemos entrado y me he relajado, me dado cuenta de que estaba algo cachonda –me quedé sin respiración porque Pepa olvidó, en su inocente sinceridad, que yo no era una de sus amigas, sino el marido de una de ellas.

–¿En serio?

–Ha sido una sensación muy rara ¿No se ve excesivo, cutre? –me preguntó retóricamente mirándose la ropa y cambiando de tema.

–Pues... sí, claro, pero estáis muy graciosas, vaya ocurrencia con el disfraz.

–Puedo salir así un día normal, entonces –dijo Pepa haciendo gala de lo mordaz y provocativa que era.

–Ja, ja, ja, estás guapísima, súper sensual, pero no creo que sea tu estilo.

–Mira a María, tiene a cinco tíos alrededor, si fuese puta de verdad se podría hacer de oro.

Pepa miraba fijamente a la corte de hombres que envolvía a su amiga y, por su comentario, seguramente estaba fantaseando con alguna situación erótico festiva.

–¿Cobrarías por sexo? –le pregunté.

–¿Yo?

–Como un juego –me miró de la misma forma con que había estado observando a María rodeada de tanto hombre. Echó una larga bocanada de humo y me sonrió sin saber a dónde quería llegar a parar–. Con un tío cualquiera, uno de esos de ahí dentro, veinte pavos y se la chupas.

–¿Un mamazo?

–Por ejemplo.

–¿Y con uno de esos? ¿Por qué no alguien menos rústico? Y, ya puestos a elegir, un buen muchacho y una buena follada.

–Ya, ya. Pero no digo eso. Imagina que yo te digo: te doy veinte pavos y me la chupas.

Volvió a mirarme sonriendo, intentando ver si en la broma había algo de interés sexual. Su mirada se desvió a mi mujer, dentro del bar, pero volvió a mí.

–Puede.

–¿Puede? –miré su boca y ella miró la mía. Un aletear de mariposas por mi cuerpo hizo que mi polla empezara a sentirse muy apretada en el pantalón.

–¿Me pagarías? Veinte euritos por un chupi chupi ¿eso es mucho o es poco? –Pepa estaba jugando conmigo.

–Ni idea, la verdad, te dije veinte por decir.

–¿Pero pagarías? Dime. Entre tú y yo.

Yo ya estaba empalmadísimo y no podía pensar con claridad. Con tanta gente alrededor, habíamos ido acercando nuestras cabezas para mantener la privacidad de la conversación. Sólo veía su boca y sus pechos apretados en el escote.

–Entre tú y yo, sí –me la estaba jugando, pero me parecía que ella estaba tan cachonda como yo– ¿Y tú qué entonces? ¿Sí o no?

Ya no le valía el puede. Pepa no respondió, y eso no era un no. Su sonrisa había pasado de ser socarrona a nerviosa. No sé en qué estaba pensando ella, pero humedeció varias veces los labios y yo no pude esperar más.

–Vamos a dar un paseo –le dije.

Nos dirigimos a una zona ajardinada que había junto a la terraza del bar. Le dije que fuese delante, y me deleité mirando cómo su hermoso culo se movía gracias al efecto que le producían los largos tacones al andar. Ella puso las manos sobre las caderas, para realzar el movimiento. La hice parar en un hueco en los arbustos junto a la reja que daba al oscuro y vacío patio trasero del bar. Tomando su mano, nos acurrucamos hasta asegurarnos de estar ocultos de miradas ajenas. Para romper el hielo, saqué el billete de veinte euros y ella lo tomó, tan excitada como yo.

–Eres mi primer cliente –me dijo con voz temblorosa.

–¿Cómo te sientes?

–Muy puta. Espero que no nos vea nadie.

–Tú haz tu trabajo. Quiero que veas el billete mientras lo haces. Empieza.

Pepa se puso de rodillas.

–¿Estás seguro de esto? –a cada momento estaba más seguro, pues tenía la sangre concentrada en un sitio.

–Sácame la polla –ella obedeció y me bajó el pantalón y los calzoncillos–. Hagas lo que hagas, quiero que no pierdas de vista el billete.

Tomó la polla con una mano y apoyó la otra en mi muslo, con el billete sobresaliendo. Me empezó a masturbar. Llegó un momento en que sus labios y mi glande relucían en la oscuridad con la misma intensidad, separados por unos milímetros. Me miró, sin atreverse aún a usar la boca.

–¿Habías fantaseado con esto? –le pregunté.

–Sí, alguna vez.

–Supongo que es distinto de como lo habías imaginado... pero ahora eres oficialmente un putón...

–Soy una puta...

–Una chupapollas.

Entonces Pepa se metió el rabo en la boca de una sola vez, con muchas ganas. Sentí sus dientes y su lengua. Esperé estoico a que aflojara sus ganas desbordadas y poco a poco fue mostrando sus habilidades. Movía la lengua rápidamente cuando la polla ocupaba la boca, y no dejaba de lamer cuando la sacaba para respirar. Me sonreía dichosa cuando alternaba la felación con la masturbación para dar un descanso a los labios, usando tanto la mano libre como la del billete. Y después volvió a chupar, olvidando cualquier noción mínima de higiene. Era dulce y delicada, a la vez de ardiente. Estaba seguro que ella estaba disfrutando casi tanto como yo. Cuando estimó oportuno, se bajó la camiseta hasta la cintura. Por más que miraba, no tenía una buena perspectiva de sus enormes pechos, y los imaginé hermosos y completamente doblegados a la acción de la gravedad.

–Es por si acaso –me dijo en referencia a bajarse la camiseta–, nunca se sabe si va a caer alguna gota.

La predisposición de Pepa me hizo mover las caderas buscando acelerar el ritmo. Ella acopló sus movimientos a los míos para tener la máxima fricción. La avisé de que me iba a correr y ella añadió la estimulación manual a nuestros movimientos. Dilaté lo que pude el placer extremo que estaba sintiendo, hasta que comencé a eyacular y ella empezó a tragar en cuanto recibió la primera tanda de crema. No disminuyó el ritmo, ni lo aceleró. Me ordeñó profesionalmente.

–Mmm... ¡qué de tiempo! –dijo al acabar, mientras comprobaba que no había caído ninguna gota sobre los pechos y se colocaba la camiseta.

Me limpié la polla y ella se arregló el maquillaje.

–Pepa, joder, ¡cómo chupas! lo haces muy bien, en serio.

–Es que se la chupaba mucho a mi ex, ya sabes, para que me hiciera los recados, o para que me acompañara casa de mi madre...

–Y se la chupabas mucho...

–Hubo un tiempo que sí, después ya no me gustaba tanto.

–¿Y ahora? ¿Te gusta ahora?

–Claro. No me gustaba con él. Me pone muy cachonda cuando de repente me viene todo ese semen a la boca –dijo sin evaluar que sus palabras resonarían en mi cabeza por siempre.

–Ay, Pepa, cómo me pones. Has estado genial –añadí para disimular mi entusiasmo.

–Bueno, me habías pagado, tenía que darte un buen servicio, ¿no? –me contestó guiñándome.

Volvimos a la fiesta, cada uno por su lado. La noche siguió sin volvernos a encontrar. Como me suele pasar, llegaron los remordimientos, por mi mujer. Ella no se merecía mis infidelidades, y menos con una íntima suya. Después vinieron las dudas. Me preguntaba el tiempo que tardaría Pepa en irse de la lengua con alguna amiga común. Me arrepentí de todo, pero poco a poco enterré la culpa bajo el manto del recuerdo de la boca de Pepa deslechándome a cambio de unas cuantas monedas.

Cuando todo estaba ya más despejado y sólo quedábamos los más fiesteros, fui a orinar. Pepa estaba esperando en la cola de las chicas. Me sonrió al verme pasar e hizo un leve y disimulado movimiento con la lengua, dentro de la boca, simulando que estaba haciendo una felación. Entré en el aseo de los chicos, que estaba libre, y oriné con la polla poniéndose cada vez más gordota. Al salir, esperé en el pequeño pasillo a que Pepa terminara con lo suyo. Abrió su puerta y se alegró de verme. Me acerqué a ella y le susurré:

–¿Cuánto por el culo?

Pepa abrió los ojos y se le congeló la sonrisa. Quizás me había pasado, enardecido por sus gestos y el alcohol.

–¿Por... el culo? –me preguntó muy seria. Como se tomó un tiempo para responder, empecé a pensar mi estrategia para negociar otra solución más satisfactoria para ella– Cincuenta –me quedó claro que, para Pepa, la indecencia era un aliciente que sobrepasaba cualquier reparo a tener sexo no convencional.

–Vamos donde antes –le contesté inmediatamente, antes de que se arrepintiese.

–Espérame allí.

Me adelanté y la esperé. Me ardía la polla, como si también deseara rematar esa noche de descubrimientos. Pepa no tardó en llegar. Ella misma se colocó entre mí y la reja, dándome la espalda. Le subí la falda y le bajé las braguitas y los panties. Antes de seguir, metí las manos por debajo de la camiseta para tocarle los pechos, pero ella misma se bajó los tirantes para que tuviese un acceso más cómodo. Los encontré enormes y algo bajos, pero también más macizos de lo que esperaba. Me mojé los dedos con saliva y le masajee el ano.

–Por el culo... –quise asegurar los términos del trato.

–Cincuenta euros... –me contestó abriendo las piernas.

Mojé lo que pude su culo y mi polla, e intenté entrar. Sabía que iba a costar así.

–Espera, me dijo ella.

Pepa abrió la mano y me mostró un pequeño envase con aceite de oliva, un dosificador individual para los desayunos. Supuse que lo acababa de coger del bar. Se giró y se puso frente a frente. Me embadurnó la polla y, echando las manos hacia atrás, ella misma se puso otro poco por su puerta trasera. Tardó un poco sin dejar de mirarme y, cuando terminó, se chupó los dos dedos que había estado usando. Si pretendía enardecerme, lo había conseguido. Le di la vuelta y enfilé su delicioso anillo de la pasión. Esta vez la punta de mi verga encajó perfectamente en él, pues ella lo había dilatado lo suficiente. Empujé y, mientras mi polla iba introduciéndose abriendo con placer su acogedora entrada, el ímpetu de la arremetida también la fue desplazando hasta que su torso llegó a la verja.

–Te voy a follar pero bien –le susurré al oído para comprobar que estábamos en la misma onda.

–Dame fuerte y no pares.

–Pepa... voy sin condón... –dije al tomar momentáneamente consciencia de la situación.

–No importa. Tú dame –yo ya había empezado a follarla con un ritmo moderado, así que aceleré.

Su culo se sentía delicioso, menos prieto de lo que había previsto pero podía sentir sus entrañas en todo el recorrido. Ella me animaba a aumentar el ritmo, pero yo ya había llegado a la máxima velocidad que podía mantener de forma constante. Me acordé de sus pechos. Ahora sobresalían al otro lado de la verja, moviéndose como dos péndulos gigantes. Se los cogí y ella me acarició la mano, notando la suya muy empapada. Sin duda había estado tocándose entre sus piernas. Hablábamos entre susurros.

–Préñame...

–Te voy a llenar de lefa...

–Préñame el culo...

–Puta...

–Jódeme más duro, apriétame los pezones y no pares hasta que...

Y empezó a revolverse tanto que casi se me salió la polla. Ese pequeño parón hizo que mi propia venida se retrasase unos minutos más. Por primera vez desde que empezamos, sus dos manos quedaron a la vista, sujetando dos barrotes de la verja. Como esperaba ya, tenía los dedos brillantes.

–¿Te has corrido?

–Sí, sí. Ah, ah, ah.

–Ahora sólo es mi polla y tu culo de puta.

–Mi culo... ah, ah... préñame el culo...

La jodí como un autómata, extasiado por las sensaciones que me daba. Durante unos minutos, sólo sentía su ano siendo atravesado por mi rabo una y otra vez, acompañado por sus silenciosos gemidos. Empecé a eyacular y fui consciente de que aparentemente estaba soltando la misma cantidad que en el encuentro anterior, lo que hacía que empujase con más ganas en mis sacudidas. Cuando terminé, dejé la polla dentro el tiempo que pude, asegurándome de dejar allí hasta la última gota. Ni ella ni yo teníamos prisa. Esta vez no hubo comentarios subidos de tono. Nos separamos y no nos hablamos durante el resto de la noche.

Al mes siguiente, mi mujer me pidió que la recogiese después de una de sus reuniones. Mientras se despedía de sus amigas, Pepa vino a saludarme. Me acordé de la fiesta de disfraces y le di un billete de 50.

–No me gusta dejar deudas –le dije.

Pepa se guardó el billete sin protestar. Viendo que mi mujer no terminaba de irse aún, me susurró:

–Llevaba mucho tiempo sin hacer el chupi chupi, y desde el otro día no paro de darle vueltas.

–Yo tampoco –confesé.

–Vente mañana a casa y te hago dos –puse cara de sorprendido al oír lo de dos, pero ella entendió otra cosa–. ¡Sin cobrar, eh!

–Sin cobrar... ¿qué? –dijo mi mujer apareciendo detrás de mí.

–Una copa que alguien le pagó a alguien la otra noche –dijo Pepa.

Nos despedimos. Ya con el coche en marcha, mi mujer no tardó en recorrer mi pantalón haciéndome ver que se había dado cuenta de mi polla hinchada. En los semáforos en rojo le tomaba la mano para hacer que me masturbase durante la espera. Esa noche hicimos el amor de forma salvaje, pero al acabar yo solo podía pensar en que al día siguiente Pepa me follaría la polla con la boca una y otra vez... y no podía esperar tanto tiempo.

–Cómeme la polla –le dije sin más a mi mujer.

–Hoy estás hecho un toro –me dijo con entusiasmo antes de bajar más allá del ombligo.

–Tú chupa hasta que me corra.

A mi mujer le gustó ese nuevo juego. Se dio la vuelta y encajó su coño en mi boca, dándome el privilegio de obtener doble placer para terminar esa noche.