Xtories

Tocando la Gloria

La mirada de Daniel no era solo curiosidad, era hambre. Y cuando Gloria lo descubrió observándola, no lo expulsó; lo invitó a sumergirse en un placer que ninguno de los dos sabía que necesitaba tanto.

El Escriba11K vistas9.3· 20 votos

A veces, la vida, nos lleva por caminos que no pensábamos explorar. Pero si algo nos enseña la vida es que, lo que vale, es el aquí y el ahora. Quiénes acaban aprovechando las oportunidades que la vida les brinda, son las personas que alcanzan mayores cotas de felicidad y, sin duda, evitan la frustración de no haberlo intentando.

Daniel es un hombre casado acercándose, como él mismo dice, a la cincuentena de edad. Su matrimonio es uno más. La relación con su mujer es, dentro de lo cabe, cordial. No hay grandes peleas, ni grandes reproches, pero tampoco hay grandes momentos de pasión, de amor o de muestras de cariño. El paso del tiempo, la monotonía y las circunstancias de la vida lo acaban ajando todo, se repite Daniel así mismo.

Vive en una bonita urbanización a las afueras de la ciudad. Un ático grande y espacioso, amueblado y decorado en estilo moderno y funcional. El edificio rodea una zona común compuesta por un bonito y coqueto jardín, una pista de pádel, otra pista de tenis y una gran piscina.

Daniel no era muy partidario de comprar aquel ático, pero su mujer se empeñó y él, una vez más para no tener que soportar sus malos humos y acabar siendo víctima de los reproches que aquella pudiera terminar haciéndole, cedió.

Aquel verano, la mujer de Daniel decidió aprovechar que iba a estar unos meses de baja laboral para irse con su madre al apartamento familiar en la costa. Daniel hizo el viaje de ida, las dejó allí, permaneció los dos días del fin de semana, y volvió a su casa. Esperaba poder disfrutar así de un poco de soledad y paz. Falta le hacía.

El lunes, tras volver de trabajar, Daniel se sentó a disfrutar de la terraza de su ático. Decidió darse un pequeño homenaje y se acomodó en uno de los sillones de jardín de la terraza, con una cerveza bien fría, un plato con aceitunas y un libro, dispuesto a leer con tranquilidad, mientras degustaba una cerveza de su marca favorita. Pero la calma duró poco. Apenas 10 minutos después comenzaron a llegar voces y risas desde abajo. Se trataba de una pareja de mujeres, una de ellas le sonaba como vecina de la urbanización, la otra no. Estaban jugando un partido de tenis o, más bien, riendo cada vez que algo no les salía del modo más ortodoxo.

Daniel reflexionó que tenía dos opciones: o bien enfadarse, regresar al interior de la vivienda, y “disfrutar” del aire acondicionado, o hacer de la necesidad virtud y contemplar a las dos jugadoras mientras degustaba la cerveza.

Una de ellas, la vecina, era una mujer de unos 40 años, alta, de pelo castaño algo largo y cuerpo formado por rotundas curvas. La compañera de partido era una mujer algo más bajita, de pelo oscuro corto y menos rotundidad en las curvas de su cuerpo. Si bien ambas mujeres eran realmente atractivas, Daniel reparó en que su vecina era una mujer que, sin destacar excesivamente en ninguna de sus cualidades físicas, reunía tal armonía y se movía de tal modo, que era realmente una mujer bella y atractiva y, desde luego, contemplar desde su atalaya el bamboleo de sus pechos cada vez que corría o saltaba, era adictivo.

Gloria y Elena jugaban un nefasto partido de tenis. Gloria vivía desde hacía poco tiempo en aquella urbanización de las afueras. Si se decantó por aquella vivienda fue por las magníficas instalaciones con que contaba: jardines, pista de pádel y tenis, y piscina. No es que ella fuera una adicta del deporte, pero la gustaba, sobre todo en el buen tiempo, practicar un poco de deporte al aire libre, y allí era realmente fácil hacerlo, sin que cupieran excusas para justificar el sedentarismo.

Gloria tenía 40 años, era alta, de pelo largo castaño y piel morena. Sus pechos y su culo eran rotundos, captando de inmediato la atención de hombres y, últimamente también, mujeres. Sus ojos, del color de la más dulce miel, transmitían con su mirada serenidad y dulzura, si bien sus relaciones amorosas brillaban por su ausencia desde que, siendo aún muy joven, un hombre sin los más mínimos sentimientos, le partió el corazón por la mitad. Desde entonces no volvió a fiarse de ningún hombre y contaba sus relaciones por esporádicas formas de satisfacer sus deseos carnales.

Esa tarde la acompañaba Elena. Una compañera de trabajo 3 años más joven que Gloria, que se había dejado convencer de jugar con ella un rato a tenis, a cambio de relajarse después en la piscina.

Ambas mujeres estaban disfrutando de lo lindo, entre risas y esfuerzos por dar un raquetazo a derechas aunque, las más de las veces, la pelota se estrellaba en la red de separación de ambos campos o se perdía al fondo de la pista sin ser devuelta.

Daniel disfrutaba de las vistas. Ambas mujeres se movían con gracia, aunque sin talento, y observar los dos pares de tetas, rebotando y moviéndose en la distancia, rompió con la monotonía del día y le dio un toque picante y morboso a la tarde.

Una de las veces en que la pelota salió despedida al fondo de la pista, la vecina de Daniel, Gloria, se dejó caer entre risas, para echarse en el suelo, haciendo ver a su rival que estaba completamente desfallecida. Así es como vio que tenían público. Daniel la miraba fijamente desde su terraza, a una distancia que, aun no siendo exactamente cercana, permitía captar algunos de los matices de la expresión de los rostros. Ambos siguieron mirándose, sin saber muy bien qué decir. Fue Daniel quién rompió el hielo saludando con la mano a su vecina, a la vez que le daba las buenas tardes. Ella respondió del mismo modo, mientras Elena le dijo algo que Daniel no pudo oír, a la vez que se acercó a su amiga, mirando a su vecino.

Unos instantes después Daniel, un poco cortado por haber sido descubierto mientras observaba a las dos jugadoras, decidió sentarse de nuevo en el sillón, aunque desde allí podía seguir viendo el juego de las dos amigas, al ser la pared de la terraza de cristal transparente.

Las dos mujeres continuaron jugando un rato más, bajo la mirada de Daniel. Unos 15 ó 20 minutos después desaparecieron y Daniel decidió reemprender la lectura de su libro por dónde lo había dejado.

Le costaba concentrarse en la lectura. La visión de su vecina, en ropa deportiva, bamboleando su cuerpo al ritmo del peloteo, riendo y saltando, le había causado una erección que no esperaba. Tras unos minutos tratando de concentrarse en la lectura, decidió dejarlo por ese día. Demasiada tensión acumulada en su entrepierna la hacían difícil.

Se afeitó y se dio una ducha, que aprovechó para masturbarse bajo la cálida lluvia artificial generada en el baño. Estaba llegando al punto de no retorno en el que, una vez superado, su masturbación habría acabado en orgasmo y derramamiento del blanco néctar que sus testículos acumulaban. Pero una llamada de teléfono le devolvió al mundo terrenal. Intentó no responder, pero el teléfono insistió sonando y, malhumorado, dejó de masturbarse para alcanzar el dichoso teléfono móvil y responder. Se trataba de su mujer. Llamada rutinaria para saber qué tal le había ido el día, y para recordarle que tenía algunos tuppers con comida en el frigorífico.

Daniel no protestó, pero se preguntó así mismo si era necesaria esa llamada. En fin, lo dejó estar y se despidió con toda la cordialidad que pudo de su mujer.

Aún mojado, envuelto en una toalla, se miró su sexo que había decrecido notablemente. No estaba teniendo la tarde con suerte. Ni había leído, ni se había corrido. Al menos había podido disfrutar de la imagen de su vecina jugando a tenis. El recuerdo de su cuerpo y su risa le reconfortaron y le animó a ponerse el bañador y bajar a la piscina. Ya era un poco tarde, realmente según las normas de la comunidad de propietarios, rebasaba la hora máxima hasta la que se podía hacer uso de la misma, pero quería aprovechar el hecho de que no habría nadie, para poder hacer algunos largos que le relajaran de verdad, ya que aún no lo había podido hacer, ni de una forma ni de otra.

Así es como Daniel, en bañador y chanclas, y portando una toalla de piscina, bajó hasta ella, estiró la toalla en una de las hamacas, y se lanzó al agua, nadando de forma sigilosa. Siempre le gustó nadar, era lo único bueno de aquel ático: disponer de aquella fantástica piscina. Aunque para poder hacerlo de verdad, dando buenas brazadas y aprovechando toda la longitud de la piscina, debía hacerlo como ese día, pasada la hora de uso permitido.

Ensimismado como estaba en la natación, Daniel no se percató de que ahora era él el observado. Desde un rincón del jardín que rodeaba la piscina, dos ojos color miel le observaban fascinados: tenía buen estilo, era fuerte y tenía buen cuerpo.

Al llegar al extremo de la piscina más cercano al lugar que ocupaba la propietaria de aquellos dos ojos una voz le habló:

- Tienes buen estilo –dijo Gloria.

- Gracias –respondió Daniel mientras paraba junto al borde para ver quién le hablaba.

- Nadas mejor de lo que yo juego al tenis –añadió Gloria.

- No lo creo. Necesitaba hacer algo de ejercicio. Me gusta mucho nadar, pero más temprano da el sol y siempre hay gente, no se puede hacer con tranquilidad.

- Tienes toda la razón, pero insisto: tienes muy buen estilo. Perdona, me voy a presentar, me llamo Gloria, aunque ya vi cómo nos mirabas antes –dijo Gloria, haciendo que Daniel se ruborizase un poco.

- Yo soy Daniel. Perdona, antes estuve disfrutando de vuestro partido, no quería molestaros.

- Para nada molestaste. Todo lo contrario. Creo que nunca había jugado con público.

- No soy buen público. No entiendo mucho de tenis. Es que os oí reír y me asomé para ver qué ocurría. Después me fue imposible dejar de mirar –respondió Daniel.

- Eso es porque no había nada mejor que mirar –replicó Gloria-. ¿Admites a alguien más en la piscina?

- Oh, claro. Por supuesto. Tienes tanto derecho como yo.

Antes de que Daniel pudiera terminar de responder, Gloria se había acercado y dejado caer en la orilla el pareo con el que tapaba su cuerpo para descubrir, ante los ojos de inmediato encendidos de Daniel, un cuerpo realmente espectacular. Como decía Daniel a veces: un cuerpo de mujer, no esos cuerpos de jovencitas estilizadas que no ofrecían ningún lugar seguro al que agarrarse.

Gloria llevaba un blanco que contrastaba perfectamente con el moreno de su piel destacando, como ya había percibido Daniel en la sesión de tenis, unos generosos pechos y un culo de redondeadas formas, tras unas caderas sugerentes.

Daniel se apartó mientras Gloria se lanzó al agua, emergiendo de la misma unos metros más adelante, casi en mitad de la piscina. Desde ese lugar volvió nadando, con una suavidad pasmosa, hasta alcanzar el lugar que ocupaba Daniel.

- Tú sí que nadas bien –dijo él.

- Nadar se me da bastante mejor que jugar a tenis –respondió Gloria.

- La verdad, y no te ofendas, es que es así. Pareces una verdadera sirena en el agua –dijo Daniel sin poder evitar mirarla, sobre todo la parte emergente de sus pechos sobre el agua, tan cercanos a él que le estaba costando un enorme esfuerzo no acariciarlos con sus manos.

Sin decir nada, Gloria se dio la vuelta y comenzó a nadar hasta llegar al otro extremo de la piscina. Lo hacía sin salpicar agua, sin hacer ruido. Braceando de modo suave y sigiloso, pero muy efectivo. Desde el otro extremo llamó con la mano a Daniel, quién no se lo pensó y siguió la estela dejada por ella.

- Siento haber interrumpido tu rato de natación –dijo Gloria-. Mi amiga quería haber nadado un rato también, pero la ha surgido un imprevisto en casa y se ha tenido que marchar. Y como ya me había hecho a la idea de acabar en la piscina, no he podido vencer la tentación –explicó a Daniel mientras sus ojos, al menos así le parecieron a él, recorrieron cada centímetro de su rostro y cuerpo.

- Me alegro mucho de que haya sucedido así. Espero que lo de tu amiga no sea ningún problema grave, pero me está gustando haber decidido bajar a la piscina a relajarme y coincidir contigo.

- Lo malo es que no podrás hacer lo que querías –dijo ella.

- Llevo toda la tarde sin hacer lo que quiero. Cada cosa que comienzo se acaba torciendo, no me preocupa una más.

- ¿Ah sí? ¿Y qué cosas te han interrumpido? –preguntó Gloria, con cierta picardía en el tono de voz empleado.

- Comencé queriendo leer un libro, mientras tomaba una cerveza fría, acompañada de unas aceitunas. Pero una parejita de mujeres, guapas y alegres, me han cortado la lectura con sus risas y gritos. Pero no creas, que el cambio me mereció la pena: mucho más agradable verlas a ellas que la lectura del libro.

- Debían de ser dos mujeres muy bonitas, si tanto te gustó verlas –preguntó Gloria, ahora sí con un tono completamente cargado de picardía.

- Sí, sí que lo eran. Sobre todo una de ellas, la más alta.

- Seguro que era la más patosa –añadió Gloria.

- Para mi era la más divertida y atractiva –cortó Daniel con una delicada sonrisa y rozando, por primera vez, la piel de Gloria a través de uno de sus brazos.

- ¿Y qué más cosas te han cortado esta tarde?

- Cuando decidí que ya no iba a leer más porque…, bueno porque no era posible, pasé dentro y me di una ducha. Pero cuando mejor estaba (omitió que se estaba masturbando recordándola a ella, y a punto de correrse), recibí una llamada de teléfono que tuve que responder. Tras ello, decidió bajar a la piscina a hacerme unos largos tranquilo.

- Y aparecí yo para frustrar de nuevo tus planes –dijo Gloria.

- Yo más bien diría que apareciste tú para iluminar la noche –dijo Daniel con toda la galantería de que fue capaz.

- Ohhh!!!! Qué bonito!!!! –respondió Gloria, acercándose a Daniel para darle un beso en la mejilla, lo que produjo que sus pechos se apoyaran en el pecho del hombre, haciéndole sentir la textura y consistencia de los mismos y que, de nuevo su polla, comenzara a emerger como el periscopio de un submarino.

Gloria, tras ese beso que alargó tanto como pudo, se dirigió a la escalera de salida. Daniel, tras ella, tuvo ante sí la imagen de su tentador culo, lo que provocó que su polla siguiera creciendo y engordando. El cuerpo contundente de Gloria, hecho de curvas que invitaban a cometer todos los pecados, bajo la tenue luz artificial de las farolas, y mojado por el agua de la piscina, se antojaba un regalo de los dioses puesto ante él con algún fin. Y el fin no podía ser otro que tratar de disfrutarle y de hacerle disfrutar.

Daniel salió del agua tras Gloria y, tras recoger su propia toalla, la acompañó hasta el lugar en que ella ocupaba una hamaca. Ella se sentó en la hamaca, y él iba a hacer lo mismo en una hamaca contigua, pero Gloria le cogió de la mano y le pidió que se sentara a su lado.

- ¿Tienes miedo de mi? –preguntó Gloria

- Tengo miedo de mi mismo –respondió Daniel.

- ¿Hay alguna mujer que te espera? –preguntó de nuevo Gloria

- Hay una mujer, pero no me espera. Hace muchos años que no nos esperamos, ni nos buscamos. Simplemente cohabitamos –respondió Daniel -. En tu caso, alguien debe haber que espere a una mujer como tú –inquirió.

- En mi caso no hay nadie. Ni que me espere, ni que nunca me haya esperado –respondió la mujer, notando como el corazón se aceleraba bajo su pecho.

Gloria no dijo nada más. Al menos no habló con palabras, lo hicieron sus gestos. Alcanzó la mejilla de Daniel con una de sus manos y la acarició, con tal suavidad y ternura, a la vez que sus ojos le miraron incendiados de pasión y deseo, que a Daniel no le cupo ninguna duda más. Alzó su mano hasta tomar a Gloria por la nuca y acercar sus bocas. Comenzaron a besarse, primero de forma suave, pausada, sin que la prisa fuera el motor de cada movimiento.

Poco a poco, el beso dulce y suave se transformó en un beso cargado de impulsividad y pasión. Un beso que era la muestra del deseo contenido por los dos.

La mano libre de Gloria recorrió en una cálida caricia el pecho y la espalda de Daniel, aun mojados por el agua de la piscina, mientras las gotas de agua caían sobre sus labios, unidos en un beso cada vez más intenso y apasionado. Un beso en el que las lenguas de ambos se buscaban y encontraban, para entrelazarse y acariciarse. Un beso en el que los labios de uno mordisqueaban los labios del otro, en una prueba de pasión y lujuria cada vez más palpable cálida.

Mientras la mano de Gloria recorría el torso y la espalda de Daniel, éste acarició la espalda de ella, subiendo y bajando por la misma hasta llegar hasta el comienzo de su culo y, desde allí, volver a subir.

Ambos se estaban excitando por momento. La polla de Daniel estaba absolutamente erecta y dura, pidiendo a gritos ser liberada de la presión del bañador. Gloria debió entenderlo perfectamente, pues su mano bajó hasta ella para hacerla su prisionera, primero por encima del mojado bañador, haciéndose una primera idea de su tamaño y dureza, a la vez que Daniel oprimía cada uno de sus pechos por encima del bikini. Los pezones reaccionaron aún más de lo que ya lo habían hecho, confirmándose como dos generosas protuberancias, duras y sensibles, coronando los dos maravillosos montes que eran sus pechos.

A continuación, y ayudándose los dos a la vez con las dos manos, se despojaron de la parte superior del bikini, en el caso de ella, y del bañador, en el caso de él. Gloria contempló durante un par de segundos la polla dura y gorda de Daniel. Hacía mucho tiempo que no tenía a su alcance un ejemplar así. La acarició con su mano, suavemente, como si hacerlo con más intensidad pudiera romperla o causar algún daño.

A su vez, Daniel contempló los pechos que el destino había puesto en su camino: dos grandes pechos, muy bien formados y coronados por dos preciosos pezones, oscuros y gruesos. Antes de probarlos con su boca, los hizo suyos con sus manos: posó sus manos en cada uno de los pechos, presionándolos con intensidad creciente, sintiendo la dureza de los dos hermosos pezones en la palma de sus manos. Gloria se estremeció por primera vez, y como reacción a ese estremecimiento, comenzó a mover su mano sobre la polla de Daniel, de forma suave y rítmica.

El movimiento de la mano de Gloria sobre su polla, hizo que Daniel también se estremeciera de placer, lanzando su boca contra uno de los pezones de la mujer, para succionarlo, lamerlo, acariciarlo y morderlo con su lengua y labios. Otro rayo de placer recorrió el cuerpo de Gloria, a la vez que sus pezones aún crecían y se endurecían un poco más.

Tras un par de minutos así, en los que gloria masturbaba a Daniel, y este succionaba y lamía sus pezones y tetas, Gloria se inclinó sobre él dejó que su lengua recorriera su dura polla, desde la punta hasta la base de los huevos, en un movimiento lento y suave que repitió, en ambos sentidos, varias veces más, haciendo que el hombre gimiera de placer.

A la vez que Daniel enredó sus manos en el cabello de Gloria, ésta fue engullendo la polla de él, haciéndola entrar poco a poco en su boca, hasta casi hacerla desaparecer para, tras unos segundos de reposo, comenzar a mover la boca sobre la verga del hombre, succionando con ganas crecientes el glande, y sin dejar de acariciarle los huevos con sus suaves manos.

Daniel creía que iba a delirar de placer. No recordaba cuando había sido la última vez que había recibido sexo oral con tal maestría y pasión, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no eyacular ya en la boca de la mujer. Afortunadamente, el ejercicio que había hecho nadando, le habían hecho perder parte del vigor que alcanzó en la ducha, pero Gloria estaba mamándole la polla de una forma tan deliciosa, que pronto obtendría su premio.

Mientras ella engullía sin prisa, pero sin parar, el falo de Daniel, éste siguió con una de sus manos enredadas en el pelo de la mujer, mientras con la otra mano acariciaba su espalda, bajando cuando podía, hasta llegar a sus nalgas y culo. Su tacto y textura eran realmente irresistibles, tal y como a simple vista le había parecido unos minutos antes.

Sus gemidos anticipaban que, de seguir así, el final estaba cerca. De nuevo Gloria se percató del estado del hombre, y dejó de mamarle la verga. Otra vez volvieron a besarse, con más ganas aún que un rato antes. Pero Daniel no iba a permanecer quieto. Hizo que Gloria se echase sobre la hamaca, dejando caer una pierna por cada lado de esta, mientras él comenzó un recorrido con su boca por el cuerpo de voluptuoso de ella.

Lamió sus labios, su cuello, su pecho. Se deleitó de nuevo en las tetas y pezones, mordiéndolos con sus propios labios con más fuerza e intensidad que antes. Los gemidos de Gloria se hacían cada vez más sonoros e intensos. Su boca siguió deslizándose por la suave y cálida piel de la mujer, por cada milímetro de su cuerpo, descendiendo sin prisa pero sin pausa.

Cuando se acercó de modo peligroso al sexo de ella lo esquivó, pasó de largo, queriendo hacer más intenso el deseo y el placer que ella pudiera experimentar. Aun llevaba la parte baja del bikini, aunque los propios dedos de Gloria lo habían apartado y rozaban los labios de su coño, el cual se mostraba excitado, abierto y empapado en una mezcla de agua y fluidos.

Pero Daniel no tenía prisa, quería disfrutar de verdad del momento, de aquella maravillosa mujer, y de la suerte que había tenido. Dejó que su boca bajara por los mulos y piernas de Gloria. Besando y acariciándole la piel mientras descendía hasta llegar a los pies. Allí se detuvo, mirando, cómo quién mira a una diosa, a la mujer que estaba por encima.

Comenzó de nuevo el suave roce de la piel de la mujer con sus labios y lengua, con sus propias manos sujetó las manos de Gloria, que hacía un instante había comenzado a masturbarse coño y clítoris. La quería intacta para él.

El ascenso fue terriblemente lento. Gloria quería esa boca, necesitaba sentir a ese hombre. Ardía por todo lo que ansiaba con sentir. La tortura a la que estaba siendo sometida sólo hacía incrementar sus ganas de placer, su necesidad de placer. Cerró sus ojos con fuerza cuando Daniel le sujetó las manos, implorando a Dios que llegase cuando antes a su mojada y palpitante concha.

Y llegó, unos segundos después, y tras haberse recreado en la cintura de la mujer, Daniel, sin previo aviso, lanzó con avidez su boca contra el coño de Gloria, hundiendo su lengua en él, para llenarla con los fluidos ácidos y adictivos de la mujer. A continuación, fueron sus labios los que tomaron el clítoris para morderlo, para tirar de él y moverlo a un lado y otro, sacudiendo las entrañas de Gloria, que cambió sus gemidos por auténticos gritos de placer que, seguramente, estarían siendo escuchados por los vecinos de la urbanización.

Gloria abrió aún más sus piernas, implorando al Cielo que Daniel ya no parase más. Y él no lo hizo. Penetró con su lengua el coño encharcado de Gloria, sacando y metiendo su pequeño atributo dentro del maravilloso sexo de la mujer, enciendo aún más su pasión, incrementado su deseo, mientras con los dedos masajeaba y estimulaba el hinchado y duro clítoris.

La mujer permanecía con los ojos cerrados, con fuerza, concentrándose en recibir y percibir todo el placer que aquel hombre la estaba proporcionando. Disfrutando de cada instante, de cada movimiento. Desinhibida por completo, olvidando si alguien podría escucharlos y verlos. Quería tocar el Cielo, quería ser transportada a otro lugar, a otro mundo. Y Daniel sería su medio de transporte.

Un par de minutos más tarde, Daniel volvió a atacar el clítoris de Gloria con sus labios, mordiéndolo de nuevo, tirando de él, con más fuerza que antes, moviéndolo de un lado a otro y dibujando círculos con la lengua sobre él, mientras introdujo tres de sus dedos en el coño empapado y ardiente de la mujer. Los dedos comenzaron una intensa cadena de movimientos de entrada y salida, haciendo que los fluidos de la mujer salpicaran con generosidad su mano y su boca.

Los gemidos y gritos de placer de Gloria fueron estremecedores hasta que, invadida por una especie de descarga eléctrica que recorrió todo su cuerpo, no pudo soportar más placer y se dejó llevar a otra dimensión, en la que sus piernas y casi el resto de su cuerpo, temblaron de placer, a la vez que su boca emitía constantes gemidos y gritos de placer, mientras su coño se desbordó sobre la boca de Daniel, arqueando su cuerpo por la cintura todo cuanto pudo para sentir la lengua y los dedos del hombre en lo más profundo de su ser.

Gloria se había corrido. Y Daniel se sentía feliz y satisfecho del modo en que la mujer lo había hecho.

Apenas unos segundos después, y sin apenas haberse podido recuperar Gloria, a la vez que se colocaba a 4 patas sobre la hamaca, tiró de Daniel, en una clara invitación para que su polla por fin llenase su ardiente cuerpo.

Daniel se colocó detrás, con la polla más erguida y dura que nunca, sin duda excitado hasta el extremo tras la descarga de fluidos que Gloria le había regalado y, apartando el bikini con sus manos, llevó la punta de su verga hasta la entrada del coño de la mujer. Con semejante instrumento acarició repetidamente el sexo de Gloria, desde el clítoris hasta la entrada de su ano, sintiendo en cada caricia como el cuerpo de la mujer se estremecía de nuevo de placer y como quemaba con su temperatura su propia polla.

Se sintió tentado de intentar penetrar el culo de su vecina, pero prefirió dejarlo, si ello era posible, para mejor ocasión. Follar aquel coño no era ninguna tontería, sino más bien un regalo inesperado, una ocasión que no debía despreciar o malgastar.

Tras varias caricias con la polla, acompañada de sus manos, dejó que aquella enfilara el suave y cálido camino del coño de Gloria y, a la vez que con sus manos, sujetaba las caderas de ésta, penetró suavemente su cuerpo, deslizando su polla dentro del coño de la mujer, poco a poco, sintiendo la suave y cálida caricia de las paredes de su vagina, caliente y mojada, en su propia polla, sintiéndose succionado por aquel sexo que era pura magia.

Pronto estuvo completamente dentro. Tras unos segundos con la polla clavada en el interior de Gloria, sin más movimientos que el suave devenir del viento, comenzó una cabalgada que debería conducir a ambos al más preciado destino.

El ritmo de las embestidas se fue incrementado, a la vez que los gemidos y jadeos de ambos. La verga, dura y caliente, de Daniel entraba y salía casi por completo de aquel coño, encharcado y ansioso, haciendo que el placer que ambos sentían fuera aumentando por momentos.

Gloria estiró uno de sus brazos, hasta lograr alcanzar los testículos de Daniel, a la vez que este seguía bombeando en el interior de su cuerpo, cada vez con más fuerza e intensidad. El roce de los dedos de Gloria en sus huevos, aunque suave y casi imperceptible, era lo suficiente para incrementar aún más su placer y deseo. Esa mujer era un verdadero volcán, acompañando a sus embestidas con sus propios movimientos, perfectamente acompasados a los de él, haciendo así la follada mucho más intensa, y que las sensaciones fueran aún más fuertes.

Los huevos de Daniel se llenaron pronto de leche, aumentando su presión hasta el límite de lo soportable. Necesitaba descargar esa presión, liberar todo su néctar y llegar a un orgasmo que, en la primera ocasión que tuvo aquella tarde, le fue negado, en la segunda él mismo lo abortó, y ahora debía entregarse a él con toda su alma, con toda su energía.

Las embestidas se hicieron aún más potentes, más intensas. La verga penetraba hasta el fondo de aquel maravilloso coño, haciendo que los huevos rozaran las nalgas suaves y tersas de Gloria, a la vez que ella misma los acariciaba con una de sus manos. Así llegó Daniel a su orgasmo. Así descargó con fuerza e intensidad, todo su néctar blanco, acumulado durante la tarde, en ese coño que conocía por primera vez, llenándolo con fruto de su placer, mientras emitió una serie prolongada de gemidos, más bien bramidos.

Cuando Gloria sintió la descarga, potente y caliente en su coño, llenándole las entrañas, a la vez que pudo sentir la presión de la polla y los huevos en su cuerpo y escuchó el fuerte gemido de Daniel, ella misma volvió a correrse. Fue un orgasmo prolongado y discreto, ya que apenas gimió, pero que la volvió a hacer estremecer, volvió a sentir, no una, sino varias descargas eléctricas recorrer su cuerpo, llevándola a un estado de placer y satisfacción apenas conocidos.

Una vez que los dos alcanzaron el orgasmo, la polla de Daniel fue poco a poco, disminuyendo su tamaño, para acabar saliendo de su nuevo cobijo. Tras ella afloró una mezcla deliciosa de fluidos vaginales y semen, impregnando ambas toallas y deslizándose suavemente por la cara interna de los muslos de Gloria.

La pareja quedó rendida sobre la hamaca, apretujados y ardientes. Pero satisfechos y felices.

Ambos habían hecho lo que deseaban y querían, omitiendo prejuicios y miedos. Y ambos, cada uno en su fuero interno, dio gracias por haber adquirido una vivienda con pista de tenis y piscina.