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La higienista dental - I

Ella es tu jefa, pero en la silla dental las jerarquías se desvanecen. Cuando tu erección se vuelve imposible de ocultar, el baño se convierte en el escenario de una confesión húmeda que ella no solo acepta, sino que exige.

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Conocer a una persona como Alicia siempre es una aventura. Da igual cuál sea tu carácter, tu ritmo de vida… Entrar en la vida de un torbellino como ella no te deja en el mismo lugar en que te recoge.

La conocí, como suele ser habitual, por azar. Puro y duro. Me habían recomendado una dentista en Madrid para un tema que requería cierta delicadeza. Sin mucho tardar, me dirigí a la consulta y me abrió ella. LA rubia. Mi jefa. La pena es que, como descubriría unos minutos después, no iba a ser mi dentista, pero sí mi higienista.

Para meternos en harina, Alicia tiene 48 años el día que publico este relato. Mide alrededor de 1,65 metros, probablemente más cerca del 1,70 redondo. De ella destacan varias cosas. No la llamo “LA rubia” por nada. Su pelo lacio, parte platino y parte rubio, acaricia con las puntas su cuello sin llegar a los hombros, aunque muchas veces lo lleva con una escueta coleta. Si vamos a los ojos, descubrimos unos intensos faros azules con una minúscula pupila, síntoma de su carácter siempre alerta. Bajo su particular nariz, unos labios finos, no especialmente llamativos si no fuese por todo lo que me sugiere su manera de ser y su físico. Todo ello enmarcado por una estructura facial más bien achatada en su vertical, pero sin ser esta forma para nada marcada. El conjunto es muy agradable, al menos para mi gusto, y si hablamos del cuerpo… Bueno, más adelante.

Total, que me lío. Desde ese primer contacto, siempre hemos tenido una muy buena relación con un nivel alto de complicidad. Nos contábamos nuestras cosas dentro de una normalidad absoluta, hasta que los temas de conversación, como ocurre muchas veces, atraviesan unas determinadas barreras temáticas.

Fue un verano. Vacaciones, cada cual en su casa o en la playa. Me acordé de ella porque hacía nada que me había felicitado por mi cumpleaños. “Felicidades, reeeeey! Espero que estés disfrutando mucho, quién cumpliera tu edad! A ver si podemos hablar pronto, que como no me llevas contigo a ese paraíso, pues me voy a tener que contentar con lo que me cuentes. Besazos!”.

Mentiría si dijese que no se me había puesto dura mientras leía su mensaje y veía la foto que enviaba a continuación. De verdad, ojalá pudiese enseñarla aquí. Qué espectáculo.Si ya está prieta a rabiar, en esa imagen me enseñaba el biquini más minúsculo que podía haber elegido. Sinceramente, no creo que fuese casualidad. Eso era provocación, sin remilgos.

“A ver, jefa, a ver! Que estoy con gente y me pones en un aprieto, nunca mejor dicho… Te veo genial, cuando te vengas conmigo te traes ese conjunto, eh? Vamos a escandalizar al personal! Mil gracias por acordarte de mi cumple, besazos para ti también!”. Eso es todo lo que pude enviar después de reunir la valentía para hacerlo. Le hubiese soltado alguna barrabasada y me habría quedado tan ancho, pero mi maldita “buena” educación me impide hacerlo en la gran mayoría de ocasiones. Por supuesto, esa imagen ha sido combustible recurrente para mis sesiones de onanismo. Y ella lo supo.

Tras volver a Madrid de las vacaciones y retomar la rutina, pedí cita para una limpieza dental y una revisión, que ya se sabe que los dientes pueden llegar a ser muy puñeteros.

Me abrió la puerta ella misma. Igual que siempre, pero con un bronceado que todavía resaltaba más sus ojazos azules y ese pelazo rubio. Y las curvas, joder con el conjuntito de trabajo. La achuché como si no la hubiese visto en mil años y se desatasen mientras tres guerras mundiales, y dado que soy grandecillo, ella se vio sobrepasada.Se lo noté en la cara al despegarnos, se había puesto roja como un tomate, pero literalmente.Al movernos hasta la sala donde me iban a atender, saqué el móvil y le enseñé la famosa foto del bikini. “Anda que…” me espetó mientras atravesábamos el umbral de la puerta y Camino, la dentista, nos miraba divertida.

Para que os hagáis una idea, Camino era todo lo contrario a Alicia. Tenían la misma edad y el blanco de los ojos, y ahí acaban las similitudes. Morena, pelo largo cardado, ojos marrones oscuros, cara agradable pero desfigurada por su constitución obesa, voz de pito… Y ojo, la cuestión estética es eso, nada más que estética, pero lo que yo aborrecía, y aborrezco, de ella es su mentalidad. Si llega a ver la dichosa instantánea veraniega de la rubia, os prometo que nos hubiese denunciado, condenado y sentenciado a picar en una mina tras un tratamiento para anular nuestra libido.

Sin embargo, la providencia tuvo a bien dejarnos solos a la rubia y a mí por vicisitudes de la vida. Camino se largó rauda, no sin antes decirle a mi jefa que se portase bien al tiempo que le lanzaba una mirada de lo menos amigable que hay. Pero ya, se había largado.

Empezamos la sesión. Sesión higiénica, no malpenséis. Me senté en la que los profesionales de su sector llaman “unidad dental”, el sillón donde te atienden, ya sabéis. Una vez tumbado, Alicia procede a hacerme un par de preguntas rutinarias, que si alguna novedad, que si he notado algo en la boca… “Tu coño, eso es lo que quiero notar”, pensé para mis adentros. Idiota. No podrías haber dejado tu mente en otro lado, tenías que detonar una erección a bocajarro bajo ese foco y totalmente expuesto boca arriba.

Ella prosigue, ajena de momento a mi estado cambiante. Me abre la boca, revisa, me echa un poco de rapapolvo por lo que ve. Nada malo, no penséis que soy un cerdo que no se asea. Sólo un leve cambio en una pieza de mi boca que es fácilmente corregible. Dada su experiencia y destreza, no necesita mirar hacia la bandeja de las herramientas para cambiarlas según sus necesidades. Menos mal, porque está situada justo encima de mis caderas, y desde su ángulo yo no tendría manera de ocultar el empalme que seguía creciendo. Tampoco es que yo sea Mandingo, ni de lejos, pero aún con el pantalón vaquero que llevaba se me notaba un buen paquete. Total, empieza la limpieza. Algo que agradezco, porque con la tensión que me provoca, me ayuda a rebajar la presión de ahí abajo.

Por poco tiempo. Alicia saca el tema de nuevo.

- “Así que dices que en esa casa familiar podré llevar eso que te enseñé por tu cumple, ¿no?”

Lógicamente, yo no podía articular palabra. Pero con la boca abierta, ese tubo succionador haciendo ruido y todo el tinglado, acerté a guiñarle un ojo a la vez que soltaba un “ahá”. Otra vez, izando la vela mayor…

- “Ya veo, ya. No sé si hice bien en enviártela, pero eres buen chico y no pasa nada, ¿verdad?”

De nuevo, asiento y suelto un sonido gutural a modo de carcajada. Siento que mi ropa no me está haciendo ningún favor, y sigo temiendo que ella se dé cuenta me mande a tomar por culo por descarado.

- “El caso es que tampoco podía regalarte nada estando tan lejos, me alegro de que no te haya espantado”.

¿Espantado, dice? Me cago en todo, Alicia. Que tienes el polvo del siglo, no me sueltes estas tonterías porque me pongo más perro si cabe y me entran todas las ganas de dejar la higiene y convertir vuestra consulta en un antro de perversión. Ahí ya sí, el empalme era incontenible y tuve que ingeniármelas cruzando una pierna sobre otra para tirar de la tela para nivelar mi bulto con mi horizontal. Más o menos.

Alicia se dio cuenta enseguida, pero hizo como si nada con una media sonrisa en su boca y constantes contactos visuales conmigo hasta que por fin remató la faena. Me dejó enjuagarme y rápidamente le pedí un momento para ir al baño. Estaba confirmándole que, en efecto, lo que había visto no era casual, me tenía a punto de caramelo. Me incorporo y tras cruzar dos puertas, cierro el pestillo del baño y ahí me desato. Ni siquiera me acerco al lavabo. Desabrocho el cinturón, bajo mis vaqueros y la erección es tan contundente que tengo que batallar con mi bóxer para sacármelo de encima y dejarlo a la altura de las rodillas.

Sin mucho rodeo, envuelvo la mitad superior de mi polla con la mano, a modo de capullo, y empiezo a masajear mi glande ayudado del prepucio. Me conozco bien, sé que esa manera de hacerlo me vuelve loco y así es. Añado mentalmente a Alicia en la ecuación. La veo tan capaz de todo que visualizarla cual dómina es algo recurrente en mis pases masturbatorios. Vestida elegante con un conjunto de cuero que deja adivinar todas esas curvas, esas redondeces. A veces incluso empapada de aceite, algo que siempre diré que resalta el físico de una mujer por su manera de reflejar la luz.

Las piernas me tiemblan de lo cachondo que estoy. Cada roce, cada subida o bajada me acercan irremediablemente a una erupción de semen que debo controlar de alguna manera. Me siento sobre la tapa del retrete y, ya con pantalones y ropa interior por los tobillos, el meneo es mayúsculo. Mi mano derecha ya ha pasado a abrazar parte del tronco de mi miembro y el capullo asoma sin posibilidad de esconderse, orgulloso y mostrando toda su envergadura con un inusitado brillo que lo hace más abultado si cabe. Los testículos se pegan a la tapa del inodoro y viene. La leche se agolpa y hace que note el engrosamiento de mi…

La puerta se abre de par en par. Mierda, el puto pestillo...

Alicia se queda totalmente congelada al tiempo que yo. Un shock de décimas de segundo me deja paralizado y en blanco, con las piernas totalmente abiertas. El primer lechazo había impactado contra la puerta, pero el segundo, mucho más copioso, caía a los pies de mi querida higienista. Su primera reacción fue la esperable.

- “¿Pero qué coño haces?”

- “Joder, lo… lo siento, Alicia… ¡cierra la puerta, por favor!”

- “¿Ahora te va a entrar la vergüenza? Venga ya, no me hacía falta ni mirarte ahí abajo, se te nota en la cara…”

- “Entonces no te sorprendas. No podía más, ¿sabes cómo me tenías ahí dentro?”

Se le notaban las intenciones. Su cara, muy adecuada para expresiones de cabreo profundo, cambió a una sonrisa de lo más lasciva que recuerdo. Tengo tendencia a descargar de manera muy abundante, y sorteando cada nueva liberación seminal, se me acercó hasta poder agarrármela. Después de lamerse los labios, me espeta:

- “Pues ahora vas a tener que seguir, que parece que no ha sido suficiente. Suerte que no hay nadie más en la consulta”.

Daré fe de lo que siguió a continuación, pero os aseguro que no fue, ni de lejos, una experiencia a las que yo estoy acostumbrado. Y qué gozada.