Xtories

Aquellas noches de viernes

Ella creía conocerlo, pero él guardaba una fantasía que cambiaría la dinámica de esa noche de viernes. Entre besos y penetraciones, él comenzó a narrar un escenario prohibido que la dejó sin aliento, demostrando que el deseo mutuo podía ser mucho más perverso de lo que imaginaban.

PornoEtico9.7K vistas9.0· 6 votos

Las manos quietas y no te bebas todo el gin tonic, que te tengo que mantener a raya.

La falsa severidad de Lourdes no nos la creíamos ni ella ni yo, pero formaba parte de nuestro ritual de noche de fin de semana en la que nos quedábamos en casa. Después de cenar lo que nos apeteciese ese día, nos servíamos un gin tonic que compartíamos, nos arremolinábamos en el sofá y… todo el estrés de la semana quedaba atrás.

Yo me enamoré de Lourdes muchísimo antes que ella de mí. La seguía en Instagram bastante tiempo antes de conocernos, le escribía tímidos privados comentando algún contenido suyo, ella contestaba educadamente pero manteniendo la distancia… y no pasábamos de ahí. Yo tampoco tenía muchas más esperanzas, tampoco lo buscaba porque me parecía forzar algo sin sentido, aunque me parecía una persona maravillosa: lectora empedernida, culta, ingeniosa, divertida, generosa, profesional… todo lo que me gustaba de una mujer… más un atractivo que me resultaba irresistible. Más allá de sus características físicas, que odio que se describan en los relatos, Lourdes me parecía sumamente sexy, desinhibida sin caer en lo explícito, guapa sin photoshop… perfecta.

Ambos vivíamos en la misma ciudad, una ciudad grande del sur de España. Eso no hacía ni más ni menos probable una casualidad, que yo ni siquiera me planteaba, pero lo cierto es que lo que podía pasar, pasó. Una noche estaba tomando con dos amigos una cerveza tranquilamente en un pub irlandés del centro de la ciudad; habíamos estado en una presentación de trabajo, era jueves y simplemente estábamos charlando antes de irnos a casa. De repente, un par de mesas más allá, dos chicos y una chica estaban en la misma actitud que nosotros, compartiendo mesa y riéndose como buenos amigos. Tuve que entrecerrar un poco los ojos (hola, miopes del mundo) para asegurarme: era ella. Desconecté por unos minutos de la conversación porque no me lo podía creer. ¿Qué hacer en ese momento? Me parecía de mal gusto acercarme como un “groupie”, tampoco tenía nada especial que decirle… Afortunadamente, se alinearon los astros en la feliz coincidencia de que las seis cervezas (tres de cada mesa) estaban al mismo nivel, y que le tocaba pedir a ella, para lo que se levantó a la barra. No pretendía nada más que saludarla, así que casi me tropiezo al levantarme para hacerme el encontradizo, el viejo truco.

Disculpa, perdona que te moleste, ¿te llamas Lourdes, verdad?

Ehm, sí, ¿te conozco?

Bueno, en realidad no. Te sigo en Instagram y te he reconocido, solo quería saludarte y agradecerte el contenido que subes, me encanta y lo disfruto mucho. Alguna vez te lo he dicho por privado, pero bueno, ahora no quería desaprovechar la oportunidad.-le dije, seguramente ruborizado hasta el extremo.

Guau, gracias. La verdad es que nunca me había pasado esto, pero te lo agradezco mucho. Discúlpame, yo no te he reconocido.-respondió cortésmente ella, que estaría pensando que quién demonios era ese tío.

Bueno, no te molesto, encantado, buenas noches.

No podía alargar aquello mucho más, sus amigos esperaban y los míos miraban preguntándome a quién saludaba. Aquella cerveza fue la última de la noche, ellos se levantaron antes dispuestos a marcharse, para lo cual tenían que pasar junto a nuestra mesa. Al hacerlo, Lourdes me miró y con una sonrisa nos cruzamos un “hasta luego” cordial. Nosotros les imitamos unos minutos después, aunque yo me fui a casa con una sonrisa tonta en la boca.

Aunque lo pensé, durante dos o tres días no me atreví a escribirle recordando el encuentro. En realidad, estaba seguro que había sido insignificante para ella, y para nada tenía esperanzas de más. Pasado el fin de semana, la noche del lunes, aprovechando un contenido que había subido sobre el último libro que había leído, sí me atreví a responderle. Sorprendentemente, en ese momento sí se mostró más locuaz que de costumbre, más interesada, recordando claramente nuestro encuentro. Nos reímos de mi vergüenza, se avergonzó a su vez de su “éxito” en redes, y charlamos de manera algo más distendida.

A aquella primera conversación online siguieron otras muchas los siguientes días. Lourdes demostraba en el tú a tú todo lo que me gustaba de ella como creadora de contenido: era divertidísimo charlar con ella, de una enorme cultura, conseguía que te rieras, aprendieras o la conocieras mejor. Por sorprendente que fuera para mí, ella también parecía interesada en mi vida, mis aficiones o mis comentarios sobre diversos temas. Recuerdo perfectamente que el primer día que ella inició la conversación (unos “buenos días” al poco de comenzar a hablar más) empecé a ilusionarme de verdad.

Además de lo mucho que me gustaba, Lourdes y yo coincidíamos en muchos puntos, especialmente en nuestro momento vital. Ambos éramos padres separados, y compatibilizábamos la vida con nuestros hijos (prioritara) con una visión hedonista de nuestro tiempo libre; sin caer en las estridencias de algunos solteros de nuestra edad, sin buscar una relación afectiva al precio que fuese, o un polvo con el primero que pasase. A esas coincidencias le sumábamos el gusto por la literatura, la gastronomía o la música, y poco a poco acabamos pasando horas charlando en el chat de Instagram. El siguiente paso era inevitable.

En este relato no hay encontronazos apasionados o sexo salvaje en un sitio público. De la manera más natural del mundo, un día quedamos a tomar un café, que se convirtió en cerveza. Otro día para una cerveza que se convirtió en cena. Y, finalmente, aunque aún me pellizcaba sin creerlo del todo, un día el despedirnos en mi coche se convirtió en un beso, y el beso en un montón de besos más.

Nuestra relación era también la más natural del mundo. Ambos teníamos que compatibilizar nuestro trabajo, nuestro tiempo con nuestros hijos y el resto de ocio. Nuestra visión de la vida muy homogénea nos permitía disfrutar del tiempo que coincidíamos, sin mayores dramas. En la intimidad, Lourdes multiplicaba por mil lo que me gustaba de ella como seguidor primero, como amigo después. Desinhibida, muy sexual, sinvergüenza, cariñosa, generosa… una pareja sumamente fácil de encajar.

El momento que os cuento en este relato pasó cuando llevábamos juntos como tres o cuatro meses. No eran todos los fines de semana los que coincidíamos sin nuestros niños. Cuando así era, desde el viernes tarde hasta el domingo lo pasábamos juntos, durmiendo uno en casa del otro y disfrutando de nuestra compañía. Aquel viernes concreto, venía después de una semana dura de trabajo para ambos. Era invierno, hacía frío y llovía, por lo que decidimos pasar por el super después de haber estado viendo una exposición por la tarde, comprar algo rico para cenar y una botella de vino, y quedarnos en casa.

Era un plan perfecto. A ambos nos gustaba cocinar, beber vino, reírnos y hacer el amor, y era eso lo que íbamos a hacer aquella noche, como otras muchas. Sin prisas, sin forzar nada, solo disfrutando de nuestra conexión. Nos preparamos una cena simplemente picando alguna cosa rica, nos bebimos la botella charlando y nos tumbamos en el sofá a ver alguna película en la que tampoco teníamos mucho interés.

Anda, prepárame un gin tonic.

A ninguno nos gustaba beber especialmente, el gin tonic era más por la deliciosa combinación de una ginebra de calidad y una tónica afrutada, y lo tomábamos a medias, lo que siempre daba juego para nuestras peleas y el inicio de un juego que sabíamos cómo acababa.

Hay un rasgo de Lourdes que no os he contado y que aquella noche desató una fantasía en mi interior: le gusta con mucha frecuencia cambiar radicalmente de look. Desde que la seguía y la conocía, la había visto con el pelo largo, corto, muy corto; rubia, castaña, pelirroja… Era algo que me daba muchísimo morbo, porque me encantaba que me sorprendiese cada vez que me decía “me voy a la peluquería”. Me encantaba. En aquel momento, llevaba un corte de pelo desigual, más corto en la nuca y con un flequillo larguísimo… y sumamente rojo. Estaba guapísima, y no dejaba de decírselo a cada momento, aunque ella un poco se arrepentía, porque llevarlo como le gustaba le exigía estar planchándoselo constantemente, y no le apetecía demasiado.

Un poco por el vino, un poco por la postura, un poco por el gin tonic, por lo mucho que me gustaba, mis besos en su cuello o mis manos batallando alrededor de sus caderas y su cintura la hacían ronronear dejándose hacer.

Las manos quietas y no te bebas todo el gin tonic, que te tengo que mantener a raya.

Así empezaba este relato, pero ya no era el gin tonic lo que me interesaba. La atraje hacia mí sujetándole con suavidad el mentón, hasta besarnos primero despacio, después con más ímpetu. En aquellos meses de saludable intensidad sexual, había aprendido a reconocer sus gestos, sabía lo que le gustaba y había aprendido a tocar las teclas que la encendían. Durante unos cuantos minutos nuestras lenguas jugueteaban despacio, mientras nos acariciábamos sin prisa. Sabía que esos besos largos le excitaban mucho, y no tocaba más allá de su cintura, mientras notaba como su respiración se agitaba, su lengua se movía más enérgicamente y cada vez más adentro de mi boca y su mano resbalaba por mi pecho.

Enseguida noté sus dedos bajando por mi cintura, acariciando mi sexo hasta provocar una erección que ella celebró con una sonrisa. Unos segundos en los que tocaba a conciencia mi endurecido miembro por encima del pantalón mientras lo acogía como un triunfo.

Anda, llévame a la cama, que me están entrando unas ganas locas de ti.

Ni siquiera nos habíamos terminado el gin tonic, ni falta que hacía, porque habíamos perdido completamente el interés. A trompicones por el pasillo, besándonos sin soltarnos y quitando alguna prenda con torpeza, nos dejamos caer en la cama, en un suave forcejeo para decidir quién acababa sobre quién. En realidad, ambos lo sabíamos, porque a Lourdes le gustaba empezar ella recorriendo el cuerpo del otro, celebrando los efectos de sus maniobras.

Para mí, hay dos cosas que convierten una felación en algo irresistible: que la autora disfrute haciéndolo (odio el compromiso, el hacerlo con desagrado, solo porque “no vaya a pensar qué”) y que sea alguien con quien mantienes una relación que va más allá del sexo. Lourdes lo cumplía con creces; disfutaba mucho haciéndolo, mirándome a los ojos, analizando mis reacciones para variar el ritmo, la posición, la intensidad. Incorporada un momento, se deshizo de la camiseta que llevaba, acariciando un poco sus pechos, que sabía que me volvían loco. Yo disfrutaba quieto, mirando, suspirando, con una tremenda erección en un sexo completo ya de su saliva y mis ganas. Ambos habíamos aprendido a reconocer la manera de actuar del otro: habíamos tenido sesiones de sexo furtivo, atropellado, en los que ella era capaz de provocarme un orgasmo con su boca y sus dedos muy rápidamente. No era ése el objetivo hoy, y ella se relamía muy despacio, envolviendo mi glande con sus labios, acariciando la punta con la lengua mientras sonreía divertida con mis gemidos. Podría haber seguido así todo el tiempo del mundo, pero recordé la fantasía que se me había pasado por la cabeza y no quería explotar ya.

Dios, para que no voy a poder aguantar mucho más.

Bueno, ¿dónde está el problema?, ¿ya me la vas a quitar de la boca?

Es que me está entrando mucha hambre a mí también, quiero mi postre…

Lourdes sonrió y se tumbó con los brazos sobre la cabeza, dejándose acariciar por mí, que le fui quitando las poquitas prendas que le quedaban hasta dejarla completamente desnuda. En ese momento yo ya estaba sumamente excitado, me hubiera ido directamente a disfrutar de su sexo, pero mirarla desnuda, con la luz tenue de la habitación, era demasiado. Me encantaba su cuerpo y me encantaba ir encendiéndola cada vez más. Ella se dejaba hacer, mientras besaba su cuello, bajando por las clavículas y los hombros hasta recrearme en sus pechos. Los saboreaba con mi boca, jugando con la mano con uno mientras lamía el otro, atrapando el pezón al completo dentro de mi boca. Ella gemía disfrutando tanto o más que yo.

Uhmm, cariño, cómo me gusta cómo me lo haces…

Me acariciaba el pelo mientras yo bajaba hasta su ombligo, abriendo sus piernas para colarme entre ellas mientras rozaba con la punta de la lengua su vientre, bajando un poco más, lamiendo los pliegues de sus muslos, su pubis, muy cerquita de sus labios, sin llegar a tocarlos.

Por Dios qué malo eres, cómo me pones, madre mía. Cómeme ya, por favor.

Era suficiente hasta para mí, que ya no fui capaz de otra cosa que de devorar su sexo al completo, caliente y muy mojado, entre sus jadeos mientras pellizcaba uno de sus pezones y le costaba mantener sus ojos abiertos. Atrapaba su clítoris entre mis labios, recorría de abajo a arriba completamente sus labios, los separaba suave con mis dedos para penetrarla casi con mi lengua mientras notaba que ella se encaminaba sin duda a un intenso orgasmo.

Sin embargo, yo tenía otros planes, no quería que se corriera en mi boca como otras veces, así que mantuve el propio control, reconociendo su lenguaje corporal, mientras la llevaba hasta el clímax. Y cuando noté que estaba a punto, me separé rápidamente y, arrodillado entre sus piernas y antes de que se diera cuenta qué estaba pasando, la penetré muy profundamente y de una vez.

Joder, tío, joder, ¿qué haces, por Dios? -me miraba, con ojos muy abiertos y con una mezcla aún de sorpresa y de placer, disfrutando ya una vez que entendía qué acababa de pasar.

Me encantaban los orgasmos de Lourdes mientras la penetraba. Sus piernas no eran capaces de impedir un breve temblor mientras desencajada sus facciones durante unos segundos. Me gustaba no dejar de moverme dentro de ella, con más intensidad de lo normal cuando sentía que llegaba el momento. Con lo muy preparada que la había dejado mi boca y la intensidad de mis movimientos, Lourdes se corrió por primera vez a los pocos segundos, estallando en un orgasmo meloso, largo y disfrutado por ambos.

Dios, qué barbaridad. Eres un cabrón, haces conmigo lo que quieres…

Bueno, no veo que te estés quejando en absoluto.

No, pero tú aún no te has corrido y eso es injusto.

No te preocupes, no pienso quedarme sin eso yo tampoco.

Normalmente, el cuerpo de Lourdes no tiene problemas en recuperarse después de un orgasmo y volver a recuperar la excitación. Aun así, estuve un par de minutos moviéndome muy despacio, sintiendo juntos cada milímetro de mí que entraba en ella, hasta que la sentí volver a suspirar. En ese momento, recordé lo que había pensado un rato antes, para lo que me eché sobre ella, besándonos despacio mientras en ningún momento dejaba de moverme.

Sabes que tengo una fantasía que me gustaría cumplir algún día.

Uhm, ¿ah sí? ¿Quieres que hagamos algo ahora?

No, ahora no puede ser, pero sí quiero contártelo.

Vaya, y tiene que ser ahora, ¿en este preciso instante?

Ahora es un momento perfecto, de hecho. -le dije mientras acompañé el final de la frase con una embestida más profunda y enérgica.

Ahhhh, Diosss. Haz lo que quieras, pero no dejes de follarme, por favor.

La idea de hacer el amor reposadamente a la vez que le contaba otras maneras de hacerlo, más perversas, me parecía una situación sumamente morbosa que llevaría aquella noche de viernes a otro nivel. A partir de ese momento, se produjo una situación intensa, en la que no dejaba de penetrarla, pero variando continuamente la intensidad y la velocidad, llevando en realidad el peso la conversación que manteníamos entre jadeos.

Pues mi fantasía empieza un viernes por la tarde. Te recogeré del trabajo en el coche.

Muy bien, de momento me parece estupendo. ¿qué más?

La primera parada que vamos a hacer, será picar algo rápido. Y después, vamos a ir a la peluquería. Es importante que entiendas que ese viernes no vas a pagar tú nada. -aceleraba un poco la cadencia de mi miembro en su sexo, manteniendo constantemente el control pero a la vez el placer muturo.

Ufff, Dios, Álvaro, me estás volviendo loca, y empiezo a entenderte. No pares, por favor, ¿qué más?

Muy rápidamente había conseguido que Lourdes se metiera conmigo en el papel. Hacer el amor mientras fantaseamos ya juntos con otro encuentro sexual era algo ya sumamente morboso también para ella.

Vamos a decirle a la peluquera que te haga un peinado de verdad. No quiero que te cortes ni que te tiñas, quiero este pelo rojo, quiero ese flequillo largo, sobre la cara. Guapísima y sexy. -le contaba mientras apoyaba mis brazos sobre el colchón y le daba un levísimo mordisco en un pezón.

Ay, Dios. Lo que quieras, el peinado que quieras…

Después de eso, nos vamos a ir de tiendas. Vamos a pasar la tarde eligiendo un vestido para esa noche. No un vestido cualquiera, quiero el vestido más provocativo, más sexy, más adecuado a ese peinado que quieras elegir tú.

Antes de conocernos, yo había visto el contenido de Lourdes en redes. Aunque no era una persona que en su día a día vistiera provocativa, ni escotada, ni nada parecido, sí tenía un lado oculto y privado en el que fantaseaba con mostrarse mucho más sexual que en su vida cotidiana. Quería tocar esa tecla.

¿Ah sí? Míralo él, que quiere verme enseñando piel… Me va gustando esta fantasía cada vez más.

Y aún queda, porque nos vamos a ir a casa y nos vamos a preparar para salir a cenar.

En ese punto cambié un poco la postura, subiendo una de sus piernas sobre mi hombro, para que mi penetración pudiera ser más profunda. Sabía que a Lourdes le alucinaba esa sensación, siempre decía que pensaba que allí, muy al fondo, había un punto que tocaba y era de otra galaxia. Deliberadamente me quedé callado, quería que fuera ella la que me pidiera que continuara, haciéndole partícipe de mi imaginación. Me concentré así en una deliciosa penetración, que a mí cada vez me estaba costando más esfuerzo controlar.

Uhm, qué rico, qué bien lo haces, por Dios. Venga, sigue, que me está enganchando ese viernes. ¿Qué más?

Pues ahora te dejaré un rato a solas. Quiero que te des una ducha, te prepares. Y quiero que te maquilles como nunca te atreves a hacerlo cuando salimos a la calle.

Ese era otro punto de su intimidad que a mí me encantaba. Por su trabajo y su estilo, ella apenas se maquillaba en su día a día. Muchos días salía con la cara lavada, o apenas con un poco de rimmel y pintalabios. Yo no tenía ningún problema con eso, Lourdes era guapísima y a mí me encantaba verla natural, odio las mujeres excesivamente pintadas. Sin embargo, yo sabía que ella era una apasionada del maquillaje, y muchas veces en casa, sola, tenía la afición de hacerlo de las maneras más extravagantes que se le ocurrían, solo para ella, solo por placer. Quería añadir a la fantasía que saliéramos a la calle con ella muy maquillada, algo que nunca se atrevía a hacer, dándole un toque aún más morboso a ese irreal viernes.

Uy, me daría un poco de vergüenza.

Ya, pero es mi fantasía, así que te tienes que ceñir a ella. -le regañaba mientras dos o tres embestidas muy intensas le quitaban cualquier duda de la cabeza.

Joder tío, cállate ya y fóllame que no puedo más.

Tsssss, impaciente, tranquila, ¿o no quieres saber cómo acaba?

Siiii, pero es que no me puedo concentrar en una cosa ni en la otra y me vas a volver loca.

En el fondo, yo sabía que ella estaba ya muy metida en esa película y no quería parar. De hecho, estoy seguro que si le hubiera tenido que dar a elegir, hubiera preferido que parase la penetración y terminase de contarle. Pero no tenía intención de hacerlo, porque entre otras cosas, yo estaba tremendamente caliente ya.

Pues así, maquillada a tope, te vas a poner ese vestido, y nos vamos a ir a cenar a un sitio bonito. Juntos, del brazo.

Excesivamente maquillada y con un vestido excesivamente provocativo, tú me quieres exhibir, guarrete.

Sí, no sabes cómo me pone imaginarme que voy entrando al restaurante y todos los hombres te miran con deseo, desnudándote con la mirada como solo me dejas hacerlo a mí.

Qué cabrón, esa es tu fantasía, presumir de novia…

Y mucho más…

A estas alturas, yo estaba ya mucho más descontrolado. Mis gestos ya eran más enérgicos, mi mirada más lasciva, la intensidad del sexo era mucho más alta que minutos antes. Lourdes se daba cuenta y ahora era ella la que quería provocarme más. Me cogió una de sus manos para llevarla a uno de sus pechos, apretándolo con fuerza a través de mí.

¿Y no te va a molestar que el camarero me mire las tetas mientras pedimos la comanda?

Pobre, déjale que disfrute, no contaba con esa sorpresa esa noche.

Pues sí, me demoraré un poco en elegir en la carta, unos segundos para él.

¿Ves?, a ti también te está gustando exhibirte, te estás metiendo en la película.

Hombre, por favor, como para no hacerlo…

Yo estaba ya en el punto de no retorno, ella seguía apretando mi mano contra su pecho, mirándome con una expresión entre provocadora y excitada.

Dios, sabes que me encantan tus tetas, ¿a que sí?

Lo sé, y me encanta que te encanten. Sabes que son tuyas para cumplir lo que quieras. Pero más me gusta lo que tienes ahí abajo. Por Dios, no pares, qué rico me estás follando.

Precisamente follarte es lo que quisiera después de cenar, después de que todos en el restaurante se queden mirando tu culo al irnos.

Lo sé, querías ver en los ojos de todos las ganas de follarme, para follarme tú. Eres un pervertido, ¿lo sabías?

La intensidad de nuestro lenguaje se correspondía con el clímax de la fantasía y con el clímax de nuestros movimientos. Era disfrutar de nuestros cuerpos y nuestras mentes en diversos planos, era maravilloso.

¿Y cómo quisieras follarme ese viernes? Apuesto a que quieres hacerlo duro

Uhm, sí, casi sin darnos tiempo a llegar a casa. Quiero follarte muy duro ese día.

¿Ah sí? Me obligarás a comerte, seguro.

No lo dudes, sin tiempo para desmaquillarse ni para desvestirte, querré tener mi polla muy dentro de tu garganta.

Uhm, qué cabrón eres, cómo me gusta así…

Ambos fantaseábamos con una sesión de sexo mucho más explícita de la que en ese momento estábamos manteniendo, tranquilos y solos en mi cama una noche de otro viernes muy diferente. Sin embargo, compartir una fantasía convertía ese momento en algo mucho más morboso. Ella estaba completamente entregada a la conversación y a mis movimientos, aunque yo notaba que no podría aguantar mucho más.

¿Y vas a follarme después, verdad?

Te voy a follar como nunca lo hemos hecho, como les hubiera encantado hacerlo a todos los hombres con los que nos hemos cruzado en esa noche. Quizás te ponga a cuatro patitas, y lo haga así.

Uhm, me encanta así, te pediré que me folles más, más duro…

En ese momento yo ya no pude más, notaba que estaba a punto de explotar. Ahí, recordé algo que a menudo me decía Lourdes. Aunque principalmente disfrutaba mucho notando cómo yo no podía más y me dejaba llevar como el animal instintivo que llevamos dentro los humanos, derramándome dentro de ella, encontraba muy sexy y morboso cómo en el último momento salía de ella, me despojaba del preservativo (en caso de utilizarlo) y lo hacía sobre su vientre. En ese momento, a mil por hora de deseo entre el sexo y la fantasía, fue lo que hice.

Por segunda vez la vi abrir mucho los ojos, mirándome con expresión triunfante, haciendo suyo mi orgasmo y muy atenta, entre gemidos, a cómo mi semen saltaba directamente sobre su pubis, su vientre, y una primera ráfaga casi acariciando uno de sus pechos. La combinación de todo lo que había pasado en esos minutos había conseguido que me corriera de una manera mucho más abundante de lo habitual, aunque ella no daba demasiadas muestras de asco, ni mucho menos.

Jaja, madre mía, tío, mira cómo me has puesto. ¿Tenías ganas de contarme esa fantasía, eh?

Uff, qué barbaridad, me ha encantado, cariño. Ay, pero tú no te has corrido una segunda vez.

Bueno, ¿me has visto que yo haya puesto alguna pega? A mí también me ha encantado, y además, seguro que algo se te ocurre.

No dudes que no…

De hecho, ya estaba pensando en la última sorpresa de la noche. Normalmente, en el sexo convencional (no digamos en el porno que más extendido está, y que tanto daño hace) la eyaculación masculina significa el final de la sesión, o del momento, o de la escena. Pasados unos segundos de éxtasis, la chica comienza a ser consciente de lo que tiene, y la necesidad de higiene se impone a muchas otras cosas, que quizás se recuperen, o no, minutos después. Yo tenía ganas de cambiar eso, aunque no sabía lo que Lourdes opinaba al respecto. Pero desde luego era el momento oportuno para probar.

Por supuesto que algo se me está ocurriendo, ahora mismo, de hecho.

jajaja, qué loco estás, uhmm.

Se reía mientras me miraba cómo me había desplazado para volver a meter mi cabeza entre tus piernas, como hacía unos minutos. Creo que al principio pensaba que iban a ser leves caricias con la punta de mi lengua, pero no mucho más. Sin embargo, cuando se dio cuenta que mis movimientos iban en aumento, y que me estaba concentrando en una profunda sesión de sexo oral nuevamente, su expresión cambió.

¿Joder, qué estás haciendo, tío?

Yo creo que es muy evidente, ¿no?

Por favor, vaya cómo estás hoy…

Durante unos primeros momentos, ella luchaba porque mi semen no se moviera de donde estaba, con una expresión medio de sorpresa, medio de desagrado, medio de sonrisa por la gamberrada… medio de placer. Sin embargo, cuando se dio cuenta que yo no iba a parar, ese último punto fue ganando terreno, y poco a poco fue cambiando el rostro hasta simplemente dejarse hacer. Aún mantuvo una posición que mantuviera las sábanas sin marcharse, pero cada vez con menos convicción.

Uhm, cariño, qué gusto, vas a hacer que me corra ahora, ¿eh?

Cuando vi que agarraba su pecho para aumentar el placer, como siempre hacía, y que el movimiento de su mano arrastró aquella primera ráfaga de mi corrida hacia su pecho al completo, temí que se impusiera el desagrado al placer. Sin embargo, algo en su cabeza aquella noche la había transportado a otro lugar, y me miró comprendiendo ambos que sabíamos lo que estaba pensando el otro, sonriendo juntos. Completó el momento restregando bien su pecho, brillante, de mí, y chupando levemente la yema de uno de sus dedos.

Era lo que me quedaba por ver ya para concentrarme en mi lengua y en mis movimientos, quería que se corriera ya. Tanto morbo me ayudó, porque en apenas unos segundos, estalló en un nuevo orgasmo que intensificó el temblor de sus piernas, en un gemido largo y placentero, en el máximo disfrute, que le duró unos segundos en los que besé sus muslos despacito y con cariño.

Pero bueno, pero bueno, qué ha sido todo esto, por Dios. ¿Tú qué has comido hoy?

Oye que no te veo quejarte, eh. Que te ha gustado igual que a mí.

Eres un guarrete, pero eres mi guarrete. Pero ni se te ocurra tocarme, que me voy a la ducha.

Me besó tratando de contener todo lo que su cuerpo tenía de mí. Mientras, yo arreglaba alguno de los estropicios que habíamos provocado en la cama.

Estuvimos unos minutos tumbados, recordando divertidos lo que había pasado, preguntándome si de verdad fantaseaba con eso, aún incrédula por algunas de las cosas, pero sumamente relajada y sin dejar de besarnos. El peso de la sesión y la semana fue cayendo, y unos minutos después caímos profundamente dormidos.

Fue el primero de los momentos de un fin de semana que estuvo trufado de encuentros sexuales nuevos y sorprendentes. ¿Quizás os lo cuente en otro capítulo?