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Clara convencida por amigos para dejarse follar

La oficina es solo el escenario; la verdadera reunión ocurre en la intimidad de un sofá. Clara creía que podía controlar la situación, pero la tensión acumulada entre ella, su amiga Paula y el joven becario estalla cuando las puertas se cierran. ¿Qué pasará cuando el juego de miradas se convierta en contacto físico?

Abel Santos15K vistas

Una semana más tarde, Rafa sacó el tema de Ramiro. Hacía mucho que no hablaban del asunto y tenían que concretar el estado de la cuestión y las acciones para contratacar. Habían quedado en ello, al menos.

Estaban comiendo los tres en la cantina y las amigas se miraron entre sí. ¿Cómo decirle que ese tema ya no les preocupaba? El pobre Rafa se iba a pillar un cabreo de narices si se enteraba, así que era mejor seguirle la corriente.

—Podríamos quedar un día a la salida del trabajo, ¿no? —propuso Paula.

—¡Genial! —aceptó Rafa—. ¿Qué tal un día de estos?

—Bueno, ya veremos… —Clara dejó en suspenso la decisión—. Lo vamos hablando durante la semana.

Ya a solas, Clara le recriminó a su amiga.

—¿Pero por qué propones que nos veamos? Podrías haberte callado, o al menos haberle dado largas. A ver cómo le decimos que Ramiro está comiendo de nuestra mano.

—Jo, Clara… —Paula le ponía morritos de niña buena—. Si es que ya sabes que me muero por tirarme al chico. Tienes que ayudarme, porfa, porfa…

—Ostras, Paula, andas muy salida, ¿eh…? ¿No te vale con follar con Ramiro? Quien, por cierto, me ha hecho un nuevo encargo para este jueves. Quiere volver a follarte. Ya me ha pagado por bizum. Te pasaré lo tuyo.

—Ya, lo de Ramiro está bien, no lo niego… Pero mamársela a un yogurín es otro nivel. Anda, no seas mala…

—Vale, vale… Pero no me comprometo a nada…

Y pospusieron el asunto para más adelante.

*

Ese «más adelante», sin embargo, se anticipó contra la opinión de Clara

Concretamente, los tres amigos se juntaron la tarde del viernes siguiente en casa de la joven. Carlos había anunciado que visitaría la casona para reunirse con sus primos y que probablemente se quedaría a dormir allí. Necesitaban preparar un plan para que la casa no se perdiera por el embargo bancario. Si al final no se quedaba, no llegaría a casa antes de las doce, por lo menos.

Así que los tres compañeros disponían de tiempo suficiente para discutir sobre sus problemas con Ramiro. Clara había servido unas cervezas y unos platos de snacks y se habían arrellanado sobre los cómodos sofás de cuero: Rafa y Paula en el de tres plazas y, frente a ellos, Clara en el sillón individual favorito de su prometido.

Comenzaron hablando de asuntos del trabajo. Los tres estaban involucrados en proyectos comunes y, sin premeditarlo, la primera media hora no consiguieron evitar temas que en la oficina parecían ser lo más importante del mundo. A pesar de que en terreno neutral sonaban insignificantes.

Nadie, sin embargo, parecía atreverse a arrancar con el asunto que les había llevado hasta allí: el plan de contrataque contra Ramiro. Las chicas se miraban de vez en cuando y, si la conversación confluía hacia el asunto principal de la reunión, una u otra se las apañaba para cambiar de tema.

Cuando la conversación aflojó, Rafa se disculpó para ir al baño.

—Está al fondo del pasillo, en una puerta a la derecha con un cartel que pone «bathroom».

—Muy ocurrente y poco visto… —dijo Rafa y los tres rieron.

Nada más desaparecer el joven por el pasillo, Paula comenzó a susurrar a su amiga:

—Joder, tía, ¿no has visto la tensión que hay aquí…? ¿O soy yo que me he vuelto loca?

—¿Tensión? ¿Qué tensión? —se extrañó Clara.

—¿Pues que tensión va a ser…? Tensión sexual, tía, una tensión que va a hacer que salten los plomos. ¿Es que no la notas?

Clara reflexionó unos segundos.

—¿No será que hay tensión solo por tu parte? Porque por Rafa y por mí lado de verdad que no la veo…

—Anda ya, querida… que nos conocemos… —protestó Paula—. Dime si tienes ovarios que tú no tienes las mismas ganas que yo de tirarte al becario.

—A ver, Paula, que «el becario» tiene nombre…

—Bueno, pues a Rafa… Qué más da… El caso es que las dos estamos muertecitas por echarle un buen polvo.

Clara se enfadó a medias con su amiga.

—Que te digo que hables por ti… Que yo no quiero tirármelo…

—Eso no te lo crees ni tú…

Clara se cruzó de piernas y echó un trago de su botella.

—Mira, Paula… Si quieres follarte a Rafa, pues todo tuyo… Yo os dejo la habitación de invitados para que estéis más cómodos. Tenéis sábanas limpias en la cama y un baño particular. Cuando terminéis, volvéis aquí y seguimos con la reunión.

—De eso nada… —replicó Paula—. Ya lo hemos hablado y Rafa te pertenece a ti…

—Joder que antigua… ¿No te has enterado de que la esclavitud ya no existe?

—Me parece muy bien, pero tú me has entendido… Así que, o nos lo follamos las dos, o nos lo aguantamos y nos hacemos una paja cada una por su cuenta…

Clara lo sentía por su amiga. Hacía tiempo que estaba loquita por follar con el chaval. Pero era una amiga fiel y no quería saber nada de quitarle lo que creía que era coto privado de ella. Así que, si quería quedar a buenas con Paula, iba a tener que ceder y montárselo a tres con el crío. O, tal vez… pensó… si conseguía hacérselo creer así a su amiga, a lo mejor…

Decidió que al menos lo intentaría.

—Venga, vale… —dijo al fin—. Empieza tú con él ahora cuando vuelva. Yo te sigo…

*

Un par de minutos más tarde, se hallaban de nuevo sentados en sus posiciones iniciales.

—Bueno, pues vamos al lío de Ramiro, ¿no? —dijo Rafa sin poder mantener un segundo más el hielo que se había implantado entre ellos.

Paula se levantó del asiento y se acercó hasta situarse a su lado.

—Sí, de acuerdo, cielo… —le sonrió lobuna—. Pero antes Clara y yo queremos que nos enseñes una cosita…

Le había plantado una mano en el muslo mientras hablaba y la subía lentamente hacia la entrepierna, con cuidado para que el chico no se espantara. Conociendo el carácter tímido de Rafa, si se asustaba era capaz de echar a correr.

—¿Qué… qué cosita…? —tartamudeó el chaval.

Paula le puso la mano sobre la entrepierna y le apretó el bulto que sobresalía del vaquero.

—Joder, Paula… —le dijo Rafa, pero a quien miraba era a Clara.

Ésta le sonrió y el mensaje que le llegó al chico era algo así como: «déjala, estoy de acuerdo con lo que va a hacer».

Pasmado como se hallaba, Rafa fue incapaz de parar a Paula. En unos segundos, su cinturón se había soltado, la cremallera del pantalón estaba bajada y su polla respiraba flácida acompañada por unos huevos pequeños, pero duros.

—Pobrecita, está dormida… —susurró Paula y, agachando la cabeza se la metió en la boca.

Clara la miraba con gesto serio, pero no decía una palabra. Rafa miraba a una y a otra y no hablaba por no saber qué decir. Los ojos se le ponían en blanco de tanto en tanto.

Cuando la polla de Rafa estuvo dura, Paula levantó la cabeza y se la mostró, orgullosa, a su amiga.

—Mira, Clara, si es muy blanquita… Lo normal es que estas «cositas» sean oscuras y feas, pero ésta es diferente, ¿lo ves? Es preciosa… con sus venitas gordezuelas…

—Es… es que yo de pequeño era muy rubio… —aclaró el muchacho—. Luego el pelo se me oscureció, menos… menos… éste de aquí.

Clara se levantó y se sentó en el brazo del sillón más cercano a Rafa. Le acarició la polla un instante y sonrió. Seguía sin decir una palabra, le había cedido el protagonismo a Paula.

—Y mira que huevecitos tan pequeños… si parecen de codorniz…

El muchacho volvió a dar explicaciones.

—No os creáis… que cuando estoy cachondo se me hinchan un montón…

—¿Es que no estás cachondo todavía, cariño…? —le preguntó Paula moviéndole la piel de arriba abajo.

—Bueno, un poco sí… —el chaval se azoró—. Vosotras me ponéis mucho… no creáis… pero es que también me acojonáis de la hostia…

Soltó un puchero y Paula le arrimó la cara.

—No llores, chiquitín… —le dijo y le empezó a comer los labios hasta que los abrió y pudo introducirse dentro de su boca.

A Rafa una se le venía y otra se le iba. No es que se creyera un mojigato. Había salido con chicas y hasta había tenido una novia durante bastante tiempo. Pero lo que jamás le había pasado, hasta entrar a trabajar en su actual empresa, es que mujeres hechas y derechas le acosaran de aquel modo. Si al menos estuviera a solas con una de ellas… Pero que una le sobara y que la otra mirara era una experiencia que le ponía los pelos de punta.

Cuando al fin Paula le soltó la boca, le giró la cabeza al chico y le indicó a Clara:

—Tu turno…

Clara no tenía muchas ganas de participar en aquello, pero para no importunar a su amiga, le comió la boca a Rafa durante largo rato. Luego se la liberó.

Para cuando pudo dirigir la vista hacia Paula, ésta había vuelto a agachar la cabeza sobre la entrepierna de Rafa y se la mamaba con ansia. El chico empezó a suspirar y agarraba a la mujer por el pelo para dirigir sus movimientos.

—Joder, sí, Paula… —decía—. Cómo chupas… Vale… vale… pero no tan rápido, que me voy a…

Paula soltó la polla del muchacho y se incorporó. Las palabras ahogadas de Rafa parecían indicar que el chico estaba a punto de correrse… Y eso sería una terrible desgracia. No sabía ella que estaba muy lejos de hacer correr al chaval.

Se arrodilló en el suelo y le quitó las deportivas, primero, y los pantalones y los bóxer, después. Rafa se quedó en pelota viva de medio cuerpo para abajo y miraba a Paula quitarse la ropa con una energía alucinante. «Joder, tiene prisa la tía por follar», se dijo.

—La hostia qué caliente estoy… —murmuró Paula—. Clara, cariño, ¿tienes condones por ahí? No me importaría tragarme esta «cosita» a pelo, pero no quiero líos…

Clara se levantó, se dirigió a su bolso que descansaba sobre una silla, y sacó la ristra de preservativos que siempre llevaba para asuntos de «trabajo». Rasgó un sobre con los dientes y le pasó la goma a su amiga, que se la colocó a Rafa en pocos segundos.

—Allá voy… —dijo y se subió a horcajadas sobre el chaval para cabalgarle.

Clara se sentó de nuevo en su sillón y los observó follar durante varios minutos. Paula cabalgaba al chico y le comía toda la cara a la desesperada. Gemía como una perra y esto le provocaba a Clara unas inmensas ganas de reír. Aunque, tenía que reconocerse, las bragas se le estaban mojando más de lo que hubiera deseado.

Cuando Paula se cansó de cabalgarle, se incorporó y se estiró sobre el sofá cuan larga era, apoyando la cabeza en el brazo izquierdo del sillón.

—Ven, cariño, que ya estoy a punto… —le dijo tirándole de un brazo—. Fóllame encima para que me entre a fondo y pueda correrme a gusto.

Dicho y hecho, Paula no tardo ni treinta segundos en bailar alocada por el orgasmo bajo el peso de Rafa. Mientras se corría, el chico la culeaba a fondo para alimentar el clímax de la mujer y con la boca le chupaba los pezones con glotonería.

Cuando la tormenta cesó, Paula jadeaba y sudaba como en su vida la había visto sudar su amiga Clara. Había levantado los brazos por encima de su cabeza y la había girado a un lado, adormilada. Su respiración se iba normalizando poco a poco.

—De puta madre… qué ganas tenía de pillarte, chaval… —fue lo único que consiguió articular entre suspiros.

Rafa se incorporó y se sentó en el sillón jugando con los pies de la recién follada. Paula levantó la cabeza y miró la entrepierna del chico.

—Pero… ¿¡tú no te has corrido!? —dijo pasmada al ver vacío el depósito del condón.

—Oh, no… —dijo él con voz tímida—. He preferido esperar a Clara… si me hubiera corrido, la pobre se quedaría sin nada…

Clara bramó en su interior. Su plan para que Paula la dejara en paz había fracasado. Había esperado que el chico se corriera enseguida y que ésa sería la excusa perfecta para dejarlo «para otro día». Pero, no sabía cómo, el jovencito debía de ser un monstruo del autocontrol y se había aguantado el orgasmo para poder follar con ella.

—Joder, que buen tío… —Paula le dio un beso en la mejilla—. Mira, Clara, Rafa ha pensado en ti, no dirás que no es majo… Venga, desnúdate que ahora te toca…

La presión estaba fastidiando a Clara. Por un lado, la de Paula, que no dejaba de palmear el sofá donde la acababa de taladrar Rafa. Por otro lado, la mirada suplicante del chico, que se le veía como loco por follarla a ella con aquella picha que, Paula llevaba razón, era la mar de atractiva.

Y, la peor de todas, la presión de su propio coño que latía desbocado y manaba humedad pidiendo la guerra que solo Rafa podía proveerle en aquel momento. «Me cago en la leche», se dijo.

No quedándole otro remedio que atender a las necesidades de su cuerpo, y al ruego de sus amigos, se puso en pie y se quitó los zapatos y la falda. Luego se bajó las bragas y se acomodó en el sillón en la misma postura en que Paula había tocado el cielo a merced de Rafa. Cerró los ojos y abrió las piernas. No habían pasado ni tres segundos, cuando Rafa empezó a hurgar en su orificio de entrada.

*

—Espera, Rafa, tranquilo… —tuvo Clara que parar el ímpetu del chaval—. Me estás haciendo daño, aún no estoy lubricada…

Paula, que se hallaba al quite, dejó a los dos de piedra.

—A ver, quita… —dijo tirando al chaval del brazo. A continuación metió la cabeza entre las piernas de Clara y empezó a chuparle el coño con una lengua que manaba saliva como una fuente.

Clara sintió unos fogonazos de placer mientras su amiga la removía los labios inferiores con la lengua. «Joder, como chupa Paulita», se decía.

Por fin se retiró y volvió a empujar al chaval entre las piernas de la amiga. Metió la mano entre los dos y le colocó la polla al muchacho, quien la empujó agradecido con un «ufff» ahogado.

Clara le correspondió con un «aaahh» y un arqueo de la espalda, y la sesión de sexo comenzó. La mujer tuvo que reconocer que la entrada triunfal de Rafa en su vagina la había maravillado de una forma inesperada. En fin, si no tenía más remedio, intentaría pasárselo bien durante los próximos minutos.

Rafa culeaba con suavidad e introducía su polla en lo más hondo de Clara. Ella, por su parte, se alegraba de que el chico supiera cómo moverse, y no solo al inaugurar el polvo. Aun así le faltaba algo, más ritmo, más fiereza, tal vez.

—Rafa, cariño… —le dijo—. Embiste más fuerte, necesito que me des como si quisieras romper el sillón.

—Sí, jefa… perdón… Clara —y empezó a empotrarla con saña.

Clara a punto estuvo de soltar una carcajada cuando le oyó llamarla jefa. Hasta ese punto estaba el muchacho entregado… Aquello le provocó un fuerte sentimiento de ternura.

—Dale en el culo… —oyó que le decía Paula a Rafa.

—¿En… el culo…?

—Sí, en el culo… venga, dale, que le gusta…

Rafa le sacudió dos cachetes seguidos en las nalgas. El primero fue suave, pero el segundo le hizo auténtico daño a Clara.

—¿Más…? —preguntó el becario.

—Sí, más… —esta vez fue Clara la que respondió.

A partir de ese momento, Rafa follaba y pegaba, y Clara daba un saltito de dolor y de placer cada vez que se oía el sonido de un cachetazo.

De pronto, Rafa se envalentonó y agarró a Paula del pelo. Ésta estaba a los pies de los dos amantes mirando extasiada y tocándose entre las piernas con disimulo. El chico tiró de la cabeza de Paula y la movió hasta unirla a la de Clara.

—Bésala… —le dijo—. Quiero que os morreéis mientras la follo.

Las mujeres le miraron embobadas. El chico mostraba ahora una expresión de macho alfa que no le pegaba, pero que era la mar de excitante.

Clara lamió los labios a su amiga en señal de conformidad y las dos mujeres se morrearon mientras Rafa empotraba a Clara contra el sofá. El calor de la boca de Paula y el sabor de su saliva crearon un punto de inflexión que la mujer follada no supo controlar. Y empezó a correrse sin poder evitarlo.

El chico notó que Clara entraba en el clímax arrasándolo todo a su paso y se dejó ir con ella. El siguiente minuto fue una locura descontrolada de los dos amantes sobre el sofá. Paula los abrazaba a ambos y besaba a uno y a otro por turnos. Los dedos índice y corazón de su mano izquierda entraban y salían de su coño con un movimiento frenético. Se corría con ellos y gritaba acompasada con los gemidos de Clara y los gruñidos del chaval.

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