Xtories

Confesión de una adúltera

Él la espera en la butaca, inmóvil, pero sus ojos siguen vivos. Ella sabe que debe contarle lo que hizo, cómo fue, con quién. No es una confesión de culpa, sino un ritual de entrega. ¿Hasta dónde puede llegar la confianza cuando el placer es el único lazo que queda?

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— ¿Y bien? Cuenta…

Como siempre, ella habrá esperado a que le pregunte antes de empezar a hablar. Si un día, él dejara de preguntárselo, ella no se lo contaría. Se callaría. Puede que incluso ya no tuviera nada que contar. Porque no volvería a ir. Va por él, porque él se lo ha pedido para que se lo cuente a la vuelta. «Lo prefiero así», le había dicho.

La primera vez le había costado horrores hablarle. Él había tenido que extirparle las palabras, y no paraba de hacerle preguntas para que avanzara en su relato. Se detenía ante términos que no osaba pronunciar, por miedo a resultar trivial, grosera. Finalmente, había adquirido tintes de interrogatorio, de confesión pública: ella era culpable, lo admitía, y le iba arrancando la confesión. Así había transcurrido un lapso de tiempo infinito. Entrecortado por largos silencios cuando ninguna palabra lograba franquear sus labios. Se sentía en falso, cuando era él quien lo había querido así. Y castigada por el mero hecho de tener que someterse a ese cuestionario apremiante. Culpable, por lo que había hecho, y culpable por no saber cómo contarlo. Había acabado en lágrimas. Decía entre hipidos:

—¡No quiero ir nunca más!… ¡Nunca más!… ¡Es desagradable! ¡Es una estupidez!…

Él le había tendido los brazos para que se le acercara. Ella se aproximó a la butaca de enfermo al que le había confinado el accidente y que no podría abandonar jamás. Se acercó a él, se arrodilló a su lado y descansó la cabeza sobre las piernas sin vida de su marido. Él le había acariciado el cabello, el hueco de la nuca que tanto amaba, ahí donde los rizos más cortos se enredaban un poco.

—No, ni es desagradable ni es ninguna estupidez, pero lo sería si todo esto ocurriera a mis espaldas. Si tú tuvieras que ocultarte, que mentir. ¿Te imaginas?

Ella había protestado. La castidad no le daba miedo. Desde que se enamoraron, le había sido fiel y su único deseo consistía en seguir siéndoselo. Él había sonreído.

—¿Casta para siempre jamás? ¿Por mí? ¿Casta como una muchacha que entra en un convento? Te creo capaz, ¿sabes? Pero la novicia tiene vocación. La abstinencia, en su caso, tiene la misma fuerza que el deseo en las otras mujeres, en ti, por ejemplo. Porque eres una mujer hecha para el amor. Sin la boca, sin las manos, la piel, la verga de un hombre, no te sentirías viva.

—Pero si tú me besas. Y me acaricias también… Me tocas, me haces…

Entonces él se rió con sarcasmo, pero sin mala intención.

—Sí. Y eso es todo… No seas tonta.

Y había añadido, como quien contempla, las ruinas de su casa derruida:

—Es lo que nos queda… Así que irás y, cuando vuelvas, me lo contarás. Todo… La próxima vez será más fácil, ya verás.

No se había equivocado. Con el tiempo, todo había resultado más fácil. Natural. Y a partir de entonces se lo pudo contar naturalmente, claro. Él era quien le daba la señal, quien escogía el momento. Le bastaba con decir: «¿Y bien? Cuenta…».

—Esta vez, llegué con un poco de retraso. A menos que no haya sido yo quien llegara antes, no lo sé. No miré el reloj. Lo que sé es que fui la primera en llegar… Es una tontería, pero prefiero que me esperen a esperar. Es mejor… Sí, en la misma habitación de siempre. La que tiene las paredes pintadas de papel, ¿te acuerdas? Ya han pasado cinco años y no ha cambiado nada. Estos días no se ve nadie. Estoy segura de que todos los grandes hoteles de la Costa deben de estar vacíos o casi… ¡Imagínate, entre semana…! Cuando llegué, la marea estaba alta y caía una tromba de agua en el mar. La habitación estaba fría, y el resto del hotel tampoco estaba caldeado, o muy poco. Me dejé el abrigo puesto y me acurruqué en aquella butaca que cojea. Nadie lo dice, y nadie lo repara. Es extraño, ¿no te parece?… No me gustó esperar porque, a decir verdad, a solas en esa habitación pensé en nosotros, en nuestra primera vez… Y ahora tú estabas en Madrid y yo allá, esperando a otro hombre. Cuando ese lugar nos pertenece a nosotros. Esa habitación era para ti y para mí; no para mí y para otro. Fue a dónde me llevaste, o más bien a dónde fuimos a parar, porque los demás hoteles de lujo estaban al completo.

Era verano. Había niños que jugaban en la arena de la playa. Me dijiste: «¡No nos quieren en ninguna parte, por Dios! ¡En lugar del castillo que quería ofrecerle a mi amada, no nos dan más que chozas! Una habitación, una cama. Para que la tome, para que le haga el amor, me la coma, la doble, le separe las piernas, la combe…». Te ponías lírico y yo me reía. Y tu deseo fue satisfecho. Ese hotelito parecía una mansión burguesa, justo en la esquina de la estación. Con aspecto de pensión familiar. Todavía les quedaba una habitación libre. Debía de estar esperándonos… Y es cierto que me hiciste el amor como ningún otro hombre antes que tú. Me doblaste, separaste mis piernas, me comiste. Tres días y tres noches durante los que no abandonamos aquella cama. Hacía un tiempo espléndido. Habíamos abierto la ventana. Los gritos de las golondrinas y de los niños que jugaban bajo nuestras ventanas, atravesaban el aire de la habitación, ¿te acuerdas? Y yo también grité. Bajo un hombre. Era la primera vez que gritaba. Por ti. Yo quemaba más que el sol que debía atormentar los hombros frágiles de los niños a los que una madre no llevara rápidamente a la sombra.

Pedíamos que nos sirvieran comida a cualquier hora. Yo me encapriché por los helados enormes… Tenía el clítoris tan enrojecido, tan tumefacto a fuerza de los mordiscos y las succiones que tú le infringías que se me ocurrió que el frescor cremoso del helado me calmaría. ¡Una buena excusa para que me lamieras más si cabe el botón martirizado e introdujeras tu lengua en mi hendidura! «Para no desperdiciar el helado», aducías…

Por eso ahora no me gusta llegar primera, porque les da tiempo a reaparecer a los recuerdos. Y el hombre que va a llegar no eres tú. Y si me acuerdo perfectamente de nosotros es porque —creo— la habitación también nos recuerda. Cuando, al principio, exigiste que me encontrara con los amantes precisamente en esa habitación, no lo entendí muy bien. Me pareció un sacrilegio, algo morboso. Pensé en negarme. Y luego, lo vi claro. De entrada, no habría que demorarse en descripciones de los lugares, puesto que los conoces como yo. Conoces la butaca que cojea y la tela rosa de las lámparas de la mesilla de noche, para que hagan juego con la pintura de las paredes y las cortinas. Los objetos y los muebles se pueden describir, claro; pero difícilmente la luz y los olores. Tampoco los ruidos. Y, de intentarlo, resultan siempre descripciones aproximadas… Por ejemplo, si te digo que, de pronto, una bandada de golondrinas casi chocó con los cristales de la habitación, y los pájaros gritaron asustados, como si sufrieran, ¿oyes a las golondrinas como yo las oí?… Puede que no, ¿verdad?

El olor de la habitación lo conoces. Lo recuperas porque no lo has olvidado, el mismo olor que notamos cuando abrimos la puerta por primera vez… Después debió de sumársele, rápidamente, la de nuestros cuerpos, la fragancia de nuestros cuerpos en celo, los sudores mezclados de los amantes, el olor de mis fluidos, todo lo que mi coño abierto permitía que se derramara de mis órganos de mujer. Tú te olías los dedos que habían hurgado en mí y los aproximabas a mi nariz para que aprendiera a amar mi propio olor. «Si tuviéramos que separarnos y te volviera a encontrar al cabo de veinte o treinta años, aunque me vendaran los ojos y me pusieran ante veinte, treinta o cien coños de mujer, los olería todos y me detendría ante el tuyo y sabría que eres tú, te reconocería. Te reconocería solo con tu olor. Cuando lo aspiro, me embriago, pierdo el mundo de vista». Eso me decías entonces.

Ella deja de hablar. Calla durante un rato demasiado largo y es él quien tiene que encarrilarla de nuevo en el relato.

—Cuenta—.

—Pues eso, que llegué con anticipación. Y luego, oí pasos en el pasillo. El parqué chirría, ya lo sabes. Él dio unos golpecitos ligeros en la puerta y entró. Llevaba el gabán empapado. De pronto, noté el olor a lana mojada. Le sorprendió que no se me hubiera ocurrido encender las lámparas. Lo cierto es que la habitación estaba casi a oscuras. Le respondí que acababa de llegar. Todavía llevaba el abrigo puesto y me creyó. Me ayudó a quitármelo. Se quitó el suyo y lo colgó del perchero para que se secara. Me estrechó entre sus brazos: «¡Es verdad que tienes frío!» Mis labios estaban helados. Su boca caliente. Me besó. Un beso más largo que los habituales de reencuentro. Me besó hasta que le pareció que mi temperatura era ya normal. «¡Ven!»

Me llevó hasta la cama. No me desnudó enseguida, como suele hacer. Me acostó vestida y él también conservó sus ropas. Sobre la alfombra de la habitación solo nuestros zapatos, muy cerca de la cama. Tomó mis pies en sus manos. La fina película de las medias no me había protegido del frío. Masajeó delicadamente mis dedos, mis tobillos. Era una sensación muy buena. Y cálida… En este momento, él roza mis pies con su boca, sus labios, sus besos para ahuyentar el frío de mis extremidades. Su aliento pasa a través del tenue tejido de las medias. Sube lentamente a lo largo de mis piernas y cuando su boca llega a la altura de mis rodillas, me sube la falda, que obstaculiza su avance. Besa el interior de mis muslos, y me obliga un poco a abrirme. Sigue avanzando y ahí, en el lugar donde el portaligas abrocha la media, sus labios se encuentran con mi piel desnuda. Pensaba que tenía los labios calientes, pero abrasan. Él es de fuego y yo aún soy de hielo, pero él me funde. Se demora, deleitándose en el encuentro con mi piel descubierta. Y se entretiene cuando yo quisiera, por el contrario, que se diera prisa. Que fuera hacia la cima de mi entrepierna. Noto que me mojo, y la humedad procede del fondo de mi gruta y que lentamente se derrama hacia el exterior de mi cuerpo, poco a poco… En silencio, le ruego que siga subiendo, que vaya hacia lo alto de la cuesta. Y su boca sube por fin. Sus dedos apartan la muralla de encaje negro, el pequeño triángulo de la braguita que llevo, nada que pueda interponerse entre sus labios y mi desnudez que él espera. Porque lo que yo deseo ahí —¡oh, que se dé prisa, que llegue por fin!—… es su lengua. Podría ordenárselo, lo haré si tarda demasiado. Aunque, ¡no hará falta! Él también tiene prisa. Y me lame. Su lengua es dulce y blanda. Pone en ella, todo a la vez, aplicación y placer. Me besa y su lengua recorre la extensión de mi grieta, desde abajo del todo hasta arriba del todo. Que no olvide ni el fragmento más diminuto de mí. Y, aunque así fuera, la lengua regresaría sobre sus pasos. Me lame durante mucho rato. Me gusta, ya lo sabes. Podría no cansarme nunca de los lametones si no se asomara una llamada imperiosa de mi sexo. Que se mantenga entonces en el punto más sensible, en esta cresta, que es su cumbre más alta, mi clítoris, que reclama todos los cuidados. ¡Que se detenga ahí, que su boca se apodere de él, que lo aspire! Pequeñas succiones, breves, que se encadenan como ráfagas.

«¿Así? ¿Lo quieres así?»

«¡Oh, sí, esto es lo que quiero!»

«De acuerdo, cuando estés exhausta, te tomaré entre mis labios y no te soltaré. Te aspiraré por completo sin aflojar la tensión. Al contrario, ¿notas lo profunda que se hace tu respiración cuando aumenta el ritmo?»

Claro que lo noto, igual que noto el hervor que se produce al fondo de mi matriz.

—¿Y gozaste?

—Sí, gocé. Pero tú, que me conoces, ya sabes lo que significa para mí ese primer goce. Una forma de alivio, de apaciguamiento de la necesidad. El placer no es eso, tú me lo enseñaste. Un primer y único orgasmo no es gran cosa.

¿Cuánto tiempo llevo ya con este? Siete meses. ¡No, ocho! Ya hace ocho meses. No me va mal con él. No le costó darse cuenta de que a mí me gustaba lo mejor, y sabe como dármelo. Está bien…

—¿Y después?

—¿Después? Me dejó respirar un poco. Me quitó el jersey y la falda. Puso su cabeza sobre mi pecho para escuchar cómo decrecían los latidos de mi corazón y cuando este recuperó un pulso regular y tranquilo, empezó a mordisquear las puntas de mis senos a través de la seda bordada de mi sujetador. Me basta con eso para que se encabrite un caballo en mis entrañas, ya lo sabes. No podía más. Desabroché mi sujetador y, torciendo el brazo bajo mi espalda, me arqueé y mis senos salieron a su encuentro. Para que los tomara, los apretara. ¿Cómo es posible que los senos, la parte más vulnerable en las mujeres, puedan machacarse hasta tal punto durante el amor sin que nos duelan? Por el contrario, el placer está ahí. Incluso cuando la mano que los aprieta se hace violenta. El sufrimiento, que se mantiene a raya hasta ese momento, se traduce entonces en placer: esposas, flagelación…

… No, este hombre no me ha hecho daño jamás, él no quiere y yo tampoco. Estruja mis senos, aspira y muerde los pezones. Su violencia se detiene justo al límite de adónde le lleva mi excitación. Esa es la fuerza que yo reclamo. Él me la da, a petición mía… Te hablaba de sus caricias en mis senos; duran, cuando yo quisiera que cesaran, que sus manos regresaran a mi vientre. Pero, si las prolonga, aunque perciba mi petición muda, es para hacer de mí una hambrienta. Su sexo, lo codicio. Lo quiero en mi boca. No seré una proveedora de placer hasta que empiece a chuparlo. Su placer me da igual. Sigo empleándome en el mío. Con los agujeros de la nariz completamente dilatados, soy un animal… Reconozco el olor, me resulta familiar y anuncia la saciedad que me prometo mientras me lanzo con avidez sobre su sexo erecto. Ahí está, su sexo, erguido gracias a mí y para mí. Sé del flujo de la sangre que late en cada una de las venas de ese hombre tan vivo, tan vigoroso…

¿Te he dicho que, mientras tanto, yo le desnudé a él? No quiero que esté pasivo mientras está tumbado de espaldas en tanto que yo, arrodillada, me coloco entre sus piernas. Quiero que esté atento y, completamente dedicado a mí a través del placer que recibirá, porque este placer deberá ser, ante todo, el mío. La cadena que va de ti a mí, mi amor, pasa por ese extraño. Paso lentamente mi lengua por el escroto, y luego subo de nuevo hacia el glande. ¡Lamo, empalmo, engullo hasta lo más profundo de la garganta —mi mano, mi lengua, mis labios, mi boca— aspiro, mamo, chupo y chupo de nuevo…!

—¿Y, entonces? ¿Qué pasó? Cuenta…

—Quiso que cambiáramos de posición. Se movió y yo me coloqué para que estuviéramos pies contra cabeza. Soldados el uno al otro por el sexo y la boca de cada uno. Este asalto lo gano yo, cuando él grita de pronto: «¡Espera!… ¡Espera, aún no!».

Él se tumba de espaldas. No ha querido vaciarse, desbordar en mi boca. Lo que quiere es el pasaje oscuro, húmedo y pegajoso a la vez, que está en la unión entre mis piernas. Ahí se desenvuelve mejor, tendrá ventaja. Separa mis muslos. En el centro, el punto rosado de mi sexo. Me fuerza a entregarme más: «¡Abre bien las piernas!». Obedezco. Me abro más. Me recorre con todo su sexo erguido al máximo, y su exploración no olvida ni un milímetro. No sé si necesita que le anime, pero de mi garganta nacen esas palabras que valen tanto por él como por mí: «¡Más adentro! ¡Más adentro!».

… Me trabaja a golpes regulares. Puede salir tanto rato como le plazca y penetrarme de nuevo, con la lentitud o la brutalidad que le convengan.

Ahora estoy a cuatro patas, con la grupa vuelta hacia él. Y es cierto que, de esa manera, él llega más hondo. No puedo oponer ninguna resistencia, ni con las manos, ni con las piernas, ni con mis brazos, para frenar los movimientos de mi invasor. ¿Soy aún una mujer o un orificio acogedor para acomodar una polla, para que una polla se frote con él?.

… Sé que, tal como está colocado, se observa. Y lo que ve le gusta, le excita aún más y le espolea. ¡Y ahí va! Me bombea y su velocidad aumenta al ritmo de su encarnizamiento por llegar al final. Y cuando me oye gritar largamente y me desplomo, sabe que la explosión, por fin, ha tenido lugar.

Me zumban los oídos. Y mi corazón, que late desbocado, se va calmando poco a poco. Vuelvo la cabeza y miro la ventana. Afuera, el océano brama y se ha hecho de noche. El cristal de la parte interior de las ventanas está empañado. ¿Será por eso por lo que, de pronto, tengo tanto frío? Me levanto y me visto. Rápidamente. Mientras él recupera sus ropas y se las va poniendo, voy hacia la ventana. Sobre el vaho de los cristales, tengo ganas de escribir las iniciales de nuestros nombres. El tuyo y el mío. Pero no lo hago, tranquilízate. Me contento con limpiar un rincón del cuadrado, gesto inútil, no hay nada que ver más allá. La noche es oscura. Oigo que él me habla. Apenas le escucho. Sé lo que me está diciendo, es siempre igual. Que cada vez le resulta más penoso soportar nuestras citas clandestinas, tener que esperar toda una semana para tenerme para él una o dos horas, que no puede tolerar saberme de otro. Quiere que me divorcie, habla de casarse conmigo… ¿Por qué te has negado siempre a que diga la verdad? ¿A que no cuente lo de… en fin, lo de tu accidente? He tenido que inventarme a esos dos hijos que me retienen junto a ti.

«No quiero dejar a mi marido. Es por los niños…» ¡Me siento ridícula y estúpida contando esas cosas! Confesar que no te abandonaré jamás, y que es por…

(Él la interrumpe.)

—¿Compasión?

—¡No! ¡No! Por amor. Porque te quiero, y nos queremos. Y si veo a hombres es porque tú lo has querido. Porque me pediste que lo hiciera. Obligada a mentir, a los ojos de los demás me convierto en una mujer adúltera. Y no es eso en lo que has querido convertirme, ¿verdad que no?

—Yo quise conservarte viva. ¡Y bella! Una mujer pierde el brillo y la belleza cuando deja de follar. Y yo quiero verte con ese resplandor que te habita, esa aureola que santifica a las mujeres satisfechas. Estás tan bella cuando vuelves.

—¿Y te lo cuento bien?

—¡Sí, lo cuentas muy bien, mi Sherezade! Tus palabras me devuelven mis miembros, mi vigor. Estoy contigo, con vosotros, allá en nuestra habitación. Y soy yo el hombre con el que…

Ella se acerca y se agacha frente a él, reposa la cabeza sobre sus piernas inertes. Él le acaricia la mejilla, el pelo. Ella cierra los ojos. Se siente tan bien. La acaricia en la nuca, donde se le enmarañan siempre los rizos. Ella se adormila, como un gato que ronronea y se deja ir en un dulce sopor. Piensa en los dos días que ha pasado en casa de su hermana, como cada semana. Él no sabrá jamás la estratagema a la que ha tenido que recurrir. Ha aprendido —con el tiempo— a contarlo tan bien…