Noche de bodas
La vergüenza la paralizaba, pero la autoridad de su voz era ineludible. Esa noche, él no solo la tomaría como esposa, sino que le enseñaría a qué obedecer y a qué entregarse.
Cuando nos casamos yo tenía 21 años y mi marido 26. Yo venía de una familia tradicional, por lo que me mantuve virgen hasta entonces. Esa noche estaba muy nerviosa, ya que no sabía casi nada del sexo, pero me habían dicho que la primera vez dolía, además de que me daba mucha vergüenza. Mi marido es un hombre cariñoso, pero estricto cuando considera que tiene que serlo y muy dominante en el ámbito sexual.
Llegado el momento le esperé sentada en la cama, con un camisón de tirantes que me quedaba por encima de las rodillas. Él llegó del baño, se quitó la camisa, vino a mi lado y me besó apasionadamente, haciendo que nuestras lenguas jugaran entre ellas. Comenzó a besarme el cuello. Yo estaba visiblemente nerviosa.
-Apaga la luz -dije.
-¿Por qué?
-Me da vergüenza.
-Soy tu marido, no tienes que tener vergüenza de nada. Quiero verte, así que nada de luces apagadas, olvida eso.
Siguió besándome y empezó a tocarme los pechos.
-A ver esas tetitas... -dijo mientras me bajaba los tirantes del camisón y me hacía sacar los brazos, dejando mis pechos descubiertos-. ¿Ves como no tiene que darte vergüenza? Tienes unos pechos preciosos que ahora son para mí.
Tengo el pecho bastante grande (una copa D), con pezones de tamaño medio, marrones aunque no muy oscuros. Comenzó a tocarme un pezón, jugando con él, cogiéndolo entre los dedos.
-Vamos a preparar esos pezoncitos...
Acercó su boca a uno de mis pechos y lamió el pezón. Ese contacto con su lengua me hizo estremecerme. Era una sensación totalmente nueva que me gustaba. Jugaba con el pezón, primero moviendo la lengua de arriba a abajo, luego succionándolo. Después pasó a hacer lo mismo con el otro pezón mientras me tocaba el otro pecho con la mano. Mi respiración se aceleró.
-Ay, cariño... -dije con un leve gemido.
Aunque seguía nerviosa comencé a dejarme llevar y puse una mano en la parte de atrás de su cabeza, invitándole a que siguiera. Al rato paró y me besó en la boca.
-¿Has visto que duros se te han puesto? -me dijo tirándome levemente de un pezón.
-A veces se me ponen así, cuando tengo frío -dije inocentemente.
-Ahora no es por el frío, es porque te gusta lo que te hago. Vamos a quitarte esto...
Me puse de rodillas y él me sacó el camisón, dejándome sólo con las braguitas. Me quedé en esa postura, con el culo apoyado sobre los talones. Él, también de rodillas sobre la cama, me pasó un dedo por la rajita, por encima de la tela.
-¿Alguna vez te has tocado aquí abajo? -me preguntó.
Me quedé callada sin entender muy bien la pregunta.
-Me refiero a si te tocas para darte placer.
-No... -dije bajando la mirada.
-¿Nunca te has frotado con algo y te ha dado gustito?
-Yo... A veces... -noté que me ponía roja-. En la piscina de mis padres, cuando me quedo quieta donde hay un chorro debajo... A veces el chorro me da ahí...
-¿Y te gusta?
-Sí -dije avergonzada.
-Bien... Ahora te va a gustar más.
Me recostó sobre varias almohadas, me quitó las bragas y se tumbó a mi lado, apoyado sobre el codo. Comenzó a besarme y sentí que sus dedos jugaban con mi vello púbico. Pasó el dedo por la rajita de manera superficial, para después pasarlo más profundo, entre los labios. Finalmente me acercó ese mismo dedo a la boca y me ordenó que lo chupara. Un poco avergonzada lo hice y, tras eso, volvió a tocarme allí abajo, pero esta vez de una forma que me hizo estremecerme.
-Aaaaa -gemí, e instintivamente intenté cerrar las piernas.
-Shhhh. Tranquila... Esto es el clítoris.
Miré hacia abajo y vi cómo movía el dedo corazón en círculos sobre esa parte que me estaba dando tanto placer. A veces emitía pequeños gemidos, pero seguía muy cortada. Él volvió a chuparme un pezón.
-No te reprimas, mi amor -me dijo, y me mordió un poco el pezón, tirando de él. El dolor me hizo gemir más alto, sobresaltada-. Así me gusta... Ya estás muy mojadita.
Tras eso fue bajando. Cuando se acercaba al monte de venus yo volví a resistirme. Me estaba dando un placer que hasta entonces desconocía, pero debido a la educación que había recibido y la nula información que tenía sobre sexo, no esperaba lo que estaba ocurriendo. Pese a mi resistencia él me abrió las piernas y comenzó a lamer mi clítoris. Acabé abandonándome a ese placer nuevo, gimiendo cada vez más. Tras unos pocos minutos se me tensó todo el cuerpo, se me arqueó la espalda y tuve una sensación de absoluta liberación. Fue mi primer orgasmo.
Tras eso él se quitó los pantalones y los calzoncillos, quedando totalmente desnudo. Me cogió la mano y me la llevó a su pene, que aunque no estaba erecto del todo ya estaba un poco duro, y empezó a guiarme en la masturbación.
-Tócala así, eso es... Mira lo dura que me la estás poniendo.
Yo hacía movimientos algo torpes de arriba a abajo mientras él me tocaba los pechos. Su pene se fue poniendo cada vez más duro hasta estar totalmente empalmado. Me sorprendí de lo grande que era y me asustó aun más el momento de perder la virginidad.
-Ven -me dijo haciendo que me bajara de la cama y me pusiera de rodillas. Él se sento en el borde de la cama-. Ahora vas a metértela en tu boquita.
Yo no sabía qué hacer exactamente, pero no me dio tiempo a pensarlo demasiado, ya que me empujó la cabeza y me metió su glande en la boca.
-Juega con tu lengua -comencé a lamer su capullo, metiéndome en la boca sólo una pequeña parte de su pene-. Así, muy bien. Un poco más... -me fue forzando a meterme el pene en la boca cada vez más.
-Mmmmmm, no -me aparté, ya que sentía que me ahogaba.
-Relájate, si lo haces bien podrás metértela entera. Venga...
-No, por favor...
-Soy tu marido y tienes que cumplir con tus obligaciones. Vamos...
Me metió el pene en la boca y en vez de esperar a que lo chupara comenzó a moverse él, follándome la boca. Yo trataba de no atragantarme.
-Así mi amor, muy bien...
Tras unos minutos paró y me ordenó subir a la cama. Quedé tumbada boca arriba.
-Vamos a ver ese coñito virgen -dijo al tiempo que empezaba a estimularme el clítoris de nuevo. Finalmente me abrió las piernas y se puso encima de mí. Su enorme pene apuntaba hacia mi vagina.
-Házmelo despacito.
-Tú relájate y pórtate bien.
Me metió el pene, no bruscamente pero más deprisa de lo que hubiera querido.
-Aaaaaayyy. Cuidado...
Comenzó a meterla y sacarla, aumentando el ritmo, haciendo que mis pechos se movieran al ritmo de la penetración. Sentía que me partía por la mitad.
-Me duele...
-Es normal, mi amor, aguanta. Lo tienes muy estrechito...
-Aaaaah... Aaaayyy más despacio...
Tras un rato el dolor fue disminuyendo, pero no se iba del todo. Él metía su lengua en mi boca y me besaba, ahogando mis gemidos. Al rato cambiamos de postura. Me pusó un cojín debajo del culo, con mi cuerpo un poco de lado a la altura de la cadera, y él se puso de rodillas. En esa postura él podía estimularme el clítoris con los dedos, por lo que mezclado con el dolor empecé a sentir placer. Gemía muy alto, de dolor pero también de cierto placer. Después de un rato su respiración se entrecortó y tras unos jadeos más fuertes sentí que eyaculaba dentro de mí. Dió unas cuantas embestidas más, mucho más lentas, mientras aún tenía el pene duro.
-Muy bien, cariño... ¿Sientes mi lechita dentro de ti?
-Sí... Está caliente...
Cuando sacó su pene de mi vagina y miré hacia abajo vi algo de sangre mezclada con nuestros fluidos. Su semen empezó a escurrirse hacia fuera. Pasamos un rato tumbados.
-Lo has hecho muy bien, estás hecha toda una putita -me acarició el culo.
-¿Vas a hacerme el amor otra vez?
-Sí, pero vamos a lavarnos.
Me llevó al cuarto de baño, donde le pedí lavarme yo sola, ya que me daba vergüenza.
-Me gusta que seas así de recatada, pero eres mi mujer y tienes que tenerme confianza. Ya verás como te acaba gustando.
Me hizo meterme en la bañera, donde nos quedamos un rato bajo el agua caliente. Él tocaba pasaba las manos por mi cuerpo y yo comencé a pasarlas por su torso. empezó a jugar con mi vello púbico.
-Me gustan estos pelitos, pero quiero ver bien tu coñito -salió de la bañera y vino con crema de afeitar y una cuchilla.
-No, por favor...
-No pasa nada, cariño. Siéntate aquí y abre las piernas -dijo, señalando un saliente de la pared que había dentro de la bañera, mucho más amplio de lo normal, donde me podía recostr perfectamente.
-No... Me los puedo quitar yo.
-No me hagas enfadar, siéntate -Acabé cediendo-. A ver, enséñame el coñito.
Abrí las piernas, dejando mi vulva totalmente expuesta. Tras darme unos besitos en el monte de venus me puso crema de afeitar por toda la zona y empezó a depilarme.
-¿Ves como no pasa nada? No te hago daño.
Cuando terminó me hizo levantarme y empezó a enjabonarme el cuerpo, empezando por arriba. Se puso detrás de mí y se detuvo un rato en mis pechos, que le fascinaban, jugando de nuevo con mis pezones. Comencé a excitarme mientras sentía como su pene se ponía duro y se clavaba en mi culo.
-Qué buena estás... Vamos a lavar ese coñito depilado...
Jugó un rato con mis labios vaginales y tras eso me enjabonó las nalgas. Cuando empezó a pasar la mano por la raja de mi culito me puse nerviosa y quise apartarme, pero él me sujetó por la cintura. Sentí que pasaba los dedos por encima de mi ano y volví a resistirme.
-Ssssh, tranquila... -estaba estimulando la entrada de mi culo con un dedo.
-¿Qué me estás haciendo? Para, por favor...
-Relájate, ya verás como te gusta. Tienes que acostumbrarte a que juegue con tu culito.
Estuvo tocando la entrada de mi ano un poco más, pero no llegó a meter nada. Yo no esperaba que pasara nada de eso y estaba asustada.
-Ahora tú -me dijo, indicando que le enjabonara el pene. Comencé a enjabonarlo de arriba a abajo-. Aquí también -me llevó la mano a sus testículos, cuyo tacto era suave. Jugué con ellos un rato y volví a tocarle el pene, que ya estaba muy duro y grande.
Nos aclaramos y salimos de la ducha. Nos secamos y volvimos a la cama. Allí volvió a hacerme el amor, esta vez en más posturas. Me penetró de lado, tocando mi cliítoris. Volví a dejarme llevar. Esa segunda vez aún me dolía, pero mucho menos, por lo que me dejé llevar.
-Ay mi amor, sigue... -mis gemidos iban en aumento.
-Eso es, gime sin miedo... Córrete para mí, dámelo...
Tuve mi segundo orgasmo y tras eso me puso a cuatro patas. Comenzó a darme fuerte, y en esa postura sentía su pene entrar mucho más. Yo gemía y gritaba como nunca, esta vez también con cierto dolor, ya que me embestía fuertemente. Cuando me quejaba me daba un azote, de manera que gritaba más. Después volvimos a hacer el misionero, pero puso mis piernas por encima de sus hombres, de manera que seguía sintiendo como su pene entraba en mí profundamente. Al rato la sacó, me hizo sentarme y se puso de rodillas para que le chupara el pene. Lo hice. esta vez con más soltura, metiéndome yo misma la mitad de su pene en la boca. Un poco después comenzó a masturbarse con la mano.
-Abre la boquita.
-¿Qué vas a hacer?
-Abre... -puso un dedo en mi barbilla, forzándome levemente a que abriera la boca, y se corrió dentro de ella. Era amargo y espeso. Me ordenó que tragara y lo hice.
Esa noche mi marido me hizo el amor otras tres veces. Yo no tenía experiencia, a veces me hacía daño y me quejaba, pero él me corregía con azotes o tirando de mis duros pezones. Cuando me nagaba a algo me iba forzando con suavidad, reclamando sus derechos, diciéndome que era su mujer y que debía cumplir con mis obigaciones, que me portara bien y así a mí también me gustaría. Aquella noche acabé exhausta, con mi coñito hasta ese día virgen agotado y algo dolorido. Fue la primera de tantas noches en las que mi marido me haría suya dominándome.
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