Xtories

Aquella profesora de matemáticas

Carmen siempre supo que sus ex alumnos eran peligrosos, pero nunca imaginó que el peligro llegaría vestido de Rey Mago. Ahora, encerrada en el baño con dos cuerpos jóvenes y hambrientos, la profesora debe decidir si mantiene su fachada de esposa fiel o se entrega al placer prohibido que su marido, sin saberlo, está escuchando al otro lado de la puerta.

AlbertoXL44K vistas9.8· 17 votos

He aquí un relato que escribí hace años.

Carlos y Alberto eran uña y carne, siempre andaban juntos.

Se habían criado en el mismo barrio de Linares, en el sur de España. A los dos les gustaba montar en bicicleta, afición gracias a la cual habían mantenido el contacto después de dejar el instituto. Desde niños fueron dos amigos alegres e inquietos.

Con el paso de los años Alberto se había convertido en un mulato, musculoso y atractivo. Sus rasgos árabes se debían a su herencia materna, y le daban ese aire misterioso que tanto fascina a las mujeres. Aunque menos corpulento, Carlos también era un joven bastante guapo. Era moreno, alto, delgado y desde hacía algún tiempo se había dejado crecer la barba para aparentar más edad de los veintiséis años que tenía.

Aunque Carlos siempre obtuvo mejores calificaciones que Alberto, a ambos les había ido bastante bien a nivel profesional. Junto a otro socio, Carlos había montado su propia empresa inmobiliaria, promotora, estudio de arquitectura, etc. Estaban empezando y abarcaban todo lo que podían.

En cuanto a Alberto, éste comenzó a trabajar como visitador médico cuando terminó sus estudios de Farmacia. Le pagaban bien, y disponía de un Mercedes GLE de renting a cargo de la empresa.

Carmen les dio clase de matemáticas en el instituto diez años atrás. Al ser pelirroja natural y muy pecosa Carmen aparentaba menos edad de la que tenía. Llevaba media melena, que era el look que le sentaba mejor dada su escasa estatura. Un metro sesenta y tres centímetros. Siempre había tenido algún kilo demás y aunque no le preocupaba en exceso, sí que intentó no engordar con los embarazos.

Las que no pasaban desapercibidas eran sus grandes tetas, baste decir que gastaba una talla 120 de sujetador. Le venían bien, ya que Carmen era una mujer muy femenina a la que nunca le dio vergüenza lucir sus encantos con amplios escotes y ceñidos vestidos de colores alegres. Así era ella, una bonita madura a la que le encantaba atraer las miradas de los hombres, sobre todo en verano.

Le gustaba mucho leer, quedar con sus amigas, pasar tiempo con sus hijos, y aunque nunca frecuentó el gimnasio sí que salía a andar cada lunes, miércoles y viernes. Tenía cincuenta y dos años.

Estaba en un buen momento de su vida, después de bastante tiempo de interinidad había conseguido un puesto definitivo como profesora de matemáticas. Tenía dos hijos y su matrimonio seguía a flote a pesar de los altibajos. Curiosamente, su fuerte personalidad parecía engranar y funcionar de un modo inexplicable con el carácter afable y bonachón de su marido. Con todo y, como era natural, su pasión conyugal se había ido sosegando con los años, pero eso no suponía un problema para ninguno de los dos.

A Carmen le encantaba su trabajo, de manera que se seguía implicándose intensamente en ayudar a sus alumnos a superar una asignatura complicada a una edad complicada.

Exceptuando aquel incidente por el que fueron expulsados durante una semana, Carlos y Alberto no habían sido unos chicos problemáticos. Ese nefasto día le cortaron varios mechones de pelo a la pobre chica que tenían delante. Fue algo inesperado en unos muchachos que por lo general se portaban educadamente en clase, atendían con interés y se esforzaban en aprender.

Carmen tenía buen recuerdo de ellos y le alegró encontrárselos en el supermercado. Ella estaba haciendo la compra para pasar un fin de semana de turismo rural y ellos para cenar juntos aquella misma noche.

― ¿Os importaría hacerme un favor? ―les preguntó.

Carmen les contó rápidamente que ese año le tocaba organizar los actos navideños: la actuación de los alumnos de infantil, la visita de Papá Noel, la fiesta en el patio, etc.

La cuestión es que por cambiar, la Asociación de Padres había propuesto que ese año fueran los Reyes Magos los que hicieran el reparto de chucherías en vez de Papá Noel. En principio, a Carmen le había gustado la idea, en esos días de vorágine consumista los Reyes Magos representaban mejor la tradición cristiana. Lo que ella no se imaginó fue que le costaría tanto encontrar voluntarios. De hecho sólo había logrado embaucar a uno, su marido, pero entonces, nada más ver al ver al hermoso mulato, se le ocurrió que éste sería un magnífico Rey Baltazar. Alberto y Carlos eran la solución ideal para su problema.

Los muchachos llegaron puntuales, y después de enseñarles un poco la casa, Carmen los acompañó a la habitación donde había dejado las fundas con cada traje. Pantalones, túnica, capa, peluca, barba y hasta unas calzas para cubrir los zapatos. Eran unos trajes de calidad, ella misma se había encargado de alquilarlos. Les dijo que si necesitaban algo que la llamasen y se fue a empaquetar las cosas para el fin de semana.

― ¡Profesora!

― ¿Qué pasa? ―preguntó Carmen delante de la puerta.

― Pasa, los trajes no están bien ―dijo Carlos desde dentro.

Cuando Carmen entró en la habitación, se quedó desconcertada. Estaban casi desnudos. Bueno, en realidad Carlos aún llevaba pantalones, pero Alberto ya estaba en bóxer. La visión de los jóvenes, tan altos y musculosos, la dejó paralizada como una chiquilla.

― Me parece que están mezclados ―explicó Carlos.

― ¿Qué? ―Carmen no estaba escuchando, el torso desnudo del muchacho era demasiado atractivo.

― Los trajes. Están mezclados ―aclaró éste de nuevo.

Carmen se aproximó visiblemente alterada, y después de extenderlo todo empezó a separar las prendas y complementos en dos montones, uno del Rey Gaspar y el otro de Baltazar. “Manda narices”, pensó maldiciendo a la dependienta que se los había entregado. “Por lo que me ha cobrado, ya podía haberlos comprobado”.

La profesora estaba tan exasperada que no conseguía centrarse en lo que estaba haciendo, hasta que los nervios la traicionaron. Volvió involuntariamente la mirada y echó una ojeada al paquete de Alberto. “¡Se le ha puesto dura!”, pensó espantada, cayendo en la cuenta de que el mulato debía haber estado mirándole el trasero.

― ¡Ya está! ―exclamó cuando terminó de separar cada cosa en su montón, cerciorándose del bulto en la entrepierna de Alberto casi por casualidad. No necesitó forzar la vista, la verdad, pues bajo el bóxer de su ex alumno se esbozaba una considerable erección.

Carmen salió de allí como si no pasara nada y fue a maquillar a su marido. Estaba agitada, no podía quitarse de la cabeza el tremendo miembro marcado bajo el calzoncillo de Alberto. Además, el muchacho tenía un físico escultural, eso tenía que reconocerlo. De hecho, ella nunca había visto un hombre tan de película.

Cuando terminó de maquillarlos les pidió que se colocaran los tres juntos.

― ¡Qué bien estáis! ¡Dais el pego total! ―dijo satisfecha con lo bien que habían quedado.

Salieron de casa con tiempo, después de tanto apuro llegarían puntuales. Mientras caminaba entre los transeúntes, Carmen no podía dejar de sonreír a sabiendas de que los tres Reyes Magos estarían mirándole el trasero. Sin embargo su momento de sosiego no duró mucho ya que el Rey Gaspar aprovechó la estrechez del ascensor del colegio para agarrar disimuladamente una de sus nalgas. Carmen miró a Carlos con desaprobación, pero en lugar de retirar la mano, éste la sobó a conciencia. “¡Será sinvergüenza!”, pensó la profesora, sofocándose. A pesar de su descaro, Carmen descartó montarle un número al Rey Gaspar delante de su esposo, de modo que se limitó a apartarle la mano con disimulo.

Por una parte, Carmen se sentía decepcionada. Primero había pillado a Alberto mirándole el trasero y ahora Carlos se propasaba de aquella manera tan insolente. Pero por otra parte, debía reconocer que aquel incidente había incrementado considerablemente su autoestima. Carmen no entendía que unos jóvenes con tan buen porte como ellos pudieran sentirse atraídos por una mujer de su edad.

Fue una mañana agotadora, aunque la experiencia mereció la pena. Comenzaron repartiendo chucherías e ilusión entre los niños de Educación Infantil. Algunos se asustaban nada más verles y echaban a llorar, pero la mayoría se volvían locos de contentos. Después siguieron con los de Educación Primaria y Secundaria. En fin, sus Majestades de Oriente visitaron un sin fin de clases, todas en realidad, y con tanta ropa, la peluca, la barba, etc. sudaron de lo lindo.

Menos mal que Carmen había sido precavida y tenía organizada una pequeña comida a base de tapas y cerveza tras aquella vorágine infantil. Comida subvencionada por el colegio a la que, además de ellos cuatro, se apuntaron otras madres y padres que habían colaborado en la organización del evento.

Comieron de pie. Había una mesa en el centro con el picoteo y alrededor cada uno sujetaba su bebida en la mano. Carmen hablaba con su marido junto a otras dos mamás, cuando en un momento dado su mirada se cruzó con la de Alberto. Los ojos oscuros del muchacho la miraban intensamente.

La profesora desvió enseguida la vista como atendiendo a la conversación de su esposo, esforzándose por seguir el hilo de la conversación. De alguna forma, Carmen intuía que Alberto la seguía observando. Efectivamente, en cuanto giró de nuevo la cabeza la seductora mirada del joven la hechizó. Carmen se sentía dominada, incapaz de dejar de mirarle.

Su ex alumno la estaba poniendo nerviosa, no sabía a dónde mirar, ni cómo colocar las manos y lo peor de todo fue que empezó a sonrojarse, cosa que, al ser pelirroja, se le notaba enseguida, y pronto se sintió terriblemente azorada.

Sometida al indecente juego de sus ex alumnos, su voluntad menguaba por momentos. Aquellos dos sinvergüenzas habían logrado revolucionar sus hormonas. De repente notó sus pezones ponerse firmes bajo la blusa, y la pelirroja supo que no tardaría mucho en empezar a impregnar las braguitas.

Su situación era muy apurada. Aunque estaba al lado de su marido, Carmen no podía dejar de pensar en los agraciados cuerpos masculinos que había contemplado esa misma mañana. Eran dos hombres altos y fuertes, y Carmen se preguntó cuan impetuosos serían con ella.

Poco acostumbrada a los excesos de cualquier tipo, la profesora hubo de ir al baño en cuanto se terminó la segunda cerveza. Tenía ganas de orinar, pero por otra parte estaba también la incipiente humedad que ya percibía entre las piernas. Abochornada, Carmen se sentó en el WC y limpió lo mejor que pudo sus secreciones después de orinar como una vaca.

Por suerte, su marido podría echarle ese polvo que tanto necesitaba. Ese día los niños comían en el cole y después tenían teatro. Sin embargo, cuando la profesora salió del baño se dio de bruces con Alberto. El morenazo la estaba esperando para pedirle algo al oído, algo que la dejó absolutamente consternada.

Una hora más tarde, ya en casa, Carmen les dijo a los chicos que podían utilizar el baño del pasillo para ducharse, como habían pedido. El otro baño era más grande, pero estaba en la habitación de matrimonio y su marido tenía que cambiarse para irse a trabajar.

― No uséis esas toallas, son de los niños ―les dijo― En seguida os traigo unas.

Fue a su habitación, y cogió del armario un par de toallas grandes.

TOC – TOC – TOC

― ¡Adelante!

La profesora entregó las toallas a sus alumnos y, pensando en escapar antes de que se fuera su esposo, se fue directamente al salón a coger el abrigo y el bolso.

― ¡Fede, voy un momento al súper!

― ¡Pero si me tengo que ir a trabajar! ―objetó su marido desde la habitación.

― Pues cierra bien cuando os marchéis.

― ¡Pero nena…! ―fue a contestar Alfonso cuando, al oír como su mujer cerraba la puerta de la calle, terminó maldiciendo por lo bajo― ¡Me cago en la leche!

Carlos y Alberto la recibieron en el baño con una sonrisa de complicidad. Había ejecutado el plan a la perfección, siguiendo paso a paso las explicaciones que Alberto le había dado.

― Apaga el móvil ―susurró éste.

La profesora comprendió que los muchachos habían pensado en cada detalle. Entonces vio como echaban el cerrojo de la puerta y comprendió que ya no había vuelta atrás.

― Prometed que no me obligaréis a hacer nada que no quiera hacer ―preguntó con recelo.

Alberto la miró con malicia mientras abría el grifo y dejaba el agua correr como si se estuviera duchando, para que el ruido del agua encubriera lo que estaba a punto de ocurrir.

― Eso depende ―respondió finalmente el muchacho.

― ¿Cómo que depende? ―protestó la profesora con irritación.

― De lo golfa que seas.

Carmen abrió la boca para responder a aquel insulto, pero Carlos aprovechó para atraerla hacia él y besarla apasionadamente. El joven atrapó su labio inferior entre los dientes, nublando por completo el razonamiento de la profesora. Hacía mucho tiempo que nadie la besaban con tal desesperación.

Alberto se acercó por detrás y rodeando la cintura de Carmen le soltó el botón del pantalón. Carlos ayudó a su amigo a bajárselo y a continuación no dudó en explorar entre las piernas de la profesora.

Afortunadamente Carlos no hizo ningún estúpido comentario acerca del penoso estado de su sexo y, para recompensar su discreción, ella correspondió cada uno de sus besos. Aquella era de lejos la situación más excitante que la veterana profesora hubiese vivido en toda su vida, de manera que se hallaba terriblemente emocionada y expectante.

A su espalda, el mulato tampoco perdía el tiempo. Desde la retaguardia, y mientras distraía su atención con unos sugerentes besitos en la base del cuello, había aprovechado para adueñarse de sus grandes senos.

― ¡Agh! ―sollozó la mujer cuando el mulato le mordió el borde de la oreja.

Carmen distinguió en seguida entre sus amantes. Eran polos opuestos. Mientras que Carlos era cariñoso y sensual, Alberto se comportaba de forma ruda e impetuosa.

Carmen fue palpando aquellos cuerpos irreales, con músculos por todas partes, hasta tropezar con sus pollas.

― ¡Dios mío! ―sollozó.

De que quiso darse cuenta, Alberto ya le había desabrochado la blusa y trataba de soltarle el sujetador. Ella le ayudó y enseguida sintió las grandes manos del mulato directamente sobre sus pechos.

― ¿Te gustan? ―preguntó excitada.

― A ti qué te parece.

― A mí me parece que sí ―sonrió la pelirroja sintiendo el frenesí con que aquel joven le amasaba los senos.

Mientras Carlos cartografiaba su cuerpo sin olvidar ni un solo pedacito de piel, Alberto no se cansaba de sobarle las tetas, estrujándolas a manos llenas al tiempo que la besaba por todas partes. Superada por dos a uno, la profesora gemía con entusiasmo cada vez que alguno de ellos la sorprendía con otra inesperada e intensa caricia.

Por si no tenía suficiente, Carlos no paraba de frotar su sexo por encima de la braguita, de modo que cuando éste al fin la apartó a un lado para introducirle un dedo, Carmen se lo agradeció de todo corazón con un suspiro de alivio.

Carmen achacó la ambigua perversidad dibujada en la sonrisa del mulato a las travesuras de la luz reflejada en el espejo e, ignorando aquel temor, se giró para deslizar su lengua en la boca del chico. Sin embargo, cuando un par de segundos después, él tomó su mano con suavidad para introducirla con un gesto pausado en el interior de su bóxer, Carmen sintió una oleada de auténtico terror.

— ¿Qué te parece?

A Carmen le hubiera gustado detenerse a pensar, pero entre sus dedos latía la prueba de la poderosa magia del deseo de los hombres, esa que escapa de su interior como el espíritu de un demonio, contradiciendo todas las normas de la decencia, creciendo para exhibir su grandeza. Intentó reunir la punta de su pulgar con la de sus otros dedos, pero no lo consiguió. Tan solo la carne rígida agolpándose contra la palma de su mano, respondiendo a su presión, y fue sincera en su respuesta.

— Me parece muy bien.

Alberto soltó una carcajada, pero pronto la miró a los ojos.

— Estupendo, porque ya no sé qué hacer con ella.

Carmen empezó a regodearse al masturbar su polla, robando el poder que parecía emanar de ella. Era más de lo que cualquier mujer se atrevería a pedir, ya que su ex-alumno iba muy sobrado en esa materia. Cuando de pronto la hicieron girarse, coordinándose sin necesidad de hablar, ni pedirle permiso.

Entonces, al bajarle las bragas, arrodillado frente a su sexo, Alberto se la quedó mirando. Carmen tampoco perdió la ocasión de alardear, por supuesto.

― ¿Nunca habías visto un coño pelirrojo? ―dijo al tiempo que alzaba la pierna para apoyar la punta del pie sobre la tapa del bidé.

― La verdad es que no ―contestó el joven, fascinado— Parece como si estuviese ardiendo.

― Pues sóplale un poco antes de comértelo ―replicó la profesora antes de guiar su boca hasta el lugar preciso.

Carmen no tardó en convencerse de que el muchacho llegaría a ser un alumno aventajado. Al contrario que la mayoría, el mulato no se centró tozudamente en tratar de hacer que saltasen chispas de su clítoris, también pellizcaba con cuidado aquellos otros labios, los de su sexo, y hurgaba en su gruta con la lengua, como si pretendiera extraer petróleo de su vagina.

― ¡AAAGH! ―jadeó retorciéndose de gusto, separando sus muslos cuanto era capaz para facilitarle la tarea.

Carlos permitía que la profesora se sujetase a su erección mientras él le magreaba las tetas con fervor, besándola en los hombros, en la nuca, detrás de las orejas, y en cualquier porción de piel a su alcance. En ese momento era puro frenesí lo que corría por sus venas.

― ¡OOOOOOGH! ―cuando un súbito orgasmo la sacudió, Carmen reaccionó apretando la cabeza de Alberto contra su pubis, fijando su boca sobre el lugar del delirio.

En vez de protestar, el mulato hundió el filo de su lengua en la vagina de su profesora favorita. La inmediata consecuencia de aquel duelo fue que Carmen empezó a temblar, las piernas le fallaron y pronto acabó arrodillada en el frío suelo del cuarto de baño junto a su valeroso rival.

Cuando volvió en sí, Carmen descubrió que los muchachos se habían tomado la libertad de situarle el vigor de sus miembros al alcance de la boca.

Ella, que no había sido prudente en toda su vida, no se amilanó y empezó a lamer de inmediato, alternando de una verga a la otra sin dejar de sonreír y mostrarse eufórica, y no sólo por los rescoldos de ese primer orgasmo, sino porque realmente le encantaba mamar una buena polla. Pero es que además esa era la primera vez que se lo hacía a dos hombres a la vez, de modo que, para su propio estupor, la suma de una polla más otra polla arrojaba un resultado doblemente excitante.

― Pon las manos detrás de la espalda ―ordenó Alberto, intentando no alzar la voz.

La profesora se irguió, le miró a los ojos, y le asió la polla con fuerza. Entreabrió los labios dispuesta a plantar batalla, pero tras un instante de duda, respondió con un simple gesto, moviendo la cabeza de lado a lado para negarse a obedecer.

― Chupa, cabrona ―demandó a continuación.

Entonces Carmen jugó con él, limitándose a lamerle la punta con cortas pasadas de su lengua en la zona del frenillo. El mulato frunció el ceño, comprendiendo y aceptando que ella seguía siendo la profesora y él sólo un alumno con suerte. De manera que, paradójicamente, fue Alberto quien entrelazó las manos tras la espalda, limitándose a partir de entonces a gozar de la pasión y el saber hacer de su madura profesora de matemáticas.

Satisfecha con el modo cortés y generoso con que sus ex alumnos le ofrecían el estandarte de su virilidad, Carmen retomó lo que había estado haciendo anteriormente. Empuñó un falo en cada mano y a sus cincuenta y dos años volvió a sentirse exultante como mujer. Y volvió a mamar sin remilgos sus violáceos glandes, a chupar profunda y vorazmente aquellas columnas labradas en granito, a lamer los boliches que colgaban pesadamente en la base y recorrer con la lengua el conducto que, tarde o temprano, habría de recorrer el delicioso esperma para impregnar su cuerpo femenino.

― Eres una auténtica maestra ―la felicitó el mulato.

Carmen era consciente de que estaba a merced de sus alumnos. Notaba sus poderosas piernas, admiraba los músculos de sus brazos, la fuerza de abdomen. En efecto, aquellos hombres en ciernes podrían someterla con solo proponérselo y, no obstante, era ella la que estaba al mando, lo cual la ponía aún más cachonda y hacía que los movimientos de su cabeza se volvieran más bruscos, su boca más ávida, su lengua más tenaz.

Entonces el eco de unos pasos resonó sobre la tarima del pasillo, acercándose a la puerta del baño, cuando Carmen comprendió qué obtienen las profesoras maduras y lascivas al utilizar a sus confiados ex alumnos. Estaba convencida de que su marido se hallaba al otro lado de la puerta, pero no sentía miedo, porque ya ni recordaba cuando había perdido la razón, y con ella todo pudor. Casi deseaba que su fantasía se cumpliera, que Alfonso se estrellara contra la puerta abriéndola en el instante en que ella alcanzara la cumbre de su poder.

Porque eso era lo que ella y muchas otras mujeres sentían al comerse a un hombre, un dominio que jamás se alcanzaba cuando su propio orgasmo estaba en juego. Poder, arrodillada en el suelo del baño; Poder, complaciéndose viciosamente en su propio sacrificio; Poder, como una loba que prueba el sabor de la sangre humana lamiendo el cadáver del hombre que acaba de matar; Poder a chorros, tanto que se le escaparía por las comisuras de la boca. Entonces su marido la contemplaría en lo más alto de la cadena alimentaria.

― Esto… Chicos, tengo que irme al despacho.

Y entonces ocurrió, el cuerpo de Alberto se estremeció entre sus manos un instante antes de que su verga lo hiciera entre los labios. La profesora reconoció el sabor áspero, pero no se inmutó. Mantuvo la frente apoyada contra su vientre y el estómago abierto para él.

— No tengáis prisa. Cerrad cuando os vayáis y ya está.

Carmen se regocijaba en secreto, tragando la generosa propina del mulato mientras oía disculparse a su marido. Luego le miró, contempló su rostro empapado en sudor, los párpados cerrados, la boca abierta en una mueca dolorosa.

― ¿Y la profesora? ―preguntó Carlos, burlón.

El rictus del mulato era casi místico, como dolido por tener que mantener en secreto el inmenso placer que su pollón subrayaba en la boca de Carmen. Manteniendo la clandestinidad de sus gemidos a pesar de la fuerza con que ella succionaba las últimas gotas, acallando cada uno de los hondos alaridos, abortos de gritos, que habría arrancado de su garganta de no estar allí mismo el marido de la profesora.

― Carmen ha salido a hacer la compra.

La madura adoraba al joven, admiraba su mermada erección, habría matado por él, se habría dejado matar mientras escuchaba, de sus labios cansados y felices, el único elogio que sería pronunciado durante aquel mediodía repleto de sombras.

— ¡Guau, nena! —susurró antes desplomarse sobre el bidé— ¡Como lo hagas todo así…!

Y en el breve lapso de tiempo que Carlos tardó en ocupar el exacto lugar de su amigo en el interior de su boca, Carmen dudó hasta donde abarcaba aquel “todo”.

― ¡Qué suerte que has tenido con Carmen! —proclamó Carlos maliciosamente a la vez que su mano marcaba el tempo adecuado.

¡CHUPS! ¡CHUPS! ¡CHUPS! ¡CHUPS!

― ¡Sí, la verdad es que sí!

― Y en la cama, ¿qué tal?

― ¡Pues hombre, los años no pasan en balde! ―rezongó el esposo tras meditar un segundo.

Carmen no podía creer la desfachatez e indiscreción de su marido. Hablar mal de ella. Aquella falta de consideración animó a la profesora a incrementar el ímpetu con que mamaba el miembro viril de su alumno, cosa que, obviamente, no pasó desapercibida para el orgulloso y bribón propietario de lo que la profesora se empeñaba en engullir a toda costa.

― ¡Tampoco es tan vieja! —dijo para azuzar aquella velada disputa conyugal.

― ¡En cuanto les haces críos, si te he visto no me acuerdo! ―reprochó Alfonso con amargura.

― ¡Vaya putada! —masculló Carlos, acuciando a la madura para que también le hiciese eyacular en presencia de su esposo.

— ¡Ya lo descubriréis! ―aseveró éste del otro lado de la puerta.

¡CHUPS! ¡CHUPS! ¡CHUPS! ¡CHUPS!

Dolida por las hirientes palabras de Alfonso, su formidable esposa comenzó a chupar como una demonia. Estaba realmente furiosa y sabía que el chico no aguantaría mucho.

― ¡Hay que joderse! —clamó Carlos— ¡Y nosotros que pensábamos que era la más golfa de todas!

― ¡No, si a las mujeres casadas les gusta mucho joder, pero de otra manera! ―se mofó Alfonso.

La pecosa carita de aquella en concreto estaba congestionada por el esfuerzo, pero Carlos ya sentía las ganas de explotar en la boca de la señora de la casa.

― ¡Venga, hasta luego! ¡Cerrar bien la puerta!

― ¡No te preocupes! ¡Ya casi estoy…!

La pelirroja bajó el ritmo en cuanto el primer chorro golpeó su paladar. Sólo pretendía evitar que el semen se le derramara, no se le pasó por la cabeza la posibilidad de escupir. Poseída por una lujuria atroz, trató de evaluar la diferencias. Con todo, el hecho de ser esa la segunda corrida de aquel mediodía debió influir para que el semen de Carlos le resultase menos correoso y de sabor más suave que el del mulato. Si bien su pegajosa textura hiciese que se le quedara adherido al esófago y que Carmen hubiera de carraspear.

Tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse y la del ascensor abrirse, todos salieron del baño. El calor del incesante chorro de agua así como de sus propios cuerpos había transformado la diminuta estancia en una verdadera sauna. Al salir, Carlos y Alberto siguieron cautelosamente el contoneo de caderas de la anfitriona, pero nada más entrar en el dormitorio de matrimonio, y al mismo tiempo que la besuqueaban por todos lados, los jóvenes se desvivieron en una sucesión de divertidos piropos acerca de las aptitudes amatorias de Carmen y de su voluptuoso cuerpo de mujer.

Una vez la tendieron en la cama, se la repartieron entre ambos: Carlos de cintura para arriba, Alberto de cintura para abajo. El más delgado partió de su ombligo para, pasando por su costado izquierdo alcanzar a lamer sus pechos. El más fornido besó el empeine de sus pies, sus pantorrillas, el interior de sus muslos y, utilizando la lengua como un arado de hierro, dividió su coño en dos.

Sorprendentemente, el mulato no hizo alusión alguna a la hinchazón de sus labios internos, que para aquel entonces ya habían desbordado los límites de su coño. Fue algo que Carmen agradeció, ya que siempre se había sentido acomplejada por ese esplendor, y no sólo de los labios de su vulva, sino también del de su clítoris, puesto que en plena efervescencia llegaba a alcanzar el tamaño de su dedo índice.

Del mismo modo que Carlos chupaba sus pezones alternativamente y con suma devoción, Alberto parecía fascinado con la exuberancia de su sexo. Estaba decidido a averiguar cuan grandes podían hacerse sus pliegues, y por eso los succionaba sin miramientos, lo mismo que hacía con su insolente clítoris, alzado, erguido en medio de su sexo, intentando destacar, llamar la atención del mulato.

A Carmen nunca se lo habían comido tan bien y aunque se moría de ganas de sentir su pollón muy dentro, lo cierto era que su pelvis daba votes de alegría en pos de la lengua del moreno. Fue así mismo como le regaló el primer orgasmo, despatarrada sobre la cama que compartiría esa misma noche con su marido, y sin embargo Alberto no bebió de su manantial, sino que dio a sus flujos otra utilidad; rebozar su pollón antes de penetrarla.

Lo hizo boca arriba y lo hizo hasta el fondo, tanto que Carmen percibió como su útero ascendía para dejar sitio a tamaña virilidad.

“Diosmío, Diosmío, Diosmío”, pensó, “Diosmío, Diosmío, Diosmío”, y sus manos empezaron a sudar, “Diosmío, Diosmío”, y sus piernas empezaron a temblar, “Diosmío” y, en efecto, la madura profesora vio la cara de Dios, su Dios recortándose contra el cielo de la habitación, con una sonrisa de dulcísimo amor que habría hecho llorar a una piedra, pero al mismo tiempo sus oídos se rindieron al atronador galope de su corazón, y presintió que no hallaría ningún estribo donde enganchar los pies, y de pronto comprendió que esa vez ella no sería la amazona, sino la yegua a la que iban a inseminar.

Los deditos flexionados, pero los pies en alto, de punta, agitándose en el aire al ritmo de sus embestidas, incapaces de salir corriendo, denunciando la contundencia de sus embestidas mientras su compañero le lamía el cuello para dejarla jadear a gusto. Hasta que Alberto se la sacaba solo para hacerla sufrir, para presionar el glande contra su clítoris, para glorificar la fertilidad de su coño al volver a metérsela.

Y vuelta a empezar, aquella formidable erección entrando y saliendo a toda velocidad, jodiéndola en profundidad, tan salvajemente que Carmen buscó consuelo en los ojos de Carlos. Éste dio la cara por ella, y la polla también, ofreciéndosela para que la chupara como si de un chupete se tratara. Pero la profesora pronto experimentó el orgasmo más insólito de su larga vida, con una polla en la boca y otra en el coño.

El frenesí de la madura tuvo graves consecuencias. Alberto le pidió a Carlos que se la dejara un rato para él solo, pues le quedaba poco para eyacular. Entonces jaló las piernas de la profesora y, colocándolas sobre sus hombros, emprendió un pausado bombeo adentro y afuera.

— ¿Te gusta? —le preguntó cortésmente deteniéndose un instante, presionando su pubis contra el de la mujer, llenando su vientre.

Carmen, paralizada con tanto hombre dentro de ella, se limitó a afirmar con la cabeza.

— Ya no tienes la regla, ¿verdad?

Carmen negó entonces.

— Te gustaría sentir mi semen arder dentro de ti, ¿verdad que sí?

Y ella afirmó.

— Entonces vamos a hacer una cosa —comenzó a explicar el imponente mulato con tranquilidad— Es un ejercicio de suelo pélvico para que las mujeres como tú prevengáis las pérdidas de orina. Primero vas a contraer con fuerza los músculos de la vagina. Hazlo sin miedo… Eso es. Muy bien, estrújame… Apretar y relajar, apretar y relajar… ¡Oh, sí! ¡Sigue así, preciosa! ¡Sigue!

Y Carmen siguió contrayendo y relajando su vagina alrededor de la polla del muchacho, como si fuese la primera vez que hacía algo así, a su edad, porque así era. Y le encantó la sensación de estar haciéndole otra mamada, solo que esa vez con el coño. Y en el momento apropiado, Alberto le tapó los ojos para que pudiese empoderarse y derrotarlo de nuevo.

Aunque aturdida, la profesora se sobresalto en cuanto uno de ellos le separó las nalgas y husmeo en su trasero como un perro. Se sentía obnubilada, como drogada a causa de una sobredosis de placer. Aún así, al volver la cabeza reconoció el familiar torso de Carlos que, concentrado en su vil propósito, había empezado a rondar su ano con la lengua. Hubiera debido protestar, indignarse ante la insolencia del muchacho, pero en vez de eso se descubrió a sí misma empentando el trasero, buscando la punta de su lengua, pero entonces, algo más lejos, distinguió el objeto deseado.

Se irguió a cuatro patas como una pantera y se contorsionó para atrapar la presa entre sus fauces. No podía evitarlo, necesitaba tener en la boca una de sus pollas, constantemente, fuera la que fuera. Requerimiento que, como es lógico, Carlos atendió de inmediato, apreciando la calidez oral de la profesora antes aún que la estrechez de su esfínter.

Metió un dedo, y a punto estuvo de reír de ilusión. Metió dos, y la mujer dejó de mamársela un momento. Metió un tercero, y entonces la escuchó jadear ahogadamente, en tensión.

A ella le hubiera gustado chillar como es debido, pero cuando Carlos la sodomizó, Alberto ya había acupado su boca. Nunca había permitido que su esposo la sodomizara, porque Alfonso era muy distinto a los chulos con los que ella había salido hasta entonces. Él, su cuñado, la mayoría de los tíos que conocía, los compañeros del trabajo, sus clientes, los amigos de su marido y los maridos de sus amigas, en fin, mucho manso. Se lo había oído proclamar a una cuarentona lustrosa, guapa de cara, con la que se había tropezado un par de meses antes en la puerta de un bar, si queréis entramos, pero no hay nada que hacer, miradlos, todos mansos.

Hacia al menos veinte años que un hombre no le proporcionaba aquel morbo extraño, inmoral, ilógico, y más todavía que nadie la hacía sentirse bajo el hechizo de ser tan completamente poseída. Por suerte había aceite Johnson’s a mano y el surco de sus nalgas no tardó en quedar resplandeciente y resbaladizo, y entonces todo fue más fácil y Carlos la ofuscó por completo. Era imposible sentirse más poseída.

Pero la pelirroja notó súbitamente que Carlos se encajaba profundamente en ella y dejaba de empujar. Le entró pánico, pero de nada le sirvió emprenderla a golpes con él. Carlos había comenzado a eyacular y pronto una ardiente sensación se abrió paso en sus entrañas.

La profesora gritó con pavor, inmóvil, con los ojos cerrados. La dulzura con que Carlos la besaba en el cuello contrastaba espantosamente con la crueldad con que eyaculaba. Ese sin sentido la desquició definitivamente, pero rápidamente el otro muchacho se tumbó junto a ella y empezó a masturbarla, a hacer rabiar su clítoris, a estrujar uno de sus pezones.

― ¡OOOGH! ―gimió entusiasmada al ser atravesada de pies a cabeza por un gozoso estremecimiento.

Alberto no se olvidó de seguir mimando su coñito al relevar a su compañero. El mulato la excitaba de manera flagrante, exquisita, mientras dilataba su esfínter un poquito más, lentamente. Sin embargo, en vez de iniciar un escueto vaivén, Alberto volvió a repetir la estrategia que tan buenos resultados le había dado hasta entonces.

Carmen ya le sentía hasta el fondo cuando él la tomó de los hombros para obligarla a incorporarse y que se sentara sobre sus muslos, pero aquella mínima variación hizo que lo percibiera más adentro todavía. Aquel chico merecía un sobresaliente, sus virtuosos dedos, sus grandes labios, su hermosa polla, todo en él la hacía vibrar.

― Fóllame ―le indico Alberto con total serenidad.

La profesora no podía creer lo que acababa de oír. Se sentía tan henchida que ni siquiera se creía capaz de parpadear, y sin embargo Alberto supo como arrearla.

¡PLASH!

La contundente palmada restalló sobre su entumecido clítoris haciéndola dar un respingo y reaccionar. Carmen comenzó a saltar encima de él, y era como estar cabalgando juntos a lomos de un poderoso caballo de batalla, solo que era ella, la hermosa doncella, quien se alzaba y caía una y otra vez sobre la poderosa verga del caballero.

— ¡Eso es! —alabó el muchacho, antes de propinar otra seca palmada a su clítoris.

¡PLASH!

Carmen acusó tanto aquel segundo aguijonazo que apartó la mano de Alberto y empezó a masturbarse como loca. Sus dedos se movieron fugaces sobre la pringosa entrada de su gruta, agitando con brío todos sus pliegues, enardeciendo el imperioso talismán que brillaba groseramente sobre el dintel de su sexo.

Tras emitir un sorgo gruñido, Alberto no fue ya capaz de permanecer petrificado por más tiempo, limitándose a dejarla gozar. Y súbitamente Carmen adivinó la tragedia, nada más recibir la primera arremetida contra su grupa.

― ¡¡¡Sí!!! ―suplicó enrabietada.

El chico no se anduvo con tonterías y, a base de contundentes golpes de cadera, comenzó a hacerla saltar sobre él, hincándosela a cada rebote. Las embestidas hacían balancearse sus pechos sin control, obligándola a tratar de sujetarlos con el brazo libre, jadeando a la demoledora cadencia con que ahora él la follaba el trasero.

¡CLACK! ¡CLACK! ¡CLACK!

Alberto la sodomizó con gesto ceñudo, de esfuerzo, y esa vez Carmen sí tuvo tiempo de temblar de placer, y no una, sino tantas veces que llegó a pensar que su ex alumno nunca se correría.

Como es lógico y normal, terminaron completamente exhaustos y envueltos en un olor pestilente. “Ahora sí que necesitaba una buena ducha”, se dijo la profesora, despatarrada sobre Alberto, en una cama irreconocible de tan revuelta, sintiéndose desaliñada, descompuesta, desencajada, percibiendo el olor a semen en su aliento, en su sexo y, sobre todo, presintiendo el incontenible caudal que ensuciaría las sábanas en cuanto su ex alumno se la sacase del culo.