El vuelo de las 5:30am
El aeropuerto está desierto a las cinco de la mañana, pero sus ojos no se apartan de los tuyos. Ella sabe exactamente lo que quiere y no tiene miedo de pedirlo. En menos de quince minutos, la discreción del baño será el único testigo de su deseo.
Siempre me había gustado viajar en avión. Era algo a lo que me había tenido que acostumbrar, ya que desde muy pequeña me encontraba volando entre dos países cada seis meses luego de la separación de mis padres. Lo que a muchas personas les causaba nervios, estrés o hasta miedo, a mí me hacía sentir cómoda.
Como mencioné, viajé muchas veces, y cada una de ellas se quedó en algún recoveco de mi cerebro. Pero, decir que no tenía una ocasión específica en mente, que me sacara una gran sonrisa, sería mentira.
Justo una semana después de mi cumpleaños número 19, me encontraba viajando de vuelta a casa de mi padre. Había decidido irme unos días de vacaciones, sola. Mis regalos fueron básicamente todo, excepto los boletos de avión. Así que como esos los pagué yo, estaba en el aeropuerto a las cuatro y treinta de la mañana, acompañada de pocas personas.
Decidí cargar mi teléfono una hora antes de que saliera mi vuelo, por eso de no aburrirme luego. Aunque no había muchas personas por donde era mi área de embarque, las que estaban, tuvieron la misma idea que yo. Así que tuve que caminar unos minutos en lo que encontraba un área donde pudiera conectar el cargador y sentarme en paz.
Cuando estaba a punto de rendirme, encontré lo que buscaba. El tomacorriente quedaba justo al lado de un asiento libre, así que hasta allí fui, escaneando mi alrededor y conectando el móvil. Casi estaba todo desolado, casi. Un hombre, unos cuantos años mayor que yo, se hallaba en la fila de sillas frente a mí. Con una distancia de unos cinco asientos, podía verlo completo.
Tenía la piel blanca, con un leve bronceado que iba acorde con sus ojos oscuros. Su cabello era negro, y probablemente caía más arriba de sus hombros, pero lo llevaba amarrado. Se veía delgado, lo que se acentuaba más porque media como 1.82.
Sus ojos se levantaron de la pantalla de su computadora y se cruzaron con los míos, haciendo que yo sonriera por unos segundos y luego moviera mi mirada. Me hice la que escribía en el teléfono y lo seguí mirando por el rabillo del ojo.
Era bastante atractivo, no lo iba a negar. No sé si fue la manera en la que me miró, que no había follado en semanas o simplemente lo bien que se veía. Pero de algo estaba segura, me lo iba a follar.
Apagué mi teléfono y crucé mis piernas, comenzando mi improvisación. Presioné suavemente el botón, haciendo como si lo intentara de encender. Suspiré, un poco más alto de lo necesario. Busqué sus ojos con los míos, pero los aparté al darme cuenta de que los de él ya estaban encima de mí.
Alterné la mirada unas veces más, mordiendo mi labio inferior. Pasé una mano por mi cabello y llamé su atención. —Disculpa, ¿me podrías decir la hora? Es que mi teléfono acaba de morir.
Él relamió sus labios, levantando su mirada oscura hacia el televisor que estaba a su derecha y después me vio a mí. Sabía exactamente lo que pasaba por su mente. Había por lo menos otros tres electrónicas rodeándonos, que decían la hora, así que solo le hablaba por hablarle.
Por lo que, teniendo en cuenta que en menos de 15 minutos después, estaba de rodillas en el baño, tratando de meterme su verga hasta la garganta, no nos sorprendió a ninguno de los dos.
Su mano llena de unos cuantos anillos estaba enredada en mi cabello, guiándome por la longitud. Tomé sus testículos llenos de saliva en una de mis manos y los masajeé mientras presionaba mi nariz contra su bello púbico, tragándomelo completo. No gemía el hombre, pero sí dejaba salir unos gruñidos roncos y una que otra maldición que me hacían mojarme más aún.
Chupé su pene con ansias, disfrutando de lo bien que sabía y de lo profundo que me lo podía meter. Con mi otra mano, lo masturbé mientras me enfocaba en la cabeza con la boca. Jugueteé con la lengua, trazando sus venas y la corona. Bajé mis labios a sus testículos, chupando uno a uno mientras lo seguía acariciando arriba, con mi mirada fija en la suya. Mordía su labio para no hacer más ruido, y con su otra mano me comenzó a abofetear con la verga. Sonreí y dejé que hiciera lo que fuera conmigo.
Me jaloneó el cabello hasta pararme, y después me puso contra la puerta del baño, con la espalda hacia él. Tomó el condón que había guardado en su chaqueta antes de entrar aquí y se lo puso. Bajó mis pantalones y mi ropa interior, abriéndome las nalgas para poder verme el coño todo mojado. Me agarró del cuello y se recostó sobre mí, frotando su pene contra mis nalgas. Lo guió por mi culo y luego bajó a la otra entrada. Yo apreté mis labios, preparándome para todo lo que me iba a meter.
Una vez introdujo la cabeza con tranquilidad, movió sus caderas, metiéndomelo hasta el fondo. Dejé salir un gemido y cerré mis ojos, apretando mi vagina a su alrededor. Él tomó eso como una señal para comenzar a follar contra la pared, duro y profundo. Sonaba su piel contra mis nalgas con cada embestida, y sus gruñidos justo al lado de mi oído. Apretó su mano en mi cuello y suspiré, contenta con mi posición y el placer que el extraño me estaba dando.
Sus dedos encontraron mi clítoris, y comenzaron a torturarlo de la manera que tanto me encantaba. Su verga entrando y saliendo repetidamente de mi coño me hacía sentir en el cielo. Estaba tan cerca de llegar al clímax, y sabía que él también. Cerré mis ojos, y me enfoqué en sus movimientos, en el placer que sentía. Y momentos luego estaba apretándome a su alrededor y expulsando mi orgasmo, escuchando el suyo.
Definitivamente viajar en avión me había dado uno de los mejores recuerdos que podría tener.
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