La ninfómana me da caza
Mar no esperaba verlo allí, pero su deseo era más fuerte que la discreción. En medio de la fiesta, con el ruido de la orquesta y la gente alrededor, ella lo llevó a un rincón donde el riesgo era parte del placer. ¿Podrían resistir la tentación de ser descubiertos?
Agosto. La orquesta movía el ambiente en una calurosa noche veraniega. Eran las fiestas patronales del pueblo de al lado, donde vivía la novia de mi mejor amigo. Habíamos llegado el primer día y nos habíamos instalado en una casa casi vacía unos cuantos jóvenes de entre 18 y 22 años. Fuimos decididos a pasar los siguientes cuatro días bebiendo, comiendo y sin dormir, disfrutando del verano en toda su esencia. Todos, menos mi amigo, estábamos solteros en aquel momento, así que la idea principal, además de pasarlo lo mejor posible, era mojar. O al menos intentarlo.
La plaza del pueblo era el centro de reunión. La gente se agolpaba frente al escenario para ver las entregas de premios, el pregón, para bailar al ritmo de la orquesta de turno. Despertábamos con el estruendo de los tambores a medio día y nos íbamos a dormir, con suerte, a la salida del sol. Por las mañanas el salón parecía un cementerio de almas en pena, pero pronto todos se iban a su rincón para descansar un rato antes del siguiente día. Cuando todo se quedaba en silencio, unos gemidos tímidos llenaban poco a poco el vacío de la casa. Adriana, la novia de mi colega Robe, se abría de piernas para él y follaban sin parar durante horas en las que los gemidos ahogados dejaban de ser un susurro que pareciera brotar de las paredes para convertirse en un reclamo sexual que impregnaba toda la casa. Es lo que tiene el alcohol, te hace aguantar hasta límites insospechados. Nunca nadie comentó nada al respecto, pues en el fondo todos estábamos encantados de deleitarnos con aquella música celestial y al menos podíamos cascárnosla en una esquina y aliviarnos.
Tras tres días de machaque total, llegó la última noche que cerraría las fiestas hasta el año siguiente, así que el plan era salir a matar y destrozarnos lo máximo posible.
A eso de las tres de la madrugada Robe y yo nos encontrábamos en una de las barras de chapa tomando el enésimo cubata y hablando de esto y de aquello, cuando, de pronto, una mano se posa en mi hombro.
Me giro.
Mar, una chica con la que había tenido un flirteo hacía un par de años, pero que nunca llegó a nada porque ambos teníamos pareja y solo coincidíamos en fiestas aquí y allá, estaba plantada a mis espaldas, con una sonrisa que eclipsaba los focos de la orquesta. Me quedé mirándola, sin saber muy bien qué decir. Hacía meses que ni siquiera intercambiábamos mensajes.
Robe me dio una patadita disimuladamente, como diciendo ´reacciona, imbécil…´ Saludé a Mar y nos dimos dos besos. Robe se giró para pedir otra copa y aprovechó para largarse a otra parte y dejarnos solos. Mar me dijo que me había visto a lo lejos y se había acercado, que su novio estaba por ahí con unos amigos y que pensaba mucho en mí y en las ganas de verme que había callado todo ese tiempo. Mar era una chica entrada en peso, pero sus curvas desprendían sensualidad por los poros. Tenía acento del norte y llevaba un vestido blanco cortísimo que dejaba intuir su anatomía como una transparencia psicodélica.
La invité a tomar algo. Estuvimos hablando un buen rato, hasta que me confesó que se masturbaba a menudo pensando en mí, en cómo sería un polvo conmigo. No supe muy bien qué contestar a semejante confesión, se la veía igual de perjudicada que yo por el alcohol. Me dijo que estaba harta de su novio, que estaba con él porque sus padres la habían largado de casa y no tenía a dónde ir, pero que estaba harta de follárselo y no sentir nada, que necesitaba correrse con una polla de verdad.
Mar, si no era ninfómana, poco le faltaba, pues tiempo atrás me había confesado que necesitaba masturbarse mínimo 5 o 6 veces al día, y aunque follase más de 4 o 5, necesitaba seguir corriéndose por ella misma también.
Así que mientras me decía todo aquello de su novio, no pude evitar acordarme de su extremo apetito sexual, y la suave brisa veraniega que nos acariciaba fue subiendo el calor en el ambiente y bajo mi bragueta. Cuando quise darme cuenta estaba totalmente empalmado bajo el pantalón y Mar se dio cuenta solo con mirarme a los ojos.
- Quiero que me folles. Necesito que me folles – fue lo único que me dijo antes de cogerme de la mano y atravesar la plaza llena de gente, entre la que se supone que se encontraba también su novio, para llevarme a una esquina. - ¿Dónde vamos?
- No sé, ahí – dije, casi automatizado, señalando la puerta del ayuntamiento, que por motivo de proximidad había habilitado sus baños para que los artistas y gentes del pueblo pudieran usarlos en caso de emergencia.
Entramos y nos plantamos frente a la puerta de los baños. Había varias personas en cola, pues ambos baños estaban ocupados. Mientras esperábamos, ella delante y yo detrás, hacíamos como si nada, como si fuésemos por libre, pero mi erección era total y necesitaba estímulos.
Comencé a meter mi mano bajo la falda de su vestido blanco, buscando el punto incandescente desde el que emanaba aquel olor a sexo. Acaricié sus enormes nalgas con suavidad. Ella permanecía con la mirada fija en la puerta del baño, como si nada. Seguí el recorrido de su tanga con delicadeza, pasé mis dedos por la raja de su culo y presioné levemente su ano antes de seguir bajando. Entre sus grandes muslos me abrí paso gracias a la humedad y el flujo que salía de ella y se precipitaba perezoso por sus piernas. Con un dedo conseguí apartar un poco el tanga a un lado y, de una, le metí dos dedos hasta el fondo de su alma. Un gemido ahogado se camufló en el sonido ambiente que provenía del exterior del ayuntamiento y por fin se abrió una de las puertas. Mar, desesperada, no pudo contenerse y entró disparada, sin respetar la cola. Yo me quedé parado un instante, con los dedos totalmente empapados y luego la seguí.
Una vez dentro, echamos el pestillo. Me olí los dedos y la polla empezó a palpitarme ante semejante aroma. Olía a hembra, a hembra pura y caliente.
Mar me miró con cara de zorra y se subió la falda. Se bajó, sin dejar de mirarme directamente a los ojos, el tanga y me lo entregó. Lo miré. Estaba totalmente empapado, si lo hubiese escurrido habría dejado un charco notable en el suelo.
- Es para ti, un regalo – me dijo.
Me apresuré a guardarlo en un bolsillo antes de lanzarnos uno encima de otro y besarnos con tal ansia que pareciese que estábamos intentando matarnos, éramos una manada de leones cazando al ñu. Sus labios gordos y carnosos me hacían pensar en el canibalismo. Me agarraba a su enorme culo como si fuese a caerme de un tercero y nuestras lenguas jugaban, se volvían sucias y obscenas. Rompimos cuatro o cinco vasos de cristal que había por el suelo en nuestra vorágine cachonda de animales sin límites. Luego Mar se puso de rodillas, sobre los cristales, sin sentir un ápice de dolor, y liberó mi rabo de su celda para llevárselo a la boca y succionármelo como si quisiera amputarlo. No había tiempo para florituras, estábamos completamente cachondos y ambos pensábamos en una sola cosa: corrernos.
La agarré del pelo y la puse de pie. Se me quedó mirando con cara de zorra y su aliento de polla llegó hasta a mí. Le escupí en la cara y la empujé sobre el lavabo. Levanté su falda, le abrí las nalgas, todo carne, todo alimento, y escupí en las profundidades de su aroma. Llevé mi polla a la entrada de su coño, totalmente mojado, y empujé hasta atravesarla mientras nos mirábamos en el espejo. Con cada embestida el espejo se empañaba, pues Mar había olvidado dónde estábamos y gemía con una intensidad que nunca había visto a nadie. En la puerta la gente comenzaba a desesperarse y llamaban.
Ocupado.
Estuve bombeando dentro de aquella masa de carne un buen rato antes de sacar mi miembro de su cuerpo y darle la vuelta. Se sentó sobre el lavamanos y abrió su coño molludo frente a mí. Era un agujero de perdición, su flujo espeso se derramaba como crema por sus piernas y sobre el lavabo. Le metí cuatro dedos de un solo golpe, sin dificultad. Iban y venían, se balanceaban. Quise meter también el pulgar y una vez dentro cerré el puño y entré en ella hasta la muñeca. Mar me decía que la hiciese sentir una puta barata, que la usara, y eso hice.
Saqué el puño de su coño tragón, le volví a escupir, esta vez en la boca, y le metí la polla hasta las entrañas mientras nos devorábamos la boca. Mientras la embestía, mis huevos chocaban contra el lavamanos, pero no sentía el dolor, toda mi sangre estaba concentrada en el rabo, que estaba a punto de estallar como un pepino nuclear.
Mar me pedía más, era insaciable. La puerta no dejaba de sonar, aporreada por una horda de mediocres que no eran capaces de aceptar que el baño estaba ocupado. Nosotros estábamos allí, uno dentro del otro, pero volando a miles de millones de años luz de aquel váter sucio lleno de meados y cristales. Todo estaba listo para alcanzar su final.
Mar me empujó y salí de ella. Se volvió a arrodillar sobre los cristales. Sus rodillas sangraban. Me chupó la polla, llenándomela de babas y recogiéndolas a partes iguales. Y luego se incorporó y se apoyó contra la puerta. La gente fuera gritaba cosas, querían quemarnos.
- Rómpeme el culo. Córrete dentro de mí.
Abrí de nuevo sus nalgas, le eché un buen gargajo a su ojete y llevé mi polla, púrpura de tanto aguantar, al punto exacto. La agarré del pelo y me dejé hundir dentro de su carne. Lo tenía completamente dilatado, entré con la facilidad que se entra en un coño chorreante, y comencé a darle sin compasión mientras tiraba de su melena rizada hacia la luna. Ella gemía, gritaba, me decía de todo. Yo no podía contenerme más, así que la agarré de la nuca y empotré su cabeza contra la puerta que intentaban derribar desde el otro lado, y seguí clavando mi polla en su culo hasta que escupí toda la leche acumulada dentro de ella.
Nos quedamos unos segundos estáticos, recuperando el aliento, sin decir nada. Luego saqué mi polla de su culo, la devolví a su sitio y salimos. Ella delante y yo detrás, como si nada.
Cuando llegamos al exterior del ayuntamiento estaba amaneciendo, pero la fiesta continuaba y cada cual siguió su camino; ella con el culo encharcado goteándole mi leche, y yo con la polla en carne viva; cada uno en una dirección, sin saber que aquella sería la única y la última vez que volaríamos juntos.
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