Anna, introvertida y pasional (I)
Lleva meses soñando con él en la oscuridad de su pantalla. Pero cuando Héctor la invita al cine, la línea entre la fantasía y la realidad se vuelve traicionera. ¿Qué pasa cuando el público no es solo imaginario?
Siempre, desde muy pequeña, he sido extremadamente introvertida. Cualquier actividad que tuviera que ver con socializar e interactuar con personas era, para mí, poco menos que una pesadilla. Con el paso de los años aprendí a vivir con ello, enfrentándome tibiamente a mis miedos y consiguiendo hacer una vida más o menos normal.
En el colegio y posteriormente en los primeros años en el instituto pasé bastante desapercibida. Sé que algunas personas me consideraban una chica rara pero yo me abstraía de todo y hacía caso omiso de cualquier comentario que escuchaba sobre mi persona.
En el último año en el instituto fue cuando se produjeron todas las transformaciones físicas y emocionales propias de la adolescencia.
Físicamente pasé, en un fugaz trimestre, de ser un anodino pato a un bello cisne. Crecí en estatura y también en talla de pecho y mis caderas se ensancharon conformando unas preciosas curvas tremendamente femeninas. También llegó la primera y poco agradable menstruación de mi vida.
Emocionalmente muchas cosas empezaban a cambiar a una tremenda velocidad. Seguía siendo muy tímida, demasiado, pero mi sexualidad comenzaba a adquirir gran protagonismo. Ahora comenzaba a fijarme en algunos de mis compañeros y me tocaba con mucha frecuencia imaginando encuentros sexuales.
Por aquel entonces no estaba todavía definida, me sentía atraída por algún chico pero, también veía a veces a alguna chica que me producía cosquilleos en el estómago.
Mi asociabilidad hacía muy difícil poder tener relaciones físicas aunque las deseara y, yo no ayudaba a ello, pues apenas hablaba con nadie y siempre vestía con ropas anchas que ocultaban cualquier elemento sugerente de mi anatomía.
En esa época Internet fue lo que me facilitó el relacionarme con otras personas. Tenía perfiles en casi todas las redes sociales aunque en ninguna ofrecía información real sobre mi identidad y en las fotos que publicaba nunca enseñaba la cara. También chateaba con muchísimas personas y descubrí lo cachonda que me ponía calentar a completos desconocidos simplemente escribiéndoles o mandándoles alguna foto algo subida de tono, teniendo siempre la precaución de no mostrar mi rostro.
Esto me permitía relacionarme con seres humanos y me resultaba divertido, me confería una seguridad y una tranquilidad completamente contrarias a lo que sentía en la vida real. Casi todas las personas con las que entablaba contacto eran, principalmente, del género masculino y, por regla general, eran hombres ya maduros, mucho mayores que yo y muchos ya con familia. Para mí eso no era un problema, no me importaba ni su edad ni su vida en el mundo verdadero y me gustaba sentirme deseada y pretendida.
Fue a través de este medio como conferí el suficiente valor como para quedar con algún chico y tener mis primeras relaciones sexuales. Sin duda no fueron nada memorables pero, al menos, me sirvieron como un buen aprendizaje.
Con el tiempo me las ingenié para chatear con gente que conocía del mundo real, teniendo la suficiente precaución para que no llegaran a identificarme. Eso me causaba mucho más morbo. Cruzármelos por ahí sabiendo que les había visto la polla tiesa, a través de la webcam o en alguna foto, me ponía cachondísima y ninguno de ellos se imaginaban siquiera que yo era la chica a la que le proferían guarradas de todo tipo. Compañeros del instituto, el profesor de educación física, algún vecino e incluso Héctor, el socio de mi padre, fueron víctimas de mi juego.
Fue con este último, Héctor, con quién más disfrutaba chateando; era muy atractivo y el hecho de ser un conocido directo de mi padre le confería un morbo adicional. Era bastante mayor que yo y estaba, supuestamente, felizmente casado pero, cuando las conversaciones derivaban en temas picantes y subidas de tono, creo que su mujer dejaba de ser tan importante.
Todo en Héctor me gustaba y llegué a estar bastante obsesionada por él. Me gustaba tontearle y provocarle, sentía que me deseaba y me hacía sentir especial. Era muy dominante y yo aceptaba el rol de dominada con agrado. Nos enviábamos regularmente fotos algo subidas de tono y alguna vez llegué a masturbarme mientras fantaseábamos con la posibilidad de encontrarnos alguna vez en vivo.
Tras varios meses de jugueteos finalmente acepté a su insistente propuesta de encontrarnos un día para ir al cine. Fue algo que me tuvo nerviosísima durante días, era una locura e imaginaba las posibles reacciones que tendría Héctor cuando me viera y me reconociera pero, me tenía tan embelesada, que estaba dispuesta a arriesgarme.
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Quedamos en un banquito de un pequeño parque muy poco concurrido que había en la otra punta de la ciudad y allí llegué, cagada de miedo, media hora antes de la hora acordada.
Ese día decidí vestir con una ropa menos anodina de lo habitual, aunque tampoco nada que destacara una barbaridad. Llevaba una blusa ligera, una falda de vuelo ligeramente por encima de la rodilla, unas medias hasta medio muslo y unas manoletinas. Sin duda me veía bonita con el conjunto elegido pero me hacía sentir algo extraña e incómoda por la falta de costumbre.
También puse mucho esmero en mi peinado, haciéndome un recogido que dejaba al descubierto mi fino cuello y me pinté ligeramente los labios con un color granate que, por como resaltaba mis carnosos labios, consideré un acierto.
Cuando finalmente llegó Héctor, yo ya me había quedado sin uñas de los nervios. Su cara de asombro era un poema y sentía mi cara roja como un tomate por la vergüenza. Al principio dudó un instante pero me reconoció enseguida.
Los primeros minutos fueron tremendamente incómodos, él estaba impactado por encontrarse allí conmigo y yo estaba muda, sin apenas atreverme siquiera a mirarle a la cara. Luego, Héctor, tras la sorpresa inicial, fue dándome conversación y consiguió que, poco a poco, fuera relajándome y encontrándome más a gusto.
Comenzó a decirme cosas bonitas, a adularme como nadie en vivo había hecho nunca y me dijo que se alegraba de que fuera yo su cita. Todas sus palabras, su tono sincero y como las expresaba, consiguieron que el encuentro, que comenzó para mí como una pesadilla, se convirtiera en un precioso sueño.
Tras un buen rato de agradable conversación decidimos irnos a su coche para ir al cine. Fuimos caminando hacia el vehículo como dos amigos que van tranquilamente paseando por la calle. Yo deseaba cogerle de la mano pero, creo que él tenía miedo de que alguien conocido pudiera vernos juntos y mantenía, en ese breve paseo, cierta distancia física conmigo.
Tardamos casi media hora en llegar a los cines puesto que nos alejamos bastante de nuestra ciudad. Estaba claro que ninguno de los dos tenía ningún interés en que cualquier persona conocida pudiera descubrirnos juntos y generarnos un problema.
Una vez allí, Héctor se mostró mucho más cercano y afectuoso, cogiéndome con firmeza de las caderas mientras nos dirigíamos a las taquillas. Cogió entradas para la peor película que hubiera y nos reímos a carcajadas porque, sin duda, tenía toda la pinta de serlo.
La sala estaba completamente vacía, parecía que nadie se atreviera a ver esa película y, siendo jueves, tampoco daba la sensación de que fuera a haber mucha más gente en las demás salas.
Sentados ya en nuestras butacas en la última fila, con las luces apagadas y comenzando a emitirse la proyección de la película, sentí que el corazón me latía con mucha fuerza. Estaba muy nerviosa, muy cohibida pero, también sentía que la cosa no estaba yendo tan mal como lo había imaginado.
Transcurridos apenas unos pocos minutos, me armé de valor y rocé ligeramente su mano e inmediatamente sentí cómo su enorme mano envolvía a la mía. En ese instante Héctor ya me miraba intensamente y yo le devolví la mirada un instante antes de que sus labios se unieran a los míos. Nos besamos apasionadamente, como dos amantes que se encuentran después de mucho tiempo, un beso con mucho protagonismo de nuestras lenguas, sin remilgos de ningún tipo, un beso caliente y deseado por ambos que delataba nuestra creciente excitación.
Enseguida sentí como Héctor comenzó a meterme mano sin titubeos, rozando con la yema de sus dedos la parte baja de mi falda. Podría parecer que todo iba demasiado deprisa pero cierto era que ya llevábamos meses calentándonos mutuamente. En ese momento me sentía algo embriagada y tremendamente cachonda. Mis miedos, mis inseguridades y mis vergüenzas se desvanecían frente al deseo y la calentura que ese hombre me provocaba.
Mientras nuestras lenguas se entrelazaban y Héctor se iba abriendo paso decididamente bajo mi falda, yo comencé a desabrocharme la blusa de manera instintiva con el objetivo de entregarle y deleitarle con mis pechos.
La sala de cine ya se había convertido en un simple escenario donde liberar toda la tensión sexual que llevábamos dentro.
Cuando mis generosas tetas quedaron libres del sujetador que las oprimía adquirieron un fuerte protagonismo y Héctor interrumpió nuestro húmedo beso y se quedó unos instantes clavando su mirada, llena de lujuria y deseo, sobre ellas.
No titubeó ni un instante y se lanzó como una fiera a por ellas, besándolas, lamiéndolas y jugueteando con ellas con mi completo beneplácito. En ese momento yo ya estaba como una perra en celo y con unas ganas de polla enfermizas.
Mi mano, agitada y temblorosa, toqueteaba sin disimulos la zona de su entrepierna, adivinando sin dificultad el imponente tamaño de su excitación.
Héctor se incorporó, abandonando el chupeteo a mis senos y, acercando sus labios nuevamente a mi rostro, me susurró, con tremenda autoridad, que ahora le debía comer la polla.
Héctor sacó provecho de nuestras largas y excitantes conversaciones en internet, en las que su rol autoritario estaba siempre patente y él sabía que yo disfrutaba con ese juego, sintiéndome gobernada y dirigida por él.
Se despojó del pantalón y del bóxer y sentado sobre su butaca me instó a que hiciera los deberes. Yo, diligentemente, me coloqué arrodillada frente a él. El espacio era reducido pero había el suficiente para dar rienda suelta a mi deseo.
No era una maestra experimentada en comer pollas, ni mucho menos, pero la teoría la tenía bien aprendida y sabía muy bien cómo debía actuar para estar a la altura. La tenía muy cerca de mi cara, sentía su aroma, pero comencé haciéndole una suave paja, recorriendo todo su diámetro mientras sentía como sus manos me acariciaban el cabello. Prácticamente no podía verla, la sala oscura no me permitía contemplarla, pero su tacto era muy agradable y su excitación era patente por la erección que presentaba.
No tardé mucho en metérmela en la boca, un tirón de pelo fue la señal de que la masturbación ahora debía de convertirse en una buena y profunda mamada. Esos gestos de autoridad me tenían completamente entregada y provocaban un cosquilleo por toda mi zona íntima.
Me encantó la primera sensación de sentir esa textura cálida y viva ocupando buena parte de mi cavidad bucal. Sabía que tenía que tener cuidado con mis dientes para no hacerle daño y aprovechar cualquier segundo de respiro que me diera para poder coger el máximo oxígeno posible. También sabía que, una vez la mamada aumentara de intensidad, debía de controlar, en la manera de lo posible, las arcadas que, sin duda, iban a aparecer.
Fue una felación que, a posteriori, definiría como la más intensa, profunda y guarra de cuántas he realizado. La situación me parecía tan tremendamente excitante y me sentía tan agusto y desatada que lo disfruté de una manera única.
Mis manos se perdieron por entre mis bragas mientras mi boca, dirigida por sus manos sobre mi cabello, se entregaban con deleite a la tarea encomendada. Mi coño era como un río de aguas turbulentas y masturbarme mientras le mamaba la polla me provocaba un placer indescriptible.
Héctor alucinaba con mi entrega y me lo hacía saber con unos incontrolables gemidos mientras me susurraba alguna cosa que yo era incapaz de descifrar. Bien avanzada la faena ya no había tiempo para tomar un respiro y juguetear con sus testículos, ahora ya sólo me quedaba aguantar como pudiera el inhumano ritmo al que me estaba sometiendo.
El sonido de la filmación silenciaba los sonidos guturales que emergían de mi atormentada garganta. De mis ojos brotaban lágrimas al tiempo que mis deditos acariciaban con frenesí mi húmedo sexo.
Finalmente sentí como Héctor agarraba mi cabeza con tremenda firmeza y me presionaba contra él al tiempo que soltó un gemido que, de no haber estado la sala del cine desierta, habría alertado a los asistentes. Un sonido que salía desde lo más hondo de su ser al tiempo que convulsionaba y eyaculaba sin freno todo el semen que tenía contenido. Parte de ese néctar de difícil digestión fue a parar a mi garganta pero, como buenamente pude, lo escupí de inmediato porque lo que yo ya necesitaba en ese instante era respirar todo el oxígeno que mi cuerpo ya anhelaba conseguir para seguir con vida.
Fue unos instantes después, al incorporarme, cuando desperté del éxtasis y sentí una vergüenza infinita. Observé que no estábamos solos en la sala, al menos habrían seis u ocho personas más y todos miraban en nuestra dirección. Esos miedos que me atormetaban en mi día a día aparecieron de golpe y, como un resorte, me levanté y salí corriendo hacia los baños sin siquiera percatarme de que llevaba la blusa completamente abierta.
Al llegar allí me senté sobre un water y me puse a llorar como una niña pequeña. Me sentía emocionada, excitada, eufórica y plena pero todas esas sensaciones palidecían ante una sensación de tremenda vergüenza que me envolvía por completo.
Me miré al espejo y me vi restos de semen en el pelo, me abroché la blusa, me adecenté lo que pude y salí corriendo con un destino claro, esconderme en mi habitación.
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