Cuando te enteras de que ella se divorcia
El baño está cerrado, pero la madre de Rosario murmura al otro lado de la puerta. Alberto sabe que está cruzando una línea prohibida al tocar a la mujer de su primo, pero la pasión y la venganza silenciosa contra el matrimonio fallido de su familia lo arrastran hacia un juego de poder donde ella decide cada movimiento.
He aquí un relato añejo, germinado a partir de la libidinosa sonrisa de una mujer casada.
Como bien sabéis, mi nombre es Alberto. Para los que aún no me conocéis sólo decir que no me falta mucho para cumplir los cuarenta y vivo en el sur de España. Por lo demás, soy alto y de piel morena por herencia genética de mi bisabuela, que no era blanca ni española, sino negra y guineana. Me mantengo en forma desde siempre, gracias fundamentalmente a que padezco una grave adicción a los deportes al aire libre, sobre todo al senderismo y al ciclismo de montaña.
Como seña de identidad diré que me gusta vestir elegante y con estilo, de modo que no soy el clásico hombre que se viste con lo primero que ve al abrir el armario. La ropa es como la educación, dice mucho de uno mismo, abre muchas puertas e incluso algunas piernas.
En cuanto al sexo, si bien no mantengo el vigor de un adolescente, sí suelo follar con mi fascinante esposa un par de veces por semana, que para ser padres de dos niños pequeños no está nada mal. Como último detalle diré que cumplo con varios estereotipos acerca de los mulatos, es decir, me encanta bailar y tengo entre las piernas más de lo que a la mayoría de mujeres les coge en la boca.
Aquel verano de diez años atrás debía hacer una sustitución en un pequeño pueblo del interior cuando, al decirle a la compañera médico que una mujer de ese pueblo, llamada Rosario, era esposa de uno de mis primos, ésta me miró con sorpresa.
— ¿Rosario la del Tito?
— Pues no tengo ni idea —hube de reconocer— Es abogada, así de alta, guapa, con genio, tal vez un poco presumida…
― Un poco no, bastante… —puntualizó la doctora con severidad— Sabrás qué se separan ¿no? ¡Cómo está la vida! Claro que la Charo siempre fue de las que se cansan rápido de los hombres —comentó con sarcasmo.
Me pilló de sorpresa, la verdad. No tenía ni idea de que Rosario y mi primo se fueran a separar. Tampoco sabía nada de lo otro, y me refiero a que de joven hubiese sido una chica mundana. ¿Cómo iba a saberlo? Era evidente que la esposa de mi primo siempre iba impecablemente maquillada, que le gustaba lucir sus bonitas piernas y su exuberante escote, pero igual que tantas otras, ni más ni menos. Hasta entonces mi opinión sobre la esposa de mi primo era que ésta miraba, hablaba y sonreía de forma sensual y coqueta, pero nada me había hecho sospechar que hubiese sido una joven libidinosa. No obstante, había al parecer mucha información sobre su pasado que yo desconocía.
Rosario debió ser la típica chica liberal que, al mudarse a la ciudad, evolucionó hacia el glamour y la elegancia de una joven exquisita, una muchacha que a todos deslumbró, a mi primo el primero. Tras conseguir un puesto como funcionaria su engreimiento y altivez alcanzaron cotas que en el ambiente rural del que procedía hubiesen sido impensables. Hablar con una educación impecable y vestir con estilo se transformaron en algo inherente a la exagerada feminidad de una mujer con ínfulas y aires de grandeza, precisamente el tipo de mujeres que atraían al introvertido de mi primo.
De camino al juzgado, Rosario se lo encontró solo sentado en el muro de contención del jardín situado frente al hospital, con Dockers gris claro y camisa negra, fumando y escuchando la música de su teléfono con unos auriculares. Durante las primeras semanas allí ya se había topado con mi primo varias veces: fumando al borde mismo del césped, concentrado a solas en una novela con unas gafas de pasta que solo se ponía para leer, pero que no hacían más que incrementar ese halo de misterio que se escondía debajo de su cara dulce, claro que entonces aún no habían hablado. Tenía cara de buen chico, con una de esas sonrisas capaces de iluminar la noche más oscura. A veces había fantaseado con descubrir qué se ocultaría detrás de esa misteriosa inocencia. En el fondo, Rosario se imaginaba que en su interior ese chico apagado y retraído era todo fuego, ardiente, pero que necesitaba que una mujer como ella hiciese saltar la primera chispa, encender la llama.
Se llamaba Alfonso, y ya se había fijado en él el primer día de trabajo, escondido detrás del mostrador intentando hacerse entender por un conciudadano algo palurdo. Era tímido y no lo era. Era inteligente pero resultaba patoso. Se le intuía lleno de pasión y sin ella en absoluto. Era perfecto para ella.
El verano anterior Rosario había acabado llorando por Jaime. No, por Luis, ¿O fue Carlos? No, Carlos no… ¡Qué más da! Elijamos Jaime. En fin, ese bocazas era el chico con el que se estuvo viendo durante esos meses de calor y también el mayor cretino de la comarca. Un inmaduro a pesar de ser dos años mayor que ella, un guaperas que estudiaba empresariales al que Charo había acechado desde que éste se le presentara durante las fiestas de comienzos de julio.
Aquella primera noche, Jaime se comportó como si ella fuese la única chica del universo. Le gustó. Era avispado y atractivo, espalda ancha, jugaba a pelota y poseía una sonrisa encantadora. Se estuvieron viendo a diario durante un par de semanas en las que él fue cortés, protector, atento, agradable, cariñoso… Hasta que al fin se acostaron y, aún desnudos sobre la cama, le dijo: “Ha estado genial, Charo. Te lo montas muy bien, pero el verano acaba de empezar y es bueno que conozcamos gente y probemos cosas nuevas…”.
Rosario salió de la cama. Se vistió. Lo miró con desprecio. Se marchó. Esa era ella, un imán para los cretinos, para los imbéciles. Se sintió estúpida. Se sintió sucia. Se sintió una cateta de pueblo engañada por el primer universitario que se cruzaba en su camino. Al día siguiente Rosario lo vio en la piscina municipal flirteando con otra, agarrándola de la cintura y riendo con su encantadora y falsa sonrisa.
Al verlo tan feliz, a la caza de la próxima incauta, Rosario sintió que el mundo entero se derrumbaba sobre ella. Fue una conmoción extraña e inesperada, un viento huracanado destrozándole las entrañas, y en su ingenuidad Rosario pensó que aquel malestar, aquella frustración, era por cómo se sentía por haber sido tan estúpida con Jaime, pero ahora, a punto de firmar el divorcio con su esposo, Rosario tenía la certeza de que en realidad aquella conmoción no fue más que un presentimiento horrible y espantoso sobre cómo sería su vida con Alfonso, su insociable y aburrido esposo.
Quince años después de aquel verano, Rosario seguía siendo una mujer más atractiva que guapa, con los mismos ojos de niña traviesa, una mujer que solía lucir suelta su media melena cobriza, así como su cálida y deliciosa piel canela. En conjunto se podía afirmar que la presunta ex de mi primo seguía estando buena a sus cuarenta y cinco abriles.
Y no era de extrañar, pues Rosario quedaba a diario con su hermana pequeña para hacer deporte. El ejercicio físico les servía a ambas para mantener una silueta de la que presumir a pesar de la edad. Claro que a su hermana ir al gimnasio también le aprovechaba a la hora de hacer nuevas amistades y flirtear. Rosario ya no se espantaba al escuchar lo mal que follaba éste y lo sensacional que aquél le había comido el coño. En fin, ambas eran mujeres seductoras y maduras.
De la charla con la doctora extraje que Rosario fue en su día una muchacha simpática y coqueta, popular entre los chicos y que, como mujer empoderada y belicosa que era ahora, cuidaba mucho su apariencia: maquillaje del bueno, perfumes exclusivos, vestuario y complementos a la última, algún pequeño retoque facial, preciso, quirúrgico.
Desafortunadamente, Rosario seguía creyéndose más guapa de lo que era, siempre exageradamente femenina en sus gestos, al hablar, en su forma de caminar, diestra en el uso de sus encantos y otras brujerías. Pero igual que una cuchara de miel endulza, tres empalagan y, tan altanera como era, con esas ínfulas de grandeza y esa soberbia, la mujer de mi primo no tardaba en resultar cargante.
Curiosamente, a pesar de conocer los trucos y maneras de esa hembra, de tener doce años menos que ella, de saber que esa mujer no me convenía, no fui capaz de impedir que se me pusiera dura la polla con sólo oír hablar de ella.
La médico me contó que Rosario había vuelto al pueblo debido a la dependencia sobrevenida de su madre, que acababa de ser operada de la rodilla. De modo que no me lo pensé dos veces, si la madre de Rosario estaba convaleciente, como médico además de pariente lejano, tenía el deber de hacerle una visita de cortesía.
Y allí la encontré, en efecto, tan exquisitamente arreglada como siempre, como si acabase de llegar del juzgado donde trabajaba, con aquella escotada blusa marrón, falda y medias oscuras, zapatos de tacón, y aquella sonrisa maliciosa, de mujer caprichosa, más seductora y sensual que nunca. Fue precisamente su libidinosa forma de mirarme lo que me confirmó que, a pesar de no estar divorciada, o precisamente por ello, la esposa de mi primo me resultaba aún más deseable que de costumbre.
Después de saludarme con efusión, Rosario me invitó a pasar para que valorara el estado de su madre. La achacosa y demenciada mujer tenía ganas de charlar y, como a esas horas yo ya había terminado de pasar consulta, no me importó darle conversación. Sentada en su butaca con la pierna en alto y su andador al alcance de la mano, la octogenaria hacía ganchillo a toda velocidad. Al decirme que seguía condolida de la intervención, revisé las recomendaciones que le había dado el traumatólogo, momento en que Rosario acusó a su madre de hacerse la remolona con los ejercicios que éste le habían mandado hacer. Así pues, doña Susana y yo realizamos una pequeña sesión de rehabilitación siguiendo la pauta que le había dado el especialista, pues como por todos es sabido, las consultas de los fisioterapeutas demoran meses en dar cita a los pacientes.
Tras despedirme de la matriarca insistiendo educadamente en que cuanto más retrasase la rehabilitación más costosa sería, enfilé el lóbrego pasillo con su estilizada hija tras de mí. Sin embargo, en vez de acompañarme a la salida, Rosario bajó la voz, me guió hacia el baño y me pidió un pronóstico sobre la posibilidad de que su madre volviese a ser capaz de valerse por sí misma. Intentando que la hermosura de Rosario no desmontase mi dialéctica, traté de ser sincero con ella. Le expliqué que en esa clase de intervenciones quirúrgicas el factor más influyente era el peso, de manera que el pronóstico era favorable, ya que madre e hija compartían una constitución física casi idéntica.
El segundo factor de un buen pronóstico era el inicio precoz de la rehabilitación que, lamentablemente, era imposible en ese momento dada la larga lista de espera. Con todo, si todavía era pronto para saber si la cirugía daría problemas a su anciana madre, aún lo era más para saber cuál sería el resultado final. Debía ser optimista, seguir las pautas del traumatólogo y esperar un par de semanas antes de hacer conjeturas.
La mujer de mi primo frunció el ceño. Se había transformado en una mujer urbana y cosmopolita, así que no debía hacerle ninguna gracia verse obligada a vivir de nuevo en el pueblo durante un largo e incierto periodo de tiempo.
Sin duda esa caprichosa poseía un gran número de cualidades, pero la paciencia no era una de ellas. Ese fue el momento de soltar el anzuelo y ofrecerme a llevar a cabo yo mismo unas cuantas sesiones, o incluso negociar con la fisioterapeuta la posibilidad de usar los aparatos de rehabilitación por la tarde, cuando el centro de salud permanecía cerrado.
En espera de que la mujer de mi primo mordiera mi anzuelo o, mejor aún, que se lo tragara entero, le pregunté qué tal llevaba mi primo la vida rural. Fue entonces cuando Rosario al fin me confirmó que estaban en trámites de separación. Continuamos hablando un rato más, pero mi ataque no se demoró.
― Hablando de operaciones, ¿es que te has operado las tetas? ―de sobra sabía que no, pues Rosario siempre había poseído un buen busto.
― ¡Pero qué dices! Son las de siempre ―contestó, indignada— Anda que no me las miras, o te crees que no me doy cuenta.
Me entretuve en admirar su inquietante silueta un segundo o dos. Rosario mantenía exactamente la misma figura que cuando Alfonso me la presentó. Era tenaz y rigurosa, y seguía a rajatabla un plan de entrenamiento que, además de bicicleta elíptica en el gimnasio, incluía natación, carreras mañaneras alrededor del mayor parque de la ciudad y alguna que otra sesión de senderismo por la montaña.
Con lo poco que comía, no entendía cómo era capaz de mantener tal nivel de actividad sin desfallecer. Su futuro ex marido me había comentado que Rosario incluso se llevaba las zapatillas de correr cuando salían de viaje, para no faltar a su sesión de diez kilómetros antes de desayunar. Mi primo jamas la acompañó, se agobiaba sólo de pensarlo.
― ¡Y qué quieres, mujer! Los escotes están para mirarlos, ¿no? ―repliqué en mi defensa.
― Pues sí, la verdad —reconoció ella, divertida y colocándose las tetas con todo el descaro y naturalidad del mundo— No hace daño a nadie y, además, yo no lo puedo evitar, los hombres sois demasiado fáciles de provocar.
― Bueno, un poco de daño sí que haces… —insinué con malicia.
Rosario enarcó las cejas con una sombra de duda e incredulidad.
— Nos la pones dura a muchos ―bromeé— Y eso no duele mucho, pero fastidia bastante.
Rosario sabía que para enfadar a un hombre sólo hay que llevarle la contraria, pero para volverlo loco es mejor darle la razón. Rió mi ocurrencia, y yo pensé que eso sería todo, pero de pronto la hermosa madura llevó la mano a mi entrepierna y palpó el prominente bulto formado en mi pantalón.
Por la cara que puso, Rosario no esperaba encontrar una sorpresa tan grande, y eso que todavía le faltaba dar el último estirón, ese que mi polla esperaba dar en su boca. Tal fue su conmoción que no dudé en tantear también yo sus anhelados senos, estimulando en círculos esos pezones que habían amamantado a tres criaturas. Dio comienzo entonces un mutuo intercambio de caricias que nos excitó hasta el límite.
Entonces Rosario, complacida por el efecto causado en mí, dio un paso atrás, y luego otro, y otro. Su cara fue mudando de la satisfacción hasta el éxtasis cuando su espalda se topó con la pared. El frenesí, igual que cualquier otra droga, circuló torrencialmente por sus venas, fluyó por todo su cuerpo e inundó su sexo.
Sus manos comenzaron de pronto a acariciar las curvas de su cuerpo como si tuviesen vida propia, desde sus caderas rodearon sus senos para entrelazarse alrededor de su cuello, como si en su garganta hubiese algo que la subyugara. Después las palmas de sus manos emprendieron un lento e insensato descenso, estrujando unos senos imponentes apenas contenidos por la fina camisa, palpando su vientre fecundo, hundiéndose bajo la cinturilla de su falda en pos de su pubis. Aunque al darse cuenta de la dificultad, Rosario optó por desabrochar el botón que tenía a su espalda y bajar lentamente la correspondiente cremallera.
Sonriendo, felina, la ex mujer de mi primo peinó su oscuro surco de bello púbico con sus dedos. No apartó ni un segundo sus ojos de mí, ni siquiera al verificar lo que de sobra sabía, que su fuente de placer había comenzado a salpicar sus braguitas con gotitas de rocío. Durante unos segundos, sus dedos desordenaron la zona un poquito más todavía, causándose un alboroto tal que incluso llegó a emitir un lastimero sollozo antes de pedirme, por fin, que me acercara.
Rosario deslizó un poco su falda, mostrándome el casi transparente tejido de sus bragas, mostrándome el tesoro que tenía guardado para mí, mostrándome su sendero hacia la perdición. Ni que decir tiene que aquel reclamo fue más que suficiente para eliminar cualquier brizna de temor, pudor o sensatez que quedara en mí a aquellas alturas.
― Técnicamente aún estás a tiempo de probar a la mujer de tu primo, ―me tentó con malicia— todavía no hemos firmado el divorcio.
Todo indicaba que Rosario necesitaba urgentemente algo de diversión. Aquella mujer, eminentemente urbana y cosmopolita, no iba a llevar bien la tranquilidad y monotonía propias de la vida rural.
― Probar... —repetí en un susurro— Sí, serías un aperitivo exquisito ―dije a la vez que colocaba la mano sobre su pubis y palpaba su suave sexo con delicadeza― Tienes un aspecto delicioso. Seguro que estás muy jugosa, riquísima.
Rosario, excitada, entreabrió los labios y me besó con frenesí, regalándome aún más seguridad de la que sentía.
— Alberto... —comenzó a decir— Ya creía que esto nunca llegaría a ocurrir.
— Cómo no iba a ocurrir —rebatí— Tú me gustas muchísimo, lo sabes de sobra.
La gata sonrió y me estudió durante un instante, pero pronto entornó la puerta y me besó de nuevo.
— ¿Te puedo contar una cosa? —dijo en un susurro, besándome otra vez.
— Claro.
— ¿Sabes que he hecho todos estos años, con tus insinuantes miradas?
Negué con la cabeza.
— Te lo voy a enseñar.
Rosario me cogió de la mano, me arrastró dentro del baño y entornó también la puerta tras nosotros. Acercó sus labios a mi oído y, casi en un susurro, me dijo:
— Me tocaba pensando en ti.
Me sonrojé.
— ¿En serio? —contesté satisfecho.
A lo largo de mi vida me habían dicho palabras hermosas: mi mujer, una de mis novias anteriores, la fugaz amante que había tenido un par de años atrás y, por supuesto, algunas de esas mujeres de todo el mundo que tanto elogiaban mis relatos en Internet, todas ellas habían confesado que se masturbaban al leer lo que escribía, pero Rosario era la primera mujer a quien oía reconocer de viva voz que se había masturbado pensando en mí.
— Sí, claro que sí —confirmó en un nuevo susurro— Te voy a enseñar cómo lo hacía.
Debía desear mi erección, porque la acarició con ansia por encima del pantalón antes de hacer que yo apoyara la espalda en la pared y besarme, antes de darse la vuelta y apoya su espalda contra mi pecho.
Aquella mujer casada quería que nos viéramos en el espejo, y sonrió levemente al ver que me daba cuenta de ello. Me pregunté cuántas veces me habría deseado, cuántos días, cuántas horas, cuántos minutos habría fantaseado conmigo después de que nos viésemos, puede que casi tantas como yo. Le besé el cabello, el cuello, y Rosario notó mi aliento en la oreja y se estremeció. Luego cogió mi mano y la acompañó dentro de la falda que seguramente se había comprado para su esposo.
Rosario siguió acompañando mi mano bajo sus bragas, cerró los ojos y guió mis dedos dentro de su sexo. Enseñándome cómo lo hacía. Cómo se había acariciado a sí misma esos años de miradas intensas, siempre pensando en mí.
Mis dedos medio y anular entraban y salían de ella. Despacio.
Rosario abrió los ojos y nos miramos de nuevo. Otra sonrisa misteriosa.
— Ahora sigue tú solo.
Me soltó la mano y volvió a cerrar los ojos.
Y jugué con las yemas de mis dedos entrando y saliendo. Entrando y saliendo. Y cuando noté su sexo suficientemente húmedo, hice círculos, lentamente, subiendo hacia el epicentro de placer de esa mujer casada a la que tanto había deseado.
Gimió mientras yo jugaba con ella, levemente, llevándola al límite muy poco a poco, sin prisa. Y volví a hundir los dedos en su interior, contemplando en el espejo como se agitaba. La observé gozar. Retorcerse. Jugué y jugué con ella a pesar de que mi erección también pedía liberarse.
Entonces Rosario notó que sus piernas se debilitaban, alzó la mano derecha hacia arriba y se agarró a mi nuca para sostenerse. Mientras escuchaba aquellos suspiros silenciosos comprendí que le faltaba muy poco para llegar al final, y entonces la mujer casada se apoyó totalmente en mí, sollozando, y yo la sostuve al tiempo que aceleraba el movimiento de mis dedos.
Llegaba el clímax. Un segundo faltaba. Dos. Pero paré y le negué el orgasmo. Rosario abrió los ojos con desolación, demasiado excitada. Me miró a través del espejo del baño y, casi en un lamento…
— Alberto, no he acabado todavía.
— Lo sé —le dije, besando su mentón.
Rosario me miró extrañada.
— Pero esto no lo puedes hacer...
— Claro que puedo —afirmé mirándola en el espejo— Lo acabo de hacer.
Rosario sollozó sin darse cuenta, apesadumbrada, y bajó la mirada.
En ese momento me acerqué a su oído:
— Cierra los ojos. Empecemos otra vez.
A pesar de que yo la tenía por una mujer con carácter, sorprendentemente Rosario obedeció sin rechistar, gimiendo al notar los dedos del amante entrar en su sexo y el placer atravesar su cuerpo. Su corazón se aceleró de nuevo mientras las yemas de mis dedos subían otra vez, rodeando su clítoris, en círculos y con cuidado. Y otra vez sintió el final muy cerca y el amante ralentizó sus movimientos...
— Mírame —ordené.
Rosario acató, encontrando mis ojos escrutándola en el espejo. Y mis dedos continuaron haciendo círculos y más círculos, despacio, siempre cerca de aquel duro trocito de carne que estimulaba su alma. No resultaba fácil mantener la mirada en ese estado de enajenación sexual, en el que Rosario tiritaba sin control de forma intermitente, al borde del orgasmo.
Por segunda vez, Rosario sintió las piernas débiles y se apoyó en mí. Gimió a un segundo de estallar. ¡Y paré! ¡Yo, el hombre con quién iba a ser infiel a su esposo, volví a parar!
— ¿Tienes prisa, Charito?
Rosario, desconcertada, apretó los muslos y abrió los ojos de par en par, y en ese momento todo cambió. Por extraño que parezca, lo que la hizo perder los nervios no fue que su amante jugase con esa dulce tortura que supone la negación del placer, sino que éste la llamase con el diminutivo por el que caminaba por la vida, ese con el que la llamaba el que hasta entonces había sido su hombre, su esposo.
— ¿Puedo llamarte Charito? —pregunté como si le hubiese leído el pensamiento.
Rosario asintió. Aturdida acusó que ese pariente lejano utilizase esa intimidad inesperada, esa familiaridad ya desde el primer polvo, y sin ella intuirlo, empezó a amarme. No lo admitiría ante sus amigas, ni siquiera ante ella misma. La mente, el corazón y el alma femenina son así de impredecibles. Así de generosos. Así de vulnerables.
Charo se dio la vuelta hacia mí y, mientras me desabrochaba frenética los botones de la camisa, me besó. Sonreí al saber que esa mujer en celo buscaba con ansia saciar el orgasmo que yo le había negado... Y no, mi esposa ya no me buscaba así, pero Charo me quitó la camisa lo más rápido que pudo. La hebilla del cinturón le costó un poco, al igual que el botón del pantalón. Por último me bajó la cremallera.
Acto seguido, la esposa de mi primo se postró de rodillas y puso en marcha la mano derecha. Arriba y abajo.
— El desgraciado de tu primo no me había dicho nada sobre esto —maldijo Rosario después dar un besito en la cúspide de mi impecable erección— Claro que de habérmelo dicho, le habría puesto los cuernos hace tiempo…
— ¿Dónde está tu alianza?
Rosario alzó la otra mano, la izquierda. Un fino, sencillo y clásico anillo dorado adornaba el inicio de su delgado dedo anular.
— Anda, preciosa —dije solícito— Cambia de mano.
— ¿Cómo se piden las cosas? —demandó sibilina la esposa de mi primo, con un brillo alegre en los ojos.
— Por favor.
Rosario empuñó con la zurda mis dieciocho centímetros y dio comienzo a un auténtico recital. Tal y como su esposo había insinuado años atrás durante un almuerzo más etílico de lo habitual, Rosario era una verdadera virtuosa de la felación. Ese había sido uno de los jugosos secretos de alcoba que le había logrado sonsacar a mi primo.
En tanto que la cálida lengua de Charo gozaba al pulir la superficie de mi falo, las palmas de sus manos buscaban distracción con ambos testículos. Presa del frenesí, Rosario succionaba con tal fervor que sus mejillas se hundían profundamente, casi tanto como mi miembro viril en el abismo de su garganta, a punto de sucumbir por completo al embrujo de su boca.
En contra de lo que había sugerido su esposo, ella no replicó cuando, tomando la iniciativa de manera puntual, procedí a tomarla oralmente. Lo hice de forma cortés, comedida, yendo y viniendo entre sus labios húmedos y acogedores. La esposa de mi primo se hallaba subyugada, sumisa, sujeta por la mandíbula. Charo se hallaba tal como él había dicho que tenía que estar y, tras un instante de duda e incertidumbre, decidí arriesgarme.
— Pienso hacerte esto mismo en todos tus agujeros —sentencié.
Asintió de forma inmediata, resollando al volver a llenar sus pulmones de aire y, totalmente entregada, me despojó con rudeza de los pantalones, retomando acto seguido la iniciativa a fin de realizarme la mamada más fabulosa que me han hecho en la vida.
Después de todo resultó que, tal como había dicho mi primo al delatarla años atrás, su esposa poseía una lengua sinuosa capaz de enroscarse alrededor de tu miembro como una anaconda. En efecto, todo en su boca era increíblemente placentero, sus labios, sus dientes, su paladar, sus amígdalas… Charo era la maestra del sexo oral de la que había alardeado su esposo. Creativa, apasionada, con un talento especial para hacerte eyacular.
Por mi parte yo intuía que, una vez alcanzada la temperatura ideal, aquella presumida y coqueta madura sería capaz de cualquier cosa para que el hombre responsable la empotrase, sin importar por qué lugar. Y, ni que quisiera hacerme eyacular ni que no, permanecí en silencio aguantando sus acometidas y la dejé hacer.
Poseída por un sofocante furor, la madura fue haciendo alarde de todo su repertorio oral. Chupó, succionó y mamó mi verga dejándose la piel y un buen montón de saliva. Como Rosario no daba síntomas de fatiga, aproveché su voracidad para desabrochar tanto su blusa como su soso pero cómodo sujetador, liberando así aquel busto formidable. Luego, mientras ella continuaba sacando brillo a mi falo, yo procedí a amasar y dar forma a aquel magnífico par de tetas, poniendo firmes sus espléndidos pezones de madre.
Entretanto Rosario alcanzó el orgasmo. No me había dado cuenta, pero debía haberse estado masturbando todo el rato. Sólo me percaté cuando, arrebatada por el clímax chupó mi pollón con tal arrojo que pensé que me lo iba a arrancar de raíz. Aquella diosa me arrastró al filo del orgasmo, a pugnar con uñas y dientes por no acabar, por evitar la eyaculación a toda costa. Pero una gotita de traicionero líquido preseminal debió apercibirla de mi desesperación, frustrando cualquier intento de evasión.
— ¡¡¡ME VOY A CORRER!!!
Sus manos asieron mis nalgas y su boca no sólo no dejó escapar mi miembro, sino que de un modo perverso la lengua de Charo aplastó mi sexo contra su paladar y emprendió un kamikace movimiento de fricción en la base del glande.
En un segundo pasé de intentar apartar de mí a una salvaje depredadora, a rendirme a la evidencia y permitir a esa adorable criatura femenina saciarse con el refrescante elixir de mis testículos.
— ¿Estaba rico, preciosa?
Eso es lo que le pregunté al contemplar a Charo reanudar el cabeceo sin que hubiese visto ni rastro de mi esperma.
— Mmmm —ronroneó como una gatita.
Tomé buena nota, y no porque fuese una corrida tremenda, sino porque todo caballero recuerda quién engulló su esperma y quien no. La mujer de mi primo era sin duda una de esas casadas capaces de llegar hasta el final con tal de ahorrarse un polvo, una señora con estómago para todo.
— Quiero que te hundas en mí. Quiero que seas mío —demandó Rosario con flagrante aliento a semen.
Nos tumbamos allí mismo, en el suelo del baño, y fue de nuevo ella quien acarició mi pecho y lo cubrió de besos, de nuevo ella la que se sorprendió ante la inaudita solidez de mi miembro. No se lo dije, y probablemente debí haberlo hecho, pero lo cierto fue que esa señora había logrado que alcanzase un tamaño y porte nunca vistos.
Luego Charo tiró de la falda, que se desprendió de sus piernas como una segunda piel. Sin embargo las bragas tuvo que despegarlas de su sexo, y así la todavía mujer casada quedó completamente desnuda sobre mí, sentarda a horcajadas.
— ¡Qué gozada, por Dios! —clamó.
El placer empezó a recorrer su cuerpo. Recorrió los dedos de sus manos. Las palmas de sus manos. Los brazos. Los pies. Las plantas de sus pies. Las piernas. Finalmente el placer inundó su sexo, haciendo brotar la miel de sus entrañas. Y fue al oír el suave gemido de la mujer de mi primo cuando tuve la certeza de que aquello estaba siendo sublime.
Rosario me dejó hacer. Dejó que yo controlase su placer porque intuía mi destreza para con la intimidad femenina. Con suavidad, pausadamente, hasta que posó sus manos en mis caderas, besó mis labios y me sacó de su interior.
— Quédate así —siseó en mi oído.
Y su amante obedeció con inmóvil diligencia, permaneció tumbado en el suelo del baño y ella se sentó de nuevo encima de él con las piernas abiertas. Rosario se incorporó y le sonrió.
Alberto parecía inquieto, creyendo saber lo que ella haría.
— Espera —le susurró Charo cuando éste intentó incorporarse.
La mujer arrastró su cuerpo por encima del vientre de Alberto, arrastró su sexo por su abdomen, marcó los pectorales con su olor, hasta colocar su sexo a escasa distancia de su boca. Abrió las piernas. Apoyó las rodillas a los lados del rostro de su amante. Puso las manos en el bidé, y él le cogió la cintura, y Rosario inclinó la pelvis bajando su sexo hacia la boca de Alberto.
La lengua de su hombre rozó apenas los henchidos labios de su vulva. El amante dejó que ella controlase cada movimiento. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Un minuto. Dos.
Alberto la acompañaba con las manos los movimientos de sus caderas, nada más. Rosario ya estaba muy húmeda cuando abrió aún más las piernas, y entonces volvió a sacudir su pelvis, restregándole todo su sexo por la cara como una chiflada.
Finalmente la lengua de su hombre lamió ese pedacito de Charo donde se concentra el placer del sexo. Y llegaron esas cálidas e intensas sensaciones que siempre precedían a la alteración de su conciencia, y un gozo indescriptible se esparció por el universo. Dos minutos, tal vez tres.
Fue entonces cuando su amante se dio cuenta de que ni siquiera ella era tan perfecta. Al sufrir tan inmenso placer, Alberto observó el ojo izquierdo de Charo completamente desviado hacia el exterior mientras que el otro le miraba a él. Además al mojar un dedo allí, en el caldo, Alberto tuvo que esquivar esas venitas entre sus nalgas y, para embellecer el lenguaje y no llamarlas hemorroides, introdujo aquel dedo en lo más profundo de su trasero. Y sin abrir los ojos, aquella mujer echó la cabeza hacia atrás, miró al techo sin ver.
Charo había experimentado con la sodomía hacía tiempo, mucho tiempo, veinte años casi, y sin embargo el manantial de vida que era su sexo volvió a fluir con la invasión. Gracias a aquel aguijonazo y al movimiento de su dedo, Alberto la hizo temblar, estremecerse, retorcerse. Suspiró sintiendo otra vez su lengua, gimió con los ojos cerrados. Zambulléndose en ese limbo donde es imposible no ahogarse. Y mientras que el sexo de Charo se abría hasta el infinito, su ano se ciñó al pulgar de quien sería el sustituto de su marido.
Alberto estaba convencido de que a su primo no le dejaba, una mujer como ella nunca se arrodillaría en el suelo para que Alfonso se la metiera por el culo. Hasta el matrimonio tenía un límite. Pero con él Charo no se haría pequeña, porque tampoco le serviría de nada.
Entonces Charo le miró a los ojos y primero se lo dijo sin palabras, con la mente. Comunicación no verbal. Deseando que pudiera entenderla: “No, él no me la mete por el culo, pero te deseo tanto que haré lo que me pidas”. Y él la entendió, pues la madurez de los años da para conocer cada gesto facial de una mujer.
Bombeé dentro y fuera de ella hasta que al final cerró con fuerza su cuerpo y gritó de forma desgarradora. Y como una loba salvaje, hambrienta de un placer que no sentía desde hacía demasiado tiempo, Rosario estalló en mil pedazos y se corrió a bocajarro en su rostro, de un modo atroz, torrencialmente.
― ¡Hija! ¿Qué ocurre? ―se escuchó preguntar a su madre desde el salón.
― ¡Las hemorroides, madre! ―respondió Rosario a voz en grito.
― ¡Ay, pobrecita! ¡Baños de asiento con agua fría es lo mejor!
― ¡Sí, madre, sí! ―replicó Rosario sonriendo, pero más flojo añadió— O meterlas para dentro… Alberto, por Dios, saca el dedo —terminó diciendo no mucho después.
— No sé —dijo juguetona, a horcajadas sobre mí, cimbreando el trasero con mi miembro enterradito en las cálidas profundidades de su gruta— ¿Tú crees que va a caber?
— Claro que sí, mi amor —respondí, con la punta de tres de mis dedos abriéndose paso entre sus nalgas. No era de extrañar si se tiene en consideración que vertí en el surco de sus nalgas el contenido neto que había en mi boca unos minutos antes.
— ¿Seguro? —preguntó haciéndose la tonta.
— Qué sí, mujer. Ya verás…
— Pero me dejarás hacerlo a mí, y no te moverás hasta que yo te diga —dijo en un tono bien distinto.
Porque todo depende del tono. Podría haber sido un tono cariñoso, un tono divertido, piadoso. Otro tono cualquiera. Pero el tono que Charo utilizó fue serio, un tono que buscaba dejar claras las cosas, zanjar un asunto.
— Intentaré no pestañear —bromeo yo entonces, circunspecto.
— Buen chico.
Tras un breve y silencioso himpás, Rosario se alza, haciendo que salga de ella, adoptando una posición de lo más extraña, en cuclillas. Mi sexo está tan rebozado de almíbar que resplandece cuando se yergue en paralelo a mi abdomen.
— Te dejaré hacerlo, pero antes tienes que prometerme una cosa —exige y suplica Charo a un tiempo.
— Lo que sea.
— Me harás el amor siempre que lo necesite. Una vez al mes —puntualiza rápidamente.
Yo prometo y, mordiéndose el labio inferior, Charo apuntala mi verga en el lugar incorrecto y acertado. Está plenamente concentrada en el truco de magia que va a llevar a cabo, y comienza a bajar. Su gesto se crispa a medida que aumenta la presión. Frunce el entrecejo, al fin y al cabo son cuatro centímetros y medio de diámetro. No, no es fácil, y puede incluso que no me haya engañado sobre lo de que nunca le habían metido una como la mía.
Un poco más, después otro poco. Así hasta que de pronto, Rosario resopla. Yo también lo he notado, mi glande ha superado la resistencia de algún modo. Estoy brutalmente dentro de ella y, no pestañeo, pero me alegro.
Hago bien, para ella el trance no parece haber terminado. Rosario gruñe y sigue bajando. Aguanta, llega a la mitad, pero ahí se detiene. Otro bufido. Por su forma de mirarme, diría que me odia. Entonces sube y, con precaución, baja de nuevo. Solloza, pero repite. Arriba, abajo, sollozo. Arriba, abajo, sollozo.
Charo empieza a masturbarse sin apenas darse cuenta, frente a mí, si bien su rictus es todavía más propio de un trance dificultoso que del inicio de un placer vago, incierto, controvertido. Y sin embargo no se detiene, continúa arriba y abajo, de hecho cada vez más abajo.
— ¡Ay! —se lamenta. Pero sigue.
— ¡Aaay! —gimotea, pues el diámetro ensancha a medida que desciende.
— ¡Aaaaaaay! —chilla, cuando por fin…
¡¡¡LO HA LOGRADO!!!
Su boca y sus ojos abiertos. También su sexo, aplastando mi pubis de modo indiscutible. Un instante después, y contra todo pronóstico, Charo sonríe y entonces ya no me aguanto. Me incorporo y le como la boca con avidez, orgulloso de ella, completamente fascinado. Charo, casi tan feliz como yo, ríe ahora abiertamente, divertida ante mi reacción, pero yo no logro contener mi admiración por ella, por su capacidad de sufrimiento, por su tesón, por su cuello, por unos senos que comienzo a chupar, a intentar mamar de ellos.
La esposa de mi primo acelera y yo aguanto, comienza a cabalgarme y alucino. Me monta de forma salvaje. Grito.
¡¡¡PARA!!! ¡¡¡PARA!!!
Necesito una pausa, un respiro. La retengo completamente ensartada, inmóvil. Afortunadamente, en esta ocasión Charito se apiada de mí. Juega a constriñir mi verga, eso sí, y luego cimbrea sus cintura, madura pero jovial, voluptuosa y juguetona a pesar de lo que tiene metido en el trasero, o precisamente por ello. Sollozando y riendo al unísono, Charo acaricia ese pedacito duro que remata su gruta, buscando animarse, recomponerse, disfrutarme. Y es echar a botar de nuevo, golpeando mis ingles sonoramente, y perder el control de sus senos, que rebotan en todas direcciones en tanto que su largo cabello oculta la cara de una loca.
Aquel ataque de lujuria me obligó a incumplir la promesa de no moverme, si bien fue una decisión acertada, al menos al principio. En un primer momento, Charo se crispó al ser relevada y ser ella quien soportaba mis embestidas. No mandaba, pero gozaba igual. Después, cuando una punzada en el vientre me obligó a parar, Charo esbozó una malévola sonrisa, de victoria, de orgullo al haber provocado mi arrebato. Pero la risa de Charo ya no sonaba igual que antes, no se reía conmigo, sino de mí.
— ¿Te gusta así, mi amor? —le pregunté muy cerquita de la oreja con intención de hacerle sentir mi esfuerzo, mi entrega, mi interés en hacerla gozar.
Lo malo es que las risas son como los orgasmos. O salen de dentro, de las entrañas, o te das cuenta al instante de que algo no encaja.
— Sí —jadeó entre dientes— Me encanta. Me encanta como me culeas. Dale…
Ella misma se delató, descubriendo su farsa al pedirme que me corriera. Se contoneó sobre mí, primero rotando en círculos, luego adelante y atrás, diciendo obscenidades a cual más vulgar. Se las perdoné, por supuesto, al fin y al cabo Charo comenzaba a sentirse incómoda.
Esa no era forma de terminar. Así que le pedí un último sacrificio, y ella cambió de posición como una gata en celo. De estar arriba, a estar cuatro patas, montada como la loba que era. Aunque yo la cogía por donde la cogía, su miel fluía igual. Y era todo tan animal que Charo se tocó con la yema de los dedos.... Gozando con los ojos cerrados mientras yo la penetraba, agarrado a sus caderas hasta que ella me cogió la mano y se la llevó al sexo para hacerme responsable de todo.
Aunque estuviese jodida, los sollozos de Charo fueron aumentando de intensidad según el compás de mis embestidas, mutando a unos gemidos claros, gloriosos.
¡Qué rico! —clamó a cada arremetida— ¡Agh! ¡Sí! ¡Así! ¡Así! ¡Ummm! —gimió mientras se envolvía con un placer inmenso.
Yo llevaba años deseándola, y ella se hundió lentamente en mí. Y cabalgó. Cabalgó como una loba, mirándome fijamente, sintiéndome gozar.
— Mírame, Alberto.
Y yo la miré tan ardientemente como ella, poseyéndola también con la mirada. Bajé las manos, le pellizqué los pezones. Charo gimió muy cerca del final y se inclinó hacia mí mientras notaba el sexo de su amante en lo más profundo de su ser y, en un murmullo hecho súplica, me dijo:
— Avísame, Alberto. Quiero que lleguemos juntos al final…
Fue como si mi esperma la dejase drogada, con cada centímetro de mí dentro de ella, saboreando el momento. Y entonces…
― ¡Muy bien, hija, disfruta de la vida! ¡No seas tonta! ―oímos que prorrumpían desde la puerta.
A la señora Carmen, que se sostenía apoyada en el marco de la puerta, sólo le faltó aplaudir. Y entonces Charo sí que se echó a reír, observando descompuesta a la demenciada madre que la parió.
Referencias:
— “Historias de mujeres casadas”, de Cristina Campos.
— “Todo lo que sucedió con Miranda Huff”, de Javier Castillo.
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