Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulos 25 y 26)

María se desnuda ante la arena y el viejo la devora con la mirada. Pablo, paralizado en su toalla, siente cómo su propia pareja se convierte en el centro de un juego donde él ya no tiene las reglas. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para recuperar el control, o para dejar de sufrir?

Tanatos1213K vistas9.4· 14 votos

CAPÍTULO 25

Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para controlarme y dejar de atosigarla, pero era consciente de que ya no tenía sentido insistir, y volví a sentir la injusticia de que ella tuviera que ser la que aguantara sus envites. Llegué a pensar en escribir yo algo allí, por primera vez, pero tampoco conocía mi nivel de autorización para tal cosa.

La tarde de trabajo fue un suplicio. Miraba el teléfono compulsivamente. Y llegué a casa y María aún no estaba. Sentía un sofoco constante. No sabía nada de ella. No sabía si había hablado más con Edu. Suponía su negativa, pero todo iba tan deprisa que hasta me costaba descartar nada.

Me metí en la ducha para no pensar y sucedió lo contrario. Y mi mente volvía a que María era la que soportaba todo, la que había soportado el peso de todo el juego en realidad, si bien también era cierto que la decisión final siempre era suya, de tal manera que la presión venía acompañada de autoridad, cosa que yo, por el contrario, era un espectador sin poderes… lo cual no entrañaba tantos riesgos, pero quizás me hacía vivir en una incertidumbre mayor.

Salía de la ducha cuando escuché unos ruidos. Tacones. Tacones y nada más. Era María que llegaba. Escuchaba cómo entraba en nuestro dormitorio y yo hacía tiempo encerrado en mi cuadrilátero vaporoso, como si no tuviera el valor de enfrentarme a su decisión final.

Me sentía ciertamente acobardado, y la escuchaba trastear en el armario, cambiándose de ropa. Y yo me lavaba la cara, y mi corazón bombeaba sangre, mientras los sonidos me indicaban que ella se iba al salón.

Y yo me planteaba qué quería yo. Y no lo sabía. Quería todo y nada. Quería a María abrazada a mí en nuestro sofá. Y la quería… con Víctor, con Edu o… realmente casi con quién fuera. Y sentí que si bien había evolucionado en ciertos aspectos derivados de aquella locura, no había avanzado nada, o no había cambiado nada, mi sentimiento de culpa por saber que la quería entregada.

Salí finalmente del cuarto de baño y fui hacia el dormitorio. Me vestí con un pantalón corto y una camiseta y me armé de valor para ir al salón y hablar con María.

Caminaba por el pasillo y llegué a pensar que el lenguaje corporal y hasta la ropa que vistiese María podrían ser suficientes para indicar el veredicto.

Aparecí por la puerta y María vestía un camisón negro lencero y finísimo. Me alarmé.

Caminé hasta el otro sofá. María seguía levemente pintada, pues no había pasado por el cuarto de baño. Veía la tele, desganada, con sus piernas cruzadas. Aún no habíamos pronunciado ni media palabra.

Todo constituía un presagio que era positivo y negativo. Miré mi teléfono y no había noticias de Edu y pasaban un poco de las nueve de la noche. Con mi corazón bombeando sangre de tal manera que me afectaba a la respiración, dije:

—¿Has hablado con Edu?

—No —respondió, sequísima.

—¿Entonces…?

—Entonces nada, Pablo —contestó aún más cortante.

De golpe me vi, nos vi, mirando hacia un televisor que no nos importaba lo más mínimo. Y pensé que igual había errado, y su camisón era simplemente su camisón, y seguir pintada simplemente obedecía a que el cuarto de baño había estado ocupado. Y no sabía si me alegraba o no.

Pasaban los minutos, como si constituyeran cada uno un cubo de aire denso que no dejaba respirar, y yo no sabía qué hacíamos, pues era como una espera, pero cómo si no hubiera nada que esperar.

Pero entonces, de repente, la espera de la nada pareció cobrar sentido, y el teléfono de María se iluminó, allí posado sobre la mesa de centro, y el mío, que tenía en mi mano, también cobraba vida.

Edu había escrito en nuestro grupo de tres. Y ni me dio tiempo a ponerme más nervioso, y leí:

—María, como no me des la dirección todo esto a tomar por culo, te lo digo en serio.

Alcé la vista y la vi, súbitamente acalorada, inclinada hacia adelante. Y disimuló un resoplido, y me mató que le temblaran un poco las manos mientras le respondía. Me dolía tremendamente verla así.

Ella, con la melena tapándole parte de la cara, escribía con aquellos dedos largos que le fallaban y yo veía entonces su texto plasmado en mi pantalla:

—No voy a hacerlo con Víctor, te lo he dicho mil veces.

—Vale. Tú verás. Pues se acabó —respondía él inmediatamente.

Se hizo un silencio desolador. Yo no la miraba para no hacerle daño, a ella, o para no hacérmelo a mí. Y entonces, tras unos instantes vacíos, María se ponía en pie y con voz seria me decía que se iba a la ducha, y después a la cama, y que no le apetecía cenar.

Me quedé quieto y escuché desde la distancia su rutina, y miraba de vez en cuando en mi móvil si ella se conectaba, pero no lo hacía.

Cené algo. Me fui también pronto a la cama. Me tumbé a su lado. Sentía que ella aún no dormía. Pero no me atreví a abrazarla.

Al día siguiente, en el trabajo, intentaba concentrarme, pero sentía una tremenda inquietud, y la pregunta “¿y ahora qué?”, rebotaba en mi mente constantemente. Repasaba mentalmente lo vivido, sobre todo para intentar entender a Edu, y tenía la impresión de que Víctor venía a ser su obra maestra; conseguir que María se entregara a él parecía ser su máxima aspiración, su triunfo final. Lo que no sabía era si la negativa de ella había hecho saltar todo por los aires, como él había rematado, o si su respuesta no había sido más que un simple farol.

Por otro lado, la posible desaparición de Edu me abría a mí la puerta de plantear otros horizontes, otros candidatos, menos potentes, pero al fin y al cabo menos peligrosos… Si bien en mi contra jugaba que ella había negado dicha posibilidad con aquella especie de “Edu o nada”, y aquel “Edu hasta lo que dure y después volver a nuestra vida anterior”.

Si me había dolido verla teclear con sus manos temblando… más me dolió verla apagada aquella tarde de viernes. Y yo no quería sacar el tema… y ella daba la sensación de sí creer que el remate de Edu no había sido un farol.

Fuimos de compras, hablábamos de cualquier cosa... pero el elefante en la habitación y el apagón de María constituían un combo inhóspito que me envolvía a mí, arrastrándome… y yo le culpaba a él, en silencio… por su necesidad absurda de forzar siempre las cosas hasta romperlas.

El sábado fuimos a la playa. A una playa normal. Y allí las cosas mejoraron un poco. Nos bañamos. Paseamos. María leía una revista en la arena y yo notaba su pesadumbre, pero al menos no tan extrema como la tarde anterior, y de golpe me llegué a enfadar por la dependencia que habíamos creado de él, y pensé en Álvaro, en Guille, en Roberto, en aquel hombre de Estados Unidos… y maldecía que María plantease aquel “Edu o nada”.

Dimos otro paseo por la orilla, ya al atardecer, y recordé aquel paseo de ella con Edu, con la camisa, comprada para excitar a Víctor abierta, y con sus pechos imponentes expuestos… Y, justo en el momento en el que pensaba aquello, vi a una pareja que estaba cerca de cruzarse con nosotros, y yo veía que el hombre, a cada paso que daba, se sentía más tentado de mirar a María, y lo quería disimular… pero finalmente acababa cayendo, y su mirada brotaba sucia, sucísima, y me impactó; sus ojos acabaron yéndose con lascivia hacia aquel bikini azul, hacia aquellas piernas… hacia aquellos pechos… hacia aquel rostro dulce a la vez que serio… y yo me sentí incómodo, y a la vez afortunado, y a la vez incompleto… y… entonces, saltándome todo el orden, toda la lógica, y todo mi autocontrol, exploté:

—Estabas increíble paseando con la camisa de Víctor abierta.

—No me hables de Víctor, anda… —contestó ella, en un tono no tan rudo como habría esperado.

Seguimos unos metros más, en silencio, y después me vi planteándole ir al día siguiente a la playa del fin de semana anterior. Ella escuchaba callada como yo me atropellaba en mi propuesta. Hasta que dijo:

—¿Pero ir exactamente a qué?

—A jugar. Tú y yo.

—No, Pablo.

—A ver… que no te digo hacer nada. Simplemente estar.

—¿Estar?

—Sí, estar… Que te miren… ¿Has visto cómo te ha mirado ese? Estar, sí. Vale que lo de Edu es otro mundo, pero también hemos hecho cosas nosotros sin él, cosas que hemos disfrutado. No sé por qué tiene que ser todo o nada…

María no respondía y yo me daba cuenta de que habían cambiado las tornas, de que durante meses ella había planteado situaciones excitantes intermedias, y siempre había sido yo el que había demandado y necesitado todo. Ahora parecía al revés.

—No lo sé, Pablo… —dudaba ella, que no parecía verle el sentido.

—Solo estar, María. Bueno, eso... no solo estar… que te miren… que… te deseen… Eso nos puede llegar… no sé.

—Tú quieres que vuelva a pasar lo que pasó con el crío ese, Pablo. Cómo pretendes decirme ahora que solo quieres que me miren…

—Que te juro que no, María. Te lo juro.

Se hizo un silencio. Yo deseaba que María dudase. Y, sin estar seguro de que fuera buena idea, dije:

—Además, es una forma de decirnos a nosotros mismos que no le necesitamos.

Seguimos caminando un poco más, y entonce dijo:

—Te juro que a la mínima que te pongas pesado... y que… me empieces a pedir más… o sea… más que nada, porque no va a pasar nada… me voy, contigo o sin ti, pero me voy.

El paseo concluía con aquella frase suya, que me recordaba por contenido y forma a tantas otras de meses pasados, y llegamos después a nuestras toallas, y María se ponía una camiseta…y yo sentí entonces y repentinamente un efervescente deseo de mostrarme, y de mostrarle a Edu, que no era imprescindible.

CAPÍTULO 26

La mañana siguiente comenzó con un desayuno ameno, una María templada y un mensaje de Rubén, que no la alteró lo más mínimo, lo cual me sorprendió, pero después comprendí.

Yo leía disimuladamente de aquel teléfono, que yacía sobre la mesa, demandas de él para que ella le respondiera, pero ella no lo hacía. Y es que parecía que sin Edu no podía haber Rubén, y yo sentía que aún no había digerido, o no acababa de comprender, cómo Edu se había inmolado de aquella manera, y no me acababa de creer su espantada. María sí parecía asumirlo.

Aparte de su desplante a Rubén, otro elemento de aquella mañana que a mí me pareció negativo, o al menos decepcionante, fue que María quiso ir pronto a la playa, justo después de comer, para así poder volver pronto, ya que al día siguiente madrugábamos por ser lunes, y yo sospechaba que las mejores horas para jugar serían las horas tardías y crepusculares.

Y no tardé en confirmar que estaba en lo cierto, ya que, cuando llegamos, todo parecía diferente, por la marea, por la cantidad de gente… Ya no era un recoveco onírico sino una cala más, nudista, sí, pero sin aquel poso de vicio, como el propio Edu había expresado.

Miré a mi alrededor, mientras colocábamos nuestras toallas, y veía bastante gente, demasiada, sobre todo hombres, parejas de hombres y hombres solos, apenas alguna mujer y de edad avanzada, y ni rastro de los chicos del fin de semana anterior. Pieles flácidas, cuerpos excesivamente tostados, y alguna mirada, pero más curiosa que sucia.

Aunque no todo fueron malas noticias, y es que seguramente de forma inconsciente, sin haberlo pensado previamente, esperaba una María como la de meses atrás. Pero no, ella ya había cambiado, no sería la María nacida por las ideas de Edu, pues faltaba él y el juego con él, pero tampoco era la María original.

Se llevó de manera casi inmediata las manos atrás, al nudo de la mitad de su espalda y al de su nuca, y liberaba un bikini azul, de tonalidad similar al del día anterior, pero sin la consistencia de las copas y sí con la liviandad de los triángulos. Sus pechos brotaron libres e imponentes, allí sentada, fingiendo que la playa no cambiaba por dicha liberación.

Miré a nuestra izquierda y la gente parecía dispersa y ajena al cambio, y miré a nuestra derecha y sí vi a un hombre, solitario, mayor, arrugado, delgado y sin un solo pelo en cabeza y cuerpo, que no se cortaba en paladear la súbita excarcelación de María; completamente desnudo, tumbado boca abajo, con una mirada apagada e irreverente, la escudriñaba. Y yo entonces opté por quitarme el bañador, y el señor, que seguramente pasaba de los sesenta años, se tenía que ver sorprendido por aquel contraste entre la exuberancia de ella y la nimiedad mía.

Apenas unos segundos más tarde de que María se recostase y yo hiciera lo propio, aquel hombre me sorprendió, y me sobresalté, y es que se ponía en pie. Y no solo eso, sino que caminaba hacia nosotros, mostrando una cadena de plata colgando de su cuello y un miembro retraído, que colgaba incluso menos que sus testículos. Y mi corazón se iba acelerando a medida que él se acercaba, pero entonces acabó por desviarse, haciendo un extraño recorrido para dirigirse finalmente hacia el mar. Y yo llegué a dudar si habían sido imaginaciones mías, o ganas de que fuera cierto, o ganas de él de ver a María más de cerca, pero desde luego no había cursado una trayectoria lógica.

Aun sin haberme repuesto del sobresalto, María se incorporaba de nuevo, se llevaba las manos a su braga azul y se la quitaba con parsimonia. Las recogió, las dobló con cuidado, y su vello recortado quedó expuesto, como sus pechos; completamente desnuda. Y yo miré de nuevo a nuestro alrededor y maldije tanto hombre aparentemente desinteresado.

Una vez superado un poco el impacto inicial, estando de nuevo ambos recostados, mirando hacia el mar, le dije:

—Hoy no te ha costado nada.

—¿El qué?

—Desnudarte del todo.

—Es que yo me desnudo cuando quiero.

Se hizo un silencio entonces y yo miraba cómo aquel señor se bañaba en la distancia, y era consciente de que a su vuelta podría ver de frente el precioso coño de María, cuando ella continuó hablando:

—Yo me desnudo cuando quiero… No… cuando un crío me viene además con la excusa de… espíritu libre… y demás historias.

—¿Te dijo eso? ¿Espíritu libre? —pregunté, en una media sonrisa.

—Algo así —respondía ella, más seria.

Yo miraba constantemente a mi alrededor, en busca de alguien que mirara a María con deseo, y me frustraba porque no fuera así. De hecho había un chico muy alto, de pelo negro, cuerpo atlético y ojos claros, que parecía ser el centro de casi todas las miradas, o al menos de las miradas activas. Y el único que me daba alguna pequeña alegría era aquel viejo que pronto comprobé que no decepcionaba en lo previsto, y comenzaba a salir del agua, de forma directa hacia nosotros.

Yo no sabía si María siquiera sabía de la presencia del señor, o si era consciente de que su coño estaba a la vista de quién pasease por la orilla, pero aquel hombre no se cortó en caminar en línea recta, mirarla, mirarle las tetas que reposaban y se dispersaban por su torso, y en mirarle el coño… Y su polla, o al menos esa fue mi impresión, asomó un poco, o al menos no lució tan retraída… y, mientras se desviaba hacia su toalla, se quedaba grabada en mi retina su mirada morbosamente deshonesta.

—¿Te bañas? —me preguntó entonces María.

—Después.

—Pues voy yo, que me estoy agobiando de calor... —dijo ella, y mi negativa había sido sincera, y obedecía a que no me apetecía, pero comprobé que había sido especialmente acertada, pues pude ver cómo ella se ponía en pie, mostrando su culo desnudo y sus nalgas delineadas que llamaban a ser tocadas con una sugerencia tan intensa como sus pechos, y caminaba, hacia el mar, y se atusaba el pelo, y sus pechos se notaba que se balanceaban, a pesar de verla de espaldas, y miré a mi derecha, y aquel viejo, sentado, con una rodilla flexionada, no es que la observase con lascivia, es que directamente la devoraba.

María se gustaba y seguramente comenzaba a sentir la frustración de no estar llamando tanto la atención como quisiera. Y quizás no fuera culpa de nadie y la causa de no ser una pieza extraordinariamente codiciada obedecía a la orientación sexual mayoritaria de la playa, pero eso no acababa de rebajar el sentimiento de chasco o desilusión.

Su culo. Su coño. Sus pechos. Su melena ondeando. Su descarada y provocadora exposición. Si me lo hubieran dicho un año atrás no lo habría creído. Como también me costó creer los escasos segundos que el viejo tardó en ponerse en pie y sí seguir una senda lógica en dirección al mar.

Me incorporé y veía el culo dorado y flácido del viejo alejarse, dispuesto, sin rastro de marcas de sol, lo que me indicaba su asiduidad. Y algo me subió por el cuerpo, unos nervios aún controlables, y su presteza en aquel ataque me hizo pensar que quizás fuera una señal, en aquel mundo, que una parte de una pareja fuera sola al agua, pues recordaba a la seguridad del chico del fin de semana anterior.

María se sumergía, de espaldas a la playa, con cuidado de no mojarse la melena, y el viejo entraba en el agua. Y avanzaba. Y yo miraba a mi alrededor y veía menos gente, lo cual me alegraba. Y el señor se ubicaba cerca de ella, y recordaba a lo sucedido una semana antes, pero no llegaba a situarse tan cerca.

Dudaba de si estaban hablando o no. A veces me parecía que sí. Y miré de nuevo a mi alrededor y me pareció ver al chico de la otra vez… y no estaba seguro, y busqué con mi mirada a la chica por si ese dato pudiera ayudarme, pero no la vi. Y el chico se giró y supe claramente que no era él, y se volvió a girar, y de espaldas era prácticamente igual. Era tan parecido que cogí mi teléfono y le saqué una foto desde la distancia, aún sin saber para qué, seguramente para plantearle o asustar a María con aquel parecido. Y después volví mis ojos al mar, y María salía del agua, y sus pechos botaban empapados y goteantes, y sus pezones lucían tan erizados que impactaban, y sus zancadas largas intensificaban esos rebotes de sus tetas, y su vello púbico mojado me obligaba a llevar mis ojos allí, mientras el viejo arrugado la observaba irse, y le miraba el culo brillante por el sol y las gotas saladas del mar, sin cortarse.

María llegó, se tumbó boca abajo, y dijo:

—Ya se nota más caliente.

—¿El qué? —pregunté.

—El agua. El mar. Qué va a ser.

—Ah, ya. Cada semana… hasta agosto, se irá notando. Oye, ¿qué te ha dicho el viejo ese?

—¿Qué viejo? —respondía ella, con los ojos cerrados.

—El que estaba a tu lado en el mar.

—Ni idea. Está lleno de viejos. No me dices mucho con eso. Pero nadie me ha dicho nada.

Una vez que María ya no estaba en el agua, aquel señor no tenía mayor interés en seguir a remojo, por lo que salió al par de minutos, y de nuevo la ruta desviada, y de nuevo la revisión del culo y del coño de María que se recogía y reposaba tierno sobre su toalla. A aquel viejo poco le faltó para agacharse una vez estuvo a un par de metros… y después volvió a su puesto de control.

Y yo comenzaba a estar cada vez más excitado. Y no entendía que Edu renunciara a aquello. Y tenía la sensación de que era imposible que sucediera nada con aquel viejo, el cual era incluso más repugnante que Víctor, pero pensaba que si Edu estuviera allí, sería más posible que sucediese.

Dejé a María descansar y miré hacia aquel señor y lo noté pendiente de nosotros, pero no llegaba a mirarnos directamente. Al rato le propuse a María pasear, pero no quiso, quizás porque no le apetecía o quizás porque una cosa era exhibirse en aquel ida y vuelta al mar, y otra cosa era una exposición a campo abierto.

Acabé por ir yo a bañarme y, tan pronto el agua me cubrió por el pecho, me di la vuelta y llevé mi vista a la costa, y vi que María, boca abajo, no estaba tumbada del todo, sino que apoyaba sus codos y su cara estaba girada hacia aquel viejo, que ahora sí, con toda seguridad, le hablaba.

Él no había cambiado su postura, seguía sentado con aquella pierna flexionada, y yo envidiaba y a la vez me sentía excitado por su descaro; un hombre casi en los setenta, delgado… hueso y pellejo, con aquella polla mediocre, tanteando, aspirando a María, aspirando a su potencia, exuberancia y belleza… Y de nuevo maldije a Edu, y maldije su infantilismo y su orgullo, o lo que fuera que le hacía ser así.

Y María se giró entonces, y se sentó, abrazada a sus rodillas, y miraba al mar y a veces a él, para responderle. Y él parecía impasible, como si tantear a una mujer como ella fuera una rutina de domingo.

María se hacía pequeña, en aquella posición casi fetal, pero mantenía un espacio entre sus piernas gracias al cual su coño permanecía expuesto para quién quisiese. Y yo no sabía qué hacer, pues quería verla, ver si le despachaba con chulería o si se dejaba mecer… quería saber si se ruborizaba o si se mantenía impertérrita… y dejó entonces de mirar hacia él, y pasaban los segundos y parecía que ya no hablaban… Y acabé optando por volver hacia ella, y, mientras me acercaba, comprobaba que la postura de María protegía sus pechos pero exponía su coño de manera infartantemente indecorosa.

Y yo no estaba acostumbrado al nudismo, y lo notaba sobre todo en aquellos contextos… en ver que estaba allí su coño, listo y preparado, sin ropa, sin nada… como si ella llamara a cualquiera para que la invadiese y penetrase… Sentía que solo había que colocarse allí, separar aquellas piernas… y… enterrarse... follarla… como si la ausencia de ropa suprimiese el cortejo, y aquel sentimiento y pensamiento me hacía caminar excitado y ligeramente empalmado.

Acabé por sentarme a su lado. Con una erección disimulable gracias a mis dimensiones. Ambos en silencio mirando hacia el mar. Y pronto la sentí… no tanto como ruborizada, pero sí inquieta, y le susurré:

—Ahora sí habéis hablado.

—Ah, ¿era este?

—Sí. ¿Qué te dijo? —le pregunté, siempre entre susurros.

—Nada, lo típico. Que si nunca me había visto por aquí… que si eres o no mi novio…

—Vamos. Que quiere tema.

—Parece.

—¿Y? —pregunté.

—Vete a la mierda, Pablo. En serio te lo digo —dijo, bordísima, e, inmediatamente después, se giró y volvía a tumbarse boca abajo.

Me enervó su forma de dirigirse a mí. Tuviera razón o no. Resoplé. Y miré hacia el viejo, que ahora sí nos miraba, pero no me hacía seña o gesto alguno. Y sentí y supe que Edu sabría qué hacer, que él sabría llevarla… y, casi descompuesto por la ira, hice una cosa que no estaba seguro de ser buena idea, pero la hacía igualmente: cogía mi teléfono… y le enviaba a Edu la foto del chico que se parecía al del fin de semana anterior, y lo acompañaba con un texto:

—Mira lo que te estás perdiendo. Por gilipollas.

Lo envié, a nuestro chat individual, y no me sentí liberado, ni sentía que le daba su merecido, sino que me parecía que, de nuevo, un impulso irracional podría acabar metiéndome en un problema.

Me tumbé boca arriba. Miré al cielo. Y no quise comprobar si me respondía.

Miraba las nubes pasar y me sentía intranquilo, agitado. Y me puse en pie, sin pensar, y me fui a la orilla, y miraba hacia María y hacia el viejo, y deseaba que él le hablara otra vez. Pero no lo hacía.

Yo me veía allí, desnudo, con mi miembro exiguo y nadie me miraba, como si no existiera, y la playa se iba vaciando y volví hacia María.

Una vez a su lado, y consciente de que su enfado ya tenía que haberse diluido, comencé a acariciar uno de sus muslos desnudos, lentamente, en movimientos cada vez más largos, y pronto tuve la tentación de que mis caricias fueran llegando cada vez más arriba, hacia su coño expuesto, pero, justo antes de ese atrevimiento, María abría los ojos, se incorporaba, se sentaba a mi lado, y me decía:

—Pablo.

—¿Qué?

—Mira, lo de Edu se acabó, ¿vale? No ha tardado ni... cuatro días en demostrar otra vez que es un imbécil y que no se puede contar con él.

—Ya… —respondía yo sin saber a dónde quería llegar.

—Por otro lado yo no quiero saber nada de Begoña. No soy como tú, no quiero saber si follásteis dos minutos o seis horas, si te corriste, si fue el polvo de tu vida o el peor. No es que me de igual, es que no lo quiero saber, que no es lo mismo.

Yo la dejaba hablar, y ella lo hacía en tono bajo y neutro, y tenía la sensación casi de que era un discurso, sino preparado, si masticado.

—Ahora, volviendo a Edu —prosiguió—. Si quieres te cuento lo que pasó después de lo de Carlos y damos... carpetazo.

—¿Ahora? ¿Lo que pasó después en su casa?

—Sí, ahora. Te lo cuento... que el viejo ese vea… cómo te empalmas... y ya después nos vamos.