La plaza de las madres
Mirella solo quería comprar nabos, pero la tienda escondía un pasillo de gemidos y puertas entreabiertas. Lo que creía un encuentro rápido se convierte en una lección de sumisión bajo la mirada fría de un espejo. Su marido no la espera en casa; la espera observando.
Era febrero en una ciudad de provincias española. El día era esplendido, muy frio, pero soleado. La plaza con columpios donde todas las madres iban después de recoger por la tarde a los niños en el colegio estaba llena.
Maite se sentó en un banco y dejo que sus hijas fueran a los columpios.
- ¡Hola Maite, que tal! (dijo Mirella, otra de las madres del colegio, sentándose a su lado)
- Bien, un poco cansada, he tenido un día terrible en la oficina, ¿y tú?
- Bien respondió Mirella, con un poco de frio, en las piernas.
Mirella llevaba una de esas minifaldas vaqueras con medias color carne que realmente para su edad no era muy apropiado, aunque a sus 38 años lucia buenos muslos sin apenas celulitis.
- y Juan, ¿qué tal? Me ha parecido verle antes cruzar al final de la plaza.- dijo Maite
- ¿Juan? ¡Qué va, sería otro! Anda muy liado en la obra. ¡Oye!, una cosa, Podrías pegarle un ojo a Pablo mientras voy a hacer la compra al pakistaní de la esquina.
- ¡Claro mujer! dijo Maite.
Mari Carmen que se había sentado con ellas se rio nerviosamente.:
- Jiiijiiii compra verdura que está muy bien, los nabos son esplendidos, jiiijii
- Que burra eres Mari Carmen dijo Maite.
Mientras Mirella se alejaba Maite se fijó en su culo. ¡Que buen culo tiene! Pensó.
Maite nunca había tenido pensamientos lascivos con otras mujeres, pero sin saber por qué, quizás por el comentario de los nabos, en su mente apareció el culo de Mirella desnudo trepanado por un miembro descomunal que ella estaba bombeando.
Mientras, Mirella entró en la tienda de los pakistaníes y fue haciendo rápidamente la compra. En menos de 5 minutos lleno dos bolsas con verduras, leche y otras cosas, las dejó en el mostrador y le preguntó al tendero si tenía nabos.
El tendero sonrió,
¡Claro señora! Al fondo del pasillo de la derech....
Mirella ya estaba en el pasillo cuando el tendero estaba terminando su frase. Al fondo del pasillo a cuyos lados había todo tipo de verduras había una puerta. Al llegar, Mirella oyó el zumbido característico de un portero automático y empujó.
Un largo pasillo con puertas a los lados se abrió ante ella.
Faizan uno de los tenderos pakistaníes estaba en la entrada. No vestía como cuando atiende en la tienda. Tenía el torso desnudo con solo dos tiras de cuero cruzadas en el pecho enganchadas a un slip, también de cuero, que estaba agujereado y dejaba ver los huevos y un buen pene en reposo.
- Mirella sonrió excitada.
- Hola Mirella – dijo Faizan- ¿Qué te apetece hacer hoy?
- No sé, cariño, algo rápido que he dejado a mi hijo en el parque con una amiga.
- Vale, acompáñame, te llevaré con Asad
Al pasar por las puertas cerradas se oían gemidos, chapoteos, sonidos de sexo. Solo una estaba entreabierta. Mirella se descolgó de Faizan y se asomó a mirar con curiosidad.
No dio crédito a lo que vio. Sandra la profesora de su hijo estaba totalmente desnuda. Tenía una barra de acero con dos esposas a los extremos abrochadas a sus tobillos manteniendo sus piernas muy abiertas. Un negro de casi dos metros le estaba dando por culo con una fuerza y un brío intensos. La polla entraba y salía del culo como si fuera su vagina. Sandra tenía su barriga apoyada en un potro. Sus grandes tetas bamboleaban chocando continuamente con la pared apuesta del potro. En ese lado estaba Farid follando la boca de Sandra, hilos de saliva iban cayendo en el suelo mientras las gafitas de profesora de Pablo estaban totalmente empañadas.
La mano derecha de Mirella ya estaba en su clítoris cuando Faizan cerró la pueta:
- Mirella, ya sabes que la discreción es importantísima en este negocio. ¡No cotillees!
- Era Sandra la profesora ¿Verdad?
Faizan la miró descontento y le pegó una sonora cachetada en el culo,
- ¡No te he dicho que no cotillees Puta! Anda, bájate las bragas que ya hemos llegado.
Mirella comenzó a bajarse las bragas y las medias mientras pasaba a una sala con una luz verde intensa. Asad que estaba en el fondo de la sala le dijo:
- Vale, así está bien, déjatelas en las rodillas que me han dicho que tienes prisa.
Asad era enano, pero estaba muy bien dotado. Su miembro de unos 20 cm era grueso y nervudo. Nadie sabe por qué, pero casi siempre estaba empalmado.
- Ponte a cuatro patas en la alfombra.
Mirella obedeció. Si mediar mas palabras Asad se la metió de un solo golpe. Mirella gritó como un cerdo. Conforme Asad la cogía, los gritos de Mirella se iban tornando en gemidos. Y gemía fuerte, en un Crescendo continuo. Hasta que de repente se calló, parecía que ni respiraba. Se estaba corriendo. Fueron 10 largos segundo en los que Asad seguía bombeando sin piedad. Su polla a pesar de sus dimensiones entraba y salía del afeitado coño de Mirella como el pistón de un motor.
Cuando Mirella abrió los ojos y volvió a respirar tenía delante de su cara la inmensa polla del enano. No entiendía como Asad ha cambiado de posición tan rápido.
A Mirella no le dio tiempo a pensar en nada más. Asad se la metió en la boca y se corrió. A pesar de que inmediatamente Mirella tragó, hilos blancos de semen salían por la comisura de sus labios. Asad se retiró y Mirella con la cabeza baja dejaba caer los restos de semen en la alfombra.
Mirella levantó la cabeza y todavía con restos de semen en la cara miro al espejo que estaba en la pared de enfrente y dijo:
- ¿Te ha gustado, Juan?
Al otro lado del espejo Juan, su marido, con los pantalones bajados y la polla ya flácida en la mano contestó entre jadeos:
- Eres una puta zorra cariño, me ha encantado.
(Continuará)
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