Xtories

Un día normal(o el primer día que me abrió el ano)

Siempre había explorado su cuerpo a solas, pero nunca imaginó que un hombre podría tocar cada rincón de su ser con tal maestría. Esta noche, él no solo busca el placer, sino romper sus límites más profundos, y ella decide confiar ciegamente en sus manos.

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Un día cualquiera (o el primer día que me abrió el ano)

Si os digo que cuando hago el amor con mi novio, rozo el éxtasis es poco. Nunca antes me las había codeado con un HOMBRE como él en la cama. Su forma de tocarme y

hacer que me tiemble el cuerpo, sabiendo que me espera una auténtica odisea de placer, frenesí y deseo hacen que mi flujo fluya por mi vagina y gorgotee por mis muslos

para facilitarle la entrada a su pene erecto y enfurecido.

Todas las veces en las que nuestros cuerpos van a empezar a moverse como unas locomotoras, observo una mirada en él que me aterra y que, a la vez, provoca un escalofrío que parte de mi clítoris y recorre todas mis entrañas, porque sé que se avecina algo nuevo y lo quiero todo.

Hasta conocerle a él, yo había experimentado a solas con mi cuerpo pero nunca cómo él lo hace. A menudo, siendo muy pequeña, me escondía por las habitaciones y daba rienda suelta a mi propio placer. Mi imaginación volaba y lograba que, en cuestión de minutos, mi cuerpo se pusiera duro como una tabla y, echando la cabeza para atrás y moviendo mis dedos lo más deprisa que podía, sintiera una descarga eléctrica que me hacía repetir una y otra vez hasta quedarme profundamente rendida. Era, sin saberlo, multiorgásmica. Ya más crecidita, empecé a meterme cacharros de todo tipo por mi vagina para averiguar cuál era mi límite. No lo había. Enganchada a ese deseo por satisfacer mi cuerpo, repetía y repetía, desencadenando un orgasmo tras otro hasta la extenuación. Me masturbaba si quería concentrarme en el estudio, si estaba enfada, si estaba contenta, si quería dormir, si quería despertarme…

Yo no era la típica chica ñoña que rehúye el sexo, sino todo lo contrario. Mi vagina era la gran explorada, pero mi ano lo había dejado olvidado, pensando que quizá no diera tanto placer, lastrada por la creencia de que era algo malo y prohibido.

Cuando me ponía espejos para mirar esa triada de agujeros mágica, observaba ese orificio de lejos. Es cierto, que mis agujeritos son preciosos. Tengo la vagina rosadita, bien tersa y depilada. Mi uretra (también explorada, pero os lo cuento en otra historia) fina y alargada. Y mi ano, pequeñito, prieto y sin un solo pelo. Antaño los miraba y sólo centraba mis esfuerzos en mi vagina.

Un día de esos, en el que ya era la tercera o cuarta vez que nos follabamos, él comenzó a besarme. Primero en mi boca con su lengua ardiente y juguetona, enredándose con la mía. Cuando ya estaba segura de querer volver al ataque, comenzó a tirarme de mis pezones sin ningún tipo de cuidado ni miramiento, mientras me mordía fuertemente en el cuello. Él ya sabía lo que quería de mi aquél día y hacia dónde iba. Tan sólo le faltaba lanzarme la pregunta. Yo ajena a todo ello, le besaba apasionadamente y estiraba mi cuello para que me mordiera más y más fuerte. A los pellizcos de mis pezones, yo respondía mordiéndole a él, mientras él insistía e insistía en darme tironcitos al ver que se ponían erectos. Sus manos fuertes y seguras se paseaban por todo mi cuerpo, como de costumbre, sin ningún tipo de pudor y comenzó a darme los mismos tirones pero en los labios de la vagina. Jugaba a acariciármelo en circulitos y a introducir poquito a poquitos sus dedos. Ya, toda empapada, mi mano encontró su polla.

Menuda polla. Siempre ardo en deseos de metérmela en la boca y ahogarme con ella. Me gusta tanto chuparla, olisquearla, morderla y pasar mi punta de la lengua de arriba abajo, que ya no concibo follar con él sin que entre en mi boca, al menos, varias veces.

De pronto, le miré a los ojos y con la mirada le pedí permiso para que me permitiera adorarle su miembro, tal y como un dios se merece, restregando, primero, mis pezones y luego inclinándome hacia él para empezar a dar rienda suelta a mi desenfreno. Él comenzó a mover su cuerpo y hacer gemidos de placer. Yo seguía y seguía insistiendo empoderada por su cara de placer y tembleques y cada vez le chupaba y succionaba con más fuerza, agarrando muy bien su pene con mi mano y marcando muy bien las bajadas mientras mi boca abarcaba el resto. De pronto me pidió que parara: ese no iba a ser el día en el que me iba a tragar la dulce miel que eyecta. Él quería darme más placer a mí.

Mi turno. De un sólo movimiento me tumbó boca arriba y comenzó su trasiego por todo mi cuerpo hasta llegar a mi triada. Creo que no tengo agujeritos suficientes para él y que le encantaría tener más bocas y manos para matarme a orgasmos. De forma muy rítmica, empezó a succionar mi clítoris. Mi cuerpo se contraía con cada succión y mordisco y cuando pensaba que ya no podría tener más orgasmos y que me iba a morir de placer, introduce, con fuerza, un dedo que, en forma de ganchito, llegó de una estacada a mi punto G. Se me nublaba la vista. Pero para él nunca es suficiente. A ese primer dedo, le siguieron dos, tres hasta que metió su puño entero, hasta mis entrañas, aprovechando que estaba super excitada y mojada. Pero él quiere más de mí. Después de todo ese huracán de orgasmos, pensé que por fin me iba a meter su ansiada polla en mi coñito pero ese día, un día cualquiera, se quedó quieto y, mirándome a los ojos me preguntó:

- ¿Te gustaría que te la metiera por el ano esta vez?.

- ¿¿Por el ano??. No vas a poder, nunca nadie ha podido… es que está muy prieto.

Sonrió pícaramente y me dijo:

- No hay nada que yo no pueda hacer.

Me quedé estupefacta pero comencé a relajarme en cuanto me dio un beso y volvió a deslizarse por mi cuerpo, besando cada recoveco de forma muy cariñosa para terminar posando su mirada en mi orificio. Esta vez, yo estaba más inquita y algo menos segura de mi misma, pero de nuevo vislumbré esa mirada suya de dominio absoluto y “follador profesional” y decidí ponerme en sus manos y someterme, por completo, a su voluntad. Mi cabeza estaba inundada de preguntas parecidas a las que te puedes hacer cuando eres virgen: sería capaz de conseguirlo, si me dolería, si saldría todo manchado, si me gustaría, qué pensaría después de mi…

Introdujo sus dedos nuevamente en mi vagina, impregnándose bien de mi flujo, que depositó directamente en mi boca para que yo también probara de mi elixir. Otra vez

más, los introdujo en la vagina, y esta vez comenzó a restregar mi flujo, que caía a chorretones, por mi ano. Introdujo la puntita de uno de sus dedos, con muchísimo cariño, mientras continuaba chupándome el resto de mis orificios. Sacó su dedito y empezó a darme lametazos en el ano. “No va a poder, es imposible”- pensé. Pero ahí estaba él, mi hombre, el que manejaba toda la situación con gran maestría, coon ese dominio, esa lascivia y prepotencia que le caracteriza en la cama.

Ese dedito que se había asomado tímido en la entrada de mi ano, comenzó a hacerse paso ya de forma más visible hasta que se introdujo del todo. Eso dolía pero muy

poquito. No sabía si me dolía más, o me excitaba a rabiar. Su pulgar se introdujo en mi vagina, y con el dedo que estaba dentro del ano, me hizo una especie de pincita que todavía me excitaba más. ¿Dónde había estado este hombre toda mi vida? Empecé a perder la vista para dejar paso a los temblores de placer. No estaba muy convencida de seguir y le rogaba que lo dejáramos ahí, que yo ya había tenido mucho placer, pero él no me iba a permitir volver atrás. Se acercó nuevamente a la altura de mi cara y me preguntó: ¿Estas bien amor?. Con muchas dudas, le dije que sí con la cabeza y me besó,

Él tenía un solo objetivo. Lo supe en cuanto se levantó y cogiendo mis piernas con una sola mano puso mi culo en pompa. Ya no había ni escudos, ni tapujos. Estaba

totalmente expuesta a su voluntad.

Su pene estaba más duro que nunca y apuntaba perfectamente la entrada de mi ano. Yo ya no me resistía más. Estaba sometida a él y a sus deseos. Mi cuerpo, paralizado, habría permitido cualquier cosa, siempre que fuera él y su arma los ejecutores.

Otra vez, introdujo su dedo en mi boca y comencé a lamerlo de arriba abajo; esta vez, por mi bien. Me miró. Sonrió. Introdujo su dedo en mi ano y esta vez comenzó a hacer circulitos dentro de él. Ya estaba todo preparado.

De soslayo y dejándome hacer, vi que se moría de deseos en ser el primero en romper los tejiditos que se encontraban tras la entrada del ano. Ser el primero que sí podía, y derramar su leche por todo mi culo. Se podría correr sólo de pensarlo.

Le miré y le dije con cara de “no me folles, pero follame toda entera”:

- Despacito

Puso la puntita de su polla, en la entrada de mi ano, dirigida hacia donde iba a centrar su disparo:

- Si amor, muy despacito.

Ya tenía su glande en mi orificio y me volvió a susurrar “Despacito” mientras cerraba los ojos, me agarraba de las caderas con fuerza y me embestía sin ningún miramiento, con toda la ira de su pelvis. Grité de dolor ya que notaba como me desgarraba el culo.

- ¡Para amor!

- ¿Paro?

- No, no… no pares por favor, y dame todo lo fuerte que puedas.

No me podía creer que aquel maravilloso hombre tuviese su polla introducida en mí y que jadeara con cada embestida rítmica y desatada que me hacía. Se estaba muriendo de placer y yo era su objeto. Yo no me podía correr más, ni dar las gracias por ese regalo del cielo que era mi chico y sus ganas de follarme toda entera. Le veía desatado, mientras me clavaba sus uñas y me miraba con ese halo de suficiencia diciéndome…”¿ves?”. Yo pensaba para mis adentros, “si amor, ya veo. Eres un follaDios”.

No contento con todo eso, introdujo su puño en mi vagina y se quedó perplejo mirándome:

- No hay muchas pelis porno, donde las tías puedan hacer esto

- Eh amor, es que no te tienen a ti.

Yo quería moverme o darle placer a él de algún tipo; pero intimidada por su sexo y sin ninguna capacidad de movimiento, todo el placer me lo estaba llevando yo.

- ¿Cuántos orgasmos llevas amor?

- No lo sé.

- Pues toma uno más

En serio, ¿dónde había estado este hombre toda mi vida?.

Comenzó a mover la pelvis más rápido, metiendo y sacando con desenfreno su polla que parecía enfadada con mí ya, enrojecido ano. El flujo resbalaba por mis muslos y de repente sacó su pene de mi ano, para introducirlo de un golpe en mi vagina.

Creía que me iba a morir del todo. Ya no había vuelta atrás, me estaba follando de arriba abajo y lo hacía tal y como a él le daba la gana, disfrutando de mi cuerpo y haciendo uso de él a su antojo.

- Me voy a correr- Me dijo.

- Vale amor, pero reviéntame, quiero todo tu semen corriendo por mis venas.

Volvió a meter su pene en mi ano (esta vez entró sin problemas, ya no había barreras) y echando la cabeza hacia atrás, empezó a gemir mientras me iba regalando a

borbotones su miel en mi culo.

No podía estar más agradecida por aquel regalo, y, al caer rendido encima de mí, comencé a besarle y acariciar todo su cuerpo. Así nos quedamos dormidos, su polla y mi ano unidos.