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El nombre del vato

Olga solo buscaba una cita normal, pero el destino le presentó a un hombre que no solo la salvó de la vergüenza, sino que la llevó al éxtasis. Entre besos robados en la calle y un departamento que huele a café y deseo, descubre que lo mejor no siempre es lo que se planea.

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Por fin me decidí y bajé la app. Habían sido meses y meses sin conocer a nadie y conformándome con el sexo casual con “ellos” que siempre querían, pero ya me había aburrido, no sólo de ellos como personas, sus conversaciones y destreza sexual, sino de la situación misma. Aunque es verdad que una no necesita de un hombre para ser feliz y que se puede vivir muy bien soltera, también es cierto que hay “cosas” que no puedo hacer sola y tampoco es que odie ni desprecie a los hombres. O sea, ellos me gustan, algunos, alguna vez me gustó mucho alguno, ja, en realidad creo que me he encerrado en un mundo muy personal sin estar siquiera en busca o al pendiente de alguien. La pandemia había acabado y el encierro emocional y físico ya no era obligatorio, ni funcional, me estaba volviendo un poco “loca”, de hecho.

Entonces tenía la app en mi celu, subí algunas fotos muy sin embargo y puse alguna presentación simple, escribí claramente que no me agradaba lo grosero, vulgar e irrespetuoso. Tras ello, comencé mi andar en la app.

Paso de los 30 años y el ligue ha cambiado, los de mi generación hemos visto nacer y muchas veces evolucionar a las citas en línea. Empezando como algo a lo que se le temía o se dejaba a los “raritos”, hasta la cotidianeidad que hoy representan.

Deslicé a la derecha a varios vatos, algunos porque me eran visualmente atractivos y otros varios porque lo que escribieron o sus fotos me hicieron pensar que querría conocerlos. Hasta que uno me escribió un mensaje.

Ey, Olga, ¿qué cuentas?

Nada interesante, aquí explorando la app. ¿Y tú?

Me dió un poco de sensación de urgencia el hablar con él de la forma tan fluida en la que resultó la plática. Conversamos todo el día, ya sin que yo hiciera caso a los demás mensajes que me llegaron, era muy agradable y yo estaba tan distraída que no ubicaba su nombre y me daba pena preguntárselo, obviamente estaba en su perfil, pero no lo ví.

Entonces ¿Es muy pronto para invitarte a tomar algo?

Ehhh, no, pero creo que sería prudente si me dices tu nombre antes.

Jajaja, claro que sí, discúlpame si no me presenté antes, me llamo Mateo, Olga, mucho gusto y me daría más gusto si nos conocemos en persona.

Je, sí, claro, ehh, ¿qué haces el sábado en la tarde?

El sábado me parece perfecto. ¿Nos vemos a las 4:30 en el Palacio de Bellas Artes?

Ya en el metro estaba muy nerviosa, aunque las citas por internet ya son algo más común, también lo es que vivimos en México, donde es peligroso salir con un total desconocido. Estaba a tres minutos de llegar y de verdad quería regresarme. Yo misma me tranquilicé y decidí confiar, total, era un lugar público y no haría algo que me pudiera poner en peligro, al final tal vez lo hice, pero en ese momento juré que yo era muy sensata.

Era guapo. Mateo me escribió cómo vestía y al haber visto sus fotos, lo pude reconocer. No tan alto, entre 1.75 y 1.80, a pesar de no vestir ropa ajustada, se veía que hacía ejercicio, ojos pequeños y bonitos, me agradó lo que ví y me acerqué. Antes de hablarle noté su perfume que completaba el marco de un hombre que se ve bien.

Mateo, hola.

¡Hola, Olga! ¡Wow! Te ves mejor que en las fotos y en las fotos me gustabas mucho.

Y entonces me dió un besito en los labios. Sonreí y nos dirigimos a una terraza en Madero. La plática fluyó más natural de lo que creí posible, pareció que ya nos conocíamos desde hace mucho tiempo y pasaron los minutos sin darnos cuenta; hasta que lo ví revisando su celular, varias veces en algunos minutos.

¿Te preocupa algo o tienes algún compromiso?

La verdad es que sí. En cuanto comenzamos a hablar sentí una conexión muy chida y quise conocerte en persona, por eso cuando me propusiste vernos hoy, me pareció lo máximo, pero es el cumpleaños de mi mejor amigo y justo vendrá otro amigo que no vive en México y nos reuniremos los cuatro que nos juntabamos en la Universidad, después de años ¿Quieres venir conmigo a la fiesta? Estamos a cinco minutos y podemos seguir platicando allá.

No estaba segura de querer ir a la fiesta, pero sí de seguir pasando el rato con él, así que nos fuimos. Una muy buena decisión.

En cuanto llegamos a la fiesta se notó que lo estaban esperando, varios de sus amigos se acercaron a abrazarlo y hablar con él; me presentó a tanta gente que la verdad no recuerdo a ninguno. No me sentí fuera de lugar pero sí inmersa en una reunión demasiado personal y especial para todos los demás. Mateo intentó hacerme sentir integrada, me trajo un vinito y se sentó conmigo y dos amigos más. Ellos recordaban entre risas algún viaje en el extranjero a un país que no conocía y del que no tenía mucha referencia, pero lo intentaba, hacía preguntas y ponía atención a su conversación.

Pronto fue obvio que la reunión de cuatro amigos de universidad era más que eso, sino un casi que reencuentro con muchos de sus ex-compañeros de aquellos tiempos. Entonces Mateo, junto con uno de sus amigos con quien estábamos en la mesa se paró a convivir con los demás. Y estuvo bien, o sea, yo entendía la situación, hasta me gustaba ver cómo era una persona a quien todos parecían saludar con cariño y amabilidad, pero después de una hora me empecé a sentir más que incómoda.

Ahí estaba yo, sentada con un güero extraño que creo que no hablaba tanto español, mientras mi ligue, a quien acababa de conocer, estaba agarrando una peda increíble con sus amigos. ¿Qué hacía yo ahí? No pretendía ponerme en plan intenso, pero quería irme, ya hablaría con Mateo otro día, en ese momento seguía creyendo que él y yo podríamos tener algo.

Así que me levanté y le dije adiós al güero, él me sonrió y despidió con la mano, creo que él también estaba súper aburrido. Mi plan era salirme y ya afuera enviar un mensaje a Mateo diciéndole que todo estaba bien, pero que prefería verlo otro día.

¿Olga? ¿Ya te vas?

Ehh, sí. Estaba buscando a Mateo para despedirme.

No te vayas, por fa. Mateo se va a sacar de onda. Le anda diciendo a todos que acaba de tener la mejor cita de su vida. Quédate al menos hasta el pastel, no tardo en partirlo, luego tú y él se van juntos. Es su plan, anda, que sea mi regalo de cumpleaños.

Le sonreí lo más amable que pude y acepté quedarme. Obviamente era el cumpleañero, no sé su nombre pero su gorrito de cumpleaños era una buena pista. Me dijo que iría a traerme una chelita y regresaba. Quien se acercó fue el güero, resulta que el cumpleañero le había pedido que se quedara conmigo un rato y me llevara mi Vicky.

Es medio raro estar aquí ¿Verdad?

Sí, algo ¿Tú tampoco conoces a esta gente?

Sólo a “los cuatro amigos”. Conocí a Mariano en Polonia mientras los dos estudiábamos un máster por allá. Él en finanzas y yo en administración de hospitales, soy médico. Entonces nos hicimos buenos amigos y al verano siguiente me invitó a un viaje con los otros tres. Fue muy divertido y todos me caen bien, pero mi único amigo es Mariano, con los demás apenas y tengo contacto. ¿ Y tú y Mateo llevan mucho tiempo de novios?

Ohh, no. De hecho apenas nos estamos conociendo, no somos novios, pero creo que le quiero dar ese título.

Ahhh, qué bien. La mejor etapa de todas, la del enamoramiento. Hace tiempo que no la experimento.

Ni yo tampoco, aunque no creo que sea la mejor.

¿Cuál crees que sea?

Mmm, el momento en que te das cuenta que ya pasó el enamoramiento y sigues enamorado, o sea, sigues queriendo estar con esta persona y te causa una ilusión enorme lo que viene. Ya no es un momento de enamoramiento, fugaz y pasional, pero sin tablas. Es algo más.

Órale, qué fuerte, no creo haber sentido algo así como lo planteas ¿Y tú, Olga te llamas, cierto?

Ja, sí soy Olga.

Yo me llamo Ulrik, pero Mariano empezó a llamarme Riki y acá en México todos me llaman ahora así. Me gusta.

Ja, Riki ¿De dónde eres?

De Dinamarca, pero desde que terminé mi educación en medicina general he vagado por el mundo. Llevo un año viviendo en México. Ustedes dicen que “los mexicanos nacemos donde se nos dá la chingada gana” y ya les creí. Soy un mexicano que nació en Dinamarca.

Jajaja ¿Y qué te gusta de México?

Podría decirte que su gente, su naturaleza, idiosincrasia, cultura y folclor, pero al final creo que uno como extranjero puede vivir tranquilo y feliz aquí. Seguramente por todo lo anterior, es fácil vivir en México. ¿Me entiendes?

Sí, yo crecí en un pueblito del Estado de México y en la universidad migré a la Ciudad de México. Amo a la Ciudad de México, pero el mejor lugar donde puedo yo vivir es en mi pueblito, por eso me regresé y no pienso dejarlo pronto.

Salud por el bien vivir.

Salud.

Partieron el pastel por fin y nos lo repartieron. Estaba delicioso. Riki y yo seguimos pasando el rato en lo que Mateo seguía enfiestado con sus amigos. No sé si fueron las cervezas o el sentirme un poquito abandonada, pero empecé a ver que los ojos de Riki eran azules pero como verdes enmedio y que su corte de cabello le enmarcaba muy bien la cara, me preguntaba cuánto es que media, 1.90 por lo menos y que olía entre fresco y dulce al mismo tiempo. No, ¿qué estaba pensando? Mejor era hora de irme.

Pensaba en todo ello que no me dí cuenta cuando Mateo se acercó a nosotros, llegó a nuestro lado cuando Riki me decía que parecía listilla pero más bien tenía un humor medio negro y me empujaba, delicadamente, con su dedo mi frente.

¿Qué chingados estás haciendo, Riki?

¿Ehhh? Perdón, no me dí cuenta, discúlpame.

¿Pinche güero pendejo, siempre creyéndote el todas mías?

Ay no, entonces, el vato borracho éste, me estaba haciendo una escena de celos el día que lo conocí. Tenía que irme ahora sí.

Mateo creo que esto no está yendo bien, ¿sabes? Un gusto conocerte, sigue divirtiéndote mucho y hasta luego.

Sí, claro, como ya viste que el güero este, además de todo es Doctor, obviamente mejor te lo cojes a él ¿No?

¡Qué chingados estás insinuando!

Pues que si no es conmigo, mejor con ese puto, pinche zorra de tinder.

Le dí una cachetada tan fuerte que tiró su cuba y quería seguirle pegando, pero tenía más ganas de irme, no procesaba lo que estaba pasando.

Mateo estaba pedísimo y muy enojado, sus ojos completamente desorbitados veían a Riki y no a mí. Me dió mucho miedo y me fui lo más rápido posible.

Ya abajo, caminé y me dí cuenta que estaba llorando. No sería nada de lo que pensé que podría y sabía que no lo volvería a intentar pronto. Sentí cómo alguien se puso a mi lado y me dijo: Lo siento.

Por dos segundos creí que era Mateo, pero por suerte era Riki. Caminé y él a mi lado por unos minutos. Cuando llegamos a Bellas Artes, le dije que de aquí salía mi metro.

No te vayas así, por favor. Estás muy alterada y te ves muy triste. Tú y yo sabemos que no es un estado emocional en el que sea conveniente andar por las calles. Mejor quédate unos minutos más conmigo y cuando te tranquilices, te acompaño a Buenavista, supongo que si vas al Estado de México, tomarás el suburbano. Anda, vamos por un helado.

Lo que me dijo me pareció prudente, la cosa es que sería la segunda vez en un día en la que estaba ante la situación de confiar en la camaradería de un extraño y la primera había salido muy mal.

Ándale, vamos.

Bueno, pero yo pago los helados.

Va, ¿caminamos a la Guerrero? Por allá venden unos de mis favs.

Vale, te sigo.

Estuvimos en silencio al principio, luego él empezó a hacerme preguntas y yo a responderlas, no tardamos en volver a tener una conversación casual. Le conté cómo había descargado la app y reunido con Mateo, que era nuestra primera cita, y última, y que las primeras impresiones no son lo que parecen. Él me dijo que Mateo era un idiota con bandera de lindo, pero que siempre actuaba así, haciéndose el súper inocente y consiguiendo muchas ventajas de la gente a su alrededor.

Pensé que te caía bien él.

Nadie que trate así a una mujer me caería bien. Ahora lo detesto un poco, pinche vato pendejo.

Jajaja, sí, pinche vato pendejo. Ya no hablemos de él.

Sí, mejor vamos a comer helado, ahí está el puesto de helados.

Hablas muy bien español.

No sé si sepas, pero los mexicanos hablamos español.

Jajaja, claro pero en un principio, la hora que estuvimos sentados en silencio en la fiesta, creí que no entendías mucho el español.

Je, es que me parecías una mujer muy guapa y no quería “chapulinear” a Mateo. El vato me caía bien y lo respetaba.

Mmm…

¿De qué quieres tu helado?

¿Estaba teniendo una segunda cita con un desconocido el mismo día? ¿Cómo me sentía con ello? ¿Estaba mal? Entre eso y que mi helado de mamey estaba muy rico, me quedé callada como cuatro calles.

Vamos a sentarnos en ese parque.

Oki. ¿De qué es tu helado?

De chongos zamoranos.

Es el favorito de mi mamá, pero a mí no me encanta.

Uy, pues el mamey no es que sea lo máximo.

Es el helado que escogí como mi favorito a los 8 años y es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

¿Qué tiene de extraordinario el simple mamey?

Exactamente eso, es simple, rico y sabe a suavidad.

¿Cómo puede algo saber a suavidad?

No lo entenderías hasta experimentarlo y el mamey no creo que te lo haga saber. Algún día sabrás cosas “pequeño Padawan”.

“I know”

Nahhh, no sabes nada, pero igual y un día tengas suerte.

Volteé a ver mi helado y comí un poco más. A continuación recuerdo cómo sentí su mano en mi cara volteándola y jalandola hacia él para poder darme un beso. No un besito, un beso que empezó con nuestros labios juntos y siguió su camino a nuestras lenguas y el jugueteo de ambas en la boca del otro.

– Sabe muy bien. – Me dijo sin separar sus labios de mi boca y con los ojos cerrados.

Y me siguió besando por un rato, no ubico el tiempo, pero en algún instante me dí cuenta que nuestros helados se estaban derritiendo en el suelo. Me dió risa y volví a la labor del beso.

¿Quieres venir conmigo a mi depa?

Mmmm, no sé.

¿No sabes si quieres?

No sé si debería.

¿Por qué? –¿Cómo que no sabía? En cierto modo Mateo tal vez tenía razón, no en lo de “yo” siendo una zorra”, pero tal vez Riki y yo sí estábamos coqueteando en una fiesta a la que fuí invitada por alguien más y eso estaba mal ¿no?

Me volvió a dar otro beso, suave y delicado, lento, con su mano derecha en mi nuca, sosteniendo mi cabello y dirigiendo mi cabeza, acariciando a cada tiempo mis labios con los suyos y con su otra mano tomando mi mano, sobre mis piernas.

Se alejó otra vez y sin planearlo, seguí su boca con la mía y esta vez fui yo quien tenía mis manos en su cara sosteniendo y dirigiendo el beso. Por supuesto que tenía ganas de más.

– Todo lo que pasó hoy– Me dió otro beso y siguió hablando, – De todo lo que pasó hoy, sólo importamos tú y yo ahorita. –

– Vamos.

Nos seguimos besando mientras esperábamos el Uber, cuando llegó, él recogió lo que pudo de los helados del suelo, los tiró a la basura y subimos de la mano al coche. No hubo más besos ahí dentro. Platicamos tomados de la mano hasta llegar a su edificio. Subimos el elevador y al llegar a su piso le pedí que me indicara dónde estaba el baño.

Entré al baño temblando, no es que le temiera al sexo casual, pero estaba nerviosa, emocionada de lo que sabía que estaba por pasar. Durante todo el viaje en taxi fui viendo sus labios y oliendo su perfume. No hicimos nada sexual pero esa espera me tenía muy excitada, por ello los nervios.

Me puse polvo en la cara, me lavé los dientes, fui al baño y me lavé las manos. Salí mientras él sacaba dos cervezas del refri. Me sonrió al verme aparecer en la sala. Se acercó a mí y me preguntó a unos centímetros de mis labios – ¿Quieres una cerveza? – Lo último que quería era beber, comer, hablar, nada menos que – No. ¿En qué estábamos? – No planeaba perder tiempo hacia mi urgencia.

Lo guié para que se sentara en el sofá y me senté encima de él, de frente para besarlo rodeando su cabeza con mis manos y su cadera con mis piernas. Él puso sus manos en mis nalgas y empezó a balancear mi cuerpo sobre el suyo. Su pene estaba durísimo y aunque besarlo era riquísimo, su verga parada debajo mío ocupaba casi todas mis sensaciones, en aquél momento. Apenas separé mis labios de los suyos salieron los gemidos que contenían sus besos, él también empezó a gemir, al tiempo que subía sus manos por mi vientre y me apretaba las bubis.

Hice mi cabeza hacia atrás por la excitación, lo que él aprovechó para lamer mi cuello. La ropa tapándonos representaba una total incomodidad, así que no tardé más y me quité la blusa, él me quitó el bra al momento y puso su boca sobre uno de mis pezones, mientras con sus dedos masajeaba al otro. Gemidos seguían saliendo de mí como un coro de sed sexual atendida. Me dieron ganas de seguirlo besando, así que puse sus manos sobre mis pechos y lo besé, lengua contra lengua en una batalla de placer que sólo era interrumpida por los gemidos de ambos.

Se paró para desvestirme completamente y se quitó toda su ropa también.

Su cuerpo era perfecto, no de esos cuerpos que parecen esculpidos con cincel y delineados en cada músculo y forma, era un cuerpo de un hombre real, uno delicioso y totalmente cogible. Hombros y espalda anchos, justos para encajar en su estatura, brazos trabajados, es ahí donde más se le veía musculoso, un pecho sin casi nada de pelo y abdomen plano sobre un cuerpo no flaco, ni gordo. De sus piernas sólo las ví anchas, estaba embobada por su verga, gloriosa, gorda y de buen tamaño apuntándome fijamente. – Mis ojos están aquí arriba, sabes – Me dijo sin dejar de verme de arriba abajo. Sonriendo mientras se lamía los labios.

Me acerqué a lamerle los labios y bajé a su cuello, bajé con mi lengua por su abdomen mientras mis manos recorrían sus brazos. Me hinque para estar frente a mi objetivo y poniendo mis manos sobre sus nalgas, comencé a golpear su pene con mi cara, frente, mejillas, nariz, barbilla y obviamente mi boca, que permanecía con la lengua de fuera para que cada que pasara por ahí, la lamiera. Alcé mi cara para ver la suya, echada hacia atrás disfrutando del juego, excitante, pero yo ya no quería jugar. Rodee con una mano su verga y comencé a masajearla, pasaba mi mano desde su principio y cuando estaba por llegar a su puntita, la bajaba, la subía y cuando estaba por llegar a la punta, movía en círculos mi mano, la bajaba y a punto de llegar a la punta, se la soplaba y volvía a bajar la mano.

Una última vez bajé mi mano y cuando estuve por llegar a su puntita, la abrí para que fuera mi palma la que siguiera con el masaje. – Aghh, siiii– Susurró, apretando los ojos. Era el momento, tomé su gloriosa verga y la metí en mi boca, puse ambas manos en sus nalgas y comencé a succionarla toda, de arriba abajo, con sus manos jalando mi pelo a su placer, para ir a su ritmo. Apartaba mi boca para casi sacarla y lamer sólo su ojito y después posaba mis labios ahí y los apretaba. – No me voy a venir antes de cogerte– Me dijo, mientras ayudaba a ponerme de pie y hacía acostarme en su sofá. Me moría por sentir su verga dentro de mí.

Me lamió de los pies a la vagina y me metió la lengua y los dedos, girándolos en círculos contrarios. Me estaba comiendo las paredes vaginales como nunca, porque allí donde su lengua no podía llegar, sus dedos me acariciaban; cuando separaba su boca, sentía su respiración entrecortada saliendo de él, también sentía su sonrisa y los palabras que de vez en cuando le decía a mi coshi – Estás deliciosa, me voy a atascar como puerco en tus juguitos– Me tenía súper excitada con todo lo que chupaba, tocaba y hasta decía. No tardé nada en liberar mi primer orgasmo de la noche, un orgasmo completo, grande y escandaloso. Apreté su cabeza a mí con las piernas y disfruté de lo que él estaba haciendo ahí abajo, gemí sin inhibición y disfruté de toda la energía que desde los dedos de mis pies y hasta, casi que el cabello, me estaba haciendo expulsar este hombre. Cuando pasó, jalé sus cabellos hacia arriba, hacia mis labios con los suyos y le supliqué que me cogiera. Se puso un condón, puso mis pies en sus hombros, le dió una última repasada con sus dedos a mi hoyito y por fin me metió su verga. Sé que mi grito y gemidos se debieron haber escuchado en toda la calle, pero no podía controlarme, este hombre me estaba dando como cajón que no cierra y yo lo estaba recibiendo con todo el gusto del mundo. Abrí los ojos para descubrir que él estaba viendo también a los míos. Pocos hombres comprenden lo excitante que es ver los ojos lujuriosos de un hombre mientras nos está cogiendo. Él me tenía hipnotizada mientras me seguía metiendo todo con fuerza. Me dedicó una sonrisa perfecta y sacó su verga por completo para meterla duro y entera, nos vinimos juntos sintiendo el orgasmo del otro salir sobre el otro. Pese al condón sentí que su semen me quemaba por dentro, y no es que se hubiera roto, sino la intensidad del chorro que él me estaba dando y yo recibiendo era muy poderoso.

Cuando desperté al otro día me dí cuenta de que el sofá ahora era sofá cama, había almohadas y cobijas encima nuestro y que Riki aún dormía a mi lado. Sonreí, había estado tan delicioso el sexo de anoche, que no supe ni en qué instante me dormí. Me levanté y fui al baño, las piernas me dolían mucho, pero dolían rico. En el baño había un cepillo de dientes en su envoltura y toallas dobladas. Qué lindo.

Cuando me volví a acostar él se despertó y me sonrió.

¿Dormiste bien?

Muy bien

¿Y tú?

Te diría que como un angelito, pero ellos no saben lo rico que es dormir después de semejante cogidota que nos aventamos.

Sonreí y lo besé. Supongo que él se había despertado antes, porque sabía a pasta de dientes, fresco.

Tengo hambre

¿Quieres que pidamos algo o salimos a buscar qué comer?

Por lo pronto con un café está bien.

Ven, vamos.

Preparó café y sacó unos panes de algún lado, les untó mantequilla y los dejó en la barra. Yo lo veía sabiendo que ya no tenía hambre, no de comida, ni de café. Sintió mi mirada y se acercó para besarme. Besar a un hombre desnudo a mitad de su cocina se convirtió desde entonces en uno de mis hobbies favoritos.

Volvimos al sillón y cogimos con el olor a café acompañando a nuestra sexualidad. Estaba más caliente que ayer y sabía lo que quería, ya no había nervios sino deseo, me levanté del sofá con él siguiéndome, me recargue en el respaldo y puse una almohada en mi vientre, detrás de mí él entendió el camino a la perfección, antes de metérmela introdujo sus dedos, dos en mi vagina y el pulgar en mi clítoris, dando vueltas con un ritmo acorde a mis gemidos, que sólo paró instantes antes de ensartarse de un golpe y desde atrás, completitta dentro mío. Esta vez fue su gemido el más fuerte. Me cogió sin despegarse un milímetro de mí, sin quitar su pulgar de mi clítoris y de vez en vez, buscando mis labios para besarnos.

Quité su mano de mi bubie, en cambio tomé sus dedos y los hice apretar el pezón, gemí con el resultado. Dejó por un momento mi clítoris y ahora tenía a sus dos manos pellizcando mis pezones, con su verga taladrando desde atrás. Lo mío ya no era un gemido, era un gritito constante que no iba a parar hasta el final.

Bajó una mano a mi abdomen y puso la otra sobre mi espalda para inclinarme más, la mano del abdomen volvió a bajar a mi clítoris y no sé cómo metió uno de sus dedos junto con su verga. – Ahhhh, Riki, ahhhhh– Las piernas y nalgas me temblaron y sentí que mi cuerpo estaba más caliente que antes. Riki metió tres de sus dedos de la otra mano en mi boca y susurró a mi oído. – ¿Te gusta, nena? – Hice el esfuerzo por decir que sí con la cabeza, pero ya no era dueña de mi cuerpo. Éste ahora sólo reaccionaba a razón de cómo me estaba empinando con su verga adentro, cómo nuestros cuerpos estaban tan compenetrados en esta faena y la manera en que se movía para que yo pudiera seguir encendiendo nuestra calentura.

Por supuesto que nos volvimos a venir juntos. Me agarró de las manos para intentar empujar su verga más adentro, si es que fuera posible, lo fue, o al menos sentí más carnita, más adentro. Obviamente no estábamos de acuerdo en ello, pero ambos gemimos nuestros nombres, yo el suyo y él el mío, al mismo tiempo.

Se quitó el condón y me puso en sus brazos, me llevó así a su cama y nos volvimos a quedar dormidos.

Cuando desperté era el medio día. Él estaba buscando ropa en su armario, recién bañado con una toalla gris rodeando su cintura.

Hola.

Hola, bonita.

Se acercó a darme un beso en los labios que siguió hacia mi cuello y llegó a mis pezones, uno por uno.

¿Todavía tienes ganas?

Mmmh, tengo más ganas que nunca.

Subió a mis labios para besarme, nuestras lenguas ya no batallaban, se deslizaban en la boca del otro como si nada.

Me quiero bañar también.

Okey.

Mujer prevenida vale por dos y yo, me previne un día antes con una tanga y playera limpias en mi bolsa. Así que después de bañarme y vestirme me sentía fresca y cómoda. Fuimos juntos a comer. Seguimos platicando y preguntándonos cosas, entre ellas, le dije que no tenía cara de Riki. – Te llamaré “Uli”, je, – dije antes de darle un sorbo a mi chocolate caliente. – Ajá, “Uli” va más contigo y tu personalidad.

– Llámame como gustes. Además “Uli” es como me llamaban todos en la prepa. En mi primer día en la Facultad de medicina, un Doctor me pidió que me presentara a la clase; les dije que me llamaba Ulrik Mortens, pero que todos me llamaban Uli. El Doctor me vió como si hubiera dicho la mauor estupidez del universo y me dijo: “ya no es un muchachito para que se haga llamar con un diminutivo, además de todo un hombre, está usted aquí para convertirse en Doctor, el Doctor Ulrik Mortens es como debería pedir que lo llame la gente”. Nadie en la Facultad me llamó Uli nunca.

– ¿Y te molesta de algún modo que yo te diga Uli? Porque de ser así, no te llamaré Doctor Ulrik Mortens, pero Ulrik, sí. – Soltó una risita y me dijo, – Estoy seguro que sabes que soy un hombre grande– y volteó a verse la entrepierna, –Y, como ya te dije, Uli me gustaba antes y creo que me sigue agradando bastante. – Me sonrió y me tomó de la mano, – Ahora que, si quieres ponerme un sobrenombre sexual, yo encantado.

– Ja, Uli está bien. Cualquier nombre por el que te llame me parece bastante sexual, si el objetivo es referirme a tí.

– ¿Y a tí te gusta Olga?

– Ajá, Olga o “nena”, me gustan como salen de tu boca.

Me besó la mano y seguimos nuestra plática simple por un rato más. Como a las seis de la tarde le dije que me tenía que ir y me llevó en su coche a la estación Buenavista. Ya habíamos intercambiado números y nos despedimos con la idea fija en ambos de volver a vernos, a comernos.