De cómo me convertí en la putita de mi Jefe
Entró a la oficina con la intención de conquistar, pero no imaginó que el hombre detrás del escritorio no solo la miraría, sino que la poseería. Lo que comenzó como una entrevista se transformó en un contrato de sumisión donde cada día era una nueva prueba de su disponibilidad y deseo.
Me llamo Bárbara y le hago honor a mi nombre. Soy blanca, 1.70 de estatura, de largas y carnosas piernas, labios apetecibles, tetas grandes y generosas y un culo de infarto. Sí, sé lo que tengo y sé cómo usarlo.
Llevo en mi empleo actual ya cinco años. Todo empezó a mis 22 años cuando entré como secretaria ejecutiva en una importante empresa importadora de mi país. No había conocido a mi jefe hasta ese primer día, día que cambiaría toda mi vida.
Al llegar esa primera mañana a la oficina había acaparado todas las miradas, no solo por ser la “nueva”, si no además por mi presencia y la manera cómo estaba vestida. Llevaba un traje sastre, con una falda muy corta, demasiado corta a decir verdad, y unos tacones altos de un color que hacía contraste. El saco de mi traje apenas cerraba pues mis tetas luchaban por salir de su encierro. Llevaba una blusa blanca cerrada hasta el cuello un tanto translucida que dejaba ver mi linda lencería del mismo color. Mis grandes tetas aprisionadas bajo ese disfraz no lograban ocultar el tamaño ni su majestuosidad morbosa.
Me vestí así a propósito, como lo hago siempre, para calentar a los hombres. Me agrada la atención lo admito, pero a diferencia de otras no me conformo solo con eso, amo la pinga, amo el maravilloso néctar que fluye de los penes que se agasajan con mi presencia, y muchas veces con mi cuerpo. Mis agujeros siempre están ansiosos y dispuestos por probar más y más vergas. Y esa mañana no era la excepción.
Llegué al que me informaron era mi sitio y me senté a esperar mi jefe me llamara para presentarme. No lo conocía aún, entré a través de una consultora de recursos humanos, luego de un proceso muy extenuante de clasificación que me dio la ventaja no solo por mis buena formación académica si no por mi experiencia aún mayor para mis años en la cama. Sí, tirarme al psicólogo que hizo la selección a último momento me dio la ventaja, pero esa es una historia para otro momento.
Hoy les estoy contando de cómo conocí a mi jefe y como ese hombre me cambiaría la vida por completo.
Ya he dicho, no era una santa pero aún no era una puta graduada con honores. En eso me convertí.
Rodrigo, mi jefe, rondaba entonces por los 30 años, era el ejecutivo más joven en un alto rango en toda la oficina, alrededor de las 08:30 am de aquella mañana, luego de media hora de haber llegado y haber sido observaba por todo el mundo ahí, me llamó por el intercomunicador a su oficina.
Al entrar quedé impresionada de lo varonil y joven que era, no imaginaba que iba a tener un jefe tan joven pero que a la vez diera tanto la impresión de seriedad y madurez. Menos me imaginé en lo que me convertiría a su lado, aunque ganas de tirármelo las tuve desde que lo vi.
—Bárbara, me dijo al fin, he visto que su curriculum es excelente.
—Buenos días jefe.
—Rodrigo, llamame Rodrigo
—Buenos días Rodrigo
—Ya los estoy teniendo contigo aquí. Necesitaba urgentemente quién se encargara de todos mis asuntos por aquí.
—Aquí estoy jefe, para apoyarlo en lo que diga. (Por dentro tenía ganas de decirle para que me apoye todo el día).
—Ven acércate, toma asiento.
Caminé lo más sexy que pude sin verme tan puta, me temblaban las piernas en presencia de este hombre, era la primera vez que me pasaba algo así.
Me senté y crucé lenta y provocativamente mis piernas, y luego puse mi torno hacia adelante en señal de escucha atenta mientras mis pechos pugnaban por salir. Desabotoné mi saco para mayor comodidad y toda la gloria de mis senos apenas cubiertos por la transparente tela y por un brassier que solo cubría la parte inferior de ellos, fue presentada delante de los ojos de Rodrigo.
—Ahora veo más de cerca las razones por las que te eligieron. No exageraba.
Esa frase me turbó un momento a la vez que me encendió toda, aún más. Sentía que empezaba a mojarme. ¿Será posible que el psicólogo le contara lo que hicimos?
—Mira Bárbara iré directo al grano, más que una secretaria necesito una asistente privada, alguien que sea incondicional a mí y esté dispuesta a todo por mí y por la empresa. A cambio no solo recibirá un muy buen sueldo que ya está pactado en su contrato, si no un muy buen trato y dinero extra por cualquier otro servicio que se le pueda requerir. Creo que algo de eso ya le hablaron durante su selección.
—Sí, afirmé con la cabeza.
—Lo que seguramente no le dijeron es que clase de labores extra va a desempeñar desde hoy conmigo y con quienes yo determine necesario. Se las diré en un momento no sin antes prometerme su discresión total y absoluta, le recuerdo que firmó una carta al respecto, y que nadie fuera de los involucrados directos ha de saberlo, nadie, ni su mamá, ni su novio…
—No tengo novio, interrumpí.
—Qué extraño en una mujer como usted pero en parte mejor, así no tenemos ese inconveniente.
Al escuchar la palabra inconveniente un escalofrío recorrió mi espalda y una oleada de placer aún más intensa recorrió mi rajita.
—Tampoco sus compañeros de trabajo, aunque seguro murmurarán y preguntarán. A cambio usted es totalmente libre de hacer lo que desee el resto del tiempo que no se le requiera para un trabajo puntual, deberá permanecer en la oficina en el horario establecido y hacer ciertas tareas menores que justifiquen su presencia diaria en horario completo (cuando dijo esto escuchaba más interesada y cada vez más arrecha) sin embargo no me opondré a que usted disfrute el día dentro de la oficina como mejor le parezca siempre que mantenga una presencia optima y esté disponible para cuando la requiera. Sin demora alguna.
—Cuente con ello Rodrigo.
—Cuando estemos a solas me llamarás Rodrigo y de tú, salvo te indique otra cosa. De igual manera cuando estemos en ciertas reuniones. Para todo lo demás soy el señor Sánchez.
—Entendido, Rodrigo.
—¿No tienes curiosidad de saber cuáles son tus verdaderas labores como mi asistente? Me dijo al fin Rodrigo.
—Yo descrucé mis piernas, retrocediendo lo suficiente como para que vea mi hilo dental que apenas cubría mi rajita.
—Cierra bien esa puerta y te las diré.
Me paré a cerrar con seguro la puerta. Mientras caminaba sacudía el culo, sé que me miraba. Todos lo hacen.
Cuando iba a volver ya lo tenía detrás mío. Me susurró algo al oído que no supe entender y me tomó de la mano hasta un rincón de la pared. Me puso contra la pared y con el pie me hizo abrir las piernas. Me volvió a susurrar al oído y esta vez sí escuché.
—Eres mi perra, te haré mía y para eso estás aquí. Me encanta que vinieras tan putita, como sabiendo lo que te esperaba. Desde hoy te cogeré todos los días, y también tendrás que ser amable con quien yo te diga. Todo sea por la empresa y por darle felicidad a esa concha tuya que anda hambrienta de vergas.
Yo me había dado cuenta por la foto en el escritorio que Rodrigo era casado y tenía una familia. Eso en otro momento hubiera sido suficiente para evitar tirármelo, pero la manera como me habló, las labores que realmente tendría, la carta blanca para hacer de todo y el futuro lleno de leche y posibilidades que veía ante mis ojos pudo más. Mi chocho chorreaba de placer.
Me exploró con ansías con sus manos magreándome todo el cuerpo, me arrancó la pantaleta y me dijo que jamás vuelva a usar lencería para ir a trabajar salvo él me la comprara y me indicara. Que me vistiera siempre puta, que se notaba se me daba fácil, y accesible. No tenía tiempo para perder, cuando quería cogerme tenía que estar disponible y muy bien dispuesta para él. Me magreó duro las tetas antes de voltearme y chupármelas como desesperado mientra sus dedos sabían muy bien lo que hacían con mi coño.
Después de un rato de besos y caricias en los que parecíamos dos amantes de años, me llevó hacia su escritorio, me apoyó sobre él con los senos al aire y ahí con el culo bien parado, me la metió sin avisar y sin piedad por primera vez en mi concha muy resbalosa ya de tantos jugos.
Qué rica verga, desde ese momento soy adicta a ella. He probado muchas otras después de esa pero esta sigue siendo mi preferida y sé que yo lo soy también, no solo de su verga, si no de él, Rodrigo es más mi marido que cualquier otro tipo con el que salí o salgo y yo soy mucho más su mujer que su esposa, a quien cacha eventualmente, pensando en mí.
Esa primera mañana me dio por ambos lados. Rodri, es tan resistente, amo tanto la verga de mi jefe. Después de más de una hora de taladrarme me hizo chupársela hasta venirse finalmente en mi boquita golosa. Se la limpié toda y casi no había perdido la erección. Terminé de reanimarla con mis tetas y luego me folló a sus anchas toda la boca. Cuando ya estaba por venirse por segunda vez paró. Se sentó en su sillón y me hizo sentar por primera vez sobre sus piernas, o mejor dicho, sobre su delicioso pene, me clave esa cosota inmensa y gruesa de un solo sentón y de espaldas a él disfruté mientras veía la ciudad desde su ventana. Imaginaba que todos podían ver lo feliz y puta que era y que me cogerían a la salida, pero desde esa altura y con ese tipo de ventanas parecía improbable que sucediera. No importaba ahora, solo la verga de Rodrigo, que me inundó luego de clavármela como nadie antes y me dejó llena de leche.
Al terminar esa sesión matutina me dijo que no me limpie y que me quede así el resto del día. Me vestí y me alcanzó una tarjeta de un ginecólogo, me dijo que vaya para que me dé el mejor anticonceptivo, le dije que yo ya tomaba, y me dijo que quería asegurarse y que me hiciera una revisión completa. Que fuera amable con él, que me trataría muy bien. Más adelante me enteraría que era un compañero suyo de colegio y que la visita era solo una justificación para que probara y aprobara a su nueva puta.
—Eres genial Barbarita, eres la primera que sabe cómo ser una buena asistenta privada. Vas a llegar muy lejos aquí, me dijo mientras me iba con la concha choreando leche.
Pasaron cosas interesantes ese mismo día en la oficina pero esa es otra historia…
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