La esclava de Adam 2
Adam le ordenó que orinara en la calle, pero eso fue solo el comienzo. Ahora, atada y con la vista bloqueada, Eva espera su destino mientras desconocidos pasan por su lado. No sabe si será rescatada o si el dolor será su único consuelo.
Su amo le ordenó que de ahora en adelante debía mear en la calle. Cagar por el momento dentro de la casa, pero si quería orinar, debía hacerlo en la calle. Y debía pedir permiso.
Para los chicos esas instrucciones fueron muy raras.
— Estás perras necesitan control extremo sobre sus actos— respondió tranquilamente Adam. — Mear, cagar… lo hará donde se le diga y cuando se le diga.
— ¿Delante de todos nosotros?
— Esa es la idea.
Eva entendió que su amo y los chicos deseaban verla.
— Amo, ¿Tengo permiso para mear?
— Sí, tienes mi permiso, PutaCerda.
— Sí, amo.
Sí, ese era su nuevo nombre que su amo y sus amigos habían escogido para ella, PutaCerda.
A cuatro patas, en la tierra y delante de todos sus alumnos, comenzó a mearse encima y como nunca debido a todo el líquido que había ingerido.
La meada vino acompañada de una buena dosis de dolor. Tenía el coño escocido debido al uso y al abuso al que había sido sometido hace apenas un par de horas.
PutaCerda no pudo evitar gemir de dolor.
Debajo de ella se formó un pequeño gran charco de pis.
— Haz que PutaCerda se lo beba.
— No, mejor, que se revuelque en él.
Ambas ideas no eran malas en absoluto.
— Hagamos ambas cosas. Escucha, PutaCerda, bébetelo, pero no todo, solo unos sorbos, y luego te mojas el cabello en él.
— Sí amo, PutaCerda lo hará.
Se giró y contempló el charco.
A primera vista parecía agua sucia, pero el olor era inconfundible.
Y aún así, metió la cara tal y como le habían ordenado, bebiendo del charco que había formado con su meada para alegría de los presentes.
Era un sabor raro, mezcla de meada y agua sucia.
Dudo mucho más a la hora de mojarse el cabello.
— ¿Pero qué más te da, PutaCerda, si te vamos a mear igualmente?
— Sí, amo.
Eva se llevó las manos a su hermoso cabello y lo dejó caer sobre el charco.
Los chicos no estaban satisfechos. Querían que PutaCerda se revolcara en él.
Fue su amo quien le dio la vuelta y se encargó de que la parte posterior de su cabeza quedará hundida dentro del charco.
Agarró la fusta.
— Abre las piernas.
Su amo comenzó azotando su coño. Por como gritaba en cada golpe, los chicos supieron que está vez la estaba haciendo daño de verdad. A continuación golpeó su vientre, sus pechos y la cara interna de sus muslos.
En su blanca y fina piel se podían apreciar los tonos rojizos debido al castigo recibido.
— Podéis marcharos, tíos. PutaCerda y yo tenemos cosas que hacer a solas.
Obedeciendo la orden,todos los chicos se marcharon dejándolos a los dos solos.
Adam cogió un cartón que encontró por ahí y un rotulador negro.
En él simplemente escribió su nombre: “PutaCerda”
Le colocó la correa, la inmovilizó las manos, la calzó con las chanclas de tacón y comenzaron a pasear por los alrededores.
Eva estaba avergonzada y asustada de que alguien pudiera verla en el estado en el que se encontraba.
Era plenamente consciente de que se estaba entregando a su amo hasta niveles absurdos y demenciales, y sin embargo, era lo que le pedía su alma.
La llevó hasta la casa donde había estado antes, aunque ella no lo sabía.
— Esperaras aquí. — Mencionó mientras le ataba a un árbol.
Le colgó el cartel del cuello y le colocó la máscara.
El corazón de Eva se aceleró. Privada de nuevo de sus sentidos más importantes y a la merced de cualquiera que pasará por ahí era una situación angustiosa a la vez que, para que negarlo, excitante.
Los primeros que pasaron por ahí fueron una pareja.
— Ni se te ocurra.
— Ni siquiera estoy mirando.
Lo siguiente que pasaron fueron dos vagabundos.
Eva notó como una mano la alzó agarrándola por su collar solo para introducir una polla en su boca abierta.
Lo siguiente fue que la agarraron fuertemente por las caderas y comenzaron a embestirla.
Su primer trío y no sabía ni con quien.
Los dos hombres la usaron sin muchos miramientos. Oral, vaginal, anal… Eran dos hombres con muchas ganas de sexo y desde luego no dejaban pasar la oportunidad que tenían delante de las narices.
Parecía que todo había terminado. Aún se encontraba de pie, respirando pesadamente, apoyando su pecho contra el árbol e intentando asumir la salvajada que le habían hecho por el culo, cuando le taparon la boca y recibió su primer azote con el cinto.
No sabía que estaba pasando. Solo que dolía como el jodido infierno.
La azotaron en el culo y en la espalda, hasta que comenzaron a verse aquí y allá las marcas rojizas por el castigo sufrido.
La obligaron a ponerse de rodillas de nuevo.
Con la boca tapada no pudo gritar de dolor mientras azotaban sin miramientos su tetas y su vientre.
Se mearon en su boca y sobre su cuerpo, y tiraron dentro de ella la colilla del cigarrillo.
Uno de ellos pensó que sería la hostia si se cagaban en su boca.
— Se tarda mucho. Coge cualquier mierda de perro que veas por ahí, y se la metemos.
Cuando su amo la encontró, estaba reventada y echa un asco.
La habían rebozado de mierda y se la habían metido hasta por el coño.
Su amo agarró el collar y la condujo hasta un patio donde se lavan a los perros. Allí, a cuatro patas la lavó con la manguera.
Solo entonces le quitó la máscara.
— PutaCerda, ¿qué eres?
— Soy tu esclava, mi señor. Mi cuerpo, mi mente, mi alma, mi salud… Todo es tuyo.
— Toma, ten. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Sí, lo sabía. Agarró una de sus heces aún frescas del tarro y se las restregó por la cara, el pelo e incluso se la metió en la boca.
No importaba.
Era suya, le pertenecía.
Su cuerpo, su mente, su salud, su alma.
Todo era suyo para hacer con ello lo que él quisiera.
Lo hizo con ganas. Era la mierda de su amo y señor la que se estaba rebozando y la que se estaba comiendo.
Cuando no quedó nada de mierda, cuando ya se lo había restregado y comido todo, se abrió de piernas ofreciendo su coño y con él, todo su ser.
Adam no dudo. No había tocado aún ni los labios inferiores ni el clítoris de su esclava, los dos puntos más sensibles de una mujer.
Sacó del bolsillo un pequeño punzón y se lo clavó en el clítoris.
Eva nunca había sentido un dolor semejante en toda su vida. Era como si la estuvieran atravesando el cuerpo.
Y sin embargo se tragó el dolor.
Su amo lo repitió dos veces más, viendo como ya la última Eva, que no podía más, clavaba sus uñas en la tierra para amortiguar el dolor.
— Descansaras por unos días, hasta que decida que estás lista para volver a servirme.
— Estoy lista ahora, mi señor.
— Pero que voy a hacer contigo…
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