Xtories

Le puse los cuernos a mi marido

El aceite caliente cubre su piel, pero es el tacto de unas manos extrañas lo que enciende lo que su matrimonio había apagado. No es un masaje, es una revelación. Y esta vez, ella no piensa irse sola.

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Acababa de discutir con Carlos una vez más por lo mismo de siempre. Ma dijo que había quedado con unos amigos para jugar al tenis sabiendo que era el cumpleaños de mi madre y habíamos quedado en ir por la tarde con toda la familia. No era la primera ni la segunda vez que me hacía lo mismo cuando quedaba con mi familia.

Llegué a casa de mis padres en un estado que echaba humo del cabreo que llevaba. Al verme mi hermana Milagros me preguntó que me pasaba y se lo dije. Estaba preocupada por ver como se tomaba mi madre la ausencia de mi marido y la verdad es que en esta ocasión fue discreta y ni siquiera preguntó por él. Y eso que como ella decía, este iba a ser mi último cumpleaños. Cumplía ochenta y dos años.

Estaba en la cocina con Milagros y me abordó para que le contara lo que me pasaba con Carlos. La verdad es que necesita desahogarme con alguien y me sinceré con ella, quien mejor que mi hermana mayor. Cuando acabé de esbozarle atropelladamente mis problemas conyugales, incluida la baja frecuencia que teníamos con el sexo y mis dudas de si se estaría tirando a alguien a mis espaldas.

Mi hermana sugirió que lo que me estaba haciendo falta era una sesión completa de relax porque hacía mucho tiempo que no dedicaba una mañana a mimarme. Me propuso acudir a un salón de belleza muy especial donde la conocían por ser clienta habitual, eso sí, con la condición de que me dejara llevar sin hacer preguntas a lo que me fueran haciendo. Me dijo que ella se encargaba de pedirme hora y me prometió que se lo iba a agradecer.

Llegué al salón y di los datos de la reserva que me había dicho mi hermana. Una chica joven demasiado maquillada y con el pecho operado exageradamente, me dijo que esperara en un sillón y que enseguida me atendía Quique. Me quedé un poco cortada porque esperaba que me atendiera una mujer y no un hombre.

No habían pasado ni cinco minutos cuando apareció un chico rubio con acento de los países de este, que resulto ser ruso y no habría cumplido ni los treinta. Me dijo que mi hermana había hablado con él y le había dado instrucciones sobre el tratamiento que necesitaba y lo primero era hacer que me viera guapa a mi misma. Me cogió de la mano y me llevó a una habitación donde había una camilla, una ducha y una mesa llena de botes y cremas.

Me pidió que me desnudara y me refrescara en la ducha, ofreciendome una toalla grandísima que olía muy bien y era muy suave. Cortada por la situación ante un chico al que posiblemente doblaba en edad, obedecí sintiendo que estaba traicionando a mi propio pudor. Incluso pensé que el chico era gay y por eso hacía el trabajo de una mujer. La verdad es que era solo una forma de tranquilizarme a mí misma.

Lo primero que hizo fue depilarme el cuerpo entero. Al llegar a los senos me quito con una pinza algún pelo de los pezones y al agitarme por el dolor me dio un breve masaje que hizo que se pasara enseguida, dando paso a otro sentido muy distinto.

Dejó el pubis para el final. Me preguntó como quería que me lo depilara y de los distintos métodos que podía hacérmelo escogí la crema depilatoria, por ser la menos agresiva. Ya al aplicármela con la espátula sentí el frío de la crema y posteriormente calor al retirarla. El contraste y los tocamientos estaban haciendo que me excitara. El colmo fue cuando me limpió con una toalla húmeda primero y con una toallita de papel después, para retirarme los restos. Me paso los dedos por el sexo para comprobar que no quedaba nada de bello y al parecer algo quedaba, porque volvió a aplicarme un poco más de crema en algunas partes.

Me dijo que me diera la vuelta y derramó aceite encima de la piel, embadurnándome entera. Empezó a pasarme las manos desde los hombros hasta los pies presionando cada centímetro de piel, incluidas las nalgas. Subía y bajaba a lo largo del cuerpo cada vez con más energía y yo cada vez me sentía más relajada e iba perdiendo el pudor del principio. Tenía unas manos mágicas. Justo antes de pedirme que me diera la vuelta, me pasó el canto de la mano entre las nalgas presionando, llegando a rozarme la parte baja del pubis.

A partir de ese momento y conociendo a mi hermana intuí lo que iba a pasar. Me pregunté a mí misma si estaba preparada para aquello y me vinieron a la cabeza las últimas discusiones con Carlos y la incertidumbre de si estaría follando fuera de casa y esa era la causa de que lo hiciera tan poco con ella.

Nada más darme la vuelta repitió lo del verter aceite sobre mi piel y volvió a repasarme con las manos el cuerpo desde el cuello hasta los tobillos. Esta vez donde más se entretuvo fue en los pechos, estrujándolos un poco y dejando que se le escaparan de las manos con el aceite. Al llegar al pubis lo rodeó y lamenté que lo hiciera. Ya estaba necesitando alguna caricia entre las piernas para aliviar el picor que me estaba entrando.

Una de las veces, al evitarlo, me giré inconscientemente un poco para acercarlo a sus manos he interpretó perfectamente mis deseos. Me pasó el dedo por el pubis y al retorcerme un poco me separó las rodillas y me dijo que estaba empapada. Me quedé cortada ante el comentario. Deseaba que me hiciera algo, pero sin anunciarlo, porque el pudor hizo que se me sonrojándome la cara.

Me dejó tiempo para asimilar el nuevo estímulo. Le vi ponerse un condón y acercarse a la parte baja de la camilla. Tiró de mi hacia abajo y sentí que algo muy grueso entraba en mi cuerpo y me golpeaba deliciosamente en las entrañas al tocar el fondo. Salió completamente de mí y volvió a entrar, esta vez con más fuerza. A la tercera vez que lo hizo me corrí. Fue un orgasmo lento, de los que empiezas a sentirlo y cada vez va a más, hasta que llega un momento que no eres capaz de aguantar tanto placer y estallas gritando para liberar la tensión.

Me quedé laxa en la camilla con las piernas colgando por los lados. Estaba como en éxtasis cuando sentí algo duro sobre el pubis. Abrí los ojos como pude y miré hacia abajo para ver lo que me estaba haciendo. Tenía la cara enterrada entre mis muslos y me estaba chupando el clítoris. Después se ocupó de los labios mayores metiéndoselos en la boca y estirando un poco al tiempo que les pasaba la lengua.

No me había recuperado aún del primero cuando un segundo orgasmo me sacudió el cuerpo. Esta vez fue de repente, sin avisar. Grité como si me estuvieran matando. Era imposible asimilar tanta estimulación y encima no paró hasta que me tensé completamente y estallé en su cara.

Se incorporó, me puso más aceite y volvió a masajearme el cuerpo dándome tiempo a que me repusiera del demoledor orgasmo. Me palpó suavemente el sexo para sondearme y le tuve que retirar la mano porque era insoportable la caricia. Insistió hasta que finalmente pude aceptar sus caricias de nuevo. Ya estaba en condiciones de volver a correrme.

Me colocó a mi lado e inclinándose me cogió un pezón con los labios y paso la lengua. Poco a poco empezó a pasarme los dientes y yo le aplastá la cara contra el pecho y me mordió con suavidad. Se incorporó y se quitó el condón que aún tenía puesto.

Con una mano empezó a acariciarme de nuevo entre las piernas y con la otra se cogió el miembro y me lo puso al lado de la cara, ofreciéndomelo. No lo pensé ni por un momento y me lo metí en la boca. No fue fácil al principio porque era muy grueso, al menos acostumbrada al de mi marido, aunque ya hacía mucho tiempo, demasiado, que no se la chupaba por falta de ganas y de estímulo.

Esta vez mis sentimientos y deseos eran distintos. Le quité su mano para poder cogérselo yo y me lo fui metiendo al tiempo que la lengua recorría todo lo que podía abarcar. Estaba caliente, excitada, me sentía más mujer que nunca desde que recordaba. Darle placer chupándosela al tiempo que me recorría el pubis con la mano, era un placer que no recordaba.

Me avisó de que en el momento que me corriera lo iba a hacer el también y preguntó donde quería que se corriera. Le dije que estaba deseando sentir sus chorros de leche en la boca para sentirme una mujer completa. Estaba disfrutando del mejor sexo que había tenido en mi vida y quería recordar el sabor de su semen.

Me agitó el clítoris vigorosamente y empecé a levantar la pelvis de la camilla. Señal de que estaba a punto. En el momento que el orgasmo empezó a deslizarse por todo mi cuerpo sentí su semen en la boca y aunque mi idea era escupirlo, ni pude ni quise. Empecé a tragarme todo lo que podía intentando no atragantarme. Al final él se recostó sobre mí con la polla en la boca mientras me acariciaba el ombligo.

Me duchó pasándome una esponja enjabonada por todas partes y antes de acabar me metió dos dedos en el pubis y empezó a agitarlos. Las ganas de orinar empezaron a ser apremiantes y se lo dije. Me dijo que uno de los mayores placeres después de sexo era el momento de la micción, porque liberaba la vejiga y relajaba el cuerpo. Me dejé llevar y esperé a derramarme dentro de la ducha con sus dedos estimulándome, que no dejaron de hacerlo hasta que finalicé. Le pedí que me besara. Fue un beso dulce, de los que tampoco había recibido en los últimos años.

Cuando salí a la calle llamé a mi hermana. Me preguntó que tal el tratamiento y le relaté atropelladamente todo lo que me había hecho Quique. Me dijo que también él era su preferido y visitaba el local al menos una vez al mes. Al final nos despedimos prometiéndome pasarme un mensaje al móvil con el teléfono para reservas.

Últimamente, como no le reclamó ni me insinúo con mi marido parece que me hace más caso y follamos algo más, pero para mí es como cocinar o limpiar, una más de las obligaciones de ama de casa. La verdad es que me presto sin ganas, pensando en mi próxima cita en el salón de belleza.