Xtories

El Veneco...

Estefany lleva meses imaginando lo que sería tenerlo en su cama. Cuando la oportunidad se presenta en su propia casa, con el marido ausente y el riesgo calculado, decide no dejar escapar el placer prohibido.

Estefany13K vistas8.4· 10 votos

Cómo es mi primera vez en la página, me presento. Me llamo Estefany, tengo 35 años, y aunque soy original de Iquitos, en la selva peruana, me crié prácticamente en Lima. Estoy casada desde hace 10 años, mamá de dos niños, y si estoy por escribir un relato no es para contarles los momentos amorosos que comparto con mi pareja. Ya ustedes se imaginarán por dónde viene el tema.

Para empezar quiero contar algo actual, que me pasó y me está pasando ahora. Desde que empezó la ola migratoria de venezolanos, que tengo ganas de cachar con un Veneco. Disculpen que use ése término, pero me resulta excitante, cómo decir Chamo también.

Obviamente que oportunidades no me faltaron, más de una vez estuve a punto de caer en la tentación, pero a último momento me ganaba el temor y la desconfianza. No vamos a ser hipócritas y hacer como que los venezolanos no se han ganado cierta mala fama en nuestro país. En las noticias siempre vemos que los marcas, extorsionadores, estafadores, sicarios, femicidas, son de esa nacionalidad, al menos en la mayoría de los casos. Por eso me parecía que no valía la pena el riesgo. Hasta hace poco...

Cómo siempre, estaba haciendo las compras por mi distrito, Magdalena, cuándo veo a éste Chamo ordenando algunas cosas en la ferretería de don Omar, en el Boulevard.

Siempre compro ahí lo que sea que necesite de electricidad o gasfiteria, pero nunca lo había visto. Encima tiene todo lo que me gusta en un hombre, talla, cuerpo, color, así que no creía que me hubiese pasado desapercibido.

Ese día entré al local con cualquier excusa, ni me acuerdo que compré, ya que mi única motivación era verlo de cerca y sacarle al dueño alguna información suya, para saber si se trataba de un trabajador eventual o fijo.

Sabía que don Omar, el dueño de la ferretería, era muy eticoso en cuánto a leyes y derechos, por lo que suponía que no lo tendría trabajando en negro, y si estaba en planilla, no se trataría de alguien totalmente anónimo.

Esa vez no pude averiguar mucho, ya que no quería quedar en evidencia, así que lo dejé para otro día. Desde entonces que trataba de pasar frente a la ferretería cada vez que podía, para asegurarme de que siguiera trabajando. Por suerte así fue, ya que lo veía acomodando herramientas, atendiendo a algún cliente, y hasta cobrando, lo que revelaba el grado de confianza que había llegado a tenerle el dueño.

No es lindo de cara, pero a mí, cuánto más lo veía, más me excitaba. Debe medir como 1.90, por lo que me saca más de una cabeza, de cuerpo trabajado, moreno, y porte de cachero que me hace alucinar con tenerlo en mi cama.

La oportunidad estaba, solo tenía que tomarla.

Finalmente un día me animé entré a la ferretería, sin saber qué iba a hacer o decir.

Había dos clientes delante mío, y escucho que a uno de ellos le pregunta que tal había quedado un trabajo de electricidad que le hizo. Ésta es la mía, me dije, así que cuándo me atiende don Omar, le digo que tengo un problema similar en casa, que no sé que hacer.

-A ver, el Chamo de eso sabe bastante- me dice y lo llama -Jean, acá la Señito tiene un problema que es de tu rubro-

Así me entero de su nombre: Jean.

Cuándo se me acerca, se me seca la boca, me pongo nerviosa, pero aún así le digo cualquier cosa de un cableado del que empezaron a saltar chispas, enredándolo todo para hacerlo más confuso.

-No sé que podría ser, tendría que verlo...- comenta.

-Si quiere puede darse una vuelta por su casa, para hacer una revisión, la visita no le sale nada- me dice el dueño.

"Gracias don Omar, me digo a mí misma, le estaré eternamente agradecida".

-Pero tendría que ser mañana- le digo -Ahora estoy un poco ocupada-

Eran las tres de la tarde, mis hijos estaban en casa y mi marido llegaría de chambear en un rato más, así que en ese momento era imposible.

-Cuando usted diga, si me da la dirección- repone el ferretero, cogiendo papel y lapicero para anotar.

Le doy la dirección de casa y mi celular, para que me llame antes de ir, pidiéndole que fuera a eso de las nueve. Me dice que no hay problema, que a las nueve estará allí.

El día en cuestión me desperté con una terribles ganas de cachar. En otras circunstancias me hubiera echado un mañanero con mi marido, pero sabiendo que en un rato más el Veneco estaría en casa, me tuve que aguantar.

Unos minutos antes de las nueve, recibo el tan ansiado llamado de la ferretería. Era don Omar preguntándome si el Chamo podía pasar por casa para revisar la supuesta falla eléctrica.

Mis hijos ya estaban en el Colegio y mi marido en la chamba, así que le digo que sí, que lo estoy esperando... literalmente.

Don Omar, el dueño de la ferretería era mi seguro, quién sabía que el Veneco iba a estar allí, conmigo, por eso lo iba a dejar entrar. Soy conciente del riesgo que implica meter no sólo a un venezolano a tu casa, sino a cualquier desconocido, pero en éste caso, la figura del ferretero me servía de respaldo.

A los pocos minutos suena el timbre. Abro la puerta y ahí está, churro, imponente, con la caja de herramientas en la mano. El día estaba nublado, frío, húmedo, pero al verlo, para mí salió el sol.

Lo hago pasar, sintiendo como su sola cercanía hace que se me humedezca la entrepierna.

-El problema es en el cuarto...- le digo, caminando delante suyo en la forma que suelo hacerlo cuándo quiero provocar a alguien.

Apenas salió mi marido de casa, unos minutos antes de las ocho, tendí la cama con sábanas limpias, prendí un par de velas aromáticas, y puse una sutil melodía de saxo. Una ambientación sexual más que evidente.

-¿Es aquí?- me pregunta sorprendido.

-Sí, ahí dónde está la lámpara...- le indico.

Ah, y para rematar, había dejado desparramados unos condones junto a la lámpara que le acababa de señalar.

Saca un par de instrumentos de la caja, y se pone a revisar el cableado.

-Mientras trabajas, me voy a dar una ducha que después tengo que salir y no quiero que se me haga tarde- le digo.

-Le prometo no demorar demasiado- me asegura, poniendo manos a la obra de inmediato.

El baño está dentro del cuarto, así que entro, y dejando la puerta un poco abierta, me meto a la ducha. Ése era mi plan, atraerlo con el ruido del agua y la puerta entreabierta para que me hiciera suya ahí mismo, dentro de la bañera. Pero por más señales que le envío, no hay caso, no viene.

A poner en marcha el plan "B" me digo, así que cierro el grifo, me seco un poco el pelo, y envuelta en una toalla, de las de mano, salgo del baño.

-¿Y, cómo va eso?- le pregunto, atrayendo adrede su atención.

Se voltea para contestarme, pero al verme en tal estado, mojadita y con apenas un trapo cubriendo mis atributos, se queda de piedra.

-¿Te comieron la lengua los ratones?- le sonrío cómplice.

-No... Disculpe... Es que... No pude encontrar todavía... el problema...- responde medio tartamudeando, y aunque trata de mirarme a la cara, no puede evitar bajar la mirada hasta dónde la toalla parece cubrir cada vez menos.

-¿Y qué te parece si mejor buscas por acá?- le digo, dejando caer al suelo lo único que impide mi completa desnudez.

Me quedo calata frente a él, un absoluto desconocido, aunque no puedo evitar sentir mis pechos llenos y mi sexo cada vez más húmedo y dilatado.

-No hay nada para arreglar, ¿no?- deduce finalmente.

Le digo que no con la cabeza.

-No tenías que mentir para hacer que viniera- me dice, acercándose.

-Don Omar conoce a mi marido, tenía que disimular un poco- le digo, disfrutando de como sus manos resbalan por mi cuerpo y me aprisionan las tetas.

Nos besamos hasta quedar sin aliento. Por supuesto que mientras él me acaricia a mí, yo lo acaricio a él, sintiendo por debajo de su bragueta una consistencia por demás prometedora.

No me aguanto, así que le desabrocho el pantalón a las apuradas. Tanto tiempo anhelando eso que tiene ahí abajo, que no puedo esperar ni un segundo más. Se lo bajo de un tirón, de modo que el pincho aparece de un salto, duro, mojado, curvado hacia un lado, exudando vigor y virilidad por cada vena.

No me defrauda, por el contrario, es más de lo que esperaba. Me gustan los pingones, sobre todo teniendo un marido que no ha sido muy beneficiado en ese aspecto.

Se la chupo a mi gusto, a lo bestia, escupiéndola, llenándola de saliva, comiéndome cada pedazo, hasta sentir que me ahogo. La suelto solo para recuperar el aire, y se la vuelvo a comer, sorbiendo con fuerza, con entusiasmo, con esas ganas que vengo juntando desde que lo ví aquella primera vez acomodando la vidriera de la ferretería.

Le paso la lengua a todo lo largo, le chupo los huevos, y se la sigo lamiendo, besando, chupando, hasta que él mismo me la saca de la boca y me golpea con ella, cómo si fuera un bastón, en una mejilla y en la otra, en los labios, haciéndome sentir su brutal contundencia.

Me levanto mientras se calatea. Me encanta ver su cuerpo moreno, musculoso, con la pinga como estandarte. Nos besamos, nos abrazamos, recorriendo con las manos cada centímetro del cuerpo del otro.

Me recuesto en la cama, de espalda, y me abro toda, invitándolo a darse un atracón con lo que tengo entre las piernas. Me chupa con ganas, punteando con la lengua esas partes que parecen más sensibles a los estímulos.

Me la deja hecha un aguadito. Se coloca uno de los preservativos que pudo ver al entrar al cuarto, y echándose encima, me la entierra hasta el fondo.

-¡Ahhhhhhhh...!- sentirlo entrar y resbalar por mi interior es todo lo que necesito.

Arqueo la espalda y empujó mi vientre hacia arriba, para sentirlo aún más nítidamente. Se coloca mis piernas sobre los hombros, y en una posición como de flexiones, me coge con un ritmo enloquecedor, entrando y saliendo con golpes cada vez más elocuentes. Yo estoy que alucino. Había fantaseado tanto con ese momento, que no podía creer estar por fin viviéndolo, y que fuera aún mucho mejor de lo que había imaginado.

Haciendo alarde de su fuerza, me levanta, y así alzada, con él de parado, me bombea a morir.

PLAP PLAP PLAP, me la saca y un chorro de algo me sale expulsado de adentro. No es orina, sino flujo o algo así. De nuevo, PLAP PLAP PLAP, y otro chorro. PLAP PLAP PLAP y otro más.

Me arroja sobre la cama, cómo si fuera un paquete, haciéndome caer de espalda, toda despatarrada, con la concha pidiéndome clemencia.

Pienso que me va a dar una tregua, un respiro, pero no, me agarra de los pelos, me levanta y me pone de cara contra la pared. Me mete un par de dedos en el culo, y tras comprobar mi elasticidad anal, me atraviesa con la pinga. Sí, aunque es pingón me la mete toda de un solo empujón.

El grito que doy al sentirlo es como si me estuviera descuartizando. Miren que estoy acostumbrada a que me cojan por el culo, pero lo del Veneco es impresionante, una animalada. Está tan arrecho que la verga parece a punto de romper el condón de tan hinchada que la tiene.

Me culea a full, bombeando cómo si quisiera reventarme las vísceras a puro pingazo.

-¡Cómo me gustan las casadas culo roto...!- me dice con ese dejo caribeño que me pone la líbido a mil.

Yo grito y me desespero, es demasiado el goce, el placer. Cada empujón se me clava en lo más profundo de las entrañas, arrancándome gritos urgentes y enloquecidos.

Me vuelve a agarrar de los pelos, cómo si fuera la crin de un caballo, y sin sacarme el pincho, me lleva de nuevo hacia la cama. Me pone en cuatro y arremete con todo. Primero por el culo, luego de nuevo por la concha.

Me da tan fuerte, tan brutal y violento, que tengo que hacer algo que nunca hice, pedirle que pare.

-¡Para... Para, por favor... Me estás matando...!- le digo, sintiendo que si no lo frenaba iba a terminar desgarrada o mucho peor.

Me toco la concha, para comprobar que todo esté en condiciones, me doy la media vuelta, y abriéndome de piernas, le digo:

-¡Dale... Sigue matándome...!-

Con la pinga por delante, se me echa encima, y me penetra, cachándome ahora con mayor delicadeza.

-¡Sí... Sí... Así... Ahhhhhhh... Cachame bien rico...!- le digo entre plácidos suspiros, a punto de mojarme una vez más.

Llego primero yo al orgasmo, sintiendo como una oleada de calor y bienestar se extiende por todo mi cuerpo. Casi de inmediato, acaba él, derrumbándose sudado y complacido encima mío.

Estoy deshecha, destruida, reventada..., pero feliz. Hacía más de una semana que esperaba por ese momento, y ahora que ya había terminado, puedo decir que valió la pena cada segundo de espera.

Antes de que se salga, le rodeo el cuello con mis brazos, lo atraigo hacia mí, y lo beso con locura, con pasión, con gratitud.

-¡Gracias por cacharme y culearme tan rico...!- le digo en un susurro somnoliento.

-De nada, usted se lo merece, señora...- se interrumpe ya que acaba de darse cuenta que no sabe mi nombre.

-Estefany, me llamo Estefany- le digo.

Increíble, me acaba de cachar y ni siquiera sabe cómo me llamo.

-Jean Carlo, un placer conocerte Estefany- se presenta.

-Debo decir que el placer fue todo mío, Jean- le aseguro.

Ya presentados oficialmente, nos volvemos a besar, con toda la lengua, cómo si no quisiéramos separarnos. Pero él debe volver a la ferretería y yo seguir con mis cosas.

Obvio que muy pronto algo más se va a descomponer en casa...