Mi vecinito del pueblo se hace conmigo 02
Sabe que su novio la espera en casa, pero el vecino tiene otras ideas. Cada día las reglas son más estrictas, el riesgo mayor y el placer, inconfesable. Esta vez, no hay vuelta atrás.
Al día siguiente no vi a Santi. Acompañé a mi padre a su vieja casa y recogimos las cosas que quería conservar. Nos dimos una buena tupa, pero conseguimos terminar la tarea antes de comer. Por la noche cenamos en casa, aunque luego nos fuimos a la plaza. Mientras charlábamos tomando un helado yo miraba alrededor, inquieta. Caí en la cuenta de que lo que en realidad me pasaba era que buscaba a Santi con la mirada. No se me iba de la cabeza.
Salíamos de la plaza cuando nos encontramos con el chico. Iba acompañado por su madre, un señor que no conocía y una jovencita.
—Hola, ¿ya os retiráis? — nos saludó Lola.
—Sí, solo hemos venido a tomar un helado — contestó mamá.
—Dejad que os presente. Este es Gerardo y su hija Alicia, viven un par de casas más allá de las nuestras.
—Hola — contestó papá —, encantado. No os he visto por aquí, ¿acabáis de llegar?
—No — repuso Gerardo estrechando la mano a mi padre —, lo que pasa es que tenemos una finca aquí al lado y solemos dormir allí.
Ellos charlaban y yo me fijé en la chica. Debía ser de la edad de Santi y era muy guapa, con la piel clarita, rubia y con una bonita cara. Santi no se despegaba de ella.
—¿Qué te parece, Paloma? — me preguntó mamá.
—¿Qué? — estaba distraída con la chica y viendo a Santi mirarla como si fuera un caramelo. Menudo imbécil.
—Que si te apetece ir a montar a caballo, ¿es que no has prestado atención?
—Sí, claro, sería estupendo — dije sin saber exactamente lo que estaba aceptando.
—Pues mañana te recojo entonces — me sorprendió Santi.
Por no atender a la conversación ahora tendría que ir con Santi, que por si fuera poco, el muy gilipollas parecía prendado de Alicia. No es que a mí me importara, claro.
Para rematar la noche, estaba quedándome dormida cuando recibí una notificación en el móvil. Era un enlace a internet de un número desconocido. Picada por la curiosidad pulsé sobre el enlace. En cuanto cargó la dirección un video se empezó a reproducir. En él se veía cómo alguien se masturbaba. Aunque no se veía quién era lo tenía clarísimo. Conocía esa polla. Tras un par de minutos de movimiento, al final terminaba lanzando su carga entre jadeos. Me pareció escuchar algún murmullo y lo volví a reproducir con el sonido más alto. Tuve que ver varias veces cómo se corría para darme cuenta de lo que decía: Paloma, Paloma.
Bufé y dejé el móvil en la mesilla, cabreada. ¡Maldito niñato! Después de eso me costó un buen rato dormirme, y encima con las bragas empapadas.
Como no había dormido bien, inquieta no sé por qué, estaba desayunando cuando llegó Santi. Entró en la cocina animado y con una sonrisa, pero en cuanto me vio se le arrugó el ceño.
—¿Qué? — le pregunté.
—Creí que eras una persona de palabra — me señaló el pecho y caí en que habíamos acordado que no llevaría sujetador. La verdad es que se me había olvidado, pero intenté salirme con la mía.
—Pensé que no era en serio.
—Claro que era en serio, Quítatelo — me dijo ceñudo.
—No — contesté resuelta.
—Vale, lo que quieras.
Sin decir nada más se dio la vuelta, salió de la cocina y enseguida escuché cerrarse la puerta. “Me he librado”, pensé. No montaré a caballo pero al menos no tengo que ver a ese cenutrio. Terminé de desayunar, pero me notaba desasosegada, estaba intranquila. Seguro que Santi se había enfadado. Tampoco es que me importara mucho. Aunque sí es cierto que habíamos hecho un trato. Me había coaccionado con no devolverme el sujetador, pero yo había aceptado sus condiciones. ¡Maldito crío! Me debatí entre pasar de todo o cumplir mi parte. Al final no quise decepcionar a Santi ni a mí misma incumpliendo las condiciones y, renegando, subí a mi habitación, me despojé del sujetador, me cambié la camiseta de hombreras por otra de manga corta que disimularía algo más la ausencia de la prenda y salí a buscar a Santi.
Llamé a su puerta y me hizo esperar. Me abrió a la tercera llamada.
—¿Qué quieres? — me dijo sin mirarme.
—¿No íbamos a montar a caballo? — le respondí meneando un poco el pecho para que apreciara la libertad de mis tetas.
Ahora sí me miró y sonrió al percatarse.
—Claro, Paloma, Espera que coja el móvil — entró y salió enseguida —. Es un paseo de una media hora, pero terreno llano, así que podemos ir deprisa.
Me cogió la mano y salimos del pueblo. Seguimos un camino ancho de tierra hasta que vimos una casa al fondo con varias instalaciones anexas.
—Gerardo es un amigo de mis padres, se dedica a criar caballos y de vez en cuando me deja venir a montar. ¿Tú sabes montar? — me preguntó cuando llegábamos.
—No. No he montado nunca.
—Verás cómo te diviertes.
Al llegar entramos directamente al establo, allí estaba Gerardo cepillando a un bonito caballo.
—Hola chicos, ¿cómo estáis? — nos preguntó sonriente.
—Bien, don Gerardo — le contestó Santi.
—Echadme una mano, anda. Alicia se ha tenido que ir a la ciudad y ando muy ocupado. Luego os preparo un par de caballos.
Me alivió que no estuviera Alicia. No me gustó nada cómo había mirado a Santi. No es que me picaran los celos, para nada. Lo que pasa es que se pegaba mucho a mi vecinito. Seguimos las instrucciones de Gerardo y les dimos pienso a los animales. Luego nos pidió que cepilláramos a dos de ellos, los que íbamos a montar, para que se acostumbraran a nosotros. Al principio pasé un poco de miedo con un caballo tan grande, pero se dejó hacer sin apenas moverse. Terminamos y Gerardo nos ensilló los caballos.
—Tú— me dijo —, vas a montar a Rayo. No te preocupes por el nombre, es un caballo muy tranquilo. ¿Te ayudo a subir?
Sacamos de las riendas a los caballos del establo y me ayudó a montar. Me dio unas pocas indicaciones de como “conducir” y a Santi le dijo por dónde debíamos ir. Así, si teníamos algún percance y tardábamos en volver sabría por dónde buscarnos. Santi le dio con los talones a su montura y yo le imité. Salimos al paso en fila india. Al poco Santi se puso a mi lado y estuvimos comentando todo. Luego azuzó a su caballo y le puso al trote. Hice lo que él y mi caballo aceleró poniéndose a la par que el suyo. La verdad es que era muy incómodo. Mi cuerpo se movía sin que yo lo controlara, mi culo chocaba con la silla cada vez que bajaba y mis pechos, sin el sujetador, rebotaban como queriendo escapar. Esto no le pasó desapercibido a Santi, que me miraba con una sonrisa pícara.
—Eres toda una amazona, Paloma.
—Y tú un mentiroso, pero gracias.
—Jajaja, lo que sí estás es preciosa.
Lo que a él le gustaba era ver el meneo de mis tetas, pero me gustaba que me piropeara. Por suerte volvimos al paso, me gustaba mucho más, y recorrimos el entorno. En una pequeña arboleda nos bajamos de los caballos y los atamos a una rama. Me vino muy bien estirar las piernas. Me masajeé el culo dolorido.
—¿Te duele el trasero? — me preguntó con cachondeo.
—Es que pasa una cosa con este caballo, no está bien calibrado o algo. Cada vez que yo bajo el sube y al revés. No paramos de chocarnos.
—Jajaja, ya le pillarás el tranquillo. Luego, si te ves segura, galopamos un poco. Es mucho mejor.
—Quizá — le respondí pensándolo.
—Ven que te alivie.
—¿Qué haces? — Santi me había abrazado y masajeaba mis nalgas a dos manos.
—Ayudarte, que si no te va a doler el culete cuando volvamos a montar.
—Lo puedo hacer yo, gracias — le dije empujándole del pecho.
—No me importa. No es molestia.
Se agarró fuerte y no conseguí desplazarlo. El muy capullo me estaba metiendo mano tan tranquilo. Su aroma masculino invadía mi nariz. Forcejeé con él hasta que me hizo una pregunta y me dejó congelada.
—¿Te gustó mi regalo? ¿Viste el video?
—Sí, lo vi. Y que sepas que eres un cerdo.
—¿Cuántas veces lo viste? — me preguntó al oído sin dejar de magrearme el culo.
—Una, lo quité en cuanto vi lo que era — le mentí pero no iba a reconocer que lo vi un montón de veces.
—No te creo.
—Puedes pensar lo que quieras — en ese momento sentí algo duro presionando mi tripa. Lo empujé más fuerte y me libré de sus brazos.
—Ven — me agarró la mano y me metió un poco más dentro de la arboleda.
Me quedé estupefacta cuando se bajó los pantalones y se agarró la polla
—Vas a verlo en directo, cariño — me guiñó el ojo.
—Eres un cerdo. ¿Es que no puedes dejarte el pajarito guardado? — contesté intentando que me soltara la mano.
—Es tu culpa. ¿Crees que se puede ver a una diosa montar con los pechos saltando sin ponerse cachondo? — su mano empezó a recorrer toda su longitud.
—Pues al menos espérate a llegar a casa, idiota.
—Mejor ahora, además, mola mucho más si estás a mi lado.
Me llevó más cerca de él y me rodeó la cintura. Tuve que ver pegada a él cómo se hacía la paja. Como la vez anterior, me quedé congelada, solo podía mirar cómo su polla crecía hasta un tamaño más que respetable y su glande poniéndose morado y liberando humedad. No supe reaccionar cuando me sacó la camiseta de los pantalones y metió la mano poniéndomela en la cintura y moviéndola en círculos. Intenté sacarla, pero el muy capullo la subió y me sujetó el pecho izquierdo. Tiré y me agarró más fuerte.
Así que allí estábamos. Santi se pajeaba mientras me magreaba una teta tan pancho. ¿Y yo? Pues yo le dejaba. Miraba cómo su mano recorría sin prisa su polla, tranquilamente, al tiempo que me acariciaba una teta dejando un rastro de calor por donde sus dedos pasaban.
—¿Te gusta verme, cariño? — me preguntó mirándome.
Levanté la vista y me encontré con sus ojos. La volví a bajar avergonzada sin contestarle.
—No puedes dejar de mirar ¿verdad? — se rio suavemente.
Me pellizcó el pezón y se me escapó un gemido. Aunque detestaba lo que me hacía, que jugara conmigo de esa manera, estaba muy excitada. Su agarre inicial en mi pecho había pasado a unas caricias tiernas que me gustaban mucho a mi pesar. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no meterme la mano bajo el pantalón y buscar mi propio placer. El gemido debió darle alas, porque tras escucharme su mano aceleró y sus caderas se movieron adelante y atrás. Su mano apretó mi pecho con más fuerza y, tras un par de fuertes meneos, se corrió.
—Paloma, Paloma, mira qué me haces — gemía mientas su polla no dejaba de manar.
Como un reflejo suyo, aunque yo no me corriera, gemí también. Verle disfrutar con mi nombre en sus labios era muy excitante. Me resultó erótico y no pude contenerme. Al oírme me apretó contra su cuerpo y sin darme cuenta lo abracé, achuchándole con la cabeza en el hueco de su cuello mientras se recuperaba del orgasmo y normalizaba la respiración.
Me separé del crío en cuanto recobré mis sentidos. Avergonzada intenté montar en mi caballo, pero hasta que no llegó Santi y me ayudó no lo conseguí. Continuamos el paseo en silencio durante unos minutos, hasta que retomamos la conversación.
—Oye Paloma, gracias por lo de antes. Ha estado genial.
—No me las des — le contesté de malos modos —, no es que haya tenido elección.
—¿Es que no te ha gustado verlo? Sé sincera. A mí me ha parecido que disfrutabas.
—De eso nada — no quise reconocerlo, no le iba a dar esa satisfacción.
—¿Ni un poquito? — el jodido niño lo sabía perfectamente —. Admítelo, no es nada malo.
—Bueno, quizá un poquito — acepté remisa.
—Genial, pues para celebrarlo vamos a galopar un poco. Aprieta las piernas y déjate llevar.
Espoleó a su montura y echó a correr. Hice lo mismo y la mía salió galopando tras él. Me asustó un poco la velocidad, si me caía me iba a hacer cisco, pero era mucho más cómodo que el trote y terminé disfrutando muchísimo.
—Al final te has divertido — me dijo Santi mientras volvíamos al pueblo. Me llevaba agarrada de la cintura.
—Sí, la verdad es que una vez que le cojes el tranquillo está muy bien.
—Me alegro que te guste cabalgar — me dijo con un guiño —. Ya lo repetiremos, pero sin caballos.
Le di una colleja al entender sus segundas intenciones. Él me respondió agarrándome el culo. Le di otra colleja y subió la mano hasta mi pecho. Cubrí su mano con la mía para apartarlo, pero cuanto más forcejeaba más me magreaba. Le escuché una risita cuando se endureció el pezón. La mierda del crío me metía mano como quería y mi cuerpo reaccionaba como si le gustara, cosa que no era cierta para nada. Solté su mano y le di otra colleja. Esta vez se quejó con un fuerte grito, como si lo hubiera matado. Mi hizo gracia, así que entre collejas y sus manos viajeras llegamos al pueblo entre risas.
Por la tarde me libré de Santi, al menos en persona. Me mandó un mensaje al móvil y resoplé al leerlo. Me avisaba de que iba a venir esta noche a enseñarme algo muy bonito. Pues lo lleva claro el crío, pensé, como seguro que se refiere a su polla le voy a bajar la persiana. Sin embargo, cuando subí a acostarme, por algún motivo no me decidí y la dejé subida.
No me asusté esta vez cuando se coló, tengo que reconocer que le estaba esperando. Con total confianza se sentó en la cama a mi derecha, apoyados ambos en el cabecero.
—¿Me has echado de menos, diosa?
—Para nada, y a ver si se te quita la costumbre de meterte en mi habitación cuando te da la gana.
—Yo creo que te gusta que venga a verte, pero dejemos eso, mira, tengo algo que enseñarte.
Sacó el móvil y me eché a temblar. ¿Me habría sacado alguna foto metiéndome mano? Pero no era nada de eso.
—Mira, cariño.
Me mostró la pantalla y fue pasando fotos. Sin que me percatara me había sacado montando a caballo. Se me veía radiante, el pelo al viento y el rostro brillante disfrutando de la cabalgada. Parecía una amazona. Me encantaron las fotos y me recriminé haber pensado mal de él.
—Luego te las paso, pero ¿te has visto? ¿Ves como eres una diosa?
—Eres un exagerado, pero gracias, me gustan mucho. Te han salido muy bien.
—No me des las gracias, van también a mi colección. Creo que van a ser mis preferidas.
—Eres un cielo — le besé en la mejilla. Que tuviera fotos mía en topless y prefiriera estas me enternecía.
—¡Guau! El primer beso — me miró con una enorme sonrisa.
—Calla, idiota —le di un manotazo cariñoso —, no hagas que me arrepienta.
—Vale, pero dame otro.
Me puso la mejilla y repetí el beso dejándolo durar un poco más. Las fotos habían sido un detalle muy bonito y estaba encantada de agradecérselo.
—Eres genial, Paloma.
—Jajaja, ya lo sé.
—Oye, ¿tú no tienes agujetas?
—Ya lo creo, cada vez me duelen más los muslos — me froté la parte interna que había empezado a molestarme hacía un par de horas.
—Si quieres te doy un masaje, seguro que te alivia — me miré las piernas desnudas. Me hubiera gustado, pero no me fiaba.
—No, no hace falta.
—¿Me lo das tú a mí entonces?
—Jajaja, dátelo tú solito, caradura.
—Vale, encantado.
—¡Eso no es un masaje! —exclamé cuando se bajó los pantalones y se agarró el miembro. Como siempre.
—Esto es el mejor ejemplo de masaje, y te recuerdo que has sido tú la que me lo ha ordenado. Sólo cumplo tus deseos, mi reina —me hizo un guiño.
—No me refería a eso y lo sabes — protesté con la mirada clavada en su polla. Estaba morcillona pero iba creciendo por momentos. Me resultaba fascinante —. Al menos date prisa, no nos vayan a pillar mis padres.
—Eso está hecho, cariño, contigo a mi lado no tardaré.
Yo no podía apartar la mirada, a pesar de ser poco más que un crío su polla era preciosa. Grande sin pasarse, rosadita con aspecto suave y con el glande algo más grueso y oscuro por la erección. Movía lentamente la mano arriba y abajo.
—¿No vas muy despacio? Así vas a tardar mucho.
—Es que es una gozada hacerlo contigo aquí, no quiero terminar rápido.
—Pero nos van a pillar.
—Si me enseñas las tetas seguro que acabo antes.
Dejé de mirar su polla para mirarlo a la cara. Tenía un sonrisa inocente. ¡Capullo! Me quité la camiseta y dejé mis pechos al aire. Su sonrisa se amplió, pero no fue más rápido.
—Acelera, Santi.
—Dame otro beso.
Le besé.
—Más largo.
Le besé durante más tiempo, a pesar de todo no aceleró. Yo no es que fuera experta en pajas, masculinas, se entiende, pero no veía que así pudiera correrse y, aunque no creía que alguno de mis padres fuera a entrar siempre existía el riesgo.
—Así no te vas a correr, idiota.
—Pues ayúdame, ven.
Súbitamente me cogió la mano y la llevó a su miembro. Al ver sus intenciones me resistí haciendo fuerza para evitarlo. Santi no me forzó, pero me sujetaba la muñeca sin dejar que me apartara. Mi mano quedó a unos centímetros de él. Miré su pene hinchado debatiéndome. ¿Qué hago? Me bastaría con estirar los dedos para acariciarlo, para tocar su preciosa polla. ¿Debo? Si normalmente me quedaba absorta mirándolo cuando se masturbaba, ahora estaba paralizada, absorta contemplando toda su longitud. Tan cerca. Fui débil, lo confieso, pero es que era superior a mis fuerzas. Al rodear su polla con la mano supe que eso era lo que realmente quería, que, en el fondo, lo estaba deseando. Una no es de piedra, joder.
—Así cariño, despacito.
Ahora que era yo la que marcaba el ritmo tampoco me di prisa. Era una gozada sentir su polla caliente, dura y suave a la vez en mi mano. Era como si palpitara entre mis dedos, como si fuera un ser vivo independiente de Santi. Entreabrí los labios y asomó la puntita de mi lengua.
—Eres estupenda, Paloma, me lo haces genial.
Le dediqué una sonrisa y seguí complaciéndole. Sus manos se movieron buscando mis pechos y los acariciaron con suavidad. Sentí un estremecimiento cuando rozaron mis pezones.
—Uuufff — suspiré bajito.
De su glande habían brotado varias gotas de líquido que ahora mojaban mis dedos. No sé por qué pero eso me excitó. Ahora deseaba que se corriera, que su polla me dedicara una buena descarga y se vaciara en mi mano. Aceleré.
—Aaaahhhh — gimió.
—Aaaahhhh — gemí.
Sus manos apretaron mis senos sin abandonar la suavidad, la mía, en cambio, apretó esa preciosa polla con fuerza sin parar de recorrer rápidamente toda su longitud. gemí otra vez cuando subió las caderas y volví a gemir cuando me sorprendió la primera descarga. Extremadamente excitada no dejé de pajear a Santi hasta que terminó de correrse, jadeante y con una expresión de satisfacción total.
—Lo que decía — me dijo después de recuperarse —, eres la diosa de las pajas. Ha sido la mejor de mi vida.
—Solo lo he hecho para que terminaras pronto — respondí, aunque me sentía muy halagada —. Ahora vete. Seguro que duermes como un niño — se me escapó una risita.
Nos limpiamos con pañuelos de papel y fue a salir por la ventana.
—¿Me das el último beso? — me preguntó volviéndose.
Me levanté para hacerlo. Solo llevaba unas braguitas. Si alguien me hubiera dicho hace solo tres o cuatro días que estaría prácticamente desnuda con Santi en mi habitación me hubiera reído de él. Le besé en la mejilla, pero giró la cara en el último momento y mis labios se encontraron con los suyos. Me atrajo hacia él y prolongó el beso. Sus labios eran suaves y frescos. Cuando su lengua salió a jugar la mía la recibió. Cuando nos separamos, me dedicó una espléndida sonrisa. Sofocada, le correspondí. Tras un nuevo guiño, salió por la ventana.
Terminaba de acostarme cuando pitó el móvil. Era un mensaje de Santi: «Me has distraído y se me ha olvidado decírtelo. Mañana nos vamos de senderismo. Lleva coche. Nos vamos a bañar. Lleva bikini. Yo llevo la comida».
Pensando en el plan, no conseguí dormirme. Al final entendí mi problema. El puñetero Santi no paraba de masturbarse, aliviando su excitación cuando le daba la gana. En cambio yo me ponía cachonda sin llegar a ningún sitio. Lo remedié masturbándome como hacía mucho, mordiendo la almohada para no gritar y viendo la polla de Santi en mi cabeza, sintiendo su dureza en mi mano.
Antes de dormirme pensé en mi chico, Rafa, y me sentí culpable. Le quería, sentía por él un amor sereno y tranquilo y no se merecía que no respetara nuestra relación, pero es que el capullo del vecino había conseguido de mí, poquito a poquito, mucho más de lo que podía darle. Tendría que remediarlo. Mañana hablaría con Santi y le dejaría las cosas claras.
Me levanté antes de lo normal para pedirle el coche a papá. No me pondría pegas, pero solo si él no lo necesitaba. Tuve suerte. Como íbamos a hacer senderismo me puse unas zapatillas de deporte con calcetines, el pantalón corto típico del verano y una camiseta de manga corta para que no cantara mucho la ausencia del sujetador. Preparé una pequeña mochila que usaba muchas veces como bolso y metí la parte de arriba del bikini para cuando nos bañáramos, la de abajo ya la llevaba puesta, un protector solar, el móvil y alguna cosa más. Desayunaba tranquilamente cuando llamaron a la puerta. Se adelantó mi padre y acudieron los dos a la cocina.
—¿Quieres un café, Santi? — le preguntó papá.
—Mejor un Cola-Cao, gracias.
—¿Dónde vais a ir?
—A la Sierra de Valdecorneja.
—Buen sitio, la subida es suave y el arroyo que baja de la sierra tiene sitios muy bonitos.
—Sí, pasaremos un buen día.
—Hija — me dijo a mí —, llévate el móvil por si os pasa algo. Vais cerca, así que no necesitas echar gasolina.
Partimos enseguida. Santi me contó que traía tortilla de patata y croquetas de jamón. Llevaba también dos botellas de agua congeladas para que llegaran fresquitas.
—Oye, Santi, quiero hablar contigo — le interrumpí.
—Qué mal suena eso — me respondió.
—Es que necesito explicarte una cosa.
—Pues tú dirás, cariño.
Hice una mueca al oír lo de “cariño”. Me gustaba que me lo dijera, pero ese era precisamente el problema.
—Tengo novio — le solté de sopetón temiendo su reacción.
—¿Y? — me dijo tan tranquilo.
—Pues que tengo novio y le quiero mucho. No quiero seguir así contigo, no quiero hacer contigo las cosas que hacemos. Me parece mal y tú me vas forzando a cosas que no deseo.
—Pero Paloma, cielo, a ver cómo me explico — hizo una pausa —. Mira, que tengas novio no me importa. Al fin y al cabo me sacas muchos años y aunque yo estaría feliz, no creo que quieras una relación seria y larga conmigo. Tú eres una mujer que trabaja y yo solo un estudiante, y por varios años todavía. Me encantaría que lo nuestro llegara a algo más serio, pero no te lo puedo ofrecer de momento.
—Está claro — le dije aliviada de que lo entendiera.
—Si. En cuanto a lo segundo, no creo haberte obligado a nada. Cierto que te hice unas fotos, pero como te aseguré no te saqué la cara y no las he compartido ni lo voy a hacer. Me he comportado correctamente y he sido honesto contigo. Cierto también que te presioné para que fueras sin sujetador, ahí te doy en algo la razón, pero recuerda que tú aceptaste el trato. Estuviste de acuerdo. Me cuelo en tu habitación algunas noches, cierto también, y no hacemos punto precisamente, pero Paloma, diosa mía, ¿no has disfrutado? ¿Hemos hecho daño a alguien? ¿Te he obligado alguna vez a hacer algo que realmente no querías?
Hizo otra larga pausa. Yo miraba la carretera pensando en lo que me decía y repasando en la cabeza todas nuestras circunstancias.
—Ahora dime, Paloma, sabiendo que no me interpondré entre tu novio y tú, ¿no te estás divirtiendo? ¿no estás disfrutando de nuestras pillerías? ¿no te gusta tener a un chico adorándote y deseándote como si fueras lo más maravilloso del mundo? Cuando acabe el verano cada uno volveremos a nuestras vidas y posiblemente no nos volveremos a ver, pero mientras, ¿no quieres ser mi diosa? Además — prosiguió cambiando el tono —, seguro que echarías de menos ir sin sujetador.
Se calló y miró la carretera dándome tiempo para pensar una respuesta, valorando sus argumentos. Aunque sí que me había medio obligado al principio, después estuve encantada de rendirme a sus manipulaciones. Recordé lo mucho que me había gustado pajearle la noche anterior. Consideré también lo que dijo sobre nuestra relación. Era cierto que lo nuestro acabaría con la misma facilidad con la que había empezado. Recorrí varios kilómetros antes de contestarle.
—Creo que tienes razón — le dije mirándole.
—¿En qué, cariño? — me dijo con una ligera sonrisa.
—En que echaría de menos ir sin sujetador.
Me reí a carcajadas aliviada al haber tomado una decisión. Santi rio conmigo y se soltó el cinturón de seguridad. Se inclinó y me dio un largo beso en la mejilla. El resto del camino lo hicimos cantando, si es que se puede llamar cantar a lo que salía de nuestras bocas. Yo canto mal, pero Santi todavía peor, jajaja.
Aparcamos el coche junto a la carretera, en una pequeña área de descanso y nos pusimos a subir la sierra con Santi encabezando la marcha. Había un sendero que se debía usar bastante por lo limpio que estaba de vegetación y nos cundió bastante. De vez en cuando veíamos a alguien a lo lejos o nos cruzábamos con algún madrugador que bajaba. Yo caminaba ligera, liberada de la desazón me sentía genial.
—Ve tú delante — me pidió Santi retrasándose.
—¿Y eso?
—Para verte ese culo bonito — me dijo tan campante.
Sonreí y obedecí. Durante unos minutos meneé las caderas provocativamente, escuchando a mi espalda alguna risita. Cuando la senda se ensanchó nos pusimos lado a lado.
—Por aquí vamos paralelos al arroyo — me explicó —, hay tres sitios ideales para parar y darse un baño. En el primero casi siempre hay gente en verano, en el segundo no suele haber nadie, solo lo conoce la gente de la zona. El tercero está bastante arriba y es muy raro que alguien suba hasta allí. Ese es nuestro destino.
—¿Cuánto vamos a tardar?
—Nos queda todavía una hora o así. ¿Vas bien?
—Sí, la verdad es que es una mañana estupenda para hacer esto — había amanecido nublado y el solo no calentaba mucho. La temperatura parecía más fresca que otros días.
—¿Quieres agua?
—Sí, un sorbito.
Sin pararnos sacó una botella y bebí lo poco que se había derretido, el resto seguía siendo hielo. Subimos siguiendo el camino, serpenteando por el monte. A veces Santi me cogía de la cintura, otras íbamos de la mano. Me parecía tan natural que ni lo pensaba. En la primera parada vimos a la gente al borde del arroyo. Nos sentamos a descansar unos minutos sobre una roca. Habría como quince personas, entre adultos y niños. Subimos después hasta la segunda parada. Una única pareja se metía en ese momento en el agua.
Mediada la mañana llegamos a nuestro destino.
—Mira — me indicó Santi señalando con la mano.
Un ensanchamiento del arroyo creaba una especie de piscina natural, pequeña pero muy bonita. Lo que me pareció mejor es que los árboles llegaban justo hasta la orilla del cauce y tendríamos sombra.
—Es precioso, me gusta mucho el sitio — le dije encantada.
—Sabía que te iba a gustar. Vamos a dejar las cosas a la sombra.
Dejamos la mochilas y bebimos agua antes de que se calentara. Santi se quitó el calzado y le imité, estuvimos un rato sentados en un tronco, descansando estirando las piernas y meneando los dedos de los pies.
—¿Un bañito, Paloma? — me propuso al rato.
—Sí, me apetece.
Se quitó la ropa quedándose en bañador. Yo me quité el pantalón y busqué en la bolsa la parte de arriba del bikini. Sin vergüenza alguna me quité la camiseta y me lo fui a poner.
—¿Qué haces, cielito? — me preguntó serio.
—Ponerme el bikini, por si viene alguien.
—De eso nada. Un trato es un trato, pero no te preocupes que aquí no viene nadie.
Lo sopesé con el bikini en la mano. Terminé aceptando.
—Vale. Aunque entonces tú deberías hacer igual — señalé su bañador.
—¿Seguro? — me miró con picardía.
—Eh… mejor no — contesté pensando en las posibles consecuencias.
—Jajaja, venga, vamos al agua. Dame la mano.
—Entramos agarrados para no perder el equilibrio con las piedras. El agua estaba realmente fría y daba grititos de la impresión. Al legar al centro el agua nos llegaba por la cintura. Conté uno, dos y tres y nos metimos hasta el cuello. Me estremecí varias veces para adaptarme al frio.
—Está helada — protesté.
—Ven.
Le abracé y rodeé con las piernas. Pegué mi pecho al suyo buscando calor. Él me rodeó con los brazos guardando el equilibrio en cuclillas.
—Así quería tenerte. me dijo con un guiño.
—Calla, tonto, que tengo frío.
—Pues yo cada vez tengo más calor.
Me restregué contra su pecho frotando los pezones duros por el frío. Tuve que separarme de él ya que empezaba a notar un bulto presionando mi entrepierna. Dedicamos un rato a jugar en el agua y terminamos haciendo el muerto, flotando boca arriba.
—Eres un espectáculo — me decía al ver mis pechos asomar a la superficie.
—Y tú un salido, jajaja.
—¿Cómo no iba a serlo?
Estuvimos hasta que me entró frío y nos salimos. Santi repasaba mi cuerpo desnudo y húmedo con la mirada, pero en vez de molestarme me sentí apreciada.
—Me ha entrado hambre, ¿comemos? — le propuse.
—Claro, es que ha sido mucho ejercicio.
La tortilla estaba buena y las croquetas mejor todavía, además todavía el agua estaba fría y daba gusto beberla. Después nos tumbamos a la sombra un rato y estuvimos charlando sin parar. Me contaba cómo era su vida de estudiante y yo le explicaba las vicisitudes de mi trabajo. Todo el rato estuve en topless y, salvo al principio, ni siquiera lo pensé. Estaba realmente a gusto. Me gustaban las miradas apreciativas de Santi y la brisa refrescaba mi piel. La sensación era muy agradable.
—Oye, cariño — me dijo cambiando de tema —. Me gustaría hacerte más fotos, es que en bikini estás tremendamente guapa.
—¿Tremendamente guapa? — contesté con retintín.
—Bueno, en realidad quería decir que estás buenísima, espectacular, como una diosa de la sensualidad y la belleza.
—Jajaja, qué pelota eres. ¿No tienes ya bastantes? — no me importaba hacerme más fotos, pero quería que rogara un poquito.
—Para nada. Tengo un disco duro externo enorme que espera ser llenado con tu belleza y simpatía.
—Jajaja, es que ahora no me apetece mucho. Estoy muy a gusto aquí tumbada — seguí resistiéndome.
—Anda, porfa, me hace mucha ilusión.
—Vaaale — cedí —. Pero sin cara, ya sabes.
—Por supuesto.
Me puse al sol donde me indicó y posé para él. Adoptaba las posturas que me iba pidiendo y el sacaba fotos incansable. De vez en cuando me las enseñaba y borraba alguna en la que se me veía parte de la cara. Me pidió que levantara mis pechos con las manos y le complací, que tirara de mis pezones y lo hice también. El asunto me estaba calentando, y a juzgar por su bulto a él también.
—Ahora de espaldas.
—Claro, Santi.
Seguí posando. Me metí las braguitas del bikini entre las nalgas a petición suya, luego lo bajé hasta la mitad del culo. El seguía tomando fotos sin parar mientras ambos nos calentábamos más y más.
—¿Quieres ponerte a cuatro patas? — me pidió con algo de timidez. Raro en él.
—Tú lo que quieres es verme con las tetas colgando — le dije.
Asintió con la cabeza y lo hice. Arqueé la espalda para que la imagen fuera más insinuante. Mi culo sobresalía claramente y mis tetas colgaban bajo mi pecho. Se quedó tan pillado que tardó un poco en seguir tomando fotos.
—Bueno, ya — dije —. Ahora te toca.
—¿Qué? — contestó sorprendido.
—Que te toca. Dame el móvil y ponte ahí.
Intrigado se puso donde le dije sin saber qué hacer.
—Levanta los brazos y saca bíceps — le pedí —. Ahora haz el egipcio.
Le hice adoptar varias posturas a cual más ridícula. Santi cumplió y entre risas de los dos posó como le dije. Solo dudó un par de segundos cuando le hice una última petición.
—Ahora quítate el bañador.
Lo lanzó lejos sin cortarse y mostró el miembro, orgulloso apuntando hacia arriba. Le hice varias fotos, de frente y de perfil pensando en lo bonito que era.
—Ahora primeros planos.
Me acerqué y me pude de rodillas. A escasos centímetros le saqué varias fotos con mucho detalle.
—Las tuyas me las tienes que mandar luego — le pedí y seguí disparando.
Santi posaba inmóvil atendiendo mis peticiones, hasta que se acercó un poco más. Ahora tenía su miembro a un par de centímetros de mi nariz. Al verlo tan cerca bajé el móvil y me quedé quieta mirándolo, apreciando todos los detalles. Con los ojos bizcos lo contemplaba deslumbrada, como un ciervo antes los faros de un coche. Con mucha lentitud se terminó de acercar y me tocó la nariz. Cerré los ojos y seguí inmóvil. Despacito, como con dulzura, me lo pasó por la frente, me tocó los ojos con la punta y recorrió mis mejillas, primera una y luego la otra. Sentía el calor que desprendía, era como un hierro candente abrasando mi piel. Mi respiración se aceleró. Cuando me tocó la boca le miré. Separó los labios haciendo un círculo. Supe lo que quería y obedecí.
Despacio, con mucha tranquilidad, metió solo el glande en mi boca. Lo rodeé con la lengua y lo lamí apretando ligeramente los labios en torno a él. Me dejó que lo lamiera un ratito antes de seguir profundizando, ahora tenía casi la mitad de su polla en mi boca. Apreté más fuerte los labios y seguí lamiendo. Me gustaba mucho, disfrutaba. Tras unos minutos volvió a adelantarse y me la metió todo lo que soporté.
Hasta ahora ninguno había usado las manos. Había sido algo lento, erótico y dulce, pero cuando me la metió entera llevé las manos a sus muslos para sujetarme y poder chupársela en condiciones. Él me sujeto la cabeza y acompañó mis movimientos. De la lentitud pasé a la urgencia, de la dulzura a la lujuria. Estaba tan cachonda con la polla de Santi en la boca que la mamaba con gula, con ansia. Mi lengua no paraba, mis labios apretaban con fuerza, mi cabeza subía y bajaba devorando el manjar. Santi perdió el aplomo que había demostrado hasta entonces. Me sujetaba la cabeza con las dos manos y me obligaba a subir el ritmo, a profundizar más y más, moviendo las caderas. Enfebrecida con su impetuosidad le seguía como podía totalmente entregada. Llevé una mano a sus testículos y los apreté suavemente sin dejar de mamar. Mi lengua se volvía loca recorriendo la preciosa polla. Deseé que no terminara nunca de lo excitada que estaba y por lo mucho que estaba disfrutando. Pero todo lo bueno se acaba.
—Me voy a correr, diosa mía, no resisto más.
—Uummppfff — respondí.
—¿Dónde? ¿Dónde? — preguntó, mi cabeza no estaba en su mejor momento y no lo entendí.
—Uuummgfff.
—¿Dónde lo echo? — ahora sí.
—En mis tetas — le dije rápidamente deteniendo la mamada solo un segundo.
Proseguí chupando y lamiendo y creo que incluso mordiendo, con la cabeza zarandeada por sus manos hasta que se salió repentinamente. Llevé las dos manos a la húmeda polla y le masturbé frenéticamente. Me recompensó con un fuerte chorro que me pringó la barbilla y el cuello. Cambié el ángulo y los siguientes regaron mis tetas con semen hirviente. Santi jadeaba como un poseso y yo gemía de la excitación. Cuando terminó de correrse nos miramos con los ojos brillantes. Acaricié sus testículos con dulzura sin dejar de mirar sus ojos.
—Voy al agua — le dije al rato sonriente —. Me parece que tengo que limpiarme.
—Gracias, Paloma, ha sido lo mejor de mi vida — me aupó de la mano y me acompañó al arroyo.
—Me alegro que te haya gustado, a mí me ha gustado mucho — reconocí.
Al llegar al centro de la corriente nos agachamos y me abrazó por la espalda. Él mismo se encargó de limpiarme. Sus manos recorrieron mi barbilla, cuello y pechos limpiando el semen. Me gustó que me atendiera.
—Ahora tú — me dijo al oído bajando la mano a mi entrepierna.
Apreté las piernas sorprendida. Me había pillado con la guardia baja.
—¿No quieres? — intenté discernir en la maraña de mis pensamientos lo que quería realmente —. No te preocupes, no te haré el amor hasta que me lo pidas.
Solo tardé un instante en separar los muslos. Santi, en vez de masturbarme como esperaba, se entretuvo en sacarme el bikini y lanzarlo fuera del agua. Completamente desnuda en sus brazos me abandoné, dispuesta a dejarme hacer lo que quisiera. Con más mimo del que necesitaba en ese momento, me acarició despacio. Separó mis labios mayores y recorrió mi coñito. Yo tenía una imperiosa urgencia por correrme, pero resistí y lo dejé en sus manos. Con una habilidad insospechada para su edad, poco a poco, me fue tocando y aumentando mi excitación. Gradualmente elevó el nivel de placer, frustrantemente despacio, hasta que llegó al clítoris. Bastó que lo frotara en círculos unos instantes para que explotara en un orgasmo demoledor.
—Aaaaaggghhhhhhh — gemí.
Sus hábiles dedos prolongaron el orgasmo con sus caricias. Cuando terminé, jadeante y sofocada, le supliqué:
—Otra vez, Santi, por favor.
Me complació al momento. Esa vez me penetró con dos dedos y me folló con ellos hasta que su otra mano abandonó mis pechos y la bajó para encargarse de mi clítoris. Si el primer orgasmo había sido fabuloso, este segundo no lo fue menos. Gemí como una perrita sintiendo que mi cuerpo se deshacía en una explosión de placer.
—Ahhh… ahh… jadeé intentando respirar.
Santi me abrazó con fuerza hasta que me repuse y volví a ser persona. Me giré y le agarré la cara con las manos.
—Ahora soy yo la que te da las gracias. Ha sido fabuloso. Gracias — le dije.
—Lo que mi diosa ordene. Estoy para complacer — me guiñó un ojo con picardía.
—Capullo — y le besé. No un beso en la mejilla. Nos comimos la boca no sé el tiempo. Mucho. Nuestras manos recorrieron ávidas nuestros cuerpos, sin saciarnos. Al final acabé tiritando y, lamentándolo mucho, tuvimos que salir.
—Voy recogiendo, empieza a ser la hora — me dijo Santi después de que pasáramos otro buen rato tumbados a la sombra.
—¡Qué pereza! Con lo bien que se está aquí.
—Jajaja, tienes razón, pero entre el camino y el coche tenemos más de dos horas de viaje.
—De acuerdo, vale — convine.
Recogimos los restos de comida y nos vestimos. Busqué mi camiseta.
—Oye, Santi, ¿has visto mi camiseta? — le pregunté mirando alrededor.
—Sí, la tengo en la mochila.
—Ah, menos mal, creí que la había perdido — extendí la mano para que me la diera. Él me vio, me dio un beso en la palma y siguió a lo suyo.
—¿Me la das, Santi?
—Eh… no, creo que no.
—¿Cómo qué no? — le espeté.
—Que no. Quiero que vayas sin ella.
—¿Cómo voy a hacer eso? Me va a ver cualquiera.
—Nah, no creo, ya no quedará casi nadie.
—¿Pero, y si queda alguien? — me escandalicé.
—Eso sería divertido, ¿verdad?
—Tú y yo no tenemos la misma idea de diversión.
—No es para tanto, cariño, y si te portas bien te la doy al llegar al pueblo. Además, te llevo la mochila para que no te roce la piel.
Conociendo a Santi y lo cabezón que era cuando se le metía algo entre ceja y ceja me di por perdida. Intentar razonar con él sería inútil. Levanté los brazos al cielo y bufé.
—Pues vamos, cuanto antes mejor.
—Ese es el espíritu —. Me contestó con todo el morro.
—De todas formas vas a tener un problema. Ese amiguito tuyo — le dije señalando su bañador —. Conociéndolo, te va a dar guerra por el camino. No puedes resistirte a ver mis tetas.
—Tienes razón — me dijo con algo de preocupación.
—Lo sé, con lo salido que estás se te van a poner los huevos azules — veía posibilidades de victoria y recuperar la camiseta.
—Sí, sí — dijo pensativo —. Bueno, si pasa eso tendremos que solucionarlo de alguna manera — meneó las cejas.
Derrota total.
Bajamos el monte de la mano. Al principio iba nerviosa, pero me calmé según íbamos andando. Creo que incluso disfruté de ir en topless por el campo. Era liberador. Y me gustaba la actitud de Santi. No paraba de mirar el balanceo de mis pechos y mostraba un bulto imponente bajo el bañador. Contuve la sonrisa para no darle alas.
Al pasar por la primera parada en el arroyo no había nadie, respiré aliviada y seguimos bajando. Antes de llegar a la última sí que se oyeron voces, lo que me puso muy nerviosa. Me cambié de lado con Santi para que al menos me cubriera con su cuerpo y aceleré al pasar. Me vio un chico porque se quedó mirando fijamente con los ojos como platos, pero los demás no se percataron. En cuanto pasamos me reí nerviosamente.
Fue peor al llegar al aparcamiento. Justo salía un coche en ese momento y temí que llegara algún otro inoportunamente y me viera en todo mi esplendor. Le pedí a Santi la camiseta pero se negó, así que eché a correr hasta el coche. Lo malo fue que las llaves estaban en mi mochila y ésta la tenía Santi. Tuve que esperar, dando saltitos inquieta hasta que Santi se dignó llegar caminando despacio y me dio la mochila.
La vuelta en coche me resultó divertida. Con el cinturón de seguridad puesto, mis pechos estaba separados y eran más notorios, por lo que cada vez que nos cruzábamos con un coche, que era a menudo, me escurría hacia abajo para ocultarme en la medida de lo posible. Santi ser reía jocosamente, pero yo me consolaba pensando en el dolor de huevos que estaría padeciendo. No le había bajado la erección desde que empezamos a bajar. Nos carcajeamos los dos en una ocasión, al cruzarnos con un tractor que iba muy despacio y me obligó a aminorar también para que cupiéramos los dos en la estrecha carretera. El conductor, de unos cincuenta años, estaba a mayor altura que en un coche normal y tuvo una perfecta panorámica de mis tetas. Llegó a detenerse para verme pasar sin perderse nada el cabrito. Puso una cara tan cómica que nos entró la risa y no pudimos parar en varios kilómetros.
Nos acercábamos al pueblo y empecé a temer que Santi llevara las cosas demasiado lejos. Afortunadamente la naturaleza se impuso y me pidió meterme por una caminito solitario y parar apartados de la carretera.
—No aguanto más, diosa mía. Mira cómo me tienes — levantó el trasero para bajarse los pantalones y enseñarme una amoratada polla.
—Te avisé — dije satisfecha. Una pequeña venganza.
—¿Lo hago yo o me ayudas? — me preguntó con carita de bueno.
—Mejor tú, pero no te preocupes que yo vigilo por si viene alguien.
Haciendo un puchero empezó a masturbarse. Me reí entre dientes.
—Quita, tonto — le aparté.
—Uf, creí que no me ibas a echar una mano — me dijo sonriendo por el doble sentido.
—Tengo que reconocer que me encanta hacértelo, me gusta mucho tu polla — le dije con sinceridad, quizá demasiada.
—Pues no te cohíbas que yo siempre estoy dispuesto.
—Ya me he dado cuenta, jajaja.
Le pajeé con la mano y luego me incliné para lamerle la puntita. Me recompensó con un gemido de satisfacción, así que continué masturbándole y lamiéndole a la vez. Él llevó una mano a mis pechos y me los magreó con suavidad. Me gustaba la forma que tenía de tocarme, lo bien que me trataba. Tras un rato mis esfuerzos dieron sus frutos y me avisó que terminaba. Hice que se corriera sobre su pecho sin parar de masturbarle.
Con mi amigo bastante más relajado que yo continuamos el viaje. Le volví a pedir la camiseta y se negó.
—Me dijiste que si me portaba bien me la devolverías — insistí viendo las primeras casas a lo lejos. Me agaché al pasar un coche —. Y creo que me he portado muy bien — le di dos palmaditas en el paquete.
—Tienes razón — contestó —. Sí que te has portado bien. Vamos a hacer una cosa. El día que tú quieras en vez de pantalón te pones falda. Seguro que estás preciosa.
—Vale, sin problema — le dije aliviada.
—Sin bragas, claro.
—¿Qué? Ya voy sin sujetador casi todo el tiempo, ¿ahora también sin bragas? — me escandalicé.
—Eso es, pero te dejo elegir el momento, no te quejes.
La llegada al pueblo era inminente. Tenía que tomar una decisión.
—Vale. Dame la camiseta.
La buscó en la mochila y me la pasó. Me la puse a toda velocidad. Más tranquila recorrimos los últimos metros. Al bajar del coche, que aparqué en la calle de al lado de la nuestra por ser más ancha, Santi me agarró y me besó. Me alarmé por si nos veía alguien, pero no me pude resistir y le devolví el beso.
—Gracias por un día fantástico, mi diosa — me dijo con un último piquito.
—Gracias a ti, capullín — le di otro pico.
Caminamos hacia casa y cada uno se metió en la suya.
Esa noche no fue a verme, pero recibí en el móvil las fotos de su pene y algunas de las mías, las más provocativas. Entre unas y otras me encendí y tuve que masturbarme. Santiaguito me provocaba muchas cosas y ninguna era buena.
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