Xtories

Carolina disorder 01: el insulto final

Marcos no pudo cumplir, pero Carolina sí. Y esta noche, el baño de un pub oscuro será su trono. ¿Qué pasará cuando el mundo entero vea lo que realmente es capaz de hacer?

Clementine10K vistas9.0· 18 votos

Fue el insulto final, la gota que colmó el vaso.

El sábado, habíamos estado cenando con Lola y Jose. Tomamos unas copas, y nos volvimos a casa a eso de las doce. Mientras nos duchábamos, Marcos empezó a ponerse meloso. Suele pasarle cuando se toma una copa, aunque luego, entre los cincuenta, que ya van pasando factura, y el alcohol, le cuesta. El caso es que me estuvo ayudando a ducharme, ya te puedes imaginar: enjabonándome las tetas, el chochito, frotándome la polla por el culo… Yo también jugué a eso. Estaba excitada. Siempre me pasa cuando quedamos con Lola y Jose. Me pone como una perra, y él lo sabe. Me mira a los ojos cuando me habla, acostumbra a hablarme de lo estupenda que estoy, y se apaña para que vea cómo se le pone el paquete cuando me ve. Nada escandaloso: me mira a los ojos, sonríe, se mira el paquete… Es una macarrada, pero el caso es que me pone. No sé como no se da cuenta Lola. Un día, incluso me acompañó al aseo y, cuando nos lavábamos las manos en la zona común, me lo restregó en el culo. Te juro que no fue una cosa casual, un roce sin querer. Me la plantó en el culo y se me frotó. Me fui a casa como una perra y me follé a mi marido.

Bueno, el caso es que nos fuimos a la cama, y la polla no terminaba de ponérsele en forma, así que, como estaba cachonda perdida después del sobeteo, me fui bajando y empecé a chupársela. Ni a los cinco minutos, cuando empezaba a estar dura de verdad y ya me veía con ella metida, la sentí palpitarme en la boca, y cuando me quise dar cuenta estaba tragando lechita. Traté de mantenérsela, pero dio igual, aquello ya no había quien lo levantase otra vez. Cuando quise darme cuenta, el hijo de puta roncaba como una locomotora.

Al principio, pensé en hacerme un dedito. Hasta empecé a tocarme. Tenía el coño encendío, pero me podía la rabia. Tenía un mosqueo del siete, así que me levanté, me eché por encima el vestido blanco, me coloqué el pelo, un chorrito de Cocó, y me bajé al pub que hay a un par de manzanas de casa, ya sabes, “La Blanca”, que cierra tarde, sin ponerme ni las bragas.

Pues total, que me meto en el garito, un sitio amplio oscuro, que se ilumina un poco en la barra y con unos focos blancos cegadores que van dando vueltas y parpadean, me planto en la barra, me pido un gin-tónic, y le doy un par de sorbos mirando alrededor.

Enfrente de mí, había un grupito de chicos como de diecisiete o dieciocho, unos empolloncitos que hablaban entre ellos y miraban a las chicas, y se quedaron conmigo. Me miraban, hacían comentarios… Bueno, ya te imaginas. El caso es que uno de ellos, el más decidido, por lo visto, se me acerca y me saluda muy amable.

Buenas noches, señora.

Hola ¿Cómo te llamas, cielo?

Yo Sergio ¿Y usted?

Yo Carolina.

¡Huy! ¡Qué nombre tan bonito!

Me hizo gracia, el pobrecito, y ya te digo que iba muy cachonda y muy rabiosa, así que, sin cortarme, le echo la mano al paquete. El tío tenía una buena polla, y bien armada. Se queda como cortado, y va y me dice:

No… No tengo dinero, señora.

¿Te parezco una puta?

Ahí ya sí que se me vino abajo y empezó a titubear, y a mí, que veía que me quedaba sin polvo, no se me ocurrió mejor cosa que ponerme a morrear con él sin soltársela, y llevármelo medio a rastras al aseo.

Primero intenté meterle en el de las chicas, pero se pusieron a gritar, así que entramos en el otro y, sin cortarme ni un pelo, le desabrocho el pantalón y se la saco. Un pedazo de polla de padre y muy señor mío, y yo que empiezo a pelársela y a comerle la boca. Yo creo que no se había visto en una así en su vida.

Total, que me siento en el lavabo, una de esas encimeras de piedra con tres o cuatro lavabos. En realidad, me senté entre dos lavabos. Bueno, que da igual, que me subo la falda, me lo traigo encima agarrándole por el cuello de la camisa, y me la enchufa casi sin darse cuenta.

Si… si quiere… Tengo un condón…

¿Crees que me voy a quedar embarazada, cariño?

Estuve por decirle que me hablara de tu, pero el caso es que me daba mucho morbo. Debía ser de la edad de mi hijo. El caso es que, supongo que, por el calorcito, el muchacho se va animando. Me bajo el corpiño del vestido (ya sabes, ese que es blanco, con tirantes y un corpiño elástico y una falda larga y amplia, como ibicenco), y empieza a estrujarme las tetas y a follarme como un animal. Un brío juvenil de esos que ya ni te acuerdas. De los chicos que entraban, algunos se iban, y otros se quedaban mirando. A alguno no le faltaba más que aplaudir.

¡Menudas tetas que tiene, señora!

¿Te gustan?

Mucho.

Pues, si quieres, me las puedes chupar y morder un poquito.

El hijo de puta empieza a mamarme los pezones que parecía que me los iba a arrancar. Me planta las manos en el culo, y me barrena el coño que uno se me iba y otro se me venía. Me tenía loca.

¡Me voy… me voy…!

Vamos, mi niño, córrete en el chochito de mamá.

Y empiezo a notar que me llena de lechita, pero que me llena, que aquello era un no parar, y yo corriéndome como una perra. Los chavales de alrededor vitoreando, aplaudiendo y haciéndome fotos, y yo allí, en plan pop star, hasta posando.

Señora, si quiere más…

Miro, y me encuentro a otro plantado delante con la polla en la mano como una piedra, así que me inclino, y me pongo a mamársela. Me corría la lechita por los muslos. Y se me planta otro detrás y, sin preguntar, me sube la falda, me mete los dedos en el coño, y empieza a chuparme el culo. Me sentía la reina de la fiesta, así que no protesté cuando me la enchufó. Vamos, que no me hizo ni daño. Ahí se armó ya la marimorena. Cuando me quise dar cuenta, estaba tragando lechita y tenía una polla más en cada mano. El de la derecha, ni se aguantó, y empezó a corrérseme en la cara. Había un jaleo de la ostia.

¡Así se hace!

¡Pedazo de zorrón!

¡Dale candela!

Y venga flashes de móvil, y venga pollas, y venga lechita en la boca, en la cara, en el culo, y manos en las tetas, y azotes… Y yo que iba de rabo en rabo como una perra loca. Era como una inspiración, la campeona del mudo de comer pollas.

Al cabo de un rato, yo sentada encima de otro que se había echado en el suelo, con uno detrás follándome el culo que me daba unos azotes que veía las estrellas, otros tres delante que me los iba alternando para mamárselas y pelárselas, y unos pocos alrededor que se las meneaban ellos solitos. Me ponían perdida a lechazos, y yo moviendo el culo como una diosa.

Total, que al final estaba medio desmallada, y todavía seguían follándome. No sé ni cuantos eran, pero me estuvieron dando hasta que perdí el sentido.

Señora… Señora…

¿Sí?

Que vamos a cerrar. Ya no queda nadie.

¡Ah…!

¿Vive lejos? ¿Tiene cómo volver?

No, no… Cerca… A dos manzanas de aquí.

Ande, venga, que la acompaño.

Me puse de pie a duras penas. Me miré en el espejo y estaba en perdición: cubierta de leche, con el rímel corrido y el vestido hecho un asco, y me corría por los muslos. Era como un litro de lechita lo que me chorreaba del coño y del culo.

¿De dónde vienes?

De follar.

¿De qué…?

De follar, cabrón.

Pero…

Haberte esmerado.

Me pase un buen rato en la ducha. Me dolía hasta el pelo, pero me sentía súper satisfecha. Me acordaba de la cara de cornudo de Marcos y me reía sola. Cuando me secaba delante del espejo, vi que tenía moratones por todas partes, el culo colorado, y el coño inflamado como no lo había tenido ni en la universidad.

Por la mañana, Marcos no me hablaba. Andaba por casa mirando el móvil, que no paraba de dar campanadas, y dando resoplidos. Me fijé en que tenía la polla que le levantaba el pijama. Como a la una se marchó de casa sin decirme ni adiós.

Y, al cabo de un rato, suena el mío, abro el whatsapp y es un vídeo que me manda Lorena. Lo abro, y me veo allí, en el aseo de “La Blanca”, con el culo en pompa, mamando la polla a uno de los chavales, y con el culo bien lleno. El hijo de puta que lo había grabado había tomado hasta primeros planos del rabo entrando y saliendo y de mi boca mamando con un entusiasmo, que si no me llega a escocer el chochito como me escocía, me lo hubiera tocado viéndolos.

A mediodía lo estaba petando en redes. No paraban de llegarme mensajes con otras escenas, con fotos… Me los mandaba todo el mundo. En alguna foto, hasta salía haciendo la “V” de victoria y sonriendo a la cámara… Bueno, bueno, bueno: sacando lechita por los bordes de los labios, con la cara cubierta y riéndome, con cara de correrme y un rabo en cada mano… Un escandalazo.

Y al día siguiente, el lunes, me planto en la oficina tan campante. Yo, chica, es que estaba empoderada. Mi cornudito ni había aparecido por casa, y me sentía como una diosa vengativa.

Te puedes imaginar: murmullos, miraditas… El escandalazo del año. Y a eso de las nueve me suena el teléfono, lo cojo, y es don Jaime, el de recursos humanos, que me llama a su despacho.

Carolina, por favor, pásese por mi despacho.

Ahí creo que me temblaron un poco las piernas, porque una cosa era correrme un juergón en plan vengativo, y otra quedarme sin trabajo ahora que tenía toda la pinta de que me quedaba también sin marido.

Buenos días, Carolina.

Buenos días, don Jaime.

No sé cómo decirle… Supongo que ya sabrá usted que andan circulando por ahí profusamente unos vídeos suyos...

Ya… Sí, ya, yaaaaa… ya se.

El caso es que me llegan quejas, y yo, claro…

Claro.

Y, de repente, como una inspiración, como en plan “pues a morir matando, que no se diga que hay miedo”, le miro a los ojos y le suelto:

Pues yo, don Jaime, para polvos no estoy, que tengo el chochito en carne viva, pero si quiere se la chupo.

Todo esto de pie, rodeando la mesa y yendo hacia él despacito, que me pareció que estaba amedrentado, como flotando en mis zapatos de tacón. Bueno, pues resulta que tenía la polla como un canto y uno de mis vídeos en el monitor en modo pause, y yo, en plan diosa, me planto a su lado, giro la butaca hacia mí, empiezo a desabrocharle el cinturón y acabo sacándole la polla, como una piedra, y arrodillándome entre sus piernas mirándole a los ojos, le paso la lengua por el capullo y, como no dice nada, me lo meto en la boca y empiezo a mamárselo como para chuparle la sangre, recreándome, y el tipo gime agarrado a los brazos del sillón como si tuviera miedo.

Parece que me estabas esperando, cochinito.

Chica, yo no me había sentido tan poderosa en mi vida, tan dueña de la situación, no sé si me explico. Cuando me la saqué de la boca para hablarle mirándole a los ojos, parecía tenerme pánico, y su polla cabeceaba adelante y atrás y goteando, así que relajo la garganta, abro la boca, y empiezo a tragármela un pasito palante, María, un pasito patrás, hasta que le meto la nariz entre los pelitos, y empiezo arriba y abajo babeándole la entrepierna, y el tipo gimiendo y bramando.

La tiene gorda, el cabronazo, y estaba tiesa como un palo, impresionante, con unas venas gordas y duras que las notaba en la lengua y cuando me pasaban por los labios. Sigo un ratito, hasta que noto que se va a correr. Ya sabes: parece que se pone un poquito más gordo el capullo, y que palpita como un corazoncito. Así que me lo planto en la boca, lo aprieto con la lengua contra el paladar, y empiezo a mamar con fuerza, a succionarlo. Al tipo le temblaban las piernas y hacía un ruidito, como un grito en voz bajita, y empieza a soltar lechita chorro va y chorro viene, y yo tragándome lo que podía y lo que no dejándolo correr que se le estaba poniendo la bragueta echa un asquito.

Don Jaime, disculpe… ¡Huy, perdón!

¡Salga…! ¡Salga… de… aquíiiiii…!

La meapilas de Esme, su secretaria, salió del despacho como alma que lleva el diablo mientras el muy cabrón se abrochaba a toda prisa los pantalones. Todavía estaba corriéndose. Me hizo gracia pensar en cómo se lo iba a explicar a su mujer.

Bueno, Carolina… Ha sido usted muy amable, pero comprenderá…

Yo le escuchaba mientras me arreglaba el carmín mirándome al espejo que suelo llevar en el bolso con esa sensación como “de perdidas al río”, sonriendo.

Al grano, Jaime ¿Me vas a despedir?

No tengo más remedio, especialmente si piensa…

Ya, que nos ha visto la beata ¿No?

Sí.

¿Y cómo?

Yo quisiera que sin escándalos: lleva usted casi treinta años en la casa, y con un improcedente puedo pagarle hasta tres años de salario y monetizarle las opciones de compra que tiene usted acumuladas, más vacaciones…

¿Cuánto?

Entre unas cosas y otras… unos cuatrocientos mil brutos…

¡Ah! Pues está muy bien. Ponlo en la cuenta mía, en la que no está mi marido.

Ya, entiendo…

Al salir del despacho, Esme estaba sentada en su mesa, junto a la puerta, procurando no mirarme y con un gesto medio de miedo, medio de desagrado. Allí, delante de todo el mundo, me incliné sobre ella y le di un piquito. Se puso blanca.

Ya sabes, cielo, el día que quieras me llamas.

Camino de casa, miré mi saldo en la app del móvil: entre la indemnización y mis ahorrillos secretos tenía medio millón. Con eso podía tirar unos años aunque el hijo de puta de mi maridito se fuera con los cuernos a otra parte. Además… Bueno, algo de pensión me pagaría.

Me sentía fuerte y libre. Un muchacho con quien me crucé se me quedó mirando con la boca abierta. Faltaba muy poco para que se le cayera la baba. No me importaba ser una puta diosa. En realidad, me gustaba. Paré un taxi para ir a comprarme ropa. Me dolía el culo como si me hubieran metido un palo y tenía el chochito en carne viva.