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La Dulce Sara llega a la oficina (7)

Sara no era solo una empleada; era un volcán de emociones y deseos que Alberto no supo contener. Entre la oficina y la droga, la línea entre el placer y la destrucción se borró en una noche de adrenalina pura. ¿Qué queda cuando la pasión se vuelve insostenible?

Caandre12K vistas9.0· 14 votos

(Séptima parte)

¿Por qué había calificado Alberto a Sara como una ninfómana? ¿Qué escondía o se guardaba? ¿Por qué hizo tanta fuerza para que llegara a mi oficina confiando en mi lealtad y profesionalidad? Todas esas preguntas comenzaron a encontrar respuesta en una charla en la que mi amigo se abrió; resumo a continuación los acontecimientos que acontecieron en ese pasado demasiado tapado y que Alberto no tuvo más remedio que contarme:

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Alberto tenía un puesto similar al mío en una delegación cercana a Madrid, pero perteneciente a otra provincia. Casado y con hijos pequeños, con demasiadas responsabilidades y un futuro prometedor en la empresa, él necesitaba nuevo personal que pudiera ayudarle en la administración. Y entonces conoció a Sara, quién había sido recomendada por los superiores en este enrocado mundo societario con el que se mueven compañías de tamaño medio como la mía (he de decir que yo por ejemplo no sabía de la existencia de Sara hasta que llegó a Madrid, pero la gente que mueve los hilos conoce con discreción hasta al último peón del eslabón). No lo haré demasiado largo, pero su relato y experiencia me recordó en cierta manera a la mía; en pocos meses Sara había captado la atención de un Alberto que gracias a las maniobras y buen ojo de Sara en las gestiones estaba empezando a hacerse un lugar importante en la empresa. Fascinado por sus ideas y también hay que decirlo, por un físico que llamaba la atención a pesar de haber salido de la maternidad poco tiempo atrás, Alberto entró en una época de nuevas sensaciones. Manejaba más dinero, conducía un buen coche y tenía una nueva compañera a su lado que levantaba algunos de sus instintos olvidados.

Transcribiendo sus propias palabras: "Me volví bastante gilipollas". Y podéis imaginar lo que ocurrió, ya que tras una cena de navidad Sara y Alberto se enrollaron, terminaron follando en un hotel y al finalizar ella le confesó que estaba casada. No fue un problema para Alberto, metido de lleno en esa espiral de ego y superioridad que proporciona una nueva posición, y los encuentros se repitieron en las semanas siguientes.

"Jamás he disfrutado tanto del sexo Samuel. Pero también te reconozco que nunca conocí a una mujer tan hermética y reservada como Sara"

Él era infiel a su esposa pero tampoco le causaba quebraderos de cabeza, no se percataba de los peligros de andar en la cuerda floja ya que pensaba que era invencible. Lo que Alberto no tenía era la capacidad de practicar sexo con tanta frecuencia como la que demandaba Sara. Lo hacían en los hoteles que contrataban (pronto buscaron un piso de alquiler que sirviera de picadero), lo hacían en la oficina del despacho o en el aseo de la empresa de un cliente al que terminaban de vender un buen paquete de viajes. Sara era insaciable, sexy y morbosa, todo lo que puede desear un hombre con ansias de poder y éxito camino de los cuarenta años. Los dos eran infieles a sus parejas pero poco les importaba; lo que no deducía Alberto es que la situación se iba a volver casi insostenible con el paso de los meses.

La vida es una cuestión de momentos, y existen épocas para todo. Sara mandaba fotos picantes al movil de Alberto a cualquier hora, demandando verle y casi obligándole a tener sexo con ella con la excusa de que lo necesitaba. En ocasiones llegaron a mantener tres o cuatro encuentros sexuales en un día, incluso en su casa, un precioso chalet que durante muchas horas del día estaba vacío debido a la ausencia de su marido y el hecho de tener al servicio ocupado en el cuidado de los niños. Al tiempo que su dependencia sexual se incrementaba los éxitos de la oficina ascendían, mientras mejor follaban más se entendían a la hora de trabajar en equipo. Alberto quería poner fin a ese desenfreno que tarde o temprano estallaría, se había dejado llevar por una mujer insaciable que sin duda tenía dos caras. Le atraía, le había concedido autoestima y sobre todo experiencias sexuales nuevas, pero Sara arrastraba todo a su paso cuando de sexo y llevar la vida al límite se trataba; nadie lo hubiera dicho conociéndola en el día a día, pero Sara era así. Un volcán de emociones y sorpresas.

Una noche, en una cena organizada por varios partners de la empresa, los acontecimientos le indicaron que o terminaba con esto o su vida actual acabaría con todo lo que se había ganado en este tiempo. El alcohol corrió como la espuma, también las risas y el buen rollo. Sentados en el sofá de un reservado con varios empresarios venidos desde Rusia con los que compartían tragos, uno de ellos sacó varias papelinas de cocaína. Alberto se sintió incómodo, pero a pesar de que aquella noche tenía un buen feeling con Sara y deseaba follársela de nuevo, sus nervios se acrecentaron al observar que ella se metió una raya de coca sin inmutarse. Jamás había flirteado con las drogas y nunca hubiera imaginado que Sara hiciera eso con tanta naturalidad. Ella lo miró y le dio el beso más lascivo y sensual que jamás había recibido, sin escatimar en voluntad a pesar de estar rodeada de gente, le acarició el pene por encima del pantalón. Y preso de la excitación él mismo se atrevió a meterse un tiro de cocaína a la vez que una drogada Sara se mostraba con menos moderación que nunca.

Minutos después se encontraban en otro reservado que gentilmente uno de los anfitriones cerró para ellos. Alberto nunca olvidó esa noche en la que penetró de manera salvaje a su amiga, lamió sus jugos y se miraron con deseo mientras él le clavaba la polla empujándola contra la pared. Le levantó el diminuto vestido blanco con el que había encandilado a los presentes, y posteriormente le arrancó el sujetador con los dientes, mordiéndolo hasta casi romperlo justo antes de que Sara liberara el cierre. Imposible imaginarlo si no se vive, el placer y la adrenalina experimentada se clavarían en el subconsciente de Alberto para siempre. Pero tras la bacanal de placer llegó el cargo de conciencia, la amargura por ejercer un comportamiento animal que no estaba en los planes y la decepción con Sara. Para él se había terminado, eso deseaba, aunque habría algún capítulo más que desencadenaría la ruptura de una relación que tenía como pilar el sexo sucio y clandestino, algo que era mucho más fuerte que la amistad que ya se había forjado entre Sara y Alberto. Para él fue un duro golpe verse en esa situación, un antes y un después, en el caso de Sara era un episodio más dentro de una vida extraña y extremista.

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Alberto contaba su experiencia y yo atendía con expectación y asombro. No daba crédito a lo que escuchaba y obviamente me excité mientras mi amigo relataba la otra cara de la Dulce Sara. No lo pude evitar y casi desde el principio mantuve una erección bajo el pantalón que contrastaba con el impacto de conocer una historia que en palabras de mi interlocutor parecía 100% real, sin duda había ocurrido y explicaba algunas cosas.

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