Amor de madre (lll)
David ha robado, fumado y besado, pero aún no ha tocado a Tere. Esta noche, bajo la luz de la luna en la playa, la timidez se desvanece y el deseo toma el control. Mientras Mery se prepara para traicionar a su esposo, dos jóvenes descubren que el amor verdadero duele, arde y se siente en la piel.
La madre de David colgó el teléfono y se apoyó en la mesa que su suegra les había regalado. Respiró profundamente intentando calmarse. Aunque ya hacía más de una semana de su desliz, pero todavía se ponía nerviosa cuando hablaba con su esposo, incluso por teléfono. Subió las escaleras y entró en el dormitorio. Se quitó el vestido, el sujetador y entró en el aseo en bragas. De un neceser color marfil extrajo una máquina de depilar, apoyó el pie sobre la tapa de bidé, y la puso en marcha. A veces aquello se lo arreglaba una esteticista, pero desde que los niños eran casi independientes se aburría en casa y ahora prefería hacérselo todo ella misma.
Mientras se pasaba la máquina por la pantorrilla, las preguntas fueron surgiendo en su cabeza. “¿Qué haces Mery? ¿Qué estás tramando? ¿Le vas a enseñar las piernas a ese muchacho?” “No, evidentemente no voy a enseñarle las piernas”, se contestó a sí misma, “¡Qué estupidez!”. Cuando observó sus lisos muslos, se sintió nerviosa. “Es sólo un encuentro para que te ponga al día de cómo van las cosas con David, nada más. No vas a hacer nada malo”, se excusó deseando lo contrario, ya que a ese encuentro asistiría el hombre con quien deseaba volver a equivocarse.
Al cabo de un rato, todo se arregló. Mery sólo necesitó imaginar a su esposo montándoselo con Clara, una de las becarias del bufete, una chiquita de boca delicada, nariz larga y unos bonitos ojos de zorra. La conoció casi por casualidad, un día que se olvidó de coger las llaves antes de salir de casa y tuvo que pasar por allí. Tenía una melena rojiza y larga que le llegaba a mitad de la espalda, y era tan pálida de piel que parecía hecha de cera. Al igual que ella misma, tenía ese aspecto frágil y delicado que tanto le gustaba a Alfonso. Al menos el desgraciado tenía buen gusto. A Mery le bastó con ver la reacción de la chica cuando le dijo que era la mujer de Alfonso García para saber que esa putilla se estaba follando a su marido.
Aquel pensamiento le quitó un gran peso de encima, y finalmente suspiró con la dicha de no tener siquiera que cumplir penitencia por ponerle los cuernos a su esposo: ni un solo Ave María, ni un Padre Nuestro. Fue como si hubiera salido ilesa de un aparatoso accidente de tráfico.
Mery detestaba depilarse las axilas con la máquina, pero, tomó aire y mirándose en el espejo, empezó. Una vez erradicado todo el bello de su cuerpo, abrió el agua caliente de la ducha y se metió debajo del chorro. Se enjabonó con su jabón con extracto de camomila. “¿Le gustará a Alberto?”. Salió de la ducha. “Menuda cursilada. Seguro que no se da ni cuenta”.
Acercó el rostro al espejo y forzó una sonrisa para verse las patas de gallo. Sí, definitivamente, el bótox había funcionado. Se miró en el espejo completamente desnuda. Se vio guapa a pesar de sus casi cincuenta años, pero sus pechos por primera vez le parecieron excesivos. Los implantes de silicona que se había colocado un año atrás, ahora le parecieron ridículos. De algún modo esos pechos nada tenían que ver con ella, aunque así resultaba más atractiva para los hombres, de eso no había duda.
Lo peor de los implantes era que no se los había puesto por ella misma, sino para lograr que el idiota de su esposo la mirara de vez en cuando. Mientras se tocaba los pechos, Mery pensó en él, en su esposo. Hacía semanas que no se tocaban, y lo peor era que ya no le importaba. Hacía tiempo que él no la excitaba sexualmente y Alfonso, como si lo hubiera captado, ya no insistía. Su vida sexual era prácticamente nula. Prácticamente no, nula a secas, y nunca mejor dicho.
Mery siempre sospechó que él se acostaba con otras, aunque para ello hubiera transacción económica de por medio. Con ocho años aún más que ella, Alfonso no era ninguna ganga. Lo extraño era que a ella no nunca le hubiese importado. Mery no necesitaba que él la hiciera sentirse protegida, ni que le dijera “te quiero”. Ella estaba de vuelta de todo ese romanticismo irracional y juvenil, ese señuelo que la Naturaleza ponía a las mujeres para que procreasen. Hacía años que a ella tampoco le salía decirle “te quiero”, salvo de forma accidental. No recordaba la última vez que se habían abrazado de verdad y, nunca se lo diría a nadie, pero ni se acordaba del último orgasmo que había tenido con su esposo.
En realidad, a excepción de Cuca, sus amigas del Club Náutico apenas tenían relaciones con sus maridos. Daniela, la más despreocupada del grupo, en una cena con un poco de vino, confesó: “Yo, la verdad, para cinco minutos al mes, no voy a discutir”. Todas estallaron en una sonora carcajada.
“Les pasa a todas a partir de una determinada edad. Es normal”, se decía. Lo esencial para Mery era que cada fin de semana sus amigas la viesen pasear acompañada de Alfonso y sus hijos por el Club Náutico y, claro está, que sus maridos alabasen la fortuna que Alfonso estaba amasando, esa que les permitía vivir bien y de forma despreocupada.
Los veranos eran sagrados para la familia García Earhart. Pasaban siempre julio y agosto en Valencia, junto a todo aquel personaje con clase que quisiera pasear en su yate de treinta metros de eslora. Mery se sentía en aquel yate como en un pedestal, por encima del la gente vulgar. Morena, con pareos caros, bonita en su delgadez y luciendo esposo e hijos, así se sentía orgullosa de navegar en familia. Siempre le habían encantado esos tres meses estivales, aunque desde que los niños habían crecido, ya no era lo mismo.
Menos mal que tenía a Cuca, quien a pesar de ser tan deslenguada y diferente a ella, era la persona que más la hacía reír. Fue Cuca precisamente quien le aconsejó abandonar esa pose de mosquita muerta y madre abnegada. Si no, su marido se buscaría a otra, sino lo había hecho ya, y finalmente la abandonaría.
En realidad, aunque nunca se lo dijera a su amiga, Cuca tenía clarísimo que un triunfador como Alfonso tendría, no una, sino varias amantes, y todas más o menos caras de mantener.
Aún así, Cuca se lo dejó bien claro: “Primero el sexo, y luego ya vendrán los besitos, las carantoñas y esas cosas tan cursis que os gustan a las mujeres”, pues ella no se consideraba una mujer como las demás.
— Los hombres necesitan follar, Mery. No lo olvides. Si no folla contigo, follará con otra.
Quizás su amiga tuviese razón, quizá debería hacer un esfuerzo de vez en cuando, aunque Alfonso no la excitara lo más mínimo. Pero no entendía por qué Cuca utilizaba siempre la palabra “follar”, era un término malsonante, impropio de una mujer con clase como ella, con lo bonito que sonaba “hacer el amor”.
Por supuesto, Mery era consciente de que ella tenía parte de culpa de esa falta de sexo con su pareja. Fue ella quien empezó a rechazarlo. Había pasado diez años haciendo el amor para concebir a sus dos hijos, y ahora le faltaba motivación. Durante la lactancia se le quedó la libido por los suelos. También una episiotomía mal curada, el cansancio y los dolores de espalda, la ansiedad, las depresiones, el insomnio... y que la parte contraria tampoco se esforzaba demasiado.
En sus inicios, Alfonso era bastante romántico, en el sentido de lo suficiente para conseguir engatusarla para hacer el amor. Sin embargo, ese mínimo se encareció con la llegada de los niños, de manera que ahora el romanticismo de su esposo no alcanzaba para seducirla.
— Tú no lo creerás, pero con un gramito de coca, tú marido sería capaz de follar hasta el amanecer —aseguraba Cuca— Yo qué sé, hija, piensa en otro cuando estéis follando —le decía con una sonrisa cómplice— Tú cierra los ojos que verás como él no se entera. Yo lo hago y me va de maravilla.
Esa era la suerte que tenía su amiga, que le ponía desde un maestro de yoga con olor a incienso hasta un abogado recién salido de la facultad con traje de Armani. Sin embargo, Mery era más tradicional, para ciertas cosas prefería la seguridad y confianza de su hombre oficial, su esposo. Bueno, así había sido hasta entonces. Concretamente, hasta el jueves pasado, y luego el domingo por la tarde, y el martes por la mañana, y de nuevo ese jueves noche. Bendita menopausia.
La madrugada del domingo David pasó una noche horrible, dudando si ir o no ir, decidiendo no ir y al minuto siguiente tomando la decisión contraria. El amor le dio el valor necesario y al final fue al Ensanche, el peor barrio de Valencia. David se había enamorado antes, pero no como se enamoró de Tere. Incluso creyó posible que la magrebí llegase a ser su chica, la primera con la que salía.
El caso es que Tere se convirtió en una obsesión. David se masturbaba desde pocos meses después de hacer la Primera Comunión, cuando un compañero del colegio le explicó como hacerlo. Sin embargo, durante esos días el chico debió de batir el récord mundial de pajas y, así como hasta entonces se había masturbado con fotos de Internet, ilustraciones de cómics o una de sus vecinas, esos días Tere fue la protagonista absoluta de sus fantasías.
Antes de las diez ya estaba en La Fuente. Poco después llegaron Alberto y Tere, vestida con unos shorts que mostraban unas piernas largas y bronceadas. El Guille fue el último en aparecer. Esa vez Alberto no se sorprendió de su presencia allí, por lo que el muchacho se preguntó si Tere le habría contado como le había convencido. El supuesto líder de la cuadrilla no le explicó qué iban a hacer, y David, demasiado nervioso, tampoco lo preguntó.
Al salir del Ensanche, Alberto, Tere y el Guille empezaron a fijarse en los coches aparcados.
— Allí está —dijo Alberto.
Cuando llegaron a la altura de un viejo Volkswagen Golf descapotable, Tere sacó unas llaves y se las entregó a su primo. Mientras el Guille vigilaba en una dirección y Tere en la otra, Alberto entró en el coche y lo arrancó sin ningún problema con esas llaves que, la semana anterior, el gordo y el tío se habían encargado de robar a una señora junto a todo lo que llevaba en el bolso. Al cabo de un rato salían por la A7 montados en el descapotable.
Llegaron a Burjasot sobre las once. Entraron por una calle ancha que bajaba hacia el centro, flanqueada de tiendas de souvenirs, restaurantes baratos, discotecas cerradas y grupos de turistas en chanclas y bañador. Al llegar al paseo marítimo, doblaron a la izquierda y siguieron un paseo de terrazas paralelo a la playa. Al final torcieron de nuevo a la izquierda, se alejaron del mar y luego subieron por una carretera más estrecha y llena de curvas que se agarraba a las rocas, hasta que vieron un letrero: “L’aldea”.
— Aquí es —dijo el Guille, y Alberto aparcó el coche junto a un Híper-China.
Durante el trayecto, mientras Tere daba uso a un cepillo para el pelo, un lápiz de ojos y una barra de labios, Alberto le había ido explicando a David lo que tenía que hacer. No demasiado seguro de haber entendido toda la explicación, cuando el mulato se volvió hacia el asiento de atrás y le preguntó si lo había entendido, David contestó que sí.
— Pues ahora olvídate de todo y haz lo que Tere te diga.
— Sí —volvió a contestar el muchacho.
En ese momento el Guille, que observaba todo lo que se movía en la calle, dijo: “Éste está cagado de miedo. El cabrón sólo sabe decir que sí”.
Alberto le dijo que se callase, mientras David se volvía hacia Tere con mirada desvalida. Tere sonrió y le guiñó un ojo.
— Gafitas —añadió Alberto— Tú no te agobies. Haz lo que te he dicho y todo saldrá bien, ¿de acuerdo?
David estuvo a punto de decir otra vez que sí, pero se limitó a asentir con la cabeza.
Una vez que Tere terminó de pintarse los labios, volvió a meter en el bolso todas sus herramientas y dijo: “Vamos”. Al salir del coche, la magrebí le cogió de la mano y empezaron a subir por una pendiente mal asfaltada. La urbanización parecía desierta, el único ruido era el rumor del mar. Cuando vieron aparecer la primera casa entre los pinos, Tere se detuvo.
— Nadie va a decirnos nada, pero si alguien lo hace contesta de la forma más educada que sepas. Si no estate callado y sígueme la corriente y, sobre todo, no te separes de mí.
Continuaron caminando. A David le sobraba aquella última advertencia, no pensaba separarse de ella.
— ¿Es verdad lo que ha dicho el Guille?
A David el corazón le latía en el pecho a toda velocidad, había empezado a sudar y la mano de Tere se le escurría.
— Sí.
Tere se rió, él también, y aquella risa simultánea le ayudó a relajarse y atreverse a aclarar las cosas con ella.
— Oye Tere, lo del otro día —comenzó a decir— No hacía falta que hicieras eso.
— Ah, claro, y me lo dices ahora, ¿no? —se burló la magrebí.
— Es que no me diste opción.
— Eso, ahora vas y me denuncias por hacerte una mamada en contra de tu voluntad. No te jode…
— ¡Va, déjalo!
Tere se paró en seco y le miró fijamente a los ojos.
— Si crees que lo hice para convencerte de que vinieras, es que eres más tonto de lo que pensaba. Lo hice porque me salió del coño, ¿lo entiendes o te hago un esquema? —la pregunta fue retórica, Tere echó a andar de inmediato— Si sólo hubiese querido eso, te habría convencido a ostias.
Llegaron a la primera casa, y Tere llamó al timbre. La puerta se abrió, y una mujer que parecía recién levantada de la cama les escrutó con la mirada, entornando los ojos a causa del aumento de luz.
— ¿Está Pablo? —preguntó Tere.
— Ah, me temo que os habéis equivocado. Aquí no vive ningún Pablo —contestó la mujer, inesperadamente amable.
Tere se disculpó y echaron a andar calle adelante.
— ¿Qué tal? —preguntó Tere.
— ¿Qué tal qué?
— ¿Qué tal todo?
— No sé.
— ¿Ya no estás nervioso? —insistió la chica.
— Menos.
— Pues entonces deja de estrujarme la mano, guapetón —sonrió la magrebí.
David la soltó y se secó el sudor en la parte de atrás de los pantalones, pero entonces la magrebí volvió a cogérsela y le guiño un ojo. El chico no supo entender el comportamiento de Tere, sólo que parecía contenta. No llamaron a la puerta de la casa siguiente, ni tampoco a la otra, pero con la que venía después lo intentaron de nuevo. También les abrieron, esa vez un viejo en camiseta con el que David, en esta ocasión, intercambió una serie de preguntas y respuestas parecidas a las que Tere había intercambiado con la primera mujer. Con todo, a David le pareció que el viejo no paraba de mirar las piernas de Tere y que, en lugar de abreviar la conversación, intentaba alargarla.
La tercera casa fue la idónea. Esa vez nadie abrió la puerta cuando tocaron el timbre. Se aseguraron de que el chalet estaba vacío, y de que también lo estaba el de antes, pues al otro lado ya solo había un muro y un bancal lleno de maleza seca. Luego deshicieron el camino hasta salir de la urbanización y alcanzar el lugar donde Alberto y el Guille les esperaban.
— Tira hasta el final de la calle —le dijo Tere a Alberto, que había arrancado el coche al verles llegar— Es la última de la izquierda.
Mientras se internaban por la urbanización, Tere contestaba a las preguntas tanto de Alberto como del Guille y, después de cruzarse con un Mercedes ocupado por una mujer y un par de niños, llegaron a su destino.
Allí empezó de verdad el peligro. Los cuatro se bajaron del coche y, al mismo tiempo que Alberto y el Guille saltaban la valla con agilidad y se adentraban en el jardín, Tere se puso el bolso a la espalda y se apoyó sobre el capó del Golf. Habían aparcado aparentemente al azar, cerca de los setos que separaban esa propiedad de la anterior, con el morro del coche mirando hacia la salida de la urbanización.
La magrebí le atrajo hacia ella, le rodeó el cuello con los brazos y metió una rodilla desnuda entre sus piernas. “Ahora vamos a hacer como en las pelis”, le anunció con media sonrisa. “Si no aparece nadie, nos quedamos aquí quietecitos hasta que Alberto y el Guille nos avisen. Pero si a alguien se le ocurre pasar por aquí, te pego un morreo que te mueres. Con que ya puedes rezar para que pase alguien”.
David estaba tan asustado que sólo asintió. Sea como sea, no pasó nadie, y el chico perdió la cuenta de las veces que deseó que tal cosa ocurriera. Entonces, David se sobresaltó al escuchar un chasquido de cristales rotos procedente de la casa. Como Tere y él seguían trabados en aquel falso abrazo, la mora quiso calmarle frotándole la entrepierna con el muslo y haciéndole toda clase de preguntas.
David respondía como un autómata, pero en un determinado instante comenzó a empalmarse. Trató de disimular, pero no pudo, la polla se le había quedado atascada y estaba muy incómodo, y claro, cuando ella notó su erección, una risa inundó sus dientes.
— ¡Joder, Gafitas! —dijo Tere con fingido desconcierto— ¡Qué mal momento para ponerte cachondo!
Casi no había terminado Tere de pronunciar esa frase cuando el cerrojo de la puerta de la casa cedió a la fuerza de una palanca y Alberto y el Guille salieron cargados de bolsas. Las dejaron en el maletero del coche y, sin mediar palabra, volvieron a entrar.
Tere y él volvieron a quedarse a solas, y la magrebí prosiguió con aquel improvisado interrogatorio. A las preguntas sobre su instituto les siguieron las de ámbito familiar, y a esas las de ámbito más personal. El tiempo parecía haberse detenido cuando…
— ¡Cuidado! —dijo Tere de sopetón, abalanzándose sobre él y besándole en la boca.
Sus labios se fundieron en un intenso beso. Tere le pasó los dedos por detrás de la oreja, y David sintió un cosquilleo subirle por el cuerpo. La magrebí se apartó un segundo y vio como David abría los ojos y jadeaba tranquilo. Besó sus labios de nuevo, una vez, otra y luego otra y entonces David abrió su boca y sus lenguas se rozaron, y el cabello de Tere se desparramó entre ellos mientras confusos sonidos se disipaban a su alrededor.
— Ha pasado un coche —musitó la megrebí una vez que se separaron.
— Claro —convino David.
Al cabo de un rato, Alberto y el Guille volvieron a salir con un par de bolsas más, un televisor Sony, y un gran equipo de música Philips. Cuando todo estuvo cargado en el maletero, montaron en el coche y salieron sin prisa de L’aldea.
Ese fue el bautismo de David como delincuente. En el viaje de regreso a Valencia no sintió el menor alivio porque el peligro hubiese pasado. Al contrario, cambió enseguida el miedo por la euforia, se sentía orgulloso de lo que habían hecho y estaba exultante de felicidad a causa del increíble beso que le había dado la magrebí.
Al llegar a Valencia fueron directamente a vender lo que habían robado. Aquellas semanas todavía volvió a donde sus primos alguna vez, para charlar con ellos o también para echar una partida al futbolín antes de ir a La Fuente. Sin embargo, cuando empezó a salir por las noches por su cuenta, aplicando con sus padres una política de libertad consumada, entonces decidió que era el momento de despedirse. Pasó una última vez por La Biblioteca y les dijo a sus amigos que se iba de vacaciones y que no volvería por allí en un tiempo.
A partir de entonces, David empezó a ir a La Fuente casi cada tarde. Lo más probable es que si no hubiera sido por Tere, no habría actuado así, pero además también estaban el aprecio y el respeto que le comenzaron a mostrar sus nuevos colegas del Ensanche, por no hablar del ejemplo a seguir que veía en Alberto.
Con todo, la que lo atraía al Ensanche era aquella magrebí de ojos verdes. David quería pensar que, mientras estuviesen cerca, podría haber algo entre ellos, y él estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de mantener viva esa esperanza. No obstante, aunque a todos nos tranquiliza encontrar una explicación para las cosas que hacemos, la verdad es que la mayor parte de esas cosas no tienen mucho sentido, suponiendo que tengan alguno.
No fue que a David le gustase robar, sino que aquel día descubrió que el juego de la cuadrilla de Alberto era un juego de adultos en el que uno se lo jugaba todo, y ya no podía conformarse con el futbolín. Además, sus nuevos amigos le brindaban la posibilidad de escapar de una madre autoritaria y de librarse de las humillaciones y el acoso que había sufrido durante el último curso.
Lo malo era que el dinero que conseguían robando y malvendiendo su mercancía no solía durarles demasiado. Todos fumaban hachís y todos se iban de juerga después de dar un palo. Fue Tere quien le confirmó que el tipo del polo Springfield con quien habían quedado en La Biblioteca era un camello. Por suerte aquel tipo no volvió a citarlos allí, y es que debió sospechar con razón que no era un lugar adecuado para sus negocios. Quedaban con él en el casco antiguo: en la Parrockia, en el JB, en La Luna… Hasta que a principios de agosto aquel camello se esfumó de repente y tuvieron que buscarse la vida otra vez para conseguir costo de calidad.
Todos tomaban de todo, y a David al principio le costó seguir el ritmo de los demás. Algún día lo pasó mal, aunque en seguida se acostumbró. Había unos más glotones y otros menos, y quizá las chicas eran más prudentes, incluida Tere, pero los demás no. Fumar hachís hacía que David se sintiese más integrado en la cuadrilla, aunque nunca se sintió del todo como un miembro más. David era el único de ellos que no vivía en el Ensanche, estaba dentro y fuera, participaba en todo, pero sobre todo observaba a los demás y los imitaba. Para ellos, el Gafitas era un niño bien desubicado, un forastero perdido con quien podían llegar a confraternizar. La prueba fue que, salvo con Alberto y con Tere, apenas habló a solas con nadie más, ni tuvo verdadera complicidad con ninguno de los demás.
Lo que David no estuvo dispuesto a hacer para integrarse fue ir de putas. Bueno, ir sí, pero casi nunca subía a las habitaciones con las chicas. Y era una pena, ya que la mayor parte del dinero que sacaban se lo gastaban en los burdeles, evidentemente a escondidas de las chicas de la cuadrilla. Aunque nunca tuvo sexo con putas, allí pasó una cosa que al muchacho le pareció insólita, si bien luego descubriría que era algo bastante habitual, y es que algunas de ellas eran realmente simpáticas. Él lo descubrió con Lola, una morenita de pelo corto y caderas cimbreantes que le obligó a cogerla de la cintura y, mientras Alberto y los demás gesticulaban eufóricos desde el extremo opuesto de la barra, le condujo a uno de los cuartos de arriba. Era la segunda o la tercera vez que iban a aquel burdel y, una vez en el cuarto, Lola se bajó de sus tacones, le desnudó y le enseñó como desnudar a una mujer. Luego le llevó al cuarto de baño, se lavó, lavó a David, lo tumbó en la cama y empezó a chupársela. Era la segunda vez en su vida que le hacían eso, si bien al muchacho le parecieron dos cosas distintas, y no la misma cosa hecha por dos mujeres diferentes. Al cabo de un encomiable y profesional esfuerzo, Lola consiguió que se le levantara, pero en cuanto le dijo a David que se la metiera, a éste se le volvió a encoger. Entonces Lola hizo ademán de volverle a trabajar con la boca, pero David le pidió que no lo hiciera.
— La primera vez es normal —dijo la prostituta.
— Lo siento, es que no puedo —se disculpó el chico, temiendo haberla ofendido.
Entonces Lola se le quedó mirando fijamente y, como si fuera una mezcla entre vidente y psicóloga, sentenció: “Tú estás enamorado”. A partir de ese momento, David se relajó y comenzó a hablar sin parar. Fue como si las compuertas de un embalse se hubieran abierto de golpe. El muchacho le contó cómo había conocido a Tere y quién era ella. Confesó que no podía dejar de pensar en esa chica, en dónde estaría y con quién. Le explicó el enorme desasosiego y frustración que ella le provocaba, pues aunque Tere mantenía una amistad muy fuerte y estrecha con su primo, cuando todos salían de farra, ella se enrollaba con quien le daba la gana.
Lola, como profesional que era, sabía que escuchar a los clientes formaba parte de su trabajo, así que se mostró comprensiva y dejó que el chico se aliviara. Indagó en su dolor igual que lo haría cualquier terapeuta por más del doble de lo que ella le iba a cobrar. Una vez se hubo hecho una idea de la situación, Lola concluyó que lo mejor que podía hacer David era cambiar de amistades, aunque eso no se lo dijo. Aquel muchacho estaba demasiado enamorado y darle aquel consejo no serviría de nada. Lo único que David podía hacer era tratar de derribar el muro que esa chica parecía haber erigido a su alrededor. Es decir, sincerarse y que ella aceptara darle una oportunidad, o bien estamparse con ese muro y abrirse la cabeza. Lola así le aconsejó, sugiriendo que aquel beso que Tere le había dado era un indicio a su favor. Lamentablemente, cuando David le preguntó cómo debía declararse, sonó la alarma del reloj que indicaba que ya había consumido su tiempo en aquel cuarto.
Así transcurrieron un par de semanas, hasta que la suerte de David por fin cambió una noche que salieron a vender el cargamento de pastillas que habían sacado en el robo a una farmacia donde Tere, fingiendo estar embarazada, y él, habían sido la avanzadilla. Sobre las doce o doce y media, fueron a una discoteca. Después de despachar la mercancía, David salió con los chicos a fumar un porro a la puerta y, tras volver a entrar, David se fue para la barra, pidió una caña de cerveza con casera y buscó a Tere con la mirada. Estaba en la pista. Por lo general los hombres no bailaban, los tipos duros no hacen esa clase de cosas, a él simplemente le daba vergüenza. El Chino, el Tío y el You se contoneaban un poco cuando sonaba alguno de los éxitos del verano. Las chicas, en cambio, bailaban mucho más, sobre todo Tere, que no paraba de hacerlo desde que entrabas hasta que salían de Roxy, aquella discoteca que estaba en Pont Major, a la salida de la ciudad por la carretera de Burriana.
Desde aquel rincón, David la observaba sin que nadie le molestase ni sospechase de él, o eso creía. No se cansaba de mirarla, y no sólo porque Tere fuese la chica más guapa de la discoteca o porque más que bailar parecía flotar sobre la pista. Le gustaba mirarla porque a diferencia de los demás, que bailaban casi igual todas las canciones, Tere las bailaba todas de una manera distinta, como si se adaptara a cada canción igual que una golondrina se adapta al viento, un viento que sopla un rato en una dirección y al rato en la opuesta, unas veces con intensidad y otras a penas una brisa. Era como si los movimientos de aquella chica se adaptaran a cada canción como un guante, como si la música fuera una hoguera y los movimientos de Tere el calor que emanaba de ella. Lo malo para David era que la magrebí casi nunca bailaba sola, de hecho esa noche la había visto bailar con tres o cuatro tipos diferentes.
Después de una hora más o menos, David se cansó de aquel desfile de pretendientes que rondaba a Tere y decidió salir a tomar el aire. En seguida se encontró mejor, pero cuando fue a entrar otra vez en la discoteca, el muchacho se sintió incapaz de abrirse paso entre la masa humana que se apiñaba en la puerta, y se dijo que la fiesta había terminado para él. Había ido a Roxy con Tere y los demás, ya que esa tarde Alberto no había aparecido por La Fuente. Su ausencia le había infundido falsas esperanzas sobre Tere, como finalmente se había demostrado. De modo que decidió volver a casa por su cuenta. David echó a caminar de regreso a la ciudad cuando, muy cerca del puente, un Ford Focus Tuneado frenó a su lado. Al volante iba un chulito luciendo músculos, lo que no tenía nada de raro porque las noches estaban llenas de tipos así. A su lado iba Tere, lo que tampoco tenía nada de raro porque aquella noche él la había visto bailar con varios chavales, entre ellos aquel imitador de Supermán.
— ¿Dónde te habías metido, Gafitas? —preguntó Tere, divertida, bajando la ventanilla.
David, extrañado de que ella se hubiera percatado de su ausencia, no supo improvisar una excusa, así que se resignó a decir la verdad.
— No me encontraba bien —dijo con desgana— Pero ya estoy mejor.
Era la verdad, o parte de ella, el aire de la noche le había espantado el mareo de los porros. Sin embargo, a Tere le cambió el gesto de la cara.
— Anda, sube —dijo, invitándole a entrar.
Al oír aquello, el tipo rezongó algo incomprensible.
— Es que yo me voy a casa —dijo David haciendo un gesto hacia la carretera.
— Pues te llevamos.
— Gracias, —respondió— Pero prefiero ir andando.
— Sube —insistió Tere.
Fue entonces cuando intervino Supermán.
— Déjale que haga lo que quiera y vámonos ya.
— Tú cállate, capullo —le reprendió Tere tajántemente, saliendo del coche y levantando el asiento delantero para que David pudiera entrar.
— Venga Gafitas, sube —ordenó, guiñándole un ojo.
El muchacho subió, Tere volvió a sentarse en su asiento y, antes de que Supermán arrancase de nuevo, le agarró el lóbulo de la oreja, estiró con fuerza y dijo: “Es un capullo, pero está para comérselo, ¿verdad que sí, machote?”
Supermán la apartó con enojo, masculló algo y arrancó. Cinco minutos más tarde, después de cruzar el puente sobre el Turia y de recorrer de arriba abajo el paseo de La Libertad, paramos en Rafael Alberti. Tere bajó del coche y le dejó salir.
— Gracias —dijo, ya en la calle.
— De nada, Gafitas —respondió Tere— Pero dime qué te pasa.
— Nada.
— ¿Entonces por qué tienes cara de cabreo? —preguntó la magrebí con suspicacia.
— No sé qué cara tengo —contestó el muchacho con rabia— Estoy cansado, nada más.
— ¿Seguro? —insistió Tere con una sonrisa ladina, poniéndole las manos en las mejillas de forma casi maternal— ¿Seguro que no te cabrea que vaya a follarme a éste?
David se apartó con brusquedad, y ya no pudo contenerse.
— ¡Si te apetece follarte a ese imbécil, allá tú! ¡Pero deja de tocarme los huevos!
Tere se quedó perpleja, era no en vano la primera vez que oía a David hablar en aquel tono. Sin embargo, a Supermán no le pasó inadvertido el insulto de David y, salió del coche con cara de pocos amigos. Aunque estaba cansado de perder el tiempo, no pensaba permitir que lo insultaran.
— ¿Qué me has llamado, enano? —preguntó con ambas manos apoyadas sobre el techo del coche, remarcando su poderío.
David sufrió un ataque de pánico. Se acordó de pronto de Ramón Batista, de cómo éste le había obligado a lamerle las zapatillas, y se temió lo peor. Aquel tipo era muchísimo más corpulento que Ramón y ya empezaba a rodear el coche dispuesto a arrancarle la cabeza.
— Tranquilo, machote —le espetó Tere, plantándose delante del muchacho— El Gafitas es de la banda del Guille. Tócale un pelo y verás arder este coche tan bonito.
Supermán se frenó en seco. Tenía la mandíbula apretada y echaba fuego por los ojos, y no sólo a David, sino a los dos.
— ¡Bien, zorra, cojonudo! ¡Aquí te quedas!
El tipo deshizo el camino, volvió a entrar en el Focus y salió pisando el acelerador con ganas para dejarles atrás. Así pues, Tere y David se quedaron solos en la noche valenciana, mirándose sin saber qué decir hasta que, sin previo aviso, Tere estalló a reír.
— ¡Has visto, Gafitas! —clamó, doblada sobre sí e incapaz de dejar de reír a carcajadas— ¡Nos hemos ahorrado el taxi!
A pesar de lo tarde que se estaba haciendo, comenzaron a conversar alegremente. Tere le contó que el Gordo olvidaba a menudo el lugar donde había aparcado el coche de su padre, y que hubo una vez que tuvieron que volver en taxi.
— Lo curioso es que sólo le pase con el coche de su padre, si es robado, no —matizó la chica.
— ¿De verdad?
— Sí.
— Entonces no es normal —declaró David— Debería verle un psicoanalista.
Tere se quedó mirando al Gafitas un instante, y luego volvió a echarse a reír.
— Oye, y tú por qué no bailas nunca —preguntó Tere poco después.
— Me da vergüenza, no sé bailar.
— Menuda tontería —rebatió la magrebí— Para bailar sólo hace falta querer moverse.
David se quedó pensativo. El argumento de Tere era tan simple que lo más probable era que tuviera razón, aunque de todos modos la magrebí en seguida le propuso dar un paseo. David tenía muchas ganas de estar a solas con ella, pero aunque no hubiera sido así habría dado lo mismo, ya que Tere le cogió del brazo y le obligó a girar en redondo y caminar a su lado. En su recorrido, pasaron por delante de otras discotecas, pero Tere pasó de largo y siguió hacia la ruidosa oscuridad de la playa. Se hablaron como se hablan aquellos que se gustan, con vergüenza, intentando llenar los silencios. Así un minuto, otro y el siguiente…
En el cielo brillaba una luna tal que, a medida que uno se acostumbraba a la oscuridad y avanzaba hacia el agua, revelaba una cala limitada por dos colinas y sembrada de bultos que sobresalían de la arena como caparazones de tortuga. Alberto está aquí, en la playa, susurró Tere antes de sentarse en la arena.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó David, arrepintiéndose al instante.
— Porque a mí me traía aquí —contestó con nostalgia, antes de comenzar a liar un porro.
Tere dio una calada y le ofreció el porro a David, que se había sentado junto a ella, y entonces le pidió que le hablara de su familia. Sin apartar la vista del mar y del estrellado firmamento, y de un barco que parecía suspendido entre los dos, el muchacho le habló del tiburón de los juzgados que era su padre, la manipuladora de su madre, y la borde de su hermana. Después le devolvió la pregunta, y no por cortesía, sino por auténtico interés. David no la vio, pues Tere estaba recostada sobre su pecho, pero hizo una mueca.
— ¿Qué familia? —preguntó con ironía— No conocí a mi padre; mi padrastro hace años que está en la cárcel; mi hermana mayor ya tiene tres críos y hace la calle cuando no hay más remedio; y mi madre..., mi madre bastante tiene con vender flores en el cementerio y pedir en la iglesia para darnos de comer. Esa es mi familia, Gafitas.
David no supo qué decir, de modo fumó escuchando el sonido de las olas y contempló el resplandor plateado de la luna sobre la superficie del mar. Tere, igualmente hipnotizada por el espectáculo de la playa de noche, tampoco dijo nada. Sin embargo, al cabo de un rato la magrebí enterró la colilla en la arena y se levantó con decisión.
— Voy a bañarme.
Antes de que el muchacho pudiera decir nada, la magrebí se desnudó por completo y se metió en un mar que parecía una cama negra y enorme. Se alejó de la orilla y, en determinado momento, dejó de bracear y empezó a llamarle a gritos. Tras superar su incredulidad, David también se desnudó y se metió en el agua.
El contacto del agua le hizo sentir un frío que le resultó del todo indiferente. Nadó mar adentro, pero sin sus gafas no logró encontrar a la joven. Tere había desaparecido, y él se hallaba en medio de una gran oscuridad. Nadó entonces de regreso a la orilla, braceando con fuerza, pero cuando alcanzó la playa tampoco vio a Tere. Durante un instante horrible, David se imaginó que Tere se habría llevado su ropa para gastarle una broma, pero enseguida vio emerger su esbelta silueta veinte o treinta metros más allá.
El muchacho salió del agua sintiendo que se había disipado la ebriedad del alcohol, el aturdimiento del hachís y la taquicardia de la meta-anfetamina. Cuando llegó hasta Tere, ella ya se había puesto la camiseta, estaba descalza y se había sentado sobre sus pantalones, abrazándose las rodillas para mitigar el frío. David, en cambio, se puso los calzoncillos y los pantalones a toda prisa, pero cuando estaba intentando abrocharse la camisa, Tere preguntó:
— Oye Gafitas, yo te gusto, ¿no?
— Claro que me gustas —contestó David, sin pensar.
— Y entonces cómo es que todavía no hemos echado un polvo.
David se hizo un lío con los botones, y de pronto Tere apareció frente a él y le apartó las manos. El chico pensó que la magrebí iba a ayudarle a abotonarlos bien, pero entonces ella le besó, y David descubrió que Tere estaba desnuda de cintura para abajo.
— Ya va siendo hora de que me lo eches, ¿no?
Esa era la segunda vez que David probaba los labios de una mujer, o mejor dicho, de esa mujer, si bien cada beso y cada roce de su piel despertaba en él una sensación desconocida. Se produjo entonces una reacción física, como si el alma se le bajara del corazón al bajo vientre, llegando poco a poco hasta su sexo. Esa intensa sensación continuó recorriendo su cuerpo, y el chico resolló intentando que Tere no percibiera el éxtasis químico que le estaba provocando aquel beso infinito.
Era la primera vez que estaban solos y, cuando sus bocas al fin se separaron, David tomó el rostro de la magrebí entre sus manos.
— Te quiero.
Tere chistó, temerosa del frágil momento y, sin contestar, se deshizo por dentro. Hasta ese día sólo había escuchado aquellas palabras en boca de Alberto.
La magrebí permitió que David rozase lo más íntimo de su ser y, a pesar del frío, notó su cuerpo arder. Le abrazó con fuerza y luego subió sus manos por la ancha espalda del muchacho, le besó mientras acariciaba lentamente su nuca. David, mucho más impaciente, llevó las manos directamente hacia los pechos de Tere, si bien los acarició con cuidado, con las yemas de los dedos. Los sintió pequeños y firmes y, sin dejar de besarla, rozó los pezones y notó como se endurecían. Sin prisa, David exploró el cuerpo de Tere, distrayéndose en cada contorno, y esa vez fue ella la que sintió el alma bajándole hacia su sexo mientras sus pezones emanaban aquel placer indescriptible, y David deslizó sus manos hacia donde le guiaba su propio deseo, acarició sus caderas, agarró con pasión sus nalgas y las apretó más y más fuerte.
Tere le desabrochó el botón del tejano y bajó lentamente la cremallera. Su mano corrió dentro del calzoncillo en busca del miembro viril del chico en quien tanto pensaba últimamente y, al asirlo entre sus dedos, gimió de entusiasmo.
A partir de ese momento, Tere tomó las riendas de lo que estaban haciendo, y lo hizo literalmente, porque derribó al muchacho sobre la arena y se montó sobre él. Hundió aquel miembro sin estrenar dentro de ella, sintiéndolo rígido como una roca y fresco como el agua del Mediterráneo.
El instinto ayudó a David a despojar a Tere de la camiseta, a tomarla de la cintura para acompañar el vaivén de sus caderas, a intentar besar sus senos… El chico se olvidó de todo, de sus miedos, de sus propósitos, de sus escrúpulos... Por fin Tere estaba entre sus brazos, totalmente desnuda, entregada. El calor de la chica que amaba se expandió dentro de él mientras la mágica luz del mar hacía resplandecer su cuerpo. En medio de aquel océano de caricias, del ruido de las olas y del olor a salitre, sucede. Están haciendo el amor.
Tere abre los ojos, conmovida por tanta ternura. David la mira, no parece nervioso. Le sonríe, enreda los dedos en su pelo e, inesperadamente, Tere se ve arrojada hacia un lado y echada sobre la arena con él encima. “Caray, se le da bien”, se dice a sí misma. Entonces, el miembro de David se adentra en ella y la conmoción resulta tan intensa que la obliga a cerrar los ojos para poder sobrellevarla. “Guau, menuda polla…”, piensa, sobrecogida por la impresión. A medida que David entra y sale, Tere se siente arrebatada por ese dolor amoroso, por aquella dulce e indescriptible emoción. Sus ojos se pierden en el firmamento, jadeando, aferrándose a los hombros de David e intentando estrecharlos entre sus brazos. Luego se abandona, y un orgasmo echa a volar de entre sus muslos como un pájaro, inmensamente frágil y vivo.
Tere abre los ojos. No lo puede creer, después de tanto tiempo, de haber hecho pedazos su corazón y el de Alberto, de intentar olvidarlo todo jugando a ese solitario y extraño juego del sexo; después de todo eso, ha vuelto a nacer entre los brazos de ese muchacho tan tímido y diferente a los demás, y a ella misma.
— ¿Estás bien? —preguntó David, no demasiado seguro, todavía dentro de ella.
— ¿Bien…? Ha sido increíble, Gafitas.
Él la besa con ternura. De nuevo abrazados, saborean el mar en la boca del otro. Se elogian mutuamente, sonrientes de amor y, muy pronto, David le pregunta si puede repetir, y ella se echa a reír, y se aman de nuevo. Esa vez sin miedo, borrachos de pasión y con arrebatos de deseo.
Más tarde, después de haber competido para ver quién daba más al otro, se vuelven a adentrar en el mar para despojarse del olor a sexo. Nadan en el agua fresca y salada, en la estela de la luna, balanceados ahora por las olas, salpicándose y alejándose para poder volverse a buscar.
CONTINUARÁ.
Referencias:
— “Las leyes de la frontera”, de Javier Cercas.
— “Pan de limón con semillas de amapola”, de Cristina Campos.
— “Tengo ganas de ti”, de Federico Moccia.
— “La tragedia del girasol”, de Benito Olmo.
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