Alguien especial
Llevaba años soñando con este momento, pero nunca imaginó que la timidez se desvanecería tan rápido. Cuando la puerta se cerró, el silencio de la casa solo fue roto por sus respiraciones entrecortadas y la confirmación de que el deseo compartido era más fuerte que el miedo.
Eran las 18:30 y ya estaba en la estación de autobuses esperándola impaciente. El suyo no tendría que llegar hasta, al menos, las 19:00.
Mientras paseaba por la estación, recordaba uno tras otro los recuerdos desde que nos presentaron, hasta el momento en el que lo habíamos planeado todo, y que me llevó a aquel instante.
Era la compañera de residencia de mi amiga Zaira. Los fines de semana, una vez que ya estaban en casa, seguían manteniendo el contacto por internet, a través del ICQ. Corría el año 1998, y era el principal programa de mensajería instantánea. Por aquel entonces no se usaba aun el término “aplicación”. En aquella ocasión, Zaira estaba chateando con ella y conmigo, pero por separado. Debieron de estar hablando de mí, porque ella pidió a Zaira que nos presentara y que me diera su número de contacto de ICQ para agregarnos.
Ariadna se mostró como es, amable, simpática, ocurrente y, sobre todo, muy cercana. No estaba acostumbrado a tratar con una chica así. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. No, no parecía eso. Parecía que éramos íntimos, de toda la vida. Nunca había intimado con una chica, y ya tenía 21 años. Fue casi instantáneo. Deseaba que pasara rápida la semana para poder hablar con ella. Aunque no siempre podía ser. Ella tenía novio formal. Formalísimo.
Pasó el tiempo, los meses, el curso, y ella abandonó la residencia cuando ya estaba finalizando la carrera. Y yo, por el contrario, cambié de universidad y fui a acabar mi carrera a Madrid. Hablábamos siempre que podíamos, aunque era difícil. La línea del teléfono estaba siempre ocupada. Mucha gente no lo sabrá, pero en aquella época nos conectábamos a internet con un modem que ocupaba la línea de teléfono. De tal forma, mientras estabas conectado a internet, no era posible usar el teléfono para nada más. Aquel fue el motivo de muchas discusiones en mi casa, ya que intentaba estar el mayor tiempo posible conectado, hablando con ella. Durante la semana, intentaba acudir a un cibercafé situado en la Gran Vía. Era lo más. Pero no tenía un duro, y tampoco podía ir todos los días. Mientras que mis compañeros de piso preferían salir de copas, yo cruzaba los dedos para que nuestras agendas coincidieran y quedáramos para en el cibercafé. Nuestra forma de quedar era enviándonos un SMS:
- Ola Ariadna!Sta tard voy al Ciber.T vas a cnectar?Staré a las 18:00
- Tndra q ser a las 19:00.Cuando llgue t doy 1 toke
Y allí estaba a las 19:00, en la puerta del cibercafé, con el móvil en la mano, esperando a que me hiciera una llamada perdida para pasar y pagar una hora de internet. Nos fuimos conociendo cada vez más, y nos vimos gracias a que pudimos escanear unas fotos.
Así pude ver que tenía una piel muy blanca, como si le gustara darse baños de luz de luna. Pelo largo, lacio y negro azabache, y una mirada que te atraviesa, que te llegan al alma. Poco más se podía adivinar de esas fotos. Tampoco hacía falta.
Nos fuimos haciendo confidentes. Quedamos para pasar un fin de semana en su casa cuando no estaban sus padres. Obviamente su novio estuvo presente. Y en otra ocasión encontró una excusa ir a Madrid a pasar un día conmigo. Pude ver de primera mano lo que no decían las fotos, y confirmar todo lo que sí decía. Era de estatura media, 160, con no mucho pecho, y caderas anchas. Y su mirada. Su mirada era tal y como transmitía la foto. No era pose. Su mirada se hundía en tu alma cada vez que te miraba cuando estaba hablando contigo.
Su novio era muy agradable. También muy cercano. En seguida entablé amistad con él. No me planteé hacer nada con Ariadna, a pesar de que sí lo había fantaseado en multitud de ocasiones. Pero mi rectitud, esa que hizo que con 21 años, aún no hubiera intimado con una chica, ni tan siquiera un beso, me impedía llevarlo a cabo.
Pero un día cambió aquella situación.
Ariadna llevaba una mala racha. Incluso acudió al médico buscando ayuda. Cayó en una seria depresión. Por fortuna, tuvo el valor de hacer frente a su situación y tardó poco en salir de ella y quitarse la losa que tenía encima. Dejó a su novio.
Una noche, en el cibercafé de la Gran Vía, salió ese tema. Hablamos de ella, de lo mal que lo había pasado pero que ya estaba bien. Y también hablamos de mí.
- Ariadna, ojalá el día que lo haga por primera vez sea con alguien como tú.
- Te quiero un montón y sería un honor que fuera conmigo.
Y allí estaba, subiendo por las escaleras mecánicas que comunicaban las dársenas con la estación de autobuses. Dispuesta a entregarse y yo a ella, en mi primera vez. Y con esa mirada. Su mirada. Esta vez, además, transmitían felicidad y también algo de timidez, a sabiendas de lo que esa noche iba a suceder. Lo llevábamos planeando desde hacía semanas, hasta que se alinearon los planetas para nosotros. En ese puente, tanto los padres de Zaira, como los míos, se irían de viaje, con lo que nos quedaríamos las respectivas casas para nosotros. Nadie sabía qué iba a suceder, salvo Ariadna y yo. Habíamos pensado una excusa algo rebuscada para que esa noche, la primera, la pasara en mi casa. Funcionó, y nadie sospechó nada. Esa noche, cenamos en casa de Zaira. Pedimos unas pizzas y recordaron los días en los que ellas eran compañeras de cuarto en la residencia universitaria. Yo estaba de los nervios, deseando que acabara la velada y que nos fuéramos los dos a mi casa.
- Zaira, hoy me madrugué bastante para dejar todo recogido a mi madre en casa y se me cierran los ojos. Mañana más, ¿vale? ¿Nos vamos, Asiel?
- Claro, cuando tú me digas, Ariadna.
- Qué majo es este Asiel. ¿A que sí Ariadna?
- ¡Ay, pobre! Le tenemos de chofer y de casero.
Yo respondí con una sonrisa y cara de bueno mientras me levantaba de la silla.
Nos despedimos y quedamos en comer al día siguiente en casa de Zaira. Nos pusimos nuestros abrigos y marchamos andando hacia mi casa.
- No veía el momento de que se acabara la cena.
- Yo tampoco, Asiel. Pero teníamos que guardar las apariencias.
- Claro que sí. Yo creo que no sospechan nada. Creo que ni se imaginan que yo pudiera hacer nada contigo.
- ¿Y por qué no?
- Son buenas amigas, pero creo que me consideran un pasmarote, y no me ven capaz de hacer nada. Un pagafantas perpetuo.
- No digas eso, anda – Y en ese momento me cogió la mano y no la soltó hasta que llegamos a casa.
Mi casa no estaba lejos, a penas a 5 minutos andando. Al abrir la puerta notamos un cálido golpe de calor. Con previsión a lo que sucedería, había ajustado previamente el termostato de la casa para que no tuviéramos frio. En seguida nos quitamos los abrigos y los dejamos en el salón. Ariadna me seguía a cada paso que daba, con una sonrisa de felicidad. Y su mirada.
- ¿Estás a gusto? ¿Tienes frío? ¿Subo más el termostato?
- No, no. Está algo alto si acaso, pero por mí no lo toques. Está bien.
- ¿Quieres darte una ducha? Yo sí que me la voy a dar.
- Puedo dármela contigo, si quieres.
No supe qué contestar. Me puse muy nervioso y no sabía ni a dónde ir.
- Ven, voy a buscarte una toalla.
Subimos a la planta de arriba y fui a buscar una toalla grande y la dejé en el baño. Dejé abierto el grifo del agua caliente, y fui a buscarla a la entrada.
- Ariadna, estoy muy nervioso. Ya sabes que nunca he besado a una chica. - Una tierna sonrisa se dibujó en su cara y levantó sus ojos hacia mí.
- Es una buena forma de empezar. - Se quedó mirándome, con esa misma sonrisa.
Agarré tímidamente su cintura, cerré los ojos y acerqué mis labios a los suyos. Su lengua me dio la bienvenida y mi lengua respondió agradecida. Mi corazón se aceleró instantáneamente, y empecé a sentir un cosquilleo nervioso en mi polla.
Tras unos segundos reconociendo su lengua, me aparté y abrí los ojos y suspiré. Agarré su mano y me la llevé al corazón.
- Mira – le dije- Me tiemblan las piernas.
Ella respondió cogiéndome la mano y copiándome el gesto.
Noté como su corazón también latía fuerte y rápido. Decidido y teniendo mi mano al lado de su pecho aun vestido, lo agarré al tiempo que volvía a besarla a lo que ella respondió con un estremecido gemido. Volví a sentir el cosquilleo nervioso en mi polla, pero esta vez erguida y dura bajo mi pantalón.
Acabamos de besarnos y pasamos al baño. Nos desnudamos. Veía su sonrisa, y su cuerpo se fue descubriendo a cada prenda que se quitaba. Yo fui más rápido. Quedé desnudo cuando ella aún tenía la ropa interior puesta. Llevaba lencería negra, de encaje, escogida especialmente para la ocasión. Me acerqué y volví a besarla, mientras esta vez mis manos, mucho más firmes, rodearon su cintura y se deslizaron por debajo de sus bragas para agarrarle el culo, atrayendo su cuerpo al mío.
Notó mi polla, por necesidad, y sus brazos me rodearon apretando aún más su cuerpo. Nos separamos para que acabara de desnudarse mientras comprobaba que la temperatura del agua era la adecuada y ayudé a que pasara ella primero. La seguí y cerré la mampara, quedando los dos dentro de la bañera.
Con la ducha en la mano, la fui cubriendo de agua. Aunque sus pechos no eran grandes, sí que eran firmes y tenía los pezones duros y rosados. Era una chica con curvas, y eso me encantaba. Una vez regada, vertí abundante gel sobre mi mano y empecé a enjabonar su cuerpo. La volteé para que quedara de espaldas a mí, y comencé a enjabonar sus pechos. Mis manos se abrieron para abarcarlos completamente y masajearlos de forma circular. Sus pezones parecían resortes. Igual que mi polla, que se había acoplado muy cerca de su culo.
Bajé por su vientre y sus caderas, para luego subir a sus axilas y descender de nuevo enjabonando sus brazos. Volví a dispensarme más gel en mis manos para continuar enjabonando sus hombros, y su espalda.
Me arrodillé para enjabonar sus piernas y volví a reponer gel. Esta vez, mis manos se abrieron paso por sus muslos encontrando su coño, depilado para mí, y que sentí muy caliente.
No quise entretenerme en él, de momento, y volví a enjabonarme las manos para hacer lo mismo con su culo, abriéndolo bien y deslizando mis dedos por toda su raja e introduciendo un poco, de manera tímida en su ano.
Una vez acabé, se dio la vuelta y me dijo que ahora me tocaba a mí. Utilizó la misma hoja de ruta, y fui aclarando su espuma a medida que ella enjabonaba mi cuerpo. Cuando llegó a mi polla, se entretuvo. Me la masajeaba con cuidado. Mi polla estaba a reventar, no hacía más que palpitar fruto de la excitación. Apartó las manos de ella y me la aclaré con agua, mientras se arrodillaba delante de mí. Sin previo aviso se la metió hasta el fondo de su garganta mientras me agarraba con sus manos mi culo. Sentí una corriente eléctrica que comenzaba desde la mismísima punta de mi polla y que me subía por toda la espalda hasta mi celebro. ¡Joder, que gusto! Estaba en el séptimo cielo. Cuando fui capaz de abrir mis ojos y mirarla, allí estaba ella, mirándome fijamente, atravesándome una vez más con su mirada, mientras me estaba comiendo la polla, como si no quisiera perderse el espectáculo de mi cara gozando. Agarró firmemente mi polla con su mano y comenzó a pajearme sin dejar de chupar. No podía retrasarlo más, me iba a correr.
- ¡Joder, Ariadna, me voy a correr! ¡No puedo esperar más! - Ella escuchaba atentamente sin perder de vista mi cara, con su mano firme en mi polla, al tiempo que la tenía dentro de su boca. Pensé que se la sacaría para que me corriera en su cara, pero no fue así- ¡Joder! ¡Dios! ¡Me corro! ¡¡Me corro!!
Mis manos buscaban algo donde agarrarse y solo encontraron las paredes y la puerta de la mampara mientras intentaba aguantar al máximo la presión de mi corrida. No pude más. Exploté. En cuanto notó la leche en su boca disminuyó bruscamente el ritmo del movimiento de su cabeza, y su mano, la que antes agarraba mi polla, volvió a mi culo para que no me escapara. Lentamente, me fue sacando cada gota de mi leche, con suma delicadeza. A pesar de ello, mi cuerpo se convulsionaba cada vez que su lengua rozaba mi glande. Cuando ya no pudo sacar más, se retiró y tragó satisfecha.
- ¡Que rica! – me decía mientras la ayudaba a incorporarse
Me quedé asombrado. No me esperaba que se lo fuera a tragar todo. Salimos de la ducha y nos secamos mutuamente y nos fuimos directos a la cama vestidos solo con la toalla.
Una vez allí se la quité, tirando de ella, y dejando una vez más su cuerpo desnudo.
- Ahora es tu turno. – le dije, acomodándola en la cama, boca arriba, y abriendo sus piernas y flexionándolas un poco para que se encontrara a gusto.
Me situé en la parte baja de la cama y metí mi cabeza entre sus muslos. Con mis dedos abrí los labios de su coño dejando al descubierto su clítoris. Empecé a lamerlo lentamente. Escuché su primer gemido mientras disfrutaba el sabor salado de su coño. Estaba jugoso, caliente. La mamada que me había hecho en la ducha la había puesto muy caliente. Sus manos buscaron algo que agarrar, pero no encontraron nada. Doblo la almohada para taparse la cara y ahogar en ella los cada vez más fuerte gemidos. Ahora quería ser yo quien mirara su cara. Sin cesar en mi tarea, hice lo oportuno para volver a ver su expresión. Abrió los ojos sorprendida mirándome y agarró mi pelo empujando mi cabeza contra su coño al tiempo que mordía su brazo libre intentando que no se escucharan sus gemidos. Mientras yo seguía lamiéndole con la intensidad y la rapidez que tiene un perro sediento cuando lame el agua. Sus caderas se movían al ritmo acelerado de mi lengua, y su cuerpo se arqueaba intentando contener un inevitable orgasmo, que seguro se hubiera producido si no fuera porque sacó fuerzas para apartarme de ella y ordenarme, intentando recuperar el aliento, que me tumbara sobre la cama.
Se sentó encima de mis caderas y comenzó a besarme la boca, para ir bajando por mi cuello y mi cuerpo. Su pelo largo aún estaba mojado de la ducha, de modo que a medida se movía, me acariciaba con él.
Cuando ya recuperó del todo el aliento, cogió el condón que teníamos preparado en la mesilla. Lo abrió y trato de ponerlo en mi polla. Dura como una piedra, y palpitante. Parecía tener vida propia. Ayudé a ponérmelo, mientras ella pellizcaba la punta para que no quedara aire en el interior.
Y allá íbamos. Se acomodó un poco más abajo, apoyada sobre sus rodillas, y con su mano dirigió mi polla a la entrada de su coño. Entró hasta el fondo sin resistencia.
- ¡Joder, Ariadna!
Tanto ella como yo abrimos los ojos, como si fueran a salir de sus cuencas. Mis manos eran las que ahora buscaban donde agarrarse. Me estorbaban, no sabía qué hacer con ellas, sólo sentía placer mientras sus caderas empezaron a moverse sacando y metiendo mi polla. Ya no volvería a ser virgen.
El espectáculo era colosal. Ariadna estaba erguida, con mi polla dentro de ella, con su pelo mojado cayendo sobre sus discretas tetas, con esos pezones duros, mientras me miraba con una sonrisa complaciente.
Sus caderas seguían moviéndose, volviéndome loco. Mis manos firmemente iban agarrando y acariciando sus muslos al principio, para acabar visitando después sus pechos. Su ritmo era cambiante. No sabía como gestionar tanto placer. Cada vez estaba más tenso. Se echó sobre mi pecho, apoyándose con sus brazos, para acelerar al máximo el ritmo. Mi cuerpo comenzó también a sincronizar con el suyo, haciendo que cada embestida fuera lo más profunda posible. ¡Joder! ¿Qué era eso? No sabía donde meterme. Estaba a punto de estallar, pero no sabía de qué manera. Mi polla quería explotar, pero por alguna razón, mi mente trababa de contenerla.
Entonces noté como la vagina de Ariadna se contrajo.
- ¡Joder, Ariadna! ¿qué haces? ¡No puedo más! Argggggggg
Ariadna gemía como loca sin parar de moverse. Era inevitable, mi mente se rindió y mi polla reventó llenado el condón con mi leche. Ella también estalló en un increíble orgasmo y quedó tendida sin aliento sobre mí, mientras mi polla seguía bombeando las últimas gotas.
Estuvimos un instante sin movernos, intentando recuperar la respiración. Noté que mi polla poco a poco iba perdiendo su inflamación y me acordé del condón. No quería que se le quedara dentro.
- Ariadna, tengo que sacarla para que no se suelte el preservativo.
Ella se echó a un lado, mirándome y sin dejar de sonreír. Fue ella quien me retiró el preservativo haciéndole un nudo.
- Creo que es la primera vez que lo he hecho con alguien con quien soy 100% compatible en el sexo.
- ¡Anda ya! Eso se lo dirás a todos. - Ella soltó una carcajada
- De eso nada, te lo digo en serio. Te voy a confesar una cosa. Nunca me lo habían comido.
- No puede ser. ¿Como es posible?
- No a todos los tíos le mola comer un coño.
- Joder, pues era una de mis primeras fantasías.
- Para ser la primera vez, no se te ha dado nada mal.
- Supongo que tanta teoría ha servido de algo. Eso y tu compañía, claro.
- ¿En serio te ha gustado?
- Creo que las evidencias hablan por sí solas. Estaba muy nervioso cuando te he besado. Ya lo viste
- Sí. Me ha gustado mucho como me has duchado. Lo hacías con mucha delicadeza y cariño.
- ¿Cómo habría de ser si no? Pensé que no te gustaría que me corriera en tu boca, por eso te avisé.
- No pasa nada. No siempre me gusta, pero en esta ocasión tenía muchas ganas de hacerlo. ¿Te gustó?
- Uf! Es que… todo lo que te pueda decir es poco. Estoy en una nube.
- Jajajajajaja. El efecto aun te durará unos días. Pero te advierto que esto es adictivo, y querrás más.
- ¿Y tú? ¿Quieres más? – Mi polla hacía rato que volvía a estar activa, desde que recordé lo sucedido en la ducha. Ariadna bajó su vista y vio como mi polla volvía a estar despierta.
- Pero, ¡Asiel! Eres la caña, tío.
Se incorporó de la cama y bajó hasta mi polla para recorrerla con su lengua, desde los huevos hasta la puntita, haciendo circulitos una vez que había llegado hasta ahí. Acto seguido volvió a engullirla hasta el fondo, arrancándome un profundo gemido. Abrí los ojos para ver como lo hacía, como me miraba fijamente a mis ojos. Si quedaba algo de rigidez a mi polla cuando empezó, ya se la había aportado toda. La sentía dura dentro de su boca.
Me incorporé e hice que se recostara sobre la cama. Volví a ponerme un preservativo, mientras ella pellizcaba la puntita, como la primera vez. En esta ocasión, el preservativo me apretaba más la polla.
Me situé encima de ella. La besé la boca, y continué por el cuello y sus pechos. Ahí me entretuve para jugar con mi lengua y sus pezones. Sus gemidos y sus manos que se enredaban en mi pelo me daban a entender que estaba disfrutando con ello. Levanté sus piernas hasta que quedaron apoyadas sobre mis hombros. Agarrando mi polla, la restregué sobre su clítoris.
- Me vas a matar, Asiel.
En ese momento, comencé a metérsela lentamente, mientras los dos abríamos los ojos al tiempo que también lo hacían nuestras bocas, respirando profundamente a través de ella.
La postura hizo que mi polla penetrara aún más que la primera vez. ¡Joder que gusto! Ahora la que blasfemaba era ella, pidiéndome más y más. Pero quería hacerla sufrir de placer, y fui moviéndome lentamente, sacando y metiendo mi polla por completo una y otra vez. Lentamente. Pero estaba jugando con un arma de doble filo, y era novato en ese terreno. Enseguida me di cuenta que yo tampoco podría aguantar mucho en ese estado de excitación. De modo que volví a clavársela hasta el fondo y comencé a moverme rítmicamente cada vez más rápido.
Ariadna se estaba volviendo loca. Ya no reprimía sus gemidos, y sus manos clavaban sus uñas en mi espalda, mientras seguía empotrando mi polla una y otra vez. Veía como sus tetas se movía a cada embestida, mientras ella con los ojos abiertos de par en par y la cara congestionada me pedía cada vez más. Empecé a sentir otra vez que mi polla no aguantaría mucho más. Era una sensación que aún no sabía aun como gestionar. No era la misma sensación que cuando me hacía una paja. Era como si no dependiera de mí el control. Mi polla iba por un lado y mi mente por otra. Hasta que no aguanté más y detoné mi miembro dentro de ella.
Mi cuerpo se convulsionaba dando las ultimas embestidas, provocando un placer supremo al roce con el interior de su coño. Ella tenía el cuerpo arqueado, privada de respiración, hasta que finalmente se recompuso y me devoró la boca con un apasionado beso.
Quedamos los dos tendidos en la cama recuperándonos. Nos giramos para vernos las caras. La suya era satisfacción. Yo debía tener la sonrisa de idiota que tardó dos semanas en desaparecer. Así nos quedamos dormidos.
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