Arde la embajada
La misión es neutralizar a unos asesinos, pero la verdadera prueba de fuego comienza cuando la embajada se vacía y las barreras morales caen. Entre la tensión de la guerra y el alcohol, las espías y los soldados descubren que la mejor forma de preparar el combate es entregarse al placer prohibido.
Doña Pepa entró a toda prisa en la estancia de Sam y Rose, que ya se habían agenciado un departamento íntimo y discreto.
- ¡Muchachas! ¡Tengo algo importante, muy importante puede ser!
- Diga usted, Pepa – le contestó la rubia señalando una silla.
- Pues ha venido una comadre, la que se cuida de una casa a diez cuadras de aquí. A veces platicamos del negocio, las chicas, ya saben.
- ¿Y…?
- Ayer vino un tipo raro a verla, un desconocido. Pero no un forastero. Ese conocía bien las casas de placer de la ciudad. Pues el fulano pretendía que le proporcionase diez o doce mujeres. Para dentro de unos días, no me precisó cuántos. Y las quiere para llevarlas a una mansión de las afueras.
- Eso puede ser una casualidad ¿no? – intervino Rosita.
- No es habitual. Lo llevan con mucho secreto, el día y el lugar. ¡Y pagan una fortuna! Como si las compraran y no las alquilaran las chicas.
- Puede ser una pista, sí. Ya le conté que buscamos una cuadrilla que se oculta en una estancia de las afueras, pero ni idea de hacia dónde para – dijo Samantha.
- Pues vale la pena tirar del hilo ¿verdad? - Rosita se sentía cada vez más a gusto en su nuevo papel de espía y pistolera a sueldo.
- Verán. Mi comadre no puede enviar a sus chicas a ese servicio porque hizo un trato con el comandante González para ocuparse de su batallón, que en premio a lo bien que peliaron les regaló un servicio en su casa a cada uno... y son casi cuatrocientos, ¡imaginen! Por eso vino a proponerme que yo ponga las chicas y le pague una comisión a ella.
- Eso nos puede conducir hasta esos bandidos, pero también puede ser una pista falsa- dijo Rosita.
- No podemos ignorar esa información. Pero somos pocas mujeres.
- Bien, Leonor y Candy solitas pueden despachar a veinte tipos por lo menos, y Quina los avía de tres en tres…
- Sí, pero no queremos coger con ellos, queremos eliminarlos a todos ¿entiendes, Rose?
- Ya. Para eso estamos Megan, tú y yo.
- Si son más de veinte tipos, vamos a necesitar ayuda.
- No podemos fiarnos de nadie, Sam – Apuntó doña Pepa – ni policías ni militares. Algunos se concertaron con los subversivos que quieren matar a Juárez.
- Me dijo nuestro amigo el barbero que hay militares en la embajada – recordó Samantha.
- Pues vayan donde el embajador. Están a tres cuadras de aquí.
Pepa conocía muy bien el camino de la embajada de los Estados Unidos, ya que ella misma lo recorría con frecuencia, para encontrarse con su amante cuando era requerida.
Samantha fue sola a hacer la visita y volvió poco animada.
- Hay cuatro soldados nada más. Un cuerpo simbólico. Aunque me dijo el embajador que son de confianza y muy aguerridos.
- Entonces ¿llevamos adelante la operación? – Rosita ya dominaba el lenguaje de los cuerpos especiales
- Nos ha convocado a todas esta tarde, para conocer al resto de los participantes y trazar un plan.
A eso de las siete, las seis componentes de la escuadra se dirigieron por parejas hacia la embajada, donde las esperaban el embajador y sus agregados militares.
Al mando de la reducida guarnición estaba un teniente, un hombre muy bien parecido, alto, rubio y de ojos azules llenos de viveza. Se llamaba Riplay, Rip para abreviar, y hablaba fluidamente el español, condición necesaria para servir en aquel destino hispanoparlante.
El sargento del grupo era un hombre fornido, irlandés de origen, y respondía por Aloysisus. Aunque todos le llamaban Biff.
Siguiendo la relación por orden de mando, el tercero era un joven negro de más de metro noventa y apariencia feroz, rostro anguloso y cabeza rapada. La verdad, daba miedo mirarlo de frente y, quizás por ese motivo, Candy y Leonor no le quitaron ojo de encima durante la reunión. Su nombre era Braxton Rutledge y su empleo, el de cabo. Años después se haría muy popular, ya como sargento, por un oscuro asunto de violencia sexual en el que se vería injustamente implicado.
Los soldados que completaban la dotación eran dos jóvenes de raíces hispanas, Roberto y Juan, muy atléticos y marciales, aunque faltos de experiencia.
El embajador era un caballero sesentón, orondo y rubicundo, con poblado mostacho y cabello escaso. Había sido militar con el grado de coronel en la guerra civil y era un hombre de confianza absoluta del presidente.
- Señoras, tomen asiento. Ustedes también, caballeros. He hecho que estén todos presentes para que sepan lo que se espera de ustedes si esta operación se puede realizar – El embajador se puso así al frente de la reunión con autoridad y firmeza. – Señorita Samantha, ¿puede usted hacer un resumen de la situación?
- Excelencia; Voy a hablar en español para que me entiendan nuestras amigas. Señores: tenemos por delante una fea y pesada tarea. Pensábamos que había que neutralizar a un asesino a sueldo, pero parece que nos enfrentamos a una cuadrilla de criminales. No sabemos dónde están alojados, pero es cerca de aquí. Hay una posibilidad de que las mujeres podamos entrar a su guarida, pero temo que no seamos suficientes para acabar con todos ellos. Es por eso que hemos pedido su colaboración, como soldados profesionales que son.
- Estamos a las órdenes de su excelencia, señor embajador – respondió el teniente Riplay.
- Hemos de estar preparados, teniente. Ustedes y nosotras. Mi idea es seguir el juego de esos miserables. Nos recogerán en algún momento en los próximos días y ustedes deberán seguirnos e intervenir cuando sea oportuno.
- Estos hombres han combatido en la guerra contra los confederados. Saben lo que es actuar bajo fuego enemigo y respondo de todos ellos – dijo con orgullo el señor embajador.
- Pues vamos a presentarnos todos y les explicaré con mayor detalle mi plan.
Los militares se sentían bastante violentos de recibir órdenes de una mujer tan atractiva como autoritaria. Samantha tenía una larga experiencia y estaba acostumbrada a dirigir personalmente las operaciones.
Eran casi las diez de la noche cuando terminó la primera ronda de intervenciones, las seis mujeres y los cinco militares se presentaron y comentaron brevemente sus habilidades. Quedó claro que Candy y Leonor no iban a participar en las acciones armadas a no ser que fuera indispensable. Su función sería entretener a los bandidos para dejar actuar a las otras cuatro, mucho más aguerridas y dispuestas a las acciones violentas.
El embajador hizo pasar a todos los presentes al salón comedor, donde se había dispuesto una cena fría. Los soldados recibieron permiso para tomar alcohol, ya que no estaban de servicio, y la cosa se fue animando.
Candy se sentó a la izquierda del embajador y empezó a lanzar sus redes.
- ¿Cómo está soltero un hombre tan atractivo como usted? – le halagaba.
- Bien, de hecho, no es así. Mi esposa y mis hijas están en Boston, de viaje.
- ¡Qué casualidad! – se hacía ya ilusiones la pérfida y menuda rubia.
Por su parte, Leonor se convirtió en lapa adherida a la valva del teniente. No le dejó ni a sol ni a sombra, sirvió vino, hizo confidencias y coqueteó a su gusto, como tenía por costumbre.
Sam y Rose se comportaron educadamente, pero sin dar pie a malos entendidos. Quina se mantuvo serena hasta que dejó de estarlo. Como solía ocurrirle, el alcohol despertó sus bajos instintos y las miradas provocativas hacia el resto de la tropa reunida empezaron a ser evidentes al final de la cena.
Sólo Megan y el cabo Braxton se mantuvieron ajenos a los coqueteos, porque a la hora del café, Sam y Rose empezaron también a hacer manitas por debajo de la mesa.
- Se ha hecho muy tarde y no es conveniente que ustedes caminen solas por la calle a estas horas – Anunció el embajador, también afectado un poco por los efluvios etílicos – Les voy a ofrecer que duerman en la habitación de mis hijas. Es muy amplia y el cabo se ocupará de instalar dos camastros más.
Pareció que todos y todas se alegraron de la noticia, pues la sobremesa se abrevió notablemente.
Así, el “adiós” de después de la cena vino a ser casi un “hasta luego”.
Las cinco mujeres inspeccionaron la amplia habitación. Sam y Rose se situaron en una de las amplias camas de las hijas del embajador. Candy y Leonor eligieron dos camastros plegables, igual que Quina, mientras que Megan ocupó otra cama de cuerpo y medio.
Se desvistieron todas y ocuparon sus lechos. Sólo permanecía encendido un fanalillo junto a la cama de Megan, la cual notaba a faltar su biblia, que leía cada noche antes de dormir.
Cuando la luz se apagó, una tras otra, Leonor, Candy y Quina se deslizaron sigilosamente fuera del cuarto.
Fue el momento que Rosita esperaba para asaltar a su amante. Lo hizo con su pasión habitual, cariñosamente ruidosa. Pronto los gemidos de las dos mujeres resonaron por toda la estancia. Fue el momento en que Megan, a oscuras y en silencio, dejó su lecho y el dormitorio sigilosamente.
Salió de puntillas en camisa, envuelta en una sábana, ya que la temperatura era cálida todavía a aquella hora. Se dirigió a la biblioteca, que estaba a diez metros, atravesando el pasillo. Sin duda encontraría allí alguna lectura piadosa que serenara su ánimo.
Abrió la puerta y, ¡oh, sorpresa! La luz estaba encendida y el cabo Braxton Rutledge leía muy concentrado, sentado junto a la gran mesa central de la dependencia.
Ahora nos encontramos por primera vez en el relato, con un problema de difícil solución. Obviamente, Megan, escocesa, y Braxton, afro-norte-americano, se van a expresar en inglés. Para facilitar la comprensión del relato, sin mencionar el hecho de que mi inglés es menos que pobre, procederé a traducir en cursiva, (o sea, inclinada, dicho de forma cursi) estos diálogos.
- Buenas noches. Perdone, señorita. ¿Hay algún problema? ¿Se encuentran todas bien?
- Sí, sí. Perdone que le haya molestado – Megan se dispuso a salir.
- No es molestia. Estaba leyendo. Hoy es difícil coger el sueño aquí.
Megan comprendió el sentido de aquella afirmación. Seguramente los ruidos y conversaciones de naturaleza sexual habían invadido toda la planta. Quizás por eso, se echó a reír y volvió a entrar.
- Es verdad. Si no le molesta me voy a quedar a leer en un rincón, donde no moleste.
- Como desee, pero no me molesta. Siéntese aquí delante y aproveche la luz.
- Como quiera. Eso que lee usted ¿No es por casualidad…?
- Sí, la santa biblia. La leo cada noche desde que era niño. Ésta no es la mía. La tengo en el cuarto y prefiero no entrar ahora.
- ¡Yo también!¡Qué casualidad! ¿Qué está leyendo ahora?
- Pues suelo abrirla al azar, leo una página y luego reflexiono sobre ella o rezo.
- ¿Y qué página ha salido hoy?
- Vamos a probar. Yo abro el libro por una página, usted la lee y luego yo le comento lo que me parece que la página revela.
- De acuerdo.
- Vamos a ver… Aquí tiene. Proverbios 5.
- “¡Bendita sea tu fuente! ¡Goza con la esposa de tu juventud! Es una gacela amorosa, es una cervatilla encantadora. ¡Que sus… pechos… te satisfagan…”- Leyó cada vez más sorprendida Megan – Pero ¿Qué es esto? ¿Qué libro me ha dado a leer?
- Pues, no lo entiendo. Es la biblia, mire usted.
- Ya veo, sí. Pero yo conozco muy bien la Biblia. La he leído mil veces entera y este párrafo…
- Así es. Yo tampoco lo conocía. Y también he leído la biblia miles de veces. Debe ser una edición especial que tiene su excelencia el señor embajador. Mire, vamos a abrir por otra página. Ahora leo yo. “!Que me bese ardientemente con su boca¡ Porque sus amores son más deliciosos que el vino”. ¡Por todos los cielos! Pero ¡qué dice! “Deja que tus pechos sean como racimos de vid, y el olor de tu boca como de manzanas, y tu paladar como el buen vino”. “Las curvas de tus caderas son como collares, Tu ombligo es un cántaro, donde no falta el vino aromático. Tu vientre como montón de trigo cercado de lirios. Tus pechos son como dos ciervos jóvenes, mellizos de una gacela”.
- Si eso es la biblia, no sé qué estoy leyendo toda mi vida -,manifestó consternada Megan
- Lo mismo digo.
La lectura había alterado visiblemente a los dos devotos. Megan estaba en estado de shock y había dejado caer la sábana. La visión de sus grandes y firmes pezones transparentándose a través de la camisa no contribuía a serenar el ánimo del afroamericano.
- ¿Le importa que me siente a su lado? Podemos seguir leyendo juntos – propuso el cabo incorporándose.
- Como…como quiera.
Toda una vida de continencia y devoción corría ahora el riesgo de echarse a rodar pendiente abajo. Y todo por unas frases, sin duda censuradas en las biblias de los feligreses de a pie, pero que no habían sido eliminadas del ejemplar de la biblioteca de la embajada. Tampoco parecía casual que fueran aquellas las primeras páginas que se hubieran mostrado al abrir el libro al azar. Sin duda su excelencia el embajador las había dejado marcadas por el uso.
- Es usted una mujer muy fuerte, ¿verdad? Aunque igualmente, muy bella – se apresuró a añadir Braxton, impresionado por los poderosos brazos de su compañera de lectura, pero también por sus preciosos ojos azules y su pequeña y hermosa boca
- Soy fuerte, sí. Al menos eso me dicen siempre.
- ¿Y está…?
- ¿Casada, comprometida…?
- No, no, no. Nada de eso, cabo. No me interesa el tema del amor.
- Es una lástima – opinó él rozando levemente el brazo desnudo y poderoso de ella con el suyo.
- Usted parece muy fuerte también – observo sin retirar el brazo la mujer.
- Desciendo de una tribu africana muy poderosa. Y he trabajado muy duro antes de ser militar.
- ¿Cómo ha llegado usted a ser cabo del ejército siendo…? Ya me entiende…
- Si, negro, la comprendo. Toda mi familia éramos esclavos en las tierras del coronel, quiero decir, su excelencia el embajador. Nos liberó cuando se abolió la esclavitud y nos quedamos con él como empleados. Cuando estalló la guerra me llevó como asistente suyo. Luego me enrolé en un batallón de negros y volví con él al llegar la paz. Me trajo aquí cuando le hicieron embajador.
- Yo soy escocesa – confesó Megan inusualmente locuaz - Nací cerca de Aberdeen. Toda mi familia son mineros. También venimos de un clan muy poderoso, como su tribu africana.
- ¿Y se fue de su tierra?
- Sí, tuve que irme. Un asunto feo.
- Lo comprendo.
Para entonces, las caras de los dos estaban muy cercanas y los ojos azules de Megan estaban magnetizados por la negra mirada de Braxton.
- Esa lectura… Estoy aturdida – reconoció – No sabía que la biblia toleraba esas cosas.
- Yo tampoco. Y ha sido una impresión muy fuerte oír de tus labios…
Ya sabemos que en inglés no hay diferencia entre el “tú” y el “usted” y es el contexto el que marca el grado de confianza. Aquí hemos cambiado al tú justo un segundo antes de que Braxton besara a Megan. Un beso suave, tímido, pero húmedo y apasionado en su contención.
Megan fue mucho más expresiva al corresponder al cabo, abrazándole de forma tan poderosa que otro hombre menos fornido hubiera sentido dislocarse alguna vértebra.
- ¿Sabes que le pasó al último hombre que intentó besarme? – preguntó ella mirando de hito en hito al joven – Le partí el cuello. Es por eso que tuve que huir de mi país.
- ¡Impresionante! ¿Crees que podrías vencerme? – dijo él estrechando la cintura de Megan con dedos de acero.
Aunque las intenciones de ambos eran castas después de la cena, el consumo de güisqui y el entorno amatorio, sin contar con las revelaciones bíblicas, les habían llevado a un estado tan inusual en ellos como incontrolable.
- No lo sé. Pero tampoco quiero pelear contigo.
- Hay otra forma de batirse sin necesidad de golpes – observó él, y una enorme sonrisa dejó a la vista su perfecta y reluciente dentadura.
Leonor había dejado el cuarto comunitario y se dirigió con determinación a la puerta del cuarto del teniente. Éste la esperaba en paños menores, fumando un puro bastante maloliente.
- Rip. Sabías que vendría ¿verdad?
- Por supuesto. Entendí tus señales. Perdona el desorden, yo…
No hubo ocasión de comentar la pulcritud de la estancia, porque Leonor arrebató el cigarro de la mano del oficial, lo apagó en el cenicero de la mesilla y limpió a conciencia con su lengua hasta la última hebra de los labios y la boca del hombre.
- Me encanta el sabor del tabaco en tu boca – afirmó apasionadamente mientras se desvestía.
- My God! - Exclamó el militar ante el panorama de voluptuosidades que se le ofrecía – Eres una escultura viva.
- Y tan viva. Toca, toca y verás que no estoy hecha de mármol – Ya hablaba con pequeños jadeos de placer nuestra heroína.
Las manos de Rip recorrieron toda la anatomía, de la cabeza a los pies, de forma reiterada, insistente y hasta febril. ¡Había tanto y tan bueno que explorar en Leonor!
Ella, exaltada, se limitó a extraer el sable del oficial de su funda y a engullirlo como una artista circense, dejándole asombrado de su habilidad, especialmente para contener el reflejo nausígeno, ya que el arma lo requería por su tamaño y grosor.
- Para, por favor. Vas a hacer que termine demasiado pronto.
- ¿Terminar? Ya puedes terminar – aseguró ella tras extraer la temblorosa polla de su faringe – Te aseguro que volverás a empezar de inmediato. La noche va a ser larga, así que relájate y disfruta – añadió antes de volver a engullir golosamente aquel delicioso pirulí.
El sargento O’hara había podido dormirse, ajeno a las peripecias que tenían lugar a su alrededor. Sin embargo, a eso de las doce, un percutir rítmico y unos jadeos de causa bien imaginable lo despertaron.
O’hara era un irlandés conservador en lo económico y ultraconservador por lo que hace a las costumbres. Por eso quizás, la escena que tuvo que presenciar cuando abrió la puerta del dormitorio de tropa causó en él más fuerte impresión. Roberto, el más alto de los dos soldados, sostenía a Quina por los muslos, que mantenía bien abiertos a la altura de sus propias ingles. Esto permitía que Juan, con un ardor guerrero típicamente latino, follara a la indefensa chilena con furiosos golpes de caderas, en lo que luego ha dado en denominarse “perreo”, pero hacia delante. Quina acompañaba con un gemido cada impacto de la pelvis del soldado contra sus ingles expuestas.
- ¡Malditos bastardos! – rugió en inglés el sargento - ¿Os habéis vuelto locos? ¡Soltadla, hijos de perra!
Para subrayar sus palabras lanzó una formidable patada al culo de Juan y un manotazo en el cogote de Roberto, que le obligó a soltar a Quina para mantener a duras penas el equilibrio.
- ¡Espere, sargento! – exclamó la mujer – No es lo que usted piensa. Yo les he pedido que me cogieran bien duro. Ellos no me han forzado.
- Pero ¿Qué monstruosidad es ésta? – repuso O’hara - ¿Una mujer que disfruta con el maltrato?
- Sí, sargento. Es lo único que me motiva – reconoció ella arrodillándose sumisamente ante el suboficial - ¿Cree que merezco un castigo?
- No es cosa mía eso – intentó escabullirse – Me voy a mi cuarto. Procuren no hacer ruido.
- ¡No, no! No quiero que se vaya usted – insistió Quina – Quédese, hombre, que le estoy diciendo que todo es consentido. ¿No le apetece usarme por detrás mientras me azota el culo?
- Señorita, parece mentira. Yo soy un caballero.
- Pues déjeme ser su yegua. Vamos, mónteme. SI quiere me voy a su cuarto. Los dos solitos.
- ¡Eh! ¿Y nosotros qué hacemos…? – se quejó Roberto.
- Me esperáis aquí. Vamos sargento, no le entretendré mucho rato.
El pobre O’hara no sabía cómo reaccionar. El cuerpo desnudo y bronceado de la mujer se balanceaba ante él, como una promesa de perdición. Se dijo a sí mismo que aquello era como un sueño, una pesadilla, que no tenía nada que ver con sus creencias y su disposición moral. Podía quizás soñar un rato y luego olvidar el sueño.
El sargento había enviudado años antes y había descuidado después su sexualidad con la excusa de la religión y la moral. Que era una excusa lo demostraba el creciente bulto entre sus piernas. Las nalgas pequeñas y prietas de Quina, sus oscuros y erectos pezones y la negra mata de pelo de sus ingles, todo, hacía que sus escrúpulos se desvanecieran a medida que su polla se hinchaba inconteniblemente.
- Yo no pienso maltratarte – Advirtió ya rendido a los encantos de la chilena.
- No importa. Sólo fóllame con todas tus fuerzas. Creo que con eso será bastante para que me vuelva loca de gusto.
- ¡Señorita Candy! – Fingió sorprenderse el embajador - ¡Qué sorpresa tan agradable!
- No podía faltar a la cita – Candy se deslizó en el dormitorio, con su ligera camisita como único atuendo – Hágame sitio en su cama que me enfrío.
- Ejem… Bueno, en realidad hace mucho calor y… Bien, querida: Yo, me temo, no estoy en condiciones de darle a usted el… trato que se merece. No sé si me entiende.
- Bien. Yo sé cómo hacer que pase un buen rato sin necesidad de llegar a esos extremos…
- Si es así, cuente con una buena recompensa.
- Bueno, todo ayuda a motivar a una chica. Siéntese en la cama, excelencia. Deje sitio. ¿Le gusta mi camisita? Mire debajo. Hay una sorpresa para usted.
- Veamos ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Un coño depilado! Eso es muy sugerente, querida.
- No es habitual, ya lo sé. Yo creo que, algún día, todas las mujeres lo harán. Mire qué bien se ven mis labios. Me encanta pasar el dedo por aquí, en medio. ¿Ve usted? Ya estoy mojada…
- Sigue, sigue…
- Y esta cosita de aquí ¿la puede ver bien? Ahora crecerá, mire, mire.
- Ya se nota. Sí, es delicioso.
- ¿Quiere probarlo? No se mueva. Mire, me pongo en cuatro patas y…¡media vuelta! Puede tocar, besar, lamer, lo que le apetezca.
- Tu culo es como un suculento mmm… pastel, ñam, ñam…
- ¡Ay! Cuidado que me hace cosquillas con el bigote. Tengo muy sensible esa parte. ¡Pero bueno! ¡Menudo bulto se le está haciendo aquí debajo!
- Sí, se pone dura, pero cuando intento meterla… Pierde tono enseguida.
- No hace falta meterla, excelencia. Usted cómame bien el coñito, que yo me encargo de que se ponga dura y aguante hasta el final.
- Ay, gracias, hija…
- No me llame hija, que me pongo burrísima…
- Hija, hija, hijita querida. ¡Ay! Cuidado con los dientes, pequeña, que me has mordido la piel.
- Esto hará que se carguen mejor sus huevos, excelencia.
- Vamos a echar un pulso, Megan. Mira, si ganas tú haré lo que me mandes.
- ¿Y si ganas tú? – Megan estaba recuperando en unos minutos diez años de rigores y abstinencias.
- Me dejarás verte desnuda – dijo Braxton con mirada pícara.
El fornido cabo estaba poco acostumbrado al trato femenino. Megan le producía una sensación de confianza y tranquilidad; era como un musculoso compañero de juegos, pero también se sentía atraído por la belleza y la serenidad de la escocesa.
Se dispusieron en la mesa de la biblioteca, el uno frente a la otra y entrecruzaron sus manos. Tensaron los músculos e iniciaron la pugna. Se miraban fijamente a los ojos y la situación se cargó de una inesperada sensualidad. Eran dos fuerzas de la naturaleza enfrentadas pero también unidas.
Poco a poco, el brazo de Braxton fue desplazando el de Megan, hasta que el dorso de la mano de ésta tocó la superficie de la mesa.
- ¡Bien! He ganado.
- Es la primera vez. Nunca me ha vencido hombre alguno, excepto mis hermanos.
- Bueno, tenemos un trato…
Silenciosamente, Megan se incorporó, se apartó de la mesa.
- ¿No había una botella de güisqui por aquí? – preguntó
- Claro, claro – Braxton se apresuró a servirle un buen vaso del ambarino estimulante.
Lo apuró de dos tragos Megan y dio dos pasos atrás.
- Me debo de haber vuelto loca – afirmó mientras se quitaba la camisa y quedaba en cueros ante el cabo.
El cuerpo de la mujer era realmente digno de admiración, tanto desde el punto de vista de la belleza estética como desde el de la condición física. Contra lo que podía parecer cuando iba vestida, Megan tenía una cintura marcada, con unos poderosos músculos abdominales. Sus senos no eran grandes, pero armonizaban bien con sus amplios hombros. Piernas y brazos aparentaban adiposidad excesiva, pero apenas los contraía levemente, los músculos emergían aquí y allá, denotando la formidable complexión física de la escocesa.
- ¿Puedo verte por detrás? – pidió el cabo encandilado.
Megan giró lentamente, con lo que el espectáculo de aquel gran culo, absolutamente redondo y definido, se fue ofreciendo como la salida de la luna en el horizonte tropical.
- Bueno, ya está bien – dijo Megan tapándose con la camisa.
- Un poquito más, por favor – suplicó Braxton como un niño contrariado.
- Está bien. Te dejaré mirar un ratito más, pero a cambio quiero verte desnudo a ti.
Megan había bebido un poco, pero aquella noche estaba pasando algo especial e insólito. Quién sabe si, después de tanto tiempo contemplando los excesos de Quina, Megan estaba a punto de romper su celibato, y Braxton iba a ser el afortunado que iba a aprovechar la ocasión.
- Es muy grande – observó absorta cuando el cabo se quitó los pantalones – mucho mayor de lo que me imaginaba.
- Bueno, no es tan grande habitualmente, ni está así de tiesa y de dura. Es que verte así, me la ha puesto a tono.
- Quiero tocarla ¿puedo?
- Claro, pero con cuidado, que tienes mucha fuerza en los dedos.
- Descuida
Megan empezó a acariciar el pene y los testículos de Braxton, que estaba en la gloria. Megan había dicho que le parecía enorme la polla de su amigo, pero lo cierto era que no tenía referencias, después de toda una vida de abstinencia.
Con muy buen criterio, el cabo dejó tomar la iniciativa a Megan. Al cabo de unos minutos de exploración y toma de contacto, La escocesa hizo sentarse a su negro amante en un sillón y, poco a poco, con gran cuidado, consiguió abarcar el enorme falo con su no menos grandiosa vulva.
- No te muevas ahora – pidió ella
- Eso va a ser mucho pedir – contestó él, secando el sudor de su frente.
- Es que, si te mueves, me vas a matar de gusto.
- Pues ya te haré resucitar – contestó, iniciando una enérgica coleada que arrancó gritos de placer de la garganta de la rubicunda guerrera.
Rosita y Samantha habían agotado su extenso repertorio, con cunnilingus, masturbaciones simultáneas y por separado, tijerita y sesenta y nueve. Ya exhaustas, tendidas en la cama de la solitaria habitación, Sam acariciaba la rizada melena de su amante.
- Esto que ha pasado, Sam, lo has preparado tú. ¿me equivoco?
- Era una buena forma de conocerse y de motivar a los muchachos. ¿has oído a Megan, verdad?
- Sí, con el negro aquel que parece una montaña de carbón.
- Se ha estrenado por fin. Sabía que iba a llegar pronto el día.
- Pues ahora vamos a ver si nos sale igual de bien la misión que nos espera.
- Vamos a necesitar toda nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Y la de los militares también.
- Y que Leonor, Candy y Quina sepan engatusar a esa tropa de asesinos
- Esto es un dispositivo de envergadura, Rose. Prepárate, que es posible que tu y yo tengamos también que encamarnos para sacarlo adelante.
- No me importa, siempre que pueda rebanarle el pescuezo a todos los que me quieran follar.
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