Te encontré
Él nunca había sido nadie; ella, una mujer de carne viva y deseos insaciables. Cuando la inspectora lo invita a su apartamento, el protocolo se rompe y la rutina se quema. Pero cuidado: lo que empieza como una aventura de novedad puede terminar siendo una trampa de la que no querrás salir.
Te encontré
Los dos apellidos de Luis García Martínez eran la evidencia palpable, la marca más señera, de lo insípidos que habían sido sus treinta y dos años de existencia.
Luis no era un adefesio.
Tampoco un adonis.
Luis carecía de un coeficiente doscientos, pero se alejaba de ser un Forrest Gump viendo pasar la vida en cada caja de bombones.
Luis no corría los 100 metros en 9,17 si bien no se asfixiaba como un fumador asmático al intentar agacharse para recoger una servilleta del suelo.
Luis no había provocado jamás tortícolis entre los cuellos de las féminas que se cruzaban con el en pleno atasco urbano.
Pero tampoco le retiraban la vista para evitar sufrir ante un rostro desamortizado.
Luis poseía un pisito, que no casa, una cuenta corriente de ahorro nómina en la Caja Rural que no en Suiza, un coche de dos puertas que no cuatro y la siempre agradecida posibilidad de gastarse mil euros al año invertidos en una semana de sol en Mallorca que no las Maldivas.
Su trabajo, que no vocación, se invertía en el traslado de expedientes desde las tripas del Archivo Provincial de la Seguridad Social, hasta el despacho que lo requiriera; una jubilación mal cotizada….una infracción por contratación simulada…un error de cálculo en el costo del seguro…un equivoco en la categoría laboral…una alegación a un expediente sancionador….la caradura del contratista que no hace contratos…..
Se trataba, como su García Martínez, de un puesto sin posibilidades ni historia, donde tan solo importaba tener buena memoria y mantener las ruedas del carrito bien engrasadas.
Catorce pagas de mil cincuenta euros, despacho de sótano con aire acondicionado y la posibilidad de ascenso cada siete años.
Llevaba en el tajo cinco y no parecía mostrar demasiados deseos de aplicarse a lo último.
Luis era un insípido, no por naturaleza ni genética, sino porque al final, las circunstancias le habían empujado a aceptar la comodidad del ritmo conocido y cotidiano, el goce de la seguridad absoluta en un mundo plagado de pandemias.
Por eso, cuando le ordenaron, aquel lunes catorce de marzo, que encontrara y trasladara las hojas de turnos y horarios del Hotel Sol y Villa al despacho de la inspectora Victoria Rubianes, el bedel hizo un gesto extrañado.
- Es la nueva García – le aclaró el jefe de departamento– Recién llegadita de la capital para pasarse con nosotros un par de añitos.
No era la primera vez que sucedía.
Opositores de largo recorrido conseguían plaza con los treinta bien pasados, cuarenta incluso para luego penar durante setecientos treinta días en un destino de provincias.
Setecientos treinta y uno si sufrían la mala suerte de que les cayera por en medio un año bisiesto.
Tras cumplir, desaparecían sin decir adiós, sin dejar rastro, regresando a su verdadero mundo, esa plaza de sus sueños en una capital plagada de oportunidades y humanos.
Luis había conocido ya a cuatro en esas condiciones.
Y no se había encariñado con ninguno.
Cuatro a los que ese puesto fijo a tres mil euros mensuales solía otorgarles una perspectiva altanera ante quienes se ganaban el azúcar, empujando un carrito.
- Marchando.
Le habían asignado el cuatrocientos siete.
En realidad, el departamento apenas tenía diez despachos.
Algún consejero con ganas de hacer ante la prensa alarde de recursos, había decidido añadir ceros a la derecha del número.
Con el tedio que produce la costumbre, paró ante la puerta, comprobó con el tímpano que no había conversación personal o telefónica y llamó con dos efectivos y tenues trucos.
- El expediente Sol y Villa señora inspectora.
- Pase por favor.
La inspectora ni se levanta, ni retira la concentración y vista de lo que sea que la pantalla le está ofreciendo.
El bedel no se ofende.
Su gremio es un gremio eficaz, invisible, impermeable a la ofensa.
Luis se limita a entrar, depositar el expediente a mano e iniciar una discreta y silenciosa retirada.
- Gracias Luis – escucha de fondo cuando ya casi ha cerrado la puerta.
- A usted – sorprendido, el bedel se queda un rato excesivo con el manillar en la mano-…señora inspectora.
- Vicky. Por favor. Vicky.
Luis cerró.
Luis llamó al ascensor.
Luis descendió hasta el subsotano dos.
Luis depositó el carrito en su rincón habitual, firmó la orden de entrega y se sentó en su mesita metálica en espera de que volviera a sonar el teléfono.
Pero algo entre las entrañas de Luis, se había removido.
Con los días la señora inspectora fue, efectivamente, transformándose en Vicky.
Rubianes parecía tenerle predilección a la hora de realizar sus encargos de Archivo.
- Que me lo traiga el señor García.
- Vaya chiquitín – le bromeaban – Esta te ha cogido cariño.
Al García no le hacían pizca de gracia este tipo de bromas.
Cumplía atenta, eficaz y pulcramente cada servicio.
Pero a pesar de ello, era incapaz de evitar, con cada ocasión, el lanzar miradas furtivas a quien recibía el encargo.
Fue así como descubrió que era rubia teñida, que las canas le aparecían a los diez días, que dormía mal y comía casi siempre tirando de bocadillo, que rondaba los cuarenta y estornudaba recurriendo a cómicos hipidos.
También que era zurda, que sus dedos eran chatos, algo gordezuelos, que sus ojos negros nunca miraban con fijeza ofensiva, que se concentraba con facilidad y vestía modelos baratos pero elegantes que se aterían a sus caderas, a su piel morena, a sus pechos algo excesivos.
Siempre agradecía cada servicio.
Para ello hacía preguntas en apariencia insulsas…¿Cómo van las cosas?...¿hace frío allá abajo?...cuya respuesta, luego, escuchaba con sincero interés.
También notó un día, reflejado en el cristal del anodino cuadro colgado al lado de la puerta, que, al salir con su carrito, la inspectora le lanzaba un visual y secreto vistazo.
Luego, frente a la funcionarial mesa, Luis disfrutaba de esa perturbadora sensación que da la novedad grata.
¿Por qué se alegraba tan puerilmente cada vez que contemplaba tintinear el digital del teléfono con la extensión cuatrocientos siete?
¿Por qué lo que antaño eran treinta segundos entrando, depositándose y despidiéndose se habían transformado en tres, cuatro, diez minutos cuando ella le preguntaba donde se compraba la carne más barata, donde quedaba el consultorio médico o en que barrio se podía salir a correr a horas intempestivas sin toparse con desagradables sorpresas?
- Vienes de ciudad grande Vicky – respondía – Esto es pueblo grande o urbe chica.
Ella carcajeó la gracia.
El se dio cuenta que, por vez primera, la había tuteado con cierta complicidad y que no se había llevado advertencia por ello.
Luis regresó al subsuelo, decidido a ser el quien la guiara por el universo del deporte rural.
Porque aunque Luis era soltero y previsible, abstraído, invisible y de horario fijo, gustaba de cuidarse saliendo a correr una hora diaria, cinco días por semana.
Fue un lunes, dieciséis de junio.
La cita era en la entrada norte del Parque Grande, junto al kiosko de Sebastián quien, a esas horas, persianas cerradas, ponía en orden su mercancía diaria.
Vicky era en extremo puntual.
Y en extremo práctica.
Vestía mallas elásticas, apretadas a sus muslos, aun firmes, levemente flácidos, soportando esa especie de “quiero mantenerme, pero la edad reclama su pernada”.
La camiseta azul clara, ceñida, dejando entrever un sujetador deportivo
modalidad “inimaginablemente antiestética” que, apuradamente, represaba dos pechos generosos.
Un talle hermoso que el traje de faena, entre sanción y expediente, habían mantenido oculto durante toda la primavera.
Luis casi se arrepentía de haber venido con su conjunto menos exhibitorio.
Pero, por otro lado, aun deportista, no pasaba de ser un palo seco….fibroso…carente de masa calórica o musculo.
- ¿Vamos?
Su sonrisa fue un auténtico “Buenos días”
Nada que ver con su exquisita, aunque protocolaria educación de despacho.
Una sonrisa que llamó especialmente la atención del bedel.
¿Quién narices se pone pintalabios rojo intenso para irse a hacer footing?
Una hora más tarde, sudados pero satisfechos, desayunaban en un bar de polígono.
- ¡Menudo saque! – la expresión le pareció excesivamente confiada.
Sin embargo, tras contemplar como entre palabra y palabra, engullía café con leche y doble de azúcar, zumo de naranja y doble de azúcar y croissant de mermelada con dos tarrinas de mantequilla, se juzgó autorizado para ello.
Sobre todo cuando la comparada con su magra tostada de aceite con justo de sal y descafeinado.
- Me lo merezco – respondió chupándose tres pringosos dedos.
- Ya – reconoció – Nos hemos pegado una buena kilometrada.
- Si, si, ya, ya, pero lo peor viene desde ahora hasta el viernes.
Entonces le habló de su trabajo, de la presión y enorme dificultad que supuso para ella, hija de portero, el conseguir entrar en la universidad, compaginar empleo con estudios y luego, administrativa de una empresa de suministros eléctricos al tiempo que estudiaba con fanatismo unas obsesivas oposiciones.
La alegría que para toda la familia supuso aprobarla a pesar del débito que suponía andar dos años alejada del círculo protector en busca de ganar puntos que la trajeran de vuelta.
Luis la escuchaba con atención.
Como nunca antes había escuchado.
Bajo la mesita, atestada de platillos, tazas y servilletas sucias, sus rodillas se rozaron.
Primero casualmente, retirándolas ambos de inmediato.
Luego, a medida que la cascada de confesiones se iba precipitando, tocándose la una a la otra sin avergonzamiento.
- Te debo un desayuno – le dijo Vicky cuando al salir se dio cuenta de que el había asumido los doce euros del evento.
- No es nada.
- ¿Te parece bien en la calle Duratón 58? Tercero B.
- ¿Cómo?
- Es mi dirección.
- A vale, vale.
- El sábado entonces, un buen desayuno.
- Creía que los fines de semana regresabas a casa de tus padres.
- Ah…si – torció la mirada como si no le provocara cierta nostalgia el recordatorio – Pero ya sabes que estamos hasta arriba con lo del juicio a la Constructora Geminis. El martes tengo citación en el Juzgado de Relaciones Laborales y debo prepararlo muy bien. No me gusta que se nos escape un defraudador.
La semana no brindaría historia alguna.
Pasó sin más.
Y sin menos.
Luis sentía que le costaba concentrarse en cada carrito y su correspondiente pedido.
Y eso que, en la oficina, Vicky jamás abandonaba el traje y compostura propios de su categoría laboral.
Tan solo el viernes, a ultima hora, cuando le acercó tres paquetes de folios a estrenar, le recordó su cita.
- A las once. Un poco tarde para desayunar lo sé, pero hoy saldré muy tarde.
- Si quieres cambiamos el desayuno por una cervecita de última hora y así duermes algo más.
Vicky apartó la mirada del ordenador.
Sus ojos se exhibían calculadores tras aquellas gafas de pasta generosa que lejos de echarle años, le hacían parecer una quinceañera.
- Dos cervezas no suman los doce euros de mi croissant mantecoso.
- Me lo equilibras con la compañía.
La inspectora escogería un garito de buena fama, pero muy alejado del centro de trabajo.
Sin duda, no deseaba ojos que llegaran a conclusiones comprometedoras.
Luis estaba poco breado, pero distaba de ser un inocente destalentado.
No tardó en darse cuenta de que, entre la salida de Inspección y aquel establecimiento con música celta a volumen bajo, distaban doce paradas de autobús.
Un agujero negro cuando la ciudad no alcanza los veinticinco mil cristianos.
- ¡Que prisas! – reconoció el cuando a los cinco minutos de pedir, ya se había finiquitado la primera caña.
- Tengo que alcanzar los doce euritos – y le guiñó un ojo – Así estamos en paz.
- Me las debería beber yo Vicky.
- Pues hazlo.
- Un reto…eso está muy bien.
- ¿Te gustan los retos eh?
- Bueno, deducirás que por mi trabajo no estoy muy acostumbrado a escaparme fuera de lo establecido. El sacrosanto protocolo – añadió con tono de clérigo sermoneando.
- Entonces te propongo uno.
- Tu dirás.
- ¿Cuántas cervezas eres capaz de tomar hasta que me veas guapa?
- Pues entonces tendré que dejar esta donde está. Una…y solo le he dado un sorbo. Muy chiquito – hizo gesto juntando los dos dedos.
Vicky sonrió satisfecha con el halago.
Por debajo, las rodillas llevaban ya tiempo juntas y uno de los pies de la inspectora, Luis recordaría luego que el izquierdo, acariciaba su tobillo.
¿Qué vio ella en él?
¿En que momento la señora clase A, decidió que iba a besarlo?
¿Cuándo, en aquellos efímeros instantes de trabajo en el que uno entregaba el expediente 2020-158, tomó la decisión de cogerle la mano, de acercarla con ella su propio pecho, de apretarla para sentir fortaleza, para provocar el suspiro contenido que la excitación en sitio público trae consigo?
- Te deseo Luis.
Aquellas palabras dieron origen a una vorágine.
Una caída al vacío donde aguardaba un colchón de incertidumbre y desconcierto donde el bedel toparía con besos crecientemente apasionados, lanzados a sin remilgos ni evangelios de por medio.
La salida del local por separado, con ella caminando diez metros adelantados, el sadomasoquista sostenimiento de la distancia, sin perder la vista, padeciendo el torturador mecido de sus caderas…la llegada al bloque, la apertura, la espera a que el ascensor cerrara sus puertas.
Lo salvaje.
El nada sutil manoseo de su entrepierna mientras trataba de encajar la llave en la cerradura de su apartamento…
- Vaya, vaya bedel….- metía la lengua mientras apretaba la firmeza bajo su bragueta -…a ver si voy a llevarme una sorpresa.
Luis sintió el mordisco en su labio justo cuando aferraba su miembro sobre la tela del pantalón
Y tras ello, un portazo, una felación con entrega y sin demora en el pasillo que conecta descansillo con cocina americana…un sexual abrazo rodeando con sus piernas las caderas de el cuando este la alza para llevarla a trompicones hasta la cama.
El gemido al sentir su pene rozándole los labios vaginales, el grito cuando guio su breve y algo torpe cunnilingus….la orden de penetrarla duro, rápido….
- Estoy a punto…
…como entró en ella sintiendo que se introducía en un medio cálido y acuoso…como Vicky lo copuló, aun estando debajo, clavando talones, alzando y bajando las caderas…como bramó al correrse…como Luis agradeció que lo hiciera puesto que el, sobreexcitado, desacostumbrado a este tipo de pasiones, no era capaz de resistir más de cincuenta segundos.
Ahora, once y media de la mañana del domingo, Luis, que apenas ha dormido, sentado en el sofá, contempla silenciosamente el cuerpo desnudo de su amante.
El sol entra a raudales casi hirientes, cincelando la calidez acogedora de la estancia, resaltando las sábanas blancas y revueltas, incitando a la desnudez, al sosiego, al recuerdo.
Luis contempla al detalle, capturando, reteniendo, apreciando, sintiendo lo que hacía mucho….como hacía mucho.
Debían de haber pasado dos, dos años y medio desde la última vez que se acostó con una mujer.
Y nunca le había sucedido aquello de desear que no se termine nunca, que ninguno de los dos recuerde la agenda y el lugar donde arrojaron calzoncillo y braguita.
Hacia demasiado que anhelaba acoger aquella sensación de haber hecho algo más que fornicar un coño con su manubrio.
Vicky ronroneó, girando la cabeza sin llegar a abrir los ojos.
Luis sonrió.
Le enterneció.
Acercándose, le besó los hombros.
- Ummmm – pareció agradecerlo - ¿Quieres doble ración de lo de anoche?
- Quiero más de todo.
Vicky resultaría ser discreta pero insaciable, precavida pero inabarcable, efectiva, contenida, cauta pero también fogosa, ardiente, curiosa, siempre dispuesta a ese poquito más que ella proponía y Luis, incrédulo ante lo que para él era casi desconocido, acataba sumiso.
Para ella, que felaba hasta lo más profundo de la garganta, hasta saborear sin ascos la cosecha de su esfuerzo, tan solo resultaba imprescindible para hacerlo, las cortinas gruesas, cuatro paredes, un techo, las luches apagadas y el cerrojo bien puesto.
Para ella, cuyo coñito chapoteaba de pura humedad al ser penetrado, cuyos gritos los exhalaba casi hasta el desmayo, era de suma importancia mantener la pantomima, glacial, gélida, efectista cada vez que el mismo hombre que por la mañana había eyaculado entre sus pechos, le traía con simpleza un nuevo expediente informativo.
El bedel disfrutaba con su renacida vida sexual casi tanto como escucharla hablar después de cada coito.
Sentados en el sofá, frente a frente, desnudos con una copa de vino tambaleándose en la mano, o abrazados en la cama, dejando que la inercia secara el sudor de su piel, Vicky le desgranaba detalles de su vida embutida sobre una mesa, despellejándose los codos, aprendiendo de carrerilla nuevas y pasadas legislaturas.
Le contaba las coletas que llevaba en primaria, cuya madre se las apretaba tanto y tan dolorosamente que parecía desahogar sobre ellas las frustraciones de un matrimonio casi desde el inicio muy desgraciado.
Ella había jurado, ya de adulta, nunca llevarlas.
- Pelo libre – y mecía su melena.
Luis se reía.
En realidad, le hacía gracia casi cualquier broma que ella hiciera.
En ocasiones, el poco exprimido bedel, le desgranaba entresijos de su paupérrimo pasado sentimental.
Le hablaba de su primera vez, ridícula como todas las primeras veces, con una pobrecita llamada Felisa, quien, de vez en cuando regresaba a su ciudad natal desde su vida londinense, cogida de la mano de su marido británico y tres hijos.
Ambos decidieron el momento más por presión social que por auténtico deseo.
Y ambos se arrepintieron.
Fue una y no más y ahora, Felisa, no lo saludaba por la calle cuando se cruzaban.
Por muy internacional que la chica fuera, por correcta que fuera su pronunciación del idioma de Wilde, en el fondo seguía padeciendo del alma provinciana que le impedía relacionarse con normalidad, con los antiguos amantes que tuviera antes de estar casada.
Le hablaba de María de los Ángeles, su primera novia fija.
Una chica alta, algo hombruna, de profundos ojos negros y pies patagónicos.
La muchacha gozaba de una inteligencia atroz y práctica que la ayudó a descubrir, tras apenas unos insulsos meses de noviazgo, que la curiosidad por la vida de Luis era opositora a la suya.
Asustada ante la idea de verse condenada a una vida funcionarial y burocrática, un día mandó un SMS por la mañana y cuando por la tarde Luis fue a su casa a reclamar respuestas, la dueña de estas estaba ya con las maletas en la capital madrileña.
Se atrevió a hablarle del efímero rifirrafe que sostuvo durante veintidós días con Doña Gemma, vecina del octavo C, quien se había quedado viuda con apenas cincuenta y seis años.
Doña Gemma acudió a el por voluntad propia, simulando averías que su fingida torpeza fémina le impedían solventar.
En realidad, buscaba quien le revelara la soberana mentira que era eso de que una señora decente se acuesta solo con uno y siempre que con un anillo de por medio.
Doña Gemma llevaba prisas.
Quería probarlo todo, quería que le hicieran de todo y, cuando los orgasmos se le derramaban de consecutivas, los disfrutaba, puño en boca, liberando unos ahogados “Ramiro perdóname” en memoria del difunto esposo.
Ambos se habían reunido nuevamente un año antes, por causa de un fulminante tumor para el cual no quiso encontrar médico.
Evitaría hablarle de la única vez que recurrió a los servicios de una eficaz meretriz brasileña.
Un error que jamás se repetiría y en el cual cayó cuando las ganas pudieron más que la paciencia de cortejar, halagar y convencer a quien voluntariamente lo aceptara.
Desde que aquella pobre infeliz lo acogiera entre sus piernas, habían transcurrido dos largos años de sequía.
Y ahora, estaba Vicky.
Vicky que lo despidió con marcial profesional el día veintitrés de diciembre.
- Pase usted unas felices fiestas García – dijo para luego introducirse en su viejo Volkswagen blanco sin aire acondicionado y poner la W camino de la autopista que comunicaba con la capital del estado.
- Igualmente, señora inspectora.
Luis la añoraría casi como un niño durante los ocho días hasta su regreso.
Hubiera deseado que lo llevara con el a su ciudad e hiciera las correspondientes presentaciones.
- No cielo – lo sonreía mientras besaba sus lóbulos como respuesta carnal a aquella propuesta – Somos ya mayorcitos para andar con peticiones de mano en plan “Lo que el viento se llevó”
¿No era eso lo que se hacía con el hombre con el cual una lleva corriéndose medio año?
Hubiera deseado comerse junto a ella los turrones.
- No como turrón amor – y acariciaba su ombligo hasta introducir la mano entre la piel y el calzoncillo y apresar decididamente todo lo que se parapetaba allá debajo – Ya tengo el culo gordo.
¿Acaso no es eso lo que se hace con el ser que lleva seis meses comiéndote el coño?
Habría deseado besarla en la undécima campanada.
- Yo como cacahuetes – respondió mientras frotaba su clítoris contra la mano abierta del bedel – Las uvas se me atragantan.
¿No era lo que se desea hacer junto a los hombros que utilizas para depositar los tobillos y suplicar que te la introduzca hasta lo más profundo?
En su lugar, sostuvo el paripé de comer y cenar junto a sus padres.
Un padre harto de todo.
Una madre que tan solo era especialista en reproches y chantaje emocional, amargada hasta del oxígeno que respiraba.
Para soportarlo, en pleno cordero especiado, se evadía recordando el momento en que ella le pidió que le comiera el trasero.
O el instante en que lo montó sobre el entarimado.
O el día en que descubrió que los fogones apagados son un buen sitio para fornicar como descarnados.
O cuando lamió el sudor de su espalda hasta llegar a la nuca y allí, Vicky dio tal brinco que casi alcanza el éxtasis a años luz de comenzar la partida.
Ella giró el cuello, lo besó, le regaló aquella mirada tan entregada como felina, tan melosa como temida.
El día tres de enero, Luis libraba.
Acudió a la floristería de Ana.
Acostumbrada a pedidos de Todos los Santos para la tumba de los abuelos, Ana se extrañó ante el encargo de una solitaria y roja rosa.
Luego fue a Menardo, la única joyería superviviente de la ciudad y, alejándose del barrio para evitar cuchicheos, caminó hasta encontrar una farmacia donde adquirir gel lubricante y una caja de doce condones anatómicos y estriados.
- Estos te hacen ver el cielo Luis – recordaba la descripción de su amante, con una sonrisa boba dibujada en la cara mientras los estaba pagando.
No veía la hora de tocar el timbre.
Y, cuando lo tocó, cuando por fin el cerrojo cedió y la puerta se ofreció abierta, él puso la rosa en su cara y ella….ella un desnudo integral coronado por aquella cara de querer comerse todo lo que se parapetaba tras la dichosa flor.
- Ven aquí – le ordena aferrando su mano y estirando hasta introducirlo dentro del apartamento.
Vicky coloca la mano de su amante directamente en su ya dispuesta entrepierna.
Dispuesta y jugosa.
- Ufff…!como está señora inspectora! – exclama, olvidando que la flor, deshace los pétalos en su caída.
- Diez días aguantando a la familia Luis… - responde moviendo en torno a la palma abierta sus caderas – No veía, ooooo, no veía la hora.
El bedel acarició con ayuda de un solo dedito.
Nunca fue hábil.
Pero la excitación de Vicky suplía tal carencia, facilitando que, lentamente, echara la cabeza hacia detrás exhalando un apabullante gemido.
Para aderezar e intensificar, en ese momento, no otro, ese momento exacto, deposita lentos y pausados besos en el tenso cuello.
- Abre la boca…pasa la lengua…lámelo, lámelo con fuerza Luis.
El está ya acostumbrado a su carácter dominante.
Y su amante, adora que se la obedezca.
Su piel hipersensible se estremece en cuanto los labios de Luis se depositan sobre ella.
Aferrando su cabeza, incrementa la presión dirigiéndola justo debajo de la oreja, allí donde se encuentra la cerradura de todas sus inhibiciones.
Vicky se decide y lo arrastra hacia dentro.
La escena ha transcurrido hasta entonces a puerta abierta y, el vecino de enfrente hubiera podido disfrutar de todo a través de la mirilla.
Tal vez lo haya hecho.
Tal vez se está masturbando cuando ella, abierta la boca, mirada lasciva, ha escaneado con fijeza esa misma mirilla.
El portazo no los asusta.
Luis trata de descender, de saborear el ancho de los pezones.
Mientras, oculta la mano derecha para rebuscar algo en el bolsillo.
Vicky grita cuando siente la lengua sobre sus pezones y ejecuta un decisivo empujón para dirigirse hacia el salón.
El, torpón, apenas logra recomponerse, manteniéndose en pie ante el impulso de ella por arrancarle, que no quitarle la camisa.
- Que flaco estas cabrón– Vicky disfrutaba de recurrir al lenguaje altisonante, poseyendo la rara habilidad de exhibirlo en el instante más adecuado. Cuando más falta hace escuchar un “Hijo puta” espetado con voz en grito – Se te marca cada costillita.
Vicky ofrecía el maravilloso contraste de entregarse más rellenita.
Curvitas contenidas, caderas pistoleras, tripilla, el tatuaje de un trébol de cuatro hojas en el tobillo, la papadilla, los mofletitos y ese sudor que la rodea, ese aroma que la ampara.
El de una mujer que quiere follar y que cuando quiere…folla.
A Luis le encandila.
- Trae acá esos huesos – lo vuelve a atrapar y se sienta en el sofá abriéndose de piernas, impeliéndole a arrodillarse.
- Buf, como estas cielo.
- Si, si, ya sabes cómo me gusta.
Le gusta muy directo.
A el le hubiera gustado oler, jadear, susurrar, retrasar lo inevitable en base a suaves besos entre, sobre el pubis, jugueteando con el vello, alzando las manos hasta acariciar su cuello.
Vicky en cambio lleva demasiado tiempo acumulando las ganas y ahora, cachonda, lo incita ofreciéndose abierta.
- Venga.
García Martínez asume su rol de dominado.
- Abre la boca…succiona…succiona…aaaauffff…saca la lengua. Así, así, bien ensalivada.
Y el abre la boca, succiona, saca la lengua bien ensalivada, juguetea con un dedo, lame con rapidez, escupe, juguetea con un dedos, luego dos, luego acaricia recurriendo a la nariz.
Vicky se sobresalta cuando Luis curva levemente dos de sus digitales, acariciando su clítoris por la cara interna.
Lo había aprendido en manuales y películas porno.
Pero solo supo llevarlo a la práctica junto ella.
Y nunca imaginó lo súbita que podía ser la reacción de quien se beneficia de semejante picardía.
Vicky se retuerce, salta, aprieta la mano contra su entrepierna, clava los talones en el sofá y se erige permitiendo que se escuche el chapoteo, incitando a que su amante incremente el ritmo, acelere, incite su grito y nervio.
- Agggg oooooooo.
Luis está convencido que va a correrse.
Pero ella hace un esfuerzo y se contiene.
Se contiene porque quiere más.
Y se saca los dedos de sus adentros para llevárselos a la boca y lamerlos.
Luis se retira.
Vuelve a intentar echar la mano dentro del bolsillo pero la inspectora, hambrienta, se arrodilla, deshace el cinturón, echa debajo de un tirón jeans y calzoncillos y observa el panorama con faz canina, como si nunca lo hubiera previamente contemplado.
Luis se ofrece.
No es el mejor ni el peor dotado.
Ni el más largo, ni el más grueso.
Pero Vicky quiere follar y no distingue si el pan es blanco o negro.
Solo si está duro.
Duro, palpitante, con su cabeza viscosa y brillante.
Una señal que la enloquece, obligándola, ante el tótem, a abrir la boca.
Exhibiendo una maña prodigiosa, comienza la felatio al tiempo que recurre ambas manos para elaborar una rápida coleta.
Quiere que Luis la contemple desde arriba sin obstáculos.
Nada le hace sentirse más dueña que introducir en su boca una polla.
Su dueño goza y sufre, ansía y teme, anhela y tiembla.
Ella se humedece de más pensando en el gran poder que aquella delicia le otorga.
Chupa, lame, aprieta, atrapa ambos testículos en una sola mano.
Los exprime hasta el punto de estar a punto de dañarlo.
Pero no lo hará.
Arriba, abajo, dentro, fuera, saliva, un grito y luego, adentro hasta que no cabe más, sosteniéndola allí durante unos segundos en los que su lengua, la saborea.
Manos, boca, labios, dientes ejercen una combinación apabullante.
Luis no es un dios del sexo.
Esa carencia le obliga a arquear las piernas, a clavarse las uñas, a morderse los labios, a acordarse de las piernas varicosas de su difunta abuela.
“No te corras. No te corras. ¡Por Dios imbécil no te corras”
Vicky no se hubiera disgustado al recibir la temprana eyaculación de su amante en la boca.
Habría relamido hasta la última gota para luego, con un temible “Tienes veinte minutos”, dejarle bien claro lo que esperaba de el transcurrido tan poco tiempo.
Pero tras Navidad, mucho turrón, demasiados progenitores, necesita como nunca que alguien, quien fuera, Luis, se le corra dentro de ella.
Más dentro de ella que nunca.
Luis se retira.
- ¿No aguantas eh? – lo mira traviesa, controlándolo todo, aun arrodillada.
- Uffff Vicky, Vicky déjame que…
- No.
Vicky se levanta, le pone una mano extendida sobre el pecho, lo empuja hasta obligarlo a sentarse en la silla más cercana y, felina, se coloca a horcajas, asiendo el pene y ejerciendo con puntería.
Lo hace intencionadamente lenta.
Lo hace y cierra los ojos.
A medida que el miembro entra, su faz se contrae, sus cejas se enarcan, sus ojos, vuelven, lenta y continuamente, a abrirse.
Solo cuando completa la penetración, Vicky deja escapar de su boca abierta, un prolongado gemido.
Así espera.
Espera y Luis desespera.
El desea más.
Ella retener unos segundos la maravillosa sensación de tener, dentro, muy clavada en las entrañas, la polla que se desea.
El pobrecillo aferra los glúteos con ambas manos, intentando incitarla a que se mueva.
Manos extendidas, dedos crispados clavados en la carne.
- Muévete, cielo. Te deseo.
- Lo sé – responde lanzando una demoniaca risa.
Vicky apoya entonces con firme los pies a cada lado de la silla, aferrándolos al entarimado.
Así facilita el impulso.
Se alza y se deja caer de inmediato.
Un movimiento firme que apenas dura dos segundos y en los que el miembro de Luis está a punto de ser extraído para luego volver a ser clavado casi al instante.
- Agggg – grita el funcionario.
- Aaaa ¿si?...¿le gusta al caballero verdad? – se mofa meciendo las caderas, esta vez delicadamente, buscando más rozar su clítoris que empalarse el coño.
Lo hace sufrir.
A ella le humedece.
A él, extrañamente, le incita a entregarse todavía más.
Vicky repite la alzada dos veces seguidas.
Luego otras tres.
Al final, ella misma es incapaz de contenerse.
Durante dos minutos practica lo que vulgarmente se conoce como “follar como una bestia”
Lo hace tan brusco, tan bárbaro que su culo golpea ruidosamente contra los muslos de Luis, ahogando incluso los jadeos de ambos.
- ¿Quieres que pare?
- No…no se…haz lo que quieras.
- Repite oggg
- Hazme lo que quieras lo que quieras….
- Bien – contesta con tono malicioso.
Con cierta brusquedad, con algo de dolor, la inspectora se libera, se alza poderosa, exhibiendo ese cuerpo donde todo se contiene, pero todo rebosa y se encamina a la esquina del salón, justo donde arranca el cristal del enorme ventanal que da algo de luz al apartamento.
La persiana, medio bajada, permite entrar una luz sutil cuyos haces, resaltan la piel, los defectos y detalles, la enorme belleza de Vicky.
Lo ilumina en un si o no que transforma ese cuerpo sencillo, en un objeto de absoluto y enloquecedor apetito.
Luis tragó resuello.
Sin casi experiencia, sabía de sobras que pocas veces se le ofrece, a un pingajo como el, una oportunidad como aquella.
Porque, lentamente, Vicky fue reclinándose hasta apoyar el moflete derecho en el cristal, ofreciendo su pecaminoso trasero al primero que pasara por aquel salón cocina americano.
Y ese aquel, era un bedel de tercera división con el resuello acortado.
- Dale cabrón – anima - ¡Vamos!
Luis se levanta.
Desde la escasa distancia la contempla.
Contempla las huellas de los pies descalzos de Vicky, sudados, sobre el entarimado negro.
Lentamente, una tras otra, se van diluyendo desde donde el está, hasta, acercándose, ella.
Ella.
El va a imprimir sus propias huellas al aproximarse.
Y Vicky, cuando sabe que ya está encima, mira hacia delante para contemplar su rostro reflejado en el cristal.
Luis aferra su miembro.
Lo aproxima.
Durante unos segundos, acaricia sus labios vaginales con el prepucio.
Intenta ser travieso.
Pero no lo es.
Porque en el alma, no dejar de ser un funcionario gris y previsible.
Por eso, se desboca, la penetra.
- Augggg.
- Lo siento.
- Calla y jodeme.
Luis endurece su mirada, agarra sus caderas como quien agarra plastilina y esta vez, la folla sin atisbos, sin arrepentimientos, sin conciencia.
La clava rápidamente, generando en el cuerpo de la inspectora una convulsión violenta hacia delante, hacia detrás que la obliga a incrustar el moflete en la ventana.
A Luis el reflejo se le ofrece como el de una mujer gozosa, gimiendo a mandíbula abierta, haciéndolo con tono agudo, repetitivo, que puede escucharse arriba, y debajo, a izquierda y derecha, en Mostoles, Guetaria o Soria.
Un gemido que tapa el sonido de su culo golpeado, de su coñito chapoteando.
Luis sabe que no va a aguantar más.
Que no puede aguantar más.
Vicky tampoco.
Por eso se corre carcajeándose al escuchar como el bedel empieza a bufar, a clavar las uñas en sus lorzas, a apretar dientes y….!Joderrrrrr!....
Ella alcanza el climas justo cuando siente el primer chorro cálido llegándole hasta el útero.
¿Qué tendrá ese líquido espeso y blanquecino para dispararle el orgasmo más intenso en apenas unos segundos, alargándolo durante minutos, provocando las contracciones de su vientre, el deseo exaltado de acogerlo, de que este la posea entera, de que la preñe a pesar de que el preservativo impide su fertilidad, pero no el placer que el semen genera?
Luis se exprime hasta dejar su rostro hundido a la espalda de Vicky.
Ella regurgita su placer hasta el último estertor, hasta la última posibilidad, hasta que ambos, saciados, agotando, oliendo a todo lo que una pareja que acaba de follarse pueda oler, se desacoplan.
Vicky recupera el aliento jadeando sobre la ventana.
Luis en cambio, camina hacia detrás sin dejar de contemplarla.
Cuando Vicky se recupera, al girarse, topa con su amante de pie, desnudo, con su pene brillante, aun palpitante, y una mano en alto, temblorosa, sujetando un anillo dorado.
- Cásate conmigo Vicky.
La cara de aquella que hacía poco se contraía de placer, retorna a ser la de una inspectora decepcionada con el resultado de una requisitoria.
Como si se estuvieran tragando la peor de las películas románticas.
Un rostro que varía de jocoso a triste, luego a contenido, luego gélido y, finalmente, defensivo.
- Estoy casada Luis.
Durante el siguiente minuto, Luis va tomando conciencia.
El maremoto se le echa encima.
Siente la sacudida.
La encaja dando dos pasos atrás.
- Tengo dos hijos. Dos niños.
El recoge silenciosa, torpe, rápidamente sus ropas.
- Y un perro. Que se llama Totó.
Se viste apresuradamente, equivocando el lado correcto de sus zapatos, tropezando con un cuadro que apunto está de venirse abajo.
- Mi marido es una buena persona. Una no abandona, así como así a una buena persona.
Como buenamente puede, se aguanta una lágrima.
- Y los hijos son los hijos Luis. Eso no espero que lo entiendas.
Lo que le hubiera faltado, lo que habría coronado la tarta de aquella humillación, es llorar delante de semejante engatusadora.
Se pasa treinta segundos buscando la corbata.
- Media vida despellejándome los codos para sacar esta mierda de plaza.
Y al darse cuenta de que no trajo corbata se enfada consigo mismo.
Se enfadó por el despiste, se enfadó por pensar que por fin había llegado su oportunidad, su piel con piel, su media naranja.
- Te vi y me dije…”!Coño, te mereces un dulce para ti sola!”
Se enfadó por la debilidad de haberse abierto, de tirarse a tumba abierta, por el imperdonable pecado de haberse enamorado.
- Tu no puedes ser amor Luis. Pero novedad. ¿Sabes lo que significa la novedad para una persona que lleva diez años casada? Toda la vida junto al mismo.
¿Cómo pudo pensar que ella, que nunca miraba a los ojos al correrse, iba a sentir nada por un pusilánime?
- La novedad es el afrodisiaco. El afrodisiaco.
Sabe que se ha olvidado un calcetín, sabe que incluso puede que deje por algún lugar la cartera.
- Entiendo estés enfadado. Entiendo que me detestes. Entiendo que quieras pasarte el año y medio que me queda aquí sin decirme ni Buenos días.
Al llegar a la puerta abre, se sorbe los mocos, retiene la tentación de llamarla “Puta” y pone un pie afuera…
- ¿Pero por lo menos querrás seguir follando no?
Luis se queda sosteniendo entre los dedos el anillo, que mantiene bajo, permitiéndole contemplar, al tiempo, como resucita su entrepierna.
“Su puta madre”.
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