Años 70. Las chicas que sirvieron en mi casa (VI F
La biblioteca se vacía y el riesgo de ser descubiertos enciende la tensión. Años después, el pasado llama a la puerta con el peso de un matrimonio fallido y la necesidad de sentirse viva de nuevo. ¿Cuánto tiempo puede durar el secreto antes de que la realidad lo devore?
Como os conté en mi anterior relato, paso una de las cosas que habitualmente podían pasar en los casos de relaciones en los que una chica de servir se enrollaba con uno de los hijos de la casa: o se quedaba embarazada o les pillaban. En mi caso me pillo mi padre y puso soluciones drásticas. Mis padres la sustituyeron una señora de unos 60 años, mulata casi negra, dominicana y muy fea y gorda. Se acabaron las tentaciones, tendría que buscarme el sexo fuera de casa.
Empezaba tercero de Teleco y las asignaturas se empezaban a complicar. Tuve la suerte de volver a estudiar con Adelina las Ecuaciones Diferenciales y las conseguí entender bastante bien y aprobarlas. No nos habíamos vuelto a ver desde hacía un año, solo nos saludábamos cuando nos veíamos por la Escuela. Se había echado un novio piloto de aviación destinado en Cuatro Vientos y había dejado el Colegio Mayor Mendel y vivía en un piso de la calle Reina Victoria junto con otras dos estudiantes. Cuando empezó tercero y vi que esa asignatura iba a ser complicada, me acerqué de nuevo a ella y le pedí que estudiáramos juntos.
- Bueno Alberto, lo podemos hacer, pero no esperes más, que ya sabes que estoy saliendo con Jaime y nos va muy bien. No quiero joder las cosas.
- Adeli, solo estudiar. A ti las mates se te dan de cine y a mí me cuestan. Si quedamos un día a la semana en la biblioteca. Podemos estudiar bien juntos y me ayudas si me atasco con alguna parte.
- Bueno vale.
Esa semana quedamos y nos fuimos a la biblioteca de la Escuela. Allí era difícil estudiar y sobre todo hablar, porque molestábamos a los compañeros, pero ella no quería ir a otro sitio. Estábamos aún en octubre y hacía calor. Ella llevaba un pantalón corto y una camiseta larga. Estuvimos estudiando dos horas uno junto a otro. A mi me encantaba el perfume que se echaba, me recordaba las tardes del Mendel.
En una de esas le puse una mano sobre la pierna y la acaricié levemente.
- Albertito, quietecito, que te conozco. Ya te he dicho que rollos no.
- Adelina, es que me pones mucho.
- Eso pasó y punto. Ahora tengo novio.
- Que tengas bicho no es excluyente. Yo no soy celoso.
- Anda que jeta. Venga vamos a resolver esta ecuación.
- Yo la solución ya la he encontrado dentro de ti.
- Joder tío, qué pesado te estas poniendo. - me dijo, pero nuevamente vi ese brillo especial en sus ojos que indicaba que se estaba calentando. Es la única mujer que he conocido con un signo externo, que fuese fiel reflejo del estado de su coño.
- Tampoco es para que te pongas así - le dije, notando también que sus pezones se empezaban a marcar en la camiseta. Era evidente que le apetecía, pero no era el lugar. Le volví a pasar la mano por la pierna, aunque esta vez por la cara interna del muslo. Me fijé que no hubiera nadie mirándonos.
- Alberto, qué pesado te pones. Hemos venido a estudiar.
- Y eso estamos haciendo, pero yo ya me he cansado y creo que necesitamos un poco más de adrenalina.
- Estamos en la Escuela. Aquí todos nos conocen. No la jodamos. - me dijo, pero no me quitó la mano de su pierna.
Yo le seguí acariciando la pierna y subía hasta el borde de sus pantalones, metiendo el delo gordo por debajo de éstos intentando rozarla la braguita. Ella no me miraba, disimulaba. Al cabo de un rato puso su rebeca encima de su pantalón, para tapar lo que yo estaba haciendo. Estaba empezando a estar caliente. Yo le metí un poco más la mano y le toqué las bragas; estaban mojadas. Adelina estaba con ganas.
- Vámonos de aquí, Adelina, necesito algo más.
- Alberto, hasta que no me has puesto a cien no has parado. Que pesado te pones, pero ahora, quien me baja a mí. Jaime esta de maniobras. Te había dicho que solo estudiar y además, ¿dónde vamos a ir aquí? Es de día, en el coche tampoco podemos.
- Vamos al Club Cultural. Pido la llave en Conserjería y nos metemos allí.
- ¿Tú estas loco? ¿Y si viene alguien?
- Tú déjamelo a mi.
Nos fuimos al Club Cultural que estaba en uno de los sótanos de la parte de laboratorios. Al llegar allí cerré con llave y dejé la llave metida, por si venia alguien que no pudiese abrir. Se sentó en una mesa y nos pusimos a comernos mutuamente. Le quité la camiseta, le subí el sujetador y le empecé a comer las tetas. Ella me abrió el pantalón y me sacó el pene, empezando a manosearlo. Al poco se bajó de la mesa, se bajó el pantalón y le empecé a meter la mano por la braga. Estaba empapada, por las ganas de follar y por el morbo del sitio y el peligro de que nos pillasen.
Le di la vuelta, le bajé las bragas y se la empecé a meter muy lentamente, mientras le tocaba el clítoris con la mano. Le debió parecer lento el ritmo de entrada.
- Métemela ya hasta el fondo y dame duro - me dijo, mientras se echaba hacia a tras y ella misma se la clavaba hasta el fondo.
- Usted manda. - contesté y empecé a bombearla.
Al cabo de un rato nos corrimos a la vez. Utilizamos nuestra ropa interior para limpiarnos y nos vestimos sin ella. Yo le pedí sus bragas empapadas y llenas de esperma y me las dio. Salimos de la Escuela y nos fuimos cada uno a su casa. Había sido un buen polvo y comienzo de próximos encuentros. Veinte años después, ya casado, me las encontré en una bolsa, dentro de una caja con muchas más cosas mías en el desván de la casa de mis padres cuando cerramos esa casa. Instintivamente me las llevé a la nariz y tenían aún un leve olor al desodorante íntimo que usaba Adelina.
Luego repetimos varias veces en su casa. Sus compañeras me miraban sonriendo levemente cuando llegaba y me iba. Sabían que Adelina tenía novio y también oían que nosotros no sólo estudiábamos.
Todas estas sesiones me hicieron aprobar sin dificultad, nunca había pensado que me iba a gustar estudiar las diferenciales, que son un verdadero rollo, pero los polvos que nos echamos cada vez que acabábamos un tipo de soluciones fueron bestiales. Nuestras soluciones eran del tipo función periódica por senos y así lo hicimos. Estudiábamos una tarde a la semana y luego le comía los senos, y todo lo demás.
Un día estando en casa recibí una llamada. La señora dominicana me avisó que tenía una llamada de una chica. Me puse al teléfono pensando que sería Adelina o alguna de mis amigas.
- Hola Alberto, soy Vega
Casi se me cae el teléfono al suelo. Habían pasado casi tres años desde que dejó de trabajar en nuestra casa porque se casó. En un relato anterior conté mis experiencias con ella.
- ¿Hola? - no sabía reaccionar
- Hola Alberto, me gustaría hablar contigo.
- Bueno Vega, en lo que pueda ayudarte, aquí me tienes.
- ¿Podemos vernos un día? ¿Puedes el próximo jueves a las 4 de la tarde?
- Bueno si, ¿Dónde?
- Si puedes, ¿me recoges en la estación de Metro de Pirámides?
- Vale. El jueves a las cuatro en Pirámides. Espero reconocerte, aunque me imagino que seguirás igual de guapa.
- Alberto, esto ya no es lo que era.
- Venga, no será así, ya nos vemos y me dices.
Estuve toda la semana dándole vueltas a qué querría Vega decirme después de tantos años. Evidentemente el hijo no era mio porque no me había dejado follármela. No sé qué podría necesitar, a lo mejor, dinero.
Ese jueves a la cuatro estaba yo aparcado junto a la puerta del Metro de Pirámides, que se llamaba si por dos pirámides de granito que habían instalado de adorno, aunque no tenían nada de egipcias. Llego un poco más tarde.
- Hola Alberto, perdona el retraso, el tren de cercanías ha llegado justo cuando se iba el metro y he tenido que esperar al siguiente.
- Hola Vega, sin problema. Te veo bien, quizás algo más delgada, pero muy guapa. ¿qué es de tu vida? Bueno, vamos a tomar algo y me cuentas.
Iba vestida preciosa, con una faldita corta blanca y una camiseta azul de tirantes, que dejaba ver los bordes del sujetador, color blanco con pespuntes. Nos fuimos a un chiringuito en la zona del Parque del Oeste, en el Paseo Rosales. Allí nos sentamos y me contó:
- Buenos Alberto, como sabes, cuando estábamos juntos yo salía de vez en cuando con mis amigas. En una discoteca conocí a Roberto y nos enrollamos. La verdad es que me gustó el chico y además me sedujo bastante bien. Yo sabía que contigo no tenía ningún futuro y dejé que las cosas pasaran. Tampoco voy a entrar en detalles.
- No importa, cuéntame - le dije, con cierto morbo - puedes entrar en detalles.
- Pues el caso es que salimos un par de veces. A la segunda ya nos dimos el lote en el baile. Al siguiente fin de semana nos fuimos con un amigo suyo y mi amiga a las fiestas de un pueblo, no recuerdo donde, creo que a Valdemorillo. Allí empecé a tomar un vinillo dulce que ponen y me agarré una buena tajada. Luego terminamos todos jodiendo en el coche, yo con Roberto y mi amiga con el otro. Roberto la tiene más grande que tú y yo pensaba que eso no me podía entrar, pero con la borrachera que llevaba y las ganas que tenía, me la metió. No te voy a contar el polvo.
- Pues cuenta, cuenta. A mí no me importa - le dije, deseando que contara, por el morbo que me daba.
- Me da vergüenza ahora contarlo. No se lo he contado a nadie.
- No pasa nada, Vega. Somos amigos, si quieres contarlo, aquí me tienes. Quién mejor que yo te va a entender - le dije, pero yo ya estaba empezando a calentarme por el relato y se me estaba empezando a empinar.
- Pues ahí perdí mi virginidad, de la forma más tonta. Yo no te había dejado metérmela y al final hice una tontería. Yo esperaba hacerlo con cierto romanticismo con el hombre que me fuese a casar y esto último lo hice, pero de romanticismo nada. Aquí te pillo y aquí te la meto.
- No siempre salen las cosas como uno quiere, Vega.
- Ya, el caso es que me empezó a meter mano por la braga antes de llegar al coche. Yo estaba a cien. Al llegar al coche yo quería que nos tocásemos y, a lo sumo, hacerle una mamada. Él se sentó en el sitio del conductor y yo al lado. Echamos los asientos para atrás lo que pudimos. Empezó a tocarme las tetas levantándome el sujetador y con la otra mano me tocaba todo el chocho, que lo tenía empapado. Luego se abrió el pantalón y se la sacó. La tenía muy grande y eso que no estaba a tope por los vinos que llevábamos. Me dirigió la cabeza contra la polla y me dijo que se la levantara. Yo lo hice, aunque algo dentro de mí me decía que algo no cuadraba. Pero es que al cabo de un rato haciéndolo, y cuando estaba totalmente dura, el me hizo subirme encima suyo y empujando hacia abajo me la metió sin más hasta el fondo. Cuando me di cuenta la tenía toda dentro y adiós al himen y a lo que allí hubiese. Me dolió bastante, sobre todo porque no se anduvo con miramientos. Yo no le había dicho que era virgen por no parecer una mojigata. Yo creo que él no se enteró de que me había desvirgado, o no le importó. El caso es que me estuvo bombeando un buen rato, luego yo me empecé a mover, porque, en el fondo, me gustaba, tenía un pollón y me estaba dando placer. Con todo lo que llevábamos bebido nos costó llegar, pero al final nos corrimos los dos y lo hizo dentro de mí.
- ¿Y ahí te quedaste embarazada?
- No lo se. No creo. Salimos unas cuantes veces más, y fuimos a casa de algún amigo suyo a follar. La verdad es que era un poco brusco. No se andaba con muchos detalles. Llegábamos, me desnudaba, me tocaba hasta tenerme mojada y me la metía hasta el corvejón. Al cabo de un rato se corría y muchas veces me quedaba a medias. Le gustaba dominarme y hacerlo, a veces, sin calentarme. Cuando empecé a pensar que me estaba equivocando con esa relación, descubrí que estaba embarazada.
- Que putada - le dije yo, acercando la mano a la mejilla en señal de comprensión. Ella ladeó la cara hacia mi mano, apoyándola con evidentes signos de cariño.
- Pues sí, porque ya no había vuelta atrás. No tenía dinero para abortar, no podía irme a Londres o a Casablanca y aquí me daba miedo caer en manos de un carnicero. Como sabes me casé con él. Como viniste a la boda pudiste ver que no estaba totalmente radiante.
- Yo pensaba que era por casarte de penalti y que tus padres no lo aprobasen.
- Pues no, Alberto, era porque sabía que había cometido el mayor error de mi vida. Yo esperaba que las cosas fuesen mejor después y que me quisiese y más cuando llegara el niño, pero no fue así. Cuando llegaba a casa del trabajo a veces llegaba algo colocadillo y me la metía sin más. Una vez me negué y me dio un bofetón. Luego me pedía perdón y decía que era cosa de la bebida. El caso es que el bombo me siguió creciendo y cada vez era más egoísta en las relaciones; solo quería echar un polvo y quedarse bien. Cuando nació Miguelito yo me volqué con el niño, porque, la verdad, es muy mono.
- Vega, ¿tienes alguna foto?
- Si claro, espera - y me enseño una foto de un bebe rollizo y bastante guapo - Ya tiene un año y pico, casi dos.
- Muy majo. Muy guapo, como tú. ¿Y dónde esta ahora?
- Ya le llevo a la guardería, por eso he podido venir. Por la mañana limpio en una oficina y por la tarde en otra, pero hoy me he pedido la tarde libre. Estoy muy cansada y se me tiene que notar.
- Vega, para mi siempre serás guapa.
- Alberto, siempre has sido un encanto. No sabes cómo he echado de menos esa dulzura. Mi marido es un animal y me tiene hasta las narices. Necesitaba desahogarme con alguien. Hablé con mi madre y me dijo que aguantara, que el matrimonio es así. No estoy de acuerdo con mi madre; ella es de otra era. Se que hay otras cosas.
- Yo también lo creo y estoy contigo en lo que necesites. Me puedes contar lo que quieras y llamarme siempre que lo necesites. ¿Y qué vas a hacer? - le pregunté, mientras que me acercaba a ella para abrazarla.
Por respuesta ella me abrazó y me dio un beso en la boca. Estaba claro que, de momento, estaba necesitada de cariño. Nadie nos conocía y podíamos pasar por una pareja besándose. Estuvimos un rato comiéndonos la boca pero estábamos en un sitio público y a la vista de mucha gente.
- Vega, vámonos de aquí, tenemos asignaturas pendientes. - le dije y ella se dejó coger de la mano y se vino conmigo al coche.
Nos fuimos a la parte más retirada del monte de El Pardo, pues era media tarde y no era fácil esconderse. Aparcamos al final de un camino de tierra y nos pasamos a la parte de atrás. Empezamos a besarnos y le quité la camiseta y le desabroché el sujetador. Tenia los pezones muy grandes y gordos, producto de la lactancia. Las tetas las tenía más caídas y como medio vacías. Me tiré a por esos pezones y ella se tumbó hacia atrás para disfrutar del momento.
Le subí la falda y llevaba unas braguitas a juego con el sujetador, que estaban empapadas. No tardé en quitárselas y empezar a comerme ese conejo que hacia tanto tiempo que echaba de menos.
- Alberto, cuanto lo he echado de manos. Me he recortado un poco el pelo del coño para ti, pero no demasiado, porque para mi marido eso es de putas.
- Que tío mas tonto. Me encanta tu coñito. Te lo voy a comer entero.
- El no me lo hace, solo me mete la mano y el pito.
- Yo te lo voy a hacer todo lo que quieras. De momento disfruta. - y me tiré a comérselo.
Me quité el polo y el pantalón y le empecé a pasar la lengua por sus labios interiores, intentando meter la lengua lo máximo posible dentro de la vagina, luego me salía y le absorbía el clítoris. Con la mano le estrujaba los pechos y le pellizcaba los pezones, tirando de ellos. Así estuvimos un buen rato y le empecé a meter dos dedos en la vagina mientras yo me concentraba con la boca en el clítoris. Debí de conseguir alcanzar con mis dedos un punto interior muy sensible porque en un momento dado se tensó y le llegó el primer orgasmo.
- Ya llego, Alberto. Hay, que gusto, sigue, no te pares, sigue, ahhgg - y empezó a convulsionar y a echar años de frustración en forma de flujo por la vagina.
Menos mal que me había quitado el polo, porque me lo hubiera empapado. Puso todo perdido, los asientos, el suelo, mi cara y sus piernas. Qué corridón se pegó, nunca había visto a una mujer echar tanto liquido en un orgasmo.
A continuación, me quité el calzoncillo y me senté en al asiento y ella se puso encima. Se clavó mi pene en su coño y empezó a moverse. Yo solo le mordía los pezones y le daba besos en la boca, mientras ella se encargaba de cabalgarme, rozando su coño contra mi piel con una sensación de calor muy profundo.
- Por fin Alberto, que ganas tenia de sentirte dentro de mí. Que tonta fui de no dejarme follar por ti. Lo que hace la tontería de ser joven.
- Todavía eres muy joven, Vega.
- No sabes lo que llevo encima. Estos últimos tres años han sido como siglos. Me he hecho vieja en poco tiempo. Además, no tengo ilusiones, excepto con mi hijo, aunque sea de ese gilipollas.
Mientras seguía moviéndose, restregando su coño contra mi piel, estrujándome la polla con su vagina y disfrutando ambos de un polvo que nunca habíamos echado. Así estuvimos todo lo que yo pude aguantar. Le dije que iba a llegar y me dijo:
- Quiero toda tu leche dentro de mí, córrete y lléname toda. A ver si esta noche me la mete el cornudo de mi marido la polla y se moja con los restos de tu leche.
- Pero puedes quedarte embarazada.
- Que mas quisiera yo que encasquetarle a ese tío un hijo tuyo, pero me hice una ligadura de trompas para no tener más hijos con él.
Empecé a pasarle el dedo gordo por el clítoris, quería que se corriera conmigo. Cuando empezó a suspirar y a empezar a llegar, me relaje y me llegó a mí un orgasmo tremendo también. Empecé a echar esperma como loco y ella me apretaba y ordeñaba mi pene con sus músculos vaginales. Cuando acabamos nos dimos un beso con muchísimo cariño.
- Te quiero Alberto. Siempre te he querido y nunca te lo dije, porque sabia que era un rollo imposible.
- No sabes lo que te lo agradezco, yo también te tengo un gran cariño. En un momento creo que también estuve enamorado de ti. Y sabía que era difícil la situación. Luego cuando te quedaste embarazada estaba celoso del tío que te había conseguido follar.
- Ya no tiene remedio Alberto. He estado dudando en llamarte desde hace meses. No sabía si ibas a querer verme y no quería pasar por el bochorno de que me rechazases. Además, ya no estoy bonita, como cuando estábamos juntos.
- Vega, tú siempre me has gustado y me sigues pareciendo una chica preciosa.
- Que bobo eres, pero gracias. Pero ya solo nos queda ponerle los cuernos a mi marido y disfrutar lo que podamos. Lo siento, pero tengo que irme. Tengo que recoger a Miguel de la guardería y llegar a casa antes que mi cornudo.
Nos fuimos y la deje en el metro de Pirámides, de nuevo. No quería que la dejase en la estación del tren de cercanías que iba a su casa no fuese a vernos algún vecino que fuese hacia Leganés, donde ella vivía. Nos despedimos con un beso y con la seguridad de que me llamaría en cuanto pudiese. En aquella época no había móviles, ni correos electrónicos, ni Whatsapp, ni SMS y tenía que llamar desde una cabina a mi casa.
Nos vimos unas diez veces más, una vez al mes. El sexo fue increíble en todas ellas. Las corridas de Vega siempre serán legendarias en mi memoria. No sé de dónde sacaba tanto líquido. Luego he pensado, cuando se empezó a hablar de ello, que eran squirts.
Un día que quedamos no pude llegar a tiempo porque tuve un accidente con el coche. Ella debió esperar un par de horas y se fue. Cuando yo llegue a Pirámides ella ya no estaba. No me volvió a llamar y yo no tenía su teléfono. No sé qué ha sido de ella.
Nota del Autor: Estos relatos son, en una gran parte, autobiográficos. A Alberto le he hecho revivir una parte de mi vida. He fantaseado años con aquellas situaciones que se dieron y estos relatos representan lo que pasó y también, en parte, lo que me hubiese gustado que hubiese pasado. En el lugar de mis recuerdos más cariñosos, guardo dos: el brillo de los ojos de Adelina, fiel reflejo de la humedad que le invadía, y a Vega, a la que le deseo que le haya ido lo mejor posible en la vida. Hace muchos años que dejé de verla, más de 40. Debe ser abuela o, incluso, bisabuela, si es que aún vive. Siempre recordaré ese calor que desprendía su sexo al rozarse contra mi piel y, claro, también sus corridas amazónicas.
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